No sabría decir si se sitúa en una línea temporal concreta, pero creo que cuela. Hay spoilers del manga hasta el futuro ideal aunque no se especifica aquí.

Perdón si esto es un pestiño infumable, pero surgió así y tenía que sacarlo. Justo lo que más me gusta e interesa de TokRev son los detalles y backgrounds que enriquecen los personajes y es justo lo que sacan como material extra.

Advertencias: Kazutora centric, sexo implícito entre menores, uso de drogas y alcohol entre menores (y también entre adultos), promiscuidad, Hanma/Kazutora implícito, Kazutora/otros implícito, KazuFuyu-ToraFuyu, amistad BajiFuyuTora, hurt and comfort, slice of life, drama, romance, final feliz.

Hay referencias al extra en el que Kazutora y Baji se conocen. Explicaré por encima lo que tiene que ver con este fic:

Baji y Kazutora se conocen el día del cumpleaños de Kazutora. Sus padres no le hicieron caso y no estaban en casa, y se fue a unos recreativos con unos amigos que solo lo utilizaban como cajero automático para que les pagara cosas. El jefe de este grupillo, forcejeando con Kazutora en una discusión sobre esto, empuja a Kazutora que accidentalmente apaga la máquina en la que Baji llevaba toda la tarde jugando. El jefe (un tal Junpeke) dice a Kazutora que le pague como compensación pero Baji no lo acepta alegando que no se trata de dinero por la partida sino del esfuerzo que lleva invertido. Baji acaba peleando con el grupito y dando la cara por Kazutora, los ahuyenta y se van juntos a celebrar el cumpleaños de Kazutora quemando coches y dando palizas. Como trofeo se llevan el pendiente que el tal Junpeke usaba (que es el pendiente de cascabel que usa Kazutora en el canon). Baji se lo queda, diciendo a Kazutora que vaya a su casa para hacerle un agujero en la oreja, pero en el ingreso en la secundaria, donde Baji le presenta al resto de ToMan, ni Baji ni Kazutora hacen uso de dicho pendiente.

Aquí en mi fic aprovecho esa laguna para dejar implícito que se hicieron con el pendiente compañero del que tenía Junpeke y se repartieron uno para cada uno.

Disclaimer: Tokyo Revengers pertenece a Ken Wakui, no a mí y no gano nada con esto.


LA OTRA MITAD.

Toda la alegría que momentáneamente había llenado la casa se esfumó tan pronto como llegó.

De nuevo se encontraba como antaño, ahogando las preocupaciones en un trago de alcohol a solas en la cocina. Había sido muy iluso de su parte creer que algo cambiaría, con más razón ahora que Kazutora había crecido y todo evolucionaba en consonancia con la edad, trayendo consigo peligros mayores al ser más peligrosa la gente de la que se rodeaba.

Pero no le podía decir nada.

Hacía tan solo unos días que había vuelto a casa. Ella había mantenido su habitación tal cual la dejó dos años atrás, esperando su regreso sin ser realmente consciente de que su Kazutora de doce años era cosa del pasado. Habían compartido desayuno, le había preparado su comida favorita, habían reído recuperando el tiempo perdido y visto juntos la televisión. La había acompañado a hacer la compra y cargado las bolsas. Las vecinas la felicitaban al pasar por lo guapo y alto que estaba, los llenaban de buenos deseos porque ay pobrecito, aún eres muy joven, todos cometemos errores y tenía toda la vida por delante.

Al segundo día el desayuno se quedó frío. Kazutora durmió hasta medio día.

Al tercero no volvió a casa a dormir.

Al cuarto trajo a un par de chicos que había conocido en el reformatorio.

Al quinto lo llamaron del colegio. Aún no se había presentado a las clases a pesar de que reincorporarlo a mitad de curso no había sido fácil.

Ahora era aquel otro llamado Hanma con quien le oía hablar por teléfono.

Se lo había cruzado un día por el pasillo cuando Kazutora y él entraban a casa. Su hijo, efusivo, se le enganchó al cuello y casi la alzó del suelo, dándole un beso en la mejilla, presentándola como la mamá más guapa del mundo.

Podía reconocer cuando la estaba lisonjeando con descaro, pero se limitó a sonreír y preguntar si querían algo.

Hanma era muy alto y tenía aquella misma chaqueta que había visto colgada en la habitación de Kazutora. Sintió que se le aceleraba el pulso y la empezaba a cubrir un sudor frío. Otra de aquellas bandas callejeras. Valhalla.

Se fue a la cocina con lágrimas en los ojos y los oyó entrar en la habitación.

一¡Macho! esto parece un puto puticlub con tanto leopardo. No me irás a decir ahora que me vas a cobrar por chupármela, no traigo pasta.

