Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 6

En ocasiones Bella despertaba durante la noche con una idea de claridad cristalina en su mente: no había revisado en su teléfono móvil el número de quien la había llamado avisándole del encuentro en Guadalupe. El número podía no ser importante, pero... quizá lo fuera. Mareada todavía por la fatiga y el sueño, se levantó a trompicones de la cama y encendió la luz de la cabecera, pestañeando a causa de la molesta brillantez. Sacó el teléfono del bolso, lo encendió y revisó el menú hasta encontrar las llamadas más recientes. Ahí estaba, y era de la zona de El Paso.

Ya había apretado la tecla de rellamada cuando echó una mirada al reloj y vio que eran las dos y veinte. Apretó de prisa el botón para cancelar la llamada. Quienquiera que fuera, podía esperar hasta mañana y probablemente se mostraría más cooperativo a esa hora.

Anotó el número, apagó la luz y regresó a la cama. Esta vez soñó con fragmentos dispersos que no tenían sentido alguno y los olvidaba de inmediato cada vez que se despertaba lo suficiente para darse cuenta de que estaba soñando. A pesar de su sueño inquieto, se despertó a la hora habitual, las cinco y treinta, sintiéndose casi normal. Ese día era domingo, recordó, el único día de la semana que no iba a la oficina a no ser que surgiera algo. Sin embargo, al menos la mitad de las veces aparecía algo. A los niños no les importaba el día de la semana Para escapar de casa, y a los secuestradores tampoco les preocupaba.

Se quedó acostada otros quince minutos, disfrutando de que no hubiera ninguna urgencia. Casi nunca lo hacía, aunque tuviera la oportunidad, porque muy rara vez se acostaba tarde, pero era magnifico no tener que saltar de la cama para comenzar así el día.

Cuando estaba a punto de levantarse, sonó el teléfono. Gruñó mientras apartaba las sábanas y se levantó de un salto. Estaba acostumbrada a que la llamaran a cualquier hora de la noche y muy temprano por la mañana, pero eso casi siempre significaba una misión y su estómago se contrajo mientras respondía la llamada.

—Bella, soy True Cullen. ¿Te he despertado? La sorpresa la hizo sentarse de nuevo en la cama.

—No, me levanto temprano. ¿Tú también?

—En realidad, he pasado toda la noche recopilando información para ti y quería hablar contigo antes de marchar a la oficina.

—¿Estuviste despierto toda la noche? —No era su intención que él se involucrara tanto—. ¿Vas a la oficina el domingo? —preguntó.

El río entre dientes.

—Habitualmente no, pero hay algo que debo resolver hoy.

—Odio que hayas estado despierto toda la noche por culpa mía. Lo siento. No era nada urgente, podía haber esperado hasta mañana.

—La gente con la que tenía que hablar no se dejan ver de día.

—Entiendo. Debí haberlo previsto.

Ella misma trataba frecuentemente con gente así.

—Tengo buenas y malas noticias. Las buenas son que conseguí cierta información sobre ese Masen al que estás dando caza, pero las malas son que probablemente eso no te sirva.

—¿Qué quieres decir?

—Estás buscando al hombre que robó tu bebé, ¿no es así? Eso querría decir que era alguien que ya operaba en Chihuahua hace diez años. Este Masen, no. Apareció por primera vez hace cinco años.

Un agudo desencanto se apoderó de ella, ya que ese nombre era el único que había oído en relación con los secuestros.

—¿Estás seguro?

—Dadas las circunstancias, estoy bastante seguro. Este tipo no es de los que dejan un rastro de papeles. Pero alégrate de que no sea el que andas buscando, porque el hombre es todo un problema. Se dice que es un asesino. Si quieres que alguien desaparezca, lo comentas y Masen establece contacto contigo. Le sigue la pista a su objetivo y se ocupa de tu problema. Además, se supone que es muy bueno en su oficio. Cuando la gente se entera de que él los está buscando, huyen, pero él siempre los encuentra. En algunos círculos se le conoce por el nombre del Perseguidor.

—¿Estas seguro de que este Masen no es tuerto?

—Totalmente.

Se agarró al único clavo ardiente que le quedaba.

—Escuché un rumor de que quizá utiliza una banda de coyotes, por lo que el hombre que robó a William podría trabajar para él.

—Lo dudo. No he oído nada que se parezca a eso. Según todo lo que he podido averiguar, Masen siempre trabaja solo.

