Disclaimer: El Fandom de InuYasha y sus personajes no me pertenecen.

Aclaraciones: Idea nacida de un tiktok que vi c:

Vm(punto) tiktok (punto) com/ZMRLfGMak/


Estaciones


—Te encontraré —le prometió, sosteniendo su mano. El tiempo a su lado siempre se había sentido demasiado lento, como si tuvieran toda una vida para estar juntos. Durante años, se sintió así, no esperando jamás por el mañana, solo disfrutando del ahora.

Actualmente, sin embargo, sentía que el mañana se aproximaba y estaba cada vez más cerca. Kagome, a veces, temía que llegara demasiado pronto.

Habían tenido buenos recuerdos juntos, habían crecido juntos de muchas formas, superando adversidades y eligiéndose mutuamente día tras día. Se habían prometido amarse hasta que la muerte les separara.

La muerte iba a separarlos.

Negó, no era momento para pensar eso. La mano de Sesshōmaru todavía se mantenía cálida entre las propias y sus ojos dorados no habían cambiado tanto a pesar de la edad, cuándo se veía reflejados en ellos, todavía podía regresar a las tardes soleadas que compartieron. A los besos que intercambiaron en diversas citas; todavía podía verse en el altar, a su lado.

—Mi madre solía decir que había probabilidades de encontrar a alguien de tu vida pasada nuevamente —siguió hablando, acariciando las manos ya envejecidas de su marido, prestando atención al dorado de su mirada—. Te encontraré —repitió.

Sesshōmaru se mantuvo callado, regresó el agarre ligeramente. Él siempre había sido la parte centrada de su relación, cuando Kagome despegaba más de lo que debería él la regresaba a la tierra, dándole curso a lo que deseaba lograr. Lo habían hecho bien durante años, después de la muerte de la madre de Kagome y de que Sota decidiera que su futuro estaba en otro lugar, lejos del templo en el que había crecido, la chica le había dicho que deseaba hacerse cargo del templo.

Había tenido bastantes planes para él cuando su mente y corazón estuvieron nuevamente bien después de la muerte de su madre, Sesshōmaru escuchó cada uno con atención, le hizo postergar los que sonaban demasiado soñadores y pusieron manos a la obra. Él trabajó menos con tal de ayudarla, ella puso más empeño en restaurar el templo y después de un año entero discutiendo planes y adaptando sus planes a futuro a la nueva responsabilidad, habían logrado cumplir lo que Kagome quería.

Pero en ese momento, su esposa estaba hablando de un reencuentro después de la muerte, en una segunda vida. No quería ser la parte realista, no quería decirle que las probabilidades eran bajas, que estaba soñando alto, porque sabía que la iba a dejar sola, que ella debería afrontar su pérdida de la mejor manera. No asintió, no negó, solo la miró profundamente, esperando que sus ojos hablaran por él. «Estaré esperando»

Kagome se quedó callada y miró por la ventana de la habitación; el templo, después de años, se había convertido en su hogar. Sus hijos estaban afuera, suponía Sesshōmaru, pero no tenía energía para preguntar. Estaba tan cansado…

—Nevará —exclamó, ella lo miró, sus ojos zafiros completamente atentos.

—Nunca te ha gustado la nieve, Sessh.

Volvió a apretar su mano, con fuerza, asintiendo de forma muda. El invierno siempre le traía malos recuerdos, pero ahora no recordaba cuáles. Solo estaba la sensación desagradable en su pecho. Kagome siempre había amado el invierno, habían construido muñecos de nieve juntos cuándo eran más jóvenes, antes de que nacieran sus hijos, después fueron los niños y ellos los ayudaron.

Invierno era de sus épocas favoritas y Sesshōmaru deseaba que lo siguiera siendo, no quería abandonarla justo en esas fechas que tanto le gustaban. ¿Pero cómo le pedía a su cuerpo que resistiera cuándo se sentía tan cansado?

—Antes del invierno —proclamó después, con las pocas fuerzas que tenía en ese momento para hablar.

Kagome asintió y le sonrió. —Te encontraré antes del invierno.

Siguió en silencio, ella se acercó a él y se recostó sobre sus manos, Sesshōmaru movió su mano libre hasta el cabello más corto y canoso de su esposa y empezó a mover sus manos sobre él como cuándo eran jóvenes y tenían un tiempo libre y solo disfrutaban de la compañía del otro. Sintió a Kagome relajarse bajo su toque, su compañera tenía ojeras marcadas por haberlo estado cuidando los últimos dos días.

—Duerme —le dijo.

Ella negó. No lo decía con palabras, pero el miedo estaba latente en sus ojos, había un «temo que, al despertar, no estés». Sesshōmaru volvió a repetirlo y Kagome esta vez le hizo caso, él movió su mano, señalando el espacio grande y vacío en la cama, pidiéndole que se acostara a su lado.

¿Y cómo ella iba a negarse?

Durmieron juntos, en aquella habitación que acondicionaron en meses antes de casarse de forma oficial, en la casa que habían restaurado juntos y dónde habían criado a sus dos hijos. La misma casa dónde habían crecido como una pareja; escucharon la puerta principal abrirse, la pequeña charla de sus hijos y sus risas ante un chiste compartido; Sesshōmaru sintió otra mano tocando su palma con un suave apretón y un beso en su frente antes de dormirse por completo.

La nieve empezó a caer a las siete de la tarde.

Sesshōmaru durmió eternamente media hora antes.


01.

Primavera.


Cuando la primavera empezó a hacerse notar en la ciudad, Sesshōmaru estaba observando su habitación pintada de blanco, parado en el umbral de la puerta, observando la luz que empezaba a filtrarse por su ventana. Su habitación nunca había tenido muchas cosas, pero las pocas ahora descansaban en cajas en el camión de mudanza.

Su madre estaba en el piso de abajo, todavía discutiendo con su padre los términos del divorcio. Había tanto conflicto entre ambos adultos desde que él tenía memoria, habían discutido por cosas simples, después discutieron por él, por el enfoque en sus estudios; su madre afirmaba que debía centrarse en sus estudios, ser el mejor.

Su padre, por su lado, le decía que debía encontrar algo que le apasionara, convivir más con niños de su edad, salir y disfrutar. Solía invitarlo también a algunas actividades al aire libre, Sesshōmaru nunca tuvo interés, desistiendo.

