El secreto de los enamorados
Ootori Kyōya estaba decidido.
Podía parecer estoico por fuera, pero por dentro, estaba llegando a su límite. No era racional para él perder los papeles y no estaba dispuesto a delatarse de esa forma frente a sus amigos. Sin embargo, sabía que no podía ocultar sus sentimientos y lo que estos creaban en el comportamiento de los demás hacia ella sin querer.
No podía responder a la típica pregunta de cuándo sucedió, porque ni siquiera él, tan cuidadoso de todo, podía responder el momento exacto en que se enamoró de Fujioka Haruhi.
Desde que la chica entrase en el club bajo la forma oculta de hombre para pagar su deuda, se había visto inmerso en un nuevo mundo que se abría ante sus narices. Desde la capacidad de doblegar a Tamaki, de poner los puntos sobre las íes a los gemelos, Haruhi fue rompiendo esquemas entre todos ellos hasta el punto de que, en un abrir y cerrar de ojos, todos la querían.
A causa de tantas cosas que sucedieron no podía elegir el momento exacto para poner una puntilla señalando el momento exacto en que su corazón decidió que ella era su alma gemela.
¿Fue cuando le demostró lo que habría podido ocurrir con aquellos hombres en la playa? Recordaba la suavidad con la que, asombrosamente, todo encajó en ese momento. Ahora se arrepentía un poco de haberlo dejado, aunque fue Tamaki quien interrumpió el momento.
¿A lo mejor fue cuándo se quedó mirando como un tonto las fotografías en las que ella salía vestida de mujer antes de entrar en su nueva institución? Gracias a su padre fue que las consiguió, por supuesto. Le caía bien al hombre, pero hasta qué punto podía ser capaz de confesar que guardaba copias de todo ese para su beneficio amoroso; no lo sabía.
¿O quizás simplemente fue cuando ella le miró directamente a los ojos sin temor alguno para corregirle en cualquier detalle que se le hubiera escapado o regañarlo por algún acto que considerase inadecuado de él?
Lo ignoraba, pero el hecho era ese: estaba enamorado.
Y si había algo que lo caracterizaba, era el hecho de conseguir lo que se proponía o deseaba. Aunque, en ese caso, estaba sopesando que existía una pauta en sus sentimientos que le impedía pasar por encima de los deseos de Haruhi. Si no le correspondía—, algo que desconocía como para ponerlo como una afirmación o negativa en sí—, no sabía qué resultado podía tener.
Él pensaba que quizás simplemente aceptaría su derrota y volvería a mantener una distancia prudencial, teniendo que conservar esos anhelos para él mismo y asegurarse a la vez que ella no se sintiera incómoda al saber que la deseaba y amaba por partes iguales.
El problema era que, a medida que sus sentimientos por ella iban creciendo, otra parte más oscura de él también lo hacía. Era una palabra sencilla, de la que todo el mundo conocía su significado y sus escasas cualidades o beneficios: los celos.
Al principio era algo débil, pero poco a poco, fue creciendo como una espina en su pecho que se incrementaba a medida que Tamaki o Hikaru, quienes ya no ocultaban para nada su interés en ella, avanzaban. Ambos, en una lucha masculina con deseos del trofeo.
El quid de la cuestión, es que, él también estaba inmerso en esa batalla, aunque fuese de forma discreta.
Sin embargo, su sombra a veces palidecía al lado de los otros y un miedo pequeñito fue anidándose en su pecho poco a poco. Algo que lo aterrorizaba cada vez que Haruhi estaba de espaldas a él, que nacía como una pequeña inquietud que aumentaba.
Deducía por qué: el terror de perderla.
Si quería acallar aquel sentimiento sólo había una forma de hacerlo. Por eso, decidió que no iba a dar más vueltas al asunto y tomó las riendas.
—Haruhi.
Ella, que estaba inclinada recogiendo los desperdicios de la última actuación del club, a la par que esquivaba al resto, quienes parecían haber proclamado una justa, usando los palos de escoba como espadas y lanzas, le miró con sus grandes ojos muy abiertos e interesada.
—¿Puedes quedarte al finalizar la limpieza?
—Sí, claro —aceptó mirando el reloj—. Hoy no hay ninguna oferta hasta más tarde, así que puedo hacerlo.
Kyōya no pudo evitar levantar las comisuras. Si Haruhi no pensara en algo así, claramente, no sería ella.
Al menos, se daba por satisfecho que aceptara la petición. Aunque eso no ayudaba a quitarse la sensación de impaciencia. Quizás, esa vez tenía que haber sido menos rácano y permitir un servicio de limpieza en lugar de obligar a los miembros a limpiarlo todo. Aunque debía de reconocer que gran parte de la suciedad era a causa de Tamaki y los gemelos en su disputa por qué clase de color le quedaría mejor a Haruhi en un vestido de boda chino.
Le habría gustado intervenir, pero se negaba a caer en esos juegos que eran claramente la exposición de sus sentimientos y, obviamente, no era algo que debía de anunciar frente a ellos. No. Debía de expresarlos directamente a la persona indicada.
—Kyōya.
Al finalizar las tareas y que el resto, agotados ante la falta de costumbre de quehaceres de limpieza o participar en una justa hasta agotarse, se marcharan, Haruhi se reunió con él en el despacho que reservado para sus tareas como jefe en las sombras del club. Parecía haber llamado, pero él estaba tan inmerso en sus pensamientos que ni siquiera escuchó si lo hizo.
Ella se detuvo en la puerta, sorprendida por descubrirle con la guardia baja. Le hizo un gesto para que se acercase tras cerrar la puerta, a la par que se levantaba de la silla y apoyaba una mano sobre la mesa.
¿Cuáles eran las palabras indicadas para usar en una situación así?
Porque las había pensado de muchas formas, pero no estaba seguro de su elección en sí. Ni siquiera sus ensayos mentales parecían llegar a buen puerto.
Decidió que no iba a dar rodeos. Se subió las gafas, decidido.
Haruhi se detuvo justo frente el escritorio y ante su sorpresa, extendió las manos hacia él. No llegó a tocarle, pero todo su cuerpo se estremeció, impaciente. Deseaba que lo hiciera, que posara sus dedos sobre sus mejillas y le acariciara. Incluso podía quitarle las gafas. De alguna forma, ese acto le parecía exótico viniendo de las manos de Haruhi.
