Preludio al cazador
World of Warcraft © Blizzard
Sinopsis: Antes de ser alguien, no fui nada. Toda historia con un gran personaje inicia con nada y un relato que provoca pena. Ese fue antiguamente, un troll pequeño (bueno, más pequeño) con un sueño: ser un gran cazador.
Nota de la autora: Este pequeño relato es bastante personal, de algo que no sé si llegaré a concretar de Yhiu, mi troll cazador en World of Warcraft. Llevó desde 2012 con él y hemos crecido juntos en muchas formas, y lo que he formado para él ha ido cambiando con el tiempo, pero no pasó de líneas que no concurren a nada.
Excepto este fragmento.
Entonces solo decidí compartirlo para que vea la luz alguna vez.
Preludio al cazador
—Ellos no son nadie, tío. He disparado más flechas que todo este grupo de chiquillas juntas —rezongue, molesto. No obstante estaba en lo cierto, de antemano sabía manejar el arco y la flecha para tirar a matar. Incluso un arma de fuego—. ¿Qué?
Shiffulin rodó los ojos y se apoyó contra un árbol mientras posaba su vista hacia el Mar Adusto. Lo imite y me coloque a su lado, comiendo una manzana. Era su primera visita después de dejarme por tres meses en la Isla Caminante del Sol para que perfeccionara mis habilidades en el arte de la cacería y un año desde que me había adoptado, o más bien, había tenido la brillante idea de esconderme en su mamut lanudo y huir del orfanato de Orgrimmar.
No me malinterpreten, la matrona del orfanato y mis compañeros siempre fueron buenos. Sucede que los huérfanos a causa de las guerras terminan siendo solo un soldado raso o un peón.
Quería ser un héroe, ¿qué clase? Un cazador.
Matrona no estaba de acuerdo con este estilo de vida.
—Yhiu, únicamente tienes trece…
—Cumpliré catorce en dos semanas —recordé con firmeza—. No me voy a resignar para ser peletero y coser cuero. Voy a salir, montar un gran raptor y domesticar las mejores bestias.
—Esta vida es imposible para ti, Yhiu —dijo la voz de una huérfana. La fulminé con la mirada—. Aunque me mires así no cambiaré de opinión porque es la verdad.
—Eres un cerdo resignado.
—¡Yhiu!
De este modo eran todos los días hasta que dimitieron sobre opinar de mi futuro, ocupándose de sus asuntos. Eso me dio posibilidad de ambicionar en mi cuaderno de anotaciones, donde ya había recaudado toda la información necesaria para ser cazador. Con el tiempo libre y que nunca se solían preguntar dónde estaba, aprendí a leer y escribir a corta edad. Mi capacidad de aprendizaje es superior y suelo captar más rápido las cosas.
Pude obtener mucha información durante las visitas de héroes de la Horda de manera aleatoria al edificio. Pero los mejores datos se obtenían en la Semana de los Niños cuando los soldados o héroes seleccionan a algunos de nosotros y proporcionan una excursión alrededor de Orgrimmar u otros sitios. No recuerdo en detalle a quienes me llevaron por helado o a conocer al jefe de Guerra, sin embargo, sí recuerdo a mi tío.
Shiffulin es mi tío adoptivo, un elfo de sangre. La manera de terminar a su cuidado fue por mérito de ambos, aunque más por mi idea de estar escondido en su mamut cuando terminó de dar paseo a Babaim, una pequeña goblin con la cual compartimos el sueño de salir de esa prisión llamada orfanato.
—¿Y qué tal, Babaim? —inquirió la matrona cuando ella bajaba en los hombros del elfo de sangre—. ¿Te divertiste con el guerrero?
—Sí, matrona. Me divertí —contestó ella. Babaim no era habladora a pesar de ser de raza goblin. Había sido testigo directo de cómo agonizaban sus padres en una excursión a los Baldíos tras el ataque de unos centauros—. Yhiu, ahí estás —murmuró viendo cómo me asomaba detrás de la matrona.
—Baba, ¿disfrutaste de montar sobre ese gigante? —indagué mirando al mamut. Siempre solían venir con lobos, monturas icónicas de la Horda. Era la primera vez que contemplaba a un mamut lanudo de Rasganorte—. ¿Lo obtuvo en Dalaran, señor elfo?
