Un cielo imposible de ver, una cima prohibida. Tormentas nevadas y temperaturas tan bajas, que parecen desafiar a los más poderosos, castigando a todo aquel con la osadía de subestimar al coloso.

Variados son los paisajes por explorar en Mobius. Uno de ellos, descansando sobre su trono al norte de Hiddlem, sobresale en la forma de gigantescas montañas nevadas. El espectáculo que ofrecen atrae a mobianos de todo el mundo tan solo para admirar su belleza. Otros valientes se atreven a subir las gigantescas formaciones, solo pocos han sobrevivido las pruebas más duras. No a cualquiera se le permite el paso, pero, para Seres Comunes y Especiales, es una invitación, un desafío para probar de qué están hechos. No es el caso de algunos individuos, por desgracia.

Un pequeño ser corre entre la densa nieve, atravesando una tormenta que obligaría a cualquiera a retirarse. ¿Cómo puede ver a través de todo esto? Con gruesos abrigos, es imposible distinguir otra cosa excepto su posible estatura, alrededor de un metro nada más.

Va con prisa, desesperación, parece recorrer un camino que nadie puede encontrar a causa de la nieve, subiendo por la montaña. De pronto, un grueso proyectil de energía pasa por encima, colisionando con una pared de rocas y nieve. Forzado a retroceder, pues el impacto le llevaría a una mortal caída, se gira para ver a su perseguidor.

Se encuentra lejos, firme a pesar de la tormenta. Un ser de un 1.3 metros. Parece que viene armado con un largo y robusto cañón.

Sin detenerse mucho tiempo, busca un desvío para seguir su camino, pero, este ser no le pierde ni un segundo. Su arma, al parecer, mecánica, se transforma en un arco cuyo hilo es de alguna clase de energía, pues el color de la misma es distinto a la del cañón. Jala del mismo, formando tres largas flechas. Solo un instante bastó para apuntar, disparando al momento.

Son demasiado veloces para reaccionar a pesar de la distancia. Una da a los pies de la presa, haciéndola volar hacia un destino fatal, pero, el otro par acierta sobre gigantescas rocas, provocado que se desplomen. Al ver esto con atención, reconoce algún tipo de enredaderas que permanecían ocultas bajo la nieve. Extiende su mano, energía de un claro y brillante verde la cubre y hace reaccionar estas plantas, provocando que crezcan hasta alcanzarla, frenando su caída al abrazar todo su cuerpo.

El cazador contempla la escena, paciente. Las ramas brillan, revelando su rastro hasta donde la nieve las cubre. Al perder de vista a su presa, da enormes saltos sobre abismos sin algún tipo de cuidado. Lo último que consigue ver a través de la tormenta es aquel rastro de enredaderas ocultarse sobre un camino cubierto del manto blanco.

—Entonces, lo encontraste —una voz ronca por el cansancio, pero firme.

El arma en su mano cambia de forma de nuevo, esta vez, volviéndose un brazalete mecánico que cubre todo su antebrazo. Pequeñas joyas de diversos colores le adornan, al igual que unas más grandes en su cuello, hombro y dos anillos. Rosa, verde, roja y morada son estas joyas.

Mobius es un mundo enorme, con una gran historia respaldándolo. Esta es la de la generación de aquellos que se convirtieron en los héroes más poderosos que esta era vio, y la de los ancestros de aquellos que ahora llaman Seres Especiales.

La chica en la armadura

En la base de una nueva aventura

Esta es aquella época del año que más trabajo le da a cientos de mobianos. El torneo anual de Mobius está a solo una semana de celebrarse. Este año, la región anfitriona es Hiddlem. Un continente separado del resto, mostrando la otra cara de Mobius. Tan largo, que casi se conecta con los polos sur y norte del mundo.

Muchas ciudades y pueblos colindantes llenan sus hoteles de mobianos de todo el globo que asistirán al tan esperado evento. Es en la ciudad Origi que se encuentra el gran estadio y los gimnasios donde se llevarán a cabo todos los enfrentamientos. Este lugar se encuentra casi en el límite de la región, por lo que el clima tiende a ser algo frio, aún en verano. Pero los climas extremos son poca cosa para la mayoría de especies de este mundo.

El gran llamativo de esta ciudad son las gigantescas montañas que pueden verse desde pueblos colindantes. Cubiertas de nieve y marcando el límite que la civilización no debe cruzar en el continente. Una vista que mantiene siempre vivo el turismo en la región. Por supuesto, hay algunos hoteles donde la vista es perfecta. Y es en uno de estos donde nuestros héroes se hospedan en esta ocasión.

Arkezz, el dingo con el poder de la luz; y Michael, un mapache con los conocimientos necesarios sobre el combate y los Seres Especiales. Ambos disfrutan de las ventajas de haber reservado meses atrás su habitación. En el décimo piso, con la mejor vista hacia la ciudad y las montañas que la rodean. Dos camas tamaño reina, baño, una larga mesa para comer, y todos los canales de Mobius en un solo televisor.

Por su lado, Michael ya se encuentra trabajando en su computador. Conociendo lo básico de cada peleador que se ha inscrito hasta ahora.

—Bien, Arkezz, tenemos una semana antes de que comience el torneo. No haremos lo mismo de hace dos años y esta vez sí participaremos, o nos matarán en casa, ¿oíste?

—Sí, sí, lo sé —hablaba con una gran sonrisa mientras escribía algo en su teléfono.

