Ccomisión hecha por Eliza88999 en Wattpad.

Anime: SK∞ the Infinity

Pareja principal: Kojirō Nanjō | Joe × Kaoru Sakurayashiki | Cherry


CORAZONADA

Luego de que Joe posara el dedo con suavidad sobre la pantalla del celular para mandar su aplicación al torneo organizado por Adam, bloqueó el dispositivo y se sentó al borde de la cama. Un suspiro cansado escapó de sus labios a causa de la cantidad de platillos que tuvo que preparar en el trabajo. Los viernes y sábados eran los días más pesados en el restaurante. Pese a todo, sintió que hizo un esfuerzo por duplicado, ya que su mente no dejaba de divagar entre una cosa y otra.

El día anterior buscó a Cherry para saber si se inscribiría o no en el desafío. Era estúpido dudarlo, dado que, semanas atrás, tuvieron un enfrentamiento express para decidir quién sería el primero en retar a Adam a un Beef; sin embargo, quería cerciorarse porque, de alguna manera, no tenía sentido ir allí si no estaba Cherry a su lado.

«Kaoru Sakurayashiki» pensó aquel nombre con una devoción inusitada.

Se dejó caer sobre la cama con los brazos extendidos, fijando la mirada en el techo.

Desde aquella vez que se encontraron en la playa junto al resto de los chicos, no había dejado de pensar en él y no se sumiría en el caos de la negación por lo que sentía. Ya no tenía quince años. Era un adulto hecho y derecho, con un trabajo estable y una doble vida nocturna. Igual que Cherry.

Tal vez fue inmaduro lo que hizo aquel día; el molestarlo, a un lado del mar, luego de ver las lindas piernas, la yukata a medio abrir y el largo cabello rosado de Cherry… ¡Ese fue su momento de negación!

No es como si no hubiera visto desnudo a su amigo antes. Pasaron muchas cosas desde el día en que se conocieron; la preparatoria, la universidad, los baños termales, los viajes, las prácticas de skateboarding y una que otra visita al hospital. En verdad, eran demasiados los momentos y los lugares que había compartido con Cherry, pero nunca antes el corazón lo había traicionado de la manera en que lo hizo entre el mar y la arena.

En la preparatoria, Cherry era el típico chico de apariencia rebelde, con el pelo largo, mirada fría y todos esos piercings encima. Siempre estaba rodeado de chicas, aunque él se mostrara indiferente dado lo asfixiantes que le resultaban.

Joe siempre quiso probar esa suerte, por lo que no le tomó demasiado decidir cambiar de peinado e, inclusive, llegar a hacerse algunos tatuajes para lucir más salvaje y atrevido, sin mencionar el trabajar su cuerpo en el gimnasio. En parte, lo hizo por salud. Tras tomar la decisión de convertirse en cocinero profesional, mucha comida comenzó a llegar a su boca día con día y si no hacía algo al respecto, subiría de peso. Estaba claro que Cherry le reñiría por su índice de masa corporal desproporcionado si se descuidaba.

El resultado de ello fue que pudo meter músculo a su estilo de patinaje y empezó a atraer chicas. La sensación de ser el centro de atención, de tener alguien detrás de él o rodeándolo todo el tiempo era maravillosa. No tardó en acostumbrarse. No obstante, anhelaba que Cherry lo mirara, que lo buscara, que probara las emociones desbocadas y confusas como las que él experimentaba cada vez con mayor intensidad.

Quería que las miradas retadoras y los acercamientos bruscos que tenían le hicieran apartar la mirada y, a ser posible, ruborizarse un poco. Nunca había visto flaquear a Cherry y deseaba hacerlo, lo ansiaba, lo necesitaba. Quería ser el único capaz de ver un lado oculto que sólo él pudiera provocar y nadie más.

¿Acaso estaba mal pensar así de tu amigo de casi toda la vida? ¿De tu compañero de skating? ¿De tu rival?

Al inicio creyó que la respuesta sería un «sí», sin lugar a dudas; sin embargo, tras imaginarse compartiendo una habitación con Cherry, los suspiros, el calor, el aliento... supo que no era así. Todo lo contrario. Tan sólo necesitaba una oportunidad para averiguarlo o, mejor dicho, para comprobarlo.

El problema era que, siendo Cherry tan objetivo y con tanto sentimentalismo como una tostadora, ¿cómo podría explicarle lo que estaba ocurriendo con sus pensamientos y sus hormonas?

Casi podía escuchar todos los argumentos en contra con la voz de su compañero:

«¿Qué dices, gorila? ¿Acaso comiste algo en mal estado y ahora alucinas?»

«¿Te gusto, dices? La fila está por allá. Ve y saca un turno.»

«Já, si tan sólo hubiera a alguien a quien tú pudieses gustarle.»

La lista de respuestas duras y golpeadas seguía y seguía. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber que no podría abordarlo de frente. No lo parecía a simple vista, pero Cherry era una persona complicada y a Joe le gustaba ser, más bien, simple; ir de frente y sin rodeos.

—Ah, qué dilema —susurró, antes de levantarse y dirigirse a la bañera.

Por otro lado, aún si tuviera el destino en su contra, tenía una buena corazonada. Una que le hacía ponerse ansioso, pero corazonada a fin de cuentas y confiaría en ella como tantas veces había hecho en el pasado.


