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¿ME AMARÍAS POR EL PLACER DE HACERLO?

El mundo era un perfecto caos de histeria por la impactante noticia de una extinción global. Los gobiernos se derrumbaron en la desesperación y sin recursos para evacuar a la población, su destino estaba sellado.

El cielo estaba quieto. Imperturbable a lo que pasaba en las ciudades. Sus colores se deslizaban en el dorado y rosado de un atardecer, con las nubes paseándose con tranquilidad. Poco a poco la noche venía empujando al Sol, para terminar el último día de la raza humana.

México se había alejado de las grandes urbes sabiendo que no podía hacer nada. Sus pies pasaron entre las espigas de trigo de un terreno que fue abandonado en medio del alboroto. La mirada de Rosalía se fijó en el punto brillante en el cielo rosado, el meteorito (que fue bautizado por el Internet como Hela) que media once kilómetros de largo, el tamaño para extinguir más de ochenta por ciento de la flora y fauna existentes. Desde donde lo veía, era solo un punto brillante que se podría confundir con una estrella y que no era más grande que la mariquita que pasaba a su lado. No lucía como algo que los mataría a todos, era extraño pensar que después de tantos siglos, sufrirían el mismo destino final que los dinosaurios.

— ¿Disfrutando de la vista?

China se paró a su lado con una mirada suave hacia el cielo. México esbozó una sonrisa al mismo tiempo que pasaba sus manos por encima de las espigas, le producían comezón.

— No creo que pueda ver algo más — contestó Rosalía. La tranquilidad tarareaba en sus oídos y el aire limpio llenó sus pulmones.

Yao se volvió hacia a la mujer teniendo sus manos ocultas en sus mangas — Es difícil no mirar — dijo.

— ¿Los demás se han ido? — preguntó México notando que el punto ahora era tan grande como la mariquita que se alejó volando.

— León quiere estar con Emil. Los otros dijeron que tenían cosas que hacer antes de... — señaló el cielo con un gesto de completo desdén.

— ¿Y tú?

— Hable con ellos.

Rosalía movió algo de la tierra debajo de sus pies. Un largo silencio se produjo entre las viejas naciones. Sin importar cuantos milenios pasaran, nunca pronunciaron una palabra en exceso en sus conversaciones.

— ¿Y qué vas a hacer?

Esa era una buena pregunta. Esto fue repentino, no hubo tiempo para pensar o para asimilar lo que sería el final del mundo. Yao guardó silencio desviando sus ojos al campo de trigo que se extendía hasta al horizonte. El chino hundió sus hombros sin encontrar una respuesta — No lo sé. Es difícil pensar teniendo tantas voces en mi cabeza y que no puedo hacer nada para ayudar. No pensé que viviría para ver la destrucción de nuestro planeta.

— Bueno, más bien la destrucción del mundo como lo conocemos — contradijo Rosalía teniendo el valor de ver a su amigo a los ojos — Es como una terraformación, eso fue lo que les sucedió a nuestros amigos los dinosaurios. Pero si, supongo que es final para nosotros.

— Es una forma entusiasta de verlo — observó Yao pasando una de sus mangas en su rostro — Ser la base para otra oportunidad para los próximos. Encantador.

México dio una suave carcajada por el tono de China. El cielo se coloreó de un índigo breve que se tiño de un azul oscuro, ese meteorito podría camuflarse aun como una de las estrellas que comenzaban a salir. Solo que se movía. Ella se preguntó que seguiría para el planeta después del impacto, extrañamente no se sintió asustada ante la perspectiva de su muerte. México sabía que moriría en algún punto y estaba bien con eso, era el ciclo natural de todos los seres vivos incluyendo a las personificaciones. Después de tantos siglos de luchas, de batallas, desafíos y crisis, acabarían con el mismo final.

Hablando de finales poéticos. Ja.

— Quien sabe. Tal vez lo hagan mejor que nosotros.

— Ehhh — tarareó China — Eso suponiendo que sean inteligentes, en ese caso se pelearan entre ellos, aru.

México puso los ojos en blanco — Puedes ser tan... tú.

— ¿Sabio? ¿Amargado? ¿Realista? Vamos, me han descrito con varios adjetivos, elige uno.

