Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 4

Poco después de las cuatro y media, Bella entró en su piso. Estaba agotada y tan desanimada que sólo deseaba meterse en la cama y esconderse bajo las mantas.

Tan cerca.

No podía apartar de su cabeza, aquella cantinela. Durante años había mantenido viva su esperanza, su determinación, con casi nada para alimentarlas, pero ahora que había visto al hombre y que sabía que aún estaba vivo y en qué zona se encontraba, lo único que sentía era desesperación por no haber logrado capturarlo.

—No dejaré que eso me deprima —dijo en voz alta mientras entraba en el baño y se quitaba la ropa sucia—. No lo permitiré.

Así era como había atravesado el infierno de los últimos diez años, negándose a rendirse. A veces se sentía como uno de aquellos soldados japoneses tras la Segunda Guerra Mundial, que seguían combatiendo mucho después de que la contienda hubiera concluido porque no podían aceptar el resultado.

Nunca lo encontrarás, le había, dicho mucha gente. Retoma tu vida, le había dicho su propio hermano. William era tan pequeño cuando se lo llevaron que ella no tenía la menor idea de cuál sería su aspecto, ni tenía forma de identificarlo a no ser por los análisis de ADN. Y eso, asumiendo que estuviera en Estados Unidos. Podía estar en cualquier parte. En Canadá, por ejemplo, o incluso en México. Una mujer bienintencionada, pero totalmente loca, había llegado a decirle que quizá fuera bueno organizarle un funeral y dejarlo descansar en paz.

El hecho de que la mujer todavía estuviera viva era el testimonio del autocontrol de Bella.

William no estaba muerto. Si ella dejaba de creer en eso, no sería capaz de funcionar.

El espejo de su cuarto de baño reflejaba un rostro demacrado, pálido por el agotamiento, con grandes círculos oscuros bajo los ojos color café y una mueca lúgubre en los labios. Esta noche parecía tener más que sus treinta y tres años. El mechón de canas de su desordenado cabello tenía un aspecto severo. A los pocos días del secuestro, una de las enfermeras descubrió que un mechón de sus cabellos se había vuelto blanco. El mechón siempre sobresalía en las fotos que tomaban en los encuentros para recaudar fondos, un recordatorio para todos de que ella conocía a la perfección los sufrimientos por los que atravesaban los padres cuando un hijo desaparecía. El resto de su pelo no había cambiado, seguía siendo castaño claro, ondulado, pero lo que llamaba la atención era el mechón.

Mañana por la noche hay otro encuentro para recaudar fondos, pensó; su cerebro cansado recapacitó. No, es hoy por la noche. El hecho de que aún no se hubiera ido a la cama no significaba que no hubiera llegado otro día.

Pero después de darse una ducha, ponerse un camisón y meterse en la cama, el sueño no llegó. Esa noche no sólo se había aproximado al hombre que le había robado a William, sino que había estado a punto de hacer que la mataran a ella y a Emmet. Si se hubiera lanzado contra aquellos cuatro hombres, pistola en mano, le habrían disparado e inevitablemente Emmet habría acudido en su ayuda. En retrospectiva, su falta de control la horrorizaba. Emmet había tenido razón al incomodarse hasta tal punto con ella. Los Rastreadores no eran vigilantes, no estaban entrenados para peleas a tiros. El grueso del grupo había realizado cierto entrenamiento con armas de fuego, para que supieran protegerse si fuera necesario, pero nada más. Emmet, con sus antecedentes militares, era el más calificado de todos en lo relativo a las armas.

Pero como aquello implicaba a William, ella había perdido todo control, todo sentido de precaución. Tendría que reaccionar mucho mejor, o nunca lo encontraría porque estaría muerta.

Por fin se quedó adormilada y soñó con William. Era un sueño recurrente, uno que había tenido con frecuencia en los primeros años después del robo, pero ahora su subconsciente casi nunca lo producía de nuevo. Como todos los sueños, era una imagen mínima y de un realismo descorazonado Ella lo mecía mientras le daba el pecho, y en el sueño percibía el leve peso del bebé en sus brazos, el calor de su cuerpecito pegado al de ella. Olía el dulce aroma del niño, tocaba su cabello rubio y notaba su suavidad, le acariciaba la mejilla con un dedo y se deleitaba con la textura aterciopelada de su piel. Percibía cómo salía la leche, así como la succión de su boquita rosada en el pezón... y se sentía en paz.

