Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 5
El encuentro de recaudación de fondos de esa noche tuvo lugar en el gimnasio de un instituto local. Por lo general, Rastreadores no estaba tan arriba en la cartelera como para ir de etiqueta, lo que le convenía a Bella, aunque de vez en cuando asistía a reuniones de más lujo. Como inversión, había adquirido un vestido de noche adecuado, lo que significaba un ojo de la cara, pero no quería gastar dinero comprando más de uno. Tenía varios buenos vestidos para cócteles, y esa noche llevaba el mejor, pues cuando estaba tan cansada necesitaba ese pinchazo adicional para seguir funcionando. El azul hielo hacía maravillas con el cálido color de su piel, y los zapatos que hacían juego con el vestido eran suficientemente cómodos como para que al final de la velada no estuviera retorciéndose de dolor.
Salió de la oficina dos horas antes y consumió el tiempo en los Preparativos: cremas faciales, manicura, pedicura. Hasta durmió una corta siesta, lo que la mantendría animada durante varias horas más.
Se empleó a fondo con su cabello ondulado, y aunque no logró amansarlo del todo, al menos logró un peinado que demostraba intencionalidad. El tratamiento del rostro le aclaró el semblante y la hizo parecer menos agotada, y empleó un maquillaje suave para aligerar más sus facciones. El perfume, las medias, las joyas: le encantaba todo aquel ritual, la manera en que la hacía sentirse. Rara vez tenía la oportunidad de permitirse ser totalmente femenina, por lo que disfrutaba de los encuentros para recaudar fondos. Eran cruciales para la salud financiera de Rastreadores, pero para su salud mental eran igualmente cruciales, de un modo más sutil.
Condujo su todoterreno Toyota blanco, de seis años de antigüedad, hasta el instituto, donde el aparcamiento ya estaba casi lleno con un muestrario de turismos, camionetas y todoterrenos, donde predominaban los dos últimos tipos de vehículos. Gente muy bien vestida caminaba con decisión hacia el gimnasio, pues sólo un idiota permanecería bajo el calor de El Paso en agosto. Aunque el sol se había puesto y el crepúsculo concluía, Bella sintió formarse gotas de sudor entre sus pechos mientras recorría el corto camino al gimnasio.
Siempre asistía sola a aquellas actividades, aunque hubiera podido pedirle a Emmet o a cualquiera de los otros hombres que trabajaban en Rastreadores que la acompañara. Pero los encuentros de recaudación de fondos eran mortalmente aburridos, y ella no quería obligar a nadie más a participar. Además, siempre estaba dolorosa—mente alerta con respecto a la imagen que podía dar a las personas a quienes iba a solicitar que dieran dinero para su causa.
Los detalles de su caso específico eran bien conocidos: que su niño había sido robado y un año después su matrimonio se había roto a causa de la tensión, que desde ese momento había dedicado su vida no sólo a la búsqueda de su hijo, sino también de otros niños desaparecidos. Por alguna razón, el hecho de que estuviera sola parecía abrir las carteras. Si comenzara a asistir a los encuentros para recaudar fondos con un hombre diferente cada vez, la gente podría comenzar a pensar que ella empleaba más tiempo en citas que en atender sus asuntos. Cuando uno se mantenía trabajando gracias a las donaciones de dinero que hacían esas mismas personas, lo que pensaran era importante.
Abrió una de las pesadas puertas dobles del gimnasio y entró en el bendito aire acondicionado. Sobre el tabloncillo, que había sido cubierto con una alfombra de fieltro verde para prevenir arañazos y roturas, habían dispuesto mesas redondas para ocho o diez personas cada una. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos, habían colocado correctamente la vajilla y las servilletas, y en el centro de cada mesa había un jarrón con flores frescas. En un extremo del local, sobre una tarima improvisada, había una mesa alargada y un podio. Ella se sentaría allí, junto con los organizadores del evento, el alcalde y la alta sociedad de El Paso, que hacía un esfuerzo para colaborar.
En aquellos eventos siempre hacía una intervención, y después de tantos años ya no necesitaba prepararse. Su discurso siempre era esencialmente el mismo, aunque los detalles podían cambiar; siempre contaba las búsquedas realizadas por Rastreadores, fuera bueno o malo el resultado. Los buenos resultados servían para ilustrar el beneficioso servicio que aportaba Rastreadores; los malos ilustraban el hecho de que, con un financiamiento adecuado, hubieran podido hacerlo mejor. Esa noche, Tiera Alverson ocupaba su mente. Una niña de catorce años no debería terminar su vida en un lúgubre basurero infestado de cucarachas, con las venas quemadas por las drogas.