— Me quedó con amargado — eso provocó un resoplido de la nación más vieja. México sonrió al causar la molestia de China, el hombre se relajó a su lado sin sentirse incómodo por la atmosfera, ninguno hizo un movimiento o poner distancia. Se quedaron entre la oscuridad de la noche que había consumido las fuentes de luz.

— Ya no hay electricidad — informó Rosalía tratando de distinguir la figura de Yao entre las penumbras — Las plantas eléctricas ya no tienen a nadie para que las atiendan.

— Existen los generadores, aru — dijo Yao — ¿Tienes uno por aquí?

Rosalía inclinó su cabeza tratando de escarbar entre sus recuerdos — Creo, no lo sé. Hace un tiempo que no vengo...desde que algunos de los nuestros desaparecieron.

Las naciones se alzaban y caían. En los últimos años era inevitable que algunas naciones de desmoronaran y crearan nuevas representaciones después de años de diplomacia o de quiebres económicos. Varios países de Medio Oriente se reorganizaron, los únicos que sobrevivieron a eso fueron Arabia e Israel cuando los demás se volvieron polvo. Las caídas económicas terminaron con Venezuela, Líbano, Inglaterra y Honduras. El continente asiático sufrió severos cambios que acabo en la unificación de gobiernos, varios de ellos sobrevivieron y otros no lo hicieron. La humanidad había logrado un convenio de paz, no era perfecto y estaba lejos de la paz mundial, pero en definitiva el mundo era mejor que antes.

Las potencias del siglo veintiuno ya no lo eran y fueron desplazadas por las naciones emergentes. Argentina, India, Vietnam, China, Sudáfrica, Brasil y México eran los que lideraban los avances del mundo, todo eso en menos de un siglo. Las cosas cambiaban constantemente, pero no con la velocidad suficiente para crear la tecnología para viajar entre planetas o explotar ese meteoro.

— ¿Han dicho cuanto tiempo queda? — preguntó China de repente.

— Unas horas, unas cinco para que entre a la atmosfera — contestó la mexicana algo preocupada por el tono que uso el asiático.

China miró al cielo nocturno, imaginando escenarios en que algo milagroso los salvara, tal y como sucedía en las películas. Creando escenas en que exploraría el espacio exterior, tocar las estrellas de todas las galaxias o en las profundidades del mar para ver si el monstruo de Julio Verne era real. Cada siglo seguía sorprendiéndolo con nuevos descubrimientos que le hacían feliz de estar vivo. O esos sentimientos en su pecho que le daban sentido a su vida.

— ¿Qué podríamos hacer en cinco horas?

— China — ella lo llamó — No quieres la respuesta a eso. Al menos no de mí, puedo ser muy cínica.

Claro que lo sabía, era uno de los tantos defectos de México.

— ¡Lo sé! Es... solo que pensé que tendríamos más tiempo, aru — refunfuño China teniendo cuidado de no tropezar en la oscuridad — Incluso criaturas como nosotros aún deseamos descubrir más, vivir más años y decir cosas que no tenemos el valor de confesar.

— Tantas cosas para ver.

— O nuevas para crear, aru.

— Tenía la esperanza de ir a Marte — Rosalía se calló por un momento al recordar algo — O en Saturno, donde viven los hijos que nunca tuvimos.

China bufó por el último comentario cantado de su compañera — Esa canción es muy vieja. Pero hubiera sido bastante bien ir a Saturno o al menos a una de sus lunas.

— Tal vez plantar maíz en el mar — asintió Rosalía en su pequeña fantasía de tener más terrenos para sembrar ese alimento de los dioses. Tal vez debió insistirles con mayor determinación a sus jefes para invertir en ese proyecto.

— Ese sueño tuyo suena bastante adorable — Yao le dio una sonrisa sabiendo que Rosalía estaba obsesionada con la agricultura. Hubiera sido interesante de ver.

La mujer puso su mano en el hombro de su contraparte. México agradecía que la oscuridad ocultara sus mejillas sonrojadas por el cumplido sincero, eso no le impidió en continuar con sus comentarios — Gracias, hasta que al fin alguien aprecia la superioridad del maíz.