Sin embargo, el máximo conflicto llegó cuando su madre llegó afirmando que su padre la estaba engañando; lo había retado a negárselo. Inu le había pedido que se fuera a su habitación, él obedeció, aquella tarde había sido la primera —y última— cuando su padre lo auxilió con una tarea. Después de eso, todo empezó a cambiar en su entorno; su padre dejó de llegar a la casa y su madre empezó a hacer planes para volver a la casa que había compartido por años con sus padres.

Y ese día, dándole inicio a la primavera, estaba listo para iniciar una nueva vida lejos de aquella ciudad, de su padre quién estaba terminando de firmar los papeles del divorcio en ese momento. Su madre le había dicho que todo estaba listo para que iniciara clases lo más pronto posible. Él asintió, sin agregar absolutamente nada.

—Es hora de irnos —anunció su madre, desde el primer escalón.

Él no respondió absolutamente nada, solamente bajó las escaleras y siguió el camino hasta el automóvil donde su madre ya se encontraba esperándolo. Su padre salió segundos antes de que él pusiera un pie dentro del auto, volteó a verlo y se le acercó, abrazándolo.

—Te visitaré, Sesshōmaru. —Le prometió.

—Buen viaje —le dijo en cambio, observando el automóvil de su padre con lo que quedaba de sus pertenencias en cajas y que ocupaban los asientos de atrás.

Su padre asintió dirigiéndole una última mirada, entró en el automóvil, se puso el cinturón de seguridad y su madre —después de revisar que todo estuviera en orden y emitir una señal a la mudanza de forma muda— cerró la puerta del auto para después subirse ella misma y el carro empezó a andar, dejando cada vez más su antiguo hogar atrás.

Había vivido pocos años en esa ciudad, contrario a sus padres quiénes se habían establecido en ese lugar con el propósito de que su matrimonio, trabajos y su familia prosperara. Sesshōmaru sabía muy poco del negocio de la familia de su madre, tan sólo que estos deseaban tanto que la heredara, que siguiera la misma rama que ellos; su madre se había mantenido en un trabajo a distancia, pero ahora parecía realmente decidida a volver y tomarse su papel de heredera muy enserio.

Él no tenía nada que decir al respecto, ni siquiera el divorcio había sido consultado con él. Nunca escuchó a sus padres realmente pelear por nada más allá de la infidelidad de su padre y, después, los papeles del divorcio estaban sobre la mesa, su padre pareció de acuerdo con la mayoría de los términos porque había firmado. Su madre había hecho planes desde antes.

Antes de salir de la ciudad, un gran templo se alzó ante la vista de ellos; su familia nunca había visitado un templo juntos, de hecho, no había muchos recuerdos en su mente de actividades fuera de casa. Alguna visita a un cine, a algún museo o una excursión a las montañas con fines educativos. Pero nada como el gran templo que se fue perdiendo a medida que el automóvil avanzaba a través de la carretera.

Por años, la vista del gran templo se quedó grabada en su mente. Creció con la imagen del templo, de cualquier templo en su cabeza, como si sintiera que estaba siendo llamado a los mismos, que había algo que estos lugares pudieran ofrecerle que él no recordaba con exactitud. Visitó uno cuando estaba en la universidad, había sido una salida casual con su compañera de facultad: Rin. La chica le había insistido en que fueran juntos después de escucharlo hablar sobre el recuerdo firme y latente del templo en su cabeza.

Nada cambió cuando estuvo en uno, no se sintió llamado hacia ningún lugar; escuchó la historia de las personas que cuidaban del lugar, Rin lo hizo partícipe de algunas actividades, lo instruyó como una buena maestra y amiga que era. Aun así, la sensación de su pecho siguió perdurando, se formó como una especie de vacío que nunca pudo terminar de llenar a través del tiempo.

Cuándo finalmente llegó al fin de su vida, sintió un pequeño destello antes de partir, era una voz que le prometía que se reencontrarían antes del invierno; pero habían pasado tantas estaciones que Sesshōmaru no podía esperar más.

«La próxima vez», se dijo, antes de partir.


02.

Verano.


—¡Hace demasiado calor! —Fue el grito de Gyokuto, una de las hijas gemelas de Sango—. ¡Deberíamos ir a la playa!

—¡Sí! —Secundo su gemela.

Ambas estaban tiradas en el piso del departamento, acostadas, mientras esperaban que los adultos terminaran de hablar de sus días de escuela que se veían ahora tan lejanos. Kagome se rió del entusiasmo de las niñas por buscar alguna actividad para escapar un poco del calor que azotaba la zona.

—Niñas, no creo que realmente podamos ir a la playa en este momento. —Intervino Miroku antes de que sus hijas mayores se pusieran demasiado insistentes y terminaran despertando a su hermano menor que en ese momento se encontraba en sus brazos, durmiendo.

Sango sonrió ligeramente. —Sería buena idea —asintió—, pero no trajimos lo necesario para hacer un viaje a la playa.

—La próxima vez —les prometió Kagome a ambas. Las niñas se miraron, todavía acostadas en el piso, sintiéndose traicionadas por el poco apoyo de los mayores. Sango y Kagome se miraron, riéndose ante la rabieta silenciosa de las pequeñas. La chica le hizo una seña a una de las niñas, Kin'u fue a su encuentro—. Pero hay helado en el congelador para compensarlo —le dijo, en voz baja.

Kin'u se iluminó inmediatamente, llamando a su hermana en ese momento para que juntas se levantaran y corrieran hasta la cocina. Miroku se levantó solo un poco, lo suficiente para tener una buena vista de las gemelas y ayudarlas en caso de ser necesario; ambas chicas también les dedicaron una mirada hasta que el bote de helado estuvo en las manos de las pequeñas y volvieron al álbum de fotografías que descansaba entre ambas.

—¿Rememorando tiempos de escuela? —Fue el saludo que se escuchó desde la puerta principal, con Ayame entrando al lugar con su habitual buen humor. Kōga, su novio, venía detrás de ella con algunas bolsas llenas de comida. La chica se había ofrecido a cocinar para todos en esa ocasión.

Kagome asintió.

—Mi madre estaba bastante sorprendida cuando me reencontré con Sango en la universidad —les confesó.