—Bien, este será ahora sí nuestro primer torneo mundial. Buscaré a los peleadores más fuertes y…

—¡Genial!

—¿Esto te emociona?

—¿Oh? Claro que no. Los chicos están aquí también. ¿Los recuerdas?

—¡¿Qué?!

—Hay una cafetería a solo unas cuadras del hotel, quedamos de encontrarnos en una hora… ¿Michael?

El mapache cubre su rostro con ambas manos para luego arrastrarlas con lentitud hacia abajo, en decepción y desahogo.

—Bien, ¿qué sigue? ¿La isla cae de nuevo?

—Vamos, Michael, tenemos una semana. Estuvimos entrenando cada día los últimos dos años. Descansemos bien, solo por hoy.

—Claro, algo así dijiste la última vez.

—Vamos, Michael. Son los chicos, ¿no quieres volver a verlos también?

—Bueno… si es el caso… Supongo que está bien —guarda su trabajo y apaga al instante.

—¡Excelente!

—¡Pero solo hoy!

—De acuerdo.

Esta vez les toma un poco más de tiempo salir del hotel. Decenas y decenas de mobianos están por los pasillos, entrando y saliendo de sus habitaciones.

Las calles de esta ciudad se sienten un poco más despejadas que las de Silversoun, en Miraida. Los edificios no son tan altos y hay muchos callejones espaciosos entre ellos. Las calles son muy anchas, todas con mínimo dos o tres carriles en cada dirección. Las aceras también son espaciosas, facilitando la movilidad, aun con tanta gente en las calles.

En pocos minutos llegan al sitio. La cafetería es bastante grande y concurrida. Con puertas y ventanas de un cristal que bloquea el sonido exterior. Algunas pantallas pequeñas en las paredes sintonizando el mismo canal de música independiente. Mesas de madera con bases de metal —por alguna razón— al igual que las sillas. También se pueden ver distintos tipos de bebidas y postres algo exagerados en diseño. La diabetes visual no se hace esperar en Michael, quien prefiere concentrarse en encontrar a los chicos.

Para suerte de ambos, sus amigos los encuentran primero.

—¡Arkezz! ¡Michael! ¡Por aquí! —se escuchó la dulce voz de un quetzal.

Alzando la mano para llamar aún más la atención, porque no hay las suficientes personas viéndolos ya, Ketsi llama al par que llevan esperando volver a ver desde hace tiempo.

Los chicos no han cambiado mucho. Ketsi sigue tan alegre y colorida como la última vez. Por el clima un poco frio de esta zona de la región, viste un delgado abrigo sobre una blusa purpura. Raikasai, a su lado, lleva puesta una chaqueta de cuero negra, delgada también, cuyas mangas cubren su plumaje, al igual que Ketsi; no es fácil adivinar que pueden volar de esta manera, aunque esa no es la intención. Tairo, por su parte, sigue siendo exactamente el mismo de hace dos años. Con una clara sonrisa, una actitud un poco más calmada, pues solo extiende la mano para saludar mientras los chicos se acercan, vistiendo con una chaqueta de cuero un poco más gruesa que la de Raika.

—¡Chicos! ¡No puedo creer que al fin puedo verlos!

Emocionado, corre para tomar un lugar que tenían apartado en la mesa. Un poco larga para cinco personas.

Solo es mediodía, por lo que pueden tomarse el tiempo que quieran para ponerse al corriente, comprar algunas bebidas y postres, burlarse del hecho de que Arkezz y Michael llevan la misma chamarra café, pero en diferentes tallas. En fin, un par de horas pasan como peces con la corriente.

—¿Saben por qué este lugar es un gran punto turístico? —Tairo, con la intención de dar a conocer un dato aleatorio que conoce con tal de que la conversación no comience a morir.

—¿Por las montañas? —Raikasai, desinteresado.

—No solo por eso. Esta es de esas ciudades con varios pueblos colindantes en los que viven familias con ciertas tradiciones. En muy común encontrar espadachines, arqueros y un montón de cosas así. Mobianos que practican artes marciales antiguas, incluso.

—¿Por qué aún existe algo así? No tiene sentido portar un arco cuando el enemigo promedio tiene super fuerza o velocidad —cuestionaba el águila, de verdad intrigado.

—Las tradiciones nunca mueren, supongo.

—No solo venden armas antiguas, esas suelen ser compradas solo por coleccionistas —aportó Michael—. Por lo general, los verdaderos peleadores que portan armas buscan algo que complemente sus habilidades, sean Seres Comunes, Especiales o de Mobius.

—¿Quieres decir que podríamos encontrar algo para nosotros en esta ciudad? —Ketsi, demasiado curiosa.

—Pues… Sí, supongo. Pero no puedes solo comprar el arma y usarla, ¿saben? Requiere años de práctica. Además, pertenecen a ese 99% de mobianos que ni siquiera las necesita en realidad. Sobre todo, Arkezz, él puede crear lanzas de energía lumínica.

—Cierto, muy cierto —Tairo, por completo de acuerdo.

—Aww. Vamos, chicos. Seguro encontramos algo interesante. Sé que no está permitido usar armas en este tipo de torneos, pero quizá descubramos que algún tipo de arma nos gusta.

—Pues, tenemos tiempo, ¿hay alguna armería cerca?

—Ya estoy en eso —Michael ya se encontraba buscando en su teléfono—… Oh, la más cercana está a una media hora caminando, al extremo de la ciudad. Mmm… quizá otro día.

