¡Hola, todo el mundo! Lamento haber estado perdida durante más de un año. Estuve dedicando tiempo a mi salud física y mental, que estuvo muy comprometida durante un tiempo largo y ahora estoy contenta de estar de vuelta con esta historia que me gusta tanto. Espero seguir actualizando, voy a tratar de ser lo más regular posible porque sé que muchos tienen curiosidad de saber qué pasará con todo este quilombo que dejé armado. Así que sin más preámbulo, disfruten.
Como siempre digo, los personajes no son de mi creación, pertenecen a Masashi Kishimoto, yo únicamente pongo la trama y la creatividad y lo hago sin ningún ánimo de lucro.
(esperanza perdida, abandono)
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Lal lluvia caía sobre sus cabezas empapándolos, tal vez limpiándolos de la multitud de sentimientos que poseían en ese mismo instante. Tras ellos, un íntimo grupo de personas los acompañaban en su dolor, vistiendo de color oscuro y llevando paraguas consigo para protegerse del aguacero que se cernía sobre sus cabezas con la misma furia y tristeza que adornaba el ambiente. Itachi Uchiha había arruinado por completo su traje elegante, de todas maneras iba a tirarlo: no quería nada que le recordara ese fatídico día. Su cabello húmedo enmarcaba su rostro afilado, súbitamente pálido y demacrado, le habían caído muchos años encima en cuestión de horas. No podía llorar, o quizás no había dejado de llorar, perdió por completo la noción; y a su lado, su padre, oscilaba entre momentos de intensa seriedad y pequeños quiebres en los que debía morderse el puño para no sollozar.
Alguien debía mantener la compostura, y ese alguien era él. Su hermanito menor, Sasuke, era visiblemente el más afectado. Su mal humor, su frustración y el profundo dolor que lo embargaba habían salido a relucir un par de veces cuando levantó la voz a su progenitor y lo acusó de ser el culpable, de haberles ocultado la verdad por quién sabe cuánto tiempo. Y, aunque no lo decía, Itachi sabía que en parte se culpaba a sí mismo por haber desaparecido por casi tres años y no haber podido despedirla.
No podía decir que no lo entendía, pero con un gesto serio y unas palabras cargadas de solemnidad, logró que el más joven de la camada Uchiha mantuviera la dignidad que ameritaba ese evento, ya habría tiempo para reclamos y descargos. En ese momento no se trataba de ellos, no se trataba de los Uchiha, se trataba de rendir homenaje a una persona que significó el mundo entero para ellos.
Unos metros detrás de él se encontraba su esposa, Hinata Hyuuga, ataviada con un discreto y señorial vestido negro que le llegaba a las rodillas, usaba encima un delicado abrigo de estilo inglés que la hacía lucir elegante, y aunque un tocado con redecilla ocultaba parte de su rostro, sabía que estaba llorando por la manera en que sus hombros se contraían cada tanto y el paraguas en su mano temblaba, no por efecto del peso de las gotas cayendo sobre él, sino por las fuerzas que perdía con el tiempo.
Mikoto Uchiha había sido una mujer maravillosa, una madre amorosa y ejemplar. Y murió sorpresivamente por culpa de un ataque al corazón y una enfermedad crónica que mantuvo en secreto por muchos años. Su súbito deceso hizo que Sasuke volviera al país, luego de haber permanecido en Europa durante un largo período, el no haberse podido despedir de su madre o siquiera saber qué la aquejaba era algo que no se perdonaba, y el hecho de que su padre tampoco le dijo lo que pasaba, lo hacía culparlo aún más. Itachi tampoco supo lo que atravesaba su madre y se preguntaba cómo es que nunca vio ningún indicio: cada vez más delgada, las profundas ojeras bajo sus ojos, la pérdida de aliento cuando hablaba por mucho tiempo. No fue el paro cardíaco lo que la mató, venía muriendo desde hacía tiempo atrás y ellos no lo habían visto.
¿Era por eso que insistía en que tuviera hijos con Hinata? ¿Era por eso que se enfurruñaba cuando le decía que estaban tomando las cosas con calma? ¿Porque ellos tenían mucho tiempo por delante y ella sabía que sus días estaban contados? Cuántas cosas habrían pasado por su cabeza que él nunca pudo ver, obnubilado por sus propios problemas, inconsciente de la fragilidad de la vida.
Mientras, pala a pala, llenaban de tierra el agujero donde ahora reposaba el ataúd de su madre, no podía evitar pensar en su sonrisa indómita, en su carácter arrojado, en la manera en que reía con fuerza sin importar quién la escuchara, en los besos que dedicaba a sus hijos como si aún fueran dos niños, en la paciencia y el amor que sentía por su esposo, incluso después de tantas décadas juntos. Nunca más vería su rostro dulce ni la viveza de sus ojos negros, y de pronto una inmensa desolación lo abrumó. El sentimiento de orfandad lo sacudió como un terremoto, y aún sabiendo que era un hombre autosuficiente sentía que sin su madre todo sería más difícil.
Volvió su vista hacia atrás, cada vez quedaban menos invitados. El entierro se convertía en algo exclusivo para los miembros más cercanos a Mikoto, todos aquellos ajenos a la familia habían mostrado su respeto con la presencia, pero ahora se habían marchado para dejar a los Uchiha la intimidad que necesitaban para ofrecer el último adiós. La única mirada distinta al negro absoluto que caracterizaba a su familia era la de su esposa: gris impoluta, casi blanca, rasgo distintitivo que poseían todos sus parientes directos. Contrastaba allí, no solo por ser el opuesto de sus ojos, sino porque a pesar de no poseer ninguna relación consanguínea, era la única que lloraba en silencio y abiertamente sin avergonzarse de su sentimiento.