Casi podía sentir otra oportunidad que se esfumaba entre sus dedos como burbujas, igual que muchas otras antes durante diez años. Escuchaba alguna cosa, sus esperanzas de que estaba haciendo progresos se fortalecían, y después, nada. Ninguna información nueva, ningún progreso y nada de William.

—¿Podría ser otro Masen?

Se estaba agarrando a otra burbuja y lo sabía, pero ¿qué más podía hacer? ¿Dejar de agarrarse?

True suspiró, cansado.

—Hay demasiados. Yo mismo conozco a unos cuantos, personas a las que no les daría la espalda. Pero pude eliminar a algunos que tuvieron que residir en otro lugar durante el período de tiempo pertinente.

Quería decir en la cárcel.

—¿Y los demás? ¿Alguno de ellos es tuerto?

—Aún estoy haciendo averiguaciones. Pero cuando la gente habla de Masen en estos tiempos, están hablando del asesino. No me sorprende que su nombre se haya mencionado cuando tú te pusiste a nacer preguntas, pero me alegro mucho de que no tengas que tratar con él.

Con gusto trataría con el propio Satanás si eso la ayudara a encontrar a William.

—Lo único que quiero es información —dijo, frotándose la frente—. Ya ni siquiera me interesa la justicia. Sólo quiero hacer algunas preguntas. Si encuentras a un Masen que pudo estar involucrado en lo de hace diez años, hazle saber que no voy a entregarlo, que solamente quiero hablar, ¿sí?

Eso era una mentira. Fuera cual fuera el nombre del tuerto, ella quería matarlo. Después de hablar con él, por supuesto. Pero haría lo que fuera necesario, y si tenía que dejarlo marchar, lo dejaría. Odiaría hacerlo, pero lo haría.

—Puedo intentarlo, pero no tengas demasiadas esperanzas. Y hazme un favor.

—En lo que esté a mi alcance.

—Si tienes que entrar en contacto con alguien o averiguar algo, hazlo a través mío. Es demasiado peligroso que te dediques personalmente a perseguir a esos tipos. Lo mejor sería mantener tu nombre fuera de todo esto, para que no aparezcas en su radar.

—Mi nombre no está en la guía telefónica. La dirección que aparece en mi tarjeta es la de Rastreadores.

—Eso ayuda, pero no estaría de más poner otra valla de protección entre tú y esa gente. Sé como tratar con ellos.

—¿Pero eso no sería peligroso para ti? Durante años, en Rastreadores, me he ganado la reputación de que lo único que nos interesa es recuperar personas, no trabajar con la policía, entonces, ¿por qué van a confiar en ti más de lo que confiarían en mí?

—Porque conozco a ciertas personas —dijo, sin emoción. Su voz se suavizó—. Déjame ayudarte, Bella. Déjame hacerlo.

El instinto le dijo que no debía aceptar la oferta, que hacerlo permitiría que él se acercara a ella en una medida que sabía no era nada inteligente. True no estaba planteando la oferta en términos personales, pero el tono de su voz era muy personal. Por otra parte, él era un activo que ella podía aprovechar: había averiguado más cosas sobre Masen —suponiendo que estuvieran hablando del mismo hombre— en una noche que ella en dos años.

—Está bien —dijo, sin ocultar su reticencia—. Pero no me gusta.

—Me doy cuenta. —Ahora que se había salido con la suya, en su voz había una sonrisa—. Créeme, es lo más inteligente que puedes hacer.

—Sé que, para mí, es lo más inteligente; sólo espero que no sea una mala jugada para ti. No sé cómo agradecerte que te tomes tanto trabajo...

—Claro que puedes. Si estás en la ciudad mañana por la noche, cena conmigo.

—No —repuso ella con firmeza—. La razón que te di anoche todavía está vigente.

—Está bien, valía la pena intentarlo de nuevo. — Cambió de tema rápidamente—. ¿A qué hora vuelas a Dallas?

—A las dos y algo.

—¿Regresas esta noche?

—No. Dormiré allí y mañana por la mañana tomaré el primer vuelo.

—Entonces cuídate, hablaré contigo cuando regreses.

—Lo haré. Y gracias. Oh... —dijo, recordando algo de repente—. ¿Pudiste averiguar el nombre de Masen? De Masen el asesino. Podríamos utilizarlo para clasificar todos los rumores que nos llegan y descartar los que se relacionan con él.

—No, no averigüé el nombre —dijo, pero vaciló un segundo y eso la hizo pensar de nuevo que él sabía más de lo que decía.

