«Una persona que quiere venganza guarda sus heridas abiertas»

SIR FRANCIS BACON

«Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada»

EDMUND BURKE

«Entiendo la furia de las palabras, pero no las palabras»

WILLIAM SHAKESPEARE


Sakura hirahira maiorite ochite

Yureru omoi no take wo dakishimeta

Kimi to haru ni negai shi ano yume wa

Ima mo miete iru yo sakura maichiru

Las flores de cerezo se han caído.

Cada uno de los pétalos es un trozo de mi amor.

Incluso ahora, sigo soñando con poder verte esta primavera.

Las flores de cerezo se están dispersando.

IKIMONO GAKARI

Sakura

予言

Profecía de los Futago

(Año 496, era de Kofun)

Los Futago compartirán una chokuto con cuerpo de mujer.

La mujer dual de los Futago decidirá si llegan los días de luz o los días de oscuridad.

¿A qué hombre elegirá?

Se alzarán las espadas de los dioses,

los mares se agitarán.

Y sólo uno alzará la voz como el heredero

del rayo, la tierra y el mar.

Itako Mai

1

Chicago

Underground.

Días atrás.

Sí, señor. Aquello había sido una encerrona en toda regla. Sakura estaba completamente de acuerdo con la actitud del Engel hacia Madara.

El samurái les había guiado hasta el club nocturno Underground, que era una especie de nido de jotuns y siervos de sangre de Khani; y después de salir victoriosos de la reyerta, Naruto había arrinconado a Madara y le había pedido explicaciones de un modo muy poco amable.

El Engel siempre demostraba, de una manera o de otra, quién mandaba. Era autoritario y muy mental, pero tenía destellos de loco, soberbios e ingeniosos. Esos destellos que a ella le hacían partirse de risa a sus espaldas. En realidad, el líder de los einherjars, con esa cara de ángel que no había roto un plato, le caía muy bien, aunque no lo pareciera; y deseaba que él se diera cuenta de la increíble suerte que había tenido por encomendarse a su nonne Temari. Más le valía que la tratara bien o de lo contrario, le iba a achicharrar las joyas de la corona.

Nonne: Significa «Hermanita» en Noruego.

Sakura miró de reojo a Ren, el vanirio que se encargaba de reiniciar las cabezas de los esclavos y que había sido quién los citara allí. Ese hombre oriental, con el pelo negro salpicado de mechas rubias oxigenadas, le ponía la piel de gallina. Había algo demasiado frío en él, como una actitud distante y descorazonadora hacia todo y todos.

Aiko, la hermana de Ren, no era así. Era más bien al contrario, gentil y serena.

Pero Ren... No. Ren no tenía gentileza en una sola célula de su cuerpo. Sakura no se podía fiar de él, había algo que se lo impedía.

Naruto y Temari habían salido del Underground, y habían dejado en manos de los vanirios la reconstrucción del local y su posterior limpieza, en todos los sentidos.

Sakura, por su parte, necesitaba ir al baño urgentemente y les había dicho que la esperaran afuera. Deseaba humedecerse la cara y respirar aire, oxígeno normal. Exigía inhalar algo que no estuviera contaminado por el olor de Madara. Porque él estaba por todos lados.

El samurái la llevaba por la calle de la amargura. Había sido demasiado duro encontrarlo en el Midgard; demasiado violento para sus emociones y muy cruel para su orgulloso corazón. Tanto tiempo en el Valhall esperando, deseando verlo ascender en brazos de Naori, y resulta que el guerrero estaba en la Tierra, pero no en cualquier lugar de la Tierra, claro, las nornas no son así de amables; se tenía que encontrar al guerrero justo en el lugar donde ella iba a estar para recuperar los objetos de los dioses en Chicago.

Si subía al Valhall de nuevo, se iba a cargar a las tres tejedoras del destino. Aunque, conociéndolas, seguramente le dirían algo así como:

«Bueno, no te quejes, al menos no te lo has encontrado disfrazado de Hopi».

Le entraron ganas de reírse.

Un hombre de casi dos metros, tan exótico y tan..., tan «hombre», no iba a colar nunca como Hopi. Era ridículo. Los ponchos Hopi le irían de bufanda, y los pantalones podrían servirle como mallas de ciclismo.

No. No daba la talla como Hopi.

Pensaba en ello mientras lo controlaba por el rabillo del ojo. Madara hablaba con Ren y repasaba con sus ojos rasgados del color del carbón los daños colaterales de los que había sido víctima el club nocturno en el que se hallaban.

Los mapamundis de cristal oscuro que había en la pared se habían roto. Las mesas con la runa bjarkan dibujada en la madera estaban partidas y destrozadas. En aquella zona, la mayoría de los humanos que se habían vendido a Loki tenían tatuada aquella runa en el antebrazo, una «B» con los extremos en punta que, invertida, se convertía en «W», otra runa que hablaba del salvajismo y la mentira. Esos humanos deseaban ser como Khani y su clan. Querían la inmortalidad, y si tenían que vender su alma y su sangre para conseguirlo lo hacían sin ningún remordimiento.

