Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.

Confianza

—Volveré dentro de tres días.

Kagome asintió con energía mientras Inuyasha se subía al alféizar de la ventana para marcharse a su época. Tenía que ponerse al día urgentemente con todos sus trabajos si quería aprobar y entrar en el mismo instituto que sus amigas.

Inuyasha la miró por un instante, con las manos apoyadas en la pared a fin de mantener el equilibrio. Le pareció extraño que ella no le pidiese más tiempo, como normalmente hacía, pero le quitó importancia, negando levemente con la cabeza. No habían conseguido ninguna pista sobre Naraku ni sobre los fragmentos, así que se imaginaba que no tenía mucho sentido presionarla para que volviera antes con mayor vehemencia. Lo que no significaba que no hubiera protestado un poco porque se quedase allí esos tres días, no fuera a ocurrírsele extender su estancia en aquella época.

Saltó de la ventana en dirección al pozo. Todavía no había pensado en qué haría durante aquellos días, pero ya se le ocurriría algo. Al fin y al cabo, siempre podía volver allí e intentar que Kagome acortara su estancia allí.

Apenas rozó la puerta de la pagoda del pozo, notó una presencia a su derecha.

—Muchacho, ¿ya te vas?

El abuelo de Kagome lo miró con una leve mueca que podría interpretarse como una sonrisa mientras se llevaba las manos a la espalda. Inuyasha simplemente asintió en respuesta.

—Acabo de recibir un envío para la tienda del templo, pero estos viejos huesos no van a poder con todas las cajas. ¿Te importaría ayudarme con ellas? No tienes nada que hacer, ¿verdad?

Inuyasha contempló por un momento tal petición. Suponía que no pasaría nada por ayudarle un rato. Todavía era temprano y, efectivamente, no tenía nada mejor que hacer. Miró brevemente hacia el sol, confirmando que todavía estaba bastante alto en el cielo y reafirmándose para sus adentros. Además, él era familia de Kagome, no podía negarse. Volvería a su época ese día, antes del anochecer, pero había tiempo de sobra.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Inuyasha mientras avanzaba hacia él.

El anciano lo llevó hasta unas cajas bastante grandes que estaban junto a la entrada de la casa y empezó a darle órdenes. El medio demonio trabajó rápida y eficientemente, pero su ayuda no se limitó a las cajas.

Cuando terminó con eso, el anciano lo llevó al almacén, donde le estuvo indicando qué cosas tenía que mover para que pudieran hacer una limpieza en profundidad. Allí dentro no solo se guardaban trastos de dudosas características sagradas, a pesar de sus insistentes aseveraciones y sus intentos porque entendiera la historia detrás de aquellas reliquias. A Inuyasha todo aquello no podía darle más igual, para el solo eran trastos.

Al mover unos cuantos paquetes protegidos con sutras, Inuyasha se encontró con tres arcos en bastante mal estado. Cuando se lo comentó al abuelo de Kagome, este no pudo más que reafirmar su importancia.

—Esos arcos pertenecieron a una sacerdotisa muy venerada hace varios siglos. Llevan generaciones en esta familia —declaró con severidad en voz.

—¿En serio valen para algo? Este está agrietado y ninguno tiene su cuerda. No sirven ni como palos —protestó el medio demonio. Puede que ni siquiera Kagome fuera capaz de hacer algo con esto.

—Para tu información, las cuerdas están guardadas en ese estante. ¡Ni se te ocurra tocarlos, son muy valiosos!

Inuyasha lo miró con escepticismo, pero si él quería creerse aquellas cosas, no iba a protestar.

Un par de horas más tarde habían terminado de ordenar el almacén. El anciano se secó la frente y se dio toquecitos en los hombros para aflojar la tensión a la que los había sometido durante aquella tarde. Observó al hanyou que tenía a su lado, su energía era inagotable. Apenas había sudado con todo lo que habían hecho y ahora se encontraba mirando hacia el cielo, aparentemente distraído.

—Muchacho —llamó en tono alegre. Vio que movía las orejas y segundos después dejó salir un gruñido interrogante con la garganta. Puede que sí estuviera un poco cansado—, solo queda que me ayudes a montar el chinowa. Esta noche es la celebración del solsticio de verano.

