Un pequeño relato que se me ocurrió al leer la wiki de KOF. Todos los personajes son propiedad de SNK. Escribo para entretener y no gano dinero con esto.
Geese Howard se encontraba mirando el cielo en la azotea de una torre exclusiva para él y sus empleados donde administraba todo su imperio y marcas registradas a su nombre.
Por supuesto Billy Kane estaba a su lado. Geese tenía un gusto particular por subir a la zona más alta, poner música clásica que tanto "alzaba" su espíritu y tener a su lado una copa de vino que Kane llenaba cada tanto.
El clima era agradable, con esas corrientes frías y una excelente vista a la ciudad.
Geese se puso de pie de aquél sofá de terciopelo blanco y, miró todos esos edificios. Todos tenían algo particular... y era que ninguno era tan alto como la Torre Howard.
—Son tan pequeños ¿No? —Geese preguntó a Billy.
—No están a su altura, Señor Howard —Asintió el guardaespaldas. —Debería alejarse de la orilla, está muy cerca.
—¿Desde cuándo me dices qué hacer, Kane? —El tono de voz del americano denotaba enfado por aquella osadía.
—No quiero perderlo...
Geese había comprendido SU error. Miró a su copa, movió el líquido y suspiró.
—Lo siento.
—¡Debería ser yo quien pida disculpas! Le ofrezco mil perdones por mi insolencia.
Geese pronto observó cómo Billy se hincaba frente a él.
—Levanta. No hay necesidad de que hagas eso cada vez que... entiendo tu preocupación. Ya no estoy en la orilla.
—Señor...
—¿Tienes miedo a perderme, Kane?
Billy mordió su labio inferior. Detestaba que su jefe supiera justo lo que pensaba en esos aspectos.
—La sola idea me asusta, Señor Howard. Saber que nunca más escucharé su voz, saber que jamás volverá a caminar entre nosotros y que tendré que respirar el mismo aire sin usted... No tengo miedo, Señor Howard... estoy aterrado.
—Kane...
Geese se hincó pero trató de ser detenido por Billy.
—¡Su traje! Usted...
—Quiero hacer algo contigo, Billy.
Geese tomó dos almohadines del sofá y los colocó sobre el suelo, a un lado de la piscina cuya agua relucía en aquella noche estrellada.
Geese se acostó en el suelo y recargó su cabeza sobre un almohadín y le hizo una señal a Billy de que se acostara a su lado.
Pasaron varios minutos y ambos hombres estaban mirando el cielo.
—¿Qué ves, Kane?
Billy suspiró hondo. Contemplaba algo maravilloso.
—Un hermoso cielo estrellado, Señor Howard. Veo algunas nubes y la luna... brilla. Su luz nos baña.
—¿No es bello?
—Lo es. ¿Usted qué ve, Señor Howard?
Geese sonrió. Puso sus manos contra su estómago, cruzándolas, y contestó.
—La prueba de que no soy el hombre más poderoso del mundo.
—¿Pero cómo? Si usted... usted es el modelo a seguir de muchos jóvenes. La gente lo idolatra y es poseedor de cuantiosas propiedades y riquezas...
—Te equivocas.
Billy no entendía el punto de su maestro.
—Ante los ojos del universo sólo soy una partícula más. Soy un diminuto punto en un diminuto círculo de un diminuto espacio. ¿Sabes algo, Kane?
Geese se sinceró.
—Mi único miedo ha sido ver el cielo.
—¿Por qué? Si me permite conocer su respuesta.
La forma en que Howard veía el cielo parecía que lo preocupaba.
—Porque es la prueba irrefutable de que soy pequeño. No puedo ser más grande que el universo. Puede que con los humanos sí, con cualquier ser que habite en éste planeta... pero no con el universo.
—Señor Howard...
—Me siento tan pequeño, tan diminuto e insignificante. Da igual si tengo al mundo a mis pies... el universo me está aplastando y me dice... me dice que el tiempo pasa y no me hago más joven.
—Por favor, pare...
—¿Sabías que dicen que somos polvos de estrella, Kane?
—Señor Howard, le pido que se detenga.
—Y al morir, nos reintegramos al universo.
—¡He dicho que se detenga!
Del enfado, Billy le dió un puñetazo al suelo de madera al punto de haberlo roto y dejado un agujero.
—Por favor... no continúe.
—No aceptas mi muerte, Kane.
—Y nunca lo haré.
—¿Sabes que yo me siento feliz de que serás tú quien me entierre? Así no tendré que vivir el resto de mis días sabiendo que fuí yo quien te enterró a tí.
—¿Eh?
—Tengo miedo a perderte, Kane. Eres lo que le da sabor a mi vida. Haces mis días cálidos y genuinamente... creo que eres especial. Vuelve a recostarte.
El inglés se resignó e hizo caso.
El tiempo pasaba y seguían viendo el cielo.
—Billy...
El hombre anti-cigarros estaba atónito porque Howard nunca se dirigía a él por su nombre y no el apellido.
—¿Puedo... pedirte algo?
—Lo que desee.
Geese extendió su mano izquierda a un costado.
—Toma mi mano.
Para el momento Billy ya estaba llorando y sin dudarlo tomó la mano de Geese... y la apretó.
—¿Por qué lloras, Kane?
—Porque me doy cuenta de lo afortunado que fuí de nacer y, cómo todo estuvo preparado perfectamente para que nosotros dos llegáramos a éste momento exacto. ¿No es hermoso que existamos en el mismo espacio y tiempo?
—No me sueltes, Kane.
—No lo haré, Señor Howard.
Ambos se habían tranquilizado con el tacto gentil y cálido.
Y el silencio reinó, hasta que de los labios salieron palabras que marcaron a Billy de por vida.
—Te amo, Kane.
—Yo... yo lo amo, Señor Howard.
Billy sentía los delicados movimientos de los dedos de su jefe tocando su palma para volverlos a entrelazar.
Desde el cielo podían verse a dos hombres, acostados, viviendo un momento hermoso mientras sus manos no se separaban.