Los Uchiha eran duros como rocas, y tenían la pasión de un volcán activo, por lo que el funeral había transcurrido entre la solemnidad respetuosa y el dolor tempestuoso. Pero Hinata Hyuuga no había perdido la dignidad, de la misma manera en que no había dejado de llorar ni un solo momento durante la ceremonia luctuosa. Había desarrollado un vínculo muy estrecho con su suegra tras siete años conviviendo con ella, su relación además de maternal se había convertido inclusive de amistad. Hinata encontró en Mikoto la madre que nunca pudo disfrutar y se apoyó en ella en sus momentos de soledad, perderla no sólo era un duro golpe para su marido, sino también para ella.
Los minutos pasaron tortuosamente lentos mientras llenaban de tierra la tumba de la matriarca Uchiha, y cuando la última pala llena de tierra selló definitivamente su lugar de descanso eterno, Itachi sintió desfallecer. Estaba agotado, física y emocionalmente. Con pasos lentos y cansados se dirigió hasta su esposa y la miró, recibiendo de vuelta una mirada cargada de emoción. Suavemente posó su frente en el hombro femenino, sintiendo pronto como sus largos dedos cubiertos con unos guantes de raso comenzaban a acariciar su cabello empapado por la lluvia. Inmediatamente se instaló en su pecho cierta sensación de calidez y sosiego, como a menudo pasaba cada vez que, víctima del estrés, decidía refugiarse en ella.
―Vámonos a casa ―pidió en voz baja, sonaba más a una súplica―, estoy agotado.
―Sí, cariño ―la escuchó sorber por la nariz y tomó su mano, con más fuerza de la que hubiera querido.
No tenía ánimos de lidiar con nadie más: ni con la histeria de Sasuke ni con el mal genio de su padre; lo único que quería era estar en su cama y dormir, soñar con los abrazos de su madre que nunca más volvería a sentir. Por un momento deseaba no ser el genio de la familia, no tener que encargarse de los asuntos escabrosos, sino ser un hombre común y corriente viviendo su duelo en paz. Pero sabía que el día siguiente tendría que volver al trabajo y pretender que la vida continuaba con la misma sintonía de antes, como si la melodía de su madre no se hubiese apagado para siempre.
Caminó de la mano de su esposa hasta que llegaron al auto aparcado a unos metros del mausoleo familiar, iba a conducir pero Hinata se le adelantó, prefirió no insistir en lo contrario, le venía bien. Ella condujo en silencio, manteniendo una velocidad prudente porque la lluvia parecía arreciar cada vez más. Los veinte minutos de trayecto pasaron más rápido de lo que pensó, y cuando menos lo imaginó habían detenido la marcha justo frente a la fachada de su casa.
Bajó y tomó de vuelta la mano de Hinata, sintiendo que tal vez sólo podría seguir adelante si era ella quien lo guiara. Volver a la casa donde había crecido sólo le traía más recuerdos, y por un momento deseó que su mente se apagara. Al entrar escuchó a Hana Mizuki ofrecerle té o algo para comer, y a Atsushi Fudo presentarle sus condolencias sinceras. Él agradeció sin emitir palabras, pero decidió continuar su camino a su habitación y sumergirse en sus pensamientos por largo rato.
―Voy… voy a prepararte un baño caliente, estás empapado ―dijo su esposa, abnegada, quitándose los guantes y dejándolos sobre la cómoda en donde tenía todos sus cosméticos.
Pieza por pieza fue quitándose la ropa, tirándolas a un rincón, de todas maneras su intención era tirarla. Quedó desnudo, su piel estaba fría producto de la prolongada exposición a la lluvia de otoño, y se veía mucho más pálido que de costumbre. Sus huesos dolían, calculaba que por la baja temperatura en la que se encontraba, por lo que un baño caliente le sentaría de maravilla para aliviar la sensación en su cuerpo. Entró al baño, la tina estaba casi llena con agua tibia y algunas burbujas, que adivinaba eran las sales y chucherías de baño que Hinata adoraba coleccionar, a sabiendas de que necesitaba el momento de mayor relajación posible.
Ella lo miró y apartó el rostro, sonrojada al mirarle desnudo con tan poco pudor. Se acercó para darle un beso en el hombro y se marchó, dejándolo solo. Metió la mano en el agua, la temperatura era ideal, pero antes de sumergirse se dirigió al lavamanos para tomar del cajón del espejo alguna pastilla que le aliviara la jaqueca. Buscó entre los diversos frasquitos la píldora que tuviera mayor potencia y efectividad, y al conseguirla la tomó. Sin querer tiró otro de los frascos y éste justo cayó en el cesto de basura. Se agachó para tomarlo, pero algo llamó su atención.
Era un objeto plano y alargado de color blanco, que conocía bastante bien porque, dos años atrás, solía comprar cinco o seis al mes. Hubo una época en la que, junto a Hinata, buscaban encarecidamente tener un bebé, pero tras un año de infructuosos intentos, decidieron abandonar la búsqueda activa y dejar que el tiempo dijera si debían ser padres o no. Dos años atrás compró la última caja de prueba de embarazo justo antes de tomar la decisión de no seguir intentándolo, y ahora un test aparecía de nuevo en su basura.