Despertó llorando, como siempre que soñaba aquello. De acuerdo a los perversos hábitos del cuerpo cuando estaba verdaderamente cansado, no pudo volver a dormirse. Tras intentar, durante media hora, espantar el sueño de su cabeza, se rindió, se levantó y se puso a preparar café; mientras lo hacía, se quitó el camisón e hizo un poco de estiramientos y yoga, que eran sus formas favoritas de ejercicio.

Como nunca sabía lo que le exigiría un caso, desde correr por las calles de una ciudad hasta trepar por una pared rocosa, se esforzaba mucho por mantenerse en buenas condiciones físicas, pero no podía conseguirlo de manera natural o con facilidad. Le molestaba muchísimo sudar, tanto como le disgustaban los bichos o ensuciarse. Ella lo hacía, sin embargo, porque tenía que hacerlo, de la misma manera que había aprendido a manipular armas de fuego, aunque odiara el ruido, el humo, el olor y todo lo que se relacionara con ellas. Como tiradora era, en el mejor de los casos, mediocre, pero había seguido practicando hasta lograr al menos eso. Para seguir la pista del hombre que le había robado a William aprendió a ocuparse de muchas cosas que detestaba, se había convertido en una persona diferente. La mujer que fuera antes no hubiera podido enfrentarse a todo eso, por lo que Bella se obligó a cambiar.

No, habían sido aquellos hijos de perra los que la habían cambiado. La habían cambiado en el instante en que William le fue arrancado de los brazos. Desde el momento en que había vuelto en sí en aquella pequeña clínica, demasiado débil para moverse, sacudida por el dolor, se había convertido en una mujer diferente, centrada en una sola cosa: encontrar a su hijo.

Y esa había sido la razón por la que Jacob se había divorciado de ella.

Divorciado, sí, pero no la había abandonado. Había insistido en comprarle aquel piso en El Paso, en Westside, y le pagaba cuarenta mil dólares anuales como pensión alimenticia. Las dos cosas le permitían concentrarse a tiempo completo en Rastreadores en lugar de verse obligada a buscar un trabajo convencional que, por necesidad, hubiera restringido su habilidad para seguir todas las pistas que se le presentaban.

Si ella se lo hubiera permitido, Jacob se hubiera arruinado comprándole una lujosa mansión y dándole cada año una cantidad ridículamente grande de dinero.

Ese piso era estrictamente de clase media, de unos ciento ochenta y cinco metros cuadrados, con dos dormitorios y dos baños en la planta superior, y un aseo en la inferior. Construido veinte años antes, era confortable sin ser lujoso. Los cuarenta mil dólares anuales eran quince mil más de lo que ella necesitaba para sentirse cómoda, pero se daba cuenta de que era el modo en que Jacob la ayudaba en su pesquisa. Él no podía hacer lo que ella, por lo que hacía lo que podía, y considerando que ahora tenía otra familia, eso era más que generoso.

Terminados los ejercicios, se sirvió una taza de café y se la llevó arriba, para vestirse. Ese día, gracias a Dios, no tenía que ponerse vaqueros o botas; podía salir con una falda y sandalias, que le quedaban mucho mejor. Como los pequeños lujos le permitían dejar atrás los momentos duros, siempre aprovechaba los días en que no tenía que viajar para tomarse el tiempo de cuidar su piel con cremas hidratantes, prestar atención extra al cabello y al maquillaje, ponerse perfume. Eran pequeñas cosas que hacía para sí misma, pero satisfacían una necesidad interna. Aunque algunos días pudiera parecer un cruce entre la teniente O'Neil y Thelma y Louise un segundo antes de que se lanzaran con su coche al barranco, por dentro seguía siendo una mujer que disfrutaba de todo lo femenino.

Se tomó todo aquel tiempo para su imagen y, como resultado, llegó tarde a la oficina. Rastreadores se encontraba en la planta superior de un almacén, en un espacio donado por True Cullen, un hombre de negocios de El Paso que en los últimos años se había involucrado en el apoyo financiero a Rastreadores. La planta inferior del almacén aún se utilizaba, y ella se había acostumbrado al sonido de los motores de remolques que zumbaban abajo, a los gritos de los trabajadores y al ronroneo de los camiones de dieciocho neumáticos que llegaban para cargar o descargar maquinaria.

