Ginny Weasley entra a la biblioteca dando fuertes pisadas. La señora Pince la mira furiosa desde su lugar, pero la muchacha no se inmuta y se acerca con decisión a la mesa donde ella se encuentra.

Hermione quiere desaparecer.

—Te necesitamos —dice Ginny con seriedad mientras apoya su peso sobre la mesa repleta de libros. Está vistiendo su ropa para hacer ejercicio, sin embargo, se ve impecable. Hermione la mira con suspicacia y Ginny añade—: Ocurrió una emergencia. Te lo explicaré en el camino.

—Estoy estudiando —replica Hermione en un susurro mientras levanta el libro que está (o estaba) leyendo.

Ginny se lo quita de un tirón y dobla una página antes de colocarlo en una de las pilas de libros.

—Es una emergencia —insiste ella con aplomo. Su tono es serio y formal, y Hermione empieza a creer que algo malo ha pasado.

Tiene que averiguar que es lo que la tiene tan angustiada.

—¿Harry y Ron…?

—En problemas, graves problemas —la interrumpe Ginny.

No lo duda más y se pone de pie. Guarda sus cosas descuidadamente en la mochila y, junto a Ginny, salen de la biblioteca dando grandes zancadas. Ginny va adelante, guiando el camino, y Hermione pronto se da cuenta de que su amiga la está llevando hacia las canchas de fútbol y vóley. Su curiosidad aumenta mientras apresura la velocidad de sus pasos. ¿Qué había pasado? ¿Harry y Ron habrían tenido un violento accidente mientras practicaban?

A pesar de que está caminando a toda velocidad, es Ginny quien llega primero hacia las puertas de metal. Le hace grandes señas para que se apresure y Hermione empieza a correr, casi sintiendo que va a morirse de la preocupación.

Ginny va hacia las gradas, donde se encuentran Harry, Ron, otros integrantes del equipo de vóley mixto de la universidad, y —su respiración se corta por unos instantes— la mujer más hermosa que Hermione ha visto en toda su vida.

Ella es alta y esbelta, tiene el cabello rubio, largo y brillante. Se ve tan suave y sedoso que Hermione quiere estirar una mano para tocarlo. La mujer está usando un vestido sencillo, es de tiras y de color blanco, pero le queda espectacular, sobre todo su escote… Ella se gira cuando sus amigos sueltan gritos emocionados y sus ojos azules —como el cielo— recaen en Hermione.

Después de unos segundos de silencioso contacto visual, ella le sonríe y Hermione casi siente que puede morir al ver a esos labios rosados curvarse por ella.

Sus mejillas arden como el infierno, así que aparta la mirada de ella para centrarse en su amiga. Quiere una explicación.

Sin embargo, no tiene tiempo para hacer preguntas porque Harry y Ron van corriendo hacia ella y, cuando la alcanzan, la sostienen por los hombros, obstaculizando su visión de la guapa mujer. Quiere golpearlos.

—Sálvanos —ruega Harry.

—Haremos lo que nos pidas —añade Ron.

Sus amigos solo consiguen confundirla más. No entiende cual es la emergencia y por más que lo piensa —lo que supone un esfuerzo descomunal, porque la imagen de la mujer no abandona su mente— no halla una respuesta. ¿Por qué Ginny la llevó allí? ¿Cuál es el problema que requiere de su ayuda con suma urgencia? ¿Por qué Harry y Ron se ven tan desesperados?

—¿Qué…? —Pero su pregunta se pierde en su garganta cuando una mano se cierra en su brazo. Se gira para mirar al responsable y se encuentra con la cara cubierta de pecas de Ginny. La mira con el ceño fruncido, exigiendo una explicación.

Ella parece comprenderlo de inmediato, porque la jala y la obliga a alejarse un poco de la mujer. Harry y Ron van detrás de ella, sin dejar de mirar hacia atrás. La mujer rubia, por su parte, no deja de sonreír en ningún instante.

—Se llama Fleur Delacour —explica Ginny en voz baja— y es una estudiante de intercambio.

—Viene de Francia —agrega Ron.

—Y no habla nuestro idioma —añade Harry.