Agradeció que pusieran música lo suficientemente alta como para no oír lo que decían, pues solo era capaz de ponerse en lo peor.

Un par de días atrás, Kazutora había vuelto a casa con unas zapatillas nuevas, no precisamente baratas. No tenía ni idea de dónde sacaba el dinero y casi prefería no saberlo.

Estaba claro cómo terminaría todo. Otra vez.

El primer día ya se dio cuenta de que había perdido a su niño en aquellos dos años. Compartiendo café, Kazutora le robó un cigarrillo del paquete que descansaba en la mesa para después, y lo encendió con su propio mechero. No tuvo valor para decirle que no. Había demasiado tiempo que recuperar para perderlo en discusiones que no llevarían a ningún sitio. Kazutora sonreía en todo momento y se veía feliz. Burlón, le robó otro cigarro que se colocó en la oreja antes de salir de la casa y no volver hasta el día siguiente.

No le gustaba que fumara, no era más que un crío, pero tampoco le gustaban muchas otras cosas peores, así que accedió que lo hiciera dentro de casa con la ventana abierta o en la terraza mientras fuera él quien se pagara sus propios vicios. Así quizás se animara a buscar algún trabajo decente después de clase que le alejara de las malas influencias y las pandillas.

Cada vez que venía aquel Hanma o alguno de los otros chicos del reformatorio, el olor a marihuana traspasaba las rendijas de la puerta e inundaba la casa. El tabaco lo pasaba, pero las drogas ya eran palabras mayores. Cualquiera con mala intención podría denunciarlo y mandarlo de vuelta a la cárcel. Los otros se iban de madrugada, a veces incluso alguno se quedaba allí a dormir cuando Kazutora no pasaba la noche fuera. Solo salía de la habitación para lo imprescindible, con los ojos rojos y a medio desvestir. Si iba a la cocina a por algo de beber, le daba un abrazo, un piropo, un beso en la frente, un sorbo de alcohol y una calada y regresaba de vuelta con chupetones en el cuello y un mordisco en la tetilla proclamando lo mucho que la quería para que doliera menos.

Ella lo veía alejarse, la penumbra del pasillo marcaba las vértebras de su columna, y juraría que estaba más flaco que cuando salió del internamiento.

No quería pasar por la puerta. No quería oír. La música y las carcajadas a menudo hacían imposible distinguir lo que ocurría. Tampoco quería entrar a limpiar. Su Kazutora siempre había sido limpio y ordenado y confiaba en él. Tenía que confiar en él o estaría perdida. No le habrían dado permiso para salir si no estuviera estable.

Lo estaba, ¿verdad?

La llamaron del instituto. Una falta más y no solo perdería la plaza sino que sería denunciada por absentismo escolar como tutora legal que era del menor después de que su ex marido se desentendiera. Ella tenía que trabajar, no podía estar veinticuatro horas al día pendiente de lo que el niño hacía. Debía ir a asuntos sociales a presentar un recurso para el que necesitaba documentación tanto de su hijo como de su situación penal y del centro educativo al que acudía actualmente.

No le quedó más remedio que entrar en la habitación.

Aparentemente todo estaba medio en orden, aunque la cama seguía sin hacer, y había algo de ropa y zapatos por ahí. En un rincón, la mochila con los libros tenía todavía la etiqueta, sin haber sido siquiera abierta. Por suerte la ventana estaba entreabierta dejando entrar la ventilación.

Tuvo que rebuscar en el cajón casi sin querer mirar porque ojos que no ven, corazón que no siente. Sintió algo punzante al palpar a tientas en busca de la carpeta con la documentación. El dedo sangraba cuando lo sacó. No tuvo más remedio que limpiar la sangre que había caído dentro, donde encontró una navaja de un tamaño considerable, no de las que se llevan encima para pelar naranjas. La desesperación e impotencia que acudieron en forma de lágrimas, desbordando todo lo que había guardado desde que regresó y supo que ya lo había perdido, hizo que no prestara apenas atención a los demás detalles que la rodeaban. El puño americano que descansaba junto a la almohada como si fuese un ángel de la guarda, no era nada al lado de aquel cuchillo. Ni los paquetes de tabaco de liar, ni las bolsas de droga, ni los preservativos usados en la papelera.

Suspiró temblando mientras cerraba la puerta y sonreía con tristeza al pensar que al menos que estuvieran usados era buena señal pues peor sería no usarlos.

-.-

Aquel día pensó que todo mejoraría.

Su Kazutora sonreía como no lo había visto hacía años. Estaba feliz. De primera impresión creyó que esa felicidad se debía a alguna chica que le había robado el corazón, pues lo que se encontró primero fue una bonita y larga cabellera negra.