Cherry no estaba tan exento de sentimientos y emociones como Joe imaginaba. Era él quien más tiempo llevaba manteniendo todo su sentir a raya. Su subconsciente se veía invadido por Joe muchas más veces ahora que en el pasado y había una razón bastante particular para ello. Durante algunos trabajos, en los que coincidía con viejos aburridos que buscaban hacerle plática, casi siempre surgían las mismas preguntas y comentarios:

«¿Y qué hay de la vida amorosa, maestro Sakurayashiki? Es decir, si no le ofende la pregunta.»

«Imagino que tiene alguna candidata digna de un gran calígrafo.»

«Seguro que alguien como usted busca a una dama de buenas tradiciones.»

«Si quiere, puedo presentarle a...»

Cada vez era más fácil lidiar con ello. Agarraba práctica. No obstante, todas las ocasiones en las que el asunto saltaba a la mesa, no podía evitar pensar en un gorila musculoso, bronceado, terco y fanático de la cocina italiana. Algo un tanto alejado de una delicada belleza tradicional japonesa. Además, no es como si tuviera oportunidad con él. Joe era, en pocas palabras, un playboy. Cherry se enamoró de él durante su época de preparatoria. A su criterio, algo demasiado ridículo para ser tomado en cuenta a esas alturas de su vida.

Ya había perdido a Adam —por él no se sentía de la misma forma—, no dejaría que Joe se escurriera como la tinta entre sus dedos, dejando sólo una mancha de lo que fue. Sólo por eso jamás se atrevió a declararse. En parte, porque había madurado y, por otro lado, una de las grandes ventajas de seguir siendo amigos era que podía permanecer cerca de la persona que le gustaba.

Se había acostumbrado a él, a las pequeñas riñas, a la comida de su restaurante, a los buenos momentos, a las competencias improvisadas. Pese a no admitirlo en voz alta, le daba color a su vida y si existía algo capaz de resquebrajar su espíritu, eso era el perder a Joe.

—Kojirō estará a la puerta en treinta minutos —dijo una voz robótica a unos cuantos metros de donde se hallaba sentado.

El recordatorio de Carla lo sacó de su trance.

Joe quedó en pasar a su casa para celebrar su cumpleaños. Bueno, algo así. Dada la naturaleza de su trabajo, la gente con quien debía celebrarlo ya estaba decidida año con año, así que su amigo se presentaba un día antes por la noche para darle una felicitación. Cualquier cosa que involucrara comer lo que preparase Joe era un «sí» que no necesitaba ser premeditado.

Ahora tenía que ponerse algo más decente. Se bañó desde antes para ahorrar tiempo, pero debía practicar su caligrafía, así que no se cambiaría de ropa sino hasta más tarde, por ello programó un recordatorio en Carla; iba siendo momento de ponerla a cargar.

El timbre de la puerta sonó pasada más de media hora de lo acordado.

—¡Yo, Kaoru! —saludó Joe apenas le abrieron la puerta.

—Llegas tarde. —Con el abanico que acostumbraba cargar le dio un pequeño golpe en el brazo, antes de dejarlo entrar a su casa.

—¿Qué esperabas? La comida es todo un arte. No se puede apresurar —se excusó, encogiéndose de hombros.

Pasó a la cocina con todo el descaro del mundo, como si fuera su hogar. Colocó un paquete sobre la mesa, donde se hallaba la cena, y sacó una caja de menor tamaño que metió al refrigerador casi de inmediato.

—Voy a poner en orden unos detalles, ya te sirvo. —Preparó la mayor parte de los platillos en el restaurante. En la casa de Cherry a veces no había los ingredientes necesarios para cocinar todo desde cero y no planeaba cargar cientos de condimentos consigo.

Cherry observó como su compañero se retiraba la mochila de los hombros con cuidado y sacaba su característico delantal, a la par de una botella de vino.

—Bien, pero no tardes demasiado.

Abrió el abanico y se cubrió la parte inferior del rostro para ocultar una sonrisa melancólica. Casi todo lo que había en su cocina era de Joe; utensilios comprados de manera exclusiva para que él los usara, aunado a varias cosas que viajaban del restaurante a la casa y viceversa. No podía decir que tenía todo lo necesario para que se sintiera como en el trabajo, pero lo intentaba. Por desgracia, parecía que Joe jamás se daría cuenta de que adecuó la cocina sólo para él y tampoco se lo iba a expresar de manera abierta.

Era mejor de esa forma.


La comida fue excelente. No por nada Joe ganó fama entre los comensales al poco tiempo de emprender su negocio. Antes de que la botella de vino se vaciara más de la mitad, Joe tomó a Cherry y lo llevó a la cocina para que probara el postre.

—No puedes abrir los ojos —señaló.

—¿Por qué no? —agregó Cherry, levantando una ceja y sospechando de los inquietantes planes de su amigo.

—¡Porque es tu regalo de cumpleaños!

—Hmp. —Cruzó los brazos—. Qué infantil. —Sin embargo, le hizo caso y se quedó de pie frente a la mesa, como el otro le había indicado.