— Sabes, me hubiera gustado terminar el libro que siempre traigo a las reuniones, aru — confesó el chino.

Rosalía no estaba lista para eso, sabía que la nación más vieja era un ávido lector por lo que la confesión fue algo sorprendente — ¿El de Cien Años de Soledad? ¿Es en serio? ¿Tú?

— Entre todo el ajetreo, nunca lo termine.

La voz de Yao sonaba que estaba decepcionado de sí mismo. Rosalía lo encontró bastante lindo, que se enfocara en eso que en lo que actualmente estaba pasando.

— No dejes que Colombia se enteré — eso provocó la risa de las naciones — Ella te metería el libro en la boca.

— Solo no me delates.

— Jamás.

Ninguno esperaba ver esa parte, un fragmento de sus personalidades que no salía muy a menudo o que intentaban ocultarlo. Era agradable y no tenían nada que perder. Yao no sabía que decir, un incómodo silencio los envolvió.

— ¿No le tenías miedo a la oscuridad, aru? — preguntó Yao, la mano de Rosalía en su hombro era lo único que le decía que no se encontraba hablándole al aire.

La luna se dejó al descubierto en su brillo plateado, centelleó entre los campos que daban la ilusión de estar hechos de oro blanco.

— Ehhh — farfulló la mujer — No es la oscuridad.

— ¿Entonces qué?

— Es a no estar sola entre la oscuridad y ni siquiera lo sabes. Eso me espanta.

A Yao le recorrió un escalofrió, pero no por la respuesta, aunque si fue algo perturbador pensar en ello. La temperatura comenzó descender haciendo que su piel reaccionara con un espasmo. Tomó la mano de México siendo la fuente de calor más próxima.

— ¡Puta madre! — gritó espantada.

China resopló por la maldición, aplastó la necesidad de regañarla por aquello — No era mi intención asustarte, aru.

— No era eso — negó México — Estás más helado que un muerto.

— Está comenzando a helar — se estremeció — Vayamos a la casa.

Se encaminaron a la casa sin dejar de tomarse de las manos. Ninguno mencionó los apresurados latidos que sintieron en la piel ajena.

México abrió la puerta, le indicó a China que esperara para verificar si en verdad había un generador de energía. Yao sonrió cuando Rosalía cantó victoria al encontrar la máquina, con eso pudieron encender las luces de la residencia. Era una casa sencilla con varias fotos colgadas en sus paredes, algunos muebles esparcidos alrededor de la sala que tenían un bonito colorido que destacaba de las paredes de madera.

— ¡Traigo ron! — anunció México con la botella con medio contenido. Las cosas se complicaron cuando ella trato de sacar el corcho — Me cago en tu puta madre, no sé abrir una botella, soy la peor borracha de la historia — se quejó Rosalía tratando de jalar el saca corchos, pero fallando una y otra vez.

— ¿Quieres...?

— Nope, yo puedo, sé que puedo — puso la botella entre sus muslos y a jalar del saca corchos — ¡No! Estoy rompiendo la tapita.

China se carcajeó por la cara roja del esfuerzo de México.

— Quería hacer algo súper épico, al chile no me salió. Ya lo arruiné — se lamentó la mexicana.

— Deja eso, no necesitamos ron, aru.

— Si — ella suspiró — Pero quería un último trago. No es tequila, pero es alcohol.

Yao se suavizó por la explicación, le pidió la botella y la abrió bajo la mirada agria de Rosalía.

— Eso no es justo.

— Solo tenías que girarlo — encogió sus hombros sirviendo en unos vasos tequileros el líquido.

Ambos tomaron ese único trago, pasaron el tiempo entre conversaciones, bromas, divagaciones y uno que otro silencio. A México se le vino a la cabeza esas noches en que miraba las estrellas con China, pasando el tiempo tratando de ignorar la enemistad de sus vecinos. Los dos tenían familia, pero aquí estaban. Dos naciones demasiado viejas en el fin del mundo.

— ¿A dónde iremos? — le preguntó a China — Después de nuestra muerte ¿existirá un cielo? ¿o simplemente nos desvaneceremos?