Al instante se dio cuenta de que se trataba de aquella misma chaqueta blanca con el ángel sin cabeza. Seguramente no sería más que otro chico sin nombre, como todos los que entraban y salían de su habitación.

一¡Mira, mamá! ¿No te acuerdas de él?

Lo sostenía con el brazo por los hombros como si se le fuera a escapar, con la otra mano le alzó el mentón y le apretó los carrillos para que lo viese bien. Entonces lo reconoció. Su sonrisa era inconfundible, con esos colmillos que sobresalían.

No pudo evitar sentir alivio al ver una cara conocida, deseando que fuera más una luz que lo guiase en lugar de hundirlo en el abismo.

一¡Ah! ¡Keisuke! No te había reconocido, ¡qué mayor y qué guapo estás!

Baji 一el amigo de la infancia de su hijo一 le dio la razón, un poco ruborizado por el cumplido. Por un momento pensó que volverían a aquella época donde aún no se había torcido todo por completo.

Luego los vio marchar hacia el cuarto de Kazutora, donde cerraron la puerta y la música comenzó a vibrar en las paredes.

Recordó cuando se conocieron y el cambió que provocó en su hijo. Por aquel entonces Kazutora apenas tenía amigos y los que tenía se aprovechaban de él, hasta que Baji llegó un día a su vida y le enseñó que había otro tipo de amistad.

Jamás podría dejar de culparse por ello.

Si no hubiese estado tan sumida en su propia miseria y le hubiese prestado más atención, su hijo no habría buscado en otro lugar lo que no obtenía en casa.

Fue justo el día de su cumpleaños. Tal vez de haberse tratado de otro día, lo sucedido no hubiese sido tan significativo como para crearle una necesidad de pertenencia a un lugar. Conocer a Baji le abrió las puertas al grupo que más tarde formarían ToMan.

El germen del desastre.

La agradable tranquilidad que la envolvió al ver una cara conocida, enseguida se transformó en inquietud. Recordó el tatuaje y el pendiente que se hizo con tan solo doce años. Su Kazutora siempre había sido inestable y excesivo, y aunque en el fondo Baji era un buen chico y podría ser una buena influencia dentro de lo malo, su propio hijo había acabado tomando los atajos equivocados para estar a la altura de su nuevo círculo de amistades.

Si lo que solían hacer con doce años ya no eran juegos de niños, tenía todo el derecho a asustarse por lo que pudieran hacer ahora con quince y otros medios a su alcance.

Se retiró a la cocina, su refugio, mirando de reojo la puerta cerrada suplicando que lo que sucediera allí dentro fuera para bien y que Baji hubiese aparecido de nuevo en su vida para rescatarlo, porque cada vez que venía Hanma, al día siguiente su hijo solo se levantaba de la cama para vomitar.

-.-

Estaba siendo una tarde especialmente ruidosa. Kazutora llevaba varios días sin aparecer por casa, y cuando lo hizo vino acompañado de un buen puñado de chicos, además de los que ya conocía de vista. Se sentía en el ambiente que se estaba cociendo algo, pero no sabía el qué.

Cuando salieron del dormitorio, los ánimos iban bien subidos.

Lo detuvo agarrándolo del brazo antes de que atravesara la puerta, con un mal presentimiento. Él, como siempre, le sonrió. El tintineo de su pendiente acompañó su cabeza ligeramente ladeada con una expresión casi inocente. Y su corazón se rompió al darse cuenta una vez más que siempre trató de no preocuparla y buscar la felicidad en lo que tuviese a su alcance.

一¿A dónde vais? 一preguntó, como si fuese la primera vez y no hubiese habido muchos otros días en los que debería haber hecho esa misma pregunta.

Sin dejar de sonreír, su hijo se inclinó para darle un beso en la mejilla. Ya era más alto que ella y era a quien le tocaba agacharse. Supuso que le debió extrañar, cuando desde siempre había entrado y salido a su antojo sin dar explicaciones.

一Iremos a celebrar el cumpleaños de Baji.

一¡Eso no es verdad! 一protestó el aludido.

一Bueno, faltan solo unos días, lo mismo da ¡no te quejes!

一Si no hay pastel y velas no lo aceptaré.

一No se celebran cumpleaños antes de tiempo, da mala suerte 一intervino ella, con un nudo en el estómago. Sabía que no eran más que supersticiones pero...

一No se preocupe, llevo protección一. Baji se giró hacia ella y le guiñó un ojo. Se llevó la mano al interior de su chaqueta, donde por el gesto parecía guardar algo importante.