Sango le sonrió. —Ayame y yo asistimos a la misma preparatoria, pero jamás nos topamos —rememoró.

La aludida gritó desde la cocina que todavía no podía creer que eso sea cierto mientras dejaba las bolsas en la barra de la cocina y empezaba a acomodar todo, Kōga la había seguido, pero había preferido robarle helado a las gemelas y alzarlas a ambas al aire, siendo atrapado por estas cuándo le pidieron que se quedara a jugar con ambas. Miroku prefirió ayudar a Ayame mientras Kagome y Sango terminaban poniendo la mesa, vigilando ocasionalmente al hijo menor de Sango que descansaba en el sillón de la sala.

—Nunca he visto fotografías de ustedes en preescolar —comentó Ayame a media comida, las gemelas parecían estar bastante entretenidas después de comer; algunos de sus juguetes se encontraban con ellas.

Sango buscó un álbum en específico que anteriormente habían abandonado debajo de los otros, tenían que agradecerle a la madre de Kagome por elaborar tantos álbumes; Ayame recibió en sus manos el álbum y empezó a verlo con total atención, sabía —gracias a sus amigas— que ambas realmente habían encajado con la otra desde el primer día. Se sentaron juntas durante mucho tiempo y, ocasionalmente, pasaban un fin de semana en la casa de la otra; se había dado de forma tan espontanea que nunca se preguntaron si eran o no amigas, ellas lo afirmaron.

—¿Quién es él? —Preguntó pasando por la segunda foto grupal que se mostraba. La mayoría de las fotos eran de Sango y Kagome en festivales, en alguna salida improvisada, en los días de clases que los padres podían asistir. Pero en las fotos grupales, junto a ambas chicas, había un chico con una cola de caballo y ojos que parecían dorados.

—Sesshōmaru —aclaró Kōga, al lado de su novia. Ayame hizo una pregunta muda de cómo sabía eso y su novio le señaló la foto grupal donde, al fondo, podía apreciarse él cuando era aún más pequeño—. Fuimos compañeros.

Ayame miró a su novio de forma acusatoria, preguntándole por qué no le había dicho eso, sin embargo, el chico le restó importancia. Le informó que solo estuvo en el último año con ellos debido al trabajo de su madre y después había vuelto a mudarse.

—¿Sesshōmaru Taishō? —Preguntó después Ayame, regresando al punto que quería tocar antes de descubrir que su novio también había estudiado con sus amigas en preescolar. Era una pequeña casualidad que la mayoría de ellos terminara en ese momento en esa sala, conviviendo como amigos de toda la vida.

Sango asintió. —¿Lo conoces? —La pelirroja asintió y explicó brevemente cómo habían compartido un único semestre en la universidad antes de que desapareciera de su vista, había rumores de que se había mudado a otra universidad con mayor prestigio. Había sido bastante popular, a su manera, el chico era todo un enigma y hablaba poco. Pero no era grosero —o Ayame jamás lo había catalogado de esa forma—, por lo que se habían mantenido en contacto un poco.

—Kagome solía estar con él —explicó Sango, las miradas de todos se dirigieron a la pelinegra que todavía no había terminado su comida en ese punto.

Kagome le dirigió una mirada que denotaba lo traicionada que se sentía, sus mejillas se tiñeron de carmín en el acto. Fue incapaz de hablar cuando Sango se adelantó.

—¡Solían estar juntos todo el tiempo! —Prosiguió. Kagome no pudo callarla porque era... cierto. Había pasado muchos momentos con Sesshōmaru. Estar con él y encontrarse con él se sentía de forma correcta, como si hubiera tenido que hacer eso desde siempre—. Decían que se conocían desde antes, que estarían juntos siempre.

Kagome lo recordaba con perfección, había sido un sueño infantil, pero se habían aferrado a él con fuerza porque de verdad lo deseaban. Había tenido una conexión con Sesshōmaru que no podía explicarle a nadie, tenían deseos similares para el futuro y más de una vez sintió que se podían leer con facilidad, como si hubieran pasado una vida juntos anteriormente.

Apartarse de él siempre era la parte difícil del día, tenía la compañía de Sango y la disfrutaba, así como los trabajos que hacían juntas en equipo, pero apartarse del peliplata siempre fue difícil en formas que no podía explicar con palabras, siempre había un miedo constante de la separación definitiva. Kagome en más de una ocasión deseó que el día se alargara, que jamás tuviera que decirle adiós.

—¿Y por qué dejaron de hablar? —Preguntó Ayame después de que Sango terminara de hablar.

Ella… no lo sabía. —No sé —les confesó—. Sus padres eligieron una escuela diferente y perdimos comunicación —además, eran niños.

Por supuesto, su madre siempre fue buena con ella y entendió mucha de sus demandas, pero Kagome sabía que buscar estar al lado de Sesshōmaru en todo momento, a quién Naomi clasificó como un amor de infancia, era bastante… tonto. Kagome había sufrido la separación de la misma forma que lo hizo Sesshōmaru, fue difícil separarlos a pesar de las promesas de sus padres que todo estaría bien, que harían nuevos amigos. Sin embargo, solo ellos podrían entender porque separarse sonaba tan… cruel.

Inevitablemente, se alejaron, hicieron una vida lejos el uno del otro y Kagome estuvo bastante entretenida viviendo que el chico de su preescolar, su amor de infancia, había pasado a un segundo plano. Pero a veces se encontraba volteando a ver cada lugar que se le hacía conocido, buscándolo. Como si la vida le pudiera ofrecer una tregua y pudieran volver a verse y no volver a separarse nunca más; era un deseo bastante infantil pero que se mantenía latente en su pecho, escondido.

—¿Por qué no te comunicas con él? —Le preguntó Ayame, después de que Sango terminara de ponerla en evidencia, rememorando todo lo que habían pasado en preescolar juntos, Kōga aportó algunos comentarios que recordaba de ellos dos también. Kagome se había perdido en sus pensamientos, tratando de responderse, después de años, porque se sentía de esa manera referente a Sesshōmaru. Como si el tiempo finalmente pudiera darle una respuesta.