—Y no deja de decir cosas raras —completa Ginny—. No la entendemos ni ella nos entiende. Nos parece que está buscando un lugar…

—O nos está pidiendo que le enseñemos la universidad, ¡no lo sé, habla muy rápido y no comprendo lo que dice! —Harry se lleva las manos a la cabeza y despeina más su cabello negro. Hermione cree que es una reacción exagerada.

—Y tú sabes francés. —Ron la apunta con un dedo y Ginny asiente con vehemencia.

—Yo no sé…

—Oh, sí. ¡Por supuesto que hablas francés, pasaste el último verano en Francia! —la interrumpe Harry.

—Solo fueron unas semanas —objeta Hermione, comprendiendo al fin la razón por la que está allí—. Y no soy buena, apenas tuve la oportunidad de practicarlo. No les sirvo. Será mejor que la lleven con alguien más… Con Malfoy, puede ser. ¿Su madre no es francesa o algo así?

—No es su madre, es su abuelo. Sí, él sabe francés, pero… ¿Tú la has visto? ¡No vamos a dejarla sola con ese degenerado! —salta Ginny.

En esa ocasión no puede decir que su amiga está exagerando. Se estremece de solo pensar en dejar que Fleur —su nombre es igual de hermoso que ella— se las arregle sola con Malfoy y sus amigos.

Sin embargo, eso no quiere decir que Hermione quiera hacerse cargo de ella. No está mintiendo al decir que su francés no es bueno, de hecho, ¡apenas puede decir «hola», «adiós» y algunas otras frases necesarias para sobrevivir! En definitiva, Hermione no puede ser la interprete de una francesa perdida. No, no.

Entonces, ¿por qué le cuesta tanto seguir negándose cuando sus amigos se lo suplican encarecidamente? Harry, Ron y Ginny no dejan de mirarla con anhelo, apretando sus manos con fuerzas mientras susurran promesas que Hermione sabe que no cumplirán, pero que se escuchan absolutamente sinceras. Al final no puede seguir haciéndose la dura y asiente, echando un suspiro. Parece que sus amigos están a punto de ponerse a llorar.

—Perfecto, estoy segura de que van a llevarse fenomenal —dice Ginny, tomándola otra vez por el brazo y caminando hacia Fleur con una enorme sonrisa en el rostro—. Fleur —llama cuando están a su altura y la mujer las mira y sonríe ampliamente. Hermione se derrite—, ella es Hermione Granger. Habla tu idioma y seguro que resolverá todas tus dudas. Hermione, ella es Fleur Delacour, ¡es simpatiquísima! Perfecto, ya se conocen. Ahora, si me disculpan…

Y regresa corriendo hacia donde están sus amigos. Hermione se gira en el momento exacto en que sus tres amigos huyen —no tiene otra forma de describirlo— de ellas. Observa cómo se reúnen junto al resto del equipo de voy y se muerde el labio inferior. Ahora no quiere golpearlos, está resuelta a hacerlo.

Hola, Hermione.

Siente un extraño cosquilleo en la nuca y vuelve hacia adelante. Es la primera vez que escucha a Fleur hablar y le encanta su acento, además de la forma en la que pronuncia su nombre. Siente a sus mejillas arder con más intensidad.

Fleur, es… un placer —responde, esforzándose para que su voz no delate su nerviosismo. Se aclara la garganta y añade con mucha más seriedad—: ¿Qué puedo hacer por ti?

Resulta que las suposiciones de Harry no están tan alejadas de la realidad. Fleur es una estudiante de intercambio, viene de Beauxbatons, una universidad en Francia, y es su primer día, así que está perdida en las instalaciones de Hogwarts.

Hermione acepta ayudarla de buena gana —toda la persuasión que necesita la ha encontrado en el escote de su vestido, el mismo que no puede dejar de mirar—, pero antes de empezar a recorrer las facultades y distintos edificios, decide que lo mejor será comer algo. No le cuesta convencerla y las dos parten a uno de los restaurantes que bordean la universidad.

Fleur es preciosa, majestuosa, deslumbrante y llama demasiado la atención. A Hermione no se le escapa el hecho de que la gente la mira con embeleso cuando camina y sonríe, mirando a sus alrededores con sorpresa. Algunos hombres sueltan silbidos en su dirección y gritan cosas que irritan a Hermione, y que provocan que tome a Fleur por el brazo y la aleje de ellos dando grandes zancadas, a pesar de que sabe que Fleur no entiende ni una sola palabra. Ella no se suelta de su agarre ni muestra el mejor signo de incomodidad y Hermione lo agradece silenciosamente, porque no quiere privar a sus manos de esa sensación tan maravillosa como lo es tocar la suave piel de Fleur.

