Disclaimer: Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajime Isayama.
Advertencias: Yaoi (Boy's Love) | Uso descarado del OoC | EreRi | Universo Alterno (UA) | Lenguaje vulgar | Contenido sexual explícito |
Ojo: es un EreRi, o sea, Eren es el seme.
1. Huellas del pasado.
Voy a pedirte que no vuelvas más. Siento que me dueles todavía aquí, adentro.
—Shakira.
La enfermera me guió por el pasillo.
Urgencias olía a alcohol, medicinas y desinfectante. La repentina mezcla de aromas me hizo fruncir la nariz y tuve un repentino ataque de náuseas que logré contener a tiempo. Escuché sollozos de una cabina ocupada y alguien mencionó algo sobre una enfermedad terminal. Agaché la mirada e intenté hacer oídos sordos ante todos los sonidos que me rodeaban. Pretendí concentrarme en otra cosa, pero el ardor que sentía desde mi mano me volvía a la realidad. La toalla blanca que cubría mi palma cada vez se mojaba más y más de sangre, parecía que en cualquier momento se empaparía tanto que incluso mancharía mi ropa.
—Por favor, siéntese aquí, señor Ackerman —me avisó la mujer mientras abría la cortina plástica de un cubículo. Dentro había una camilla y algunos artículos médicos que no reconocí—. El doctor Jaeger le atenderá en un momento, no tardará.
Obedecí con un cabeceo y me senté sobre la camilla. La bonita enfermera me dio una sonrisa antes de cerrar la cortina, alejándose poco después. Esperé pacientemente durante algunos minutos preguntándome en silencio si estar en ese hospital era necesario. No creía que fuera un corte tan profundo como para ocupar puntadas, pero la sangre que no paraba todavía y el dolor que se disparaba como pinchazos por toda mi piel me decían lo contrario.
Aparté la toalla hacia un lado, sólo un poco, para observar la herida. Era larga, a mitad de la palma de mi mano y se extendía hacia abajo. Se veía medio fea y probablemente dejaría una cicatriz enorme. Por más tonto que sonase, había sido producto de un accidente de cocina. Si bien yo no era la persona más capacitada para cocinar, nunca había tenido problemas sujetando un cuchillo. Pero esa tarde mientras preparaba la cena, por tener una video llamada y escuchar todos los chismes que Hange solía contarme los viernes, simplemente fallé. El cuchillo había resbalado de mi mano y por mero reflejo, para evitar que cayera hacia el suelo, lo tomé sin fijarme y sin pensar en las consecuencias.
El resultado fue catastrófico. Sangre, dolor y Hange medio histérica gritándome desde el teléfono que era un descuidado. Fue ella, mi mejor amiga, quien me había obligado a ir al hospital. Aunque traté de negarme, alegando que sólo era una simple cortada que lo más seguro sanaría en unos días, Hange se encargó de regañarme lo suficiente como para que me montara en mi auto y condujera directo hacia el hospital.
Probablemente sólo iban a hacerme una simple curación y me pondrían una venda sobre la herida, algo de rutina que yo mismo podría haber hecho en casa. Pero ahí estaba, en la sala de urgencias, perdiendo valioso tiempo por una simple herida.
Solté un suspiro y volví a poner la toalla sobre la cortada cuando un poco más de sangre pretendía escurrirse hacia mis pantalones.
Mierda no. No iba a permitirlo, las manchas de sangre eran difíciles de quitar.
—Bueno, veamos qué tenemos aquí. Señor... ¿Ackerman?
Entonces, tras escuchar aquella voz que me sonó lejanamente conocida, como en cámara lenta frente a mis ojos, la cortina fue corrida y mi pasado se vislumbró en un rápido flash. Me encontré a mí mismo reviviendo aquellas memorias que creí olvidadas, trajeron consigo sentimientos y emociones que alguna vez enterré en lo profundo de mi corazón.
El shock inicial fue tan largo que incluso me pareció que el tiempo se detuvo.
A decir verdad, creí que era una alucinación. Tal vez la perdida de sangre me afectó más de lo que pensaba, quizá me había desmayado y aquello sólo era un sueño muy vívido.
Pero no. El dolor atrevesándome la mano se encargó de hacerme ver que aquella situación era la realidad.