Lo levantó, curioso, y la respuesta lo sorprendió: el resultado era positivo.
Si era tal cual como creía, Hinata estaba embarazada. Llevaba en su vientre la semilla de amor que daría vida al hijo que por tanto tiempo habían anhelado, en pocos meses vería la carita del pequeño niño que soñaba, tal vez con los enormes y amorosos ojos de su madre, y el pelo oscuro y lacio como el suyo. Quizá sería una niña, dulce y traviesa, con la mirada pícara que solía tener su hermano menor cuando hacía alguna travesura.
Tomó del perchero su bata de baño, cubriendo su desnudez, e hizo un nudo en su cintura para asegurarla. No podía tomar ese baño caliente, no mientras tuviera la incertidumbre del significado de ese test y desde hacía cuánto su esposa lo sabía.
―¿Hinata? ―le llamó, sosteniendo el test, ella estaba de pie a su cómoda, desvistiéndose y sacándose las discretas joyas que había usado para la ceremonia fúnebre. Se giró para verlo de frente, cubriendo su cuerpo en ropa interior con el vestido que se había quitado instantes antes―, ¿qué es esto?
Le mostró la prueba y advirtió de inmediato cómo su expresión cambiaba por completo, un ligero rubor se asomó sobre sus pómulos, tal vez por la sensación de haber sido descubierta en un pequeño secreto que quiso ocultarle quién sabe por qué motivo. Pero la manera en que balbuceó sin saber exactamente qué decir, delató que era ella la dueña de la dichosa prueba.
―¿Estás embarazada?
La respuesta no fue la que esperaba.
La fémina rompió en llanto de manera inesperada, ahogando los sollozos que brotaban de su garganta contra la tela del vestido, sus hombros se convulsionaban con cada jadeo, haciendo que Itachi se quedara estático sin saber muy bien qué debía hacer. Si Hinata estaba embarazada era motivo de alegría, después de tantos años deseando ser madre finalmente obtenía la recompensa de su esfuerzo. Pero, no obstante, sólo lloraba desconsolada como si fuese una tragedia.
Después de unos instantes de incertidumbre y confusión, el Uchiha se acercó a su esposa y la salvaguardó entre sus brazos, hundiendo el rostro en su cabello mientras intentaba consolarla silenciosamente, pues no tenía palabras que le dieran aliento posible.
―¿Por qué lloras, cariño?
―Vamos… vamos a ser padres ―gimió quedito, intentando ahogar los sollozos que continuaban impidiéndole hablar con claridad.
Itachi tomó su rostro, limpiándole las lágrimas que lo habían empapado. Inclusive con los ojos enrojecidos e hinchados de haber estado llorando por tanto tiempo, ella lucía increíblemente hermosa.
―Soy el hombre más afortunado del mundo ―susurró y sintió algo tibio y húmedo en su rostro. La mirada llena de sorpresa de la fémina lo cautivó.
―Estás… llorando.
Al tocar sus mejillas se dio cuenta que era verdad: estaba llorando. No sabía por qué,
en definitiva no era por el duelo de su madre. Tal vez lloraba porque después de buscar toda la vida su lugar de paz, lo tenía allí mismo delante de su nariz. Iba a ser padre y por fin podría hacer lo que siempre quiso, dar amor a un niño de manera incondicional y abnegada, como toda criatura merecía.
―Sé que… esperamos mucho tiempo para esto ―murmuró la Hyuuga, acariciándole el pómulo dulcemente―, pero tengo tanto miedo.
―Yo también, cariño ―confesó, y amagó una sonrisa que se antojó triste.
―Lo único que me da un poco de paz es que tu madre lo supo. ―Hinata dejó caer otro par de lágrimas gruesas, recordando el rostro cargado de alegría y el abrazo efusivo de su suegra cuando le dio la buena noticia―. Supo que iba a ser abuela.
Esa sensación que se instaló en su pecho era agridulce, y a su mente acudió velozmente la imagen del rostro de su madre, cargado de tanta dicha. No la tendría allí para buscar su ayuda cuando sintiera que fallaba como padre, ni la vería sonreír con complicidad con su futuro hijo mientras él la acusara de mimarlo demasiado. Pero al menos tendría ese consuelo, por pequeño que fuera: ella murió sabiendo que sería abuela, que su hijo le daría los nietos que tanto tiempo anheló.
Sintió la caricia gentil de Hinata Hyuuga en su mejilla, mirándolo con una expresión que se le antojó demasiado triste y demasiado hermosa, sus ojos perlados estaban cargados de tanta emoción que lo abrumó y sólo atinó a obligarla a cerrarlos mientras besaba sus labios con desespero. La besó con la profunda tristeza que lo carcomía lento, la besó con la inmensa esperanza de que pronto una pequeña criatura estaría entre sus brazos haciéndolo mucho más feliz de lo que podía imaginar. La besó con todo el amor intenso, pasional, furioso y voraz que sentía por aquella mujer, por la futura madre de su hijo; la misma que años atrás había sido puesta a la fuerza en su camino.
Sus brazos delgados y fríos lo apretaron en un abrazo que sintió que duró eternamente.
Eterno… como el amor que sentía por ella.
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Escuchaba voces que se sentían lejanas y aunque hablaban su mismo idioma, no lograba entender qué era lo que decían. Intentó moverse, pero sus miembros se sentían laxos, pesados, como si estuviesen cosidos a su cuerpo pero no le pertenecieran; en su mente estaba consciente, aunque en una extraña nebulosa que le impedía pensar con claridad, pero su cuerpo parecía no reaccionar a lo que demandaba. Pensaba en abrir los ojos, ponerse de pie, necesitando entender qué hablaban las personas que escuchaba. ¿Era acaso una jugarreta de su cerebro? ¿Se estaba volviendo loca?