Una mano algo fría le tocó el hombro. Sakura se encogió y se apartó como si el roce la hubiera quemado.

—Sakura —era la voz de la Generala.

Sakura cerró los ojos con fuerza. No quería hablar con Hotaru. Le hacía daño mirarla a la cara después de lo que había pasado en el Hard Rock.

La generala la había abofeteado delante de todos. Delante de Madara.

Hotaru no entendía su actitud hacia el samurái, y lo cierto es que era muy comprensible.

Sakura se había encarado con Madara y le había lanzado su propia espada chokuto. Nadie entendía la loca situación personal que estaba viviendo. Ni Hotaru, ni Temari, ni las gemelas sabían nada sobre su kompromiss, sencillamente, porque ella nunca les había contado nada al respecto, y Hotaru, víctima de su ignorancia, se había enervado al ver que trataba de ese modo al vanirio en el primer encuentro que tenía con los einherjars.

Kompromiss: Compromiso que se establece entre las parejas de einherjars y Valkyrias.

Entendía la reprimenda de Hotaru, pero no compartía sus formas. Le había dado una bofetada humillante. Se habían agraviado la una a la otra en una discusión pública que iba más allá de la tensión del momento. Ella reconocía su parte de culpa, pero... Un manotazo de ese calibre podía esconder mucho dolor detrás.

El dolor de Hotaru. El dolor de ella.

No quería pensar en ello ahora. Solo quería refrescarse y estar un minuto a solas consigo misma, aunque fuera en el baño de ese club de jotuns.

—Sakura, yo...

—Déjame, Hotaru.

Tenía que alejarse de ella. Su vínculo era muy fuerte, aunque a ninguna de las dos le gustara, y la empatía que tenían la una con la otra era demasiado reveladora.

Entró en el baño de chicas. La luz titilaba y alumbraba su cara de forma intermitente. Encendió el grifo y se miró fijamente en el espejo.

«Freyja, eres una zorra. Eres una eterna ludópata. Te encanta jugar con nosotras... ¿Por qué Madara no me reconoce?».

A lo mejor no le gustaba.

Se colocó bien los pechos dentro del vestido, se retiró el pelo rosa de la cara y se humedeció los labios rojos y voluptuosos con la lengua. Siempre había sido una valkyria muy segura de sí misma y de su propio atractivo. Se situó de perfil y sus ojos verde esmeralda la revisaron de arriba abajo.

—Pues está todo en su lugar, ¿no?

Se pasó la mano por el estómago plano y por su trasero esculpido con trabajo y a mucha honra. Las valkyrias no tenían grasa corporal, pues eran atletas y guerreras y, además, eran hijas de Freyja, y la diosa no iba a permitir que sus valkyrias fueran adefesios, pero eso no quería decir que Sakura no se esforzara en tener el cuerpo en mejor forma, ¿no?

La puerta negra del baño se abrió.

La valkyria rubia entró clavando sus ojos turquesa en el espejo. Apretaba los dientes, pero no lo hacía con rabia. Era la típica expresión que adoptaba alguien que estaba a punto de echarse a gritar o a llorar.

Se miraron la una a la otra. Hotaru hizo el ademán de acercarse a ella, pero Sakura rompió el contacto visual y se mojó la cara con agua. Quería alejarla. No quería hablar con ella, todavía estaba muy enfadada. Hotaru se retiró y apoyó la espalda en la pared del baño, sin dejar de mirar el reflejo de su amiga en el cristal.

—No puedes estar así eternamente —aseguró la Generala.

Sakura agarró un trozo de papel del dispensador que había sobre el lavamanos del baño y se secó la cara con él, dándose pequeños golpecitos en las mejillas, la frente y la barbilla.

—¿No puedo? ¿Estás segura, Generala? —Sakura sabía muy bien el tono que tenía que emplear para molestar a Hotaru.

—Es imposible. Tú comes lengua, Sakura. —Intentó sonreírle pero, al ver el rostro inexpresivo de su amiga, la sonrisa no llegó a sus ojos.

Sakura se giró y adoptó la misma pose que Hotaru, pero apoyando su trasero en el mármol oscuro del baño y cruzando los brazos delante de su pecho.

—¿Qué quieres ahora? —Estudiaba los movimientos nerviosos de la Generala. El leve movimiento de sus orejas puntiagudas cuando algo la contrariaba, el temblor sutil de la comisura de sus labios, la inclinación de la cabeza a un lado, derramando toda su melena rubia hacia el costado derecho. Disfrutó de su incomodidad, no por verla nerviosa, sino porque solo en ocasiones como esa, Hotaru se quitaba la armadura y se mostraba tal como era. Adorable y algo tímida.

—¿Qué te pasa con Madara? —Preguntó Hotaru de sopetón.

—¿Ahora lo quieres saber? ¿Ahora me lo preguntas?

Hotaru resopló y miró hacia otro lado.

—Nunca es tarde, ¿no dicen eso en este reino?

Sakura negó con la cabeza y echó mano de su desdén y su arrogancia.

