Regalo para RoseTinting. Esta idea fue suya. No sé si era lo que quería, pero decidí hacerlo con un poco de fluff de instituto. Esta era su petición: Obito alimenta gatos en el parque, un día se da cuenta de que alguien (Deidara) entrena bandadas de cuervos para que cumplan sus órdenes. Los cuervos son una molestia acosando a todos y los gatos intentan comerse a los cuervos.
El gatito sale de la nada y se planta frente a Obito maullando.
—¡Hola! —dice él y se agacha a acariciarlo.
Su pelaje blanco y atigrado está sucio y tiene una legaña grande en el ojo. Obito saca un pañuelo de papel. El gatito se deja y ronronea fuerte y rápido. Está en los huesos el pobre, Obito siente un peso en el corazón.
—Si papá me dejase tener animales te llevaría a casa —murmura Obito.
Va a llegar tarde pero aún así se sienta en un banco cercano y saca su bento de la mochila.
—Siento no poder hacer más por ti —dice, quitando la tapa y tomando una gamba con los palillos.
La gamba desaparece más rápido de lo que tarda en tirarla al suelo. El gatito la enguye casi sin masticar y ahí está mirándolo otra vez con los ojos tan abiertos que parecen redondos. Obito necesita irse pero no puede dejarlo abandonado y hambriento. Toma una buena porción de arroz con una gamba encima y mientas el gatito presta atención a la comida, él sale corriendo.
El resto del día no deja de pensar en él.
Al día siguiente, Obito busca por toda la cocina la cajita de bento que usaba cuando iba al jardín de infancia. Mientras la friega, piensa que hizo bien en impedir que Madara la tirase a la basura, nunca se sabe cuando puedes necesitar algo. Las pegatinas de tigres con traje de astronauta están algo amarillentas, pero aún se ve lindo. Obito hace ojos con un palillo a las salchichas cocidas en forma de pulpo y les pone una boca sonriente hecha de alga nori recortada. Las coloca encima del arroz y en otro compartimento pone surimi troceado.
De camino a la escuela, Obito se pregunta si el gatito ahora es suyo, aunque no lo pueda llevar a casa sin ganarse otro sermón sobre cortinas rotas, bandejas de arena apestosas y pelos por todos sitios. Obito teme no verlo por un momento, pero conforme se acerca al banco del día anterior, el gato aparece de entre unos arbustos y corre hacia él maullando. Obito esboza una gran sonrisa.
—¡Me reconociste! —exclama y se agacha a acariciarlo—. Te traje cosas ricas.
Obito abre su mochila. Entonces se da cuenta que tiene las yemas de los dedos cubiertas de polvo negro. Este bebé necesita un baño.
—Vendré el sábado a limpiarte —dice Obito, sacando el bento—. Te preparé unas cosas que tenía por casa. Ayer fui a la tienda y pasé por la sección de mascotas pero todo está muy caro. No me alcanza a comprarte algo con mi semanada. —Obito coloca el bento destapado frente al gatito y lo mira comer—. Quizá la semana que viene me lo pueda permitir, o a lo mejor puedo pedirle dinero a papá. Puedo decirle que me invitaron a un cumpleaños o que necesito comprar algo para un trabajo de manualidades.
Obito suspira, dándole vueltas al plan.
—Pero si compro la comida tengo que pensar donde esconderla porque si me descubre...
El gatito termina de comer y olfatea el suelo buscando más.
—¿Cómo puedes seguir teniendo hambre? ¡Te acabo de dar un montón de comida más grande que tú!
Obito saca un poco de pollo de su almuerzo, se lo arroja y tras meter el bento vacío en su mochila, se va corriendo.
—¡Nos vemos mañana!
Al salir del parque se encuentra con una melena rubia que le suena mucho. Deidara está ahí pedaleando en su bicicleta camino de la escuela. Obito le hace una seña con la mano.
—¡Hey!
Su compañero de clase frena junto a él.
—Uchiha. ¿Se te pegaron las sábanas otra vez? —dice Deidara.
—Tenía algo importante que hacer —responde Obito—. Ah, y puedes llamarme Obito si quieres.
Deidara asiente.
—Tú puedes llamarme Deidara. No me gusta que me hablen tan formal, hm. Sube. Te llevo a la escuela.
—¿Es seguro? -—pregunta Obito. Si rechaza la oferta, llegará tarde—. Sin casco...