Poco a poco, haciendo un enorme esfuerzo por agudizar su oído, pudo por fin reconocer una voz femenina que pertenecía a su mejor amiga, Ino Yamanaka, se escuchaba desesperada y a ratos se quebraba al romper en llanto, poco duraba en medio de sus crisis y volvía con aparente rapidez a un estado de sosiego, como si luchara en vano por mantener la compostura. Como una película, se proyectó en su cabeza un recuerdo, uno de los momentos más lindos de su vida. El ocaso rosáceo reflejándose en el agua del océano, la brisa marina meciendo su cabello y la risa de su amiga, haciendo eco en sus oídos como un cántico angelical. Tenía un trago en una mano y un cigarrillo que no era de tabaco en la otra.
No había nada específicamente especial de ese momento, pero se había escapado con Ino a la playa durante un fin de semana, mintiéndole a su padre acerca de un congreso en la universidad.
No había nada especial de ese momento con Ino Yamanaka… sólo que fue la primera vez en toda su vida que se sintió libre.
Como dotada súbitamente de nuevas fuerzas, intentó abrir los ojos y su cuerpo por fin pareció responder a sus demandas. Sentía que sus párpados pensaban una tonelada, pero logró abrirlos a medias, encandilada por la luz que penetraba la estancia en la que se encontraba. Las figuras que se asomaron tan pronto se acostumbró a la iluminación eran, en principio, difusas, pero no tardó en advertir de quién se trataban.
Ino Yamanaka estaba sentada al pie de la cama, en un precioso baúl de estilo victoriano que siempre le gustó, a su lado estaba Temari, acariciando su espalda en un intento infructuoso de consolarla en sus crisis nerviosas. Shikamaru Nara estaba tan sólo a unos metros de ellas, lucía incómodo, parecía que estar allí implicaba un esfuerzo enorme para él. Ninguno de ellos se dio cuenta de que había abierto los ojos, permanecían enfrascados en su pequeña burbuja. En silencio, sin mover nada más que sus orbes grisáceas, se dirigió hacia el ventanal que se encontraba al costado de la habitación, y se encontró con algo que le robó el aliento.
Los ojos negros, brillantes, profundos y misteriosos de Sasuke Uchiha, que la contemplaba con su impasible faz, cruzado de brazos, incapaz de ser perturbado por nadie. Sus miradas se encontraron por breves instantes que le supieron a eternidad, y el morocho decidió recortar las distancias entre ellos. Por un instante se quedó estática, observándolo vacilar justo cuando llegó al pie de su lecho, y creyó que la tocaría, que tal vez la besaría aliviado de verla despierta y en sus cabales. Sin embargo, algo lo detuvo, y una extraña sensación se instaló en el pecho de la Hyuuga, una especie de amarga decepción de saber que aquello que compartieron, se había disipado con la misma prisa con la que apareció.
―¡Hinata! ―exclamó la rubia Yamanaka, quien se había quedado contemplando la escena al advertir que Sasuke se aproximaba a la cama. Tras unos instantes de silencio, y al descubrir que Uchiha no haría nada más, decidió carraspear la garganta.
―Nos tenías muy preocupados ―dijo Temari, yendo desde el otro extremo de la cama hasta sentarse allí y tomar su mano―. Voy a llamar al médico para avisarle que despertaste.
La Hyuuga intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas.
―No, no, por favor ―pidió con voz rasposa, carraspeando la garganta―. ¿Qué sucedió?
―Tuviste un ataque de pánico, el doctor tuvo que sedarte. Hace dos días ―murmuró Ino en respuesta, casi apartando al Uchiha para sentarse cerca de la morena―. ¿Recuerdas… recuerdas lo que pasó?
Se hizo el silencio.
Por supuesto que recordaba. El llanto, las risas maquiavélica, el sonido de los disparos y de su arma chasqueando mientras ella seguía intentando disparar después de haber vaciado el cargador. El amasijo de sesos, carne y hueso que quedó, el olor metálico instalado en el ambiente… el llanto de un bebé en su cabeza.
―Lo maté.
Nuevamente el silencio sepulcral se instaló entre los presentes, y la mirada grisácea de la Hyuuga viajó por todos los rostros para intentar averiguar lo que pensaban. Una mezcla de compasión e incomodidad dominaba la escena, como si todos estuviesen muy preocupados de lo que la pregunta a sus inquietudes podría causar en ella. Tenía vergüenza, por supuesto que sí, pero había algo más quemando sus entrañas que siquiera el más abrumador y oscuro de los secretos podía contra ello.
Por años creyó que todo estaba mal con ella, que su cuerpo había sido el causante de su pérdida, que nunca sería madre, tal vez no estaba en su destino. Una vez más, sin embargo, fue una víctima colateral de la guerra que la inmunda doble vida de su familia llevaba en silencio, que arrasaba con todo a su paso sin preocuparse por los cadáveres y la miseria que dejaban a su alrededor. Perdió a su hijo y a su esposo, y hasta hacía poco pensaba que era una jugarreta del universo que se negaba a verla feliz.
No era el universo, era su maldito apellido.