Inuyasha se preguntó cómo sería la celebración en aquel lugar. A lo largo de su vida se había mantenido alejado de las poblaciones humanas, pero en ocasiones se asomaba y los observaba en sus celebraciones. Algunas le parecían bastante estúpidas y sin sentido, aunque tal vez fuera porque muchas veces no sabía el significado de ellas. Su madre le había hablado de unas pocas de pequeño, pero con ella nunca las había llegado a ver.

Tal vez en este sitio las tradiciones no fueran muy diferentes. Tal vez Kagome tenía algunos festivales similares a los de la época de él. Tal vez ella podría hablarle de ellos.

Inuyasha montó el anillo sagrado con el carrizo que le iba tendiendo el anciano. Otros años habrían sido Kagome, su madre y su abuelo los que montarían aquella construcción (Souta todavía era muy pequeño para hacerlo y aquel trabajo requería de una maña que todavía no tenía), pero ese año no hicieron falta más que las instrucciones del viejo sacerdote y la agilidad del medio demonio.

Tenían todo ya preparado para el festival y solo quedaban un par de horas. Las celebraciones empezarían al anochecer.

Tras despedirse del anciano y por segunda vez ese día, se encaminó hacia la pagoda del pozo. Por segunda vez ese día, se vio interceptado por alguien de la familia de Kagome. En esta ocasión se trataba de la señora Higurashi.

—Ah, Inuyasha —lo llamó la madre de Kagome—. Vamos a cenar en un rato, ¿por qué no te quedas con nosotros? Debes estar cansado después de todo lo que has ayudado al abuelo.

Inuyasha ni siquiera pudo contestar. Antes de que abriera la boca, la mujer lo agarró del brazo y prácticamente lo arrastró hacia el salón, donde Souta se encontraba jugando a los videojuegos, con Buyo durmiendo tranquilamente a su lado.

El hanyou se resignó a pasar por primera vez la luna nueva en la época de Kagome.


Kagome bajó lentamente las escaleras, varias horas después de haberse despedido de Inuyasha. Llevaba toda la tarde haciendo trabajos y estaba exhausta, pero aquella noche era el festival del solsticio y podría distraerse un rato. Le había extrañado que no la llamaran para ayudar a montar el chinowa, pero cuando había mirado por la ventana lo había visto ya colocado en la entrada del templo. Suponía que ese año su madre y su abuelo se las habrían arreglado sin ella para no distraerla.

Pero ya había acabado por ese día. No se iba a preocupar por nada. No tenía ningún motivo. Y entonces vio a Inuyasha en el salón, jugando con Buyo.

—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó. Se lo había prometido. Tres días, solo tres días, y a cambio ella se había prometido en silencio que no protestaría. La frustración se abrió paso en su interior y cerró fuertemente las manos en puño.

—Estuve toda la tarde ayudando a tu abuelo —dijo Inuyasha sin apartar la mirada del gato—, y tu madre me ha pedido que me quede a cenar.

Oh, así que era eso. Kagome suspiró y se sentó junto a él en la mesa de la sala. Podía oír a su madre en la cocina acabando con los preparativos de la cena y a Souta poniendo la mesa. Su abuelo no estaba por allí, pero se imaginaba que estaba preparando el kimono que llevaría aquella noche. Ahora que lo pienso, yo también me pondré una yukata. Se preguntó, sonrojándose, qué diría Inuyasha cuando la viera.

La señora Higurashi los llamó a todos a cenar poco después. Comieron con ganas, manteniendo una conversación despreocupada mientras la comida iba desapareciendo de los platos. Kagome notó a Inuyasha un poco inquieto, pero como lo vio terriblemente concentrado en ingerir los alimentos a la mayor velocidad posible, decidió hacer a un lado esa sensación y comentárselo más tarde.

Después de fregar lo que habían ensuciado, la familia fue a ponerse las yukatas para ir al festival. Kagome llevaba tiempo sin ponerse una prenda como aquella y finalmente tuvo que pedirle ayuda a su madre con el obi. Desde luego, un traje de sacerdotisa era infinitamente más sencillo de ponerse, pero ese no era su papel esa noche.