Joe sacó del refrigerador la cajita que introdujo con anterioridad y de su interior extrajo un postre de color claro y llamativo. En cuanto a sus dimensiones, no sería más grande que un libro. Se trataba de un mousse de fresa con una división de yogurt, decorado con moras y detalles menores de chocolate. Cabía destacar que los colores eran en honor a la vestimenta que el cumpleañero usaba como Cherry Blossom, en lugar de la yukata que portaba el aburrido calígrafo Kaoru Sakurayashiki.

Ese postre fue concebido luego de varios experimentos fallidos, dados los gustos no-muy-dulces ni muy insípidos de Cherry. ¿A quién demonios no le gustaban los dulces, dulces? Al mentado robot maquiavélico de Cherry.

Joe colocó su obra maestra frente a su amigo junto con una pequeña cuchara y fue en ese momento cuando decidió hablar.

—Ya puedes abrir los ojos.

En cuanto Cherry se topó con el mousse visualmente atractivo, redirigió la mirada hacia Joe, quien no hacía más que tener esa estúpida sonrisa orgullosa sobre su rostro.

Suspiró con resignación.

—Kojirō, sabes que no me gustan los…

—¡Oh, vamos, hombre! —interrumpió—. Vas a quejarte sin siquiera dar un bocado… Por eso nadie te regala otra cosa que no sean pinceles y tinteros, cuatro ojos.

—¡Serás…!

Antes de que Cherry intentase ahorcarlo, Joe se apresuró a cortar una pequeña porción con el cubierto y se la metió a Cherry en la boca, aprovechando que la abrió para gritarle.

—Ahm —vocalizó el típico sonido que cualquiera usaría para dar de comer a un bebé—. ¿Qué tal?

Cherry cerró los labios y echó la cabeza hacia atrás. Una parte de él quería sacarle los ojos a Joe con la cuchara por hacer algo tan peligroso; un movimiento en falso y podría haberlo lastimado. Por otro lado, su ceño fruncido comenzó a relajarse. Posó la mano izquierda sobre la cadera y la derecha, ahora desprovista de su abanico, la colocó bajo la barbilla, como quien analiza algo con detenimiento.

El sabor de la fresa era fuerte y no empalagaba; el yogurt le proporcionaba frescura; el chocolate, al ser poco y semiamargo, no opacaba los demás sabores. Tomó una de las moras de la cubierta para saborearla apenas terminase su bocado.

Joe sonrió complacido. Cherry era enigmático hasta cierto punto, pero para él ya se había convertido en un libro abierto, al menos, en cuanto a comida respectaba.

Fue entonces que decidió hacer su movimiento. Dejó una mano sobre la mesa y no la despegó al rodear por la espalda a Cherry, es más, colocó la otra mano también sobre la madera. De esta forma su amigo quedó atrapado entre él y el mueble.

—¿Te gusta? —le mencionó al oído, intentando parecer tan calmado como de costumbre, aunque podía escuchar el corazón retumbar en sus oídos—. Me tomó bastante tiempo perfeccionarlo. Yo lo llamo Cherry Blossom.

Cherry habría visto su pícara y coqueta sonrisa de haber girado el rostro un par de centímetros, pero Joe se encontraba tan cerca… ¡Tan cerca! Que eso le impidió mover un sólo músculo. Podía sentir la respiración ajena sobre el cuello y su espalda chocaba contra lo que, por supuesto, tenía que ser el amplio pecho de Joe.

Tragó saliva. Tenía que mantener la compostura, lo cual, logró al fijar su atención en el mousse. De inmediato se percató que los colores hacían juego con la ropa que utilizaba para ir a «S».

—Muy ingenioso —acertó a decir.

—Aunque... —Joe se separó, parándose justo a un lado—, ...es una pena. —Lamió los restos que quedaron sobre la cuchara antes de cortar otro pedazo.

Cherry no pasó por alto ese detalle.

—Yo no alcancé a probar el producto terminado. —Antes de que Joe pudiera degustar el postre, Cherry le arrebató el cubierto y se lo llevó a la boca.

—Qué pena —hablo en cuanto se pasó el bocado—, esto es mío.

Joe esbozó una sonrisa torcida. Una bien conocida mueca entre la molestia y la costumbre de una discusión rutinaria que rompió con el ambiente que tanto se esforzó en crear.

—Dame… ¡Eso!

Cherry inclinó el rostro de un lado a otro, jugando al gato y al ratón. Joe aprovechó la cercanía para sostenerle el rostro con una mano, retirarle el cubierto con la otra y, de un momento a otro, juntó sus labios con los de su compañero.

La impresión del beso dejó a Cherry a merced de Joe por unos instantes, los mismos que este último aprovechó para introducir la lengua y saborear la ajena con una extraña revoltura de lo inimaginable: valentía y zozobra.

Joe se obligó a sí mismo a separarse cuando sintió las manos ajenas intentando hacer espacio al empujarlo por el pecho.

Ambos tenían la respiración pesada, casi agitada, como si la hubiesen contenido durante minutos enteros, cuando cada una de sus acciones había durado lo mismo que un parpadeo. No era normal que ínfimos segundos se volvieran eternos.

Con la desesperación en la mirada, Joe tomó la palabra antes de que fuera demasiado tarde.

—¡Kaoru, yo…!