Sentía sus piernas débiles, pero eso no iba a detenerla en su agenda. Tenía un peso sobre sus hombros del que debía liberarse, sin importar el costo. No era la venganza, ni el odio lo que la motivaba; era simplemente el deseo de acabar con esa historia de una vez por todas. Su padre siempre tuvo razón: no tenía lo que se necesitaba para continuar con el legado familiar. No era una asesina, aunque los eventos recientes dijeran lo contrario, y tampoco estaba dispuesta a sacrificar su moral por la codicia que durante generaciones dominó a sus antepasados.
Iba a acabar con todo eso.
Se levantó, haciendo un esfuerzo que le robó el aliento, sin prestar atención a la voz de Ino que le suplicaba que se mantuviera en la cama. Estaba débil, agotada físicamente, pero no tenía más tiempo para perder.
―Hinata, por favor ―susurró la Yamanaka, intentando hacerla entrar en razón.
―No ―replicó, no pudo hacer nada para evitar que su voz se quebrara.
Apretó los puños y sus ojos grises, pálidos y llenos de vida se encontraron con los ojos negros de Sasuke Uchiha. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Nunca en su vida imaginó que su espíritu se conectaría con ese hombre frío, malévolo y distante que no se parecía en nada al alma tan pura de su esposo; pero sólo él, sólo Sasuke vibraba en la misma sintonía que ella. No hacía falta que dijera nada, no obstante él la entendía por completo, sabía lo que pasaba por su cabeza, sabía lo que su mente necesitaba para poder descansar definitivamente.
―¿Qué pasó con… con él? ―inquirió dudosa, su voz temblaba.
―Nos deshicimos del cuerpo ―respondió el Uchiha, dando una mirada de soslayo a Shikamaru Nara, que miraba a través de la ventana.
―Hinata, ¿sabes lo que esto significa? ―murmuró el Nara, sacando del bolsillo de su pantalón una cajetilla de cigarrillos y haciéndola girar entre sus dedos un par de veces antes de decidirse a sacar uno.
La Hyuuga asintió, no había que ser experta para conocer las consecuencias de sus actos. Ella había asesinado a un hombre que estaba metido en lo más oscuro de las redes de maldad, en un recoveco que ningún capo de la droga que conocía había querido meterse, porque era más turbio de lo que muchas personas podían manejar.
―Necesito que… que le envíen un mensaje a Akatsuki ―murmuró, dirigiendo su mirada hacia su amiga de la juventud, Ino, que había tomado su mano en un intento vano de contener su angustia―. Quiero que ellos sepan que fui yo.
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Sabaku no Temari jamás había sentido miedo, era una emoción que no iba con ella. Crecer en una familia donde no se le permitía dudar la obligó a no pensar las cosas demasiado, a vivir el momento sin importar cuán difícil o extraño fuera; sabía que, por la vida que había escogido, ese instante de vacilación era más que suficiente para arruinar completamente todo por lo que había trabajado. Por ello, jamás había sentido miedo, no podía permitírselo.
Aún así, desde hacía unos días atrás no podía sacarse del pecho esa sensación de que algo iba mal. Le oprimía constantemente y le quitaba la respiración en los momentos menos propicios, inclusive mientras dormía podía sentir cómo el oxígeno era insuficiente, y su cuerpo no reaccionaba de otra manera más que despertándose una y otra vez durante la noche. Su rostro, que se caracterizaba por ser jovial y esplendoroso, tenía unas gruesas ojeras oscuras ensombreciendo sus preciosos ojos verdes y delatando el poco descanso que tenía últimamente.
Al principio lo adjudicó a los eventos más recientes: había presenciado una muerte brutal. No era la primera que veía, pero sí la más cargada de emociones. Hinata Hyuuga había asesinado al mismo hombre que mató a su hijo no nacido y, posiblemente, a su esposo; y ello le había mostrado cuán vulnerable e impredecible la vida es. Mientras pensaba en la Hyuuga no podía evitar pensar en cuántas cosas había perdido en tan poco tiempo y cómo se mantenía en pie, lo que la hacía admirarla.
Pero algo de miedo también se cernía sobre ella por primera vez en su vida, no por la difícil guerra que estaban a punto de enfrentar, sino porque esta vez tenía mucho qué perder.
Mientras contemplaba el objeto en sus manos, de pronto todas las piezas calzaron. Sus emociones, sus miedos, sus dudas, sus vacilaciones… todo tenía sentido mientras observaba el plástico blanco y alargado entre sus dedos, que mostraba dos pequeñas rayas rojas.
Estaba embarazada y la simple idea de todo lo que eso conllevaba la hacía sentir deseos de llorar.
Inmersa en sus cavilaciones, no pudo evitar sobresaltarse cuando dos toques en la puerta la sorprendieron.
―¿Temari? ¿Puedo pasar? Necesito darme una ducha.
Esa voz melodiosa hizo que su corazón se acelerara, y guardó a toda prisa la prueba de embarazo en la pretina de su pantalón. No podía decirle a Ino lo que estaba pasando, no podía arriesgarse a perderla. La idea de mentirle le rompía el corazón, pero sabía que decirle que estaba esperando un hijo de su esposo en medio de aquellas circunstancias abrumadoras era mucho más de lo que la Yamanaka podía soportar.
Nunca antes había querido a alguien de la manera en que quería a Ino, nunca antes se había enamorado al punto de que la idea de no tenerla la llenaba de desesperación; pero la peor parte es que también sentía cosas por Shikamaru, también se sentía unida a él en una manera que no podía entender. De pronto, la idea del hilo rojo que unía a las almas gemelas no se le hacía tan lamentable como en el pasado. Pero, ¿era posible tener dos almas gemelas? Y lo que es peor aún: que esas almas gemelas se hubiesen encontrado antes de que ella llegara.