Hermione es más baja que Fleur y está feliz por eso, porque su corta estatura le proporciona una vista más que favorecedora del escote de Fleur. Su piel blanca y tersa es una tentación, y no entiende porqué, pero le gustaría jalar del vestido y comprobar si sus fantasías tienen algo de realidad…

Entonces, una carta se extiende en su dirección y la arranca de sus pensamientos. Hermione parpadea varias veces y mira a su alrededor, sorprendida. No recuerda haber entrado en un restaurante ni mucho menos haberse sentado en una de las mesas. Levanta la vista y se encuentra con el rostro sonriente de un camarero.

Ordena algo para ella —lo primero que se le ocurre— y para Fleur, quién tiene problemas para leer una carta que no está en su idioma. Se quedan en silencio mientras esperan. Hermione tiene los codos apoyados en la mesa y la vista clavada al frente, hacía un punto detrás de Fleur, pero no puede evitar que sus ojos se desvíen hacia sus senos.

Tiene que parar, tiene que detenerse. No está actuando muy diferente de los hombres a los que desprecia. Está pensando como ellos y nada le asquea más que reducir a Fleur a un pedazo de carne.

Traga saliva e intenta empezar una conversación casual, conocerla mejor. Fleur responde sus preguntas con gusto y Hermione se concentra en ella, la mira a la cara con atención mientras se lleva la comida a la boca. Eso le funcionó bien al principio y la ayudó a pensar en algo que no fuera el escote de Fleur, pero no demora en desencadenar una nueva adicción: sus labios gruesos y rosados.

Hermione cambiaría de buena gana todo el oro del mundo por un beso de esa boca.

Es imposible, se recuerda mientras abandona el restaurante con Fleur a su lado. Ella es demasiado hermosa como para fijarse en alguien como Hermione. Así que se esfuerza por mantener los pies en la tierra mientras lleva a Fleur en un paseo por las diferentes facultades que componen la universidad.

Da breves descripciones —todo lo que le permite su limitado conocimiento del francés— sobre el plantel, y cuenta historias y datos que le permitan sobrevivir en ese nuevo ambiente. Le explica las reglas básicas para la supervivencia en Hogwarts, le habla del taller de teatro y fotografía, de los equipos deportivos, de la extensa biblioteca y de la propia historia de la universidad, que es una de las más antiguas e importantes del país. Le alegra comprobar que Fleur lo entiende todo.

Sin embargo, Hermione no cuenta con que presentarle Hogwarts a Fleur equivaldría toda su tarde. Para cuando la travesía termina, el sol ya se está ocultando en el cielo, siendo reemplazado por la noche. Las luces de los postes se encienden y Hermione recuerda que se ha saltados dos clases importantes, aunque no está demasiado disgustada por eso.

Le preocupan más Fleur y el hecho de que tampoco conozca la ciudad.

¿Dónde vives?

Fleur la mira y sonríe, y Hermione jura que esa sonrisa es totalmente diferente a todas las que ella le ha mostrado antes, aunque le es imposible descifrar su significado. Aprieta los labios y oye la respuesta de Fleur. Asiente y emprenden el camino hacia la salida, llaman a un taxi y Hermione sube con ella en el asiento posterior. No quiere que se pierda en la búsqueda de su departamento.

Fleur cruza las piernas, peina su cabello hacia atrás y la mira fijamente mientras habla de la ciudad. Y Hermione quiere escucharla y darle la atención que se merece, pero le es difícil —imposible— ser razonable cuando Fleur no deja de inclinarse hacia ella para señalar por la ventana del auto. No quiere mirar como la está mirando, pero ¿qué otra opción tiene cuando el objeto de su deseo está a solo centímetros de sus ojos?

El descabellado pensamiento de que Fleur lo hace a propósito llega a su mente, pero lo desestima con rapidez. Aunque, piensa con amargura, probablemente lo haga solo para divertirse. Fleur es preciosa y Hermione es una chica común. ¿En qué universo alguien como Fleur se fijaría en alguien como ella?

