Aquel día, lo último que le pareció ver fue el crepúsculo, su delicada luz apenas iluminando los cielos. Cerró los ojos y evocó la promesa escrita. Al abrirlos, notó que el escenario ya no era el mismo. No piloteaba un avión, sino que estaba a bordo de un tren aparentemente sin un rumbo fijo y, al menos en ese vagón, sólo estaba él. Inquieto comenzó a transitar los carros, observando a su alrededor: efectivamente todos los asientos estaban vacíos. Sus pulsaciones comenzaron a aumentar, miró por ambas ventanas buscando adivinar donde se encontraba, pero no era capaz de reconocer nada. En su costado izquierdo se veía un muro agrietado, lleno de balcones y ventanales; todo sucio, resquebrajado, deprimente y sin gracia. Dirigió la vista a su derecha, un cielo oscuro, color ocre y sin nubes. De cuando en cuando, un montón de fierros aparecían ante sus ojos, partes de lo que parecía un túnel. ¿Cómo y cuándo había llegado a este extraño lugar? Tenía la certeza de que su avión había sido derribado… Después de eso, no estaba seguro de nada.

La inclinación del tren y su velocidad le obligaron a tomar asiento. Parecía ir en ascenso por esta extraña montaña, y no había señal alguna que indicara que en algún momento fuera a parar. Se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz con los dedos, intentando mantener la calma. Necesitaba aquietar el corazón que sentía le estallaría en el pecho en cualquier momento. Pegó los ojos al suelo procurando respirar, mientras se recordaba que nada duraba para siempre, nada. Este extraño viaje en algún punto debía terminar. De haber podido no hubiera levantado la vista, pero el fuerte frenazo le llevó a dejar su estratégica inercia: debió estirar los brazos para agarrarse de la butaca que tenía en frente. Estaba ya en la cima, o al menos eso parecía.

Diiiiiing-Dong. Diiiiing-Dong. Parecía más un llanto que el sonido de un campanario. Un escalofrío le recorrió por completo. Haciéndose de valor dejó su asiento para buscar la salida. Frente a él, al bajar del tren, un cementerio y al final de este un enorme reloj, cuya única manilla marcaba a hora del crepúsculo.

En las catacumbas no existía la luz, con suerte algo de oxígeno proveniente del único pasillo que sirve como entrada y salida. Todos hablaban de ellas, pero ninguno las había visto, al menos ningún reo vivo. Una especie de mito urbano entre los residentes de la enorme cárcel, decía que quien era llevado a ese lugar no volvía con vida jamás. Los suicidios eran pan de cada día, algunos culpaban a los guardias y al alcaide; otros aseguraban que estas personas eran arrastradas a las oscuras cavernas. El preso número 2002 no quería enterarse de dichos acontecimientos, pero ahí se estaba, completamente solo y a oscuras. Rezaba con la voz entrecortada producto del miedo, o quizás del frío que le producía sus ropas mojadas. Él era un hombre inocente, su único pecado, creer en su hermano… ¡Maldito fuera su gemelo! No tenía porqué estar viviendo esto, otro era el que debía pagar.

El eco de unos pasos le hizo buscar frenéticamente alrededor, sin poder adivinar de dónde venían por más que intentaba concentrarse. El sonido amplificado le hizo mirar por todos lados. Un pinchazo en su cuello, en cosa de minutos perdió el conocimiento.

Poco a poco recuperó el sentido. Movió la cabeza de forma torpe y aún mareado, intentando abrir los ojos para incorporarse. Comenzó a sentir aún más temor al despertar de sus extremidades: estaba maniatado, completamente amarrado. Sus ojos reaccionaron al miedo abriéndose violentamente. Podía ver el techo, las oscuras paredes y los antiguos muebles llenos de extraños artefactos. Sin dudas estaba en un sótano. Su respiración disparada junto a sus pulsaciones. Quiso gritar, pero ni su boca o lengua reaccionó. Nuevamente pasos.

-Shhhh… Tranquilo, muchacho.

El preso tiró su cabeza hacia atrás intentando ver: una mujer de edad envuelta en una bata médica se le acercó. Su cuerpo se sentía pesado, le ordenaba que se moviera, pero sólo obedecía su cabeza.

-Si sigues así, tendré que dormirte nuevamente- Se acercó hasta él y con arrugadas manos acaricio su cabeza.

-¿Co… cómo…?