Resignada, no le quedó otra que verlos marchar cuando los chicos que se habían adelantado les reclamaron que se dieran prisa.

一Iremos a pedir "Truco o Trato". ¿Has preparado tus caramelos? 一le preguntó su hijo antes de salir.

Quiso argumentar que si iban a eso, dónde estaban entonces sus máscaras y disfraces, pero la sonrisa de Kazutora al cruzar el umbral le recordó que su hijo siempre llevaba una máscara puesta.

En efecto, era Halloween.

Más tarde se percató de ello cuando, antes de que cerrara, bajó a la tienda de la esquina a por una bolsa de golosinas y pudo encontrar de varios tipos; con formas de arañas, calabazas y calaveras. Simplemente, hasta ese momento no le había prestado atención a toda la decoración que llevaba bombardeando los escaparates de los negocios desde hacía ya un mes. En aquellos dos años sin Kazutora había olvidado por completo esa festividad. Ya no iban muchos niños por allí tocando puerta a puerta como antes, pues los que hubieron en su tiempo habían crecido también, pero los compró por si acaso.

A lo lejos se oyeron unas sirenas. Tal vez el humano normal y corriente no hubiese sido capaz de percibirlo, pero ella era madre y tenía un sexto sentido.

Dejó los caramelos en el mostrador junto al dinero que había sacado para pagarlos y salió corriendo hacia su casa. Ambulancias y policías pasaban a diario, no había por qué sacar nada de contexto. Se trataba de convencer con el corazón en la boca.

Hasta que sin aliento llegó a la habitación de su hijo. Había latas vacías, colillas y restos de todo por la habitación, pero eso era lo de menos.

Abrió con tanta fuerza el cajón que casi volcó el escritorio.

La navaja no estaba allí.

Su teléfono sonó y un número desconocido apareció en la pantalla.

-.-

Diez años fueron esa vez.

Y ahora estaría solo por completo.

Su ex marido se había desentendido del tema y ella era la única autorizada para visitarlo, pues el régimen de internamiento era mucho más severo que el anterior.

Solo algunos de sus compañeros de ToMan mostraron interés en saber qué sería de él. De los de Valhalla ni siquiera obtuvo una mísera palabra. Y aquello que en la ocasión anterior lo mantuvo vivo, ya no estaba tampoco.

Baji ya no estaría para escribirle cartas y hacerlo partícipe de su vida y de la pandilla como si aún fuera parte de ella. Le tendría que agradecer eternamente que nunca hubiera dejado solo a su niño, aligerándole la presión en el pecho cuando religiosamente recibía una carta suya cada viernes.

-.-

No tuvo el valor de aparecer en el funeral o dar el pésame hasta años más tarde, sin embargo, en la tumba de Baji nunca faltaron flores frescas. Rosas de color rosa que significaban perdón. No sabía si la mamá de Baji lo comprendería, pero le aliviaba ver que las mantenía allí cada vez que iba a cambiarlas por unas nuevas, a pesar de no saber de quién provenían.

Cuando al fin estuvo preparada, llamó una tarde a su puerta con un rosal en una maceta y se presentó como la madre de Kazutora. Y a pesar de que iba con idea de dar por fin un cierre a todo, mientras ella viviera no le faltarían rosas en su tumba. La señora Baji titubeó antes de invitarla a entrar. Al pasar por su lado percibió un halo familiar a alcohol en su aliento. La acomodó en la sala de estar mientras preparaba algo de té, pero terminaron con una botella de sake mientras lloraban viendo las fotos que la madre de Baji sacó de un álbum que guardaba en una vieja caja de cartón azul.

Fue entonces cuando descubrió muchas cosas de su hijo que no conocía y le dolió tener que hacerlo a través de otra persona.

-.-

Reconoció aquella misma caja al instante el día que un chico llegó a su puerta con ella bajo el brazo, preguntando si era la madre de Kazutora. Le explicó que contenía recuerdos que a Keisuke le hubiera gustado que su hijo conservara.

La cara de aquel jovencito le era familiar. Pensó que sería alguno de tantos que había pasado por allí y lo miró con recelo antes de decidirse a dejarlo entrar. Tanto ella como su hijo ya habían sufrido lo suficiente, no necesitaban que siguieran indagando en la llaga. Lo último que quería era que cuando saliera se viese envuelto en algo otra vez.

Allí en el umbral, con la caja aferrada con fuerza contra su costado y los nervios entrecortándole la voz, tan solo le faltaba la lluvia de fondo para parecer un cachorrillo desvalido. Con su sexto sentido 一y algo en sus maneras que le decía que no era como los demás一, acabó por invitarlo a pasar y ofrecerle algo de beber.

