Otabek no creía en el amor a primera vista. En realidad, no creía ni en el de a segunda ni tercera. Para él, ese concepto tan abstracto y vacío no era más que cursilerías inventadas por adolescentes desesperadas. Incluso, culpaba a Occidente por esa estúpida fantasía instalada en los cuentos de hadas que tanto rentaba a grandes compañías.

No estaba en contra de las relaciones de pareja, para nada. Simplemente no las veía como algo necesario en su vida. Para él, la felicidad no venía de otra persona, sino de él mismo (y quizá de su moto, pero eso era tema aparte).

Por eso se entendía tan bien con su mejor amigo. Yuri era un joven ruso, y los rusos eran seres fríos y prácticos, ¿cierto? Bueno, no importaba. Aquél muchacho de veinte años estaba lejos de enamorarse, y eso estaba bien, ya que se ahorraban las conversaciones bochornosas y todas las complicaciones femeninas. Aunque eso último no era tan cierto. No habría mujeres de por medio, pero el rubio sí era complicado.

–Te lo dije, no tengo nada que ver allí. Ve tú, estarás bien –el pelinegro sólo quería paz.

–Olvídalo. Todos llevan a alguien, y debo probarles que no soy ningún perdedor.

El kazajo enarcó una ceja. Tener un único amigo por fuera del ámbito laboral era, según él, la definición exacta de perdedor, pero consideró que no era necesario mencionarlo. Sin embargo, no le apetecía cenar con un montón de personas desconocidas. Además, ya tenía el plan perfecto para ese sábado a la noche.

–Y te aclaro que Netflix no es una opción –¿desde cuándo leía mentes?

Con todo el desgano que era capaz de reunir, se alistó para el evento al que tanto le insistió su demandante compañero. No era la gran cosa, era una simple reunión con los compañeros de trabajo de Yuri. Pero el detalle estaba en que Otabek no era el ser más sociable del planeta, y menos con extraños. Al menos agradecía que su chaqueta de cuero y su nuevo corte de cabello imponían cierto respeto en la gente, manteniendo a raya todo contacto humano.

Llegaron enseguida, pues su motocicleta les ahorró veinte minutos de viaje. Como era temprano, no había mucha gente, a excepción de la larga mesa del fondo, donde había al menos unas doce personas riendo y hablando de tal manera que al joven le hizo preguntarse desde cuándo habrían estado ingiriendo alcohol. Luego de las presentaciones necesarias, pidieron algo para beber, mientras esperaban a los demás invitados.

Ni falta hacía decir que Otabek estaba aburridísimo. No le parecían malas personas, pero sentía que no encajaba allí. Afortunadamente, se ubicó cerca del extremo de la mesa, lo que le permitía estar un poco más apartado del grupo general. Pero eso no bastaba para que lograra relajarse del todo. Se obligó a poner cara de estar escuchando, aunque la cuarta vez que Georgi le mencionó lo cruel que había sido su novia al abandonarlo, no pudo evitar resoplar de fastidio. Y uno de los momentos más incómodos fue cuando Mila le coqueteó descaradamente, sin importarle que su comentario se haya oído desde afuera del local.

–¿Cuánto falta para que el calvo y el cerdo se dignen a venir? Muero de hambre –Yuri dijo en voz alta lo que más de uno pensaba.

–Víktor está en camino. Pero Yuuri no dejó en claro si venía.

Aunque estaba un poco perdido con los nombres, el kazajo reconocía esos dos. Yuuri era el compañero de oficina del rubio, mientras que Víktor era su supervisor. No los conocía personalmente, pero Yuri hablaba siempre de esos sujetos, quejándose de las bromas pesadas de su jefe, y de la tonta pasividad de su otro colega. Sin embargo, intuía que todo ese palabrerío ocultaba un enorme cariño.

De pronto, una voz chillona atravesó todo el restaurante. Cuando volteó su mirada, vio a un imponente albino, parado junto a la puerta, agitando los brazos tan rápido que parecía que despegaría en vuelo. Y quizá lo de "imponente" era demasiado: de no ser por su metro ochenta de altura, Otabek hubiera jurado que se trataba de un niño de doce años que saludaba a todos sin parar, esbozando una extraña sonrisa en forma de corazón.

Como había sólo dos sillas vacías, el pelinegro rogaba con todas sus fuerzas que ese hombre no eligiera el que estaba justo al lado suyo. Afortunadamente, Víktor tomó asiento en medio de la mesa, rodeado de más personas.

Un camarero se acercó a tomarles el pedido, lo que causó un revuelo general, ya que no se ponían de acuerdo sobre qué ordenar. Al kazajo ya le daba igual, lo único que quería era marcharse de allí. Tal vez debiera inventarse algún malestar estomacal para librarse antes de tiempo. Sí, eso serviría. Y si se daba prisa, llegaría antes de las diez, justo para la maratón de aquella serie que estrenaría esa noche.

Sin embargo, algo hizo que su mente quedara en blanco.

Sus ojos oscuros se hallaron de pronto anclados sobre una mirada castaña, escondida detrás de unos lentes de montura azul. Durante unos segundos, que para él pudieron haber sido horas, el tiempo se distorsionó, y el lugar desapareció. No sabría decir con exactitud qué diablos ocurrió. Sólo era consciente de que en esa dimensión estaban él y un muchacho japonés, de cabello negro y expresión apacible. Ni siquiera podía recordar qué vestía, o qué dijo cuando se acercó a su mesa.

Otabek juraría que hasta olvidó cómo respirar. Sólo volvió en sí cuando sintió el calor corporal ajeno ubicándose a su lado.

–Beka, ¡Beka! –dirigió una mirada confusa a Yuri, que le sacudía el brazo con impaciencia–. ¿Tú qué pedirás? –tampoco recordaba qué le contestó. Honestamente, en ese momento podría comerse un balde con piedras, que estaría bien–. Por cierto, Beka, él es Yuuri, el cerdo. Cerdo, este es Beka, mi amigo del que te hablé.

–Encantado… ¿Otabek cierto?

Incluso su voz era una revelación. Como buen melómano que se consideraba a sí mismo, escucharlo hablar le recordaba a la suave melodía de un solo de piano. Sí, así de cursi.

–Así es –aclaró al notar su cara de confusión, luego de una breve pausa sin reaccionar–. Me alegro de conocerte al fin Yuuri. Yura me ha hablado mucho de ti.

Pero lo que hizo que su corazón se detuviera fue la sonrisa que obtuvo a cambio.

Tal vez era momento de revisar sus opiniones. Tal vez podía creer un poco en aquellos cuentos de hadas. Porque si esto no era amor a primera vista, no sabía qué era.