Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 7

Oh, Dios. Masen. Recordó lo que True le había dicho, que Masen era un asesino, y lo creyó. No tuvo la menor duda.

Debía haber esperado esto. True le había dicho pocas horas antes que la gente difundiría el rumor de que ella quería a Masen, y él la encontraría. Ella había anunciado a una cantina llena de hombres que pagaría una recompensa por cualquiera que pudiera darle una información sobre Masen, sabiendo que estaba en la zona, quizá allí mismo, escuchando. Quizá debía causarle sorpresa que a Masen le hubiera tomado treinta y seis horas aparecer; hubiera podido estar esperándola el día anterior por la mañana. Entonces se acordó que le había dado a los hombres de la cantina su nombre auténtico, Bella Swan, en lugar de Bella Black, como hacía de manera habitual. Su teléfono aparecía bajo el apellido Swan; cuando le había dicho a True que su nombre no aparecía en la guía telefónica se había referido a Bella Black. True tenía el número de su casa sólo Porque ella se lo había escrito en el dorso de una de sus tarjetas de presentación. Si Masen había estado en el baile, hubiera podido entrar en su piso antes de que ella se despertara esa mañana.

O quizás hubiera tenido algo más interesante que hacer.

Dio un adelante, entró en la oficina y cerró la puerta, después se desplazó lateralmente, de manera que su espalda no diera a la división de vidrio. Al hacerlo, bloqueó la salida por el extremo abierto del escritorio de Bella, en forma de U; si querían salir de detrás del escritorio, tendrían que saltar por encima de él.

Tomó una de las sillas y se sentó, estiró las piernas y cruzó un pie, enfundado en una bota, sobre el otro.

—Aquí estoy —dijo—. Hable.

Parte de la mente de Bella estaba en blanco. ¿Qué le decía uno a un asesino? ¿Hola, me alegro de conocerlo? Pero la otra mitad de su cerebro conectaba un punto con otro y llegaba a conclusiones obvias. Quedaba claro que Masen no era el tuerto. Pero él había estado observando la reunión el viernes por la noche, por lo que o bien estaba persiguiendo a uno de los participantes, o los estaba siguiendo, esperando a que lo guiaran hasta su presa. Y si alguien podía encontrar al tuerto, ése era Masen. Podría saber dónde se encontraba ese hijo de perra en aquel preciso momento.

Lentamente, ella apartó a Alice a un lado y dio un paso hasta colocarse delante de ella. No era justo que Alice se viera arrastrada al epicentro de aquello cuando todo se debía a lo que había hecho ella, y era ella quien tenía que resolver el problema. Bella sacó su silla de detrás de la U protectora de su escritorio y se sentó. Sus rodillas casi tocaban las piernas del hombre, aunque tuvo cuidado de mantener aquellos preciosos dos centímetros de espacio entre ellos.

—Soy Bella Swan —comenzó.

—Lo sé.

La ausencia total de expresión en la cara de aquel hombre era enervante. Todo él era enervante, pero ella sabía que hubiera podido pasar junto a él por la calle sin volver la cabeza. No era un orate baboso, como hubiera correspondido a un maniaco homicida; por el contrario, parecía muy controlado y distante. Su cabello negro era muy corto y tenía la mandíbula cubierta por la barba de un día, pero aquello no era nada que le diera mal aspecto. Su camiseta, de un verde oliva apagado, estaba limpia, igual que sus vaqueros negros y sus botas negras de suela de goma. Las mangas cortas de la camiseta ceñían sus bíceps, pero sus brazos eran más nervudos que voluminosos, con visibles cordones de músculos y venas. Si llevaba un arma, pensó ella, tendría que estar escondida en una de las botas. Eso tampoco la tranquilizaba, ni el hecho de que estuviera sentado en una postura tan relajada. Una serpiente podía atacar sin aviso, pero el verso que comenzaba a desplegarse en su mente era sobre una pantera, no sobre una serpiente. Ogden Nash había dicho: «Si te llama una pantera, no seas antera». Y ella había llamado a una pantera, por lo que ahora tenía que tratar con ella.

Salvo por la mirada momentánea a las manos entrelazadas de ella y Alice, no había apartado sus ojos ni un instante del rostro de Bella, y eso era lo que la ponía más nerviosa.

—Me han dicho que usted encuentra personas. Detrás de ella, Alice hizo un movimiento súbito.