La caja contenía todo tipo de cosas, y aunque el álbum que la madre de Baji había sacado de ella ya no estaba 一comprendía que la mujer quisiera guardarlo para sí misma一, sí que reconoció algunas copias de fotografías que vio aquel día.

Aunque en un par de ellas aparecía ese chico que tenía delante vistiendo el uniforme de ToMan junto a Keisuke, después de observarlo y cruzar palabras con él, confirmó que no era uno de esos como los que Kazutora solía atraer.

Mientras hurgaban en la caja, el joven rescató otra más pequeña, (del tamaño de las usadas para guardar piezas de joyería) y se la ofreció. Antes de poder bromear sobre que era demasiado mayor para él, la había abierto. Dentro estaba el otro pendiente con cascabel compañero del que usaba su hijo.

Aceptó la caja con los vellos de punta.

一Baji decía que era afortunado por tener la otra mitad de Kazutora 一comentó sin despegar la mirada del pendiente y con la voz quebrada. Ella comprendió que no se refería a una mitad física como lo era una pareja de pendientes o aquellos colgantes con forma de corazón que se partían en dos一. No puedo hablar por la parte de Kazutora, pero para Baji siempre fue su persona especial, a quien pondría por encima de todos los demás si fuera necesario.

La voz fue perdiendo fuerza conforme hablaba hasta quedar en un silencio al evocar las circunstancias de la muerte de Keisuke.

Con el pendiente en la mano tomó el testigo de Baji y se prometió intentar hacer las cosas bien cuando su hijo saliera de la cárcel.

Terminaron la tarde llorando a moco tendido, después de pasarla revisando fotos y teorizando acerca de por qué aquel artículo habría sido importante para Baji y por qué querría que Kazutora lo tuviera.

-.-

El vacío al que se había acostumbrado se sentía extraño al ser llenado de nuevo. Diez años de soledad ocupados de golpe en un solo día era abrumador. Cuando vio a su hijo en la entrada con una pequeña maleta, pensó que el sistema no estaba bien planteado y que, tanto para quien salía como para quien esperaba fuera, debería ser necesario un periodo de adaptación. Podía intuir en su expresión que para él era igual de desconcertante sentir que le daban la patada y lo arrojaban a un mundo que para él había permanecido congelado pero no lo estaba.

一Hola, mamá 一dijo con su sonrisa cálida y su rostro ligeramente ladeado. Parecía tener doce de nuevo y volver del colegio.

一Pero… ¡hijo!一. Con lágrimas en los ojos se abalanzó sobre él a abrazarlo con tal fuerza que casi lo derribó一. ¿Por qué no me dijiste nada? Me hubiese gustado estar presente. Te habría preparado tu comida favorita. Habría…

Había tantas cosas que hubiera hecho que terminaron siendo resumidas en las lágrimas empapando la fea camisa gris de Kazutora.

一Quería que fuese una sorpresa.

一¡Cuéntame!

一Un colega vino a recogerme 一aquella frase activó la alarma y no pudo disimular su preocupación. Tenía miedo de que se rodeara de malas compañías一. Pasé la noche en su casa y acaba de dejarme aquí de camino al trabajo. No tenemos la misma talla, y ahora mismo lo que necesito es darme una ducha para quitarme esto 一con dos dedos agarró uno de los botones de la camisa del uniforme de la prisión, y la despegó de su cuerpo con asco一 y prenderle fuego.

Era comprensible, así que no hizo ningún comentario. Lo acompañó hasta su habitación, como si fuera un invitado que no conocía el camino, y se quedó en la puerta unos segundos mientras Kazutora parecía reconocer el lugar. Seguía exactamente igual a como lo estaba diez años atrás, pero él medía diez centímetros más. Quedó patente cuando abrió el armario donde aún estaba colgada su ropa, y echando un vistazo por encima comprobó que todo se le había quedado pequeño.

一¡Me temo que habrá que ir de compras! ¿Te apetece? 一propuso su hijo cogiéndole ambas manos con fingida ilusión一. ¿Cuál es la tendencia este año? ¿Se lleva el animal print?

Iba a decir que no, que estaba cansada y no se encontraba bien, pero había demasiado tiempo perdido por recuperar.

Mientras Kazutora tomaba una ducha, ella comenzó a preparar la comida favorita de su hijo aunque ni siquiera fuera la hora de almorzar.

Para cuando quisieron salir de compras, las vecinas ya se habían congregado en la puerta con platos caseros de bienvenida.

Durante la tarde, Kazutora no paró de recibir llamadas. No era de extrañar que la noticia se hubiese extendido y sus amistades quisieran hablar con él, a pesar de tanto tiempo sin estar en contacto. Con el paso de los años el régimen de internamiento se fue relajando, pero para cuando eso sucedió, se había perdido el roce con la mayoría y tan solo recibía alguna visita de vez en cuando.