Aunque como no escatimaba esfuerzos para ayudarla, ella no iba a manifestarle quejas por ser tan sobreprotector. Volvió a darle las gracias, se despidió de él y comenzó a preparar su viaje a Dallas.

Tenía ropa que echar en la lavadora, facturas que pagar y algunas tareas domésticas ligeras por hacer; su problema más grande, después de lavar la ropa, era el polvo. Pero le gustaba que su casa tuviera un buen aspecto y oliera bien, así que se esforzaba. Cada semana cambiaba el adorno floral que tenía en cada habitación, para que cada vez que llegara a casa le diera la bienvenida un magnífico aroma. A veces ése era el único consuelo que podía encontrar.

A las nueve y treinta, la última carga de ropa lavada estaba metida en la secadora. Pegó los sellos en los sobres que se disponía a enviar y decidió que los llevaría a la oficina de correos en lugar de dejarlos sobre su buzón hasta el otro día, ya que en aquel montón iba el pago de su tarjeta de crédito. Agarró las llaves del coche Y entonces, en el último minuto, decidió cerciorarse de que el

número de teléfono del que le había dado la pista se conservaba todavía en su móvil. A veces los números desaparecían, aunque ella no sabía por qué. Quizá pulsara alguna combinación de teclas que hacía que los números se esfumaran, pero por la razón que fuera era algo que ocurría. Y así fue, cuando buscó en el menú el acceso a su registro de llamadas recibidas, no tenía nada allí. Nada. Ni un solo número.

Molesta, infló las mejillas y resopló, y a continuación echó a correr escaleras arriba para buscar el trozo de papel donde había apuntado el número la noche anterior. Por suerte lo había anotado. Podía pasar por la oficina, comprobar algunos papeles y también el número desde el ordenador.

El almacén estaba cerrado los domingos, y el aparcamiento de grava estaba habitualmente vacío. Sin embargo, hoy el todoterreno Cherokee de Alice estaba aparcado junto a la puerta. Bella aparcó a un lado del Cherokee y subió el empinado tramo de escaleras que llevaba al segundo piso. Cuando intentó abrir la puerta la encontró cerrada con llave, lo que era correcto ya que Alice había estado allí sola. Bella abrió la pesada puerta de acero y entró gritando: «¿Alice?», tanto para localizar a su amiga como para anunciar que alguien más había llegado. Para más seguridad, volvió a cerrar la puerta con llave a sus espaldas.

—Estoy aquí —respondió Alice y salió de la sala de descanso—. Estoy comiendo palomitas de maíz, pero tengo otra bolsa. ¿Quieres?

—No, gracias. Ya desayuné de verdad.

—Las palomitas son de verdad. Y también tengo Pop Tart. Alice era fanática de la comida basura, y asombrosamente, a pesar de ello se mantenía delgada, estaba divorciada, tenía cuarenta años, y un hijo de dieciocho años que se había marchado la semana antes para pasar lo que quedaba del verano con su padre antes de ingresar en la universidad. Llevaba el cabello rubio muy corto, como un chico, y sus ojos azules tenían un guiño permanente. Con frecuencia era la voz de la razón cuando las emociones se desbordaban en la oficina, lo que ocurría con cierta regularidad. El trabajo que realizaban era tan intenso y a veces tan descorazonador que las minicrisis eran más bien la regla que la excepción.

—¿Por qué has venido hoy? —le preguntó Bella.

—Papeleo, ¿qué otra cosa podría ser? ¿Y tú? Bella suspiró.

—Papeleo. Y quería comprobar un número de teléfono en el ordenador.

—¿Qué número de teléfono?

—El que apareció en mi móvil el viernes por la tarde, con la pista sobre Masen. Es un número de El Paso, y siento curiosidad.

—¿Ya has llamado?

—Todavía no. Lo intenté ayer, pero era muy tarde o muy temprano, y decidí esperar. Y si puedo descubrir de antemano a quién estoy llamando, eso sería mejor.

Entró en su oficina y encendió su ordenador. Mientras la máquina atravesaba por sus contorsiones digitales, se volvió hacia su escritorio y comenzó a examinar el montón de papeles pendientes para elegir lo que podía terminar en el corto espacio de tiempo con que contaba.