—Bella —comenzó a decir con brusquedad, y ella se dio cuenta de que iba a decir que eso no era una buena idea, que debía reconsiderarlo, y otras cosas sensatas por el estilo.

La mirada de Masen no vaciló y Bella levantó la mano para prevenir las objeciones de su amiga.

—A veces —dijo Masen.

—El tuerto en el encuentro del viernes por la noche. Quiero encontrarlo.

—Ese no es nadie. No es importante.

Había una leve inflexión en su forma de hablar, no en el tono sino en el modo en que articulaba las palabras, como si quizá el inglés no fuera su lengua materna. Lo hablaba perfectamente, y con acento del occidente tejano, pero de todos modos había algo más allá de su apellido que hablaba de México. Si había nacido en los Estados Unidos, Bella buscaría un sombrero y se lo comería.

—Es importante para mí —dijo ella y suspiró. El éxito volvía a entonar su canción de Lorelei, haciéndole señas para que se acercara. Aquel hombre le daba una oportunidad real de descubrir lo que le había ocurrido a su hijo, y si estaba tratando con el diablo, no le importaba—. Hace diez años, mi hijo de seis semanas fue robado de mis brazos. Mi ex marido es médico; él y varios de sus colegas habían montado una clínica gratuita en una de las regiones más pobres de Chihuahua y residimos allí durante un año. Mi hijo nació allí. Yo estaba en el mercado y dos hombres me lo arrancaron, pero yo luché y le arranqué con las uñas el ojo izquierdo al hombre que tenía a mi hijo. El otro me apuñaló por la espalda y los dos huyeron. Desde entonces, no he vuelto a ver a mi bebé.

Algo comenzó a brillar en los ojos de aquel hombre, un cambio momentáneo que indicó un aguzamiento de su atención. —Entonces, usted es ésa.

—¿Ésa? —repitió Bella.

—La que dejó tuerto al cerdo de Vulturi.

Vulturi. Oh, Dios mío, ése era su nombre. Tras diez años, ella sabía su nombre. Cerró los ojos y respiró hondo, cerrando los puños. Los latidos de su corazón, que se había tranquilizado, volvieron a atronar con más violencia en su pecho, y la sangre rugiente le recorría las venas. Quería gritar. Quería llorar. Quería levantarse de un salto e irlo a buscar en ese preciso momento; quería golpearle la cabeza contra la pared hasta que le diera las respuestas que ella buscaba. Pero no podía hacer dos de aquellas cosas, y se negaba a hacer una tercera, por lo que apretó sus puños temblorosos contra sus ojos y luchó para controlarse.

—¿Sabe cuál es su nombre? —preguntó, con voz muy tensa.

—Caius.

Caius Vulturi. Las letras quedaron marcadas en su mente. De la misma manera que nunca había olvidado su cara, nunca olvidaría su nombre o este momento. Durante tanto tiempo había luchado, había persistido cuando no tenía prácticamente nada para seguir adelante, y ahora, de repente, las cosas estaban cambiando tan rápido que sentía como si su mundo hubiera inclinado su eje. La lógica le había hecho saber que lo más probable era que nunca volviera a ver a William. Emocionalmente, había sido incapaz de abandonar la búsqueda. Ahora, por fin, existía la posibilidad real de que, al menos, pudiera averiguar si había sobrevivido. Y si podía realmente encontrar a su pequeño...

—¿Puede encontrarlo? —preguntó, inclinándose hacia delante, como si con sólo la fuerza de voluntad pudiera moldear los hechos según sus deseos—. Quiero hablar con él, quiero averiguar qué hizo con mi hijo...

—Venderlo —dijo, en tono neutro—. Vulturi no sabrá a quién.

Es un pendejo, un gañán.

Bella parpadeó. Entendía lo que era gañán: un matón. Pero a no ser que estuviera equivocada, Masen también había llamado a Vulturi «vello púbico». Obviamente, se le escapaban algunos matices de las expresiones idiomáticas del español hablado en México.

—¿Es un qué?

—No es nadie. Es un hombrecito que ejecuta órdenes.

—Masen se encogió de hombros—. Es también un hijo de perra malvado e insignificante, pero lo importante es que no tiene autoridad ninguna.

—Sigue siendo mi único vínculo, y debo recorrer la cadena para encontrar a mi hijo.

—Puede recorrer la cadena, pero lo más probable es que no le lleve a ninguna parte, sino de vuelta al principio. Los contrabandistas no llevan registros. Se acordará de usted, por supuesto, y probablemente de su bebé, pero todo lo que sabrá es que al niño lo llevaron al otro lado de la frontera y lo vendieron. Así es.