De regreso a casa, recibió otra llamada. Metió la ropa de la cárcel en una bolsa de supermercado y se marchó diciendo que alguien lo esperaba. Iría a quemarla, justificó antes de salir y despedirse con un beso en la frente. La sensación de déja vu era muy fuerte y la llevó a asomarse por la ventana, como si aún fuese un adolescente a quien pudiera controlar lo que hacía. Quizás si lo hubiese hecho en su momento, las cosas habrían sido diferentes.

Tardó unos minutos en aparecer en la calle, pero ya había un coche negro esperando, al cual se subió Kazutora en el asiento del copiloto.

Como era de esperar, esa noche volvió, porque quedaría muy feo no hacerlo siendo el primer día que pasaba en su antiguo hogar, pero no lo hizo a la otra, ni a la siguiente.

La sensación de vacío era mucho más acentuada después de haber sido llenado.

-.-

Había querido aconsejarle el día que fueron a comprar ropa. Su Kazutora siempre había tenido un gusto extravagante y tuvo que reírse con la elección de las prendas cuando lo vio salir del probador. Era en detalles como ese en los que se notaba que se había perdido mucho y para algunas cosas seguía siendo un niño.

Por eso, la metamorfosis se hizo más evidente.

Decía pasarse el día fuera repartiendo currículums y tal vez fuera cierto, pues se había percatado de que se estaba dejando el pelo largo, a veces se quitaba el pendiente y trataba de ocultar el tatuaje del cuello. Le venía a la memoria cuando salía drogado del cuarto, cubierto de marcas y chupetones que no tenía ningún pudor en mostrar, y en contraste, ese Kazutora más comedido y responsable le parecía demasiado bueno para ser verdad. En algún lado debía estar la trampa.

-.-

Sí, comenzaba a hacer frío, pero no era excusa para que Kazutora llevara un cuello alto. Se le quedó observando mientras fumaba un cigarrillo en la ventana hasta que él se dio cuenta y le ofreció uno para que se le uniera.

Lo aceptó aun dudando de dónde sacaría el dinero. Le daba miedo imaginarlo.

一¿Estás viendo a alguien? 一le preguntó. Kazutora se giró hacia ella sorprendido. Aún quedaba algo de inocencia en él para teñirle las mejillas.

一¿Por qué dices eso?

一Está claro que esta ropa no la has comprado tú 一comentó, señalando el conjunto que vestía. Por un momento se permitió ver en él reflejado lo que cualquier madre desearía para un hijo. Le habría gustado tener delante a un recién graduado de la universidad, un futuro médico o abogado, por ejemplo. El espejismo de aquellas ropas elegantes que llevaba, y los pendientes y tatuajes escondidos, le hizo darse cuenta de que aunque el pasado no se podía borrar, su hijo estaba poniendo todo de su parte por salir adelante y ser un chico decente.

Aquello le hizo sonreír con tristeza, pues la decencia y el empeño no se medían por el tipo de ropa que llevase.

一Bueno, no sé, mamá, es un poco pronto para decir eso 一dijo con vergüenza一. Por ahora nos estamos conociendo, nada más 一Kazutora suspiró y perdió la mirada al frente一. Siento que tengo que volver a conocer a todo el mundo de nuevo. Incluso a mí mismo. Es raro.

Aquella frase sonó más a reflexión de las que no dejan dormir por las noches que espontánea, pero no quiso presionarlo. Siempre le había dado su espacio, a veces incluso demasiado, y creía que justo en ese momento merecía más que nunca un voto de confianza por su parte.

一Hablando de conocer… Espera aquí un segundo 一propuso para cambiar el tema, pues la conversación le había traído a la memoria algo.

Al cabo de unos minutos volvió con la caja de cartón azul.

一¿Qué es esto? 一quiso saber Kazutora, extrañado por la vieja caja.

一Fui a visitar a la madre de Baji

一Ah一. Se removió incómodo.

一No fui capaz de ir al funeral ni darle el pésame hasta pasados varios años. Fue muy amable conmigo, y gracias a lo que me mostró pude conocer un poco más de Keisuke, pero también de tí. Me alegró que consiguiera salir adelante, conoció a alguien que la quiso y volvió a mudarse. Ahora vive en Nerima y va a tener un bebé.

一Oh, vaya.