—Iré con cuidado —dice Deidara y se levanta del sillín.
Obito sube y se abraza a su cintura.
—Gracias.
—Agárrate bien —responde Deidara y empieza a pedalear otra vez.
No lo quiere entretener mientras conduce, pero ese gatito necesita una familia pronto.
—Oye. ¿No querrías adoptar un gatito abandonado? —pregunta Obito.
—Lo haría si pudiera. Tenemos pájaros en casa y ya hemos tenido problemas con los gatos de los vecinos, hm. Mi madre no va a querer.
Obito aprieta los labios.
—Ya veo —murmura—. ¿Qué clase de pájaros tienes?
—Cotorras. También un loro y un par de ninfas. Ah, y pollitos. Y un pato que no es nuestro, sólo viene por casa a veces —dice Deidara.
—Es cierto, tú vivías en el campo. ¿Verdad?
—Sip. ¿Por qué no puedes adoptar tú al gato?
—Si lo hiciera, mi padre me mataría... Ya le estoy causando demasiadas molestias. Además no tengo dinero para cuidarlo. He pensado en inventarme algo para que me de dinero. Podría decir que me prestaste tu bicicleta y te la rompí y debo pagar la reparación.
—O... Se lo puedes robar. ¿Nunca deja su billetera sin vigilar? —pregunta Deidara.
—¿¡Robarle dinero!?
Por un momento la idea le genera rechazo absoluto.
—Es por una buena causa. ¿No? El gato tiene que comer, hm.
Al llegar al aparcamiento de bicicletas, ambos bajan.
—Sí, eso es cierto —dice Obito mientras mira a Deidara encadenar la bicicleta a la barra horizontal—. Soy padre ahora, tengo que ser responsable.
Deidara ríe.
—Yo lo que hacía era pedirle a mi madre dinero delante de las visitas. Siempre sueltan algo, hm.
—¡Qué buena idea! Lo haré la próxima vez —dice Obito—. Gracias por la idea y por traerme.
—De nada —responde Deidara y ambos pasan juntos al aula.
La billetera de Madara está ahí sobre la encimera de la cocina. Obito trata de ignorarla mientras piensa en lo que le dijo Deidara. Al fin la toma y la observa mientas el conflicto se desata en su mente. Se va a dar cuenta, Madara siempre se da cuenta de todo. Cuando la agita, no hace demasiado ruido. No parece tener demasiado efectivo entro. Tendrá que seguir dándole cosas que haya por casa. Obito deja la billetera de nuevo en la encimera, alineándola un par de centímetros al borde de la mesa tal y como Madara suele hacerlo.
Después busca en el congelador y encuentra una bolsa abierta de croquetas de pollo. Se pregunta si será bueno para el gato comer algo crudo. Una rápida búsqueda en Internet no se lo deja claro así que Obito enciende el horno y mete un par de croquetas dentro.
—A ti no te conozco —dice Obito mirando al segundo gato.
No es un adulto pero es algo más grande que su hijo-gato. Ambos parecen tolerar la presencia del otro así que Obito saca la comida y la deja en el suelo. El gatito pequeño gruñe y sisea cuando el otro intenta comer.
—Ven aquí, te daré algo.
Obito se sienta, saca su merienda y le acaba dando al otro gato casi la mitad.
—Decidí comprarles comida con mi semanada —dice Obito mientras los mira comer—. Pero entonces no tendré dinero para comparar la Shonen Jump... Quizá pueda leerla en la tienda o pedírsela a Zetsu o Kakashi. —Entonces recuerda que Kakashi dijo que no le prestaríanada nunca más desde que le perdió el tomo dieciocho de «El gran Kagemasa»—. Quizá si le insisto mucho...
Obito se dobla sobre sí mismo y apoya los brazos en las rodillas mientras mira los gatos comer.
—Todo el mundo pone excusas —murmura Obito—. Me lo quedaría si pudiera, pero ya tengo perros, tengo gatos, tengo hipopótamos, papepipopu...
Ambos gatos olfatean el suelo cuando la comida se acaba. Obito saca la camiseta vieja de su bolsa, la botella de agua y la de jabón. Después humedece el trapo y frotarlo con el jabón hasta que sale espuma, toma al gatito más pequeño.
—No voy a abandonarlos. Lo prometo —dice y empieza a frotar el pelaje.