Ella no podía aceptar que la pista no llevara a ninguna parte. Vulturi no habría estado en forma para llevar él mismo al bebé al otro lado de la frontera; la persona que lo hizo con toda probabilidad sería el otro, el que la había apuñalado. Vulturi conocería a ese hombre. Y cuando ella lo encontrara, tendría otro nombre. Si seguía escarbando, con el tiempo encontraría a William.

—De todos modos, quiero encontrarlo —dijo, con terquedad—. Usted lo estaba vigilando esa noche, usted me impidió...

—...hacerse matar.

—Sí —admitió Bella—. Probablemente. Pero su intención no era protegerme, sino que ellos no supieran que había alguien vigilándolos. Pero como, de todos modos, lo está vigilando, por qué no...

—No lo estoy vigilando a él en particular —la interrumpió Masen—. Estoy siguiendo la serpiente hasta llegar a la cabeza.

—Pero sabe dónde está.

—No. No lo sé.

La contrariedad le dio deseos de gritar. Ahora no aceptaría estar en un callejón sin salida. No lo haría.

—Usted puede encontrarlo.

—Puedo encontrar a cualquiera. Con el tiempo.

—Porque no se rinde. Yo tampoco me rindo. Si es una cuestión de dinero, claro que le pagaré.

No podía dejar que Rastreadores corriera con los gastos sin sentir un cargo de conciencia, ella le daría al hombre todos sus ahorros, hasta el último céntimo, y le pediría más a Jacob si llegaba el caso. Y no tendría que mendigarlo, Jacob haría cualquier cosa para ayudarla a encontrar a William.

Masen la contempló con cierta expresión de curiosidad en los ojos, como si fuera una especie alienígena y él no pudiera imaginar qué la movía. Él era un hombre que, evidentemente, sentía muy pocas emociones, y ella una mujer que quizá sentía demasiadas. Como no podía apelar a las emociones del hombre, intentó entonces apelar a su lógica.

—Rastreadores tiene una enorme red de personas y contactos que no se puede imaginar. Si me ayuda, yo le ayudaré.

—No necesito ayuda. —De nuevo, su mirada era fría y remota—. Y trabajo solo.

Debería haber algo que ella pudiera ofrecerle.

—¿Una tarjeta de residente?

Ella podía pedir algunos favores, que le simplificaran algunos trámites.

Por primera vez, en el rostro del hombre apareció una expresión real: se mostró divertido.

—Soy ciudadano estadounidense.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Bella, descontenta—.

¿Por qué no quiere encargarse del trabajo? No le pido que mate a nadie, sólo ayúdeme a encontrarlo.

Quizá se tratara de aquello, quizá lo excitaba la emoción de la caza, la lucha a muerte.

—¿Y qué le hace pensar que yo mataría a alguien por usted? La voz del hombre volvía a ser suave, el rostro duro e inexpresivo.

Habitualmente, ella mantenía discreción sobre sus fuentes, pero tenía los nervios como trozos de vidrio afilados que la cortaban. Tenía que convencer a Masen para que la ayudara, de cualquier manera, como fuera.

—True Cullen me consiguió alguna información sobre un hombre llamado Masen que podría estar vinculado con el secuestro de mi hijo...

—True Cullen... —repitió, como si sopesara el nombre en la lengua.

—Es uno de nuestros patrocinadores.

—Y esa información decía... —exigió el hombre.

—Que usted es un asesino.

Bella no escondió la verdad ni intentó ser evasiva. Quizá no fuera un asesino, pero ella no tenía la menor duda de que podría matar y lo había hecho. Y si lo era, saber que ella estaba bien apercibida de su condición y aún quería contratarlo, podría tener peso en su decisión.

Alice, asustada, dejó escapar un gritito, pero él no la miró.

—Su fuente está equivocada. Hay razones por las que mataría. Puede que me paguen, pero no mato por dinero.

Lo que de ninguna manera significaba que no hubiera matado o que no lo volvería a hacer. Pero por extraño que pareciera, ella lo creía y se sintió más segura. Al menos, él contaba con algún tipo de brújula moral, un estándar dentro del cual se mantenía.

El hombre juntó las manos, observándola por encima de la punta de los dedos, como si estuviera meditando algo.

—Hábleme de esa pista que le dieron sobre mí el viernes por la noche —dijo por fin.