El hombre apartó algunos de los mechones de su frente antes de contestarle — Solo porque sea mayor que tú no significa que tenga todas las respuestas. Solo tengo suposiciones, aru.

— Me gustaría escucharlos.

— Esta bien — aceptó Yao — No creo que vayamos al mismo lugar que los humanos al morir. Hemos hecho cosas que resultarían imperdonables con la moralidad actual, pero no nos movemos por codicia o por el placer de hacerlo, sino por obedecer la voluntad de nuestros jefes y de la gente que representamos. Somos diferentes a ellos, siempre lo hemos sido y por eso creo que incluso nuestro lugar de descanso final es diferente. Y en parte es que nuestras almas son diferentes, somos tulpas de una creencia y una idea de una sociedad, por lo que creo que las leyes normales no se aplican a nuestra especie.

— Entonces... ¿tenemos un lugar VIP en el cielo?

Yao puso los ojos en blanco por la broma ridícula de Rosalía. Aunque ella hablaba en serio.

— Es una forma estúpida de decirlo, aru — resopló recostándose en el sofá — A veces me pregunto qué clase de pensamientos pasan por tu cabeza.

— No lo sé — se encogió de hombros.

China se mordió los labios — Pero tengo otra teoría — después de un asentimiento de su compañera continuó — Creo en la reencarnación, tal vez como humanos o como nuevas naciones que existirán en un futuro.

— ¿Crees que otra civilización se alzara después del choque? — su incredulidad se plasmaba en la voz de México.

— Bueno, los dinosaurios se extinguieron como lo haremos nosotros, aru. No es descabellado pensar que algún día en un futuro, el planeta sea capaz de albergar vida inteligente de nuevo.

— Suena a como una esperanza idealizada.

— La esperanza es todo lo que tenemos ahora.

— Vale, eso te lo doy.

Rosalía le sonrió a su amigo. Pensó por qué el hombre estaba con ella; pudo haber hecho muchas cosas y solo faltaban un par de horas para el impacto de extinción masiva. Y, sin embargo, Yao estaba ahí. Se asomó por la ventana de la sala permaneciendo impasible por el gran punto rojo en el cielo nocturno, parecía tan inofensivo hasta casi inocente.

— ¿No quisieras ir con tu familia? — le preguntó Yao sirviéndose de la botella en su vaso, en un tambaleante movimiento la dejo en la mesa de centro. La mujer se abrazó a sí misma dejando que el ardiente sabor del licor le quemara la garganta. Rosalía frunció el ceño.

— ¿Y tú?

Las respuestas no se pronunciaron, sabían la respuesta. Era normal que hicieran preguntas que no contestarían, palabras que no se dijeron por miedo y desperdiciando de cada oportunidad que se les dio. Por eso siempre se encontraban debajo de un cielo rojo; hubo promesas que hacerse, experimentar nuevos días llenos de dicha con ese constante deseo de permanecer juntos solo un poco más.

En su tiempo, ese pensamiento egoísta se descartaba por sus responsabilidades como la personificación de una nación. Poniendo primero a su gente que, al sentimentalismo que podría surgir entre las naciones y en parte fue por miedo a un rechazo... no obstante, ahora...

No tenían propósito en ese mundo. Pero eran libres, por primera vez en siglos tenían libertad a explorar a donde quisieran y ya no tenían nada que perder.

China tragó saliva. Los minutos transcurrieron en silencio, terminaron sus tragos sin atreverse a apartar los ojos de su contraparte. Pronto tomaron conciencia de su límite de tiempo que sonaba similar al tic tac de un reloj.

— China... ¿Qué es lo último que quieres hacer? — México contrajo sus manos que estaban cerca del brazo del asiático — A mí no se me ocurre nada, tengo la mente en blanco y a la vez quiero hacer de todo.

— Yo... supongo que me gustaría sentarme y contemplar lo que está pasando — China respondió — Está en mi lista de pendientes, aru.

México se rió — No mames ¿hiciste una lista de pendientes para el fin del mundo? Y dices que yo soy rara.

El hombre soltó su cabello del listón que sostenía su coleta. Los mechones lisos descendieron en sus hombros, brillante y lustroso por la leve luz del foco de luz amarilla — La vejez aumenta nuestra rareza.