El sistema de ordenadores necesitaba una actualización, pensó mientras oía los bips y otros ruidos a su espalda. Era otro de los gastos que continuamente se relegaba al cajón de abajo, ya que siempre había algo más importante, más urgente, que requería sus fondos. Mientras la red actual funcionara, ella no podía justificar un gasto de varios miles para modernizarla.

Cuando terminó la inicialización, hizo girar la silla, se conectó a Internet, buscó el Google e introdujo el número de teléfono. En dos segundos consiguió el nombre de la estación de servicio desde donde la habían llamado, así como su dirección. Detrás de ella oyó a Alice entrando en la oficina.

—¿Aparece algo?

—Es una estación de servicio.

Alice apoyó la cadera en el escritorio y esperó mientras Bella tecleaba el número. Respondieron tras el quinto timbrazo.

—Estación de servicio.

Un saludo informativo, pensó Bella.

—Hola, soy Bella, de Rastreadores; recibimos una llamada desde su ubicación alrededor de las seis de la tarde del viernes. ¿Podría decirme...?

—Lo siento —dijo el hombre, impaciente—. Se trata de un teléfono de pago. No tengo tiempo para observar a todos los que lo usan. ¿Fue la llamada de un maniaco?

—No, fue una llamada correcta; sólo estoy intentando establecer contacto con el hombre que la hizo. —No puedo ayudarle. Lo siento. El hombre colgó y Bella dio un suspiro de frustración.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Alice con impaciencia.

—Sí —dijo una voz de bajo, carente de emoción, detrás de ella—. ¿Qué te ha dicho?

Alice pegó un respingo y soltó un leve chillido de asombro mientras se volvía. Bella se levantó con tanta celeridad que la silla salió disparada hacia atrás y chocó con el escritorio. Se quedó de pie, helada, junto a Alice, mirando al hombre que bloqueaba las puertas de la oficina. Los escalofríos le recorrían la columna vertebral y el corazón era un trueno dentro de su pecho. Habían estado solas en la oficina. La puerta estaba cerrada con llave. ¿Cómo había entrado aquel hombre? ¿Qué era lo que quería?

No llevaba arma alguna, al menos ninguna que ella pudiera ver. Pero, aunque sus manos estuvieran vacías, ella no se sentía tranquila porque los ojos del hombre eran los más fríos y remotos que había visto en toda su vida. Estaba mirando a los ojos de un asesino, y aunque su miedo era tan grande que la hacía temblar, en aquella mirada había algo hipnótico, y ella se sintió incapaz de apartar los ojos. Como una cobra, pensó, hipnotizando a su presa antes del ataque.

Una serenidad sobrenatural le rodeaba, como si no fuera del todo humano.

A su lado, Alice respiraba rápido, entrecortadamente, con los ojos muy redondos mientras miraba al intruso sin parpadear. Bella tocó la mano de Alice para tranquilizarla, y ésta se aferró a ella de inmediato, con fuerza.

El hombre echó una breve mirada a las manos agarradas y después volvió a levantar los ojos hasta sus rostros.

—No me hagáis repetir la pregunta —dijo, con el mismo tono carente de emoción.

Esa voz. Ella conocía esa voz. Pero el pánico repicaba aún por todas sus venas y no podía concretar el recuerdo. Bella tragó saliva y logró que su garganta cerrada dejara escapar las palabras, pero su voz mostraba una enorme tensión.

—Era un teléfono de pago. El hombre dijo que no sabía quién lo había utilizado, que estaba demasiado ocupado para prestar atención.

Un leve movimiento de los párpados fue el único reconocimiento que el intruso dedicó a la respuesta.

No había manera de huir de él. No era un hombre corpulento, pero sí lo bastante alto, un metro ochenta y tres, quizá uno ochenta y cinco, con un cuerpo robusto que anunciaba estar compuesto íntegramente de músculos y fuerza, con una pizca de la celeridad de la serpiente de cascabel. Era la oscuridad, una sombra repleta de una amenaza casi palpable.

Entonces ella lo supo y se sintió mareada mientras la sangre abandonaba su cabeza. Extendió el brazo y se agarró al borde del escritorio para no caer.

—Usted es el hombre que me atacó —dijo, con voz fina y temblorosa. Y en ese momento comprendió algo más, algo que hizo que sus rodillas se aflojaran y casi se doblaran—: Usted es Masen.

La expresión del hombre tampoco cambió esta vez.

—He oído que usted quería hablar conmigo —dijo.


Por finnnnnn!

creen que el tenga respuestas?

leo sus teorias ! ;D

Besos y abrazos