Notas:
- Respuesta al sexto desafío relámpago de Es de Fanfics: Enamorado acosador
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Ojos hambrientos
Cada vez que lo miraba, no podía dejar de pensar en lo mucho que amaba su forma de hablar, galante y segura, con sus modales corteses, pero con la sutil severidad de un artista. Sus cornamentas, altas y delgadas como árboles de invierno, aquel destello en sus ojos, que brillaban tan fervientes, como una danza de luz naranja y bronce al igual que un rayo de sol. Su sonrisa, llena de soberbia seguridad. Sus delgadas manos. Sus dedos. Sus largas piernas. Sus pies, los cuales estaría dispuesto a besar. Sus movimientos. Su aroma. Sus triunfos y desgracias. Todo en él era simplemente sublime.
Para Legosi, observarlo se había vuelto una necesidad casi religiosa, lo hacía todo el tiempo que le fuera posible. Al terminar las jornadas del club sólo podía contar los segundos faltantes para la siguiente clase, anhelando el momento de volverlo a ver, deseando que sus labores lo obligaran a dirigirle la palabra. Cada vez que hablaba con él, la voz de Louis se grababa en su cabeza y se volvía su recuerdo más atesorado. 《Es el sonido de la perfección —Pensaba—, el sonido de los sueños》. Asentía a sus órdenes y de cuando en cuando se animaba a elogiarlo ganándose a lo mucho cortas respuestas o miradas despectivas, pero incluso aquellas cortesías secas las sentía cálidas y cercanas.
Estaba obsesionado con él.
Sabía que los demás animales de la academia también admiraban la belleza del ciervo, las hembras lo deseaban como amante y los machos convertían su talento en aspiraciones personales. Pero el amor que el lobo le profesaba en el manto del anonimato iba más allá de esas simples razones.
Maldición o bendición, él era un lobo, y la naturaleza lo había creado para verse seducido por los hermosos atributos de una presa. Lo único que podía saciarlo en la vida era un herbívoro. Sólo podía imaginar los majestuosos placeres que albergaba tener entre sus brazos al fino ciervo y sentir su carne, su sangre y su ser. Louis despertaba en él ciertos deseos y fantasías, pero Legosi se conformaba con sólo mirar, acechando con el talento único de un depredador.
Ciertamente, la naturaleza era sublime, incluso cuando más se depravaba.
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La noche había caído por completo y la opresiva oscuridad era su única amiga.
Para cuando acabó su trabajo de limpieza ya tenía el cuerpo tenso y adolorido. Los estiramientos torpes sólo le causaban más calambres y sus manos temblaban espasmódicas por el cansancio.
Había perdido una tonta apuesta con sus compañeros, y como pago pasó la velada desempacando y puliendo los viejos decorados y artilugios que componían la escenografía de la obra que ensayaban los actores. Obediente, se dedicó a su tarea sin detenerse, ignorando el sueño que le cerraba los párpados y la irritación en su nariz causada por los líquidos antisépticos de limpieza. Y ahora que estaba hecho no podía pensar en otra cosa que no fuera su cama.
Buscó en el celular la hora, pero para verla tuvo que enfrentarse al destello de la pantalla, que lo cegó por varios segundos a la par que sus ojos dolían y lloraban con ardor. Entre su vista vidriosa leyó los números: dos de la mañana. Se sintió hastiado con sólo pensar en las pocas horas de sueño que tendría.
Caminó rumbo a la salida de la bodega, en la mañana tendría tiempo de ordenar lo que dejaba atrás. Esquivó las enormes sombras sin problemas, mientras en su mente, la imagen de Louis aparecía etérea. Recordaba su aspecto esa tarde, reunido con el resto del equipo de actores, hablando sin parar con una sonrisa amable que les dedicaba a todos ellos. Deseó que fuera sólo suya.
Una luz en el fondo lo sacó de sus pensamientos. Era una diminuta cuña fluorescente. Brillaba blanca como una luna contra la penumbra. Legosi concluyó que sus compañeros habían olvidado apagarla. Se dirigió al final del pasillo, sus pisadas apenas creaban ruido.
El destello se filtraba de un umbral a medio cerrar. Estaba a punto de empujar la puerta para entrar al salón cuando vio bailar un aroma en el ambiente. Se asomó por el pequeño acceso. Durante un momento, Legosi se quedó sin respiración.
En el modesto escenario vio la esbelta figura del ciervo. Bajo la luz nívea de un solitario reflector, su porte tenía un aspecto extraño de inocencia, como un animal abandonado en las fauces de algo maligno. Vestía una simple camisa blanca y el deportivo bermellón de la academia.