Que Eren estaba frente a mí, tan cerca, pero sintiéndose increíblemente lejano.
Se veía tan diferente ahora que llegué a pensar que sólo se trataba de un espejismo. A lo mejor sólo era mi mente, jugándome malas pasadas. Sin embargo no fue así, y muy tarde fui consciente de ello. Con el cabello largo y quizá un poco más alto, el dueño de esa piel morena perfectamente tostada por el sol y esos ojos grises, que a veces tomaban matices verdes y dorados, era Eren.
Mi Eren.
Él me reconoció también. Los miles de sentimientos que se atascaron en sus bonitos ojos lo dijeron todo. Sorpresa, nostalgia y angustia; la vorágine de mezcladas emociones parecieron aplastarlo. Se quedó en silencio, simplemente observándome durante largos segundos, como si creyera que mi presencia sólo era una fantasía.
—¿Eren...? —balbuceé a medias, sintiendo un apretado nudo en la garganta.
—Levi... —susurró en respuesta.
Durante un momento dejé de escuchar. El mundo quedó en segundo plano y sólo pude concentrarme en ese hombre que había sido una pieza importante en mi pasado. Era el mismo hombre que me enseñó a amar, con el que tuve los mejores momentos de mi vida...
Y aquel que me había destrozado con un par de palabras.
El corazón me dolió. Me costó respirar cuando la avalancha de sentimientos se instalaron sobre mi pecho y pisotearon mi estabilidad emocional. De repente el pequeño cubículo se llenó de recuerdos, pesaban la melancolía y el dolor de un corazón roto.
—¿Doctor Jaeger? —dijo la recién llegada enfermera, sin entender la repentina carga de emociones que vibraban por el lugar— ¿Se encuentra bien?
Eren parpadeó, le costó quitar su mirada de la mía pero lo hizo. Fingió una sonrisa para la mujer que estaba parada a su lado y entró en el cubículo como si intentara disimular.
—Estoy bien, Sasha —contestó apenas en un hilo de voz. Lo notó, por supuesto. Se apresuró a aclararse la garganta y se sentó sobre el pequeño banco que había frente a mi camilla, echándole un ojo a mi mano herida—. ¿Podrías traerme algunas vendas y algodón, por favor? Creo que el paciente lo necesitará.
—¡Claro, doctor! Ya regreso.
Ella se alejó. Eren se colocó guantes de látex que sacó del dispensador que estaba adherido a la pared y, sin mirarme siquiera, procedió a revisar la herida. Fue cuidadoso, tocando apenas lo necesario y haciéndome preguntas de rutina que se me antojaron eternas.
Él se veía como todo un profesional, reparé siguiendo cada uno de sus movimientos con la mirada. Viéndolo enfundado en aquel traje azul marino acompañado de la usual bata blanca, pensé en cuántas veces había imaginado con mirarlo así, realizado, cumpliendo sus sueños, convirtiéndose en un médico reconocido.
¿Cuántas veces no hablamos sobre cumplir nuestros sueños juntos?
—Necesitará algunos puntos, señor Ackerman —me dijo sonando demasiado formal. Todavía no me miraba, prefería perder los ojos en cualquier lugar, como si con eso yo desaparecería en algún momento—. La enfermera Blouse le hará una curación y le realizará la sutura, ¿está bien? De todos modos voy a mandarle unas pastillas, podrá pasar por la receta en recepción. ¿Tiene alguna duda?
Sintiéndome repentinamente abrumado ante tantas sensaciones, negué despacio. Eren tomó aquello como una respuesta clara y se levantó del banco mientras se quitaba los guantes, para luego echarlos en el tacho de basura.
Él me miró una vez más. El desasosiego en sus ojos se apagó, un destello de cariño brilló en ellos y hubo una sonrisa triste apoderándose de sus labios. Todo fue tan rápido que pareció una ilusión, sin embargo aquel gesto de su parte me lastimó más de lo que creí posible.
Eren no se esforzó en decir nada más. Simplemente se dio la vuelta y se dispuso a dejarme solo en aquel pequeño y asfixiante cubículo, como si no le importara abandonarme una vez más.
