Los protagonistas son antiguos portadores de Miraculous; un pequeño spoiler de la temporada 4, todos los portadores que han tenido Tikki y Plagg antes de Marinette y Adrien eran adultos.
Recientemente se casaron en sus identidades civiles. Aunque está prohibido, ya conocían sus identidades secretas desde hacía un tiempo, lo cual no afectó su desempeño… solo hizo que su amor creciera. Ellos son la Coccinelle y "Chat Noir", también conocidos como Mirelle y René Renoir. Luego de una modesta pero emocionante boda con sus compañeros mosqueteros, se retiran para pasar el resto de la noche en una casa en las afueras de París que pertenece a la familia Renoir.
A esta hora, la mayor parte de la gente ya se había retirado a sus hogares a descansar. Era necesario luego de un día tan ajetreado, y emocionante. Bueno, no todos los días se libraba una batalla contra una banda de mercenarios en plena boda de dos mosqueteros. Algunos pocos de sus compañeros continuaron celebrando; aprovechando el alcohol y comida que corría por cuenta del capitán de la guardia.
Cabalgaron tranquilamente por las solitarias calles hasta su destino.
Tras dejar a sus caballos en el establo, se digirieron a la residencia con pasos lentos, y hasta ligeros. Mirelle abrazó el brazo de René afectuosamente. Por mucho que se lo repitiera a sí misma, aún le costaba creerlo. "Eran marido y mujer". Finalmente estaban juntos, hasta que la muerte los separe. Decidió omitir esa última parte. Tras haber estado en peligro de muerte en el día de su boda… prefirió no pensar en el tema por un tiempo.
Mirelle percibió el fresco aire de la noche y suspiró, descansando su cabeza sobre el hombro de René. Estaba demasiado callado. Lo había estado durante la mayor parte de la celebración luego de la boda, y durante todo el camino hacia la antigua residencia de la familia Renoir. Mirelle le pidió pasar el resto de la noche allí para evitar el que sin duda sería un ambiente tenso. Sabía que, aunque su padre le había dado su bendición a René, el viejo y retirado capitán aún no terminaba de aceptar que hubiese rechazado al hijo de un noble rico; que podría haberle dado un hogar estable, permitirle cambiar el uniforme por el vestido más elegante que pudiera comprar y brindarle todo el tiempo del mundo para dedicarse a cuidar de sus hijos como toda buena esposa, para terminar casándose con un compañero mosquetero.
En cuando a Chandler, aunque notoriamente triste, su buen amigo había aceptado y sobrellevado muy bien el que ella declinara su propuesta de matrimonio. Incluso se había ofrecido para ser padrino de bodas; y fue quien más los aplaudió al momento del beso. A pesar de que siempre había sido alguien muy optimista, en el fondo Chandler sabía que el corazón de Mirelle siempre le había pertenecido a René. Y no iba a permitir que un pequeño rechazo lo distanciara de sus dos mejores amigos en todo el mundo.
Mirelle estaba tan perdida en sus pensamientos, que ni siquiera notó en qué momento se habían detenido. La residencia Renoir era consideradamente modesta comparada con las mansiones de la ciudad, pero sin duda bien acomodada. Mirelle no había tenido oportunidad de visitar este lugar desde que eran unos niños.
-"Espera aquí un momento"- dijo René.
Vacilante, Mirelle le soltó el brazo. Él abrió una de las puertas de entrada, el interior estaba en completa oscuridad. Fue el primero en entrar. Mirelle escuchó lo que sin duda sería él tropezando y topándose con algunos muebles. Al cabo de unos minutos, René reapareció con un candelabro de plata en mano, coronado por velas encendidas. Sin mediar palabra, extendió su mano libre hacia Mirelle. Ella la tomó y permitió que la guiara hacia el interior.
El hogar de los Renoir casi no había cambiado en diez años. Lo más notable eran las mantas blancas que cubrían la mayoría de los muebles. Seguramente colocadas por René la última vez que estuvo allí. Sus padres habían muerto poco antes de que él se uniera a los mosqueteros, y desde entonces sacaba el hogar adelante completamente solo. A pesar de que casi no pasaba tiempo allí. Mirelle se aferró nuevamente al brazo de René mientras la llevaba escaleras arriba. A su mente llegó un recuerdo de cuando eran niños...