Maldita fue la hora en la que el teléfono de la casa irrumpió en la cocina. En realidad, por medio de una inteligencia artificial, el sonido se distribuía por toda la casa para responder a la voz de su dueño.

La situación se enfrió de golpe y se tornó incómoda para Joe cuando escuchó que Cherry prefirió contestar a uno de sus patrocinadores. Supo que la llamada era importante y que no debía interrumpir, así que dejó la casa cuando la conversación se extendió por más tiempo de lo debido.

Casi no durmió esa noche, producto de la angustia cuyo origen era él mismo y sus estúpidas acciones. Para empeorar todo, el resto de la semana tuvo tanto trabajo que no le permitió hacer más que llegar a casa y caer rendido en la cama; ni siquiera podía bañarse, sólo un regaderazo rápido y a dormir.

En cuanto a Cherry… fue como si hubiera desaparecido.

Por obra y gracia divina, la incómoda presión en su pecho desapareció el día en que él y el resto de los chicos se reunieron en su restaurante para pedirle información sobre la técnica de Adam.

Cherry parecía encontrarse bien, como de costumbre. Fue capaz de relajarse en su presencia al saber que lo trataba como si nada hubiera pasado aquel día, aunque no planeaba dejar morir el asunto. Se haría responsable de sus actos a como diera lugar. El momento adecuado sería al finalizar el torneo, pues no se perdonaría distraer a Cherry de la única actividad, aparte de la caligrafía, que disfrutaba más que nada en la vida y que, al igual que él, era su escape de la realidad.


La noche que Cherry terminó dormido en su restaurante, después de una copa de vino, planeaba dialogar sobre lo ocurrido; después de todo, con un brazo y una pierna inmovilizados, su participación en el torneo se daba por finalizada.

No podía perdonar a Adam por haberlo golpeado de lleno a mitad de la competencia y, de no ser porque Cherry necesitaba atención médica, tampoco habría dudado en regresarle el golpe.

Sin embargo, los días siguientes en los que pasó atendiendo a Cherry con minucias, tales como atarle el cabello, sus palabras se vieron ahogadas por alguna razón inexplicable. Cada que buscaba hablar del tema y se topaba con los ojos de su amado, simplemente se quedaba en blanco o le intimidaba su cara toda seria. De alguna forma, sentía que arruinaría todos esos años de amistad y lo que menos quería en esos instantes era perder a Cherry.

—Ya está —dijo, al terminar de atar el cabello en una cola de caballo alta.

Cherry activó la cámara frontal de su celular para usarla como espejo.

—Muy bien. Te felicito.

—Sigo sin saber por qué tengo que hacer esto cuando ya tienes más de una semana sin las férulas —exteriorizó a modo de queja mientras cruzaba los brazos.

—Sería un desperdicio no aprovecharme de los trucos que le enseñé a hacer a un gorila. —Se encogió de hombros, sonriendo con malicia.

Tras escuchar la respuesta y antes de que se levantara de la silla. Joe tomó la liga que sostenía ese cabello y tiró de ella hacia atrás. Cherry tenía un pelo lacio y sedoso, tan bien cuidado que le permitió a la liga deslizarse sin dificultad, dejándolo suelto de nuevo.

—¡Eres un…! —Cherry no dudo en lanzarse hacia su compañero para intentar ahorcarlo.

De antemano sabía que no lograría llevar las manos a su cuello, aún así, continúo haciendo que sus músculos trabajaran cuando Joe lo tomó por las muñecas para evitar que se llevara a cabo un homicidio.

El duelo de miradas no se hizo de esperar. No obstante, el primero en ceder fue Joe, por lo que Cherry dejó de hacer fuerza. Bajó los brazos y se molestó al ver el rostro melancólico que el otro exhibía.

—¿Quieres dejar de hacer esa cara de cachorro abandonado? Me irritas.

Joe se sorprendió de que lo abordara de frente.

—¿Qué tienes? Suéltalo de una vez —prosiguió Cherry—. No va contigo pensar mucho las cosas. Tus neuronas no dan para tanto.

Joe cerró los dedos en un puño para contener sus ganas de ser, ahora él, quien ahorcara a Cherry.

—¿No podías decirlo de otro modo? Estoy intentando tener un momento aquí, sabes.

No recibió respuesta. Se limitó a dejar que un vago suspiro escapara de su boca. No sabía si era temor o frustración lo que sentía, al verse incapaz de declararse. Nunca antes lo había hecho y lo ponía de nervios no saber cómo era que el otro iba a reaccionar.

Bajó la mirada hacia las caderas de Cherry. La yukata siempre se le ceñía muy bien a esa altura. Era su «zona segura» para detenerse a pensar cuando las cosas se ponían difíciles.

Se frotó la parte trasera del cuello. Sus corazonadas nunca fallaban y siempre que estaba a lado de ese hombre, le decían que fuera honesto con él, el problema era que su carácter no ayudaba. Ese rostro maquiavélico con anteojos no dejaba de mirarlo como si se tratase de un extraño espécimen en exhibición.

«¡Suficiente! Es ahora o nunca» dijo para sus adentros.

—Tú… —su voz salió temerosa, por lo que hizo una pausa para aclarar su garganta y hablar con normalidad—. Me gustas, Kaoru.