Los últimos rayos de la tarde atravesaron las ventanas cuando el abuelo, el último en prepararse, se reunió con el resto en la entrada de la casa. Kagome se dio cuenta entonces de que Inuyasha llevaba las orejas al descubierto.

—Esperadme aquí, voy a por la gorra.

No había dado ni un paso cuando oyó varias exclamaciones de su familia. La oscuridad consumió la luz que quedaba e Inuyasha notó el cambio en ese instante. Sus orejas se transformaron en humanas, sus colmillos se retrajeron en su boca y sus uñas pasaron de su habitual aspecto afilado a presentar características perfectamente humanas.

—Inuyasha… —intervino la señora Higurashi, rompiendo el silencio—, eres humano.

—¿Y tus orejas de perro? —fue el turno de Souta de recuperar el habla.

—Keh, volverán por la mañana —dijo Inuyasha mientras se encaminaba hacia la puerta, haciendo que los demás empezaran a andar tras él, como si al emprender la marcha los hubiera librado del hechizo que los había paralizado con su transformación.

Kagome sacudió la cabeza, despertando de su sorpresa. No se había dado cuenta de que esa noche había luna nueva. Tal vez se debía a que en su época no sentía la necesidad de estar tan alerta como en el Sengoku. Alguna vez se habían encontrado con espíritus problemáticos, como la máscara Noh, que tenía consigo un fragmento de la esfera, pero eran contadas las ocasiones en las que había sucedido algo de lo que preocuparse.

Se llevó una mano al cuello, donde colgaba la botellita con los fragmentos. En un principio no había tenido intención de llevarlos consigo al festival, pero iba a haber tanta gente por las inmediaciones del templo que no se sentía tranquila dejándolos sin vigilancia.

Salió de su casa y fue hasta donde estaba Inuyasha, de brazos cruzados y observando a la multitud que venía a celebrar el solsticio de verano. Aunque él solo había ayudado a montar el chinowa, había muchas más decoraciones en el templo y estaba entretenido contemplándolas cuando Kagome se puso a su lado.

Por la tarde no había tenido tiempo de apreciarlas mientras ayudaba al abuelo de la chica. Además, había estado demasiado preocupado intentando averiguar cada cierto tiempo cuántas horas quedaban de luz para evitar transformarse en aquel lugar. Algo que había demostrado ser inútil, pues había acabado por mostrar su secreto ante toda la familia de Kagome. Cada vez lo sabe más gente.

—No te preocupes, Inuyasha. No habrá ningún problema.

La forma en la que Kagome leía sus pensamientos era impresionante.

—Feh.

La oyó soltar una risita disimulada y apoyar una mano en su brazo.

—Ven, te enseñaré los puestos.

Lo arrastró puesto por puesto, enseñándole todo lo que había cambiado en el templo de su familia únicamente para aquella noche. Estuvieron hablando durante lo que le parecieron horas de todo y nada a la vez, y solo se dio cuenta del paso del tiempo por el anuncio de los tambores, que señalaron el comienzo del ritual de purificación.

La luz de los farolillos proyectaba sombras entre los que se posicionaban para presenciar el ritual, creando un ambiente místico que se veía potenciado por los cánticos que iba entonando el anciano sacerdote mientras lideraba la procesión hacia el chinowa. Debían trazar una especie de ocho para poder purificar sus pecados, sus impurezas o incluso la mala suerte que se había tenido durante aquel año.

Fue entonces que Kagome percibió un pequeño movimiento sobre el chinowa. No le habría prestado atención de no ser por la presencia maligna que empezó a sentir a medida que más y más gente atravesaba el anillo de carrizo. Era como un pequeño remolino oscuro que iba cobrando una forma corporal cada vez más clara en su campo de visión.

—Inuyasha, ¿ves eso? —le dijo Kagome disimuladamente mientras le hacía dirigir la vista en la dirección en la que había notado la presencia.