La mexicana observó la expresión de su compañero con entrañes, se desacomodó el cabello — Si ¿podría unirme a tu idea? Viendo que yo no tengo idea de que hacer.

— No hay problema, será una experiencia interesante — China se le quedó mirando, pensando en lo que realmente quería hacer — México.

— China — contestó.

Estaba nervioso, Yao pensaba en que decir y en cómo hacerlo.

— Estoy feliz de estar contigo... aquí — confesó el chino.

Rosalía apretó sus labios sabiendo lo que él deseaba decirle — Yo... creía que habría más tiempo o que terminaría de otra forma. Tal vez con el Sol tragándose nuestro sistema solar o el cambio climático. A veces me lo imaginaba, pero tú eras una constante, cual fuera el final; te quería a mi lado.

— Y aquí estamos — dijo Yao — Juntos.

Finalmente lo habían dicho. Tantos siglos deseando decirse esas palabras. El miedo los frenaba, el orgullo que los caracterizaba o algo se interponía para alejarlos en distintos bandos cuando agarraban el valor suficiente para decir lo que sentían. Los miedos eran irrelevantes con el cielo cayéndose encima de ellos.

En esa habitación no existían México o China, solo dos completos desconocidos que hablaban con honestidad siendo la primera vez.

— Me siento ridícula que necesite perderlo todo para decirte que quiero pasar lo que resta de mi vida contigo — dijo Rosalía sin nada que temer, lanzándose a ciegas en la oscuridad sin ninguna clase de advertencia.

Yao la tomo de las manos. Se grabó las palabras de la mujer y le tomó unos segundos encontrar las palabras adecuadas. El mundo dejo de girar creando una burbuja para los dos en una especie de misericordia por lo que pudo ser.

— Siempre fuiste tú — comenzó Yao — Sé que suena loco, sin sentido o puede sonar desesperado. Pero me gustaría pasar la noche junto a ti; tal vez encontrarme contigo en la otra vida o en una reencarnación para vivir sin miedos contigo.

Contigo.

— Yao... — habló acercándose frente a frente con el hombre con una sonrisa. Guardando los ecos de su voz que resonaban en sus oídos — ¿Por qué esperamos hasta que literalmente no haya futuro para nosotros?

— Porque sabíamos que antes no iba a funcionar — concluyó lentamente. Era una verdad cruda que se acostumbraron a aceptar, sin el factor del meteorito hubiesen siguiendo dando vueltas alrededor sin ejercer acción sobre sus sentimientos.

México suspiró entrelazando sus dedos con los de China — Si y por eso ha sido solitario — refunfuñó — Bueno, ahora solo tenemos el presente y puedo decirte que vale la pena.

— Eres cursi — señaló el asiático con un sonrojo.

— Tú eres el de la idea de encontrarnos en una próxima vida — argumentó Rosalía con una sonrisa avergonzada. Su corazón se tamborileó furiosamente que estaba segura que el hombre lo escuchaba con claridad. Al mismo tiempo unas ganas de llorar se manifestaron, le era desconocido la causa que lo provocaba. Tal vez por la angustia de que solo lo tendría ese día.

China soltó su mano para cubrirse con una de sus mangas el rostro — Ahora que lo dices, si suena bastante cursi. Me estoy volviendo sentimental.

— Hey, quiero mirarte a los ojos.

Yao negó con la cabeza para después descubrirse. Sin embargo, no se encontró con su mirada.

— China — canturreó la mujer expandiendo la vocal — ¿Por qué te avergüenzas ahora?

— Eres imposible, aru — dijo al rendirse a su petición.

Sintió a México tomarle de la mano de nuevo — No me has contestado, wey.

El tono juguetón de Rosalía por alguna razón le dio un cosquilleo a Yao — Solo... agh... de seguro pasamos años actuando como si nada estuviera sucediendo entre nosotros — hizo un movimiento con la mano señalándolos a ambos — Sabíamos que era mutuo y lo dejamos pasar hasta que el fin del mundo nos alcanzó. Es hasta triste, aru.