Kagome y Sango compartieron una mirada y juntas volvieron a mirar a la pelirroja, su cara era un «¿cómo?» perfectamente reflejado en sus rostros. La chica les sonrió como si la respuesta fuera la más sencilla del mundo y sacó su celular.


Después de aquella reunión, pasó toda una semana para que volvieran a verse y fue ese periodo de tiempo que Kagome tomó para pensar si realmente quería enviarle una solicitud de amistad al peliplata. Fue una batalla consigo misma, porque parte de ella gritaba que lo hiciera de una vez y la otra parte tenía tanto miedo de lo que pudiera pasar. Había pasado demasiado tiempo, tenían años sin convivir y sin hablarse; además de que Ayame les comentó que Sesshōmaru mantenía su vida realmente… privada. Ella no le había sacado mucha información —aparte de que respondía poco y mucho después—. Pero le dijo que no debía desanimarse si realmente quería volver a hablar con él.

Antes de que los toques suaves a su puerta y las voces emocionadas de las hijas de Sango se escucharan, Kagome mandó aquella solicitud de amistad y después tomó su bolso de playa y entró en la camioneta de Kōga para su viaje a la playa; las niñas habían estado demasiado felices con la decisión de los adultos de finalmente ir a disfrutar un poco del mar. Aunque lo hacían principalmente por las pequeñas; Sango aprovechó cuando su hijo se durmió para preguntarle a Kagome sobre el asunto de Sesshōmaru. Ella le respondió que había mandado la solicitud y su amiga no presionó más.

El viaje a la playa fue interesante y divertido por partes iguales, se habían acostumbrado bastante bien a la presencia de los hijos de Sango que los veía a todos como sus tíos; se turnaban para jugar con las niñas y Kagome, en un momento, sostuvo al hijo menor de la pareja para entrar a la playa con él, sentándose en la arena y jugando con el pequeño entre sus brazos quién parecía disfrutar cuando la marea los alcanzaba y tocaba sus pequeños pies; a la hora de la merienda las niñas se encontraban algo agotadas y no tardaron en bostezar, Kagome checó su celular cuando este vibró y se detuvo unos segundos en la notificación, Ayame siempre le dijo que Sesshōmaru se conectaba de forma esporádica pero, en ese momento, la notificación le avisaba que había aceptado su solicitud.

No tuvo que llamarle a Ayame o a Sango, ambas se dieron cuenta de sus movimientos y no tardaron demasiado en llegar a su lado para darse cuenta de lo que había sucedido, las dos la miraron con una sonrisa en su rostro y la animaron a mandarle un mensaje al llegar a casa. Kagome realmente no sabía que esperar de su conversación con Sesshōmaru, había pasado tanto tiempo —y siguiendo esa línea de pensamiento, tenían mucho en qué ponerse al día— pero también había una especie de nerviosismo y de incógnita a su alrededor.

¿Realmente sería tan fácil acercarse a él como cuando eran niños que todo se dio de forma natural? Solo se habían acercado y habían comenzado a hablar —o ella lo había hecho— pero él siempre se mantuvo atento a su conversación, a veces le comentaba alguna otra cosa y, ni siquiera pasó un día completo, sintieron que no debían dejarse ir.

Pero lo habían hecho. Se habían soltado la mano en aquel último festival y se habían ido con sus familias, no se habían vuelto a buscar jamás. Y, aun así, ahora… tenían esto. Una oportunidad de hablarse a la distancia.

—Sabes que no quiero presionarte —le dijo Sango en la puerta de su casa cuando la pasaron a dejar. Su amiga se había bajado con el pretexto de que necesitaba algo para hablar con ella a solas—, pero sé lo importante que era Sesshōmaru para ti. —Tomó sus manos—. Sé qué volverse a hablar te haría feliz.

—Gracias, Sango —apretó sus manos con fuerza.

—Los dos se veían felices —le dijo después de que se soltaran.

Kagome tomó sus palabras y dejó de dudar, le mandó un mensaje a Sesshōmaru diciéndole que era una vieja amiga de preescolar y también conocía a Ayame, Sesshōmaru le respondió más pronto de lo que esperó, un «te recuerdo», se leía en la pantalla al día siguiente.

Algo dentro de ella le decía que no debería haberse emocionado con ese hecho, pero lo hizo; las probabilidades de haber sido olvidada eran altas, su preescolar había sido bastante numeroso y había visto a Sesshōmaru hacer equipos con otros niños y conversar ocasionalmente con otras personas. Además, prácticamente tenía una vida hecha en otro lugar.

Aun así, hablarse fue bastante fácil y espontaneo como cuando eran niños, Kagome le preguntaba algo y Sesshōmaru lo respondía semanas después. Había ocasiones en las que Kagome olvidaba responder porque la vida diaria le consumía y se encontraba con un segundo mensaje del peliplata con algún comentario completamente ajeno a la plática que habían "mantenido", ella disfrutaba cuando aquello pasaba.

Al final, había descubierto que el trabajo del padre de Sesshōmaru jamás dejó de ser tan demandante como cuando eran niños y después del divorcio con su madre él había tenido la custodia completa y la vida de Sesshōmaru había consistido en viajar por diversas partes por el trabajo de su padre. No le había molestado al final, acostumbrarse a no echar raíces en cualquier lugar se convirtió en algo normal para él, hasta que finalmente se independizó de su padre y se quedó en una ciudad bastante alejada dónde parecía que siempre era invierno.

Kagome sintió algo dentro de su pecho cuando él relató aquello, una parte de sí misma sintió que estaba olvidando algo, como si el invierno tuviera alguna relación con lo mismo; sin embargo, el paisaje de la ciudad dónde vivía Sesshōmaru era hermoso. Los árboles alzándose grandes y con la nieve sobre ellos, las calles por las mañanas cuando él se iba a su trabajo, las calles cuando empezaba apenas a nevar. Él no mentía cuando decía que siempre era invierno.

A su vez, Kagome le contó sobre los años siguientes que pasaron sin él, le habló de cuándo se reencontró con Sango y no pudieron volver a soltarse, le mandó fotos de las gemelas de su amiga, del pequeño bebé que había cargado desde que había nacido. También mencionó a Ayame y cómo solían reunirse todos juntos mínimo una vez al mes.