El gato se retuerce y Obito lo tiene que sujetar mejor para que no se escape.
—¡No me arañes!
Obito frota más fuerte, mojando una zona seca de la camiseta para lavarle la cara.
—Qué duro es ser padre —murmura para sí.
Tras enjuagarlo y secarlo bien, lo deja en el suelo. El blanco del pelaje ya no está gris. Obito se mira los brazos. Los tiene llenos de líneas rojizas ligeramente hinchadas.
—Debería haber traído manga larga.
Se queda un rato más en el banco jugando con los gatos. En Internet descubre una página para hacer juguetes caseros y se la guarda en favoritos. La sugerencia de Deidara vuelve a su cabeza y se dice que conseguirá dinero a como de lugar.
Ahí está papá Madara hablando con el tío Izuna, ambos vestidos con el uniforme de policía. Obito los espía desde la esquina, repasando eh su cabeza todas las respuestas a las posibles preguntas de su padre. Al fin decide acercarse antes de que alguno de los dos se fuera. Su tío es quien lo ve primero y extiende el brazo en su dirección.
—Hola, Obito —dice tío Izuna.
—¡Hola! —responde Obito—. Qué casualidad encontrarlos aquí.
—¿Dónde vas? —pregunta su padre.
—Al centro comercial, he quedado con alguien de clase —responde Obito—. Esto... Papá... ¿Me podrías dar algo de dinero?
—¿Y tu semanada? —pregunta Madara.
Su padre es tan predecible, piensa Obito.
—Me la tuve que gastar, pero...
—Entonces deberás aprender a administrar tu dinero mejor, el domingo tendrás tu siguiente semanada y esta vez no te la gastes toda de golpe —lo corta él.
—¡Por favor! —Exclama Obito, juntando las manos—. ¡Sabes que nunca te he pedido nada más y quería invitar a alguien a merendar!
—¿A quién vas a invitar? —pregunta tío Izuna.
Oh, mierda. Obito conoce bien ese tono y lo que significa.
—A- a un amigo —responde.
—¿A un amigo? ¿O a una chica? El otro día pasaba en el coche patrulla y te vi montado en bicicleta con una rubia. ¿Es ella la que vas a ver?
Obito se sonroja.
—¡No! ¡Sólo era Deidara que me encontró de camino a la escuela y me llevo!
Su tío se frota la barbilla con una media sonrisa en la cara.
—Así que ella se llama Deidara —murmura.
—¡No! Digo... Sí, se llama Deidara pero-
—¿Por qué es la primera noticia que tengo de esto? —pregunta papá Madara.
Obito suspira, pero cuando ve a su tío sacar la cartera, decide no aclarar nada más.
—Deja que el niño se divierta, está en la edad —dice tío Izuna, estirando la mano con tres billetes de diez ryo en ella—. Toma, llévate a Deidara-chan a las recreativas y consíguele un peluche bonito para que se acuerde de ti.
Con la cara ardiendo y las manos temblando, Obito toma el dinero.
—¡Gracias! ¡Hasta luego!
Su primera parada es la tienda de animales donde escoge la comida más barata para dar de comer a los más de diez gatos que ya se reúnen todos los días a esperarlo. Obito no descarta que sigan apareciendo más, pero el dinero que le ha dado tío Izuna los mantendrá bien alimentados por un tiempo.
Mientras camina hacia el parque con los bienes adquiridos piensa que ojalá fuera tan genial como su tío se piensa que es. Tal vez así tendría de verdad una novia y no sería nada más que el loco de los gatos.
Obito se acerca a Deidara al terminar la clase.
—Dijiste que tenías pájaros. ¿No?
Deidara lo mira sin dejar de guardar las cosas en su mochila.
—Unos cuantos, sí. ¿Por qué?
—¿Podrías regalarme unas plumas? —pregunta Obito—. Quiero hacer unos juguetes caseros para gatos, he visto algunas ideas en internet y necesito algunas plumas.
—Oh. ¿Al final te quedaste con el gato? —pregunta Deidara.
Obito prefiere no decirle que ahora es papá de más de diez gatos. No lo iba a tomar en serio y tendría toda la razón.
—No. No puedo —dice Obito, sentándose en el asiento vacío junto al de Deidara—. Pero voy todos los días a darle algo para comer y me gustaría hacerle también algunos juguetes.