Ella no le tocó. Se mantuvo ahí, cautelosa.
—¿Te encuentras bien? —preguntó—. Pareces tenso.
Esbozó una firme sonrisa y atrapó una de sus manos con determinación. Si ella no iba a tocarla, él sí. Aprovecharía ese último momento con todas sus fuerzas.
—Simplemente, estoy organizando mis pensamientos y poniendo en orden lo que voy a decir —expresó. Ella le miró sin comprender—. No voy a dar vueltas buscando la forma más amable de decirlo, así que iré de frente. ¿Podrás escucharme?
Haruhi acomodó su postura, mucho más femenina de lo que seguramente podría mostrar en el exterior. La comodidad que demostraba frente a él era halagadora y a la vez, peligrosa, porque podía derrumbar por completo sus barreras.
—Sí.
Rodeó el escritorio para posicionarse frente a ella. Era el único lapsus de tiempo que pensaba consentir.
—Estoy enamorado de ti.
El silencio reinó entre ellos. ¿Quizás había sido demasiado directo?
Haruhi continuaba observándole, con los ojos muy abiertos, la boca ligeramente abierta. Pese a eso, sus mejillas no parecían cubrirse de carmín o propiciar gestos femeninos de sorpresa. Aunque ya, eso, lo había esperado. Si tan sólo pudiera apoyar su cabeza sobre su pecho y escuchar su corazón…
Kyōya decidió darle algo más de tiempo.
Simplemente decir algo así, sin más, era apresurado y descolocaría a cualquiera. Si tan sólo pudiera demostrárselo de otra forma…
Sabía que Haruhi era inmune a su cercanía. Después de aquel encuentro en la playa, era él quien temblaba como un flan ante lo que podría haber ocurrido entre ellos.
Rompió las distancias que los separaba y tomó su mentón con delicadeza entre sus dedos, sin dejar de observarla. No quería, realmente, perderse nada. Ni siquiera su rostro al rechazarle. Menos, asustarla.
Se inclinó lo suficiente como para que notara más su presencia, que su aroma la embargara y su mente estuviera completamente llena de él. Sólo por ese momento tenía que ser suya.
—No soy una persona tan calmada como crees, Haruhi —dijo—. Más bien, soy del tipo celoso y posesivo. La idea de ver cómo los otros no hacen más que rondar a tu alrededor, viendo la posibilidad de que se queden contigo… me enferma.
Bajó sus dedos por su cuello, subiendo de nuevo en un lento recorrido. Su piel era más suave de lo que esperaba. Osciló por sus hombros y abrió el cuello de la chaqueta. Ella continuó mirándole, sorprendida. Ni siquiera le detuvo cuando la acercó a él lo suficiente para que sólo un milímetro separase sus cuerpos y dejaba caer la chaqueta, que había logrado quitar en suaves y firmes gestos, a sus pies.
La camisa se amoldaba algo mejor a sus verdaderas formas.
Tentado, movió las manos por sus hombros y pasó por sus brazos de nuevo. Quería sentirla y que le sintiera. Cerciorarse de que no iba a echar a correr. Podría levantar las manos y empujarle en cualquier momento. Incluso cuando desabrochó los botones de sus muñecas y volvió a subir hasta sus hombros.
Sin dejar de observar sus gestos, lentamente, llevó las manos bajo sus axilas. Esperó por un momento a que pronunciara algo, pero continuaba anonadada por sus palabras. La levantó con facilidad para sentarla sobre el escritorio. De alguna forma, presentía que lo necesitaba y a él, le maravillaba la idea de tenerla ahí, tan vulnerable y delicada a sus acciones.
Retiró las manos lentamente de debajo de ella y acarició su mejilla con los nudillos de ambas manos.
Entonces, Haruhi reaccionó.
—Si no me pones freno ahora... —le advirtió al notar que miraba a su alrededor, como si se estuviera preguntado cómo había llegado allí y por qué le faltaba la chaqueta.
Se llevó la mano diestra hasta su cuello, aflojando la corbata lo suficiente para que el cuello de su camisa se abriera. Fue interesante ver sus ojos descender hasta el lugar, tragar, como si el simple acto de ver hacer ese gesto fuera determinante para ella, volver a su rostro la mirada y… tomarle la cara entre las manos.
Si ese era su método de detener a un hombre, claramente, no iba a funcionar.
—No quiero ponerlo —susurró. Sus pulgares le acariciaron las mejillas—. ¿Has dicho que me amas? —cuestionó más para sí misma. Afirmó con la cabeza como respuesta y ella se lamió los labios—. Entonces, estamos en tablas.
El corazón le podría haber estallado de una forma no literal. Ni siquiera se lo creía cuando ella se incorporó lo más que pudo para besarle, con su pecho rozando el suyo y sus labios presionando con una ternura abrasadora.
Al final, parecía que el cazador se convertía en la presa. Haruhi siempre era una bomba inesperada de respuestas y acciones.
Tampoco pensó que se entregaría a él de esa forma. En realidad, desconocía un poco los principios de Haruhi en esos temas. Pero ninguno estaba preguntando en ese momento si era correcto o no. ¿Sería bueno dejarse llevar por sus sentimientos y permitir que las cosas avanzaran entre ellos de esa manera? ¿Que rompiera la barrera de su lógica y adecuado comportamiento?
¿Y él? Accedió a que sus manos desnudaran las capas que ocultaban su piel.
Jamás pensó que permitir a otra persona tocarle tan íntimamente podría sentirse de esa forma extraordinaria. Las manos de Haruhi acariciando su espalda o su pecho, aferrándose a su cuello con fuerza para evitar la separación de sus cuerpos, eran gloria. Ella podía llegar a los lugares más secretos y también, se abría para él.
Sin rechazarlo, ofreciendo cuanto tenía sinceramente. No importaba que la ropa de ambos estuviera enredada en el suelo de la misma forma en que querían estar sus cuerpos.
Las manos dejaron de ser suficientes, los anhelos incrementaron. Sus bocas se volvieron más despiadas en cada beso y cuando ella, temblorosa, le miró suplicante, supo que, en cualquier otro momento, quizás más tarde, pudiera torturarla un poco más, pero que ahí, en ese instante, era imposible hasta para él.
Perder el sentido del mundo cuando estabas dentro de la mujer que amabas era algo que podía confirmar. Lo había escuchado alguna que otra vez y lo descartó como cuentos románticos y eróticos para mujeres y hombres de corazón sensible. Ahora, podía confirmarlo.