—Serán cinco minutos en auto. ¿Quién viene?

Nadie se niega ante la invitación del tigre, solo Michael no quería ir en realidad.

Tal como dijo Tairo. La gran cantidad de carriles y el excelente orden de las calles de esta ciudad facilitan el traslado al máximo. Los límites de la ciudad están algo vacíos solo en comparación al centro. Compuesto solo por colonias de casas y algunos comercios ocasionales. Están lo más cerca que estarán de las montañas mientras permanezcan en los límites de la ciudad.

Las calles siguen siendo un poco anchas, con mucho menos tráfico. Por fin llegan al lugar. Por fuera, se ve un poco rustico. La estructura es de madera, pero es un edificio de dos pisos, bastante grande en comparación a otras tiendas de este rincón. Hay un par de espadas cruzadas y un escudo a los costados de la entrada. Por arriba, letras de metal que deletrean "Armería", como si fuera el único comercio de este tipo en la ciudad.

Al entrar, lo primero que ven son decenas de pasillos con estantes llenos de todo tipo de armamento. Hay una sección para todo: espadas y variaciones de estas, armaduras, escudos, armas de fuego, armas de energía, y otras cuantas.

Desde que entran, un viejo león los atiende. Bastante alto, pero gastado por la edad. Les ofrece mostrar algún tipo de arma en específico, pero los chicos solo vienen a ver.

Todo es de madera. Hay incluso algunas armaduras y otras cosas que sirven como decoración, incluyendo algunos cuadros que parecen contar historias de guerras del pasado. Algunas en tierra, otras en el espacio o alrededor del mismo Mobius. Se ve todo tipo de figuras: guerreros, gemas, aros amarillos, lo que parece ser una perla, naves, y demás.

Mientras veían algunas espadas, algo llama la atención de Arkezz, y es que Raikasai…

—¡¿Eh?! Oye, Raika, ¿y tus zapatos?

—¿Eh? ¿No te habías dado cuenta? Siempre voy descalzo.

—¿En serio? ¿Por qué?

—¿Recuerdas esa vez en la isla? Gracias a eso, descubrí que puedo usar mis garras en batalla, así que comencé a ir descalzo desde entonces. Así puedo tenerlas siempre en mente, y los zapatos no estropean su forma.

—¿No es un poco molesto?

—Lo era al inicio, pero te acostumbras… ¿Oh? No me digas que te interesa eso.

Arkezz carga una espada que veía hace un momento. Delgada, algo larga, pero no muy pesada.

—¿Oh? No, para nada, solo la veía. Siempre me ha gustado ver espadachines pelear.

—¿Por qué no la compras y aprendes a usarla? Tal vez te quede el estilo.

—Eh…

Comienza a imaginarse empuñando el arma en lo alto mientras el viento levanta su larga capa azul sobre las montañas.

—Quizá… en otra línea temporal —dijo con algo de vergüenza para dejar el arma en su sitio.

Por su lado, Michael se encuentra viendo una sección con armas de energía. Pistolas láser, látigos de plasma y… ¿cañones de mano?

—Eh… ¿por qué me siento tan incómodo al ver esto?

Y así pasan el rato. Tairo algo interesado por unos guantes de metal que deja de lado a sentir su exagerado peso, pensado para Seres Comunes con super fuerza. Ketsi molestaba a Raikasai al verse interesado por algo para sus garras o alas. Y Arkezz solo se paseaba por las secciones de colección, viendo catanas, sais, arcos, entre otras cosas.

La calma es interrumpida de manera abrupta cuando la puerta de abre de golpe. Todos voltean, incluso el viejo león tras el mostrador. Arkezz tiene problemas para ver tras los estantes. Se escuchan pisadas metálicas, fuertes. Con el poder del dingo, se puede sentir un estado malhumorado. Es hasta que esa persona llega al mostrador que los ojos del chico se iluminan de manera involuntaria.

Se trata de una chica, un erizo. Un metro y veinte de alto, bastante para su especie y posible edad. Púas negras como el carbón, largas, pero un poco ocultas tras su cabello, sujeto por una serie de trenzas para no colgar.

Con la vestimenta más peculiar que solo podrías esperar ver en una convención, pero con el único detalle de ser real. Un par de botas metálicas, un pantalón corto de un gris ceniza, llegando bajo las rodillas, donde comienza a asomarse una malla metálica que puede estar cubriendo todo su cuerpo. Una chaqueta brillante con algunas decoloraciones purpura, tapando una delgada armadura que cubre su pronunciado pecho y mangas que abarcan hasta llegar a los guantes metálicos, de un negro nocturno, como las botas. Pero, sin duda, lo que más llama la atención de esta chica, es la enorme espada que carga en su espalda.

Una empuñadura negra con forma de cruz y una pequeña gema morada en el centro. La funda por completo de acero, tal vez del mismo material que las botas y los guantes, por el color. El arma completa asoma sobre su cabeza y termina por encima de sus tobillos, de un grosor considerable también.

Después de fijarse en cada detalle de la armadura, arma y vestimenta, Arkezz pasa a fijarse en el rostro de la chica. Parece molesta al acercarse al mostrador. Posee un par de ojos morados muy brillantes, "hermosos", descritos de manera breve por el dingo, quien pensó en voz alta sin darse cuenta para que Tairo le diera una palmada en la espada.

—¡¿Eh?! Oh, Tairo, je, je, ¿qué pasa?

—Veo que al fin encontraste algo que te interesa.