Hotaru se protegía con su frialdad y su inflexibilidad, pero ella lo hacía con sus propias armas; las mismas que hacían creer a todo el mundo que se creía un ser superior, que estaba por encima del bien y del mal.

—Sí es tarde para nosotras, Generala. Son demasiadas cosas ya, ¿no crees? Estoy cansada. —Se plantó delante de ella y la miró como si no llevaran una eternidad siendo hermanas—. No te voy a perdonar. Las valkyrias somos rencorosas.

La Generala levantó la mirada, vidriosa y húmeda, llena de sorpresa. Tragó saliva y sus ojos parpadearon.

—No te estoy pidiendo perdón.

—Claro. Por supuesto que no. Nunca lo haces. Hacerlo supondría que te has equivocado —acercó su rostro al de ella hasta que casi se tocaron sus narices—, pero Hotaru «La salvaje» nunca se equivoca. La Generala es perfecta.

Hotaru alzó la barbilla temblorosa.

—Sakura, no entiendo nada. Hice lo que tenía que hacer... No sé lo que te pasa. No sé por qué te comportaste así. Fue inadmisible.

—Podrías habérmelo preguntado antes de abofetearme delante de él. Supongo que hacía tiempo que tenías ganas de pegarme.

Un brillo lleno de reconocimiento y comprensión emergió en las profundidades de los ojos de Hotaru.

—¿Se trata de eso? ¿Es... Es por él? ¿Te has... Te has sentido avergonzada?

—¡No se trata de él! —Gritó agarrándola súbitamente de los hombros—. Se trata de nosotras, Hotaru. ¡De ti y de mí! Me has... Me has vapuleado. ¡Prometiste que nunca lo harías! Por muy mal que estuvieran las cosas dijiste que siempre..., estarías de mi parte —su voz, afectada por las emociones, salió renqueante—. Tú dijiste que siempre... Dijiste... —Apretó los labios—. Da igual.

La Generala no se movió del sitio. Esperaba la bofetada de Sakura, pero esta no llegó. Y Hotaru la deseaba. Deseaba una torta en toda la cara para no tener que ver el rostro de decepción de su amiga.

—Sakura —Hotaru tragó saliva e intentó dialogar con ella—. Yo sé que...

—No me importa —La cortó. Le soltó los hombros y le puso bien las solapas de la chaqueta de piel ajustada que llevaba—. Tú no sabes nada. Y no quiero saber nada más sobre ti —se limpió una pequeña lágrima que quería deslizarse por la comisura de su ojo derecho—. Estoy agotada, Hotaru. Agotada de sentir tu tristeza, agotada de ver tu apatía, agotada de empatizar con ese loco mundo interior helado que tienes. No... No lo quiero. Me hace polvo.

—¿En serio? —Le recriminó ella con los puños apretados a cada lado de sus caderas—. En cambio tú eres todo lo contrario, ¿verdad? Sakura «la deseada», Sakura «la que todo lo ve y a la que nada le importa más que sí misma».

—Tú eres la última persona que debería decirme eso —gruño poniendo los ojos rojos.

—¿Y qué harás, valkyria? —La desafió Hotaru, enfadada por sus palabras—. No me puedes ignorar.

—¿Por qué eres mi Generala?

—No, Sakura. Porque soy tu... Soy tu nonne —dijo sin perderle la mirada en ningún momento.

—No —la valkyria agitó su pelo rosa y se alejó de ella. Abrió la puerta del baño. No quería pelearse con Hotaru. Ya no más. Pero antes de salir del servicio añadió—: Ya no eres mi nonne. Tú ya no estás en mi corazón.

Hotaru se llevó la mano al pecho y arrugó en un puño la tela de su jersey negro. Eso había sido muy cruel. Palideció y abrió los ojos con consternación.

Sakura cerró la puerta tras de sí y dejó a su amiga valkyria sumida en la pena que suponía escuchar las palabras que rompían la promesa entre hermanas. Caminó renqueante a través del pasillo que daba a la pista principal del Underground. Se sentía mezquina e injusta. Pero necesitaba poner distancia entre ella y Hotaru. Era muy duro sentir lo que la otra sentía o percibir lo que a la otra le hacía o no le hacía daño. Eran las dos únicas valkyrias del Valhall que empatizaban de ese modo.

Habían sido muy buenas amigas, grandes hermanas. Pero las cosas se habían descontrolado desde lo que pasó con Hotaru y Indra, y desde entonces se habían ido distanciando. ¿Quién había tenido la culpa? Ni siquiera lo sabía.

¿Había sido ella? ¿Había sido Hotaru la primera en alejarse? No importaba ya.

Caminaba con los ojos clavados en la punta de sus botas negras cuando se encontró con unas botas militares de un cuarenta y cinco. Estaban manchadas de alcohol y salpicadas de sangre de vampiro y lobezno.

Madara.

Iba vestido de negro de la cabeza a los pies, con unos pantalones algo anchos y una camiseta de manga larga muy ajustada que delineaba su cuerpo como un guante. Tenía el pelo recogido en una especie de moño bajo, pero algunos mechones azabaches le caían por la cara. Sus labios dibujaban una sonrisa insolente y hacían que la cicatriz perfecta que tenía en la barbilla se estirara hacia la derecha. Sus ojos negros y rasgados se burlaban de ella.