Deidara sonríe.
—A mi madre le dieron un loro verde hace poco. Te traeré unas plumas suyas, hm. Y si puedo te haré alguno de esos juguetes de los que hablas, me gustan las manualidades.
—¡Te lo agradecería tanto! —exclama Obito.
—Por cierto. ¿Probaste el truco que te dije? ¿Te funcionó? —pregunta Deidara.
Obito se pasa la mano por el pelo.
—Uh, s-sí. Más o menos. Lo malo es que ahora mi tío y mi padre piensan que tengo novia. Mi tío me vio contigo en la bicicleta y pensó que eras chica y creyó que quería el dinero para llevarte a tomar algo.
Obito se pregunta por qué rayos le está contando eso, pero Deidara no parece que se lo esté tomando mal.
—La próxima vez, diles que no soy tu novia, sino tu novio. Luego vienes a mí y me describes la cara que pusieron, hm —dice Deidara y tras echarse la mochila al hombro, se encamina hacia la puerta.
—¿¡Cómo puedes decir esas cosas y quedarte tan tranquilo!? —exclama, otra vez se está sonrojando.
Deidara sólo le sonríe, despidiéndolo con la mano antes de salir al pasillo.
Ahí está el tutorial para hacer el juguete para gatos casero. Deidara mueve con el dedo la ruedita del ratón y toma nota de cada paso, de cada ilustración y consejo. No es nada demasiado complicado. Un palito fino y largo con un hilo grueso atado, en cuyo final hay una pluma.
Entonces se da cuenta que está sonriendo, pensando en Obito. Debió haberle pedido el teléfono. Lo habría hecho si hubiera sabido que Obito se le iba a acercar al terminar la clase para pedirle un favor y más aún si hubiera sabido que alguien en su familia se pensaba que estaban saliendo. Deidara se regaña a sí mismo por haber estado lento de reflejos mientras busca en esa web de mascotas más tutoriales para hacer juguetes caseros. Va a impresionar a Obito con su habilidad para las manualidades y después se lo va a ligar. Gracias a ese alguien que pensó que eran novios al menos Obito ya se lo ha imaginado, Deidara se pregunta cuanto tiempo le llevará convencerlo de que no es una mala idea.
Entonces una noticia al borde de la web llama su atención. «Como crear un ejército de cuervos». Deidara lee el título varias veces y le da click. Dentro hay consejos sobre cómo hacerse amigo de un cuervo, información sobre lo inteligentes y leales que son. Fascinado, se va a buscar más información del tema cuando termina el artículo. Un ejército de cuervos. No suena nada mal.
—¿Sabías que los cuervos, no sólo pueden recordar caras sino que pueden advertir a otros cuervos de humanos que se portaron mal o bien con ellos? —pregunta Deidara, una de las ninfas de su madre está sentada en su hombro, atusándose las plumas—. Además leí que se vengan de la gente que ha sido mala con ellos cagándoseles encima.
—No, esas no la sabía —responde ella sentándose frente a su desayuno—. ¿Qué te ha dado con los cuervos? No dejas de hablar de ellos desde ayer.
—Me voy a hacer un ejército de ellos, hm —responde Deidara—. Ayer leí como hacerlo.
Su madre asiente.
—¿Y qué les vas a dar de comer?
—Pues, he leído que les gusta mucho la comida basura y que pueden reconocer algunas marcas en los envoltorios, así que cuando las ven tiradas por el suelo se van a husmear. Voy a comprar un menú, sentarme en el parque y esperar a que alguno venga a pedir comida. He leído que suele funcionar. Si no lo hacen, me lo como yo y lo intento otro día.
Ella lo mira con un reproche silencioso en la mirada.
—Esa comida tiene mucha sal. No es muy sana para ellos.
Deidara se encoge de hombros.
—Para humanos tampoco pero todo el mundo la come y no pasa nada.
—Bueno, por una vez está bien pero para las siguientes, llévales nueces o fruta o huevo cocido... —Su madre se queda pensativa—. Estoy pensando que la comida para perros les puede gustar.
—¿Un donativo para la causa? —pregunta Deidara con su mejor sonrisa.
Su madre vuelve a mirarlo en silencio y él aletea las pestañas teatralmente.
—Sólo por hoy —responde ella al fin—. Esto no es una excusa para que te atiborres a hamburguesas todas las tardes.