Arriba, las oficinas eran locales con sólo lo mínimo. Tubos fluorescentes desnudos, linóleo rajado en el suelo y pintura verde industrial; ésas eran las características predominantes. Los escritorios metálicos de segunda mano estaban abollados, la mayoría de las sillas de oficina estaban remendadas con cinta aislante, y sólo había dos oficinas privadas, más bien semiprivadas, porque la mitad superior de la pared de cada una de ellas era una enorme ventana.

Sin embargo, el sistema telefónico era lo más nuevo del mercado. Rastreadores invertía su dinero en lo que daba mejores resultados.

A Bella le encantaba su personal. Dios sabía que no trabajaban allí por la paga, que era bastante justa. Trabajaban largas horas, incluyendo buena parte de los sábados, y a veces también los domingos. Ella misma no devengaba salario alguno, ni siquiera una cantidad nominal. La mayoría de los que formaban parte de Rastreadores eran voluntarios esparcidos por todo el país, que ofrecían su tiempo, y sus personas cada vez que se los necesitaba para buscar a personas que habían desaparecido en su zona. Sin embargo, el núcleo de Rastreadores, el grupo de personas que había allí, en El Paso, se dedicaban a tiempo completo a la tarea y estaban en la plantilla.

La mayoría de los voluntarios lo era puramente por bondad. Algunos de sus trabajadores a tiempo completo también, pero otros tenían razones personales para estar allí. La mejor amiga de Alice Brandon en la universidad se había extraviado durante una acampada familiar y murió de hipotermia antes de que pudieran encontrarla. El ex marido de Angela Weber había llevado con sus dos hijas, y a ella le había tomado más de dos años localizarlos y recuperar a las niñas. Rosalie Hale, una neoyorquina de pura cepa educada en Harvard, había elegido vivir en el infierno —así llamaba a El Paso, lo que ofendía profundamente a los miembros locales de la plantilla— porque su anciano y senil abuelo se había marchado de casa un día de noviembre y había pasado horas caminando por las frías calles de la ciudad sin siquiera un jersey para calentarse antes de que un policía lo detuviera y lo llevara a una estación de distrito.

La mejor manera para hallar personas desaparecidas era inundar la zona con buscadores. Toda su gente lo entendía y se dedicaban a la tarea.

Cuando Bella entró, Emmet estaba delante de la máquina de café.

—¿Quieres? —preguntó, y ella asintió. Alice la miró con ansiedad.

—¿Qué tal anoche? ¿Descubristeis algo?

—El hombre que me robó a William estaba allí —dijo Bella abruptamente y hubo un ahogado grito de asombro de todos los que alcanzaron a oír aquello.

Se levantaron de sus sillas y la rodearon.

—¿Qué pasó? —preguntó Angela, con sus ojos azules muy abiertos—. ¿Hablaste con él?

Emmet se acercó y puso una taza de poliestireno en la mano de Bella.

—No. Ellos eran cuatro, nosotros sólo dos.

Le lanzó una mirada dejándole claro que no iba a contarle a nadie su desacertado comportamiento de la noche anterior.

Sin embargo, ella no quería disimular y habló con sinceridad.

—Al menos ésa era la idea, que si eran más de dos no intentaríamos hablar con ellos. Sin embargo, cuando lo vi perdí la cabeza. Lo único que quería era agarrarlo por el cuello.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Rosalie—. ¿Qué ocurrió? ¿Te dispararon?

—No se enteraron de que estábamos allí. Otro hombre me saltó encima y me inmovilizó.

—¡Oh, Dios mío! —volvió a decir Rosalie—. ¿Te hizo daño? ¿Has visto a un médico?

—La respuesta a ambas preguntas es no.

—No entiendo —intervino Alice—. Es obvio que ese otro hombre sabía que estabais allí, ¿por qué entonces no avisó a los otros?

—No estaba con ellos. También los vigilaba.

—Vaya, un giro inesperado.

—¿Se te ocurre quién podría ser? —preguntó Angela.