Entre sonrisas y frases que intercambiaba con gente que conocía, se encaminó hacia la tarima. Estaba a mitad de camino cuando una mano pesada y cálida la tomó por el codo para detenerla, y enseguida la soltó. Se volvió y sonrió al tropezar con la mirada penetrante y sombría de True Cullen.
—Hola, True, ¿cómo estás?
—Pareces cansada —dijo él sin rodeos, echando a un lado las convenciones sociales.
—Gracias —replicó ella, con gesto sardónico—. Ahora sé que mis esfuerzos han sido en vano.
—No dije que tuvieras mal aspecto, sino que pareces cansada.
—Sí, pero el esfuerzo era para parecerlo menos.
—Quizá funcionó. —La examinó con sus ojos sagaces—. ¿Cuán cansada estás?
—Totalmente agotada —respondió y sonrió.
—Entonces, funcionó
True era un empresario que había subido por propio esfuerzo, un hombre que había logrado escapar de la pobreza, y esa lucha lo había convertido en alguien poderoso. Ese poder se encerraba en la fuerza de su personalidad más que en su base financiera, pero ella no tenía la menor duda de que True Cullen moriría multimillonario. Era decidido e implacable, y no dejaba que nada se interpusiera en su camino. Desde el momento en que comenzó a cosechar éxitos se había interesado en Rastreadores y era uno de sus donantes más fieles.
Bella desconocía la edad de True; podía ser cualquiera, entre treinta y cinco y cuarenta y cinco. Tenía el rostro muy bronceado, quemado por largas horas bajo el sol de Texas occidental, su cuerpo era magro y fuerte. Era alto, casi un metro noventa, y tenía un magnetismo animal que las mujeres percibían al momento. A veces iba a aquellos eventos acompañado, pero con la misma frecuencia asistía solo. Como no tenía a la señorita Agosto colgada del brazo, Bella supuso que era una de sus apariciones como soltero.
—¿Una larga noche? —preguntó él, poniendo una mano sobre la espalda de Bella para animarla a seguir hacia el estrado, y acomodándose a su paso.
—Anoche fue así. Espero que esta noche sea más tranquila.
—¿Qué ocurrió?
Bella no tenía intención de darle un recital sobre todo lo ocurrido.
—Fue un mal día —dijo, por todo comentario—. Encontramos a la niña fugitiva que andábamos buscando, pero estaba muerta.
—Eso es terrible. ¿Qué edad tenía? —Catorce años.
—Es una edad difícil. Todo parece ser el fin del mundo y no es posible razonar con alguien que no puede ver el mañana.
Ella no podía imaginarse a True Cullen sufriendo las angustias de la adolescencia, la adicción a las drogas o cualquier otra debilidad. Le sorprendía hasta el hecho de que conociera de su existencia. Era como un tallo de hierro, inmune a lo que lo rodeaba.
Su fuerza la atraía. Ella disfrutaba con su charla, que rozaba siempre el coqueteo, aunque tenía mucho cuidado de no cruzar la línea. Era un patrocinador influyente, y sería una estupidez por su parte de ella dejar que aquella relación se volviera personal. El trabajo y el placer no combinaban muy bien ni siquiera en el mejor de los casos; si dependía de su generosidad para que Rastreadores se mantuviera funcionando, iniciar una breve aventura con él sería la receta para un desastre.
Además, en aquel mismo momento no tenía tiempo para una aventura, breve o no. No sólo era incapaz de prestar toda su atención a un romance, sino que su trabajo la obligaba a viajar mucho. Desde su divorcio, había tenido varias citas; si el hombre se sentía interesado, aunque fuera remotamente, no le gustaba la cantidad de tiempo que ella pasaba fuera de la ciudad. Por desgracia, no iba a llegar a ningún compromiso sobre eso, y punto. Había intentado una relación en un par de ocasiones, sólo para ver cómo se marchitaba por su desatención. Con el tiempo, había llegado a la conclusión de que no era justo, para el hombre o para ella, gastar el tiempo de ambos hasta que llegara el día en que pudiera dedicarse a otra cosa que no fuera buscar a William.
