Holi, vengo con una nueva historia.
La tenía guardada de hace tiempo y he decidido sacarle polvo y publicarla. Tendrá tres partes (creo, no estoy segura hasta donde mi imaginación me lleve puesto que solo tengo esta parte y mitad de otra escrita) y tengo que decir que es Dramione pero no lo es. Que es Ronstoria, pero que tampoco lo es.
Es raro jajaja, y algo triste espero que no me matéis...
Como siempre, espero que os guste y nos vemos en los comentarios.
MEMENTO MORI.
"Memento vivere, quia memento mori"
"Remember to live, because remember you die"
PARTE I.
Ronald Weasley se quedó mirando el precioso jardín situado en la parte trasera de la casa.
Observó como los coloridos racimos de flores se mecían al compás del viento, haciendo que el aroma de las rosas y los jazmines inundara el aire. No pudo evitar encogerse sobre sí mismo ante el dolor que le produjo el recuerdo que lo asaltó. Incluso con los ojos abiertos era capaz de ver a Hermione arrodillada allí con las uñas llenas de tierra, jadeando ante el esfuerzo y la frente perlada de sudor. La visualizó sonriendo mientras enterraba las semillas en la tierra húmeda y alardeaba de lo hermosas que se verían para la próxima primavera.
Él había estado allí aquel día observando desde una distancia prudencial como la joven bruja trabajaba sin descanso. Se había dedicado a dar sorbos de su limonada, refugiado en la sombra que ofrecía la casa solariega, mientras le decía que era una tontería hacer eso con sus propias manos cuando podía utilizar la magia. Hermione lo había fulminado con la mirada, esa que solo le dedicaba a él, mientras musitaba "lo divertido es ensuciarse las manos, Ronald Weasley"
Nadie imaginó que Hermione Granger jamás llegaría ver aquel jardín florecer.
Ron no pudo evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos mientras observaba las flores y los pequeños arbustos, la vida que rebosaba de ese pequeño fragmento de tierra. No tuvo valor de girarse para observar la casa que había tras su espalda, para entrar en las habitaciones vacías y enfrentar el terrible silencio que las envolvía.
Si se concentraba lo suficiente, Ron todavía podía escuchar sus voces resonando por todas partes. La de Hermione desde la cocina avisándoles de que la cena ya estaba lista, la de Draco quejándose por el whisky barato que había comprado Harry para la ocasión. Siempre criticando, siempre con aquel tono condescendiente en la voz que tanto lograba sacarlos de quicio, pero que de alguna forma habían logrado soportar con el paso del tiempo.
Pero él tampoco estaba allí, él también se había ido. Y la ausencia de Draco, cosa que antes le hubiera costado admitir, se hacía tan dolorosa como la de Hermione.
Lo peor no era saber que ya no estaban, lo peor era darse cuenta de que nunca volverían. De que aquella casa permanecería cerrada para siempre y que aquel jardín acabaría por marchitarse. Ojalá pudiera volver atrás, ojalá pudiera utilizar un giratiempo para advertirles de que no cogieran el coche ese día. De que si lo hacían se encontrarían a la muerte de frente por culpa de un conductor ebrio e irresponsable. Les habría dicho que eran magos y que como tal podían aparecerse en su lugar de destino o incluso utilizar un traslador. Pero ni siquiera la magia podía revertir el destino, la fatídica decisión que había escogido la pareja de hacer un viaje hacia el norte del país en coche. Hermione había dicho que sería divertido, y aunque Draco no parecía muy entusiasmado con la idea, había accedido ante la insistencia de su prometida.
No. La magia no funcionaba así. Podía hacer brillar las flores y alargar su vida, pero no podía evitar la muerte y la podredumbre que esta traía consigo.
Solo hacía una semana. Una semana desde que les habían comunicado la fatídica noticia. Siete días desde que habían enterrado sus cuerpos en el panteón familiar de los Malfoy. Ronald fue un cobarde, se quedó de pie a lo lejos mientras veía como se desarrollaba de forma silenciosa el funeral. No había tenido el valor de entrar y observar la placa de mármol con sus nombres tallados en letras doradas.