Sakura no estaba de humor para encararse con él. El altercado en el Hard Rock todavía estaba muy reciente y, además, la discusión con Hotaru le había afectado muchísimo. Pero la valkyria nunca eludía una pelea, sobre todo si la provocaban.

El samurái chasqueó con la lengua y la miró con intensidad.

—¿Te han vuelto a abofetear, valkyria?

Madara la arrinconó contra la pared, y la colocó en la parte más oscura del pasillo.

El día anterior no había dormido nada. Desde que esa mujer había pisado Chicago estaba absolutamente descontrolado. Siempre había mantenido el hambre vaniria a raya, mediante su disciplina y su voluntad, pero sentía que esta pendía de un hilo desde que esa mujer de pelo rosa y ojos esmeralda había aparecido. Madara había estado controlándola desde que llegaron de Ohio Street, desde que se habían metido en aquella casa de tres plantas. No hubiera esperado jamás que ellas fueran en su busca esa misma tarde. Pero, al parecer, el Engel y sus guerreros tenían las cosas muy bien pensadas.

Estar delante de aquella guerrera le nublaba la razón. Era su olor. Ese olor a algo ácido y dulce a la vez. A fruta suculenta y antioxidante.

¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible? Se había jurado que eso nunca sucedería, no podía producirse. Un sensei como él no debería tener distracciones de ese tipo, ni mucho menos ataduras ni atracciones que pudieran desviarle de su objetivo. Le había pasado una vez y había tenido suficiente. Pero ahí estaba su mayor distracción, en frente de sus narices, alzando la barbilla de un modo presuntuoso y arrogante.

Sensei significa: «Maestro» en Japonés.

Esa mujer era un imán o, mejor dicho, un electroimán para su cuerpo.

Había leído algo sobre valkyrias, pero por lo poco que había descubierto desde que ellas habían descendido a la Gold Coast. Se había dado cuenta que las descripciones captaban la esencia de esas mujeres pero no las definían en su totalidad.

Una valkyria como Sakura era vanidosa, engreída, arrogante, soberbia, caprichosa e incorregible. Nunca sería su tipo. Y sin embargo, eso no era lo que pensaban ni su polla ni sus colmillos, que ya le picaban, y necesitaban que alguien calmara la picazón.

Ese grupo de einherjars y valkyrias había descendido para recuperar los objetos robados de los dioses: Mjölnir, Seier y Gungnir, que no eran otra cosa que el martillo de Thor, la espada de la victoria de Frey y la lanza de Odín. Esos tres objetos en manos de los jotuns podrían provocar y acelerar la llegada del fin del mundo, el apocalipsis, o lo que ellos conocían como Ragnarök. Madara sabía que Khani conocía el paradero de los objetos. El Engel coincidía en que, al menos, Mjölnir se encontraba en la Windy City, como era conocida Chicago, porque desde hacía dos días una descomunal tormenta eléctrica había azotado el núcleo urbano y no le había dado tregua. Y el samurái estaba convencido que teniendo a Khani en sus manos podían averiguar muchas cosas. Por eso habían ido al Underground.

Pero Khani les había preparado una encerrona y, al final, el vampiro se había escapado.

Ahora estaban recogiendo el local y modificando las mentes de los humanos implicados.

El DJ estaba desparramado sobre la mesa de mezclas, con los cascos colgando de la cabeza, pero la música seguía sonando, era el Tonight I'm loving you de Enrique Iglesias. Ren intentaba leer a los asistentes para ver si alguno de ellos sabía algo sobre el paradero de los tótems de los dioses. Su amigo le había dicho que intentaría seguir el rastro mental de Khani en los sistemas neuronales de sus siervos de sangre, aunque, por el momento, no había averiguado nada. Khani era un no muerto muy esquivo.

Madara había quemado los cuerpos de lobeznos, vampiros y de esos nuevos monstruos que por lo visto habían llegado al Midgard. Les llamaban etones, purs y troles, a cual más feo y venenoso. Esa noche no iban a encontrar nada más y era momento de organizar una segunda patrulla para luego intentar descansar, aunque fuera un par de horas. Pero la presencia de esa mujer no lo iba a dejar dormir, iba a sufrir el mismo insomnio que la noche anterior.

—¿Has vuelto a insultar a tu Generala? —Preguntó pasándose la lengua por el colmillo que luchaba por alargarse. Miró hacia la puerta del baño que seguía cerrada—. ¿La has matado?

Sakura achicó los ojos y miró la nula distancia que había entre sus cuerpos.

—No soy una psicópata. ¿Es esta una excusa para rozarte conmigo? —Clavó la vista en su cicatriz y le entraron ganas de reseguirla con el dedo.

—¿No me vas a lanzar nada esta vez? —Contestó con otra pregunta.

Sakura sonrió con prepotencia y alzó una ceja:

—¿Eso que me está presionando el estómago es la punta de tu espada chokuto? No te la puedo lanzar otra vez si está pegada a tus huevos.