Supuse que fue ese mismo pensamiento el que me llevó a levantarme de mi lugar. Ni siquiera fui demasiado consciente de ello, cuando me di cuenta ya estaba parado en medio de la sala de urgencias mientras le veía alejarse, llevándose con él parte de mi corazón.
—¡¿Qué demonios significa esto, Eren?! —grité lo suficientemente alto como para que él me escuchara. Y lo hizo, detuvo sus pasos pero no volteó. Se quedó estático sobre su lugar, dudando de qué hacer a continuación— ¿Vas a explicarme qué haces aquí? —insistí en otro grito que vibró por todo el lugar— ¡Respóndeme, maldita sea!
Estaba creando toda una escena en urgencias, lo sabía. Las enfermeras, algunos pacientes y familiares se quedaron en un repentino mutismo que caló mis huesos. Sentía todas las miradas sobre mí, como si estuviera loco por gritarle de esa manera a un doctor. Pero no me importó, tenía demasiadas dudas en mi cabeza que todo lo demás había quedado en segundo plano.
—Señor Ackerman, creo que me está confundiendo. No lo conozco, nunca antes nos habíamos visto —dijo, cuando por fin se dignó a voltear, sonando lo más tranquilo posible. No obstante había una lucha de sentimientos en sus impresionantes ojos, parecía que tenía tantas ganas de decir algo más—. Ahora, le suplico que vuelva a su lugar, por favor. La enfermera regresará pronto y curará su herida.
Y ahí, mientras mi corazón era pisoteado y aquella barrera, que había construido a mi alrededor para protegerme, caía, me reí sin sentimiento alguno.
Después de todo lo que habíamos vivido, después de todas las promesas de amor eterno, así de fácil le era negarme. Así de fácil le era decir que nunca nos habíamos conocido. Así de fácil le fue olvidarme.
Algo estalló dentro de mí. La ira fluyó por mis venas y me dejé llevar por ella. Ni lo pensé, sólo me acerqué hasta él e ignorando las miradas de sorpresa y el dolor que se acrecentó en mi mano lastimada, lo golpeé en el rostro. Eren no se lo esperó. La fuerza que apliqué fue tanta que él trastabilló hacia atrás y perdió el equilibrio, terminando en el suelo.
Alguien jadeó de sorpresa. Un par de enfermeras incluso se levantaron de su lugar y amenazaron con llamar a seguridad, pero Eren las detuvo con un movimiento de su mano.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó de forma irónica, limpiándose la sangre que escurría de su nariz.
—No.
—No sé qué quieres, Levi —suspiró y se levantó del suelo, mientras me dedicaba una mirada vacía que me hirió profundamente—. Haces una escena, me golpeas y luego qué. ¿Qué esperas de esto?
—Una explicación, eso quiero.
Eren negó con la cabeza y, tras echar una mirada a las personas que nos rodeaban, sujetó mi brazo sin poner demasiado esfuerzo. Me removí de su agarre porque sentí que me quemaba. Bajo la ropa, mi piel ardía por su contacto. Años sin vernos, años separados y él aún causaba esa torrencial lluvia de ansiedad en mí.
Sin decir nada, a base de empujones, me guió hasta una habitación vacía. Era un cuarto de descanso, comprendí cuando observé la litera que yacía contra la pared. Eren me metió de golpe y cerró la puerta tras su espalda. Ahí, en soledad, con sus ojos en los míos y respirando aquel aire que se me antojaba doloroso, Eren se recargó contra la pequeña mesa y bajó la mirada, rehusándose a enfrentarme.
—¿Qué explicaciones quieres, Levi? —arrastró las palabras como si estuviera cansado de la situación.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajando —contestó sonando demasiado obvio.
—Ay, no te hagas el imbécil conmigo, Eren —le advertí tratando de que mi voz no se quebrara—. Tú sabes a lo que refiero. Deberías estar en el pueblo, deberías...
—¿Debería qué, Levi? —siseó viéndose tan herido que sus ojos se cubrieron con un manto oscuro— ¿Debería haberme quedado estancado ahí? ¿Debería haber seguido siendo un mecánico sin futuro?
—No tergiverses mis palabras, maldita sea. Sabes que no me refería a eso —dije sintiéndome aplastado por su presencia—. ¿Cómo es que estás aquí, Eren? ¿Y por qué tu apellido es diferente ahora?