Hablaron durante meses, con semanas de diferencia ocasionalmente, tratando de llenar los espacios vacíos dónde estuvieron ausentes en la vida del otro. Todo hasta que finalmente Kagome se atrevió a preguntarle a Sesshōmaru si era su trabajo tan demandante para impedirle estar más comunicado con sus antiguos amigos; Ayame siempre decía que era difícil hablar con él por los periodos sin respuesta. Kagome solo tenía curiosidad.

"¿Es tu trabajo tan demandante?" Fue lo que le preguntó.

"Lo es la paternidad" Le respondió él una semana después.

Algo dentro de Kagome se sintió… extraño. Su mente le gritaba un «llegué tarde» que no pudo identificar plenamente de dónde venía. Ellos dos eran amigos, ¿no era así? Se habían prometido estar siempre juntos cuando eran niños, pero las cosas no se mantuvieron de la misma forma para siempre, habían cambiado, crecido.

"No sabía que eras padre" fue todo lo que pudo responderle después de eso, sin saber si eran las palabras correctas.

"Tengo una hija" Le respondió él dos semanas después. Posteriormente anexó una foto de la niña de espaldas jugando levemente con la nieve, su cabello plateado caía con gracia en su espalda, pero terminaba con pequeñas ondulaciones, probablemente característica heredada de su madre.

Siguieron hablando después de eso, por supuesto, de otros temas que tuvieran relación o no con sus vidas, con meses de diferencia o semanas, dependiendo de cuánto los consumiera su vida actual. Pero ninguno de los dos dio el primer paso para reencontrarse después de tanto tiempo, ni siquiera se permitieron insinuar algo por el estilo, como si entendieran que su destino no estaba ligado de ninguna forma más allá de los mensajes que compartían. Ambos parecían estar bien con ese hecho o ninguno emitió algún comentario dando a entender lo contrario.

Y, al final, Kagome tuvo un breve recuerdo: la promesa que no pudo cumplir. Encontró a Sesshōmaru, por supuesto, pero dónde finalmente él había decidido vivir siempre era invierno. Ella jamás habría podido llegar a él en esas condiciones, había llegado tarde. Se habían soltado la mano tiempo atrás sin saber qué no volverían a sostenerse el uno al otro.

«La próxima vez» se prometió.


03.

Otoño.


Sesshōmaru se mantuvo en su asiento esperando ser llamado para tomar su avión que lo llevaría con la familia de Rin para pasar las vacaciones, su mejor amiga se había negado rotundamente a dejarlo solo durante las dos semanas libres que tenían antes de los exámenes finales. Le había dicho que necesitaba salir de ese ambiente estudiantil, despejar su mente y luego volver; se había negado, por supuesto, pero ella le había insistido tanto después de enterarse que sus padres no estarían en casa con él.

—No es necesario —le dijo la última vez que discutieron del tema. Estaba acostumbrado desde pequeño que ellos tenían una vida aparte y demasiados compromisos que no podían postergar, había sido criado junto a la Kaede —que era como su nana— y el mayordomo de su padre: Jaken.

—¡Mi mamá estará encantada de verte! —Le había dicho Rin, colgándose de su brazo por los pasillos.

Sus padres los habían mandado a estudiar a un internado —era un buen internado, no había queja alguna—. Rin se había hecho su amiga después de que uno de los chicos de su grupo terminó lastimándolo mientras jugaban futbol, ella lo había acompañado (obligado a ir) a la enfermería para que trataran los golpes. Después, no se había despegado de él.

Había conocido a los padres de la chica en un festival escolar y ambos adultos estaban felices de que su hija estuviera en buenas manos; Sesshōmaru les agradeció el cumplido y se quedó con ellos hasta que tuvieron que irse. No obstante, pasar dos semanas con los padres de Rin no estaba en sus planes, había asimilado que se quedaría en el internado o Jaken pasaría por él para pasar dos semanas en casa sin nadie que lo molestara.

—No. —Fue su última palabra.

Por supuesto, Rin era su mejor amiga y tenía ciertos privilegios por ello: tenía el número de sus padres. Sesshōmaru se lo había proporcionado en la única ocasión que necesitó que llamaran a sus progenitores por una alergia que tenía: sus medicamentos se habían acabado y le había mandado un mensaje a Jaken por ello, pero el hombre estaba con su padre y había garantizado que mandó a alguien. Había sido una emergencia y Rin estuvo a su lado.

No obstante, en ese momento, ella lo había ocupado en su contra.

—Hablé con tu padre —le dijo a la hora del almuerzo. Él levantó una ceja, esperando que continuara—. Le pedí permiso para pasar las dos semanas en mi casa —siguió comiendo como si nada, sonriéndole por su travesura. Sesshōmaru frunció el ceño—. Aceptó.

Se levantó de la mesa y se fue a su habitación, sin decirle ni una sola palabra a Rin.


Pasó dos días sin dirigirle la palabra a Rin hasta que el día de empacar sus cosas e ir hasta el aeropuerto llegó, Rin lo esperó en la puerta que daba hacia el dormitorio y cuando lo vio, le sonrió abiertamente, colgándose de su brazo como siempre y guiándolo hasta la salida. Le dijo que no se arrepentiría de pasar las dos semanas con su familia y le dijo que podrían ir a acampar si lo deseaba, el otoño era su época favorita por el clima de su ciudad natal.

Sesshōmaru la escuchó, como siempre y dejó que Rin le mostrara fotografías de los lugares que le gustaría recorrer a su lado y él aceptó algunas e hizo algunas preguntas sobre otras actividades de las que no estaba seguro haber escuchado previamente; podría haberse negado al final, lo sabía, pero su amiga hubiera estado demasiado triste o hubiera terminado quedándose a su lado por no dejarlo pasar aquellas semanas a solas.

—¿El señor Taishō dijo algo después de mi llamada? —Le preguntó cuándo entraron al aeropuerto para registrar su equipaje. Sesshōmaru negó, Rin no necesitaba saber que su padre le había transferido dinero para el viaje y le había deseado unas felices vacaciones, nada más.

Su madre fingió un poco más y le dijo que le avisara cuando estuviera en casa de Rin. Pero nada más. Jaken fue el más preocupado de los tres, le había mandado varios mensajes en la mañana deseándole un buen viaje y recordándole que si necesitaba algo siempre podía llamarle y esta vez iría él personalmente a ayudarlo; Kaede también lo llamó, diciéndole que estaría en casa esperando para verlo en las vacaciones de invierno.