Cherry abrió los ojos un par de milímetros por la sorpresa. No obstante, regresó a la normalidad en un santiamén. Emocionarse como colegiala enamorada no era parte del plan. Porque sí, sabía que Joe había estado teniendo dificultades con su reciente atracción por él. Lo conocía los años suficientes como para ignorar el dato, pero no se serviría en bandeja de plata sólo por eso. Tenía que hacerlo sufrir un poco.

—¿Y…?

Giró la silla más cercana para sentarse. Cruzó la pierna. Tomó el abanico que colgaba de su cintura y le dio dos vueltas con un suave movimiento de muñeca.

—Continúa.

La cara de Joe resultó en un completo poema al asombro.

—¿Eh?

—Vamos, sigue. ¿No te falta más?

Él tuvo sentimientos por Joe desde que eran estudiantes y por lo que hizo en su cumpleaños, su mente estaba sumergida en un completo caos. ¡Tenía todo el derecho de hacerse del rogar!

—P-Pues, me gustas… y… quería… —Lejos de que sus mejillas adquirían un tono rojizo con cada palabra que salía de su boca, llegó un momento en el que ya no pudo tolerarlo más y explotó—. ¡¿Lo estás disfrutando, verdad?!

—Como no tienes idea —respondió con una mueca que rozaba entre el orgullo y el sadismo.

Joe tomó el rostro opuesto por la base del mentón y se inclinó a su altura.

—Eres un pedazo de hojalata muy engreído.

Una risa socarrona salió de la garganta de Cherry; sin embargo, en lugar tomar la oportunidad y rematar la vergüenza que sentía su compañero, sus labios fueron callados por un beso, quizá algo brusco, quizá algo apresurado, pero que demostraba toda la desesperación que Joe padeció en carne propia durante las últimas semanas.

No era la primera vez que Joe daba un beso, aunque parecía serlo, pues su propia inquietud e histerismo le hicieron cometer errores; no obstante, Cherry le respondía y enmendaba sus fallos, lo cual, le hizo relajarse lo suficiente como para darle lo que en verdad se merecía.

Lo que no esperó fue que Cherry le tomara del cuello de la camisa y lo jalara hacia abajo, haciéndole caer de rodillas al suelo.

Tal vez era producto de su imaginación, pero Cherry estaba siendo demasiado fiero; tanto, que cuando se separaron, era Joe quien exhibía una respiración agitada. Cherry se relamió los labios y lo miró desde arriba.

—Nada mal.

¡Dios! Al paso que iban, Cherry iba a ser el causante de su muerte por infarto.

—¿Entonces...? —se animó a preguntar.

—¿Qué cosa? —Levantó una ceja, extrañado.

—¿Cuál es tu respuesta?

—Yo no recuerdo que me hayas hecho ninguna pregunta.

—Ugh. —Colocó la frente sobre las rodillas de Cherry, le sostuvo los tobillos y los apretó un poco en el proceso—. ¡¿Quieres salir conmigo?!

—Veamos… —Abrió el abanico y se cubrió con éste la parte inferior del rostro—. Paga la cena esta noche y lo pensaré.

—Eres odioso —suspiró, al tiempo en que reposaba la cabeza sobre las piernas del infeliz que lo tenía a sus pies.

—Una lástima, porque así te gusto —agregó, dirigiendo la mano que tenía libre hacia los ondulados cabellos de tonalidad oliva.

Joe dejó escapar un gruñido.

«Para qué decir que no, si sí» pensó, viéndose incapaz de agregar algo más por temor a que lo usara en su contra. No le importaba que lo hiciera, pero ya se había doblegado mucho por un día y no estaba dispuesto a darle más armas al sádico que lo enamoró sin pedir permiso.


El tipo de trato que tenían no cambió en absoluto. Los debates y las provocaciones ridículas estaban a la orden del día, es más, parecían haberse intensificado. Nunca recayeron en una pelea o agresión, salvo cuando, a solas, Cherry mordía los brazos de Joe sin razón aparente. Por supuesto, Joe se lo cobraba con intereses.

Para ser honestos, se sentía como si llevaran saliendo desde hace años y que sólo hubieran avanzado un paso más al dar y recibir besos y caricias. Eso a Joe le encantaba a sobremanera, en especial porque estaba consciente de que Cherry no era el tipo de hombre afectuoso y cursi, pero hacía su intento al dejarse mimar y permitirle quedarse en su casa con más frecuencia. A causa de eso ya tenía una parte de su clóset metida en la habitación de su pareja. No supo cómo ni cuándo ocurrió, mas era un alivio, porque ya no tenía que hacer un doble recorrido a su departamento para cambiarse la ropa antes de ir a trabajar.

Al tener lo de la vestimenta solucionado, se podía enfocar en otros detalles, como una noche en la que encontró un buen vino espumoso, que rara vez se encontraba en buen precio y del que Cherry había disfrutado mucho un día que lo invitó a degustar.

Como ambos tenían la mañana siguiente libre, estuvieron de acuerdo en trasnochar hasta que se acabara la botella o eso intentaron, porque en algún punto las copas quedaron de lado. Joe perdió la camisa; Cherry, los lentes, y parecía que su objetivo era devorarlo entero.