Eren dudó. Se movió sobre sus pies y se frotó los ojos. Se notaba agotado, no sólo física sino también mentalmente.
—Sabes, Levi, creo que no te debo ninguna explicación —razonó entonces—. Tú y yo ya no tenemos nada qué ver. Lo nuestro se terminó tiempo atrás.
Esas palabras calaron dentro de mí. Mi corazón se partió en mil pedazos y no pude detenerlo. La respiración me falló y el pinchazo de las lágrimas ardieron en mis ojos.
—¿Se terminó? ¡¿Se terminó?! —repetí alzando la voz, sin poder creer que acababa de escuchar eso—. No, Eren, no se terminó. Tú lo arruinaste, pedazo de imbécil. Me lastimaste, rompiste mi corazón y ni siquiera te importó.
—No vamos a tener esta plática, no de nuevo, Levi —advirtió acercándose a mí. El espacio era tan pequeño que podía sentir su respiración golpeando contra mi piel, provocándome escalofríos—. Supera el pasado, déjalo atrás. ¡Olvida todo de una buena vez! Sigue con tu vida y déjame en paz.
—No has cambiado en nada, Eren —dije rompiéndome poco a poco—. Sigues siendo el mismo estúpido de antes.
—Sí, sí, tienes razón. Sigo siendo el mismo estúpido que te rompió el corazón, ese estúpido que te abandonó por una mujer, ¿y sabes qué? eso no cambiará. Ni ahora, ni nunca.
Me quebré. Escucharlo decir aquello me hizo traer a la vida aquellos horribles recuerdos que me atormentaron durante tantas noches. Y aunque me dolió en el corazón, también provocó un enojo que me sobrepasó. Guiado por la fuerte emoción, le empujé por el pecho. Eren tropezó hacia atrás, su espalda golpeó contra la pared y una mancha de sangre cubrió la tela de su bata, justo donde mi mano había estado. La herida palpitó, pero el dolor que sentí en ese momento no se comparó con el de mi corazón siendo aplastado una vez más.
—Te odio —vociferé golpeándole una y otra vez en el pecho. El llanto amenazaba con desbordarse, pero no lloré. La rabia en mí no me permitía mostrarme débil ante él—. Te odio tanto. ¡¿Me escuchas?! ¡Te odio, te odio!
—Deja de hacerte daño, Levi. ¡Joder, eres un descuidado! —rugió sosteniendo mi muñeca. La sangre chorreaba y Eren se apresuró a tomar la venda que yacía dentro de un cajón. Hizo presión sobre el área lastimada y lanzó una maldición cuando notó que la venda se empapaba— Ve con la enfermera para detener este maldito desastre.
Estaba respirando con dificultad. El dolor en mi mano se extendió por todo mi brazo y me quedé en silencio observándolo con atención una ultima vez. Me guardé en mi memoria cada rasgo de él, y terminé dándome cuenta que, de aquel hombre del que me había enamorado años atrás, ya no quedaba rastro alguno.
Él ya no era mi Eren.
En realidad estaba comenzando a pensar que nunca lo fue.
Todo lo que habíamos vivido fue una ilusión. Un amor de juventud que fue fácil de olvidar para él.
—Vete a la mierda, Eren.
De un movimiento contundente, rompí el contacto. La venda resbaló hacia el suelo y Eren jadeó sorprendido. No me quedé más tiempo ahí, no cuando sabía que me quebraría en cualquier momento. Aguanté el llanto lo más que pude y abandoné la habitación.
Eren no se movió de su lugar.
(...)
Llegué a casa con la herida vendada.
Me empujé a través de los pasillos medio oscuros y eché las llaves de mi auto sobre el buró de mi pequeño despacho. Las recientes emociones me tenían temblando, apenas podía respirar y el desasosiego oprimía mi razón.
La soledad me abrumó de pronto. Un jadeo lastimero escapo de mis labios y lágrimas quemaron en mis ojos. No quería quebrarme, no de nuevo; no por él. Lo había hecho en el pasado, y no quería volver a caer. Pero no podía evitarlo, porque acababa de darme cuenta que Eren todavía causaba un revuelo de emociones en mí.