— Wey, no sé por qué, pero tienes la habilidad de elevarme y desplomarme el ánimo en unos segundos — dijo México con un deje de tristeza que se apoderó de su voz— Nos tomó bastante tiempo dejar de ser unas gallinas. Yo sé que este momento no es el más ideal para "confesarnos", pero ya sabes mejor tarde que nunca.

La connotación exagerada de la palabra le dio una pequeña risa a China — México, estábamos en la guerra fría. Era una época delicada, solo vernos a escondidas cuando aún nos veíamos como solo amigos; pudo acabar muy mal.

— No le tenía miedo al gringo o a Rusia — aclaró Rosalía — Temía que no me volvieras a hablar si decía algo.

— Yo si tenía miedo a las consecuencias — admitió Yao apretando su mano con más fuerza — Eso era mi excusa en ese entonces. Después ni siquiera me moleste con las indirectas, sé que lo sabías y yo siempre lo supe, aru.

— Yo tampoco estoy mejor. O sea, nunca dije nada. Pensaba que si lo ignoraba el tiempo suficiente esto se iría.

China extendió su mano y la tomó de la mejilla — Nada es tan simple.

— Ya sé — dijo México perdiéndose en los ojos cálidos marrones de su pareja — Hubiéramos hecho tantas cosas si hubiese tenido el valor de decírtelo antes, tener mucho más si no fuera una obstinada sin remedio, ahorrándome noches de soledad con solo dos palabras. Quizás no hubiese funcionado, tal vez si — Rosalía se encogió de hombros bajando la mirada.

— Oye, tampoco es que yo dijera algo — Yao la tranquilizó — Es una cosa menos de mi lista de pendientes — bromeó.

México sacudió la cabeza riéndose — Esa maldita lista. Oye ¿Cuándo te diste cuenta?

— Fue durante Viena — habló después de unos segundos de silencio — Tal vez un poco antes, solo que estaba en negación, aru.

— Viena es mágico.

Se dieron sonrisas cómplices al recordar ese día. Podían visualizarse bajo los edificios aledaños de la ciudad mientras paseaban entre las calles empedradas, hablando y bromeando en una primavera particularmente cálida.

— México — la llamó comenzando a levantarse del sofá. Tiró suavemente del agarre de sus manos, motivándola a imitarlo.

La puerta se abrió, extrañamente el cielo no era tan oscuro como hace unas horas. El color púrpura rojizo llenaba la extensión del cielo, era algo digno de admirar si no fuera por las circunstancias en que ese bello colorido era creado. El campo de trigo continuaba picando al contacto, caminaron sin perder el paso y se sentaron en silencio sin soltarse de las manos. Se dedicaron una sonrisa, ignorando el sonido lejano de las sirenas.

Podrían haber hecho tantas cosas diferentes, decisiones que hubiesen desbloqueado nuevos caminos, aunque no hubiese durado mucho. Pudo haber sido toda una vida, siglos o solo un minuto de una noche de otoño como ésta. Pero estaba bien.

Era perfecto.

Sus manos compartían en calor, disipando el frío que exhalaban con un suspiro sin creerse que al final estaban juntos en esa noche. Un sueño que acabaría inminentemente como había comenzado. Rosalía se movió y envolvió sus brazos en el cuello de Yao, que fue correspondido. Sus sonrisas se fusionaron en un hermoso gesto de amor genuino, continuaron un tiempo compartiendo ese anhelo que se habían guardado por demasiadas décadas. Era un beso frágil, delicado y prístino que demostraba lo profundo que iban sus sentimientos.

Al separarse, México respiró temblorosamente. Yao apoyó su frente en la de ella.

— Te amo.

— Y yo a ti.

El cielo se iluminó como si fuera de día. Brillando de un fulgor rojizo que eliminaría a la raza humana, dando un borrón y cuenta nueva para el planeta. Miraron el cielo en un abrazo sin importarles el sonido de fondo. Puede que tuvieran una oportunidad de estar juntos en otra vida, se reunirían en un diferente plano existencial o se cruzarían casualmente teniendo una sensación de deja vú. La chispa de la esperanza en un manto de incertidumbre era lo que tenían y eso estaba bien...