—¿Eh?… Je, je, no sé de qué hablas.

—¿Por fin tuviste éxito? —preguntó aquel león, llamando de nuevo la atención de los chicos.

—¿Parece que haya tenido éxito? —respondió una voz un leve agresiva, para nada aguda, pero tampoco grave.

—Ya veo…

—Lo siento —habló con más calma luego de un suspiro—. Necesito que revises el mapa, creo que estoy por encontrar la entrada esta vez, solo…

—Lo mismo dijiste las últimas tres veces, Hayasi.

—¡Esta vez estoy segura!

—Sí, también lo dijiste.

—¿Quieres escucharme? Algo grande está pasando en esa montaña.

—Lo dijiste también.

—¡Por favor!

—Hayasi, le debes dos meses de renta a ese tipo. Te quedan pocos días para que te echen. Creo que deberías olvidarte de esto y buscar algún empleo.

—No puedo dejarlo ahora. Debo ser la primera en encontrar el templo. Escucha, vi a esos sujetos de nuevo. Creo que, si no me doy prisa, la encontrarán antes que nadie.

—Son científicos universitarios, Hayasi. Están por exploración.

—¡No son universitarios, Leo! No los has visto. Escucha… creo que son de Esmeralda Negra.

Esto genera una carcajada que sorprende a la chica. Cuando comprende por qué la reacción, vuelve a verse molesta.

—¿Terminaste?

—Niña. Esmeralda Negra es solo una leyenda urbana creada para que las chicas como tú no salgan de noche.

—¿Qué tratas de…? Argh, solo ayúdame una última vez. Revisa el mapa con los apuntes que hice.

—Hayasi, no. Estás muy obsesionada con esto. Puliré tu espada y revisaré tu armadura, si quieres, pero debes dejar esa búsqueda.

—¡Estoy por lograrlo!

—No, niña. Muchos lo han intentado por décadas, ¿qué te hace pensar que…?

La discusión es interrumpida por la caída abrupta de dos piezas metálicas en el mostrador. Se trata de dos guanteletes en forma de ala, de un color rojo rubí.

—Disculpe —Raikasai, algo irritado—, siento interrumpir, pero tengo rato esperando. Leí que estas cosas son resistentes a la lava. ¿Cuánto por ellas? En créditos.

—Raikasai —gritó Ketsi desde lejos, avergonzada por el comportamiento de su compañero.

—Claro, un momento.

Como si no fuera suficiente el ambiente rustico. El único tipo de inventario que tiene son una serie de libretas con cada arma de la tienda anotada en diferentes secciones.

Por otro lado, Arkezz parece querer intervenir, por alguna razón, pero el Tairo y Michael lo detienen.

—Escuché que tienes problemas con un mapa.

—Algo así —respondió, no muy dispuesta a seguir la charla…

—Si te interesa, tengo dos amigos que saben de mapas.

—¡No nos metas en algún tonto viaje, Raikas…! —gritó el mapache, pero es silenciado por el dingo, quien cubre so boca con la mano.

—¿En serio? ¿Pueden ayudarme?

—Bueno, estudié algo de cartografía antes de abandonar los estudios —respondió Tairo—, supongo que puedo echar un vistazo, algo básico, solo eso.

—¡Solo eso necesito!

Con emoción, el erizo se acerca a los chicos; para cuando Michael retira esa mano de su boca, bastante frustrado a este punto.

Busca en algún bolsillo dentro de su chaqueta, dejando un poco al descubierto su figura, marcada por la armadura y la blusa negra debajo de esta. Sin mangas, pero aun cubierta por esa malla metálica. Arkezz es quien se fija en todo esto, y es Tairo quien lo invita a disimular un poco golpeando con el codo.

Les muestra un pequeño disco del que sale un holograma. Se trata de un enorme trazo de la montaña más alta en los extremos de la región. Una infinidad de caminos para la vista están marcados, un trabajo que le llevó tiempo hacer.

—No sé hacer mapas. El viejo de allá es quien me ayudó a hacerlo. Verán, ya exploré por aquí, y por aquí, pero solo encontré caminos muertos, entonces…

Mientras ella explica, los chicos ven con gran asombro el detalle que hay en cada sección de la montaña. No solo impresionan sus poco más de ocho kilómetros de alto, sino el grosor de ésta y lo prominente que es al lado de las otras.

—Pero, viendo desde ciertos puntos, creo que hay un camino oculto por… esta sección. ¿Crees que puedas ayudarme con eso?

—Bueno… creo que sí, permíteme ver un momento.

Le entrega el disco. Casi se les cae a ambos al escuchar el grito de Raikasai.

—¡¿15,000 créditos?! ¡Debo ganar el torneo de este año para comprarlos sin que me apaguen en casa!

—Je, je. Calma, Raikasai, en verdad no las necesitas —intentó Ketsi.

—Se trata de un modelo sencillo. Resisten altas temperaturas, pero son ligeras. Sirven más como una protección en zonas de lava que para el combate. Una verdadera arma te costaría el doble.

—¡¿Qué?!

—Eh… Muchas gracias, señor. Seguiremos viendo, je, je —apenada, toma las alas y se lleva al águila.

Intentando ignorar eso, Tairo y Michael comienzan a examinar el mapa. Ambos notan detalles al instante y comienzan a cambiar cosas, impresionando a la chica. Por su lado, parece que Arkezz está por hacer alguna pregunta para forzar una conversación poco natural, pero…

—¿Participarán en el torneo especial?

