Encuentro en el altar
—¿Cómo sería nuestra boda, Urie?
—No podemos casarnos...Ya sabes por qué.
—Vamos. Si la tuviéramos. ¿Cómo sería?
—Shirazu...
—Compláceme. Estoy nervioso por lo de mañana, firmar el testamento y eso.
—Lo hicimos montones de veces.
—Y siempre me da ansiedad.
—Diablos.
—Dime...
—¡Está bien...!
...Entro a la Iglesia...o el registro civil. Nada de esto es legal pero finjamos que sí. Es nuestra fantasía.
Entro y...tú estás ahí. Con tu hermana. Esperándome. Soy como la novia pero con un smoking elegante. Y...te veo, Shirazu Ginshi. Estás guapo, afeitado, sonrojado. La gente comenta sobre eso, no pueden creer que seamos gays. Pero pasa.
Te veo. Y no hay nadie más ahí, excepto tú, ni Haise, Arima, nadie. Solo tú. Todos son secundarios. Ven cómo voy hacia ti, el cura o el juez nos observa. Y finalmente, luego de una cámara lenta que hace que la escena dure años...nos reunimos. Frente al altar.
No tienes un estúpido velo, es solo tu cabello de hippie con empleo del gobierno.
Lo es...Pero si te raparas, lo echaría en falta. Shhh, deja que termine.
Te acaricio la cara. Digo las palabras prepactadas, como que siempre voy a llenar tu copa, aunque solo nos alcance para gaseosa barata.
Nos reímos y hacemos que los heterosexuales se sientan mal porque no pueden amar con tanta locura e intensidad como nosotros. Y nos besamos. Y es perfecto...Todos nos envidian.
Y tah-dah, estamos casados. Eso es todo.
Y una luna de miel en Las Bahamas, con la tarjeta de crédito de Haise.
¿Te gustó?
Al menos te hice reír. No soy bueno con las fantasías no sexuales, amor.
Ya, duérmete. Firmaremos el testamento mañana.
Pero es inútil, no vas a morir, lo tienes prohibido, ¿vale?
Lo único mejor que nuestra fantasía, es un futuro real.
Siempre voy a encontrarte, Shirazu. No tienes a dónde ir, yo tampoco, recuérdalo.
Si te quedan dudas, solo espera.
Espera por mi, ¿vale? Siempre. Voy por ti. No importa dónde estés...
Lo reconoció por los dientes, incluso antes del examen. Hubiera sabido que era la sonrisa de Shirazu en cualquier lado, con sus espacios y esmaltes picados, los arreglos abaratados de cuando era niño.
Verlo fue como ir al festival de Año Nuevo con él. Urie lloró sobre los restos, antes de informar a Yusa por el comunicador.
¿Qué te hicieron aquí, mi amor?, suspiró para sí mismo. La piel del cuerpo estaba seca, casi momificada. Había bisturíes a su alrededor, la luz baja y olvidada, polvo.
Shirazu era la ofrenda perdida, una camilla sucia el altar soñado. Se encontraba...desnudo.
(Urie lo cubrió como pudo, con su propia chaqueta distintiva del TSC).
Olía a podredumbre y tristeza. Pero la carne recibió a Urie como si solo le faltara vivir para abrazarlo y susurrar...
He vuelto a casa. Llévame, amor. Casa siempre es contigo, Urie. Y con los demás, pero sobre todo contigo, con Sassan, Mutsuki, Saiko...
Nunca tuvieron la boda que quisieron. Un sueño tonto, porque eran hombres y pertenecían a una institución machista, que nunca lo hubiera aceptado. Urie no estuvo seguro de lo que sentía por Shirazu hasta que su novio dejó de respirar en sus brazos, diciendo el nombre de otra persona a la que no le importaban ellos.
Yusa no lo sabría, Haru menos. Pero antes de derrumbarse junto a los restos, Urie posó los labios en donde habían estado los de Ginshi. Dijo "te amo" y "acepto", como ante una multitud de seres queridos que pudieron aprobarlo. Acarició los huesos.
Y se desmayó, aliviado, pero sin dejar de estar triste.
(Nunca dejaría de estarlo).