—Ni se me pasó por la cabeza, hm —responde Deidara, con un tono ofendido que es de todo menos creíble.
Deidara se sienta en el banco y saca el menú de hamburguesa y papas fritas. Aún está caliente y piensa que sería una pena si todo se enfría sin que haya aparecido ni un solo cuervo, así que se come la mitad de las papas y la hamburguesa. Puede escuchar graznidos de cuervos en los árboles junto con el canto de otros pájaros y se pone a buscarlos entre las ramas. Ve un par sentados en una rama pero no tiene ni idea de cómo hacerlos bajar. Deja la bolsa con el logo bien visible sobre el respaldo del banco, esperando que alguno lo reconozca pero al final no es un cuervo el que baja a mendigar sino unos cuantos gorriones. Deidara piensa en espantarlos, pero no quiere que los cuervos piensen que es una de esas personas a las que hay que cagar encima.
Entonces tiene una idea. El pan, les dará el pan de la hamburguesa, esa cosa no es digna de su ejército y puede que si se lo da, algún cuervo baje a ver qué es lo que se está repartiendo, entonces les dará lo bueno a ellos. Deidara sonríe, arranca una miga de pan de hamburguesa y se la tira al gorrión. Deja pasar un rato antes de darle otra y otra más, y más pájaros acuden a él pero ninguno es un cuervo. Un carbonero se acerca a husmear y Deidara saca el teléfono y le toma una foto. A su madre le gustará y tal vez consiga sacarle más dinero para financiar su plan.
Cuando le lanza la miga de pan, varios pájaros empiezan a pelear. Deidara los mira con interés. Un cuervo se posa en el suelo, alejado del grupo de pájaros. Hora de sacar lo bueno. Deidara toma las papas, parte una por la mitad y la lanza en su dirección. El cuervo se asusta y se aparta dando saltitos. Deidara rueda los ojos y observa a los demás pájaros pelearse por lo que ha tirado.
—¡Es para ti, tonto! —exclama.
Toma otra papa y esa vez se la muestra y la tira con cuidado. El cuervo la toma en el pico antes de que otro pájaro se la pueda quitar y se va volando. Deidara no está seguro de si eso es una victoria o no, pero se queda un rato esperando por si vuelve, ignorando al resto de los pájaros. En cuanto lo hace, Deidara no está seguro de si es el mismo cuervo o no, le tira un pedazo de hamburguesa con algo de queso pegado, que el cuervo se come ahí mismo.
—Tu serás mi primer soldado, hm —dice Deidara, admirando el brillo del sol en su negro plumaje.
Ningún otro cuervo se acerca a él, pero para Deidara el plan es un éxito. Cuando la comida se le acaba, le tira el resto del pan a los pájaros, se limpia las manos y se va.
—Volveré, recluta, háblale bien de mí a tus amigos.
Un escándalo de graznidos recibe a la madre de Deidara en cuanto sale a la calle. Deidara sonríe, sentado en el sofá.
—¡Deidara, los vecinos se van a quejar! ¡Los cuervos están atacando a la gente que intenta espantarlos!
—¿Y? Así es como se supone que debe ser, hm —responde él y va a asomarse a la ventana—. Estoy orgulloso de ustedes, soldados.
Cuando sale de casa con la bolsa de comida, varios cuervos se posan en el suelo y dejan objetos pequeños a sus pies. Deidara toma una piedrita verde brillante que pudo haber sido un fragmento de vidrio erosionado por el tiempo. La guía también le hablaba de esos pequeños regalos.
—Bien hecho —dice, esparciendo por el suelo un puñado de comida para perros.
—Deidara, tienes que dejar de darles de comer aquí —dice su madre.
—No es mi culpa que me siguieran y descubrieran donde vivo.
—Puede que no lo sea, pero no puedes seguir incentivando este comportamiento. Llévatelos al parque y déjales claro que sólo van a conseguir comida allí.
Después se monta en el auto y lo despide con un gesto tras arrancar.
—Bueno, ya escucharon a la jefa —les dice Deidara y vuelve a la casa.
Un rato después sale, listo para ir a la escuela y se monta en su bicicleta. Los cuervos lo siguen allá donde va. Ya en el parque les echa de comer y un puñado de gatos aparece y empieza a comerse lo que ha tirado.
—¡Fuera gatos, hm! —exclama Deidara.