Después de eso ambos se sentaron en espera de ser llamados para tomar su vuelo, Rin parecía haber perdido su energía habitual por haber despertado demasiado temprano, se había acomodado en su hombro y estaba ocupando su celular para matar el tiempo, Sesshōmaru la imitó. Ambos podían pasar varios minutos sin hablar en absoluto, solo disfrutando de la compañía del otro, la primera vez que esto sucedió él se sorprendió, pero eventualmente se acostumbraron a aquellos momentos.

Finalmente, se escuchó la voz que tanto estaban anhelando y la energía de Rin pareció finalmente volver a ella, volteó a verlo con una sonrisa y volvió a hablar con él, diciéndole lo muy feliz que estaba de compartir esas semanas con él; Sesshōmaru lo entendía, lo había invitado anteriormente a su casa, le había insistido en las vacaciones de año nuevo del año pasado cuando lo llamó y solo escuchó silencio del otro lado de la línea. Sesshōmaru le había explicado que estaba en su habitación y la fiesta de sus padres era más un asunto de negocios; Rin, desde el otro lado de la línea y jugando con su hermana menor, le dijo que estaba en desacuerdo con su forma de pasar el año nuevo.

Sin embargo, ahora estaba a su lado. Listo para pasar las semanas como ella deseaba.

Sesshōmaru caminó por el pasillo hasta que chocó con una chica que parecía correr hacia la dirección opuesta a él, ella estuvo a punto de resbalarse y él la sostuvo para evitarlo, Rin se detuvo a unos pasos, aguardando por él. La chica dijo algo en un idioma que él no pudo identificar y estuvo a punto de asentir e irse cuando los ojos de ambos se encontraron.

Fue un breve instante, ambos se miraron el uno al otro, con sus manos todavía entrelazadas para ayudarla a ella a levantarse. Sesshōmaru tuvo un pequeño destello de unas manos más viejas sosteniéndolo, de una voz prometiéndole que lo encontraría. Pareció decirse a sí mismo que quería ser encontrado.

—¿Kagome? —Preguntó, tentativamente.

Los ojos chocolates de ella se iluminaron, pronunció su nombre que sonó un poco diferente a cómo deberá de pronunciarse, pero lo había llamado, sabía quién era él. Continuaron mirándose, negándose a soltarse hasta que el acompañante de ella pareció decirle algo en un idioma que estaba seguro él jamás había escuchado, la mirada de él iba dirigida hacia una de las puertas que probablemente los haría abordar un avión.

—¿Está todo bien? —Se acercó Rin, pronunciando su pregunta en inglés con la esperanza de que la entendieran. Kagome volteó a verla, apenas registrando su pregunta.

Sin embargo, sus ojos lo miraron a él, parecía decirle que quería quedarse, pero debía irse. Sesshōmaru entendió el cumulo de sentimientos que parecían agruparse en esa mirada.

—Te encontraré —pronunció, también en inglés. No apartó sus ojos de los de Kagome ni cuando soltó su mano para dejarla ir.

Ella le dijo algo, él no comprendió sus palabras, pero trató de memorizarlas para después buscar una traducción en internet. Su acompañante se acercó, tomó una de las manos de Kagome y la llevó lejos de él a tomar un avión que los alejaría cada vez más; Rin le dio unos momentos para observar cuando se fueran y después se colgó de su brazo, sin decir ninguna palabra, pero conduciéndolos hacia su propio avión.

No comentaron nada en el viaje hasta la casa de sus padres y, cuando la noche cayó y solo quedaron ellos dos en el sillón de la sala de sus padres, Rin finalmente le preguntó quién era esa chica. Él no le respondió, no lo sabía y lo sabía al mismo tiempo; era extraño, pero el sentimiento de encontrarla era fuerte en su pecho en ese momento. Sacó su celular y buscó una traducción para las palabras que había escuchado, su amiga vio todo sin comentar ni una sola palabra.

«Te encontraré» también había dicho ella, al parecer.

—Te ayudaré —prometió Rin en aquel sillón, en medio de la oscuridad de su casa, con el viento característico de otoño escuchándose levemente—. Vamos a encontrar a esa chica —le brindo una sonrisa grande, brillante, sellando su promesa con él.

Por supuesto, después de aquellas dos semanas juntos y su regreso al internado, no tuvieron suerte en encontrar a Kagome. No importó cuánto buscaron por años, cuánto intentaron preguntar o buscaron a través de páginas y perfiles de internet; simple y sencillamente la chica estuvo fuera de su alcance.

Eventualmente, ambos desistieron de su búsqueda. Rin le pidió perdón un par de veces por no haber pensado en una forma de detenerla, Sesshōmaru le quitó toda la culpa que pudiera tener diciéndole que estaba bien; habían buscado tanto que estaban cansados y, eventualmente, Sesshōmaru le pidió que lo dejaran. Tal vez su destino no era encontrarla después de todo, por más que lo desearan.

«Antes del invierno» pareció recordar cuando tomó el tren hacia la casa de campo de sus padres en las vacaciones de verano. Iba a ser un viaje algo largo y lo único que tenía como compañía era su libro y la presencia de Rin a la distancia, los mensajes acerca del cumpleaños de su hermano mayor y el recordatorio constante de que estaba invitado. Sesshōmaru se mantuvo leyendo hasta la madrugada, cuando el cansancio lo venció y cerró los ojos.

Llegaría a casa antes del mediodía. O eso fue lo que pensó antes de quedarse dormido y no volver a abrir los ojos debido al accidente; su encuentro con Kagome, tal vez, se daría la próxima vez.


04.

Invierno.


Kagome tenía quince años la primera vez que visitó un templo junto a sus amigos, habían acordado verse en un sitio en específico, todos estuvieron de acuerdo y su madre le hizo prometer que no regresaría demasiado tarde, ella salió de su casa con verdadero entusiasmo y todo cambió cuando estuvo a la mitad de los escalones que daban al santuario; Sango la sostuvo cuando resbaló levemente, volteó a mirarla para preguntarle si estaba bien.