Con las manos temblorosas y luchando por mantener la compostura, abrió la puerta del baño y le sonrió a la mujer que llenaba sus pensamientos. Esta, con sus brillantes ojos azules que parecían desnudarla, la escudriñó, a sabiendas que algo sucedía.
―¿Está todo bien? ―inquirió, dudosa.
―Perfecto ―respondió Temari y, antes de que la Yamanaka pudiera decir algo más, le robó un beso en los labios que cambió por completo el hilo de sus ideas, haciéndola reír.
―Me baño rápido y podremos irnos a la oficina ―dijo, poniendo sus manos sobre las mejillas doradas de la primera mujer que le robaba el aliento de esa manera.
Temari asintió y se hizo a un lado para que Ino accediera al cuarto de baño de su pequeño apartamento, dándole una sonora nalgada que la hizo reír. Luego cerró la puerta y pasaron tan sólo unos instantes hasta que escuchó el ruido del agua de la ducha y un canturreo desafino lo acompañó, arrancándole una sonrisa boba. Ese pequeño momento la liberó de todas sus preocupaciones, que volvieron a aparecer tan abruptamente como se fueron al sentir de vuelta el test de embarazo.
Se apresuró en ir al cuarto, tenía poco tiempo, y tomó su teléfono celular. No tardó mucho en encontrar el número que necesitaba, y aunque la duda la sacudió, sabía que lo que hacía era lo correcto.
―¿Hola? ―dijo en voz baja, temerosa de que Ino escuchara, cuando una voz femenina atendió su llamada―. Quisiera agendar una cita… necesito practicarme un aborto.
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Como era costumbre ya, cada vez que estaba pensativa y le golpeaba la tristeza de su realidad, su apetito desaparecía por completo. Tenía varios días sobreviviendo a base de café, algún que otro trozo de pastel que dejaba a medio comer o algo de yogur. Su cuerpo no toleraba nada más, parecía que mientras su mente estuviera ahogándose con el recuerdo de sus seres amados, a quienes había perdido, su organismo no toleraba nada más.
Al bajar del auto, ataviada en un sencillo traje de dos piezas color negro y unas gafas de sol que ocultaban las ojeras que delataban su poco descanso, se apresuró en cruzar la calle para acceder al café en el que debía reunirse con Sabaku no Gaara. El insomnio era otro visitante recurrente. No podía dormir pensando en la serie de eventos que habían trastocado por completo su vida; aquella maldición que la poseía se había gestado desde mucho antes de su nacimiento, con el negocio ilícito de su familia. Pensar en que su vida había sido una completa mentira la llenaba de desespero, y que su esposo había hecho todo por mantenerla alejada de ese mundo, la llenaba de frustración.
Se sentía, una vez más, como la pequeña niña insegura y tímida, que veía cómo los demás tomaban decisiones en su nombre. Qué era lo mejor para ella, qué debía hacer, cómo debía reaccionar. ¿Cómo lidiaba con todo lo que sentía cuando, aún estando ignorante de todo lo que sucedía a su alrededor, había sido víctima de los actos de los demás?
Se negaba rotundamente a seguir siendo una espectadora silenciosa de lo que el destino le deparaba. A partir de ese momento, ella escribiría su propia historia.
Al entrar a la sencilla cafetería, el aroma la invadió y le dio una momentánea sensación de confort, la calidez del local le inspiró cierta paz y el recuerdo de su propia pastelería la embargó, formándole un nudo en la garganta. Sacudió la cabeza, su cabello negro se meció al hacerlo, y rápidamente buscó con la mirada a su socio, a quien encontró con gesto meditabundo sentado en una discreta mesa al fondo, con vista a la calle. Vestía de pies a cabeza de negro, con una polera de cuello alto que ocultaba por completo todos sus tatuajes.
A la Hyuuga le llamaba la atención la serenidad que reflejaba el rostro del pelirrojo, como si su mente estuviese ajena al caos que lo rodeaba, o si hubiese desarrollado una habilidad para desdoblarse y convertirse en imperturbable. En un momento dado, sus ojos grises se encontraron con los aguamarina del hombre, y se sumergió en la profundidad de los secretos que parecía ocultar. Ensimismada, no se dio cuenta de que quedó paralizada en medio del salón hasta que una amable camarera le ofreció ayuda. Con su característica cortesía le comunicó que alguien estaba esperándola y sin perder más tiempo, se dirigió a la mesa junto con el Sabaku no.
―Lamento la tardanza ―se disculpó la Hyuuga tan pronto llegó a la mesa y un ligero asentimiento del pelirrojo le restó por completo importancia al asunto―. ¿Hay alguna… alguna novedad?
―Nada aún ―murmuró en respuesta, con su voz grave, volviendo a fijar la vista en el pacífico exterior―. Está todo muy calmado aún, pero tenemos gente vigilando todos nuestros flancos para asegurar que no nos tomen desprevenidos.
―¿Es posible que lo dejen estar? ―preguntó dubitativa, albergando en su interior una chispa de esperanza. Le carcomía la cabeza pensar de qué forma se vengarían, a quién querrían dañar para destruirla completamente.
