Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 8
El encuentro de Dallas para recaudar fondos fue más exitoso de lo que había esperado; no sólo se obtuvo dinero para Rastreadores, sino que además consiguieron un patrocinador corporativo, una compañía de software que prometió modernizar su red de ordenadores. En la cabeza de Bella bailaban visiones de nuevos ordenado- res, pero eso no era lo que la mantenía despierta aquella noche en la cama del hotel.
Cada vez que pensaba en lo ocurrido aquella mañana, la excitación la sacudía. Se sentía como si la hubieran echado de cabeza en una hoguera y hubiera salido ilesa; la esperanza la aturdía. Quería llamar a Jacob, contarle que al fin estaba haciendo progresos reales, que ya tenía el nombre del secuestrador y que un experto —¿de qué otra manera podía llamar a Masen? — la estaba ayudando a localizarlo. Quería compartir su euforia con alguien, ¿y quién mejor que el Padre de William?
Pero era una llamada que había renunciado a hacer. Jacob ya no era su marido. Tenía otra familia, y Bella era muy cautelosa en elación con ello. No sabía, y no iba a preguntar, si la esposa de Jacob tenía un problema con la cantidad que él le asignaba anualmente. En la medida de lo posible, Bella había intentado que la ruptura fuera limpia y no darle a la nueva señora Black ninguna razón para molestarse.
¿La nueva señora Black? Bella tuvo que reírse de sí misma. La esposa de Jacob se llamaba Jenna, era una mujer excelente y llevaba casada con Jacob el doble del tiempo que ella.
Llamaría a Jacob cuando tuviera algo concreto sobre William. No lo mantenía informado de cada rumor, de cada paso. Él la llamaba unas dos veces al año y en ese momento ella lo ponía al día sobre cualquier avance, que a lo largo de diez años habían sido muy escasos. Para que su vida privada fuera lo más tranquila posible, ella nunca lo llamaba. Y punto. La esposa de un cirujano tenía suficientes complicaciones cotidianas, con el marido trabajando largas horas y urgencias que parecían programadas para el momento en que se sentaba a comer o estaban a punto de irse de vacaciones. No había necesidad de añadir a todo aquello las llamadas de una ex esposa.
No podía contener la excitación, la sensación de expectativa, así que dejó de intentar obligarse a dormir y se dedicó a repasar en su mente una y otra vez todo lo ocurrido y todo lo dicho esa mañana, desde el momento en que True la llamara hasta el instante en que Masen desapareciera.
El mayor misterio para ella —aunque quizá no para Masen— era la identidad del que la había llamado sobre el encuentro en Guadalupe y sus motivos. La razón no podía ser la recompensa, ya que la llamada había sido anónima. Pero alguien la puso en el camino de Masen y ella no sabía si la intención había sido ayudarla o dañarla. Masen hubiera podido matarla con la misma tranquilidad con que la dejó fuera de combate. Y después de conocerlo, no creía que matarla le hubiera quitado el Carmeno.
Se exprimía el cerebro pero no podía encontrar ninguna razón lógica para la llamada, y finalmente se decidió a enumerar sus bendiciones. Quizá Masen fuera una bendición algo compleja, pero de todos modos le había dado, en unos pocos minutos, una información invaluable y le ofreció la mejor oportunidad para encontrar a William que había tenido nunca.
No podía creer que lo hubiera convencido de que los ayudara. No podía creer que hubiera estado sentada tan cerca de él, sólo a escasos centímetros de sus rodillas mientras hacía ver que no le tenía miedo. Los ojos de él eran los más fríos y vacíos que había visto en su vida, como si ninguna emoción lo tocara. Lo hubiera llamado sociópata, pero, al parecer contaba con ciertos mecanismos internos para frenar su violencia inherente. Él podía diferenciar el bien del mal, pensó, pero no lo sentía. Si elegía hacer lo que consideraba correcto, era más bien una decisión mental que emocional.
Pero por esa razón ella creyó que podía tratar con él. Ellos, los Rastreadores, no estaban amenazados por él. Aquella noche en Guadalupe hubiera podido matarla a ella y a Emmet, simplemente por cruzarse en su camino, pero no lo había hecho porque no constituían una amenaza para él o para sus objetivos; bueno quizá para sus objetivos sí, pero no para él. Mientras ella fuera consciente de sus límites, creía que podía confiar y colaborar con él. Eso esperaba.
Tomando en cuenta la reacción de True al oír el nombre de Masen, decidió no mencionar que el hombre se había presentado en la oficina. True tenía una veta de protector que ella hallaba encantadora, aunque sabía que debía mantener las distancias con él. Podía llamar a la policía, y eso era lo último que ella quería.
Pensó en pedirle a True que hiciera averiguaciones sobre Caius Vulturi, pero finalmente optó por no hacerlo, aunque sólo fuera porque querría saber cómo había conseguido el nombre, y a ella no le gustaba la idea de mentirle después de que se hubiera mostrado tan servicial. Además, a Masen no le gustaría. Ella no sabía cómo se enteraría, pero estaba segura de que pasaría. A Masen le gustaba trabajar solo, en cualquier caso con muy pocas personas que supieran Por dónde andaba o qué hacía. Si tanto él como True se ponían a buscar a Vulturi, sus caminos bien podían cruzarse. No, no le gustaba en absoluto. Hasta podía dejar de ayudarla y ella no iba a correr ese riesgo de ninguna manera.