Ellos y Chandler correteaban por la casa, jugando a ser mosqueteros luchando contra bandidos. Para ella era especialmente divertido deslizarse por la barandilla. En una ocasión, Mirelle había intentado llegar primero al descanso de la escalera, pero tropezó y cayó hacia atrás. Su cabeza sólo dio vueltas por unos segundos, y lo siguiente que supo fue que estaba en el suelo junto a René. Excepto por su tobillo adolorido, estaba bien, pero él se había lastimado un brazo. Durante las siguientes semanas que el brazo del niño permaneció vendado, él no la dejó en paz, llamándola "torpe" y reclamándole siempre que podía por ser tan descuidada. Sobra decir que se habían ganado un regaño monumental por parte de sus respectivos padres.
-…Y algún día, ella escucharía el resonante y alegre sonido de las risas de sus propios hijos jugando y correteando por toda la casa-.
"Sus propios hijos".
Las mejillas de Mirelle ardieron ante el solo pensamiento. Tal vez dos… o tres… Un par de niñas a las que pudiera enseñarles a ser jovencitas fuertes y determinadas. Quizás también un niño. Un jovencito que se convirtiera en todo un mosquetero valiente, dispuesto a luchar por el pueblo, no solo por su rey. Como su papá…
-"¿Guardaste todas las velas que Chandler te obsequió?"- cuestionó Mirelle desde la puerta de la recámara, con cierto tono entre satisfacción y algo de ternura.
De niños, René solía burlarse continuamente de la afición de Chandler por fabricar y diseñar velas cuando no tenía la nariz metida en algún libro. En ocasiones, el chico fabricaba tantas que no sabía qué hacer con ellas. Así que había optado por obsequiárselas a sus conocidos y hasta extraños con los cuales se topaba. Y las más especiales las reservaba para sus dos mejores amigos.
-"Sólo… no vayas a decírselo"- le pidió René, con las mejillas rosadas.
Por mucho que detestara admitirlo, siempre había envidiado cómo todos siempre alagaban a Chandler por sus bellas velas, pero cualquier sentimiento negativo que pudiese tener se disipaba en un instante cuando su amigo le entregaba una vela que había hecho especialmente para él. Era tal el gesto que nunca había podido deshacerse de ninguna. Y por fin tenía un motivo para utilizarlas. Con una vela encendida en mano, René procedió a encender y colocar las velas por toda la recámara; algunas de ellas tenían una forma curiosa similar a un recipiente con pequeños orificios en forma de estrellas.
Tenía que admitirlo… el ambiente era cálido y apacible.
Mirelle se aproximó a René con las manos tras su espalda. Cuando sus ojos se encontraron con los de él. Oh… santos cielos. Ella parecía todo un ángel a la luz de las velas. Él podría haberse quedado ahí contemplándola una eternidad. O al menos hasta que…
-"Hmm… Deberíamos tender la cama"- dijo Mirelle.
-"¿Q-qué? Oh… cierto"- respondió René nerviosamente, rascándose la nuca. La cama de René no era precisamente grande, pero sí suficiente como para dos personas adultas. -"Lamento mucho no llevarte a la habitación principal. Es solo que… no he podido entrar ahí desde que mis padres…"-.
No pudo terminar la frase.
Mirelle se acercó más y lo tomó del mentón con ambas manos; levantando su mirada.
-"Está bien, René"- le aseguró comprensiva.
Tras guardar un par de pequeñas cajas hexagonales en un cajón, eligieron un juego de sábanas del armario, retiraron la manta blanca que cubría la cama y comenzaron a tender la primera sábana. Era una simple tarea doméstica. Desde niños habían sido educados para ocuparse de sus respectivas habitaciones. Pero no podían evitar sentir que había algo diferente. Quizás todo se debía al hecho de que estaban preparando el lecho donde consumarían su matrimonio.
Mirelle esperaba que René no notara cuan rojas estaban sus mejillas. Había estado muy tranquilo luego de la ceremonia, pero supuso que sólo reservaba sus palabras más juguetonas y seductoras para ese preciso momento. Y a todo eso. ¿Por qué continuaba tan callado? A ella no le importunaba no poder entrar en la recámara principal. Para ser sincera, en cierta forma, lo habría sentido como una falta de respeto a sus difuntos suegros. ¿O acaso algo más estaba ocurriendo con él?