Haruhi le recibía con una pasión arrolladora. Se aferraba a sus caderas, hundía sus manos en su carne, respondía a sus embestidas y arqueaba su cuerpo en cada momento en que lograba dar en el lugar capaz de volverla loca. Esperaba, que del mismo modo que estaba volviéndolo a él.
Tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no hundirse del todo, mantener la cabeza firme hasta que ella lo abrazó en su interior en espasmos firmes y húmedos que lo llevaron al orgasmo.
Entre jadeos, sosteniéndose sobre el escritorio de sus brazos y temblando, ambos se observaron.
—Entonces —murmuró ella lamiéndose los hinchados labios—. ¿Estamos saliendo?
—Heh… —masculló una risita, sorprendido por la pregunta. Él creyendo que había sido lo suficiente claro—. Eso, es más que obvio, Haruhi —confirmó.
Ella sonrió. Y dios, supo que quería conservar esa sonrisa para siempre, provocarla y besarla.
La ayudó a limpiarse y vestirse y buscó las gafas que se había quitado durante el sexo. Al ponérselas, ella hizo aquella sugerencia que nunca se habría esperado. Ni siquiera en su sinfín de escenarios.
La miró con el ceño fruncido. ¿Acaso no había escuchado bien? ¿Haruhi acababa de sugerir que lo mantuvieran en secreto? Después del sexo, de que le abriera su corazón y entregase hasta el alma.
Sí. Incluso le miraba con inocente gesto pese a que todavía quedaba restos del rubor sexual en sus mejillas.
—¿Estás enfadado?
—No, pero… —dudó, sopesándolo, porque dentro de todo, tenía su parte lógica—. Es cierto que decirlo de golpe podría crear un caos en los chicos, especialmente en Tamaki y Hikaru. Sin embargo…
La miró de arriba abajo y a él mismo, que todavía tenía la camisa abierta y el cinturón colgando.
—Es obvio lo que ha pasado entre nosotros.
Al menos, para ellos. ¿Notarían algún cambio en especial en Haruhi más tarde? ¿Sería más femenina?
—Lo sé —aceptó ella—. Ya sabes cómo son. Si se lo decimos de sopetón, podría armarse un jaleo desmedido. Quiero esperar un poco más. Tiene que existir el momento adecuado para decírselo.
Kyōya la observó un instante. Haruhi hablaba en serio. Eso significaba, claramente, que no era ajena a los sentimientos de los otros chicos y que, hasta ahora, simplemente los había ignorado lo más cuidadosamente posible. Sabía que Tamaki era mucho más sensible de lo que demostraba a simple vista —si ignoraban sus frecuentes numeritos de depresión y champiñones creciendo en lugares realmente imposibles—. Y Hikaru, podría ser una bomba de explosión.
—¿Te diste cuenta de mis sentimientos igual que los de ellos? —preguntó tan repentinamente, que hasta él se mostró perplejo. Era casi más una confesión que una pregunta en sí.
—No —contestó Haruhi sinceramente—. Notaba lo de los chicos, pero, como también sois seres muy generosos, pensaba que estaba confundiéndome. Sin embargo, a medida que os iba conociendo, había alguien a quien no conseguía leer de la misma forma que a los demás. Sólo las partes que me permitía ver. Poco a poco, me di cuenta de que esa parte me gustaba, que me interesaba. Es como si…
—Si hiciera funcionar tu cerebro y tu corazón manteniéndote interesada. Como si fuera un juego de deducción que ya quieres resolver sólo por cabezonería.
Ella asintió, estirando su boca en una sonrisa amable. Era increíble como podía desarmarlo sólo con ese gesto.
—Sí, justo así. Incentivabas mi curiosidad y cuando me quise dar cuenta, era yo la que estaba más centrada en ti. Nunca pensé que podría ser considerada, al fin y al cabo, eres una persona que se mueve sólo por sus propios intereses.
Esbozó una sonrisa sesgada, divertido. Tomó un mechón de sus cabellos y cuando le miró intrigada, besó su frente.
—Es la segunda vez que piensas en mí de esa forma, Haruhi —recordó—. Creo que tienes demasiada buena idea de mí. O mala. No sabría decirte, pero… en tu caso, me das más de lo que crees.
La estrechó entre sus brazos y besó sus cabellos. Por regla general, no era alguien cariñoso. Haruhi tenía algo especial, algo que despertaba esa parte de él. Y le gustaba.
Ella levantó sus manos hasta sus hombros para separar la parte superior de sus cuerpos. Su mirada firme e inteligente.
—¿Entonces?
Suspiró.
—Lo haremos. En el momento adecuado —cedió.
Ella sonrió y volvió a besarlo en los labios. Sí, definitivamente sabía cómo desarmalo.
Salir con Kyōya Ootori era algo que jamás habría pensado hacer. Ni siquiera en la esquina más escondida de su mente.
Sin embargo, había sido sincera respecto a su interés en él y en lo que había despertado hasta terminar en un acto correspondido. Algo que era capaz de estremecerla de los pies a la cabeza de sólo recordarlo y que jamás pensó ser capaz de hacer tan pronto, sin citas, sin besos inesperados o hasta sin boda de por medio. Casi podía sentirse como una mala chica. A la que no le había importado pecar.
Sólo con mirarle, mientras estaba distraído, recordaba lo que había sucedido entre ellos en aquel despacho. Cada vez que observaba sus manos las recordaba en su cuerpo, moviéndose por zonas que jamás pensó permitir que alguien las tocara. E incluso sus dedos habían estado dentro de ella. Él había estado llenándola por completo con su hombría. Algo que, intentaba no mirar y no recordar de más. Porque su cuerpo parecía no haberse quedado satisfecho y podía notar lo que le gustaba llamar antojo de resaca sexual. Por supuesto, sólo en su mente.
Si se miraba las manos recordaba la suavidad de su piel bajo sus dedos, la firmeza de su tacto y la forma en que había tenido que abrir sus brazos para poder abarcarlo por completo. Parecía que no, pero Kyōya era grande y fuerte.
Por supuesto, debía de reconocer que cada vez que estaban juntos era un mar de dulzura y comprensión que llegaba a asustarla muchas veces. Siempre había sido bastante observadora de lo que le interesaba. Admitía que un hombre como Kyōya tenía sus defectos. Nadie era perfecto, mucho menos ella se consideraría de esa forma, ni siquiera los adinerados.