A Madara le entraron ganas de reírse: las comisuras de sus labios temblaron a punto de ceder a la cosquilleante sensación de risa. Pero logró permanecer impávido.

—Eres una descarada. No me extraña que la Generala te quiera poner en vereda.

Los ojos de Sakura enrojecieron por la indignación. Nadie podía poner en duda la lealtad que tenía hacia Hotaru, ni tampoco su actitud hacia la misión. Estaba tan comprometida como los demás, pero había cosas que no podía dejar pasar. Y, además, el caso era que Hotaru y ella habían discutido prácticamente por culpa del samurái.

—Deberías tomar ejemplo y poner en vereda a los tuyos. —Se alzó de puntillas y miró por encima del hombro de Madara. Clavó la vista en Ren—. Ese de ahí, el del pelo pincho, no me gusta. Me da mala espina.

Madara no iba a pasar por ahí. Él, mejor que nadie, sabía por el calvario que pasaba Ren. Sabía el gran sacrificio que estaba haciendo su compañero como para que una valkyria ególatra le dijera cómo debía tratarlo o si podía o no confiar en él.

—Ren es un guerrero. Cuidado con tu lengua, valkyria.

Ella alzó la barbilla y un músculo palpitó en su mandíbula.

—Me llamo Sakura —dijo, como si para él su nombre fuera más importante que respirar—. Podrías dignarte a pronunciarlo una sola vez. No te atragantarás, ¿sabes?

Madara se rió de ella y frunció el ceño.

—¿Por qué estás tan enfadada conmigo? ¿Qué te he hecho?

No entendía por qué la joven era tan arisca. A lo mejor ella también percibía la atracción y le gustaba tan poco como a él. Sí; esa mujer tenía toda la apariencia de ser lo suficientemente fuerte e independiente como para sentirse debilitada por ese magnetismo brutal que había entre ellos. A ella tampoco le agradaba.

—No te acuerdas, ¿verdad? —Sakura desvió la cara y clavó los ojos hacia otro lado—. Es increíble...

El samurái le agarró la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.

—¿De qué se supone que tengo que acordarme? Es la primera vez que te veo.

Las orejas puntiagudas de Sakura se estremecieron.

—No es la primera vez —juró ella de un modo apasionado—. Lo que pasa es que no entiendo por qué tú no... —Meneó la cabeza contrariada.

—Yo me acordaría de alguien como tú. —La repasó de arriba abajo y detuvo su mirada en el escote de la joven.

Sakura lo empujó y se lo sacó de encima. «Pero no te acuerdas».

—¡Pues haz memoria!

Madara se estampó contra la pared y se clavó la punta de la espada enfundada en el coxis. Gruñó y tomó a Sakura de los hombros hasta empujarla contra la pared contraria. Sakura quiso defenderse, pero Madara le agarró de las muñecas y las inmovilizó a cada lado de su preciosa cara.

—Con esta ya son dos las veces que intentas agredirme. Aquí no hay Engel, estamos tú y yo solos —hundió el rostro en el cuello de la joven. «Joder... Qué bien hueles»—. Nadie te protege y no hay protocolo que valga. Si me ofendes, pagas.

—Te entregué tu chokuto... —susurró impresionada por el hambre que reflejaban los ojos del samurái—. Te entregué tu alma. ¿No significa nada para ti? La habías perdido. ¿No me reconoces?

Chokuto: Espada íntimamente relacionada con el alma samurái.

Madara se lamió los labios y se centró en la cara de Venus de la joven valkyria.

Sakura sabía lo que significaba la chokuto para los samuráis: la espada que representaba el alma del guerrero y que jamás se debía perder. Y de algún modo, él también sabía que la valkyria conocía su significado. Por eso, cuando Konan apareció en Starbucks y luego Sakura entró y se vieron las caras por primera vez, él no desaprovechó la oportunidad para dejarle claro a la valkyria que ella no le interesaba. No debía interesarle o las consecuencias serían nefastas.

Por eso le había regalado la nueva chokuto que había encargado a la vaniria, delante de Sakura, ya que su anterior espada, la original, se la habían quitado unos vampiros del Whisky Sky.

Había querido que la joven lo viera todo. Resultado: Sakura se había ido llorando de la cafetería.

Pero la vida era imprevisible. Esa misma noche, Sakura le había entregado su chokuto original (bueno, en realidad, se la había arrojado a la cabeza). Casualmente, el Engel y los suyos la habían encontrado en la reciente inspección que habían hecho en los túneles de Chicago. No podía ignorar la simbología de ese gesto. Era muy obvia y definitiva. Le quitan la chokuto en el Whisky Sky, pero Sakura se la entrega de nuevo y eso en el argot samurái, quería decir que le arrojaba su alma a la cara, ergo, se la devolvía. Esa valkyria, no sólo le aturdía por su olor, sino que, además, le había devuelto aquello que había perdido, el arma más potente de un samurái. Su esencia. Su espada.