Había doblado sus esfuerzos en proteger a su hermana y a su primo, aunque sabía que ellos no necesitaban protección en absoluto. Eran sus familiares directos, sería la manera más sencilla de herirla y sabía que irían a por ellos. Hiashi, su padre, era inalcanzable, por lo que sabía que no debía preocuparse por él. Pensaba también en Akane, la hija de Ino Yamanaka, su mano derecha, y la posibilidad de que pudiera resultar herida en medio de ese fuego cruzado. La sola idea de que alguien sufriera por su culpa la destrozaba.
―No lo creo ―respondió el Sabaku no, esbozando una mueca pero la Hyuuga no sabía si de duda o de condescendencia hacia ella.
Odiaba la manera en que la veían desde que habían descubierto la muerte de su hijo, esa que se había esforzado tanto en ocultar.
De un momento a otro, el gesto siempre sereno del joven Sabaku no, se transformó en una máscara de sorpresa. Como si el mundo se hubiese detenido para ellos, contempló casi en cámara lenta una motocicleta negra acercarse a toda velocidad por la antes calmada calle; iban dos personas en ella, y el que iba detrás sostenía un arma larga. Fue cuestión de milésimas de segundos, pero su vida pasó delante de sus ojos como una película.
―¡Al suelo! ―gritó a todo pulmón, atrayendo la atención de todos los presentes.
Lo que pasó a continuación fue difícil de explicar: una ráfaga de balas atravesó el cristal del ventanal, rompiéndolo en mil pedazos, y una sinfonía de detonaciones, gritos, vidrios y caos llenó el ambiente con su melodía de destrucción.
Atinó a lanzar su cuerpo robusto sobre la viuda, tirándola al piso donde tenían menos probabilidades de ser impactados por una bala. Quedó por completo sobre ella, y sintió cómo las pequeñas manos se aferraban a su espalda como si fuese su última esperanza de vida. Debía aguantar, no podía dejar que la mataran. Se grabó en su pensamiento la idea de que esa mujer había sufrido tanto, era la imagen exacta del daño colateral que conllevaba esa vida de mierda y, de pronto, lo único que lo mantenía consciente era proteger a la Hyuuga aunque se le fuera la vida en ello.
Diez segundos después todo había terminado, pero se había instalado un ambiente de miedo y confusión. Al alzar la cabeza, vio el cuerpo ensangrentado de la amable camarera que había hablado con Hinata segundos antes, y la forma en que sus ojos vidriosos observaban la nada delató que estaba muerta.
Se levantó velozmente al darse cuenta de que todo había terminado, llevando consigo el tembloroso y ligero cuerpo de Hinata, que continuaba aferrada a él incapaz de abrir los ojos. La abrazó a su pecho y comenzó a caminar, a sabiendas que debía sacarla de allí y resguardarla en un lugar seguro.
―Necesitamos irnos ―susurró, sosteniéndola firmemente, y la sintió sollozar contra su pecho.
Dejando atrás la desolación y la destrucción que Akatsuki había provocado, la llevó hasta su auto, que estaba aparcado en la entrada del local, o más bien de las ruinas de éste. Algunas personas desde otros comercios se habían asomado, temerosos, al ver que se habían acabado los disparos. La subió velozmente al auto y tomó posesión del puesto de conductor, encendiendo el auto y saliendo de allí a toda velocidad, como diablo que ve a la cruz.
Se veía la preocupación entre los rostros de quienes empezaban a asomarse tras extenderse el silencio sepulcral que se había cernido sobre la calle, sólo se escuchaba el ronroneo del motor del auto y, en la cabeza de Gaara, un ruidito molesto y constante empezaba a taladrar sus oídos.
―¿Estás herida? ―preguntó, mirándola de reojo.
Hinata estaba conmocionada, tenía una herida en su mejilla, como si un cristal la hubiese rozado, y un delgado hilo de sangre caía hasta su barbilla. Su rostro estaba más pálido que de costumbre, dándole un aspecto casi fantasmagórico, y por la manera en que sus labios temblaban Gaara podía darse cuenta que estaba al borde de un colapso. Balbuceó, incapaz de decir nada, ni siquiera podía llorar.
El pelirrojo maldijo por lo bajo, inclusive él podía sentir la sangre correr por todo su cuerpo por el arrebato de adrenalina, pero estaba acostumbrado a que sucedieran cosas así, era parte de su vida. Pero estaba seguro que Hinata nunca había experimentado una situación semejante y sabía que era un evento traumático, por lo que no tuvo más remedio que aparcar el auto a un costado de la vía y se inclinó sobre la fémina, rodeándola con sus brazos y apretándola fuertemente, sin hacerle daño, sólo lo suficiente para que ella pudiera volver a sentirse segura.
―Ya pasó, estás a salvo ahora ―susurró, y su aliento chocó contra el delicado cabello lacio que emanaba un adictivo aroma a lavanda.
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Shikamaru Nara tomó las llaves del automóvil tan pronto su llamada con Gaara se cortó. La noticia del tiroteo se había diseminado rápidamente y todos en la compañía escuchaban atentos y escandalizados las noticias sobre la desgracia ocurrida, donde dos personas habían perdido la vida y muchas más resultaron heridas. No fue complicado para él relacionar la fachada destruida del café con la reunión que Sabaku no Gaara y la magnate de la droga, Hinata Hyuuga, habían tenido allí mismo. Y mientras las múltiples fuentes de noticias especulaban sobre el hecho, él sabía exactamente qué había sucedido.