—Ni la menor idea. No pude verle la cara. No sé qué podría estar haciendo, pero al inmovilizarme me salvó la vida. Y, ya que estoy haciendo una confesión, también entré en una cantina y ofrecí diez mil dólares a cualquiera que pudiera decirme dónde encontrar a Masen. Así que si recibís llamadas telefónicas preguntando por una recompensa, ésa es la razón.

—Eso lo explica todo —dijo Rosalie, levantando las cejas—. A primera hora de la mañana recibí una llamada de amenaza, diciendo que dejáramos a Masen en paz o moriríamos. Creo que eso fue lo que dijo. Fue antes del café, por lo que mi comprensión del español todavía no funcionaba a toda máquina. Le dije a ella que no tenía ningún amigo llamado Masen.

—¿A ella? —preguntó Bella, mientras sus propias cejas emprendían viaje al norte.

—Ella, sin duda. Por eso creí que se trataba de una novia despechada. Parece que has tirado de la cadena de alguien, sin duda.

Sí, por supuesto. Era algo excitante e interesante.

—¿Tienes el número?

—Claro. —Rosalie fue a su escritorio y comprobó el identificador de llamadas—. Dice «El Paso», pero no reconozco la zona.

Emmet se acercó y echó un vistazo al número.

—Tarjeta telefónica. Imposible de rastrear —dijo. Había algo en Emmet que siempre ponía de punta cada nervio neoyorquino de Rosalie.

—¿De veras? —Su tono era gélido—. Supongo que podrás decir la edad, el sexo y el peso mirando el número telefónico, oh Gran Cazador Blanco.

La última frase era un leve pinchazo a sus antecedentes militares; Rosalie era una paloma convencida, que sólo a regañadientes había aprendido algo sobre armas de fuego.

—El sexo no —replicó Emmet con una sonrisa burlona—. Para eso empleo otro método. —Y lo remató acariciándole el cabello antes de retroceder con prudencia—. No se trata sólo de eso, yo compro tarjetas telefónicas para llamadas de larga distancia y sé qué números aparecen en el identificados Con mi amplia experiencia, diría que tenemos una tarjeta de AT&T, comprada en un Wal-Mart o en otro millón de lugares.

Bella había comprado con frecuencia tarjetas telefónicas para utilizarlas cuando estaba de viaje y el teléfono móvil funcionaba a saltos, pero dudaba que Rosalie, con sus antecedentes de familia rica, supiera de la existencia de esas tarjetas. Si necesitaba hacer una llamada y el móvil no funcionaba, simplemente la cargaba a su tarjeta de crédito o a su teléfono doméstico, a unas tarifas astronómicas.

—Expongamos los hechos —dijo Bella, volviendo al tema—. Ayer, al final de la tarde, recibí una llamada en mi móvil con un aviso relativo a Masen. El que llamaba era un hombre. No me fijé en el número, pero lo comprobaré a ver si coincide con la llamada de hoy. Emmet y yo pensamos que podía ser una trampa, no para nosotros sino para Masen. Alguien que quiere sacarlo del juego. Llegamos al lugar del encuentro, y el tipo que se había llevado a William era uno de los hombres que aparecieron. Sólo lo reconocí a él. Lo más probable es que sea Masen, porque la coincidencia es muy grande.

Bella notó que mientras ella hablaba Alice se esmeraba en anotar cada punto.

—Los cuatro hombres llegaron en dos coches, dos en cada uno, sacaron algo de un maletero y lo metieron en otro. No pude ver de qué se trataba...

Porque su cabeza estaba echada hacia atrás en un ángulo que le causaba dolor.

—Un cuerpo —dijo Emmet, sin emoción—. Envuelto en una lona o una alfombra.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Bella. Debió de darse cuenta, pero había estado demasiado concentrada en el tuerto. Era una demostración más de que tenía que controlar sus emociones; se le escapaban cosas que, para ella, debían de ser obvias.

—Fui derribada por un asaltante desconocido que también estaba muy interesado en los cuatro hombres y al que no le importaba lo que yo hacía allí. Cuando los cuatro hombres se marcharon, utilizó el truco con la arteria carótida para dejarme inconsciente.

—Eso no me lo dijiste —la interrumpió Emmet, cuya mirada se agudizó.