Se pregunta de donde han salido tantos pero no son rivales para él ni sus soldados. Deidara ya puede verlos descargando sobre el enemigo. La primera batalla está prácticamente ganada.
—Hoy el banquete será doble si ganan —dice, agitando en el aire la caja de comida.
Al final, los gatos salen huyendo, y el escuadrón Deidara celebra por todo lo alto su primera victoria.
Deidara se pasa la mitad de la clase mirando al asiento vacío de Obito. Cerca del final, él aparece en la puerta, falto de aire mientras se disculpa y se sienta.
—¿Cuál es la excusa hoy? —pregunta el profesor.
—No me creería si se lo dijera —responde Obito—. Sólo tuve que volver a mi casa a ducharme y cambiarme porque me ensucié.
Obito parece estresado. Deidara sonríe y lo mira y cuando él mira en su dirección, lo saluda con la mano. A penas termina la clase, va hacia él con su regalo.
—Hey —dice Deidara, poniendo frente a la cara de Obito el pompón de lana verde atado a un hilo—. Te hice algo más. Para tu gato, hm.
Obito toma el pompón de sus manos y sonríe mientras lo examina.
—No era necesario, Dei. Me has hecho ya tres juguetes.
—¿No te gusta? —pregunta Deidara.
—Me encanta, pero no quiero molestarte más —responde Obito.
—¿Y qué te parece si a cambio me enseñas al gato? Me has hablado tanto de él que ahora quiero conocerlo. —Deidara saca su teléfono—. Dame tu número.
Obito desvía la mirada.
—Eh, espera.
—¿Qué pasa?
—Um —balbucea Obito—. S-sí. Te enseñaré al gato. Toma mi número.
Deidara apunta lo que Obito le va diciendo y hace una llamada perdida. Después sonríe para sí. Por fin lo tiene, ahora podrá hablar con él cuando se le antoje.
—¿Por qué tan nervioso? —pregunta después.
—Es que... —Obito se pone rojo, Deidara siente la tentación de sacarle una foto—. No me juzgues, ¿vale? Mi tío aún cree que eres mi novia y bueno, yo le he estado d-diciendo que, bueno. Cosas. Y me ha estado dando dinero para que te invite a salir, así que seguí con la mentira. No para de decir que te quiere conocer, pero ya se me están acabando las excusas. ¡Te prometo que le diré que hemos roto en un tiempo! Si lo hago ahora me dejará de dar dinero y ahora mismo los gat- ¡El gato! El gato, el gato. Sólo un gato. Ese gato me necesita.
Deidara a penas puede creer que se le haya presentado una oportunidad tan buena para ligar con Obito. Casi le dan ganas de reír.
—Está bien, no me importa, hm.
—¿¡En serio no!? —pregunta Obito con los ojos bien abiertos.
Deidara asiente.
—Pero a cambio tienes que invitarme a algo. ¿No te dan ese dinero para invitarme a cosas?
—B-bueno, sí pero lo necesito para...
—Al menos una vez —lo corta Deidara—. Además, si tu familia me ve contigo se creerán más la mentira y te seguirán dando dinero.
—Me gusta la idea —responde Obito y Deidara nota que sigue algo sonrojado—. Me da algo de vergüenza pero es por una buena causa. Te presentaré al gatito.
—Yo también quiero enseñarte una cosa —dice Deidara—. Lo haré cuando quedemos.
—¿Qué cosa? —pregunta Obito.
—Es una sorpresa, hm. ¿Qué te pasó hoy que tardaste tanto?
—Uh- —Obito frota su nuca—. Nadie se lo va a creer porque suena a excusa barata, pero cuando pasé por el parque, un montón de cuervos estaban molestando y cuando los intenté espantar... Me intentaron cagar encima.
Ups.
Deidara ríe con nerviosismo.
—Los cuervos son muy inteligentes y pueden guardar rencor. Si los molestaste tal vez se enojaron. ¿Sabías que sus graznidos diferentes acentos según la zona donde vienen?
—No, no lo sabía —responde Obito con un deje de admiración—. ¿Quién te lo dijo?
—Lo vi en un documental. Te lo puedo pasar.
Obito se cruza de brazos.
—Nah. Los cuervos me atacaron, así que ahora mismo me caen mal —dice y tal vez sea por la expresión decepcionada de Deidara la razón por la que unos segundos después suspira y agrega—: pero suena interesante.