一En la mudanza se tuvo que deshacer de cosas, imagino lo difícil que debió ser decidir qué hacer con todo lo de su hijo, pero sea como sea, lo que hay en esta caja, deseó que lo tuvieras tú. Algunas cosas por decisión de ella, otras por deseo expreso de Keisuke en algún momento. Tú comprenderás más que yo el significado de cada uno de estos recuerdos y las historias que hay detrás, pero de entre todo lo que vi, me llamó especialmente la atención esto 一rescató la pequeña caja donde guardaba el otro pendiente de Kazutora. El chico no la reconoció, pues seguramente Baji habría utilizado alguna caja sobrante que encontró, hasta que la abrió y le mostró el contenido. Sacó el pendiente de ella y con sus propias manos se lo colocó en la oreja que en esos momentos no llevaba nada por haber salido a buscar trabajo y hacer entrevistas一. Keisuke decía con orgullo que tenía tu otra mitad 一tomó una de las manos de su hijo entre las suyas, pues el cigarrillo de Kazutora temblaba entre sus dedos de la otra mientras sus ojos se llenaban de lágrimas一. Confío en que sabrás hacer lo correcto con ella.

Kazutora asintió, en una especie de sello a esa promesa.

-.-

En la cárcel los preparaban para cuando salieran, o al menos eso se suponía. Hacían cursos, les asesoraban y entraban en programas de reinserción que una vez terminados los volvían a tirar a la calle con un bagaje imposible de borrar por mucha buena intención que le pusieran.

Kazutora se había pasado meses buscando algo y lo único que había conseguido eran trabajos a través de contactos de dudosa reputación y doblar el número de llamadas que recibía de gente interesada en él, pero ninguna para ofrecerle algo decente.

Se comenzaba a notar la tensión y la frustración por sentirse atrapado, por ocupar un espacio sin poder ofrecer nada a cambio. Eran ya casi veintiséis años que no debían pesar pero pesaban.

A veces no solo no volvía a dormir sino que cada vez pasaba menos noches en casa que fuera. Quería verlo como una transición a lo inevitable y la independencia que parecía necesitar como cualquier joven de su edad. Kazutora siempre había sido muy dependiente emocionalmente y buscaba la cercanía de los suyos, pero en cuestión de familia no podía reprocharle el haberse colocado al otro lado de una brecha para mantenerse protegido. No había tenido el mejor ejemplo del mundo.

Sentía que había tanto que podía haber hecho mejor cuando pudo que ahora que lo veía escaparse de sus dedos, porque era donde debería estar, volando solo, le costaba mucho dejarlo ir aun tan vulnerable.

No le había dicho nada para no preocuparlo, pero desde que había estado en el correccional ella había comenzado con ciertos problemas de salud. El maltrato, la depresión y mecanismos poco sanos para enfrentar las situaciones habían hecho mella en su cuerpo dando la cara de manera más agresiva y preocupante al alcanzar una edad, pues estaba claro que los excesos de los veinte no se pagaban a esa edad sino treinta años más tarde.

Con lo que cargaba a sus espaldas pocas cosas le daban miedo, pero la aterraba que de un día a otro pudiera sucederle algo y aún tener a su hijo en pañales por la vida.

-.-

一Shh, está despertando.

一¿Cómo se lo decimos?

一No entres en pánico ahora. Déjame a mí. Lo entenderá.

一Vale, si tú lo dices, tú sabrás.

Voces que susurraban dieron paso a la consciencia. Primero las oía lejanas, hasta poco a poco ir despertando el resto de sentidos, permitiéndole ubicarse. El sonido de las máquinas de hospital era inconfundible así como el olor a antiséptico y medicinas que, no obstante, quedaba extrañamente opacado por un fuerte aroma floral.

Al abrir los ojos lo primero que vio fue un ramo de rosas de color rosa en un jarrón junto a su cama. Agradecía que el aroma maquillara la realidad de estar a punto de morir en un hospital y que al menos oliera bien. Giró la cabeza hacia el otro lado, donde encontró a su hijo acompañado de otro chico que le resultaba muy familiar. Ambos sonreían, el otro chico mucho más nervioso que Kazutora, quien le dio la bienvenida con su sonrisa y la cara ladeada, como siempre hacía antes de cualquier travesura.

一Esa cara… 一alcanzó a decir apenas sin fuerzas一. ¿Qué te traes entre manos ahora?

Kazutora rio. Ahora que se fijaba mejor al acomodar la vista, tenía los ojos rojos e hinchados, pero su risa sincera se trasladó hacia el otro chico que la recibió con otra sonrisa acogedora. Esta dejó entrever sus dientes pequeños y blancos y aquello le produjo un breve recuerdo que trató de ubicar, pero no lo lograba. Era curioso el contraste que había obrado la edad en su hijo. Podía recordar casi todas las caras de aquellos chicos cercanos a él en su infancia y adolescencia que entraban y salían de su casa sin reparo. La adultez, en cambio, lo había vuelto reservado. Si había quedado con amigos 一que le constaba que tenía, pues oía su teléfono y lo veía salir一, nunca los había llevado a casa.