La chica asintió, lentamente, con sus ojos completamente desenfocados: había recordado. Era la primera vida en la que le sucedía antes de descansar eternamente, había recordado sus intentos anteriores dónde se habían encontrado brevemente o no lo habían hecho en absoluto. Pero recordó tener una promesa por cumplir.

—Estoy bien —le dijo, sonriendo, fingiendo una felicidad que no sentía plenamente.

El mundo era enorme, ella lo sabía. ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrarse una vez más? Sesshōmaru podía estar cerca o, por otro lado, en la otra punta del mundo. Podían reencontrarse o no hacerlo, así como él probablemente no la recordaba, así como lo había hecho ella antes de subir aquellos escalones.

—Pidamos un deseo, señoritas —les dijo Miroku en medio del festival, Sango asintió, diciéndole que era una buena idea. Ella también aceptó y los tres se aproximaron.

«Quiero cumplir mi promesa» pidió aquella tarde, para después vaciar su mente en aquella ocasión: quería disfrutar de la compañía de sus amigos. Extrañaba a Sesshōmaru, por supuesto y deseaba encontrarlo, pero sabía que tendría que esperar un poco más. Lo suficiente para ordenar sus recuerdos, pensamientos e ideas. Además, había pasado cuatro vidas ya sin él, sin tener éxito, podría esperar solo un poco más en aquella ocasión.

Y si se estaban buscando mutuamente, tal vez alguno de los dos tendría éxito.


Kagome había nacido con un color de ojos bastante peculiar, era un color miel bastante bonito y llamativo, a veces se confundía con el marrón y siempre le pareció extremadamente hermoso, pero si lo pensaba detenidamente, el color le recordaba a los de Sesshōmaru en su primera vida. Se parecían a los ojos que había mirado durante años, los mismos que también la habían mirado y jamás habían envejecido como ellos dos; los mismos orbes donde se encontró muchas veces.

Cuando recordó, se encontró disfrutando y amando aún más de su color de ojos actual. Había cambiado alrededor de sus vidas, pero jamás le había tocado tener un rastro tan parecido al de Sesshōmaru; probablemente fuera una forma del destino de darle una tregua finalmente, sino lograba encontrar al otro en esta vida, tan siquiera podía decir que tenía un rasgo de él para recordar, un rasgo que no perdería y moriría con ella.

Por supuesto, recordar no había sido un boleto hacia la felicidad infinita, tampoco un boleto para reencontrarse con el que fue su esposo durante años. Fue más bien como… abrir una herida que creía estaba cerrada hacía mucho tiempo atrás, era un recordatorio constante que había una promesa sin cumplir en su vida, era buscar a alguien que no sabía si había renacido en el mismo tiempo que ella.

Sin embargo, la mujer que había entrelazado las manos con su esposo antes de morir y le prometió que volvería a encontrarlo, tenía la misma determinación que su nuevo yo de quince años que siempre estaba atenta a su alrededor, a la más pequeña señal de una persona de su vida pasada; si había podido reencontrarse con Sango y Miroku, estaba segura de que también lo haría con Sesshōmaru y esta vez sostendría su mano para no volver a soltarla.

Kagome se mantuvo con esperanza durante años, pasaron tres años sin ninguna señal de encontrarse con Sesshōmaru. No importaba el lugar que recorriera o lo mucho que buscara entre las calles, no había rastro alguno del chico por ninguna parte. Solo entonces pensó que probablemente tendría que viajar fuera para encontrarlo. ¿Cuánto tiempo les tomaría reencontrarse? ¿Llegaría esta vez a tiempo o tendría que conformarse con quedarse en las sombras?

—Visitaremos a tu tía —le dijo su madre una tarde mientras buscaba las maletas para el viaje—, es su fiesta de cumpleaños —aclaró.

Kagome asintió, caminando hasta su habitación para hacer sus propias maletas. —¿Nos quedaremos muchos días? —Le preguntó desde su cuarto, no sabía cuánto realmente tendría que empacar.

—Tres días —su padre le informó—, vive fuera de la ciudad y a veces nieva, lleva un abrigo —comentó al momento que Kagome observaba como entraba en la habitación de su hermano para decirle lo mismo.

—¿Nos acompañaras?

Él asintió y se dirigió a la habitación para también hacer las maletas. Kagome sonrió, su padre ocasionalmente estaba fuera de casa y los viajes familiares con el tiempo se fueron haciendo más esporádicos. Pero esta idea le gustaba, aunque tuviera años sin ver realmente a su tía y el viaje fuera algo largo.

El invierno estaba técnicamente cerca, debería haber comenzado hace unos días, pero los caminos seguían como en el otoño. Su padre comentó que probablemente la estación se había retrasado un poco y cuando menos lo imaginaran estaría nevando frente a ellos, Sota estuvo feliz con ese hecho, diciéndoles que no podía esperar por hacer un muñeco de nieve junto a los primos. Kagome suspiró, sin decir nada.

—¿No estás emocionada por ver nevar este año? —Le preguntó su madre desde el asiento del copiloto.

Kagome volteó a verla, sintiéndose descubierta. Amaba el invierno, pero había pasado tantos sin cumplir su promesa que empezaba a detestar haber prometido encontrarlo antes de esta estación; algunos años sentía que el invierno y las festividades eran sinónimo de alegría para todos, pero ahora entendía que era solamente una pequeña fantasía. ¿Cuántos inviernos habrían pasado ya el uno sin el otro? ¿Cuántos inviernos pasarían y marcarían su evidente fracaso en su promesa?

—Preferiría la playa este año —mintió. La familia de su padre vivía realmente lejos y solían ir ahí cuando querían escapar del frío de la ciudad.

—Los visitaremos en verano —le prometió su padre.

El resto del viaje fue tranquilo, la música que su madre había elegido los rodeaba y los hacía sentirse cómodos en el viaje algo largo hasta fuera de la ciudad dónde vivía su tía, la hermana de su madre. Kagome no volvió a comentar nada, dejándose adormecer por la música del fondo, apreciando los árboles que todavía no estaban llenos de nieve y el cielo grisáceo que los rodeaba.

El invierno se había retrasado pensó nuevamente, antes de dejarse vencer por el sueño.