—¿Eh?… Oh, sí. Todos nosotros. De hecho… será mi primer torneo.

—Ya veo… Suerte con eso.

Y la conversación termina tan pronto como inició. Pareciera que la chica se olvida por completo de Arkezz al prestar atención a cada ruta nueva que van marcando los chicos. Borrando y dibujando líneas, círculos, entre un montón de cosas. Parece que el dingo está por decir algo para ahora sí iniciar una típica conversación incomoda y forzada, pero…

—Pero no estoy seguro. Cualquier avalancha o temblor pudiera cambiar todo lo que está en este mapa. Es difícil decir si es correcto con un objetivo que nadie ha alcanzado para decir que está ahí. La única forma de estar seguros es…

—No lo digas.

—¿Ir a ver? —sugirió la chica.

—Exacto.

—No, no, no, no, no. Quedamos que nada de viajes peligrosos o aventuras este año. ¿Arkezz?

—¿Eh? Yo…

Todos lo observan, como si dependiera de él. Parece querer apoyar a Michael esta ocasión, pero pronto recuerda a la chica a su lado y comienza a dudar.

—Yo… Eh… Yo no tengo problemas en ir… supongo.

—¡¿Qué?!

—Bien, tal vez Raikasai y Ketsi quieran ir igual. Iré a buscarlos.

Apaga el aparato y se lo devuelve al erizo para buscar a las aves en los pasillos. El mapache no esconde para nada su decepción y frustración al ver que la historia se repite.

—¡¿En serio, Arkezz?! ¡¿De verdad?!

—¿Qué…? Sera divertido. Además, tenemos una semana.

—Escalar montañas no tiene nada de divertido. ¿Qué tal si nos perdemos? ¿Y si nos cae una avalancha? ¿Y sí…?

—Michael… ninguna de esas cosas podría…

—¡No es el punto!

—Oigan, no tienen que acompañarme si no quieren. Puedo hacerlo sola.

Por un momento fueron ellos los que olvidaron la tercera presencia al lado.

—Ya la escuchaste, somos libres.

—¿Ah? No, espera…

—¿Qué?

—Es que —comienza a rascarse detrás de la cabeza en nervios—… Tal vez de verdad quiero explorar esa zona.

—Arkezz…

—Oye, míralo de este modo: comparado a la Isla Ángel, una simple montaña no es nada.

Al escuchar la mención de la isla, Hayasi comienza a tener cierto interés, reflejado en la forma que sus ojos se abren en sorpresa. Sin perder su actitud seria, hace como que no escuchó.

—Supongo que en eso tienes razón. De acuerdo, pero no planeo perderme ahí. En cuanto encontremos esa entrada o parezca que nos hemos perdido, regresaremos a tierra firme, ¿de acuerdo?

—Vamos, Michael, siendo nosotros, ¿qué puede pasar?

Grandes abrigos, kilómetros de cuerda, ganchos, botas especiales, un equipo entero distribuido en enormes mochilas. La base de la montaña está cubierta de nieve, tan solo han escalado algunos metros, pero Michael ya muestra cansancio por tan solo cargar su mochila. Se deja caer de sentón mientras el resto contempla el coloso sobre ellos.

—"Siendo nosotros, ¿qué ha de pasar?" —arremedó, recordando que es el único individuo sin poderes presente.

—Ja, ja. Vamos, Michael, apenas llegamos.

—Este lugar es —hablaba con el pico tembloroso mientras frotaba sus manos en los suaves guantes— enorme, ¿qué tan alto se supone que subiremos?

—Hablando de eso —interrumpió Tairo—, Ketsi, Raikasai, ¿qué tan alto podrían volar?

—No, no, no, no siquiera lo pienses, hace demasiado… frío aquí. ¿Sabes lo que me puede pasar si me quito solo las mangas para volar? Mi cuerpo se vuelve como piedra y… me puedo quebrar, es horrible.

—¿Ah? ¿De qué hablas?

—Los Seres Acuáticos no soportan las temperaturas extremas —respondió Michael—. Mucho calor los evapora, mucho frio los congela. No exactamente, pero, algo así.

—Ya veo… ¿Raikasai?

—Ni hablar. Me congelaré igual. Es difícil encender fuego en medio de una tormenta de nieve. Además, me quedaría sin energía mucho antes.

—Escalaremos a la antigua —concluyó Hayasi, ansiosa, con un par de picos en sus manos.

Al verla de nuevo, es imposible seguir impresionado por la armadura siempre presente y lo poco abrigada que se encuentra. No solo eso, se mueve con gran facilidad a pesar del evidente peso con el que carga.

—Esperen, ¿cuánto subiremos, entonces?

—Cinco kilómetros, Ketsi —Michael, exhausto al hablar.

—¡¿Qué?! ¿Tan lejos está?

—Quizá un poco más —agregó el erizo—, ¿están listos? ¿Qué estamos esperando? ¡Síganme!

Tan pronto como da la orden, clava dos largos ganchos en el muro de roca, comenzando a subir con un ritmo que obliga a todos a despertar, pues se quedarán atrás.

Será un camino muy largo. Suben algunos metros escalando, con Hayasi a la cabeza todo el tiempo. Por fortuna para Michael, tanto tiempo escalando la misma montaña le ha permitido al erizo encontrar todo tipo de senderos con los que pueden seguir subiendo a pie, aunque esto solo signifique un leve respiro. Los caminos tienden a ponerse estrechos, atormentando a los chicos con adrenalina; un paso en falso, tan solo con resbalar bastará para ser la última caída de alguien. Mientras sufren por una de estas secciones, los chicos recuerdan el sonido metálico provocado por la armadura de su actual líder.