Y en lo profundo de su corazón, sabía que aún no había encontrado a un hombre que estuviera a la misma altura que Jacob en su afecto. Ya no estaba enamorada de él, el tiempo y la vida habían acabado con eso, pero una parte de su ser lo amaría siempre por ser el hombre que era. No languidecía por él; no yacía de noche con los ojos abiertos, añorándolo. En su vida había una frontera claramente trazada, y Jacob estaba al otro lado de la línea. Pero ella sabía lo que significaba amar y desde entonces nadie había despertado esa emoción en ella.
True Cullen pensaba intentarlo. Ella lo percibía, de la manera en que las mujeres perciben esas cosas. La verdad estaba encerrada en la forma en que la tocaba, siempre en público, siempre correctamente, pero la tocaba. No había dado todavía el paso para llevar más lejos sus relaciones, pero la idea estaba allí, en el fondo de su mente. Bella no tenía la menor duda de que, con el tiempo, él llegaría a ese punto. Y tendría que encontrar una forma gentil de rechazarlo, para no hacer daño a Rastreadores.
El gimnasio se llenaba con rapidez y Marcia González, la organizadora principal del evento, les hacía señales a ella y a True para que ocuparan sus asientos. Bella se sentó en la silla que True le sostuvo, al lado del podio, y no sintió la menor sorpresa cuando él ocupó el asiento de al lado. De manera automática, echó sus piernas a un lado para evitar cualquier roce accidental con las de él.
Los camareros comenzaron a servir el pollo de plástico con guisantes que era de rigor en los eventos para recaudar fondos. El pollo era asado, los guisantes tenían laminillas de almendras, los panecillos estaban resecos. Hubiera preferido un taco, una hamburguesa, cualquier otra cosa que no fuera pollo y guisantes otra vez. Bien, a fin de cuentas, era comida relativamente sana y nunca se sentía tentada de repetir.
True atacó su pollo como si lo estuviera matando.
—¿Por qué nunca nos dan carne asada? —gruñó—. ¿O un chuletón?
—Porque mucha gente no come carne roja.
—Esto es El Paso. Aquí todos comen carne roja. Probablemente tenía razón, pero si había alguien en la ciudad que no comía carne roja, pertenecería sin duda al grupo que asistía a esos eventos. Los organizadores, sabiamente, habían optado por lo seguro, y, por desgracia, lo seguro significaba pollo y guisantes.
True sacó un pequeño salero del bolsillo de su traje y comenzó a espolvorear algo rojo sobre su comida.
—¿Qué es eso? —preguntó Bella.
—Especias del suroeste. ¿Quieres?
—Sí, gracias —dijo, con ojos brillantes. No se echó tanto como True, pero sus papilas gustativas sollozaron de gratitud.
—Llevo dos años con ese salero encima —dijo él—. Me ha salvado la vida.
La mujer sentada al otro lado de la mesa se inclinó hacia ellos.
—¿Me lo presta?
Al momento, el salero comenzó a moverse a lo largo de la mesa, la gente a sonreír y el nivel de entusiasmo se incrementó visiblemente.
Bella contempló el rostro del hombre mientras comían. Había algo en sus rasgos que la llevaba a preguntarse si no sería hispano. Ella sabía que True mantenía fuertes lazos con la comunidad hispana a ambos lados de la frontera.
Había crecido en las peores calles. Sus contactos no se limitaban a los líderes o los religiosos, sino también a elementos sórdidos. Se preguntó si sería capaz de averiguar algo sobre Masen que ella no pudiera.
—¿Has oído algo sobre un tipo llamado Masen? — preguntó.
Quizá fuera su imaginación, pero creyó percibir que True se paralizaba por una fracción de segundo.
—Masen. Es un apellido bastante corriente. Debo conocer a cincuenta o sesenta personas con ese apellido.
—Éste trabaja al otro lado de la frontera. Está relacionado con el tráfico de personas.
—¿Un coyote?
—No lo creo. No me parece que ahora se dedique a eso.
—Vaciló, al recordar la certeza de Emmet de que los cuatro hombres de la noche anterior estaban trasladando un cuerpo—. Probablemente también sea un asesino.
True tomó un sorbo de agua.
—¿Por qué me preguntas por un tipo de esa calaña?
Porque pensaba que era el hijo de perra que le había robado a su hijo. Ella se mordió la lengua y tomó su propio vaso de agua.
—Sigo la pista de cualquiera que pueda llevarme hasta William —dijo por fin.
—Entonces, ¿crees que ese tal Masen estuvo involucrado?