Se quedó embobado mirando su rostro. Tenía los ojos enormes y poblados de negras y curvadas pestañas. Su color variaba entre el verde y el jade, en una tonalidad clara y on diminutas motitas amarillas en su interior. Tenía una boca jugosa en forma de beso, que hacía graciosos y sexis mohínes, y una nariz recta, fina y algo respingona. Pero, sin lugar a dudas, el rosa de su pelo y sus cejas reflejaba algo excitante y llamativo para él: el color de la sangre indomable, de la pasión, del espíritu ardiente y de la valentía. Levantó una mano y enrollo dos dedos en su pelo, admirando su tonalidad.

—¿Qué tienes que ver tú con mi chokuto? —Él sabía que tenía mucho que ver—. ¿Qué sabes sobre ello?

—Sé que es una elongación de vuestra alma. Hoy... Hoy compré un libro sobre samuráis y me empapé de toda vuestra historia.

—¿Precisamente hoy?

—Sí. Tengo el don de la psicometría —explicó con orgullo estudiando el amplio pecho del guerrero—. Cuando toqué la espada que encontraron en los túneles te vi... Te vi en un piso, en un rascacielos. Estabas mirando por la ventana. Cuando salimos a buscar a ese forero, de nick Madaraman, sabíamos que estabas en Starbucks; pasamos por un Barnes and Noble y compré El libro del Samurái. Luego te encontré en esa cafetería dándole una chokuto falsa a la vaniria rompecorazones y entonces até cabos. Eras igual que el hombre que yo había visto. Tú eras Madaraman; la chokuto que encontramos era tuya pero tú estabas dando otra a la mujer pantera. Eres un hipócrita Un falso —se echó a reír, burlándose de él—. Ella no pudo creerse que le entregabas la verdadera. No es tonta.

Madara apretó la mandíbula y se quedó asombrado ante el cambio de actitud de la valkyria. Parecía que se estaba riendo de él. ¿Cómo se atrevía?

—Solo le hice un regalo. Fue un detalle, nada más.

Bendición en japonés —continuó poniendo los ojos en blanco, imitando el tono y las palabras que le había dicho Madara a Konan—. «Zan Mey» —se burló ella—. ¿De quién era esa chokuto? Zan mey es bendición en chino. No sería una espada del todo a cien, ¿no?

—Tienes un oído muy fino, bebï —Madara se mordió la lengua para no soltar una carcajada. Era verdad. Había encargado que le serigrafiaran la hoja de la espada y se habían equivocado al poner la palabra protección en el acero. En vez de escribirlo en japonés lo habían hecho en chino. La gente era incompetente.

Bebï: Significa «Bebé» en japonés.

Sakura se quedó paralizada.

—No me llames bebé —dijo con las mejillas rojas como tomates—. Y soy una valkyria, por supuesto que tengo el oído fino.

—¿Eso te ofendió? —preguntó sin comprender—. ¿Por eso lloraste? ¿Por qué le di una chokuto a Konan?

La valkyria percibió la electricidad agitándose, despertando en ella. Si Madara seguía molestándola, al final iba a estallar.

—Lo que me ofende es que no me recuerdes. —Intentó darle u rodillazo en la entrepierna, pero Madara la aplastó contra la pared y pegó el tronco inferior al suyo—. Suéltame las manos o te lanzo una descarga ahora mismo. —Sonreía con seguridad mientras le advertía.

—Te encanta lanzarme cosas. —Presionó las caderas contra las de ellas—. Las valkyrias no sois muy altas, pero desprendéis muchísimo poder... —murmuró maravillado.

—Deja de sobarme. —Echó el cuello hacia atrás cuando Madara hundió su nariz en la yugular y le dio libre acceso—. No te entiendo... No me recuerdas, pero te pongo duro.

—Yo tampoco lo entiendo. Ni siquiera me caes bien. —Se quejó deslizando los labios por su esbelta garganta.

Sakura cerró los ojos y negó con la cabeza.

—¿Por qué no? Soy... Soy buena —se mordió el labio inferior—. No, no es verdad... —negó inmediatamente hablando para sí misma. No quería que le sucediera lo mismo que al Chopinno de Naori—. Pero lo intento. Intento ser buena, y soy divertida.

La situación de les iba de las manos.

La música se había convertido en una mera cacofonía.

Ren, Aiko y los demás estaban acabando de recoger la sala.

Hotaru seguía en el baño.

Y él lo único que quería era hundirle los colmillos a ese bombón con patas. Nadie iba a impedirle probarla.

—Oye, valkyria... —murmuró sobre su hombro—. Deberías detenerme. Soy un vanirio y sabes lo que te puedo hacer, ¿no?

«Jamás. No me importa que no me recuerdes. No voy a detenerte. Si me quieres, aquí estoy», pensó emocionada.

—Uy, no. Ni hablar —Sakura estaba temblando por la anticipación—. Puedes hacerlo... Suéltame las manos.

A esa mujer le encantaba mandar. Pero a él también.

Le subió los brazos por encima de la cabeza y agarró sus muñecas con una de sus grandes manos hasta pegarlas a la pared.

Los ojos de Sakura chispearon y lo miraron con interés y diversión.