Cuando terminaron, René se sentó al pie de la cama y procedió a quitarse las botas. Mirelle se sentó junto a él para quitase sus propias botas. Sin motivo aparente, ella levantó un pie en el aire y estiró los dedos. René posó sus ojos en el tobillo de Mirelle por un momento. Ella esperaba que dijera algo como "¿Estás intentando seducirme?" o "Señorita… mantenga esas piernas donde pueda verlas". Lo que no se esperaba fue que René la tomara del pie y se arrodillara frente a ella. El toque de los dedos en su piel era suave y delicado. Como si temiera romperle la pierna…
Entonces Mirelle recordó. El líder de los mercenarios había usado un látigo para derribarla, e intentar apuñalarla de muerte. Aún tenía la marca del látigo en su piel.
-"René…"-.
Él levantó la vista.
-"Lo siento…"- se esforzó por decir. Como si intentara contener un llanto de aflicción. -"Se supone que esta noche debería ser especial para ti… para ambos. Pero es que… Es que… Aún no puedo creerlo"-. Tomó una respiración profunda antes de continuar. -"Por poco te vi morir ante mis ojos…"-. Cerró los ojos con fuerza, tratando de reprimir ese recuerdo. -"… El que aceptaras casarte conmigo… Nuestra boda… Temo que todo esto no sea más que un sueño. Un sueño maravilloso. Y que cuando despierte, deba ser reclamado por la cruel realidad, que tú en realid-…"-.
No pudo terminar la frase porque Mirelle lo tomó de la cabeza, presionándola contra su pecho. Aunque al principio aturdido, René permaneció en esa posición. Escuchándolo. El melodioso sonido de los latidos de su amada. Tan fuerte. Tan apasionado. Tan lleno de vida.
-"Sé cómo te sientes"- susurró ella.
Lo tomó de los brazos para que ambos se pusieran de pie. Las manos de Mirelle se posaron sobre los hombros de René. Lentamente, comenzó a desabrochar los botones de su chaqueta. Normalmente habría replicado que ya era un adulto, y capaz de ocuparse de su ropa él mismo, pero había algo inexplicablemente excitante en que ella lo desvistiera. René estaba tan absorto por este suceso que Mirelle pudo deslizar la chaqueta de sus hombros y quitársela sin esfuerzo. Al igual que su camisa. Se tomó un momento para admirar el torso de su marido. La verdad es que no era la primera que lo veía así. Pero eso no impidió que ambos se sonrojaran. A René se le erizó la piel cuando las manos de Mirelle tocaron su pecho y bajaron lentamente hacia su abdomen. Entonces se detuvo en un punto en específico; su costado izquierdo. A él le tomó unos segundos darse cuenta de que allí era donde tenía la cicatriz de una herida que había sufrido en batalla. Como mosquetero, René había sido herido en múltiples ocasiones. La mayor parte de esas heridas eran cortes superficiales de cuchillos y espadas, o roces de algunas balas. Nada de qué preocuparse, salvo por mantenerlas vendadas y protegerlas de infecciones. Con el tiempo, lo único que quedaba de aquellas heridas eran marcas apenas perceptibles a simple vista. Pero esa cicatriz era otra historia…
René debió partir en una misión con algunos compañeros para capturar a un traidor fugitivo. Le había prometido que regresaría pronto, y que cuando volviera en dos días, a las 12 en punto, ni un minuto más ni un minuto menos… tendría que darle un beso. Aquel día, estuvo esperando ansiosamente, aunque se esforzaba por no demostrarlo. Cuando René no apareció, pensó en burlarse de él por su "impuntualidad". Tal vez hasta darle un beso de consolación en la mejilla.
Pero las horas pasaron, y el sol se había ocultado a la espera de resurgir al día siguiente. Mirelle se recordó a sí misma que la captura de fugitivos eran misiones impredecibles, y que probablemente René y los demás debieron retrasarse para reabastecerse antes del viaje de regreso. Dos días transcurrieron y los mosqueteros continuaban sin aparecer. Fue al tercer día que el Capitán recibió una carta informándole de la situación. Uno de sus mosqueteros había sido gravemente herido al proteger a una mujer con un bebé, y estaba siendo atendido por el doctor del pueblo en el que se encontraban, debido a una fiebre repentina. Tan pronto se enteró, Mirelle se dirigió a la iglesia. Se arrodilló para rezar frente al altar. Pidiendo a Dios que salvara la vida de aquel mosquetero. Y aunque la hacía sentir culpable y egoísta, anhelando en silencio que no se tratase de René. Una lágrima rodó por su mejilla mientras hacía la señal de la cruz.
