Nota: historia sin beteo, me disculpo por los errores ortográficos y/o gramaticales que puedas encontrar a lo largo de la historia.
Gracias Li por la hermosa portada, desde ya eres mi editora favorita.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 1
Edward
— Mierda —susurré al tiempo que las luces del tablero de mi coche parpadeaban—. Por favor, por favor, no aquí.
Con mis nervios en todo lo alto afiance el volante y traté de maniobrar mientras los neumáticos patinaban en la nieve. Grité, lo hice un poco alterado cuando el coche seguía en movimiento y se deslizaba fuera de la carretera; presione con fuerza el pedal del freno hasta que se estrelló contra una montaña de nieve.
Un aturdimiento sacudió mi cabeza.
Mi cuerpo había quedado sobre el volante, me enderecé y observé la blancura del paisaje: eran solo altos pinos y carretera, todo cubierto de nieve.
Mi móvil vibró. Lo sostuve entre dedos temblorosos, leyendo un mensaje de mi madre.
[Cariño, maneja con precaución.]
Quise responder, lo intenté una y otra vez, sin embargo, el mensaje no se envió.
— ¿Dónde estoy? —me cuestioné—. Necesito llegar a Seattle.
Bajé del auto tiritando en el mismo momento que la ventisca congelante azotó mi rostro, me estremecí. Mi cuerpo estaba entumecido y mis botas se enterraban en la nieve conforme movía mis piernas.
Ni un solo coche, ni un alma, nada.
Eché un vistazo al maserati que conducía y no distinguí ni una abolladura. Tan solo estaba enterrado en la gran montaña de nieve.
— ¡Malditos autos italianos de mierda! —grité, dejando una patada justo en el neumático derecho, mi pie palpitó—. Oh ¡maldita sea!
Di un par de saltos en un solo pie. Ese golpe me dolió hasta el alma y quizá me había quedado sin dedos y pie.
Exhalé, expulsando suficiente vaho por la boca y formando una gran nube blanca con mi aliento.
El fuerte viento siguió soplando volviendo mi cara tiesa, decidí volver al interior.
Froté mis manos queriendo mantener calor en mi cuerpo, el coche empezaba a enfriarse al estar apagado. Volví a tomar el móvil y comprobé que la temperatura era de -15° C y estábamos en Forks.
— ¿Forks? —musité confundido—. Ni siquiera he escuchado ese estúpido nombre.
Busqué entre mis contactos y elegí el nombre de Alistair. Él sabría qué hacer y vendría a ayudarme sin pensarlo. Le llamé.
No escuché absolutamente nada. No había señal en este mísero lugar. Enfadado lancé de nuevo el celular sobre el asiento del copiloto.
Golpeé con mis puños el volante.
Ya podía imaginar los titulares de los diarios y revistas de cotilleos: un ingeniero de la NASA y experto en informática, el joven Edward Cullen de treinta y un años murió de hipotermia en su lujoso coche italiano.
— Maldito Forks te volverías famoso por mí —empecé a alardear—. Los llevaría a la fama e incluso harían una película en mi honor y este lugar sería el centro de la historia.
Frustrado di otro puñetazo y solté un grito de dolor.
Miré mi mano: mis dedos tenían un tono blanco azulado en uñas y piel, no podía moverlos.
Negándome a tener una muerte vergonzosa decidí salir del auto.
Mi gabardina no era suficiente para resguardarme de la gélida ventisca, sin gorro y guantes sería difícil sobrevivir por más de media hora.
Sacudí la cabeza.
Caminé hacia el norte llevando mis manos a los bolsillos de la gabardina. La llovizna en forma de nieve comenzó a hacerse más intensa, disminuyendo mi visibilidad.
Maldije por enésima vez.
Bajé mi rostro y seguí caminando.
Perdí la noción del tiempo, realmente no sentía mis extremidades y mis orejas dolían al igual que mi cara. Fue cuando un ruido parecido al de un viejo motor resonó en mis oídos, levanté mi rostro mirando hacia todos lados y una estúpida sonrisa se formó en mis labios cuando divisé el destartalado vehículo.
Levanté mis brazos y salté rogando al creador que ese conductor de la vieja grúa me viera.
El camión venía directo hacia mí, tan directo, que me sacó de la carretera y me bañó de nieve al pasar al lado mío.
Con la mano removí la nieve de mis pestañas y corrí hacia la grúa que se había detenido diez metros adelante.
Un hombre de estatura baja vestido con un enorme anorak amarillo bajó del camión de un salto y se encaminó hacia mí.
Lo que pensaba que sería un leñador de brazos fuertes y rasgos rudos resultó ser una joven adolescente de mejillas sonrojadas y ojos color chocolate.
Me miró con el ceño fruncido.
— ¿Cómo diablos se te ocurre atravesarte en mi camino? —Me increpó malhumorada—. ¿Acaso no razonas que pude haber pasado mi camión por encima de ti? Con este temporal los frenos no funcionan de inmediato y menos los de Jake.
— ¿Jake? —Inquirí, aún consternado. Parpadeé mirando hacia su grúa.
— Sí, Jake. Así se llama mi camión.
Levanté mi rostro y cerré mis párpados dejando que la nieve cayera sobre mi piel entumecida.
Dios, ¿por qué me mandaste a una loca para que me rescatara? Porque ella me va a salvar ¿cierto?
¡Hola! Así iniciamos una de mis épocas favoritas. Siempre tuve la necesidad de escribir una historia navideña cargada de humor, romance y coquetería, así que espero le den una oportunidad.
Para imágenes respecto a la trama se pueden unir a mi grupo de Facebook, el link está en mi perfil.
¡Gracias totales por leer!