—¿Por qué no inspiro otra cosa más que traición? —Proclamó Louis, con cansada tristeza. El lobo se sobresaltó, pero luego advirtió que el ciervo estaba ensayando—. Lo he perdido todo en nombre de tu falso Dios.
Conforme recitaba las palabras, adoptaba las posturas que habían memorizado. Al moverse, las hebras de su pelaje parecían pinceladas en dorado, brillaban con resplandores de un blanco amanecer. Permaneció en silencio unos segundos, a la espera de su compañero imaginario.
—¡Mi amor te salvó de la nada! —Alzó la mirada a una persona que no estaba ahí. Reproducía los supuestos ojos cristalinos y dolidos de su personaje— ¿Tu lealtad era mucho pedir?
Unas cuantas lágrimas se derramaron, porque su actuación lo requería, y luego, continuó con un ferviente monologo, hablando de engaños y rencores. El cérvido no notaba su presencia ahí, parecía demasiado concentrado en perfeccionar su trabajo. Su tono de voz tenía altos y bajos, iba de aquí para allá interactuando con fantasmas.
Legosi estaba fascinado, como siempre que lo tenía cerca. Ahí, agazapado en las sombras, comenzó a sentir que compartían una intimidad. Podía imaginar a Louis actuando solo para él, mostrándole un arte secreto. Por pequeños momentos, sentía que sus ojos se encontraban y las ondas de miedo y adrenalina recorrían su cuerpo por la idea de ser descubierto, pero en seguida el actor seguía con la obra sin darse cuenta.
Y de repente se percató. Esas emociones empezaban a despertarlo. Sintió un vértigo familiar en la pelvis a la par que la fricción del pantalón le molestaba la entrepierna.
Se avergonzó al descubrir que tenía una erección que se volvía más incómoda con el pasar de los segundos. Trató de ignorarlo, pero mientras más se concentraba en la actuación del ciervo su miembro empezaba a doler.
Sin pensarlo, sacó su pene erecto y casi se le escapa un jadeo por la sensación agradable del aire frío. No perdió un segundo más y comenzó a masajearlo lentamente, siempre mirando al hermoso ciervo que continuaba ensayando en la ignorancia. Escuchar su voz hacía que los calores de su cuerpo aumentaran y el lobo se sentía en el cielo.
Trataba de ser lo más silencioso posible a pesar de que las caricias lentas de su mano comenzaban a desesperarlo. No se arriesgaba a aumentar la velocidad del vaivén.
Podía sentir los movimientos de su bella presa. El sonido de su respiración cortada por las coreografías se dejaba oír entre palabras, lo ayudaban a cobrar vida a sus lúbricos pensamientos. El aroma de su sudor, dulzón y salado, lo torturaba, lo hacía salivar.
Su miembro goteante se sentía caliente y palpitante contra su mano. Se negaba a apartar los ojos de Louis, concentrado siempre en la forma en la que su cuerpo articulaba movimientos gráciles y atractivos.
Uso todas sus fuerzas para sofocar los jadeos que exigían salir de él, su pene hinchado ardía de necesidad.
Louis se arrodilló siguiendo el guion. No le costó mucho al canido aprovechar la visión para enriquecer las lascivas imágenes de su cabeza. Se animó a masturbarse con un poco más de fuerza. No pensaba en otra cosa más que en su amado ciervo, en lo que estaba haciendo en ese momento, actuando palabras dulces sólo para él. Su amado ciervo, de rodillas y con rostro lacrimoso.
La inconfundible sensación de que estaba cerca lo invadió de un momento a otro. Las mareas calientes cegaban sus sentidos, pero él trataba de resistirse al nirvana. Final y sorpresivamente, una fuerte ola de placer lo invadió y se extendió por todo su cuerpo como electricidad. Su semilla se derramó en su mano mientras ahogaba el gruñido que luchaba por salir de su garganta, la actuación de Louis era de una belleza tal, que se contenía para no trastornar una hermosura tan perfecta.
Finalmente se sintió en el seno del delirio y el placer.
—Ahí —Señalaba Louis a la lejanía oscura del salón—. Ahí es donde están mis enemigos.
Sabía que era tiempo de irse. Sólo faltaban un par de líneas más para el final del primer acto y entonces, cuando el ciervo despertara de su concentración, se daría cuenta de que un depredador lo acechaba.
Miró el desastre blanquecino de su mano y lo limpió tranquilo con el sucio trapo que colgaba de la pretina de su pantalón. El herbívoro seguía hablando y deseó quedarse ahí, observarlo, amarlo por más tiempo. Pero no podía.
Salió de la oscura bodega con pasos tranquilos. Afuera, el silencio y la gélida brisa de madrugada lo besaron con ternura.
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