Cuando menos se lo espera, el taxi se detiene en la dirección señalada. Hermione se baja y descubre que hay varios edificios a su alrededor. Después de una rápida investigación, llega a la conclusión de que está en un condominio bastante bonito. Ha visto un parque infantil y una cancha de loza, donde un grupo de adolescentes enérgicos juegan al futbol.

El taxi se marcha y Fleur la llama.

¿Puedo invitarte? —le pregunta ella con lentitud, señalando hacia uno de los edificios.

Su cuerpo tiembla al escuchar esa voz y le es imposible decir que no. Asiente y, para su entera sorpresa, Fleur la toma de la mano y la guía hacia una de las rejas.

Hermione ya no tiene consciencia de lo que hace, es como si sus piernas se movieran por si solas. El ardor en su rostro se incrementa cuando la mano de Fleur la suelta para colocarse en su espalda y empezar a dibujar círculos en ella. Traga saliva y continúa subiendo por las escaleras, resistiéndose a mirarla.

Está pensando en algo, pero le parece una locura inconcebible. Probablemente solo lo esté malinterpretando todo.

Fleur se detiene en el quinto piso y se apresura hacia una de las puertas. Hermione no tiene tiempo de preguntarse si realmente eso es una buena idea porque, cuando menos se lo espera, ella ya la está empujando dentro.

Las luces se encienden a la par que se escucha a la puerta cerrarse. Hermione pretende echar un vistazo a la sala, pero antes de que pudiera llevar a cabo su plan, un brazo envuelve su cintura y un cuerpo la abraza por detrás. Su mente se queda en blanco cuando siente ese pecho voluptuoso presionarse su espalda.

¿Qué es lo que quieres comer? —susurra Fleur contra su oreja, enviando millones de sensaciones por el entumecido cuerpo de Hermione.

Y, a pesar de que se encuentra completamente desarmada, se las arregla para responder:

A ti.

No recuerda otro momento en su vida en el que hubiera pronunciado el francés con tanta fluidez.

Cae de espaldas en el mullido colchón y se apresura a sentarse sobre la orilla. Fleur Delacour está delante de ella, mirándola con avidez. Sus ojos azules la escanean de arriba abajo mientras se relame los labios.

Hermione la mira con decisión. Se muere de ganas porque la mujer se suba a la cama, pero al mismo tiempo quiere disfrutar de la encantadora vista que significa tener a Fleur Delacour mirándola con deseo, con ansias, con hambre.

Casi no puede creer su buena suerte.

Ella se adelanta y la besa. Es el segundo beso de la noche y el más húmedo. Poco a poco, Fleur empieza a trepar por su regazo y Hermione toma sus piernas con las manos, estabilizándola en su lugar. Sus manos se mueven por debajo de su vestido, acariciando su suave piel, y siente a Fleur temblar con cada roce mientras muerde sus labios.

El sabor de la sangre en su boca es el incentivo que no sabe que necesita. Clava las uñas en su piel y —haciendo uso de una fuerza desconocida— la levanta para luego dejarla caer de espaldas sobre las sábanas. El vestido se ha corrido por el movimiento, dejando a la vista sus pálidos muslos.

Sin embargo, el verdadero motivo de su atención es su pecho. Los senos de Fleur luchan por escapar del vestido y Hermione se muere de ganas por ser su libertadora. Traga saliva, se quita la camisa, buscando deshacerse del apremiante calor, y la deja caer. Se inclina hacia el frente y sus labios se encuentran nuevamente con los de Fleur. La besa con tanta necesidad que tiene el descabellado pensamiento de que su cuerpo está siendo controlado por el de otra persona. Ella no es así, ella nunca ha sido así, pero la vista de Fleur, sonrojada y sonriente, está haciendo cosas impensables con ella.

Conduce sus manos por la esbelta figura de Fleur, disfrutando de los hermosos sonidos que arranca de su boca con cada toque. Le encanta Fleur y quiere tocar el motivo de su adoración, pero una parte de ella quiere continuar extendiendo el momento. Es una decisión incomprensible, igual que todas las que ha hecho esa noche.

Entonces, siente a dos manos acariciar su cintura y no puede contener el temblor de su cuerpo. Corta el beso para mirar a Felir y descubre que ella tiene una sonrisa diabólica en su hermoso rostro; Hermione comprende rápidamente que ella no dejará que tome todo el control. Sonríe también, porque presentía que una cosa como esa sucedería en cualquier instante.