No se trataba de un ajuste de cuentas con la dueña del local ni una venganza de un esposo dolido, como se decía; todas las personas que estaban en ese lugar en ese preciso instante, fueron víctimas de los daños colaterales que trae consigo el mundo de mierda en el que habían decidido meterse, como si se tratara de un juego de niños. Habían ido a por Hinata, tal como se imaginaba que llegaría a suceder tarde o temprano, estaban buscando su cabeza para tenerla de trofeo y no pararían hasta obtenerla. Y ellos debían protegerla a todo costo.
Pensó de pronto en que Hinata no era la única que necesitaba protección. Ciertamente, ella era el premio mayor que todos se disputaban, pero no era la única víctima que podría cargarse Akatsuki. Ellos aniquilarían y destruirían las vidas que fueran necesarias con tal de llegar a la Hyuuga, ya lo habían hecho anteriormente matando a su hijo y a su esposo. Un doloroso escalofrío logró que los vellos de su cuerpo se erizaran pensando en la posibilidad de que su propia hija, su pequeña Akane, fruto de su amor con Ino, pagara las consecuencias de los irresponsables actos de su padre. Supo entonces que debía hacer lo posible para sacarla del fuego cruzado antes de que se convirtiera en una memoria más que la mafia se habría llevado.
Mientras se dirigía al elevador, se cruzó con la imagen de su esposa, alterada, siendo consolada por Sabaku no Temari, aquella impactante rubia que últimamente rondaba su cabeza más de lo que debería. Acariciaba el largo cabello de Ino mientras le susurraba alguna frase de consuelo al oído.
―¿Has sabido algo? ―inquirió Ino nada más ver al moreno llegar, extendiendo su mano hacia él, que se aproximó hacia ambas féminas y las envolvió entre sus brazos.
Su mano amplia acarició la espalda de Temari, quien se tensó inmediatamente al tacto y le lanzó una mirada cargada de emoción con aquellos ojos verde musgo que parecían contar mil historias en silencio. Ino, sintiendo la tensión entre ellos, los apretó estrechando el abrazo, deseando la protección y la tranquilidad que le brindaba estar entre las dos personas que amaba y deseaba locamente.
―Hinata está con Gaara, ambos están bien ―respondió, su voz sonaba grave, tal vez por las emociones que le generaban ambas mujeres y la posibilidad que las personas que contemplaban la escena empezaran a atar los cabos de la relación particular que compartían―. Debo ir a reunirme con ellos. Necesito que vayas con Akane y tus padres, y les digas que se la lleven un tiempo fuera del país.
Ino sintió sus ojos celestes llenarse de lágrimas, pero ni una de ellas continuó su camino por sus mejillas pálidas. Debía mantener la cordura para proteger a su pequeña hija, era su única opción, de manera que asintió sin decir nada más y sonrió cuando su esposo le besó la frente.
―Voy contigo ―dijo Temari, admirando la fortaleza de la hermosa rubia.
―No, necesito que vayas con Shikamaru y te asegures de que Hinata está bien ―pidió en respuesta, colocando sus manos sobre las mejillas de la Sabaku―. Está muy frágil con todo lo que está sucediendo… necesito que estés para ella.
Temari observó sus ojos por unos instantes, pero finalmente asintió.
Su corazón latía desbocado ante la idea de todo lo que sucedía con Hinata y la pérdida de su hijo, de cómo había llevado esa cruz en absoluto silencio, ocultándolo durante años. ¿Qué sentiría? ¿Cómo se lograba seguir tras perder un bebé? Resistió el impulso de tocar su vientre, preguntándose si abortarlo era realmente la única opción para alguien como ella.
Shikamaru se desprendió de ellas y le hizo un gesto a Temari, que besó la mejilla de la Yamanaka y decidió seguir con paso firme al Nara. Una vez dentro del elevador, las puertas se cerraron delante de sus ojos, dejando atrás la imagen de Ino que les veía aún con miedo por lo que estaba sucediendo. Cargado de una emoción que le costaba controlar, el Nara se dio vuelta hacia Temari, tomó su precioso rostro entre sus amplias manos y la besó, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros y una violenta sacudida de miedo lo avasalló. Sentía paz y consuelo besando los labios de aquella mujer, la misma que su propia esposa también amaba, y que en ese momento correspondía su beso con tanta pasión que el universo entero pareció detenerse para pudieran volcar todo lo que tenían en el pecho en ese beso.
La calidez de unas lágrimas empaparon sus manos y, al separarse, vio por primera vez desde que la conocía, vulnerabilidad en los ojos de Temari. Lloraba, y no pudo hacer más que abrazarla.
―Estoy embarazada, Shikamaru ―sollozó―. Y no sé si Ino vaya a perdonarme.
Nara se caracterizaba por ser un genio, por su pensamiento crítico y de avanzada que le había dado renombre en su carrera, por ser un increíble estratega de las finanzas. Pero en ese momento, toda su inteligencia no servía de nada.
―Ino te ama, lo sabes ―murmuró, besando la cabeza de la fémina, buscando ofrecerle consuelo a su miedo aunque él mismo estuviera preocupado―. ¿Qué piensas hacer con el bebé?
―Creo que voy a abortar.
Era lo más sensato, sí. Entonces, ¿por qué le rompía el corazón?
―Sea lo que sea que decidas, yo voy a estar para ti ―dijo, haciendo un esfuerzo para que su voz no se quebrara.
Quería a esa problemática mujer, quería también a su problemática esposa y ahora quería al hijo que Temari estaba esperando. Y no había estrategia capaz de dictarle el camino en esa situación.