Y eran sus celos.
Sabía que el hombre intentaba hacerlo lo mejor que podía, mantenerse impertérrito a los intentos de Tamaki y Hikaru de seducirla.
Al principio, había pensado que era simplemente parte de su diversión personal con hacerla sufrir para su antojo, pero hasta ella se percató de cuáles eran sus intenciones. Ignorarlos, hasta ahora, fue la mejor opción que encontró para no herirles. Especialmente, porque no correspondía sus sentimientos y estaba confundida acerca de Kyōya.
Ahora que eran más claros, y sinceros entre los dos, era absurdo esperar que pudiera corresponder las atenciones de Tamaki y Hikaru. Sería irracionable. Estaba enamorada de Kyōya y dudaba que eso cambiara por más que se esforzaran en impedirlo.
Ellos no lo sabían todavía, obviamente, así que sus intereses no tenían puesto una correa que los detuviera ni una señal de "no tocar". Había querido detener el desvelo de su relación por respeto a los sentimientos de Tamaki y Hikaru, y porque no sabía hasta qué punto serían capaz de comprender su interés amoroso hacia Kyōya y, por supuesto, aceptarlos. No quería causar disputas entre los chicos. No deseaba que se sintieran derrotados por no poder corresponderles y que pagaran su irritación con el hombre que amaba.
Ella no quería ser la causa de su separación, de palabras hirientes que no sentían realmente.
Pero… sus intentos por seducirla, por darle todo cuanto deseaba, era molesto para Kyōya. Podía comprenderlo. Ella misma había llegado a sentir algo de celos en una de esas veces en que atendía a unas clientas. Una de ellas, demasiado avispada, se enganchó de su cuello para besar su mejilla. Sin permiso y sin vergüenza.
Kyōya le cobró algo más por su atrevido acto, pero la acción ya estaba hecha y Haruhi experimentó su primer ataque de celos, con la vergüenza, el enfado y la culpabilidad incluidas.
Cuando más tarde él se burló de ella, acusándola de haber sentido celos, no lo admitió. Aunque fuera verdad. ¿Cómo iba a confesarlo? ¡Ni hablar! Los nuevos sentimientos y experiencias estaban desbordándola. Ella, tan calmada siempre, estaba montada en una montaña rusa de emociones. Algunas le gustaban, las deseaba. Otras, la asustaban.
Kyōya, sin embargo, no era tan capaz como ella de esconderlo. Al menos, no siempre. Era cierto que parecía más estoico, pero hasta Honey se percató de que algo no iba bien en él, especialmente, en sus actos.
—Parece enfadado por algo —murmuró hacia ella y Takeshi discretamente. Los tres estaban sentados juntos tomando algo de té—. Creo que rompió el bolígrafo que tenía entre los dedos, (de Hikaru, por cierto), y tiró la taza de té especial de Tamaki a la papelera.
Mori y Honey, aunque no lo parecieran a simple vista, solían percatarse de las cosas mucho más rápido de lo que se esperaba de ellos. Haruhi debía de reconocer que sentía alguna que otra alerta de peligro a su lado, pero ninguno hizo ninguna pregunta o señaló algún punto en claridad acerca de su relación con Kyōya.
Kaoru, sin embargo, era algo más susceptible a cuenta de su hermano Hikaru, así que enseguida empezó a sospechar más que ninguno. Y como ya se sabía, los gemelos no eran famosos por el don de dar rodeos.
—¿Ocurre algo, Kaoru? —le preguntó una vez en que lo tenía tan cerca observándola, que casi podría haberle visto cualquier desperfecto en su piel.
—Simplemente pienso que has cambiado de alguna forma, como si tuvieras un aura muy diferente. Más femenina de lo normal. Como el aura que desprenden las mujeres enamoradas. O las recién casadas.
Haruhi, por supuesto, no era de las que compartían sus sentimientos abiertamente con los demás, así que lograr esquivar la pregunta y continuar con su misma apariencia desinteresada en el tema, funcionó.
Eso sí, no podía negar que había estado cerca y que sintió cierto sudor frío recorriéndole la espalda.
Las reacciones de Kyōya a las atenciones de Tamaki y Hikaru eran claramente por lo bajo, pero Haruhi le conocía lo suficiente como para saber que el hecho simple de llamarla para comentarle cualquier estupidez, de mandarla a más recados o de mantenerla apartada de ellos, era un claro ejemplo de posesión que iba incrementando a medida que pasaba el tiempo.
Lo malo de todo eso, es que era una pelota, porque, como causa y efecto, Tamaki y Hikaru también empezaron a sentirse celosos.
—¡La acaparas todo el tiempo! ¡Y descaradamente! —acusó Tamaki una de esas veces—. No haces más que querer alejar a Haruhi de su padre.
—¡Eso, Haruhi no es solo tuya! —aseveró Hikaru pasándole el brazo por los hombros.
Haruhi, quien siempre solía dejarse llevar por la marabunta de las discusiones sin sentido, aunque poniendo el freno correspondiente por su integridad, tomó el brazo de Hikaru para quitárselo de encima y se marchó, tras mirar con mala cara a Tamaki y Hikaru. Ya tenía suficiente con su guerra estúpida como para que la arrastrasen a más.
—Definitivamente, no saben cuándo deben de poner un alto a estas cosas —protestó Kyōya en una de sus cortas y escasas reuniones a solas, después de aquella batalla verbal. Sabía que se había tenido que morder la lengua a causa de la promesa, pero Haruhi podía comprender su incomodidad al no reafirmar su derecho sobre ella.
"Tengo derecho: es mi novia", le habría gustado, seguramente, decir.
—Lo sé —reconoció—. Sin embargo, ese momento no era el indicado. Los celos hacen que digamos cosas que no queremos en momentos de calor y no quiero que la cosa termine torciéndose de ese modo. Eso sí, no voy a corresponderles ni ceder a sus juegos, lo prometo.
—¿Eres consciente de que Tamaki pareció nacer sobre fuego y que Hikaru siempre buscará la forma de abrir un agujero en un volcán en erupción sólo para divertirse?
—Sí.
Kyōya besó su frente y después sus labios. Podía ver orgullo y preocupación en sus ojos.