Volverse conscientes de la pesadísima vestimenta, sumado a la gorda mochila llena de herramientas y provisiones que todos cargan por igual, los hace sentirse abrumados. No solo por la asombrosa fuerza y resistencia demostrada, sino por el hecho de aumentar las probabilidades de hacer que todos caigan al pisar cualquier superficie inestable.

Pasan algunas horas. Se hacen pausas ocasionales para descansar, más seguidas de lo que al erizo le gustarían, pero no pueden exigirle tanto a Michael. Una larga manta protege al grupo de la gruesa capa de nieve cubriendo el suelo.

—Parece que hay una tormenta más arriba —Tairo, observando mientras bebe un poco de chocolate de un termo.

—Chicos, ¿me recuerdan qué estamos buscando?

—Una entrada, o algo así —Raikasai, disfrutando del mismo chocolate al lado de Ketsi—. ¿Si quiera sabemos si es una cueva o podremos llegar tocando la puerta?

—Probablemente sea una cueva —respondió Hayasi, revisando el mapa—. Solo un par de horas más… bueno, tres —giró su rostro al mapache.

—Perdón…

—Hayasi —Tairo, con su habitual y apacible voz—, quizá debimos preguntar esto antes, pero, ¿por qué te interesa tanto encontrarla?

—¿Qué…? Esperen, ¿me están diciendo que vinieron aquí y no tienen idea de dónde están?

—Eh… ¿Deberíamos? —Raikasai.

—Tsk… "peleadores" —declaró con desprecio mientras cerraba el mapa, dejando que algunos archivos y carpetas se materialicen.

El grupo observa un poco confuso y molesto, ¿"peladores"? ¿Qué quiso decir? Les da poco tiempo para pensarlo, pues un pequeño grupo de imágenes, fotografías y archivos se abren a la vista de todos.

—Esperen, creo que he visto todo eso antes —Michael, levantándose con curiosidad a los archivos.

—Busco la entrada a un templo oculto, uno que nadie ha podido encontrar en más de cien años.

—¿Qué dice?

—¿Un templo oculto? ¿Aquí?

—¿Más de… cien años?

El único en silencio es Arkezz, pues todo resulta demasiado asombroso para él.

—Sí, sí, ¡lo sabía! ¡Es el templo donde se oculta el alma del primer Ser Lumínico!

—¡¿El primer qué?! —Arkezz, en extremo sorprendido.

—Chicos, se trata de un templo cuya ubicación nadie conocía hasta hace algunos años. Esta montaña lo oculta, pero nadie ha encontrado alguna entrada aún. Si los trazos que Hayasi tiene en su mapa son correctos del todo, ¡significa que podemos ser los primeros en encontrarlo!

—Suenas… muy emocionado de repente, mapache…

—¡¿No lo entiendes, Raika?! ¡Podemos hacer historia! ¡Podríamos ver lo que alguna vez fue uno de los tres Seres Especiales más poderosos de la historia! ¡Arkezz! ¡El primero de tus ancestros se encuentra en esta montaña!

—Wow… eso… Eso… ¿qué significa para mí? —preguntó con sincera inocencia.

—Eh… Arkezz, por favor…

—Como sea —apagó su aparato—. No somos los únicos buscando ese templo. Durante años, he visto todo tipo de personas subir esta montaña para luego nunca volver. Turistas, Seres Comunes y Especiales buscando un reto, científicos y exploradores, pero, los últimos meses he visto un grupo extraño de mobianos volver una y otra vez. Demasiado insistentes como para estar buscando un reto, muy poco equipados como para ser investigadores, muy discretos para ser turistas…

—¿Por qué te importa tanto este lugar, Hayasi?

La pregunta del tigre parece interesarles a todos, pues devuelven sus miradas al erizo con transparente curiosidad. Al verlos, gira su vista a cualquier otro rincón, una disimulada mueca se dibuja al apretar los dientes.

—No se preocupen por eso, ¿quieren? Solo necesito ayuda para llegar a la entrada, a partir de ahí, podré ir sola. No quiero distraerlos tanto de su torneo.

—¡Excelente! —expresó Michael— No hay que hacerla esperar más, chicos, ¡en marcha!

Aunque un poco molestos o desalentados por la actitud del mapache, tampoco pueden insistir más con el tema, pues la chica comienza a clavar sus ganchos en la nieve, apoyada de largas cuchillas que salen de las pesadísimas botas. Por supuesto, el resto cuenta con las mismas herramientas, por lo que no se quedan muy atrás.

El camino es largo, lleno de trabas, momentos perfectos en los que cada uno demuestra sus habilidades y poderes para sortear obstáculos, en especial, Arkezz y Tairo. La poca paciencia en Hayasi destaca cada vez que Michael pide un descanso al encontrar un lugar, aunque sea, un poco cómodo, pero las oportunidades para eso terminan llegando a cierta altura.

La tormenta es fuerte, las aves son quienes más sufren por ésta. Siempre a la cabeza, Hayasi parece olvidar que viene acompañada, hasta que escucha las palabras de aliento ofrecidas por el dingo a sus compañeros. Baja la mirada en sorpresa para asegurarse que todos estén bien, contemplando con asombro el apoyo que se dan sin dudarlo siquiera un poco.