Seguro debe haber una manera de convencer a su ejército para que dejen de atacar al chico que le gusta. Ya se le ocurrirá alguna manera de convertir a Obito en un amante de los cuervos.
El profesor de inglés entra y Deidara se aleja.
—El sábado que viene, quedamos.
Al salir de la escuela se va directo al parque. Algunos cuervos lo están esperando ya. Deidara los alimenta un rato y más de ellos comienzan a venir, trayendo en su pico pequeños objetos brillantes. Pronto la valla, el parque infantil del otro lado y las ramas de los árboles cercanos están todas llenas de cuervos. Deidara sonríe, sintiéndose el villano de una película de terror.
El cambio de expresión en la cara de Obito cuando lo ve aparecer es algo que Deidara no olvidará pronto.
—Te arreglaste mucho —murmura y Deidara se acerca más a él.
—Me vestí para impresionar a tu familia. Cuando se hace algo hay que hacerlo bien, hm.
Su suéter color durazno de cuello barca deja al descubierto uno de sus hombros. Ahí es donde lo está mirando Obito.
—Sí pero... Te lo estás tomando tan en serio, y todo por mí.
—Mejor te tomo de la mano. Así es más realista.
Deidara lo hace sin esperar la respuesta de Obito. Él no se aparta pero se sonroja un poco.
—Deberíamos ir a dar una vuelta cerca del parque. Mi tío está ahí dirigiendo el tráfico hoy.
Ambos se ponen a caminar.
—Así que ese es tu tío, el que dirige el tráfico en el cruce —dice Deidara—. Ahora entiendo por qué a veces me ha saludado cuando paso con la bicicleta.
—O sea, ya te reconoce —responde Obito—. Es una suerte que nuestro instituto pusiera uniformes unisex.
El comentario le deja un sabor amargo en la boca.
—¿Tu familia es homófoba?
—Bueno, creo que... Tío Izuna estaría bien con ello, pero a papá le costaría más asimilarlo, si saliera con un chico. Es un anticuado. Por eso creo que si se enterasen, no me iban a creer si les digo que era todo un plan para sacarles dinero.
Deidara frunce el ceño y le aprieta la mano.
—Ahora quiero ir donde tu padre, decirle que soy un chico y que qué va a hacer al respecto y besarte delante de él, hm.
Obito ríe pero no dice nada.
—¿Y tú qué opinas? —agrega Deidara.
—Me daría mucha vergüenza. Pero si estuviera saliendo contigo significaría que me gustas mucho y papá lo tendría que aceptar —responde Obito—. ¿En serio me besarías sólo para probar un punto?
—Sí —dice Deidara y deja que Obito piense lo que quiera al respecto.
Al llegar al cruce ven que el tío de Obito no está ahí. Deidara lo mira y nota lo roja que está su cara.
—Eh. Debe estar cerca, mira —dice, señalando un auto de policía estacionado junto a la acera—. Es su auto.
—Bueno, ya que no está, podemos ir a merendar y el sábado que viene probamos de nuevo, hm.
Se escuchan graznidos de cuervos y uno de ellos se posa en una señal de tráfico cercana. Su ejército ha venido. Obito le suelta la mano con un grito ahogado.
—¡Son esos cuervos otra vez! —exclama Obito y de la bolsa que lleva colgada en bandolera saca un paraguas—. ¡Yo te protegeré, Dei!
Obito pone el paraguas sobre ellos dos. Deidara mira al cielo. No hay ni una sola nube en él. La gente los está mirando.
—¿Qué haces?
—Es la única manera de que no se me hagan caca encima —dice Obito—. ¡Desde hace un tiempo esos cuervos no dejan a nadie en paz!
Deidara traga saliva y se deja guiar por Obito que lo ha tomado de la mano otra vez.
—Está bien, yo te puedo enseñar a ganarte su respeto, hm. ¡Sólo tienes que ser más amable con ellos!
—¿Más amable? ¡Pero son ellos los que me atacan!
Al aproximarse al lugar donde suele a alimentar a sus cuervos, un montón de gatos comienzan a aparecer. El tío de Obito está ahí junto a otro policía.
—¡Papá! ¡Tío Izuna!
—¡Obito! —exclama el policía de la coleta y después lo mira a él y después al paraguas—. ¿Dando un paseo?