—Mis niveles de celos son incontrolables hacia esos dos —reconoció encogiéndose de hombros y subiendo sus gafas—. Sin embargo, también sé que uno puede ser idiota y el otro, aterrador incluso en solitario. No obstante, si no te hacen nada que no seas capaz de tolerar, no actuaré de más.
—Está bien —aceptó con suma tranquilidad.
Kyōya suspiró, sujetándola de los hombros.
—Mujer, ten un poco de compasión conmigo…
Ella no comprendía a qué se refería, por supuesto. Tampoco es que sus dudas durasen demasiado. En el momento en que volvió a besarle los labios y desnudarla, él volvió a ser sólo suyo. No había celos, no había nadie más. Sólo sus cuerpos, desnudos, dejándose llevar por el deseo.
.
.
Kyōya estaba seguro de que Haruhi cumpliría su promesa. Incluso así, ver sus esfuerzos por mantenerse alejada y censurar las intenciones de ligue de Tamaki y de Hikaru —con Kaoru lógicamente apoyando a su hermano en el juego—, era adorable.
Y en cierta parte, que no reconocería, era hasta placentero ver sus caras desconcertadas ante tan claro porcentaje de rechazo. Educado, sí, pero era un rechazo, al fin y al cabo. Sus frustraciones eran su placer oculto.
—Ya van siete.
Kyōya levantó una ceja mientras observaba a Mori a su lado, junto a Honey que masticaba un trozo de pastel y estudiaba con la mirada al resto del grupo. Como siempre, el primero tan silencioso que cuando hablaba, te sobresaltaba, aunque no quisieras. Deberían de añadir en sus futuros currículums que tenían experiencia como ninjas.
—¿Qué? —cuestionó fingiendo que estaba más interesado en la libreta en sus manos que lo que estaba ocurriendo con Haruhi.
—Los rechazos de Haruhi, aunque educados, hacia los gemelos —explicó Honey en lugar de Mori—. Los hemos estado contado. Con Tamaki ha bastado con uno para que se deprimiera, pero…
—Es Tamaki —censuró Mori encogiéndose de hombros.
—Exactamente —asintió Honey dándose golpecitos con la cucharilla en los labios—. Aquí pasa algo.
Kyōya se encogió de hombros fingiendo desinterés. Bien podría haberles confirmado algo. Decirles abiertamente que era natural, al fin y al cabo, ella era suya. Sin embargo, simplemente apretó los labios y fingió más interés en unas cuentas que ya se las sabía de memoria que en otra cosa.
Pues, así como Haruhi estaba manteniendo su promesa, él también.
Había sopesado la idea de cómo podrían contarlo sin crear el caos que Haruhi temía. Ella tenía la esperanza de que no ocurriera. El lado lógico de Kyōya le indicaba que era imposible. Especialmente cuando los dos rivales eran Tamaki y Hikaru. Era como tener dos bombas de explosión en la mano y unas tijeras para cortar el cable correcto en el culo. Al final ibas a cortar la que no era.
—¿Y si Haruhi se ha enamorado? —preguntó de sopetón Honey, mirándolos inocentemente.
Mori y él guardaron silencio. El primero, sopesando, seguramente, esa opción. Él, sintiendo el cosquilleo de la felicidad, los labios picándole por afirmarlo y el corazón bailándole como si fuera un bicho inquieto dentro de su pecho. Deseaba tanto afirmarlo.
—¿Quién sabe? —cuestionó subiéndose las gafas.
—Aunque… —continuó Mori mirando a los otros chicos.
Honey asintió.
—Será una guerra.
Kyōya asintió en silencio.
La guerra iba a llegar, quisiera Haruhi o no.
Le habría gustado que su presentimiento se quedara sólo en eso. Que los chicos continuaran siendo inconscientes de lo que estaba ocurriendo entre ellos. Sin embargo, todo se desató cuando menos lo esperaban, con la guardia baja y, casi, con los pantalones también. Llevaban saliendo ya más de un mes, y, desde luego, se podía considerar un buen récord teniendo en cuenta quienes eran los contrincantes.
Se habían retrasado más que el resto lo más que pudieron para reunirse en el vestuario. Haruhi muchas veces solía cambiarse a parte o simplemente, esperaba a que el resto terminara, así que no era extraño su lentitud. Él aprovechó el momento para colarse, tranquilo ante la ausencia e interés del resto. Pese a ser como eran, ninguno se sobrepasaba a cuenta de la intimidad de la chica. Ni siquiera espiarían por la mirilla.
En realidad, se enfocaron tanto en proteger su identidad que ni tuvieron tiempo de recordar que ellos deseaban ver por un agujerito.
Haruhi lo recibió con una ansiedad y necesidad que no esperaba de ella. Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla sobre su pecho, claramente, agotada.
—Mentir siempre conlleva un gran esfuerzo, Haruhi —le dijo acariciando su cabeza—. Siempre tienes que estar alerta y es agotador. A este paso, no vas a poder aguantarlo más.
—Lo sé —afirmó. Apoyó la mejilla en su pecho, sorprendiéndolo con ese pequeño acto de sumisión, confianza y cariño—. Es más… el hecho de que habría esperado más atención de ti. No sé… que me necesitases.
—Tenía trabajo que hacer y Honey y Mori no cesaban de rondar a mi alrededor. Llevan desde hace un tiempo bastante… curiosos, por decirlo de algún modo. Así que, por más que quisiera o deseara, no podía hacerlo si quería mantener mi promesa.
Haruhi había metido las manos por debajo de su camisa, subiendo por su espalda. Sabía las partes exactas en que su cuerpo despertaba al notar sus uñas, el tacto de sus yemas acariciándole. Los escalofríos de placer que era capaz de causarle.
—Haruhi —nombró tras meditarlo—. ¿Y si salimos?
—Ah, perdón — se disculpó retrocediendo.
Él la sostuvo de los codos.
—No, no ahora —indicó, comprendiendo que a veces era del tipo literal—. Una cita. Hemos tenido pocas oportunidades de hacerlo. O ven a mi casa.
Ella dudó por un instante. Volvió a acariciarle el pecho, subiendo y bajando en lentas caricias. Sus manos tampoco estaban lejos de su interés, porque de sus codos, se desviaron hasta su cintura, bajando hasta sus nalgas. Había descubierto sentir cierto fetiche por ellas.
—Sí, creo que podría hacerse —dijo.