Llegar con su tía fue más corto de lo que hubiera estimado, ella les saludó tan pronto el carro apareció en el rango de visión de su propiedad; vivir afuera de la ciudad les había dado una ventaja cómo tener una casa lo suficiente grande para albergar a su familia sin necesidad de que tuvieran que buscar dónde dormir. Su madre saludó a su hermana con un abrazo efusivo y bajaron las maletas del carro.

—Me alegra que estén aquí —saludó de esa forma a Kagome, dándole otro abrazo.

Sota divisó rápidamente a sus primos detrás de su hermana menor y estos no tardaron en dirigirse a él con un abrazo. Kagome y Kikyō intercambiaron una mirada sin decirse más que un saludo demasiado formal antes de que la otra chica la ayudara con su maleta y la llevara hasta la habitación que solían compartir en esas fechas especiales.

—Están realmente felices —señaló ella, viendo a los adultos en el comedor, platicando y riendo como hace años atrás.

—Los estuvimos esperando —le confesó su prima, guiándola hasta la sala—. Era su deseo de cumpleaños. —Confesó, hundiéndose en el sillón, recuperando un poco del calor perdido por haber salido levemente a ayudarlos. También solía ser una zona bastante fría. Kagome la imitó.

Sabía que Kikyō era poco conversadora, disfrutaba más de salir a hacer diversas actividades con todos ellos en lugar de mantener una conversación, Kagome tampoco la presionó para que le hablara, conocía perfectamente los momentos en los que su prima conversaba más. De haber una temperatura mejor, estaba segura de que le preguntaría acerca de sus lecciones de arquería, dónde Kikyō parecía desempeñarse con facilidad.

Fue antes de la hora de cenar que su tía le pidió un favor a cada uno, Kagome fue la encargada de ir a comprar el pan para la cena, tenía que atravesar un pequeño parque de la zona y después regresar, no estaba demasiado lejos y la luz del sol todavía podía contemplarse en el firmamento, si se daba prisa, podría apreciar el atardecer.

Caminó hasta el lugar, encontrándose que las casas se encontraban en perfecto estado y parecían recién pintadas, recordó que su tía le había comentado que habían vendido algunos terrenos cercanos para empezar a construir casas, probablemente esas fueran el resultado de la compra venta. El parque enfrente del lugar solo les daba un mejor aspecto, el sol se podía apreciar con facilidad, junto a los árboles que se alzaban majestuosos por el lugar.

Kagome sabía que no debería retrasarse, sin embargo, contempló a una persona de espaldas, llevaba un abrigo azul con algunas flores bordadas de color rojo. Estaba en una de las bancas del parque… observando el cielo, parecía sumamente entretenido en su tarea y parecía que no deseaba ser molestado, pero Kagome se sintió atraída a aquella presencia sin saber realmente por qué.

Se acercó, como si hubiera sido llamada por algo más fuerte que ella. Deseaba ver a ese desconocido en ese lugar, acercarse, hablarle. Sentía que, si no se acercaba en ese momento, no tendría otra oportunidad de hacerlo. Así que lo hizo.

La banca del parque era bastante grande para tener a varias personas sentadas en ella, el cielo se encontraba casi pintado del atardecer y el desconocido no había volteado a verla en ningún momento, el cabello de él era de color negro y se movía ligeramente en los pequeños mechones largos que se encontraban en una coleta pequeña.

Sin embargo, el corazón de Kagome latió con fuerza ante la perspectiva de lo que sucedería, sabía que tarde o temprano el desconocido voltearía y se toparían frente a frente, confirmando o negando sus sospechas. Cuando estuvo más cerca, finalmente el desconocido volteó a verla. Ella se quedó quieta en su lugar, como si hubiera sido atrapada por los ojos que la veían con atención y el mismo asombro que probablemente ella reflejaba.

Eran un par de ojos azules. Si los observaba con atención podía ver un ligero tono verde que se camuflaba a la perfección, sin embargo, le recordaban a los ojos azules que había tenido en su primera vida. Ambos se miraron, como si hubieran pasado vidas sin verse —porque así había sido al final—. Kagome alargó su mano hacia él, queriendo saber si todo era real o solamente un sueño.

Él no tardó mucho en acercar su mano, sosteniéndola con fuerza. Sosteniéndola como en aquel aeropuerto, pero con más firmeza por sí tendría que irse nuevamente, pero ninguno dijo nada, identificándose en los ojos contrarios con firmeza.

—Kagome —finalmente dijo él, la duda expresada en su rostro con claridad. Tan transparente como jamás lo había sido.

—Sesshōmaru. —Y le sonrió, con las lágrimas amenazando sus orbes por ser derramadas. No había sido consciente de cuánto lo había extrañado en realidad, cuánto había estado buscándolo entre las personas y cuánto arrepentimiento había por no haber llegado a tiempo en algunas ocasiones.

Él, tan reservado como siempre, no le dijo absolutamente nada, pero a cambio la jaló hacia su persona, cobijándola entre sus brazos del viento de principios de invierno. Y fue como si todo finalmente hubiera encajado, como si les quitaran una carga que habían mantenido en sus hombros como una promesa de volver a encontrarse tarde o temprano.

Fue como volver a casa, a través del tiempo, volver a aquellas tardes compartidas en su casa sin que el mundo afuera los perturbara. Fue como retroceder varias vidas para decirse "te dije que te encontraría".

—El invierno se retrasó —comentó ella, todavía entre sus brazos.

Sesshōmaru contempló algunos copos pequeños empezar a caer. —Llegas a tiempo.

Kagome se apartó de él para mirarlo a los ojos, el color azul le quedaba bien. Volvió a sonreírle a través de las lágrimas. —Te dije que te encontraría antes del invierno, Sessh.

Él no le respondió, en cambio, la atrajo hacia sí para un beso. El primero de muchos que se debían después de cuatro vidas apartados. El primer beso que le daría inicio a la vida que deseaban continuar juntos, tomados de las manos mientras el tiempo continuara con su ciclo natural, pero sin apartarlos nuevamente.

«Por las estaciones que nos faltan»


Fin.


¿Por qué este fanfic no es parte de Ruleta cuándo en ese fanfic publico One Shots? Misterios de la vida c:

Espero haya válido la pena para llegar hasta el final, vi el tiktok en mis tiempos de ocio y no resistí la tentación de dejar a mi musa suelta.

¡Gracias por leer!