—Claro, pequeño. Este peludo amigo me costó una enorme cantidad de oro, ¡trabajé mucho para conseguirlo! —me contestó con altanería y mis ojos brillaron—. ¿Y qué hay de ti?, ¿quieres tener uno de estos?
—Todavía no puedo tener oro por mi cuenta —contesté con notable molestia. Babaim carcajeó y la matrona me frunció el ceño—. Pero bueno, usted sabe, los de mi raza somos capaces de usar al vudú con cualquier cosa. Incluso con usted —agregué, mordaz.
—¡Yhiu!
La matrona le dio un tirón a mi oreja y el elfo carcajeó ante mi contestación. No sabía mucho de mi historia personal antes de llegar al orfanato, no obstante, sí sabía de la historia sobre la raza.
Resulta que el antiguo jefe de guerra Thrall acogió a los Lanza Negra en la Horda y les proporcionó un nuevo hogar en la costa de Durotar, las Islas del Eco, tras los eventos con la Bruja del Mar que los obligó a dejar su tierra natal. Por desgracia, el infortunio no los abandonó. El médico brujo Zalazane traicionó a los miembros de la tribu, los esclavizó, los convirtió en sirvientes descerebrados y obligó a los Lanza Negra a luchar por su nuevo hogar. Tras la victoria de la Horda contra el Rey Exánime en Rasganorte, Vol'jin se alió con los ancestrales loas (poderosos espíritus adorados por los trols) y aseguraron la victoria en las Islas del Eco. Cuando el impetuoso orco Garrosh fue nombrado jefe de guerra y mostró abiertamente su desprecio por los Lanza Negra, muchos trols abandonaron decepcionados la capital de la Horda. Este último hecho hace que sea raro ver a un troll en Orgrimmar en la actualidad.
—Vaya, tan pequeño y ya tienes la mente de auténtico troll —dijo el guerrero y me sentí halagado. Le sonreí socarrón—. ¿Piensas ser un médico brujo o curandero?
—No, eso será uno de mis tantos talentos. Voy a ser un cazador —contesté confiado, aunque la matrona saltara a manifestar que era imposible y que jamás me permitirán serlo—. ¿Cómo es eso de que tengo prohibido ser cazador?
El elfo de sangre enarcó una ceja, sin comprender. La matrona se contemplaba acorralada por las miradas severas de parte del guerrero y mía.
—Garrosh ha impuesto serios reglamentos y la prohibición de nuevos soldados de la Horda pertenecientes a los Lanza Negra es una de ellas —confesó con pena. Ella alzó su vista hacia Shiffulin buscando apoyo—. Lo lamento.
En ese instante alguien de mi tribu de antaño hubiera considerado a la matrona como una rival y rápidamente hubiera lanzado un ataque directo a su punto vital. Aunque muchos trolls disfrutan infligiendo dolor de forma genérica y "por placer", esa ya no es la norma, y generalmente un troll no te agrede específicamente salvo que lo hayas atacado u ofendido previamente o hayas insultado alguno de sus tabúes.
Y ella me había ofendido, pero no podía hacerlo porque entre los Lanza Negra, debido a su naturaleza peculiar y su largo contacto con los orcos, si existe la noción del honor, al estilo orco, pero este concepto no es universal en todos los miembros de la tribu ni existe en las demás tribus. El trol es un ser pragmático y poco aferrado a sentimentalismos. Nunca avisará al atacar y el mejor ataque es una buena flecha envenenada por la espalda sin que te vean. Sin embargo, no tenía una flecha a mano.
Aunque me permití hacer un gesto triste con desgano, herido. No era un chiquillo de ocho años que se largaría a llorar, no obstante, tampoco todavía era un adulto cuyo sentimentalismo forjado por las batallas hace que soporte bromas y acusaciones negativas. Incluso siendo de una raza poco aferrada a los sentimientos, no me había criado entre trolls como para no desarrollarlos y dado mi instancia entre tantos orcos, era un sujeto más sensible.
Debió notarse cuando gruñí algo en troll y me largué directo al edificio. Subí por la rampa circular y salí por la ventana hacia mi escondite, un hueco entre las rocas que forman la capital. Allí tenía cosas que la matrona no permitiría en un huérfano como piezas de armaduras, algunas armas y porquerías que para mí eran tesoros. Me aferraba a ellos con la esperanza de salir y ser lo que soñaba.
No importaba el camino. Iba a conseguirlo.
No importaba el destino. Iba a llegar.