Kyōya estaba a punto de preguntarle el lugar, también de besarla y perderse en s aroma, cuando algo golpeó la puerta de entrada. Un golpe seco que anunciaba la tormenta.
Y ahí, justo en medio de un momento tan íntimo, el caos comenzó.
El primero en actuar fue Tamaki. Se lanzó contra él como una furia, levantó el puño antes que tuviera tiempo de reaccionar y lo golpeó. Las gafas resbalaron de su nariz y orejas para caer al suelo. La piel y los dientes le dolieron, pero no tanto como el grito de dolor que emitió Haruhi por él.
Un momento después, los gemelos estaban a su lado, aferrándolo de los brazos con intenciones de hacerlo retroceder o sujetarlo para que Tamaki lo usara como saco de boxeo. No estaba seguro del todo cuál habría sido su destino de no ser detenidos por Mori.
Aún así, Tamaki ya se había movido de nuevo hacia Haruhi y la aferraba contra él como un condenado pulpo.
—¡Esto es claramente imperdonable! —gritaba—. ¿Qué estabas intentando hacerle? ¡Seductor baboso!
—¡Baboso! —repitieron ambos hermanos, sorprendidos porque Mori aún continuase aferrándolos.
Kyōya suspiró. Buscó sus gafas y se agachó para recogerlas. Tendría que cambiarlas por otras cuanto antes.
—Deberíamos de castrarle —propuso Hikaru.
—Suena bien —aceptó Kaoru—. Sin anestesia.
—O dejarlo tirado en un desierto con sólo bebidas gaseosas —continuó Tamaki—. ¿¡En qué diablos estabas pensando!? ¡Cómo has podido aprovecharte de ese modo de Haruhi!
Kyōya apretó los labios. El dolor en la mandíbula le irritó de sobremanera. Las acusaciones hacia él como si realmente fuera un depravado empezaban a destapar la tapa de toda la paz que había intentado acumular para controlar sus celos —muy poco porque se fue vengando en pequeños gestos—. Se estaba yendo por completo por el retrete y sin necesidad de que alguien tirase de la cadena.
—¡Basta! —gritó Haruhi soltándose del agarre de Tamaki, quien volvió a intentar aferrarla—. Suéltame, Tamaki, estás mal interpretando todo —aseveró.
—No, Haruhi —negó Hikaru—. Es una serpiente que te ha atacado repentinamente. ¡Hasta el muy cochino tenía tienda de campaña!
Tamaki, Kyōya y Haruki se quedaron mirándolo sin comprender. Hasta que el gemelo hizo un acto claro de referencia a sus ingles, no comprendieron. Kyōya sabía que su lívido se había ido completamente al suelo, pero igualmente, intentó acomodarse el pantalón para evitar más interés innecesario a esa parte de su anatomía.
—¡Lo sé!
La voz femenina rompió el silencio que se había instaurado tras remarcar su masculinidad activa. Los chicos se concentraron en ella.
—Bueno, todos hemos tenido clase de anatomía. Claro que ibas a saberlo —aclaró Tamaki con cierto rubor en las mejillas, como si él no hubiera estado en el grupo de los ignorantes de la referencia—. No te preocupes, Haruhi. Te mantendremos alejada de las garras de tal depravado.
Kyōya apretó los puños cuando volvió a abrazarla posesivo. ¡Él era quien debiera de estar haciendo eso! ¡No otro! Pero sopesó que era el momento de Haruhi. Era ahora, o nunca.
Y ella lo sabía. Porque empujó nuevamente a Tamaki con ambas manos y dio un paso atrás.
—Déjala ir —ordenó Honey algo más serio de lo normal—. Y creo que deberíamos de escuchar lo que no cesáis de querer tapar con insultos y gritos.
—Sí —confirmó Mori sonriendo amablemente hacia él.
Entonces, lo comprendió: ellos lo sabían. Incluso antes de que se abrieran las puertas, los mayores lo sabían.
Estuvieron tanteando sus reacciones y enlazando puntos hasta llegar a la verdad. Esperando a que la bomba estallara igual que él.
—¡Es que ya sabemos que Kyōya es un manipulador y seguro que la ha chantajeado con…! —protestó Tamaki señalándolo con un dedo acusador.
—¡Le amo!
Las voces de los hombres quedaron estranguladas. Hikaru se mantuvo en el centro, justo frente a él, con los puños apretados y la mirada firme.
—¿Qué has…? —farfulló Tamaki, sorprendido—. Esto tiene que ser una alucinación.
—No lo es —aseguró él colocándose finalmente las gafas. Aunque debía de reconocer que debía de estar ridículo con el cristal roto.
Tamaki le miró furioso.
—¿¡Acaso la has forzado a sentir algo por ti!?
—Dudo que consideres a Haruhi como ese tipo de persona —corrigió—. No he hecho más que confesar mis verdaderos sentimientos. Algo que queda entre ella y yo.
—¡Haruhi! —nombró Tamaki pálido—. ¿No te estarás confundiendo? Si te ha amenazado o algo…
—No lo ha hecho —prometió ella imperturbable—. Corresponde mis sentimientos de la misma forma que yo los suyos. He intentado mantenerme a raya de los vuestros, no quería herirlos de ninguna forma, pero… tampoco deseaba que esto sucediera.
—La verdad, es que estabais forzándola bastante —reconoció Kaoru rascándose el cuello, nervioso—. Por supuesto, voy a apoyar a mi hermano en esto, pero… era tan obvio que a Haruhi le costaba cada vez más respirar al lado vuestro.
Tamaki y Hikaru se miraron, confusos y ligeramente avergonzados. Kyōya decidió moverse. Posó una mano sobre el hombro de Haruhi, que dio un respingo.
—Nuestros sentimientos son verdaderos —aseguró—. No estamos jugando en esto y en ningún momento lo hemos hecho por interés.
Haruhi asintió, sonriendo. Una cara de sentimientos sinceros expresándose con tanta libertad que provocó que los demás abrieran la boca.
—Haruhi… —murmuró Tamaki. Cerró el puño de la mano que había extendido hacia ellos—. Es cierto. Ni a Hikaru ni a mí nos has mostrado esa cara. Esa que dice cuánto amas a la otra persona.
—Y teniendo en cuenta lo poco expresiva que sueles ser —bromeó Hikaru, quizás para mitigar su dolor o porque la broma era perfecta para su comentario—. Parece que hemos perdido, Tama.