—¿Qué pasó? —pregunta Obito.
—Unos cuervos han estado molestando a la gente desde hace un tiempo y no los dejan en paz hasta que no les dan de comer. Incluso se han dado casos de robos de comida —responde el que debe ser el padre de Obito.
Deidara tiene que contenerse mucho para no reír. Esos cuervos son su orgullo.
—Sabía que algo raro estaba pasando —dice Obito.
Varios gatos se acercan a Obito maullando sin parar.
—Alguien debe haber estado dándoles de comer y ahora se creen con derecho de ser alimentados. Por cierto, parece que a estos gatos les gustas —dice el tío de Obito y él deja escapar una risilla aguda.
—S-sí, me pregunto por qué —responde, extrañamente nervioso—. Bueno, nos vamos a seguir paseando.
—Hasta luego. ¡Un gusto conocerte al fin, Deidara!
—Igualmente, hm.
Ambos policías lo miran confundidos, atando cabos sobre el timbre de su voz. Deidara se vuelve y sonríe con suficiencia antes de apoyar la cabeza en el hombro de Obito. Él ni siquiera reacciona y Deidara decide quedarse así un rato más.
—Los gatos nos están siguiendo —dice al ver que varios de ellos se han puesto a su altura.
Obito se detiene. Ambos aún siguen debajo del paraguas.
—No te siguen a ti, me siguen a mí —dice—. Y los cuervos también. Me odian, Dei.
—No. Ellos me siguen a mí, hm.
Entonces se miran. Deidara sonríe al ver a Obito con los ojos tan abiertos.
—No me digas que eres tú el que ha estado alimentando a los cuervos.
—Bueno, parece que tú también has estado alimentando a más de un gato, hm.
Ambos se quedan en silencio bajo el paraguas, sus manos aún unidas.
—¡Comenzaron a venir cuando alimentaba al mío! ¡No podía dejarlos mirando! —dice Obito—. ¿Le puedes decir a tus cuervos que dejen de atacarme?
Deidara le suelta la mano y abre su bolsa. De ella saca las golosinas para perros que siempre lleva consigo y le pone un puñado a Obito en la mano.
—Dáselas.
Obito saca la comida de sus gatos primero y mientras están distraídos, alimenta a los cuervos. Sólo entonces cierra el paraguas y lo guarda.
—Debí haber imaginado que eras tú después de tanto interés en los cuervos.
—Esto era lo que quería enseñarte —dice Deidara, mirando a los gatos—. Y bueno... ¿Cuál era el gato original?
Obito toma en sus brazos a uno de los gatos, el más chiquito.
—Este.
Deidara le rasca el cuello y el gato ronronea y se frota contra su mano.
—Deberías llevártelo a casa y decirle a tu padre que se fastidie, que el gato se queda, hm.
—Ojalá todo fuera tan fácil. Nunca va a aceptar —responde Obito—. Además, hoy ya tendré que darle demasiadas explicaciones sobre ti.
Deidara sostiene su triste mirada.
—Llévame con él, yo lo convenceré, así si se enfada con alguien, será conmigo y no contigo.
—Dei, no lo conoces. Él es muy obstinado.
—¡Yo lo soy más, hm! Además me molestó eso que dijiste sobre sus prejuicios, le diré que estamos saliendo.
—¿¡Q-qué!? ¿¡Por qué!?
Obito está otra vez rojo.
—Porque yo soy gay y detesto a la gente como él.
Pasan unos segundos hasta que Obito reacciona.
—Oh. Entonces... Te dejo decirle eso. Vamos.
Ambos salen del parque, uno junto al otro. Deidara acomoda mejor al gato en sus brazos.
—La verdad es que ahora mismo... También me siento un poco gay —agrega Obito después.
Algo en el interior de su pecho se calienta. Deidara le sonríe y lo observa mirar al suelo, como si esa frase fuera la cosa más valiente que ha dicho en su vida y ahora tiene que reponerse. En un rato va a necesitar de ese valor.
—Me alegro —responde Deidara y le deja un beso en la mejilla.
Una bandada de cuervos los sigue, saltando de rama en rama.
Ya voy con un día de retraso. Pero estoy de vacaciones así que tendré más tiempo para dedicar a la week. Gracias por todos los comentarios que me dejaron en el fic anterior. De verdad me motivaron mucho.
¡Gracias como siempre por leer!