Tomando asiento junto a su cama, las manos de Kazutora envolvieron las suyas e invitó al otro chico a acercarse.

一Mamá, sé que no he sido el mejor hijo del mundo, pero quiero decirte que si te tienes que ir, pronto o tarde, cuando sea, quiero que sepas que lo hiciste lo mejor que pudiste, porque no te lo puse nada fácil. Y como sé que sufres por mí, tampoco quiero que te vayas sin quedarte tranquila de que todo estará bien. Tengo un trabajo por fin. Un trabajo legal y decente, ¡que estoy seguro de que a Baji le encantaría! 一se tuvo que limpiar las lágrimas ahí mientras reía al decirlo, el otro chico le dio un apretón en el hombro que no le pasó desapercibido一. Mamá, me gustaría presentarte a alguien 一ambos hombres cruzaron miradas cómplices y la mano de Kazutora se trasladó hacia la otra sobre su hombro一. Él es mi ángel de la guarda, quien creyó en mí y me ofreció un trabajo y una vida junto a él. ¿Crees que con esa cara podría rechazarlo, mamá? Sé que nunca esperaste que viniera con una novia, creo que nunca necesité decirlo a pesar de que llenara mi cuarto de chicas en bikini. No tendremos familia pero tenemos dos gatos adoptados. El viejo Peke J y Brandon, uno que Baji rescató poco antes de morir. Él es…

一Chifuyu Matsuno 一logró decir tras ubicarlo en su memoria.

Todo encajaba ahora. El colega que recogió a su hijo cuando salió de la cárcel, las noches fuera, el cambio de look y de actitud.

Le dedicó una mirada tratando de reconocerlo. Habían pasado algunos años desde que apareció en su casa con aquella caja. Ahora estaba más alto, tenía facciones más maduras y el pelo oscuro.

Y el pendiente de Baji en la oreja.

La otra mitad de Kazutora.

Estaba cansada, mucho, pero aquello que tenía delante, junto a la habitación inundada de luz y el agradable olor de las rosas, le producía mucha paz. Ver a su Kazutora feliz era todo lo que había querido en su vida y sentía que al fin podía ir en paz. Estaba demasiado cansada para decir nada así que cerró los ojos con una sonrisa en los labios.

Aquel día pudo respirar tranquila.

Su Kazutora estaba en buenas manos.

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Kazutora no sabía aún cómo había sido, pero Chifuyu y la madre de Baji habían estado en contacto. La hermanita de Baji había nacido y ahora tenían una foto del bebé en brazos de su madre que acababan de llevar a la tumba de su hermano mayor.

No era algo que correspondiera hacer a ellos, pero tampoco correspondía a ellos seguir dejando flores frescas y aun así continuaron haciéndolo. Tan solo cambiaron el color de las rosas por el blanco, porque consideraban que las circunstancias también habían cambiado. En la floristería les habían dicho que las rosas blancas eran símbolo de perpetuidad, algo que durará toda la vida. Y aquello era algo que los definía muy bien a los tres.

Así pues, tomados de la mano y con los pendientes puestos para la ocasión, acudían semanalmente a dejar rosas blancas en la tumba de su amigo, como su mamá habría seguido haciendo de seguir viva. Kazutora apretaba la mano de Chifuyu, miraba al cielo y podía decir que al fin era feliz.


N/A: Aclaro lo del pendiente: en el extra, Junpeke solo tiene un pendiente. Baji se lo quedó para hacerle el agujero a Kazutora pero luego lo vemos al ingresar a secundaria y aún no lo lleva. Aquí implico que consiguieron el otro pendiente y se lo repartieron, solo que Baji nunca llevó el suyo.

Esto iba a ser más Kazutora centric pero me pudo la KazuFuyu shipper y como últimamente estoy bastante desanimada me di el gusto XD. Siento si además de infumable también fue súper ñoño y cursi, pero estos dos merecen un final feliz.

Me gustó mucho escribir a las mamás, echo de menos que en el canon se nos muestre más de como son las familias de los chicos porque está claro que lo que hacen no son chiquilladas sin importancia.

La idea del fic surgió con la ilustración de la habitación de Kazutora y el texto que dejaba implícito que Hanma había ido a visitarlo. Además de eso, también el hecho de que cuando Kazutora salió de la cárcel no fue su madre a recogerlo sino Chifuyu.

Si alguien lo leyó y le gustó, me alegro mucho. Reviews son gratis y me hacen feliz.

Besitos

Ak