Ambos hombres asintieron, chocando los puños entre ellos. En silencio, abandonaron la habitación. Kyōya los conocía lo suficiente como para saber que estaban controlándose, aceptando la pérdida. Les llevaría un tiempo recomponerse, pero eso no significa que fueran a rendirse con vivir, con continuar adelante.
—Estarán bien —aseguró Kaoru levantándose el pulgar antes de marcharse tras su hermano.
Ambos suspiraron, agotados.
—¿Desde cuándo lo saben? —preguntó antes de que Mori y Honey se marcharan.
Ambos se miraron entre sí, luego a él.
—En realidad, no sabíamos que eras tú hasta que hablamos contigo acerca de que Haruhi estuviera enamorada de alguien. Se te notó muchísimo que querías decir algo que no podías. Después, sólo fue cuestión de fijarnos mejor en a quienes alejaba Haruhi de su lado con más facilidad. Nunca te hizo a un lado o fingió tener interés en otra cosa cuando estabas a su lado, como solía pasar con ellos dos —explicó Honey—. Sólo era sumar y sumar.
—Sí —confirmó Mori—. Sólo quedaba esperar.
Haruhi se cruzó de brazos.
—Por culpa de querer esperar es que se ha armado este caos al final.
—¿Te arrepientes? —cuestionó Mori sonriéndole.
—No —negó decidida—. En sí es… un alivio. Aunque esté lleno de tristeza, por una parte. También hay amor y aceptación.
Honey se encogió de hombros.
—Oh, no, no —aseguró sonriéndole—. Hay más amor que aceptación.
Luego, sonrió y se metió un caramelo en la boca, alejándose junto a Mori.
Ambos se miraron en silencio.
—¿Te duele? —le preguntó.
—No tanto —respondió encogiéndose de hombros. Uno no podía hacerse el debilucho frente a la mujer que quería proteger y atesorar—. Aunque podría haber sido peor si Mori y Honey no llegan a intervenir. Me han tomado por un acosador, chantajista y pervertido.
Haruhi se cubrió la boca con una mano, desviando la mirada.
—Bueno, algunas cosas te preceden gracias a tu fama. La última… ha sido culpa mía.
Le tomó el mentón entre los dedos y retiró su mano para dejar libre sus labios antes de besarla. Ella suspiró, receptora.
—¿Sigues queriendo tener una cita?
—Sí —recalcó—. En tu casa suena bien.
Kyōya sonrió. Haruhi no terminó de ver en la forma retorcida y pícara en que se curvaba. Ella, tan inocente, tan literal.
Y él, tan oscuro, tan escorpio. Tan deseoso de ella.
La abrazó por la espalda, besando su coronilla.
—¿Qué ocurre?
—Nada —negó respirando su aroma—. Simplemente, que ahora puedo hacerlo libremente. Ahora ya es obvio, así que controlaré mis celos hasta el día en que lleves mi apellido y mi anillo en tu dedo.
Ella desvió la mirada.
—¿Y si soy yo la que no puede controlarlos?
Sorprendido, se enderezó.
—¿Has estado celosa? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Como respuesta recibió un codazo. Ella se alejó sin soltar prenda.
Y él, cerró esa nueva etapa demasiado enamorado. No menos que ayer, pero sí que mañana.
Y aquel día…
—¿Seguro que quieres que nuestra cita sea ir a comprar un recambio de gafas? —preguntó él mirándola con una ceja alzada mientras las puertas de su hogar se cerraban a su espalda.
Haruhi asintió, decidida.
—Creo que es una buena oportunidad. Además, igual encuentro algo de oferta interesante para cenar.
Kyōya tuvo que ocultar que tenía una de reservas en su casa o que bien podría haberlas pedido a su óptico de confianza y las tendría a lo más tardar por el medio día. No le gustaba mucho usar lentillas, pero podía sobrevivir esperando hasta que estuvieran listas.
Sin embargo, sería un loco si dejara escapar la oportunidad de hacer algo tan rutinario como ir de compras con Haruhi.
Sinceramente, él había pensado en otro tipo de cosa cuando ella aceptó la cita. Algo más tranquilo y separado del resto mundo. Diablos, quería hacerle el amor en una cama, no sobre un escritorio, en el suelo, un sofá o contra la pared. Vale que era jodidamente excitante, pero necesitaba algo rutinario para no perder la base del romanticismo de alguna forma.
Hasta le había dado vueltas al tipo de menú que pedir que les subieran a la habitación para no tener que dejarla y poder seguir disfrutando de ella.
Pero Haruhi veía el mundo de esa forma tan diferente y era capaz de cambiarle el plan en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Tienes definido el tipo de gafas vas a querer? —le preguntó cuando se detuvieron en un semáforo.
Haruhi había preferido también caminar a usar el coche. Parecía gustarle mucho más moverse que dejar que un vehículo la llevara a todas partes. Aunque tuviera la oportunidad de hacerlo. La soledad que eso podría haberles permitido fue descartada también de un plumazo.
Aunque estaba teniendo sus ventajas. Ella caminaba a su lado, hombro con hombro. Sus dedos de vez en cuando se tocaban y tanteaban en silencio, hasta que, finalmente, atrapó su mano con la suya. Haruhi no se retiró. Sólo le miró por un momento, sorprendida, pero continuó caminando con tranquilidad.
—Como las de siempre —respondió tras meditarlo—. Son poco pesadas, buena visibilidad y cristales fáciles de reacomodar.
—Y cuestan menos.
—Sí, si lo ves desde cierto punto —sopesó. Porque su montura solía valer más que unas gafas normales, algo que seguramente la escandalizaría.
Ella le miró por un instante, sopesándolo.
—Tampoco hace malgastar. Las gafas podrían caerse y pisarlas alguien sin querer.
—O podrían volver a golpearme —sopesó tocándose la zona. Le había salido un pequeño moretón, que enseguida captó la atención de Haruhi en su momento. Mas no había nada que hacer que esperar a que se marchase. Para el club, usaría algo de maquillaje.
—Espero que no —indicó ella preocupada—. ¿No dejamos las cosas lo suficientemente en claro?
—Sí —confirmó—. No obstante, estamos hablando de Tamaki y Hikaru. Puede que el primero no tanto, pero el segundo, buscará la forma de vengarse. Sólo para quedarse tranquilo, claro. No dudará en arrastrar a Tamaki, quien, claramente, será fácil de manipular.
