PRÓLOGO
Escocia, año 1172
Kakashi Hatake miraba el cuerpo de su esposa retorciéndose de dolor en el lecho, mientras su hijo no podía nacer. Samui llevaba más de dos días de parto y sus gritos, que antes habían sido desgarradores, ahora solo parecían los aullidos de un animal herido agonizando de dolor. La curandera le miró a los ojos cuando el jefe del clan Hatake buscó los suyos en busca de un milagro. La anciana solo pudo devolverle la certeza de que ese milagro no se produciría. Lo había intentado todo sin ningún resultado y el tiempo se había agotado.
Kakashi se levantó, sintiendo como la impotencia le roía las entrañas. El miedo a perderlos, que momentos antes laceraba su corazón, ahora se volvía agónico con la certeza absoluta de que eso era precisamente lo que pasaría. Se negó a creerlo y con firmeza sujetó a Tamae del brazo y la miró con toda la furia que albergaba en su interior por la injusticia de aquel suceso.
—Haz algo. Tienes que salvarlos —rogó Kakashi cuya voz que siempre había sonado firme, dura y templada, se quebró en la última palabra.
La anciana miró aquellos ojos negros y el dolor que habitaba en ellos, semejante al que ella portaba en el corazón y que le hacía desear que la parca le diera alcance cada maldito día, y le entendió de una forma que hubiese deseado desconocer. Sabía que no podía decirle nada que pudiese consolarle en ese instante. Era un hombre demasiado joven para soportar todas las cargas que la vida le había impuesto. Solo tenía veintiún años y ya era jefe de clan y, si nada lo remediaba, un hombre marcado por la muerte de su esposa y su hijo.
—Ya no tiene fuerzas, Kakashi, pero no soy de las que se rinden. Siéntate a su lado y cógele la mano. Lo intentaremos hasta el final. Es lo único que puedo prometerte —dijo Tamae ofreciéndole el único consuelo posible, el de la esperanza. Aunque fuese vana.
Kakashi supo leer en los ojos de la anciana y, a pesar de apreciar la verdad en ellos, se aferró con uñas y dientes a lo que ella le ofrecía como único bálsamo para no volverse loco.
Miró a su esposa una vez más y la impotencia gritó dentro de él, martilleando su pecho con insistencia. Samui era demasiado joven para morir, para no poder disfrutar de una maternidad tan deseada dentro de una vida impuesta, de un destino no anhelado pero que había acatado como una buena hija.
Al igual que él, había aceptado un matrimonio concertado sin que ningún sentimiento uniese a ambos, y todo por el bien de sus dos clanes. Él debía garantizar el bienestar de su gente, de un clan inestable y a la deriva después de la muerte de su padre y de su hermano mayor que lo habían dejado huérfano y sin ninguna guía. Él jamás había deseado erigirse como nuevo Laird, ese no iba a ser su destino, pero su propio clan lo escogió, según las palabras de los más ancianos, por ser el más cualificado a pesar de su juventud. Él no se negó, el honor y el legado de su padre le impidieron hacerlo. Así como tampoco se negó a casarse unos meses más tarde con la hija del jefe del clan Chattan, cuya tierra limitaba con la de los Hatake. Esa sería la última de las decisiones que acataría sin que sus deseos quedaran incluidos en ellas, un juramento que se hizo a sí mismo cuando vio lo desgraciada que hacía aquella unión a Samui, enamorada en secreto de un joven de su propio clan.
Kakashi se esforzó en hacer feliz a su esposa, pero todo fue en vano: sobre el corazón no se podía mandar y menos doblegar a voluntad. Cuando supieron que estaba embarazada fue la primera vez que Kakashi la vio sonreír de verdad, no la fingida línea que obligaba a sus labios a adoptar cuando pensaba que los demás esperaban eso de ella.
—Tienes que ser fuerte, solo un poco más, Samui. Estoy aquí contigo —le dijo Kakashi a su esposa cerca de su oído mientras depositaba un dulce beso en su hombro, empapado de sudor por las horas de sufrimiento y el legado del dolor.
Un alarido salió de los labios rotos de su esposa curvándose en una postura antinatural, levantando prácticamente toda la parte superior de su cuerpo, mientras apretaba con su pequeña mano el brazo de Kakashi con una fuerza que parecía no corresponderle por su fragilidad, clavándole los dedos como si su último aliento de vida estuviese destinado a ese esfuerzo.
Tamae miró al jefe del clan Hatake cuando un niño, tan pequeño que parecía irreal, acabó en sus manos tras el último empujón de Samui. El niño estaba azul, y ningún signo de vida habitaba entre sus frágiles huesos.
Kakashi tragó la bilis y el desgarro que sintió subiendo por su pecho cuando los ojos de la anciana le dijeron todo lo que no deseaba saber.
La cantidad de sangre que había a los pies y entre los muslos de su mujer junto con la extrema palidez de su rostro le dijeron que Samui seguiría a su hijo en solo unos instantes. Un atisbo de lucidez en una mirada perdida le dijo a Kakashi que su esposa estaba aferrándose a la vida para poder ver a su hijo.
—Mi pequeño —susurró Samui casi sin aliento.
Kakashi le soltó la mano a Samui solo un instante y se acercó a Tamae, que aún sostenía a su hijo. Le había pasado un paño con agua tibia y ahora podía ver sus facciones, preciosas, tan parecidas a las de Samui, en un rictus apacible.
Lo tomó de los brazos de la anciana con resolución pero con el alma sangrando. Tamae sintió el temblor en las manos de Hatake cuando le quitó al pequeño para acercarse a Samui y dejarlo suavemente, con reverencia, entre sus brazos.
Samui no abrió los ojos pero una sonrisa apareció en sus labios cuando le sintió contra su pecho, y con un suave suspiro dejó este mundo.
Tamae había visto muchas cosas pero lo de aquel día se le quedaría grabado hasta el instante de su muerte. El dolor que vio en los ojos de Kakashi cuando se inclinó sobre el cuerpo de su esposa y de su hijo le hirió el corazón. Sabía de ese dolor y era el peor que existía en este mundo. Cuando le vio besar con adoración la mejilla de su hijo y los labios de Samui y arroparlos bajo los colores de su clan tuvo que apartar la mirada.
Tamae le vio salir momentos después con paso firme fuera la habitación. El rugido que oyó segundos después y que rasgó el silencio de la noche como si fuera un animal herido de muerte la hizo contener el aliento. Ella sabía que Kakashi Hatake viviría con esa pena hasta el final de sus días.
Esta historia es de Josefina L. Y los personajes utilizados en la misma, pertenecen a M. Kishimoto.