Arkezz no muestra molestias, aunque sí problemas, para cargar al mapache. Por otro lado, Raikasai y Ketsi parecen ir siempre uno cuidando al otro, a una altura similar, deteniéndose para esperar al otro. Tairo siempre al pendiente de todos, a veces, olvidándose de sí mismo, advirtiendo, dando señales, instrucciones y consejos sobre dónde clavar el siguiente gancho o dar el próximo paso.

Poco después, el erizo explica que ha conseguido formar caminos para avanzar sin mucho problema luego de tanto tiempo de explorar el lugar. Un sendero irregular les facilita el paso, sintiéndose como una especie de alivio tras tanto tiempo de cuerdas y subir al borde de la muerte. Por desgracia, es la fuerte y siempre constante tormenta la que les impide sentir este alivio. Ni siquiera las gafas especiales para la nieve les permite ver más allá de unos metros, pero, conociendo el camino como si fuera su hogar, Hayasi dirige al grupo.

—¿Ah?… ¡Chicos, esperen!

Arkezz alza la mirada, parece buscar algo. Hayasi y las aves esperan razones, mientras Tairo le pregunta con un claro ademán; Michael permanece a su lado.

—Siento… ¡Siento algo! ¡Es energía! Una especie de… ¡Un camino de energía!

—Eso es imposible, ¿energía, aquí? —Tairo, sorprendido.

—Energía… ¡Debe ser el camino que busco! ¡¿Por dónde?!

—Es… ¡Hacia allá! ¡Arriba!

—Bien, ¡vamos!

Tragan un poco de saliva, es un camino no explorado antes, ni siquiera por Hayasi. Se ven todo tipo de irregularidades. Rocas gigantes y picudas, desniveles a la vuelta de cada esquina, gigantescos cúmulos de nieve listos para caer en cualquier momento, a la mínima interacción.

—¡Arkezz! ¡Debes ir a la cabeza!

—¡¿Qué?!

—¡Hayasi puede guiarnos para no caer, pero tú sabes hacia dónde vamos! ¡Dirige al grupo con ella!

—Es… ¡Está bien! Supongo…

Con poco esfuerzo, se coloca a su altura. Las miradas se cruzan, el dingo muestra un poco de nervios, pero poco le interesa a ella, pues le da una pequeña señal para seguir.

Ambos lideres se toman su tiempo, pues Hayasi debe adaptar la ruta conforme las instrucciones de Arkezz. De vez en cuando, es necesario saltar, cosa que acelera el corazón del mapache en cada ocasión, aunque es Tairo quien debe cargarlo en esos casos.

El camino no parece tener fin, cada vez es más difícil ver, pero, hay una razón más para temer de verdad ahora. La tierra se sacude, nieve comienza a caer. Se trata de un breve, pero fuerte temblor, luego otro. Pronto, estos dejan de importar, pues una poderosa avalancha ya es visible. Los gritos del mapache hacen que todos se olviden que es el inteligente del grupo por un momento.

Incluso Hayasi parece un poco asustada, pero, se sorprende cuando el dingo alza la mano. Sobre todos, un delgado y transparente muro blanco se materializa, con la forma de un cristal o una gema; se trata del espejo de luz. Cuando la nieve cae sobre él, Arkezz lo inclina un poco para desviarla, protegiendo a todo el grupo. Toneladas y toneladas de blanco continúan cayendo sobre el grupo, pero la barrera resiste sin problemas, es el chico quién parece cansarse un poco pasado algo de tiempo. Por fortuna, la avalancha termina.

—Uff…

Deja caer su brazo, manteniendo la otra mano siempre firme a la par de sus piernas para no caer.

—Eh… Arkezz.

—¿Sí?

—Michael se desmayó —cargaba con él, sujeto con una cuerda.

—Cielos, je, je…

—¿Qué… clase de Ser Especial dices que eres? —Hayasi, ocultado si asombro.

—Soy un Ser Lumínico.

Sin mucho más por discutir, siguen su camino. En pocos minutos, Arkezz encuentra un sendero oculto entre los enormes picos. Bajan de inmediato, confiados en que aterrizarán a salvo. Gracias a aquella avalancha, mayor parte del suelo está despejado, siendo cubierto poco a poco por la tormenta.

—Miren eso…

El dingo encuentra por fin el origen de la energía que lo dirige, una seria de raíces, de un verde lleno de vida a pesar de la altura y el clima. Nadie puede creerlo, en especial Hayasi, pues jamás las había visto antes. Este descubrimiento la emociona, los obliga, sin querer, a acelerar el paso. El lumínico les advierte rápido de más caminos ocultos por la tormenta, cambiando su dirección a la par de esta serie de raíces.

De pronto, Hayasi se detiene, probando incertidumbre. Tras acercarse un poco para ver qué sucede, los chicos descubren una pared de rocas. Las raíces parecen avanzar por debajo.

—¿Las hacemos explotar, o…?

—No Raika, debemos evitar otra avalancha.

—Entonces, ¿se terminó? —Ketsi, angustiada.

—¿Puedes moverlas con un tentáculo de agua?

—¡Me estoy congelando, Tairo!

—Lo siento, lo siento, je… ¿Arkezz?

—Mmm… Tal vez pueda crear varios espejos y moverlos para… ¿Qué estás haciendo?

—No tengo tiempo para esto —el erizo, acercándose a las rocas.