Joe se dejó hacer. No le importaba tener a Cherry encima, todo lo contrario. Sin contar que era la primera vez en la que conseguía aflojarle la yukata lo suficiente para dejar muchas partes de su cuerpo al descubierto, como las piernas, las cuales no dejaba de acariciar. Eran suaves, humectadas y no tenían ni un solo vello. Sabía que Cherry se cuidaba, no por nada se le iban los ojos cuando veía su cuerpo tonificado, pero aquella era la primera vez en que podía tocarlo tanto y por varios rincones. Se preguntaba cuánto más avanzarían esa noche. Estaba ansioso, no mentiría, aunque tampoco quería presionarlo más de la cuenta, porque sabía que lo podía mandar directo al carajo.

Entonces, en lo que Cherry se entretenía besuqueando su cuello y pasando las manos por sus abdominales, él deslizó los dedos por debajo de la ropa interior de su amado, apretando con lascivia los glúteos. Era un movimiento arriesgado, pero ya lo había hecho.

Cherry se detuvo de repente.

—¿Al fin lo vamos a hacer? —pronunció en un hilo de voz que, más bien, sonó a reclamo.

La mente de Joe quedó en blanco. ¡¿Cómo se supone que debía contestar a eso?!

Según entendió, significaba que Cherry llevaba un tiempo esperando por eso, pero si lo arruinaba, esa noche, Joe no ingeriría sus sagrados alimentos. ¡Justo cuando la oportunidad era demasiado buena como para dejarla pasar!

Tal vez quedarse callado era la mejor opción.

—¿Qué ocurre? ¿Acaso olvidaste dónde queda la habitación? —preguntó con una voz tan juguetona como intrigante—. ¿Con qué cabeza estás pensando, Kojirō?

—Con la que te gusta —dijo sin pensar.

A Cherry se le borró la sonrisa. Debía evitar que se enfriara el ambiente.

—¿Te parece si te quedas calladito hasta que lo terminemos de hacer?

Joe asintió repetidas veces. Entonces, no dudó en tomar a su pareja por los muslos para dirigirse hacia la cama.

En algún punto del jugueteo, cuando ya se encontraban sólo en interiores, Cherry le dio la espalda a Joe. Se colocó en cuatro para lograr apoyarse lo suficiente y estirar una mano hacia el mueble aledaño a su cama. Abrió un cajón y extrajo algunos condones y lubricante. Lo que no esperó, fue que Joe lo tomara por la cadera y restregara contra su trasero el creciente y adolorido bulto atrapado bajo la tela. Escuchó un ronco quejido a sus espaldas.

El letrero de «pasivo» lo golpeó bien fuerte en la nuca.

Tomó una de las manos de Joe y lo jaló para que los dos quedaran en contacto, aunque con Joe aplastándolo de manera parcial.

—Oye, oye, ¿quién te dijo que serías el activo?

—¿No estaba implícito?

—¡¿En dónde?!

«Oh, no. No dejaré que lo arruines» pensó Joe.

—Hagamos un trato. —Dejó caer todo su peso sobre Cherry—. Si en treinta segundos consigues darme la vuelta, te dejo ser el activo.

Sabía que era imposible. Cherry no levantaba pesas. Aun así, lo intentó. No cedería con tanta facilidad.

Transcurrido el tiempo, Joe volvió a hacer uso de la palabra.

—Bien, yo gano. —Depositó una suave mordida sobre uno de los hombros ajenos.

—¡Yo nunca acepté!

Ante el horrible presentimiento de terminar sexualmente frustrado, Cherry se acomodó mejor en la posición en la que se encontraba, levantando un poco la cadera.

—Si haces de esto una terrible experiencia, te advierto que no volverás a ser activo —amenazó.

—Déjamelo a mí. —No tenía experiencia, sólo información recabada de Internet, pero estaría muy atento a las reacciones de su pareja.

Una de sus manos se deslizó por el pecho ajeno hasta llegar a uno de los pezones, acariciando y presionando con las yemas de los dedos. Con la voz que tenía Cherry, se preguntaba cómo sonaría cuando gimiera, pero el hombre era terco y se negaba a soltar el más leve sonido.

Llevó sus manos a la espalda opuesta, repensando con lujuria sus músculos bien trabajados y bajó hasta llegar a los glúteos, los cuales apretó con picardía. Tomó el lubricante, esparciendo parte de su contenido entre estos. Empapó bien un dedo, antes de introducirlo con lentitud.

—Estás realmente caliente.

Escuchar aquello hizo que el rostro de Cherry se coloreara de toda la gama de tonos rojizos existentes. Suerte que estaba boca abajo.

—¿No quedamos en que no ibas a hablar hasta terminar?

Joe suprimió una risita. Sabía que su novio estaba avergonzado. No necesitaba verlo para saberlo. Lo conocía tan bien como la palma de su mano. Se inclinó sobre este para besarlo; su cuello, sus hombros y cuanta piel pudiese, en un intento de que la incomodidad fuera la menor posible.

Cuando el primer dedo ya pasaba bien, decidió introducir el segundo. Con cada minuto transcurrido, sentía que podía aventurarse a aumentar la velocidad, separarlos un poco para dilatar mejor la zona, sin olvidar añadir más lubricante. Cherry se removía en ocasiones, pero no parecía disgustado, por lo que anexó un tercer dedo.