-¿Cómo llegaste aquí?- completo la frase la extraña mujer. -Gracias a los hombres del alcaide…- tomó una silla, se sentó cerca del rostro del preso. - ¿Para qué quieres saber tantos detalles cuando acabarás muerto? - Los ojos del hombre parecían salirse de sus cuencas. - ok…ok… Te lo cuento…

La mujer se acomodó en su asiento y relató de forma autómata los hechos. Estaba tan acostumbrada a hacerlo, que ya no le remueven sentimientos.

-Tengo la vida de la hija del alcaide en mis manos. La desdichada está muy enferma. Pobre chiquilla, desahuciada, como tú… Yo ayudo a mantenerla viva con, digamos, medicina alternativa- sonrió. - Pero necesito cuerpos, y en pago por mis servicios, él me los proporciona… Ustedes son desechables, nadie los quiere. Lacras que la sociedad tiró en este lugar- lo miró con desprecio. Molesta se levantó de la silla despotricando. El rehén sin entender nada. -Pero, por alguna razón, que la maldita chamán no me dio, el hechizo no funciona… El tiempo se me agota… ¿¡ME VES!? ¡CADA VEZ MÁS VIEJA Y GORDA!- La mujer definitivamente había perdido sus cabales. -Tú no eres más que otro intento. El número 2002 de ellos.

Patricia fue hasta uno de los muebles en busca de la extraña maleta y sacó el valioso cuadro que guardaba con esmero. Observó, por millonésima vez, la figura del curioso hombre del sombrero. Lugar donde, según la hechicera, se encontraba encapsulada el alma de su bien amado. Tomó con una mano la figura y, con la que tenía libre, se hizo de un bisturí. Se acercó al muchacho, quien convulsionaba sobre la mesa de operaciones.

-¡Ah, no te mueras ahora!

El reo 2002 despertó nuevamente, sintiéndose extrañamente tranquilo, liviano. Miró con detención la escena que tenía ante sus ojos. Un cuerpo sobre una camilla se desangraba de a poco, al costado de este, una mujer rezaba. ¡No, es un cántico! ¡El cuerpo era el suyo, debía volver a él!

Stear reposaba sentado sobre una tumba, abatido, en este lugar sin tiempo, donde el sonido del campanario, ni los llantos cesaban. Tantas veces buscó una salida o a una persona, pero todo fue en vano. No había nada.

"¡Stear!"

Creyó oír a lo lejos su nombre.

"¡Stear!"

Se levantó buscando a su alrededor. Entonces la vio. Patricia, igual que siempre, sólo que vestía riguroso luto. Corrió eufórico hasta ella y se lanzó a abrazarla una vez la tuvo cerca.

-¡Eres tú, eres real!- dijo el inventor.

-No hay tiempo amor- Patty se soltó. -Sígueme…- lo tomó de la mano arrastrándolo de aquel lugar.

El preso buscaba volver a su cuerpo mas no podía, una fuerza le rechazaba. El canto de la mujer se intensificaba, y mientras lo hacía, su rostro más se arrugaba asustando al reo. ¿Pero qué es esto? pensó.

-DONNE TA VIE… DONNE TON AMOR… DONNE TON SANG… DONNE TA VIE…

El hombre vio con pavor como un halo de luz se movía del cuadro que sostenía Patricia, a lo que fuera alguna vez su cuerpo, transformándose por completo. Ya no se reconocía, no se veía a sí mismo. Lo supo, no había forma, un intruso se había adueñado de él. ¿Y ahora? Quizás sea tiempo de brindarle a mi hermano una visita.

El corazón de Patty se agito al sentir como la vida se le iba. Como una epifanía lo vio, ella no iba a compartir con él su vida. "Donne la vie, da tu vida… Donne ton amor, da tu amor… Donne ton sang, da tu sangre"

-Maldita chamán… Hija de puta- alcanzó a murmurar antes de desvanecerse. Lo había logrado, pero había sido en vano.

Stear se levantó asustado y desorientado de la camilla. Enorme fue su pavor al encontrar el cuerpo de una anciana ya sin vida. Atemorizado, con ella aún en sus brazos, salió despavorido. Sintiéndose inmerso en una pesadilla peor a la que había estado viviendo por lo que parecía una eternidad, avanzó vacilante por el oscuro pasillo, llegando hasta lo que parecía la trastienda de un lugar. Desorientado clamó a viva voz buscando ayuda. Sus gritos se transformaron en alaridos de dolor cuando reconoció a quien tenía en brazos. Estaba desesperado, tratando de entender porque su dulce niña había sacrificado tanto…

CONTINUARÁ...


Da tu vida, da tu amor, da tu sangre...

Agradecer el beteo de mi adorada Only D, mega recomiendo la lectura de sus fics.