Madara se apretó de nuevo contra ella.

—¿Me vas a morder? —preguntó Sakura con voz ronca.

Madara se apartó ligeramente sin dejar de estar en contacto con la parte inferior del cuerpo de la joven. Se miraron el uno al otro. Eran completamente desconocidos. No sabía nada sobre ella, no quería saberlo, pero le despertaba la gula.

—Nunca he mordido a nadie. Es demasiado arriesgado. —Y cuando una vez se decidió a hacerlo ya era demasiado tarde. Un auténtico desastre.

Sakura sonrió con comprensión, pero su mirada hablaba de ardides y conspiraciones.

—¿Te gustaría probarme? —La joven movía los dedos de las manos que tenía aprisionadas, luchando para que circulara la sangre en ellos, y sonreía con descaro. Un mechón de pelo rosa ondulado caía sobre su ojo derecho. Abrió la boca y le enseñó los colmillos—. Yo también puedo morder, samurái. Venga, atrévete, hombretón.

Cuando una mujer como Sakura lo miraba a uno de ese modo y le hablaba así era casi imposible negarse a su invitación. Ella lo atraía. Le llamaba como la luna a los lobos. Las valkyrias también tenían colmillos. ¿Para qué? ¿Sería peligroso morderla? ¿Podría detenerse a tiempo? ¿Por qué no se podía negar? Su mano libre trabajó sola sobre el escote del vestido de la valkyria. ¿Por qué no podía decirle que no? Debería olvidarla y rechazarla, pero su mano estaba acariciando la piel de su busto. Suave. Tierna y fascinante.

El samurái pasó la lengua por sus labios y sus pupilas se dilataron hasta volverse completamente carbonizadas y brillantes. Se estaba volviendo loco.

Sakura tragó saliva y respiró con nerviosismo.

—Muérdeme ahí, justo dónde estás pensando —le invitó, ofreciéndose a él—. Reconóceme. Acuérdate de mí.

El vanirio asintió como si fuera un hombre desesperado y sediento de agua. Esa valkyria no tenía miedo de él ni de sus instintos; ni de nada que tuviera colmillos.

Madara coló la mano por el escote del vestido y agarró un pecho hasta sacárselo de la tela opresora. Se le secó la garganta. Los colmillos se le alargaron mucho más, y un animal posesivo y dominante en él, hasta entonces dormido, salió a la superficie.

Esa carne era suya. Ese olor era solo de él. No para la eternidad, pero sí en ese momento.

—Nunca más vuelvas a atacarme. —La voz de Madara era irreconocible.

—Nunca más vuelvas a olvidarte de mí. ¡Oh, por Odín! —exclamó abriendo la boca para coger aire.

Madara había agachado la cabeza y le había clavado los colmillos por encima del pezón color crema, duro como un guijarro. Cerró la boca sobre la blanca piel y empezó a succionar con ansia, mientras ordeñaba el pecho con la mano llena de tatuajes japoneses.

Sakura se contoneó contra él, deseando hundir las manos en aquel pelo negro azabache y largo, pero, tal y como la tenía cogida, solo podía aguantar la deliciosa tortura.

«Está bebiendo. Esta bebiendo como hizo Deidara con Karin», pensó pletórica y muerta de placer. Ella había disfrutado como una enana con las sesiones de Ethernet que pasaba Freyja de vez en cuando en el Valhall.

Se alegró al comprobar que la sensación era más maravillosa de lo que jamás se hubiera imaginado. Al principio dolía; los colmillos se clavaban en la piel, la herían, pero era un dolor que era calmado inmediatamente por la húmeda lengua y por los labios del vanirio. El dolor se convertía en placer intenso.

—Dioses... —Apretó las piernas porque un calor húmedo parecido al fuego líquido estaba concentrándose en su entrepierna—. No te detengas. Chupa, Madara.

El samurái se apretó contra ella y empezó a bambolear las caderas hacia adelante y hacia atrás. Le apretó el pecho con más fuerza y sorbió con intensidad.

Sakura entornaba los ojos desinhibida por el deseo y el placer.

—Sigue, sigue... —Quería moverse y frotarse contra él, pero estaba inmovilizada por el enorme cuerpo del vanirio, que ahora hacía ruiditos deliciosos y decadentes con la boca.

Madara tenía que dejar de beber. «¡Detente!», se decía. Pero el sabor de la valkyria le había nublado la razón y le incitaba a tomar más y más hasta que toda su esencia corriera por su torrente sanguíneo. Quería absorberla y que formara parte de él. Jamás había tenido esa experiencia con nadie, y cuando intentó tenerla tiempo atrás, las consecuencias fueron catastróficas y el recuerdo lo perseguiría de por vida.

Pero la sangre de Sakura le revitalizaba, le insuflaba vida. Era adictiva. Y él odiaba las adicciones y las dependencias, siempre las había evitado en la medida que había podido. Entonces, el miedo a caer en las redes del sometimiento lo sacó de la bruma que había tejido Sakura a su alrededor.