Cuando el grupo finalmente apareció, fue tal su alegría al ver a René sano y salvo que prácticamente se había abalanzo sobre él para darle un abrazo. Aunque había intentado disimularlo, el muchacho se estremeció de dolor. Se negó a hablar al respecto hasta que ella amenazó con informar al Capitán. Lo habían herido, de hecho, la razón del retraso en su regreso se había debido a su recuperación. Estaba curado, pero aún sentía dolor, y si su Capitán lo descubría, corría el riesgo de ser dado de baja. Aunque fuera temporal, seguramente alguno de sus compañeros envidiosos intentaría quitarle su puesto. Mirelle lo arrastró a un lado, y lo forzó a que le enseñara sus heridas… René no pudo negarse; no cuando ella era capaz de arrancarle la ropa ahí mismo con las uñas. Su abdomen estaba envuelto con vendas. En un costado podía distinguirse una mancha de sangre seca. Cuando él intentó argumentar e insistir en que se encontraba bien, Mirelle no dudó en darle una bofetada. Y luego lo rodeó con sus brazos, escondiendo su rostro en el hombro de René.
-"Tonto…"- lloró histéricamente. -"No tienes idea de lo preocupada que estaba… ¿Qué haría si algo te ocurriera?"-.
Impotencia…
Desesperación…
Temor a perder a quien más amaba en este mundo…
Claro que, en ese entonces, ella no tenía idea de que René era Chat Noir; si corría peligro podría transformarse y acabar con la amenaza fácilmente. Pero en aquella misión, no le había sido posible transformarse sin poner en peligro su identidad civil. Fue la primera vez que René vio al huraño Plagg tan "sentimental"; como solía decir el kwami.
Como en aquella ocasión; luego de ser abofeteado y regañado, René tomó a Mirelle del mentón y posó sus labios sobre los de ella. Le correspondió con fervor y continuó acariciando su pecho. Sus delicadas manos descendieron nuevamente, pero no se detuvieron en la cicatriz esta vez. René ahogó un gemido de sorpresa cuando se percató de que ella le estaba desabrochando los pantalones. Al romper el beso, ella le dio una sonrisa juguetona. René le respondió arqueando una ceja como si dijera "con que quieres jugar, eh…".
No dispuesto a quedarse atrás, el joven rodeó a su esposa con sus brazos, y dirigió sus dedos a los lazos en la espalda del vestido de Mirelle. Tras aflojarlos, el vestido se deslizó por su cuerpo como una gota de rocío que resbala por una hoja.
El aroma de su cabello… su suave piel rosando la de él… sus dulces besos… la forma en que suspiraba ante sus caricias y sus labios besándole el cuello… Su corazón saltaba dentro de su pecho, su cabeza estaba prácticamente en las nubes. Y aún no estaban lo más cerca que podían estar dos amantes. Ese momento en que se entregaban en uno al otro. En cuerpo y alma. Se apoyó en ambas manos y rodillas, cerniéndose sobre ella para contemplarla un instante. En un pequeño rincón de su mente aún le costaba creer que nada de esto se tratase de un sueño; por más veces que se lo repitiera.
Marido y mujer…
Recién casados…
Completamente desnudos, y a punto de consumar su matrimonio…
-"¿René …?"-.
La voz confusa de Mirelle lo sacó de sus pensamientos. ¡Por todos los cielos! ¡Ya era el momento! ¡Finalmente había llegado! El momento de… Oh, su cara ardía y sus rodillas temblaban con el solo pensamiento.
-"¿Estás bien? "- cuestionó ella, preocupada y algo ansiosa.
-"S-sí… es sólo que…"- tartamudeó. -"Es insólito para mi verte de esta forma"-.
Temió haber cometido una torpeza, hasta que la vio sonreír tímidamente.
-"Sé lo que quieres decir"-.
Levantó la cabeza ligeramente de la almohada, dirigiendo su mirada a la región inferior de René. El que ella lo observara tan abiertamente era suficiente para incrementar el cosquilleo persistente de su vientre bajo y la entrepierna. Estaba recurriendo a toda su fuerza de voluntad para contenerse. No pretendía ser brusco, pero… oh, todo su cuerpo le estaba pidiendo a gritos la satisfacción de desflorarla. Ella lo tomó del rostro y lo obligó a mirarla a los ojos. Esos bellos ojos dorados. Más hermosos aún a la luz de las velas.