—¿De qué hablas? —Intentó averiguar qué le quería mostrar, pero él no distinguía más que la oscuridad de la noche y las luces de los farolillos donde ella le estaba señalando. Después de todo, sus ojos humanos no podían hacer mucho más.

—Encima del chinowa, ¿acaso…? —Kagome se interrumpió en ese instante. La presencia maligna la estaba mirando. No tenía unos ojos como tales, pero sentía que la dirección hacia la que estaba dirigiendo su atención era la suya.

Miró rápidamente a su alrededor. Parecía que nadie más se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Inuyasha la estaba mirando con una ceja arqueada, en gesto interrogante.

La perla…

Kagome se estremeció. Aquel sonido no lo había oído a través del aire, sino dentro de su cabeza. Se llevó una mano al recipiente de los fragmentos y tiró a Inuyasha de la manga mientras empezaba a retroceder. Aquello no podía estar ocurriendo. No en aquella época. No con su familia cerca.

—¿Kagome?

Pero ella no contestó al instante. Siguió tirando de él para salir de entre la muchedumbre, retrocediendo hasta la casa.

—Un espíritu maligno —dijo sencillamente, acelerando cada vez más el paso hasta casi ir corriendo hacia la entrada del edificio.

Inuyasha la adelantó entonces, recogiendo la Tessaiga del recibidor. La señora Higurashi le había prohibido terminantemente llevarla al festival, a pesar de sus quejas, pero si había peligro, les haría falta. Aunque solo pueda usar la barrera en este estado, es mejor que nada.

Kagome lo vio reaparecer del interior de la casa y echó la vista atrás, hacia donde habían dejado aquella presencia. Efectivamente, los estaba siguiendo, aunque avanzaba muy lentamente. Después de todo, su fuente de alimentación parecía ser los pecados que los fieles intentaban purificar. Pero igualmente no tenían mucho tiempo. Pronto podría moverse sin necesidad de más emociones negativas.

—¿Qué hacemos, Inuyasha? —preguntó Kagome sin apartar la mirada del enemigo.

—¿Dónde está? No puedo verlo —dijo entre dientes apretados. Si esta noche no hubiera luna nueva… Apretó las manos alrededor de la vaina de la espada, sintiéndose impotente—. Vas a tener que guiarme.

—¡No podemos enfrentarnos a él tal y como estamos! —exclamó Kagome. Inuyasha no podía blandir su arma con normalidad y ella no tenía un arco con el que protegerse. Además, su yukata le limitaba más los movimientos que su uniforme. Lo tenían todo en contra.

El espíritu maligno soltó un gruñido que volvió a oír en su mente y, mientras un potente escalofrío atravesaba a la sacerdotisa, se apartó finalmente del anillo sagrado y emprendió el camino hacia ellos.

—¡Vámonos! —gritó Kagome mientras tiraba de Inuyasha hacia la parte trasera de la casa. Ni siquiera sabía a dónde lo estaba llevando, solo sabía que tenían que correr.

—¡El almacén! —bramó Inuyasha mientras le agarraba la mano, haciendo que le soltara la manga de su traje, y la condujo hacia donde había estado ocupado toda la tarde.

Kagome asintió y lo siguió, mirando de vez en cuando hacia atrás. ¡Casi lo tenían sobre ellos! Entraron apresuradamente en el almacén, cerrando las puertas tras ellos. Inuyasha clavó rápidamente a Tessaiga en la puerta, creando una barrera que los protegiera. El fuerte golpe del espíritu maligno sobre la madera de la entrada confirmó lo que su confianza ciega en las palabras de Kagome le había hecho entender. Estaban en peligro. En serios problemas. Tanto ellos como todos los asistentes al festival.

Kagome tanteó las paredes y pulsó el antiguo interruptor, encendiendo la pequeña lámpara que habían instalado hacía años. Acto seguido, retrocedió hasta la pared opuesta a la entrada e Inuyasha siguió su ejemplo.

—Si esperamos a que se haga de día, podré acabar con él —murmuró Inuyasha, intentando no alzar demasiado la voz. Los golpes en la entrada seguían siendo potentes, pero no quería aleccionar aún más al espíritu.