Tal vez fue por eso que, apenas me senté sobre mi silla, reventé en lágrimas. El pasado me acogió y reviví aquellas memorias enterradas. Sin embargo, recordarlas sólo sirvió para lastimarme. Lloré hasta que no pude más. Lloré hasta que sentí que se me iba la vida en ello.
Me sentía tonto. Me sentía inútil. Se suponía que el pasado ya no me afectaría, se suponía que Eren era un capítulo superado en mi vida, entonces por qué. ¿Por qué su presencia seguía hiriéndome como la primera vez?
¿Por qué no podía dejarlo atrás?
Con dedos temblorosos, guié la mano hacia el último cajón de mi escritorio. Ahí, escondido bajo carpetas con papeles inservibles, estaba una parte de mi pasado.
Era un anillo; uno que aún me quedaba a la perfección. Parecía una baratija, ni siquiera era de plata, pero ese anillo marcó una época importante en mi vida. En ese pequeño y viejo anillo estaban todas las promesas que Eren me había hecho alguna vez.
—Quería proponértelo con otro anillo, pero...
—Es perfecto —dije emocionado, mirando la pequeña joya sobre mi dedo.
—Es barato.
—¿Y eso qué? Luce increíble en mí —señalé estirando mi mano. El anillo se ajustaba a la perfección en mi dedo anular, como si se hubiera hecho especialmente para mí.
—Te prometo que te compraré uno mejor, sólo dame tiempo —soltó sonando realmente avergonzado. Me aguanté las ganas de darle un zape y en su lugar preferí rodar los ojos.
—No necesito otro anillo, Eren. No me importa si es barato o caro, lo importante es su significado.
—¿O sea que sí aceptas casarte conmigo? —tanteó sin sonar muy convencido. Tenía una sonrisa pequeña en sus labios y una ceja levantada.
—¿De verdad tengo que responder a esa pregunta tan tonta?
Eren se rió, sus mejillas cobraron un precioso color rojo y asintió varias veces, mientras me miraba con la expectación brillando en esos ojos que ahora parecían ser verdes.
—Obviamente sí acepto, idiota.
Eren soltó un grito de felicidad. Llevado por la emoción que le embargaba, me sujetó por la cintura y me levantó del suelo. No pude quejarme, no cuando su felicidad se me contagió. Reí con él, aferrándome a su cuello, mientras giraba un par de veces sobre su lugar.
—Gracias, mi amor —susurró sobre mis labios una vez que se detuvo. Nuestras miradas se encontraron y él me besó una y otra vez, hasta que quedamos sin aliento—. Te amo, te amo muchísimo. Te prometo que trabajaré duro y esforzaré cada día para darte la vida que mereces.
—No necesito lujos ni dinero, Eren —dije acariciando sus mejillas—. Mientras estés a mi lado es suficiente para mí.
—Pero yo quiero darte una vida digna, bebé. Se lo prometí a tu madre y pienso cumplir con mi palabra —me recordó, dándome una de esas maravillosas sonrisas que creaban un sinfín de bonitas emociones dentro de mí—. Voy a hacerte feliz, cuidaré de ti y te amaré cada día de mi vida.
—¿Hasta el final?
Eren se rió y tras quitar un par de cabellos de mi frente dejó un largo besó ahí.
—Hasta el final, Levi.
—¡Mentiroso! —grité con ganas, empujando todo lo que había sobre el escritorio. Lapiceros, lápices, mi portátil y algunos papeles importantes cayeron e hicieron un desastre sobre el suelo— Mentiroso... ¡Maldito mentiroso!
El recuerdo me dejó en el suelo. Mis latidos se dispararon y los oí resonando en mis oídos. La ansiedad me tenía al borde del abismo. No podía respirar, no podía pensar. Sólo pude aferrarme al pequeño anillo, abrazándolo contra mi corazón y deshaciéndome en lágrimas, mientras las huellas del pasado volvían a marcarse en mí.
Continuará...
N/A: Holaaa, aquí les traigo este fic chiquito que tenía muchas ganas de compartirles. Es un poquito triste al comienzo, pero tiene final feliz, jajajaja. Si les gusta la idea espero que puedan apoyarla con un pequeño comentario, eso siempre me anima mucho a continuar.