-"René…"-.
Las ansias en verdad debían de estar enloqueciéndolo. El llamado de su nombre casi se escuchaba como una súplica. Cuando él no respondió de inmediato, ella le lanzó una mirada interrogante.
-"Perdona, amor. En verdad lo deseo… es solo que… me preocupa lastimarte"- admitió.
No estaría tranquilo hasta sacarlo de su pecho. René le contó sobre algo que había oído de boca de sus compañeros cuando se encontraban completamente borrachos o presumiendo arrogantemente de sus "conquistas". Algo sobre "sangre en las sábanas". En momentos así, realmente no podía culpar a las mujeres que se referían a los hombres como "cerdos". Pero el punto era que nunca estaba seguro de si era verdad o pura palabrería. Mirelle le sonrió y respondió que también había escuchado sobre eso de la boca de algunas damas no muy discretas; especialmente de damas nobles. René desvió la mirada, cabizbajo. Si algo así también estaba en boca de las damas de sociedad, debía de ser verdad. Nunca podría soportar el herir a su amada en un momento tan especial y tan importante. Lo tomó del rostro y lo obligó a mirarla.
-"René, confío en ti. Sé que no me harías daño a propósito"- susurró ella dulcemente.
Las manos de Mirelle se posaron en el pecho de René. Podía sentir lo fuerte que latía su corazón y su agitada respiración. Cuando lo acarició, su corazón pareció latir aún más fuerte por un segundo y le tembló la quijada. René no pudo evitar suspirar de gusto.
-"Eres tan tierno cuando estás nervioso"- susurró.
Era la primera vez que lo notaba tan tímido. René siempre se vanagloriaba de ser alguien muy seguro de sí mismo. Aunque ocasionalmente egocéntrico, ser alguien con confianza siempre había sido una buena cualidad en él. René estuvo a punto de decir algo, cuando ella lo silenció con un dedo sobre sus labios y sonrió juguetonamente. ¿Qué tenía en mente esta muchacha traviesa?
-"Déjame ayudarte…"- susurró ella seductoramente.
Quizás, todo lo que necesitaba este mosquetero era "un pequeño empujón".
René no tuvo tiempo ni de preguntarse qué querría decir. Una de las manos de Mirelle se había dirigido a su zona inferior y…
¡Cielo santísimo!
Un escalofrío recorrió su espalda. Ni en sus más íntimas fantasías o en sus sueños más lujuriosos se habría imaginado que Mirelle cometiese la audacia de sujetarlo de su miembro. Un gemido escapó de su garganta cuando lo acarició con el pulgar. Ella se mordió un labio tratando de contener una risita. La mano libre de Mirelle se dirigió a la espalda baja de René, y lentamente lo atrajo hacia ella. René no opuso resistencia. Por un segundo, René se preocupó respecto a su "hombría", pero al segundo siguiente decidió que no le importaba… esto era algo entre ellos dos; con Dios como su único testigo. No tenía por qué sentirse menos hombre por permitir que ella tomara la iniciativa. Además, lo estaba disfrutando.
En el preciso momento en que la cabeza del miembro tocó los húmedos pliegues… todo cambió para ambos.
Como por instinto, él acercó sus caderas a las de ella. Lo soltó y abrió más sus piernas, permitiéndole entrar dentro de ella. Era tan extraño… y a la vez se sentía tan natural. Sus cuerpos acercándose. Sentir el calor de él penetrando cada vez más en su interior. Tan lenta y suavemente. En un arrebato, ella abrazó las caderas de René repentinamente con sus piernas. Él logró apoyarse en sus codos para evitar caer de forma brusca. Las manos de Mirelle se deslizaron por su espalda y sus brazos lo rodearon, invitándolo a cubrirla completamente con su cuerpo y escondió su rostro en el hombro de René.
Sintió como temblaba. La escuchó tratando de contener un sollozo. Le estaba doliendo. René sabía que ella no lo admitiría; su orgullosa Coccinelle, ni tampoco le permitiría hacerse para atrás. Así que la abrazó, acariciando su cabello. Luchando internamente por ignorar los gritos de su propio cuerpo de que continuara.
Tomó un tiempo, pero la sintió más relajada. Ella quitó el rostro de su hombro para mirarlo a los ojos. René notó unas lágrimas secas. Sin mediar palabra, posó sus labios sobre los de ella.