—¿Qué? ¡No podemos esperar tanto! ¡Mi familia está ahí fuera! ¡Si se cansa de esperar a que salgamos, tal vez vaya a por ellos! —Kagome respiró hondo, intentando calmarse. De nada serviría que perdiera los nervios. Debía pensar con claridad.

—¿Y qué pretendes que hagamos? Así no puedo pelear. —Inuyasha cerró las manos en puño, sintiéndose impotente—. Es la noche más corta del año, no puede faltar mucho para que salga el Sol.

Kagome negó con la cabeza, mirándolo con decisión. Él igualó su mirada, intentando defender su postura. Se sostuvieron la mirada un largo rato, pero un nuevo golpe en la puerta los sacó de su silencioso enfrentamiento.

Inuyasha vio entonces los arcos que había encontrado con el anciano por la tarde, estaban apoyados contra la pared.

—Solo tenemos eso, no durarán más de un disparo. Uno de ellos puede que ni eso —protestó, señalándolos con un dedo acusador.

—Entonces tendremos dos disparos —dijo Kagome con decisión.

—Me niego.

—Es la única opción. —La sacerdotisa bajó la mirada y apoyó las manos sobre sus tensos puños—. Deja que esta noche sea yo la que te proteja.

Inuyasha se sobresaltó ante la fuerza que llevaban sus palabras. Aquella sencilla frase portaba consigo todo lo que habían vivido hasta el momento. Podía sentirlo. Esa noche era su turno de confiar en ella, tal y como se había acostumbrado a hacer, puede que incluso con más fuerza.

Asintió lentamente sin dejar de mirarla y relajó las manos bajo las de ella. Un nuevo golpe y un pequeño crujido les indicaron que sería mejor que se diesen prisa.

Inuyasha intentó buscar en los estantes las cuerdas de las que le había hablado en anciano, mientras Kagome intentaba encontrar flechas. Sabía que tenía que haberlas. Su abuelo guardaba de todo en aquel lugar.

Finalmente vio tres en un estado decente. Tendría que usarlas con cuidado. Se dio la vuelta y oyó a Inuyasha hacer un sonido triunfal mientras se giraba hacia ella con un par de cuerdas de arco en la mano.

Era el momento de actuar.

Kagome se apresuró a tensar los arcos mientras Inuyasha se colocaba delante de ella, mirando hacia la puerta y con las manos cerradas alrededor de la vaina de la espada. El primero de ellos se partió por la mitad en cuanto ejerció un poco de presión sobre él. Con un gruñido, lo descartó a un lado y empezó rápidamente con el otro. Consiguió tensar los dos que quedaban y, metiendo uno de ellos en el viejo carcaj que había encontrado junto a las flechas, tensó el otro despacio, comprobando su resistencia.

Serviría.

—Inuyasha —llamó y el ahora humano se giró para mirarla, viendo que estaba en posición de disparar—, cuando te diga, saca a Tessaiga de la puerta. El resto tendrás que dejármelo a mí.

La firmeza de su expresión no dejaba espacio para discusiones, así que él asintió y se desplazó lentamente hacia la puerta agarrando la empuñadura de la espada mientras se colocaba de forma que pudiera apartarse a un lado en cuando se desvaneciera la barrera.

—¡Ahora!

Lo siguiente pasó tan rápido, que ni uno ni otro pudieron actuar más que por instinto.

En el momento en el que la espada dejó de tocar la madera, las puertas se abrieron de golpe. El espíritu maligno, ahora corpóreo y fácilmente visible para Inuyasha, se impulsó hacia delante. Pero Kagome estaba preparada. Soltó la flecha en cuanto el enemigo atravesó el umbral y, sin pensárselo dos veces, le indicó a Inuyasha que corriera.

La adrenalina guiaba las acciones de ambos, acelerándoles el corazón y haciéndoles tomar decisiones en milésimas de segundo. Atravesaron el patio trasero, zigzagueando en ocasiones para evitar los ataques de su oponente. Lo único que pasaba por la mente de Kagome en ese momento era que nadie de los asistentes al festival debía verles.