Estaban en un pasillo público, a oscuras, en un ambiente que parecía una escenificación de Saw. ¡Y estaba bebiendo de ella como si fuera un vampiro! Se apartó de Sakura de un salto y se pegó a la pared de enfrente, agazapado como un animal; quedaron ambos cara a cara, a una distancia prudencial. El rostro de él contrariado y el de ella sofocado. Su sangre... Su sangre sería su perdición, porque nunca podría obviar lo que había experimentado al tomarla.

Sakura apenas se tenía en pie. Tenía un pecho fuera del vestido y un hilillo de sangre le recorría el canalillo. Pero la valkyria seguía aturdida, mirándolo a caballo entre la vergüenza y la fascinación.

—¿Por qué estás ahí y yo aquí? —Señaló el espacio que había entre los dos. Dio un paso hacia él, pero la mano alzada de Madara la detuvo.

—¡No te acerques! —Gritó. Se pasó la mano por la boca y se limpió las comisuras llenas de sangre de valkyria—. No te acerques.

Sakura frunció el ceño y se apoyó de nuevo en la pared.

—¿Por qué no? —Preguntó con voz temblorosa—. Te ha gustado. No lo puedes negar. Ella... Ella no lo puede negar —señaló el paquete de Madara que parecía tienda de campaña.

—No quiero hacerlo de nuevo. —Sentía pavor por aquel sentimiento de necesidad febril por tomar de nuevo su esencia.

Sakura se mordió el labio y negó con la cabeza.

—No voy a dejarte marchar —le aseguró ella metiéndose con delicadeza el pecho de nuevo en el vestido negro—. Te he esperado demasiado tiempo, cretino. No me puedes hacer esto.

—No deberías esperarme, no entiendo lo que me dices. Yo nunca he ido en tu busca. Solo me llamas la atención, eso es todo.

Y solo el brillo acerado de los ojos de la chica le dio a entender que podía haberla ofendido.

—Sabes tan bien como yo que estás mintiendo. Tú eres mi einherjar, mi guerrero. Mío. No sé por qué nunca subiste al Valhall pero te encomendaste a mí. Llevo una eternidad esperándote —le dijo con suavidad, reflejando una repentina vulnerabilidad que cautivó al samurái, aunque este no lo demostró.

Madara se incorporó y recuperó la compostura de serenidad y seguridad que siempre irradiaba. Se colocó el cuello de la chaqueta de piel hacia arriba y recolocó los mechones de pelo que se le habían soltado del moño en su lugar.

—Valkyria, no me gustas. Solo ha sido un impulso. —Y tuvo el valor de mirarla directamente a los ojos—. Aléjate de mí.

Un rayo se concentró en la palma de la mano de Sakura. Esta lo lanzó contra Madara y le dio en toda la entrepierna. Madara cayó al suelo de rodillas presionándose la polla con las manos. Si, según él, no tenían kompromiss y no la aceptaba, entonces, ella bien podría descargar su furie y hacerle el daño suficiente como para dejarle sin respiración.

Furie: Furia de las Valkyrias.

—Pero, ¡¿qué os pasa a los hombres?! —Gritó Sakura hecha una furia—. ¿Se os han olvidado los modales? ¿Estáis ciegos? ¿Acabas de comerme una teta y me dices que no te gusto?

—¡Bruja agresiva! Te voy a matar... —Dijo Madara entre dientes, luchando por retener aire en sus pulmones.

—Ni hablar, pequeño saltamontes —Sakura se agachó y puso el rostro a la altura del de Madara—. Tendrás que arrastrarte hasta que te perdone y te deje otra vez tocar una de estas. —Se llevó la mano al pecho que había mordido—. Te voy a dar tiempo hasta que te acostumbres a mí y reconozcas que soy el centro de tu existencia y el sol de tus mañanas... Y que; No puedes ya disimular... Me tocas y empiezas a temblar... —entonó un estrebillo de la canción Te siento de Wisin y Yandel que a ella tato le gustaba, aunque había cambiado un poco la letra—. Y mientras tanto, supongo que te morirás de hambre, ¿no? En fin, ya me has probado, sabes lo mucho que te ha gustado y sabes que soy lo mejor. Eres un vanirio y yo soy tu pareja. A ver cuánto aguantas... —Se encogió de hombros. Le alzó la barbilla y le dio un beso fuerte en la mejilla—. No soy nada modesta, ya lo averiguarás. No soy como las demás mujeres que hayas podido conocer en tus vidas anteriores. Soy distinta. Pero soy tuya. No quería hacerte tanto daño, perdona —susurró y se apartó antes de que Madara le mordiera en la boca.

Sakura se alejó del pasillo con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Madara clavó la vista en el trasero de la valkyria y se juró que antes de volver a beber de ella tendrían que cortarle las piernas. Porque él no iba a acercarse a esa valkyria nunca más por iniciativa propia.

Porque esa chica de orejas puntiagudas era...

Porque era...

Arrogante y altiva.

Creída y caprichosa.

En definitiva: era valkyria.


Esta es una adaptación sin fines de lucro, los créditos correspondientes de esta historia pertenecen a Lena Valentin. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto.

MadaSaku & NaruTema.