Y entonces… comenzó a moverse lentamente. Como un vaivén de olas a la orilla de la playa. Era una sensación difícil de explicar para ambos. Él estaba consciente de lo que estaba haciendo, pero al mismo tiempo era como si su cuerpo se moviera por su propia cuenta. Algo lo empujaba a intensificar el movimiento de sus caderas. En su cabeza… René intentaba recordarse que debía ser gentil y cuidadoso con ella, pero al mismo tiempo apenas podía contenerse. El calor Mirelle, los complacidos suspiros que habían comenzado a brotar de sus rojos labios…
Desde siempre, Mirelle supo cómo disimular sus sentimientos por René; "no estaba dispuesta a darle el gusto de hacerle saber que él era el único dueño de su corazón". Adoraba la forma en que siempre buscaba una nueva forma de impresionarla, sobretodo cuan tierno y atento podía ser cuando se lo proponía. De niños hablaban del matrimonio con tal ligereza e inocencia, pero al crecer y tomar conciencia sobre algunos "aspectos de la vida" (específicamente lo que se refería a la intimidad)… bueno, por un tiempo no fueron capaces de verse a la cara sin sonrojarse. De jóvenes el futuro parecía tan lejano. Habría mentido al decir que nunca había intentado imaginarse cómo sería el momento en que ella y su marido consumaran su unión. O que nunca se había preguntado cómo sería convertirse en esposa. Bueno, el momento de consumar su matrimonio finalmente había llegado. Y mostrarse como una mujer firme, fuerte y orgullosa no le preocupaba en lo más mínimo. Decir que "ella confiaba en él" no eran solo palabras; y estaba feliz de poder reafirmar que esa confianza estaba en buenas manos. Aunque era ocasionalmente agresivo con sus palabras, rudo en sus acciones y hasta brusco en su trato hacia los demás, ella sabía que René tenía un lado sensible; el cual reservaba únicamente para sus seres queridos más cercanos. Pero honestamente, nunca se imaginó que René fuera capaz de ser tan dulce y cariñoso en el lecho nupcial…
Un gemido más fuerte escapó de sus rojos labios y las puntas de sus dedos se clavaron en la espalda de René. Acababa de moverse con más fuerza. Al escucharla y sentir las uñas en su espalda, él se detuvo inmediatamente.
-"¿Estás bien?"- le preguntó, temeroso. -"¿Te lastimé…?"-.
La respuesta de Mirelle fue rodearle el cuello con sus brazos y besarlo. Sin previo aviso, hizo que ambos rodaran, quedando René con la espalda contra el colchón. Se sentó con sus caderas aún sobre las de él. El pobre muchacho apenas había tenido tiempo de procesar lo que había ocurrido cuando las manos de Mirelle acariciaron su pecho, jugando el ligero vello que lo cubría y haciéndole cosquillas en los pezones. Cuando ella movió suavemente sus caderas, esta vez fue el turno de René de gemir.
-"¿Te lastimé, querido?"- preguntó ella con tono juguetón.
René la miró a los ojos, entendiendo. Pues bien… ahora era su turno. Logró levantarse y dirigió sus manos y boca a los pechos de Mirelle. Gimió sorprendida por un segundo, y al siguiente estaba nuevamente perdida en el placer. Sintiéndose como si se derritiera ante las caricias y besos de su esposo.
Nunca se había sentido tan exhausto, y a la vez tan bien, en toda su vida. Y eso que había pasado por los entrenamientos más rigurosos. Estuvo a punto de caer dormido, de no ser por Mirelle llamándolo por su nombre y dándole palmaditas en la mejilla.
El viento frío de la noche había comenzado a soplar, apagando la mayoría de las velas; mientras que otras simplemente se habían consumido (algunas no estaban hechas para durar más de unas pocas horas). Aunque a regañadientes, René se obligó a sí mismo a levantarse. Fue al armario y sacó una manta extra. Luego de tenderla, volvió a su posición; bajo las sábanas junto a su esposa. Ella lo recibió con un abrazo reconfortante. El frío de la noche lo había afectado debido al sudor de su cuerpo. Le devolvió el gesto y ambos se acurrucaron más cerca. Ella acarició su rostro y lo miró a los ojos.
Aún estaba inquieto.
-"Te prometo que cuando despiertes por la mañana, seré lo primero que veas, amor…"- dijo suavemente.