Fleur le arranca la blusa y el pantalón, y Hermione le quita el vestido. Las dos se miran intensamente, retándose a dar el siguiente paso. Hermione, sentada a horcajadas sobre el vientre plano de Fleur, se arma de valor y se lanza sobre su cuello. Fleur le devuelve el beso, sus manos la tocan por encima de la ropa interior y Hermione suelta el sonido más erótico que ha hecho en su vida.

¿Amor? —susurra Fleur en su oreja. Su voz está cargada de deseo—. ¿Qué sucede, amor?

Hermione tiene que admitir que ella es muy buena actriz, porque por un segundo cree en la inocencia de su tono. Sonríe otra vez y muerde la piel expuesta. Fleur gime de vuelta y esa es la señal que toma para deslizar la mano por su espalda y desabrochar su sostén.

Sus senos son liberados sus ataduras y Hermione siente como si se hubiera quedado sin respiración. Los mira y siente a la excitación recorrerla como el veneno en la sangre. Son perfectos: enormes, redondos y firmes. Sus pezones erectos son una tentación a la que Hermione no puede resistirse. Inclina la cabeza hacia el frente y captura uno con sus labios, chupándolo y mordiendo, mientras su mano libre se cierra sobre el otro. Son suaves y sensibles, descubre, pues Fleur se encuentra totalmente extasiada bajo su cuerpo.

Lleva su mano hasta la ropa interior de ella y la mete debajo, disfrutando de lo fácil que se desliza sobre sus pliegues húmedos. Juguetea con ella, deleitándose con los gemidos necesitados e inmorales que brotan de los labios de Fleur, pero —cuando las uñas de la mujer se clavan en su espalda, en una clara advertencia— comprende que el juego debe terminar.

Sonríe mientras muerde el duro pezón e introduce dos dedos dentro de Fleur. Ella gime aún más fuerte, arqueando la espalda y clavando con frenesí las uñas en su piel, rasgando y destrozando su carne. Hermione mueve sus dedos con rapidez, ignorando el creciente dolor de su espalda y disfrutando del espectáculo.

Su cabeza descansa sobre el brazo estirado de Fleur y su brazo está envuelto posesivamente en esa estrecha cintura. También ha colocado su pierna encima de las de su compañera de cama. Quiere mantenerse así por toda la eternidad: con el olor a rosas impregnando su nariz mientras sus ojos se deleitan con la vista de esa diosa desnuda.

No tiene idea de la hora y no le importa, de la misma forma que no le preocupa haberse saltado dos clases esa tarde y tampoco el hecho de que tendrá que usar ropa de cuello alto si no quiere que las marcas en su piel la delaten. Aunque no tiene duda de que sus amigos terminarán por sacar acertadas conclusiones, ellos tienen el don de descubrirlo todo. Son unos malditos chismosos con talento para desentrañar misterios.

El pecho de Fleur sube y baja, y Hermione lleva su mirada hacia arriba. Hay una sonrisa gigantesca en los labios de Fleur y por sus ojos asoman lágrimas cristalinas.

Hermione no entiende porque actúa así.

Hasta que la escucha.

—¿Estás bien, amor?

El alma se le cae a los pies.

—¿Qué-qué?

—Nada —responde Fleur con tranquilidad, mirando al techo fijamente. Se queda callada por unos segundos, hasta que no puede seguir conteniéndose y ríe a carcajadas.

Hermione se siente estúpida.

—¿Tú…? ¿Tú hablas…? ¿Tú sabes…?

Fleur la mira con diversión.

—Por supuesto que sé. Ni siquiera me habrían dejado participar en el intercambio si no supiera inglés.

—Entonces, ¿por qué…?

—Estaba aburrida —responde Fleur con simpleza, chocando su frente contra la de Hermione— y perdida. Y tus amigos se veían como buena gente, así que no quise decirles que era una broma después de lo mucho que se preocuparon por mí.

» Fuiste mi salvación, Hermione, aunque… Bueno, las cosas terminaron mejor de lo que habría esperado. ¿Te quedas a dormir esta noche?

A pesar de lo humillada que se siente, no tiene el valor para decir que no.