—Sé que el hombre que se llevó a William tiene un solo ojo, porque le arranqué el otro con mis uñas. —Respiró hondo, de manera entrecortada—. Y creo que se llama Masen. Quizá no, pero ese nombre sigue apareciendo. Si pudieras averiguar algo sobre un tuerto llamado Masen, te lo agradecería.
—Siendo tuerto, eso reduce la búsqueda. Veré lo que puedo hacer.
—Gracias.
Se daba cuenta de que él podría utilizar su petición como un puente para otras cosas, pero era una situación que tendría que manejar en caso de que ocurriera. Pensó que había oído mencionar el nombre. Sí, probablemente conocía a muchas personas con el apellido Masen, pero, de todos modos, en el contexto en que ella lo había Mencionado, había significado algo para él. Por alguna razón se Mostraba precavido, escondía sus cartas. Quizá había hecho negocios con Masen en un pasado vergonzoso y no quería que se supiera.
Servían el postre, tarta de limón cubierta de chocolate. Ella rechazó su ración, pero aceptó el café. Se acercaba el momento en el que tendría que intervenir y quería poner en orden sus ideas. Aquellas personas habían pagado cuarenta dólares por cubierto para una cena verdaderamente común, y algunos de ellos, más tarde, firmarían talones a favor de Rastreadores; al menos, debía ofrecerles un discurso coherente.
A las diez y treinta, con el discurso terminado, agradecimientos y apretones de manos dados, Bella subió con cansancio a su coche. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, True pronunció su nombre y caminó hacia ella.
—¿Cenarías conmigo mañana por la noche? —preguntó, sin ninguna insinuación o flirteo previo, lo que ella apreció mucho porque ahora se sentía tan agotada que no creía poder tomar parte ni siquiera en la más leve esgrima verbal.
—Gracias, pero tengo otro encuentro de recaudación de fondos en Dallas mañana por la noche.
Tenía tantas ganas de ir como de que le sacaran un diente.
—¿Y pasado mañana?
—No tengo la menor idea de dónde estaré pasado mañana —dijo ella con ironía—. No puedo garantizarte nada. Transcurrieron unos segundos de total silencio.
—Es una vida muy dura, Bella. No hay tiempo para asuntos personales.
—Créeme, lo sé. —Suspiró—. De todos modos, no podría cenar contigo a causa de nuestra situación.
—¿Y eso quiere decir...?
—Que eres patrocinador de Rastreadores. No puedo arriesgarme a poner en peligro la organización por asuntos personales.
Otro momento de silencio.
—Eres sincera —dijo él por fin—. Y vas de frente. Lo admiro, aunque creo que voy a cambiar tu forma de pensar.
—Yo creo que vas a intentarlo —lo corrigió Bella.
Él se echó a reír, con un sonido profundo, masculino y delicioso.
—¿Es un reto?
—No, es la verdad. No hay nada en este mundo que me importe más que encontrar a mi hijo, y no voy a hacer nada para poner eso en peligro. Punto.
—Han pasado diez años.
—Como si son veinte. —Estaba tan cansada que su voz fue más dura de lo que hubiera querido. Lo que él había señalado estaba en la línea de lo que su hermano Ross le había dicho, que era el momento de dejarlo atrás y proseguir con su vida, como si la vida de William hubiera terminado, como si el amor tuviera un límite de tiempo—. No me importa si me lleva el resto de mi vida.
—Te has impuesto un camino duro de recorrer.
—Es el único camino que puedo divisar.
Él dio una ligera palmada en la puerta del todoterreno y retrocedió.
—Por ahora. Veré qué puedo averiguar sobre ese Masen al que intentas dar caza, y te llamaré. Hasta ese momento, ten cuidado.
Aquello le sonó extraño. Lo miró, mientras las palabras penetraban su coraza de persona agotada hasta los huesos.
—¿Sabes algo, verdad? Sobre Masen. Él no respondió directamente.
—Veré que puedo descubrir.
Echó a andar hacia su coche y Bella lo siguió con la mirada.
Sí, definitivamente sabía algo. Y lo que sabía podía no ser bueno, por eso le pedía que tuviera cuidado.
Un escalofrío le recorrió la espalda a pesar del calor reinante incluso a aquella hora de la noche. Estaba en el camino correcto. Lo sabía. Y seguirlo podía muy bien llevarla a la muerte.
El trabajo de Bella es de mucho coraje, lo que hace a mi parecer es de valientes
Pronto Sabremos de Masen lo prometo
Quien creen que es True Cullen?
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