—No tengo mucho que contar. El que llamó era un hispano. Todo lo que dijo es que usted estaría en una cita detrás de la iglesia en Guadalupe, a las diez y media. La llamada se hizo desde esa estación de servicio, y el dueño no sabe nada al respecto.

Bella no podía leer lo que sucedía tras aquellos ojos fríos y oscuros, pero podía imaginar que el hombre estaba procesando conocidos y posibilidades.

—Todo el tiempo pensé que Vulturi era el tal Masen — explicó ella—. Lo único que tenía eran vagos rumores de que un hombre llamado Masen estaba implicado en varias desapariciones. Pensé que usted era el tuerto, porque su nombre seguía apareciendo en conexión con él.

—No tengo ninguna relación con él.

—He oído que trabaja para usted.

Los ojos del hombre se hicieron aún más gélidos.

—El asunto es que tengo a gente buscando información sobre Usted desde hace dos años. Pudo haber sido cualquiera el que llamó. ^Hizo una pausa, pues se le había ocurrido otra cosa—. Aunque, ya que he estado ofreciendo recompensas desde el principio, es raro que me den una pista anónima y nadie se haya interesado en recibir el dinero.

—Cualquiera no tiene información sobre mis andanzas. Y eso no le gustaba.

—¿Quién sabía dónde iba a estar? —preguntó Bella—. Alguien a quien usted se lo dijo, obviamente. Y la persona que le dio la información sobre la cita.

—No se lo dije a nadie, así que eso reduce la lista de posibilidades. La pregunta es: ¿por qué?

—Emmet y yo pensamos que le estaban tendiendo una trampa, pero es obvio que no se trataba de eso. Vulturi y los demás no tenían ni idea de que usted estaba allí.

—Emmet —dijo—. ¿Era el hombre que se escondía al otro lado del cementerio?

O sea, que también había visto a Emmet.

—También pertenece a Rastreadores. Estábamos trabajando en un caso y regresábamos a casa cuando recibí la llamada.

Algo estaba ocurriendo. Era como si hubiera sido puesta deliberadamente en el camino de Masen. Ella no tenía que leer la expresión del hombre para saber lo que le pasaba en ese momento por la mente, porque tenía los mismos pensamientos.

—La ayudaré —dijo con brusquedad y se puso de pie—. La llamaré.

Abandonó la oficina y unos segundos más tarde oyeron el sonido de la puerta exterior al cerrarse. Bella y Alice se miraron entre sí, después se volvieron y corrieron hacia la ventana, para ver en qué dirección se iba.

Las escaleras de la oficina estaban desiertas. El aparcamiento igual. No había señal de él, y aunque Bella abrió la puerta y aguzó el oído en espera del sonido del motor de un coche, no oyó nada. Fue como si desapareciera.

—Sé cómo ha salido —dijo, desconcertada—. Pero ¿cómo entró?

—No lo sé —gimió Alice, dejándose caer en la silla más cercana—. ¡Dios mío, nunca había sentido tanto miedo en toda mi vida! Seguro que ya estaba dentro cuando yo llegué. Si hubiera querido, podría haberme hecho cualquier cosa.

Bella revisó las ventanas, para ver si alguna de ellas mostraba señales de haber sido forzada. No era una detective, pero de todos diodos no vio ninguna marca nueva de arañazos en los pestillos, y tampoco había ventanas rotas. Fuera cual fuera la manera en que había entrado, no había dejado ninguna prueba obvia. Alice temblaba visiblemente.

—No puedo creer que te quedaras ahí sentada hablando con él, tan fresca como una lechuga. Es el hombre más terrorífico que he visto en mi vida.

—¿Parecía yo tranquila? —Bella tragó saliva y también se dejó caer en una silla—. No es posible. Estaba temblando tanto que tuve que sentarme porque no podía mantenerme de pie.

—No me di cuenta. Pensé que iba a matarnos a las dos. Sus ojos... era como mirar mi propia muerte.

—Pero no nos mató y nos dio información que llevo diez años tratando de encontrar. —Bella cerró los ojos— Caius Vulturi. Tengo un nombre. ¡Por fin tengo un nombre! —Las lágrimas le quemaban los ojos y brotaban de debajo de sus párpados cerrados—. Ahora tengo la oportunidad real de encontrar a mi bebé; ¡por primera vez, tengo una oportunidad!


Por fin... y la va ayudar! creen que pueda encontrar a su bebe?

veremos como se desarrolla

leo sus reviews

besos y abrazos