Ganaron distancia poco a poco. La flecha sagrada había dejado en mal estado al enemigo, pero apenas había detenido su avance. La chica se detuvo en seco de repente, preparada para lanzar un nuevo ataque. Pero el espíritu fue más rápido. Por una milésima de segundo, creyó que la alcanzaría, mas lo siguiente que sintió fue el duro suelo bajo ella. Inuyasha la había placado.

—¡Kagome, ten cuidado! —le reprochó, jadeando por el esfuerzo que acababa de hacer.

La inercia había llevado al enemigo a desplazarse varios metros en el aire y, cuando al fin pudo cambiar la trayectoria, se dio la vuelta y volvió a preparar su ataque.

Kagome no iba a ser menos. La flecha que había tenido en la mano la había dejado caer cuando Inuyasha la había apartado del peligro, pero le quedaba otra. Sería su última oportunidad.

La colocó en la cuerda y tensó el arco con decisión, apuntando a su objetivo.

—La perla…

Las palabras resonaron claramente en el ambiente en esta ocasión, denotando el poder que había adquirido el espíritu maligno desde la última vez que había hablado.

Kagome no se dejó distraer por esto y entrecerró los ojos, manteniendo su objetivo y esperando a que él avanzase. Esta vez acabaré contigo, maldito. Inuyasha estaba a su lado, preparado por si tenía que intervenir, por limitado que estuviese.

El enemigo ganó velocidad, acercándose cada vez más. Un poco más, pensó Kagome.

Los separaban treinta metros. Un poco más.

Veinte metros. Ya casi.

Quince metros.

—¡Acierta!

La flecha sagrada salió disparada del arco, atravesando el cielo nocturno con su potente luz rosada. Impactó en su objetivo, arrancándole un potente bramido que perforó el aire e hizo que Inuyasha y Kagome se taparan las orejas.

Esta será la primera y única vez que agradezca ser humano, pensó Inuyasha mientras intentaba guarecerse del potente estruendo.

Transcurrieron unos instantes que se les hicieron eternos, pero finalmente se atrevieron a apartar la mirada del lugar donde hasta hacía unos segundos se encontraba aquella amenaza. Definitivamente, había desaparecido.

—¿Estás bien? —preguntó Inuyasha, mirándola con detenimiento, buscando cualquier rasguño que pudiera haberse hecho cuando la había tirado al suelo.

—Estoy bien —dijo ella casi sin aliento. Sonrió ampliamente tras procesar todo lo que había ocurrido en los últimos minutos—. ¡Lo conseguimos! —dijo con claro alivio—. ¡Te dije que te protegería!

—Keh —fue lo único que consiguió decir Inuyasha mientras la veía ponerse en pie y dar pequeños saltitos de alegría. Confiaba en ello, pensó mientras curvaba levemente las comisuras de sus labios.

La noche estaba llegando a su fin, lo supo por el leve brillo del horizonte, que anunciaba la inminente llegada del Sol de la mañana. Minutos más tarde notó la pulsación de la transformación a través de su cuerpo. Sus rasgos demoníacos volvieron a hacerse patentes en su aspecto.

Kagome lo miró, sonriendo, feliz de que todo hubiera salido bien y él le correspondió al gesto. Le dio la mano y comenzaron a caminar despacio hacia la casa. Juntos, habían sobrevivido a otra noche de peligro. Por separado tal vez no hubieran tenido tanta suerte.

Pero si estamos juntos saldremos adelante.


¡Hola!

Anyara propuso hace unos días en Facebook hacer una dinámica sobre el solsticio (en mi caso de verano, aunque en otros países será el de invierno) y quise unirme y traer esta pequeña historia. La verdad es que no pensaba que fuera a acabar teniendo esta extensión, pero me vi incapaz de acortarla.

Investigué un poco sobre los festivales en Japón y un elemento que menciono (y que antes de esta historia desconocía) es el chinowa. Se trata de un anillo sagrado hecho de carrizo (una hierba) y se coloca en el acceso a un santuario en la festividad del solsticio de verano en Japón. Espero que os ayude a visualizar lo que quise explicar en el fic.

¡Si me dejáis un review, me haréis muy feliz! ¡Muchas gracias por leer!