Se le hizo agua la boca. No lo negaría. Con la mano que tenía libre procedió a masturbarse un poco para controlar su sed de sexo y su ansia de más.

—¿...Estás listo ya? —Quería asegurarse antes de hacerlo. Podía ser una posibilidad, pero esperaba que doliera lo menos posible.

—Creo. —Ya no le resultaba incómoda la dilatación. Supuso que todo iría bien.

Joe retiró los dedos. Sin perder más tiempo, se colocó un condón. Tomó su propia erección con una mano, la otra, se había acomodado sobre la parte alta de la cadera opuesta.

Entró el glande y Cherry soltó un quejido. Poco a poco introdujo el resto del falo hasta la base. Estaba tan apretado que aguantaba las ganas de embestir de lleno, pero por el bien de su amante, lo soportó.

—¿E-Estás bien...? —cuestionó con cierta preocupación, al escuchar la respiración de Cherry agitada y pesada, como si finalizara una intensa sesión de ejercicio.

—Estoy… —Se encontraba algo tenso. No sabría cómo describir con precisión lo que pasaba por sus pensamientos, pero «agradable» no era la palabra acertada—. Sí.

No agregó nada más por temor a soltar algún sonido vergonzoso.

Joe le rodeó la cintura con un brazo y comenzó a moverse con cuidado, con una lentitud digna de un santo.

—Despacio… despacio —agregó Cherry, haciéndose un poco hacia el frente como reacción de huida involuntaria.

—No puedo ir más despacio y... Por Dios, Kaoru, relájate —sonó como queja, porque o se relajaba o apenas se podría mover. Aunque eso no le bajó la excitación, por lo que pasó la lengua desde el hombro contrario hasta el cuello, luego de retirar la larga cabellera que cubría la espalda.

De cierta forma, Joe tenía razón, no podrían hacerlo como era debido si no cooperaba. Cherry cerró los ojos y respiró profundo. Con más calma se empujó hacia atrás para saber si ese era todo su tamaño. No estaba mal.

Patético debía de verse en esos momentos. Postrado, sumiso... y patético.

Joe echó sus caderas hacia atrás, deslizando su erección hacia fuera sin salir del todo para, luego, entrar en él. Una y otra vez a un ritmo lento, esperando a que su pareja se acostumbrara al vaivén.

Una revoltura de dolor, placer y ansiedad se ramificaba por todo el cuerpo de Cherry. La cercanía y el calor le hacían perder el raciocinio y su postura se dejaba a mayor merced de quien había sido su compañero de toda la vida.

Tragó saliva. Joe empezó a sentirse algo desesperado por hacerlo con tanta calma.

—Me empezaré a mover más rápido.

No escuchó la respuesta de Cherry y comenzó a hacerlo como había aclarado. No mucho, pero lo suficiente para satisfacer su necesidad. Aparte, tampoco lo hacía con desconsideración, el momento en que anunció aquello fue porque sintió a Cherry menos apretado y teniendo contracciones más regulares.

—Pero qué… ansioso estás. —La incomodidad sería pasajera, o al menos, eso esperaba. Ya había pasado lo complicado.

Joe notó cómo su novio se tensaba de nuevo, así que bajó el ritmo. La preocupación de hacerle daño opacó durante breves momentos sus ansias de sexo. Quería que la experiencia de ambos fuera buena y, así, repetirlo más seguido.

A los pocos segundos, Cherry empujó un poco su cadera para indicarle que podía remontar. Joe tomó con firmeza su cintura y, esta vez, cerró los ojos para poder centrarse mejor en todo lo que el cuerpo ajeno le ofrecía.

Cherry sintió un peculiar cosquilleo entre las ingles. Sabía lo que significaba. Esa era su primera vez teniendo sexo, pero en sus momentos de soledad como estudiante, una que otra ocasión se dio placer con la mano. Sin embargo, nada de eso se comparaba con el estímulo que se le proporcionaba a su ano. Sabía que era una zona con muchas terminaciones nerviosas y le erizaba la piel. Algo en todo eso le resultaba surrealista, pero prefería no pensarlo demasiado y seguir gozando del momento que tanto se había esforzado en conseguir.

—Más… más fuerte —se armó de coraje para pedirlo. Cada vez necesitaba más y sabía que Joe podía darle justo lo que buscaba.

Poco duró su momento de disfrutar con los ojos cerrados, pues la petición de Cherry le hizo abrirlos. Pese a ver sólo su espalda, junto con el exquisito lugar por el que se unían, a Joe le parecía un excelente encuadre. Esperaba pronto poder experimentarlo desde varios ángulos.

—Está bien. —Con una mano dio una palmada sobre una nalga, sin demasiada fuerza, aunque con un buen sonido. Después de aquello lo tomó con fuerza. No quería aumentar poco a poco la velocidad, así que lo hizo de golpe.

Lejos de sentir dolor, aquel golpe le proporcionó a Cherry cierto placer. El eco que producían sus cuerpos era tan obsceno que una mueca gustosa se dibujó en su rostro. Pero, ¿cómo hacérselo saber? ¿Cómo podría decirle que ardía con sólo rozarle y que el intenso movimiento contra sus caderas lo dejaba vulnerable? Si tuviera que comparar a Joe con algo en su vida, lo haría con un tatuaje. Estaba grabando con tinta una fuerte experiencia, su piel era el lienzo del cual el diseño no se podría borrar. La única forma de que olvidara a la persona a la que se estaba entregando sería destrozando el papel sobre el que estaba dejando la marca.