Aunque fuera algo egoísta por su parte, prefería recordarlos como eran, como habían sido ambos antes de que sus caminos se encontraran tras la guerra. En su mente siempre veía a Hermione sentada en una de las butacas rojas de la Sala Común de Gryffindor, con un libro en su regazo, los rizos rebeldes enmarcando su rostro y sus graciosas pecas sobre el puente de su nariz. También recordaba a Malfoy gritando despavorido mientras Buckbeak arremetía contra él y su arrogancia en tercer curso.
Aquel recuerdo en particular lo hizo sonreír. Si alguien llegara a decirle en ese entonces que años después Draco Malfoy y Hermione Granger llegarían a enamorarse perdidamente, jamás los hubiera creído. En un principio fue bastante difícil aceptar su relación. Cuando Hermione les confesó la verdad, que llevaba saliendo con Draco en secreto desde hacía unos meses, Harry se había quedado de piedra mientras la miraba y Ronald había estallado lleno de una furia de la que hoy se sentía avergonzado. Le había gritado que Malfoy era el enemigo, un maldito mortífago y que no era bueno para ella. Pero Hermione lo había defendido con uñas y dientes, lo defendió hasta que Ronald se quedó sin argumentos para rebatirle.
Ronald no podría decir en que momento comenzó a ver a Draco Malfoy de manera distinta, no sabría decir en que momento habían establecido la paz entre ambos, simplemente había sucedido sin más. Un día estaban lanzándose maldiciones entre sí y al siguiente estaban riéndose comentando un partido de Quidditch mientras bebían una cerveza en el Caldero Chorreante. Pero ahora sabía, muy en el fondo de su corazón, que lo que los unió había sido Hermione.
Hermione con su sonrisa cálida, su risa contagiosa. Hermione que siempre había tenido tanto amor para dar, incluso para aquellos que creía que no lo merecían. Hermione que había sido su amiga a través de tantos peligros, la primera mujer a la que había amado, y que luego se había convertido en una hermana para él al igual que Harry…
El dolor casi le nubló la vista. No sabía como lograrían vivir sin ella, como serían capaces de llenar el profundo y oscuro hueco que había dejado en sus corazones.
Ron cerró los ojos cuando notó la brisa besarle la cara, fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba completamente solo en el jardín. A su lado se encontraba Astoria Greengrass, con el pelo rubio y liso suelo por la espalda, y los ojos verdes y apagados fijos en las enredaderas que subían por la pared de piedra de la casa. El único vestigio de vida en un lugar carente de ella.
No sabía cuanto tiempo llevaba allí, pero el rubor que se extendía por sus mejillas a causa del frío le hizo sospechar que más del que pensaba.
—¿Ya has terminado?—preguntó Ronald, su voz sonó grave y casi inaudible, pero ella sacudió la cabeza a modo de respuesta.
— Ni siquiera sé por donde empezar.—murmuró Astoria abrazándose a sí misma.— Sé que le prometí a Narcissa recoger algunas de las cosas que pertenecían a Draco, pero no soy capaz de hacerlo. Todavía siento que van a cruzar la puerta de un momento a otro…
Ella se estremeció mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Ron entendía la necesidad de Narcissa de tener cerca las pertenencias de su hijo, como si esos objetos retuvieran de alguna forma la esencia de Draco.
Había vivido la misma situación en su casa hacía años, después de que la guerra les arrebatara a Fred. Molly se pasó días encerrada en su habitación, abrazada a la ropa de Fred, oliéndola mientras sollozaba desconsoladamente. Había sido su forma de tenerlo cerca aún cuando estaba muy lejos de ella. Así que cuando Astoria le había escrito pidiéndole si la acompañaba a la casa donde Draco y Hermione habían vivido el último año, no había sido capaz de negarse.
—Vamos, te ayudaré...—musitó Ron, pasándose una mano por la tensión que se acumulaba tras la nuca—. Cuánto antes lo hagamos, antes acabaremos con todo esto.
La joven asintió en silencio. Para ella tampoco debía ser fácil estar allí, rebuscando entre las pertenencias del que había sido su amigo durante toda su infancia. Astoria se quedó mirando el pequeño jardín durante unos segundos antes de darse la vuelta y subir las escaleras que daban al interior de la casa. Él la siguió poco después y cuando cruzó el umbral de la puerta pudo sentir como el olor del jazmín se pegaba a su piel aplacando de alguna forma el dolor que habitaba en su corazón.