En realidad, él y Tamaki habían mantenido una conversación por la noche aquel día. Tamaki se había disculpado por ser tan ciego y haberle hecho sufrir. También le confesó que sus sentimientos por Haruhi eran sinceros, pero los conservaría para sí mismo.
Sabía de sobras que no era un mal chico, así que se mantuvo en silencio, permitiéndole su espacio para explayarse a gusto.
También le hizo prometer que amaría y protegería a Haruhi hasta que ella decidiera dejarle. Kyōya le había colgado cuando empezó a soltar tonterías a cuentas de las imaginativas situaciones en las que Tamaki creía que Haruhi terminaría cortando con él y corriendo a sus brazos.
Haruhi se estremeció a su lado. Apretó su mano más en la de él y abrió el paso cuando el semáforo cambio.
—Esperemos que no —murmuró.
Se detuvieron al poco tiempo frente a una reconocida óptica que pertenecía a su familia. El dependiente enseguida lo reconoció, pero con un gesto rápido, le indicó que mantuviera las distancias. Haruhi y él se entretuvieron en buscar la montura que deseaba, probándose gafas de sol y levantado la comisura de sus labios más de lo normal.
Finalmente, encargaron una de las gafas adecuadas para él y demandó que se la enviasen a casa. Haruhi, satisfecha con la compra —y el no haber gastado de más—, parecía haberse quedado sin más ideas al salir.
—¿Quieres hacer algo más? —preguntó.
—No lo sé —sopesó mirando a su alrededor. No parecía ver en sí las tiendas que tenía delante. Ignoraba la joyería, la heladería, la tienda de ropa femenina, la peluquería, la tienda de accesorios. No. Ella buscaba otra cosa.
—No sé si por aquí habrá alguna tienda de la que buscas —le dijo—. Y, sinceramente, no quiero ir.
Ella le miró sorprendida.
—Las rebajas de comida son buenas.
—No en una cita —corrigió. Haruhi abrió la boca, la cerró, consternada por no comprender sus palabras. Él se inclinó, tomando su mentón entre sus dedos—. Quiero comer helado contigo, cenar, pasear y comerte.
Las mejillas de Haruhi se tiñeron de un rojo intenso a medida que comprendía a qué se refería. Especialmente, sus últimas palabras.
—¡Alerta de pervertido, alerta de pervertido!
Ambos dieron un respingo, alejándose el uno del otro y mirándose, preguntándose por qué diablos actuaban así. Entonces, dos figuras semejantes aparecieron junto a Haruhi.
—Hikaru, Kaoru —saludó Haruhi incrédula.
Kyōya se frotó el ceño.
—Lo sabía —susurró.
Ambos gemelos sonrieron con satisfacción.
—Pasábamos por aquí, Haruhi —comenzó Kaoru—. Y al verte, se nos antojó muchísimo lo de comer helado.
—Comamos helado —añadió Hikaru tirando de ella y de su hermano.
Haruhi, sin poderlo evitar, fue arrastrada hasta el puesto. Él se cruzó de brazos y los observó.
—¿No podías esperar, verdad, Tamaki?
El chico sonrió, saliendo de las sombras pese a su brillante aspecto.
—Que dejaras caer que hoy no podías quedar conmigo, delataba tu compromiso con Haruhi. Pusimos un localizador en tu coche, pero creemos que Haruhi vio cuando lo ponían y por eso se negó al coche. Pero tenemos piernas para seguiros.
Tamaki sonreía orgulloso de su plan perfecto.
Pero es que, así como Haruhi vio al que colocaba el rastreador, él les había visto cuando se probaban las gafas. Había hecho la vista gorda, esperando que se aburrieran, pero era claro que los chicos iban a interrumpir su cita.
Claramente, quisieran o no, los chicos iban a formar parte de su vida. No podrían quitárselos de encima y siempre estarían para recordarles que el mejor lugar, tal y como pensaba, era haberse quedado en su habitación.
Haruhi le miró en disculpas, aunque ella realmente no tenía la culpa de nada, y él le devolvió una leve sonrisa.
Mentalmente, se prometió a sí mismo cobrarse el tiempo de interrupción más tarde, porque los chicos no iban a estar toda la vida ahí, siguiéndoles a todas horas. La paciencia era una virtud. Y si puedo esperar a rebelar su secreto, podía hacerlo para tenerla sólo para él.
A poder ser, desnuda, sobre sus sábanas, con el cuerpo caliente y ciertas partes húmedas, dilatada para él, para su sexo, para su alma.
Podría sacarle algún te quiero, podía ser capaz de hacerla estremecerse, de avergonzarse. Le demostraría que era mejor sus momentos y aunque esa cita estuviera siendo compartida, en otro momento, le demostraría lo que era tomarse de las manos, pasear, comer y simplemente, mirarse el uno al otro a los ojos.
Porque, así como tuvieron que esconder lo que sentían entre ellos, ahora, no sería necesario para sus miradas. Podrían tocarse, besarse y demostrarle al mundo y a los demás, que ambos, eran uno del otro hasta el final.
—¿Ya se lo has dicho a Ranka? —preguntó con cierta mueca de disfrute Hikaru.
Haruhi y él se miraron. Claramente, ninguno de los dos había dicho nada. Ni siquiera pensaron en ello. Demasiado concentrado en sus sentimientos y en protegerse del club, ambos se olvidaron de una de las cosas más importantes.
—Sería una pena que alguien se lo haya dicho. ¿Verdad? —continuó Kaoru.
Haruhi se puso en pie como un resorte. Pálida, roja. Apretó la cucharilla del helado, temblando. Luego se relajó, levantando la cabeza.
—No caeré esta vez, chicos —le dijo, satisfecha.
Los gemelos chasquearon la lengua y le miraron, aburridos.
—Sí, lo intentamos —confesaron a la par—. Pero Ranka dijo que ya lo sabía y nos aburrimos.
Kyōya suspiró aliviado. Haruhi le guiñó un ojo, satisfecha.
Definitivamente, su mujer, era capaz de gobernarlos.
Más tarde, por supuesto, se encargaría de adecuar una cita con Ranka y ser él mismo, con formalidad, de anunciarle que en un futuro no muy lejano, sería él quien se llevaría a Haruhi de su lado.
Fin
Chia Moon.