—Agh… ¿Chicos? ¿Dónde estamos? —despertó el mapache.

Tan pronto como Hayasi pone sus manos sobre una de estas enormes formaciones, la levanta sin ningún problema para arrojarla al vacío. No se detiene ni un momento y hace lo mismo con el resto de rocas. Los chicos observan con peculiar sorpresa.

—Aah, claro, super fuerza, eso explica cómo puede cargar con todo… eso —Ketsi, explicando todo por mí.

—Aah —el mapache volvió a desmayarse, siendo atrapado por Arkezz esta vez…

En poco tiempo, Hayasi consigue limpiar el camino, revelando lo que tanto tiempo buscó: una entrada.

—Por fin… ¡Por fin!

—¿Esa cueva es la entrada al templo? Luce como cualquier agujero —Raikasai, dudoso.

—Solo hay una manera de averiguarlo —Hayasi se mostró dispuesta a entrar, pero se gira hacia los chicos tan pronto recuerda…

—Bueno —Tairo, dándole la espalda—, ¿cómo volveremos a tierra?

—Pensaba en transformarnos en luz para bajar algunos cientos de metros en cada turno. Tendría que detenerme a descansar un par de minutos luego de eso, pero, es lo menos tardado y difícil.

—¿Puedes con todos? Creo que puedo ayudarte transformándonos en rayos de vez en cuando.

—Si puedes hacerlo, sería genial, je, je.

—Chicos, ¿debemos esperar a que Michael despierte?

—Eeh…

—¡Esperen!

El grupo redirige la mirada al erizo en curiosidad.

—Yo… Creo que podría necesitar… un poco más de ayuda.

—¿Ah? Lo siento, el trato era ayudarte a encontrar la entrada y solo eso, debemos volver a…

—¡Lo sé! Pero… por mucho tiempo… temí que no la encontraría. Ahora que por fin estoy aquí… No conozco nada de lo que encontraré ahí dentro, puede que me tome demasiado tiempo…

—Un trato es un trato —interrumpió Raikasai—. Se me están congelando las alas aquí, necesito estar en forma para el torneo.

—¡Raikasai!

—Entiendo…

—Lo sentimos, Hayasi, espero que tengas suerte —se despidió Tairo.

Mientras los chicos terminan de discutir sus planes, la chica vuelve su mirada a la entrada. Su verdadero deseo es explorar ya, pero, su temor es el mismo de antes, ¿y si alguien ya había encontrado este lugar? ¿Podrá cumplir su objetivo a tiempo?

—¡Al menos…!

—¿Ah?

—¡Al menos quédate tú!

—¿Ah? ¿Yo! —Arkezz, confundido y sonrojado.

—Puedes sentir energía, ¿no es así? Contigo será mucho más fácil. Tal vez puedas dirigirme, encontrar el alma del primer Ser Lumínico, ¿no sería eso apropiado?

—Eeh…

—¿Arkezz?

—¿Qué piensas hacer?

—Planeas faltar a otro torneo, ¿eh?

—Chicos… por favor, basta… Mmm…

Lo primero que su mirada encuentra, es un Michael inconsciente que descansa en el brazo de Tairo, cargado como un costal. Es obvio, no debe pensarlo mucho, estará en contra de la idea, en especial con la promesa de participar en serio este año. Por otro lado, los chicos parecen esperar una respuesta. Viajar de una región a otra, después a la isla flotante, les tomó solo un par de días, ¿qué tanto puede tomar explorar el interior de una montaña? Con esto en mente, vuelve su vista en la cueva, pero, tan pronto lo hace, Hayasi se cruza en su camino.

Firme, los puños cerrados, una expresión que espera una respuesta. Lo hace evidente, entrará a esa cueva con o sin ayuda. Es imposible no saber qué fue lo que provocó la respuesta de Arkezz, quizá su espíritu aventurero, un sentido del deber, un sueño de hacer el bien, salvar a los otros usando los dones con los que nació, pero, todos sabemos que lo hizo por la chica.

—Está bien.

—¡¿Qué?!

—¿De verdad?

—¡Excelente! No perdamos más el tiempo, entremos ya,

—Sí… je, je, je.

Antes que el dingo pudiera dar el primer paso, siente la mano de Raikasai en su hombro, provocándose un temor sin sentido.

—¿En serio crees que te dejaremos así nada más?

Un ala más se acomoda sobre su otro hombro.

—¿Cómo podríamos abandonar a nuestro amigo?

Así, con toda la cizaña que cabe en sus emplumados cuerpos, se unen a la aventura.

—Chicos… no es necesario, odiaría meterlos en otro problema.

—No seas ingenuo, Arkezz.

—Tairo, ¿tú también?

—Después de todo, somos Seres Especiales, nos gustan estas cosas —le guiñó el ojo, su forma más honesta para demostrar que comparte intenciones con las aves.

—Claro…

Fuera de toda malicia, la verdad es que todos muestran al menos un poco de interés por este lugar. Un templo oculto hace siglos, resguardando los restos animados de quien alguna vez fue el primer Ser Lumínico, miembro de la primera generación de Seres Especiales en Mobius. El solo imaginar las cosas que podrán encontrar en el camino los llena de emoción, intriga, miedo y entusiasmo. Sin embargo, tal como el erizo temía, no son los únicos compartiendo esta búsqueda.

—Por cierto, me temó que jamás me presenté. Mi nombre es Hayasi, Hayasi Otoken.


Próximo capítulo

"El domador de almas"