De un momento a otro, un agudo gemido escapó de su garganta. Habría caído sobre la cama de no ser por el agarre que lo mantenía firme. Una descarga eléctrica recorría su cuerpo cada vez que era arremetido en ese lugar. No podía evitarlo. Incluso los ojos se le tornaron vidriosos a causa del placer.

Joe había intentado ser lo más cuidadoso posible con él. Se mantenía erguido, dando uno que otro beso por las zonas que tenía a su alcance. Más que besos, eran mordiscos seguidos de lamidas. Se sentía casi como un animal por estar tan necesitado. Cada vez que llegaba al fondo, además de sentirse satisfecho, su cuerpo le pedía más.

—Ko… Koji… rō —pronunciaba continuamente y con desesperación.

—¿Aquí? —preguntó antes de golpear la próstata con fuerza. Era un alivio saber que le estaba proporcionando algo placentero. No se habría perdonado por no ser un buen amante y tampoco estaba mentalmente preparado para ser el pasivo en el siguiente encuentro. Con un poco más de práctica, seguro haría gemir a Cherry hasta dejarlo afónico.

Para Cherry, aquello era una tortura y también una dulce adicción; era un extraño golpe a sus entrañas y, a la vez, un agradable vuelco en el estómago. Lo desesperaba, pero le hacía ver un paisaje que ni en sus sueños más húmedos y eróticos habría podido imaginar. Sin duda alguna, no volvería a mirar de la misma forma al hombre que le hacía rogarle con acciones y suplicarle entre pesados suspiros.

Joe ya no podía reprimirse como al principio. Pequeños gruñidos y unos cuantos jadeos escapaban de su boca cada vez que entraba, pero también cuando salía de aquel delicioso cuerpo. Sus manos abandonaron las caderas que ya tenían las marcas de sus dedos y fueron hasta los hombros ajenos, con el propósito de erguir el cuerpo frente al suyo.

La piel de Cherry le parecía más suave ahora; su agradable olor, más fuerte. Todas las sensaciones iban en aumento. Le tomó el mentón y le giró un poco la cabeza. Pudo mirar su expresión de gozo y eso sólo hizo que deseara continuar. Acto seguido besó sus labios, escuchando cómo ambos ahogaban gemidos contra sus bocas. Su pecho, algo húmedo por el sudor, se frotaba contra la espalda del contrario.

Cherry se apartó de forma brusca. Le costaba continuar el beso, cuanto más rápido iba, más se alteraba su respiración y menos podía coordinar sus acciones cómo debería.

Joe se mordió el labio inferior antes de dar las últimas y más profundas estocadas. Echó la cabeza hacia atrás, soltando gutural cuando llegó al orgasmo.

—Kaoru. —Se abrazó de este, pasando una mano hacia la entrepierna contraria, para masturbarlo con ímpetu y hacer que eyaculara.

El nombrado no tardó en dejarse venir, sin poder hacer más que fijar su atención en cómo las líneas de semen manchaban las sábanas.

Luego de unos momentos, Joe salió de aquel cuerpo que tan bien lo había recibido. Miró la espalda opuesta, su cuerpo en general y pudo ver cómo lo había marcado cuando la lujuria lo había invadido. Negó con la cabeza con la intención de dejar de pensar en ello y recargó la frente sobre uno de los hombros contrarios. Rodeó su torso con ambos brazos, intentando recuperar el aliento.

Cherry se dio la vuelta para encarar a Joe mientras este se retiraba el preservativo y lo anudaba. Se lanzó a sus brazos y Joe abrió los ojos en sorpresa por ese tipo de contacto. Casi al instante, sintió una fiera mordida en el cuello. Eso le confirmó que, quizá, había sido algo duro con él.

Al recibir una segunda mordida, le propinó una nalgada sin escatimar en fuerza.

—¡Kaoru! ¡¿Pero qué diablos te…?!

Cherry le tomó por las mejillas con una sola mano, silenciando sus palabras en el proceso. Cuando sus ojos se encontraron, Joe no tuvo necesidad de preguntar para saber que se hallaba molesto.

—Ya te divertiste lo suficiente. Ahora es mi turno.

—¿Pero qué…? ¡Gah! —exclamó al ser tumbado en la cama y recibir otra mordida en el antebrazo.

Joe tenía planeado relajarse a su lado y, no sé, mimar a su salvaje novio hasta que se quedara dormido, por lo que estar forcejeando mientras era mordisqueando, estaba super alejado de la bonita idea que tenía en mente.

En fin, no podía quejarse demasiado. Por ese tipo de detalles era que Cherry no dejaba de gustarle cada día más. Pese a saber, más o menos, cómo reaccionaría, siempre lograba sorprenderlo con la guardia baja y, por más que le costara admitirlo, terminaba siguiéndole el juego y divirtiéndose en el proceso.

Tal vez empezó movido por el deseo, pero a esas alturas no dudaba nada más. En su cabeza sólo había una cosa: estaba profundamente enamorado de Sakurayashiki Kaoru.


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