—Inconsciente es inconsciente. Al menos, no recibí golpe alguno.

—No, pero a no ser que uno sepa lo que está haciendo, se puede causar daño cerebral si la presión dura demasiado. Aunque me imagino que no tiene importancia en la mayoría de los casos, considerando que estás interrumpiendo el suministro de sangre al cere- bro de otra persona.

Hubiera preferido no enterarse de eso, no saber con cuánta facilidad hubiera podido sufrir un daño permanente. Y no era porque hubiera podido hacer algo para protegerse salvo no estar allí, en primer lugar, pero eludir la pesquisa no era una opción.

Espantó su alarma con un gesto.

—Supongo que aquel hombre seguiría a uno de los coches, pero es posible que no lo hiciera. Puede habernos seguido a Emmet y a mí. No se me ocurre ninguna razón para que lo hiciera que no fuera la curiosidad, pero sigue siendo una posibilidad. Ofrecí una recompensa de diez mil dólares en una cantina llena de hombres, por información que me llevé hasta Masen, y esta mañana una mujer nos llama diciéndonos que nos mantengamos lejos de Masen o moriremos. — Hizo una pausa—. ¿Alguien tiene algo que añadir a este batiburrillo?

No hubo respuesta. Alice expuso el curso de los hechos.

—Yo diría que la única anomalía es el tipo que te asaltó. Todo lo demás encaja. Yo diría que el tuerto es Masen y alguien intentó tenderle una trampa. Cuando entraste en la cantina y ofreciste la recompensa, él lo supo y obviamente imaginó que aquella noche te le habías acercado demasiado, ya que estuviste en el mismo poblado a la misma hora, e hizo que alguien llamara para hacerte llegar una advertencia.

Bella había llegado a las mismas conclusiones, pero no de forma tan concisa. Alice tenía el don de la claridad y eso hacía que Bella la apreciara todavía más.

—Es obvio que alguien, el primero que llamó, quiere que encontremos a Masen, quien sabe por qué razón. Quizá por rivalidad, pero no me importa por qué. Todo lo que podemos hacer ahora es esperar a que vuelva a ponerse en contacto conmigo.

Eso iba en contra de sus principios. Ella quería dar una batida Por los alrededores de Guadalupe, aunque la lógica le decía que sería una pérdida de tiempo. Quería hacer algo, cualquier cosa, estar activa en lugar de esperar una llamada que podía no llegar en días o semanas, si llegaba alguna vez.

El teléfono sonó en ese instante y uno de los trabajadores se apresuró a contestar. Tras escuchar durante un minuto, colgó y dijo:

—Alarma ámbar en California, zona de San Clemente.

Era una llamada a las estaciones de combate. A los pocos segundos, todos estaban en los teléfonos movilizando su ejército de voluntarios en el sector de San Clemente y los sectores vecinos, haciendo que la gente acudiera a carreteras y autovías para buscar el vehículo en cuestión, un Honda Accord de color azul. Según los testigos, un hombre había secuestrado a una niña de doce años en el aparcamiento de un establecimiento de comida rápida y la había metido en su coche. Una mujer había logrado anotar parte de la matrícula mientras el coche salía a toda velocidad del aparcamiento.

Con esa información, los rastreadores establecerían puntos de observación, personas con binoculares buscarían los Honda Accord de color azul conducidos por hombres. Cuando detectaran uno, la información llegaría a los Rastreadores con vehículos, que rodearían el coche y comprobarían el número de matrícula. Los Rastreadores no intentaban hacer detenciones: si localizaban el vehículo, lo notificaban a su vez a la policía local y ellos se ocupaban del asunto.

Bella comprobó la hora: las ocho y cuarenta y tres en California. El tráfico sería muy denso, lo que podría ayudar o no. Si un viajero estaba escuchando su emisora, oiría el alerta ámbar, pero si estaba oyendo un CD o un MP5, no lo haría, simplemente seguiría su recorrido.

Apartó de su mente los sucesos de la noche anterior y se concentró en la recuperación de la niña en California mientras aún estaba viva.

No había sido capaz de hacerlo por su propio hijo, pero lo haría por los de otras personas.


Bueno alguien no se rinde, Bella es muy fuerte

creen que Masen se deje encontrar pronto?

leo sus reviews

besos y abrazos