Por lo tanto, mientras menos gente supiera lo de Masen, mejor. Anotó en su mente llamar a Alice a primera hora de la mañana antes de que saliera para la oficina, y decirle que no hablara con nadie sobre Masen.
En el primer vuelo de Dallas a El Paso, se detuvo un momento su piso para dejar el equipaje y después siguió hacia la oficina.
A esa temprana hora, el calor ya se volvía opresivo, recordándole cuánto esperaba el invierno.
Cuando entró en la oficina vio enseguida que Emmet estaba juguetón, lo que siempre se traducía en hacerle bromas a Rosalie e intentar sacarla de sus casillas. Ese día le estaba dando consejos sobre moda y resultaba algo desastroso, para solaz de todos los que podían oírlo, o sea, la mayoría de la plantilla.
—Deberías probar con un peinado nuevo —decía, sentado en la esquina del escritorio de ella—. Algo más pícaro. Y más grande. Una de esas cosas con bucles y adornos.
Rosalie, con todos sus principios feministas escarnecidos, lo miró fría y largamente.
—¿A quién me parezco, a la puñetera Farrah Fawcett?
—No, pero podrías intentarlo.
Emmet era joven, grande y rápido, pero por un momento Bella pensó que eso no bastaría para salvarle la vida. Rosalie se levantó lentamente hasta que casi estuvieron nariz con nariz, lo que con su metro cincuenta y ocho sólo podía hacer porque él estaba sentado sobre el escritorio.
—Pequeñín —dijo, con parsimonia—, he acabado con hombres mejores que tú; los he usado, los he exprimido hasta dejarlos secos y después los he tirado. No te atrevas a jugar fuera de tu liga.
Emmet se hacía el tonto con mucho éxito.
—¿Qué? —dijo, con aspecto estupefacto—. Sólo estoy intentando ayudar. Digamos, de darte algunos consejos y cosas así.
—¿De veras? No sabía que los neandertales fueran expertos en moda.
Él hizo una mueca burlona.
—Con un poco de pellejo se llega lejos.
—Estaba segura de que lo sabrías.
Alice miró a Bella a los ojos y señaló hacia la oficina de ésta. Bella echó un vistazo y estuvo a punto de soltar un rugido cuando vio quién la esperaba. La señora Carmen Denali buscaba a su marido, que había desaparecido hacía varias semanas, durante un fin de semana en que ella visitaba a su hermana en Austin. Como la ropa del señor Denali había desaparecido, junto con su coche y la mitad del dinero de la cuenta corriente de ambos, la policía llegó a la conclusión correcta de que no había nada criminal en todo aquello, que el señor Denali se había largado por su propia voluntad y que no había nada que pudieran hacer. Entonces, ella había acudido a Rastreadores en busca de ayuda, y no aceptaba un no por respuesta.
Tras echar una mirada cautelosa en dirección a Emmet y Rosalie —Bella esperaba que la filosofía antiviolencia de Rosalie continuara siendo vigente—, entró en su oficina y le sonrió a la señora Denali.
—Buenos días, Carmen. ¿Quieres una taza de café?
Carmen negó con la cabeza. Era una mujer rolliza, de aspecto agradable y cabellos grises, que pronto cumpliría los sesenta. Tenía el tipo de cara animada y redonda que parecía totalmente natural cuando mostraba una sonrisa. Sin embargo, desde que Eleazar Denali desapareciera en una soleada tarde, con frecuencia sus ojos estaban rojizos por haber llorado y Bella no había visto aún la sonrisa de la mujer.
Pensó que si le ponía las manos encima al señor Denali con gusto lo estrangularía. ¿Cómo había osado hacer que su esposa pasara por esto? Si quería largarse, debió haber tenido al menos el valor y la cortesía de decírselo, en lugar de dejarla retorciéndose en el viento como ahora. Su corazón seguiría roto, por supuesto, pero al menos sabría lo que pasaba, que él estaba vivo y cuál era su situación legal. Ella estaba en el limbo, sufriendo, y el señor Denali se merecía una patada en el trasero.
—Ayúdeme, por favor —dijo Carmen con una voz gruesa y cascada, como si hubiera llorado tanto que tuviera la garganta inflamada y en carne viva. Bella sabía muy bien lo que era sentirse así—. Ya sé, usted me dijo que no se trataba de una persona desaparecida, que se fue libremente, por su propia voluntad, pero es que no estoy totalmente segura de que haya sido así. ¿Y si algún hombre lo con—venció de que hiciera algo y ahora estuviera sin dinero y avergonzado de volver a casa, o si estuviera herido o incluso muerto ? He ido a varias agencias de detectives como usted me recomendó, pero no Puedo permitírmelo. Hasta la más barata se sale de mi presupuesto. Se lo ruego lo ruego.
—No puedo —dijo Bella, tan disgustada como la señora Denali—. Estamos en el mismo bote que usted. No tenemos fondos ilimitados; ahorramos hasta el último céntimo y nos la arreglamos con lo que tenemos, a veces sin nada. Mire esta oficina, podrá ver que reservamos casi todos nuestros fondos para las pesquisas. Lo más probable es que el señor Denali la abandonara y no tuviera el valor de decírselo. ¿Cómo puedo justificar la utilización de nuestros recursos para localizar a alguien que casi seguro se largó por voluntad propia?
—Pero podría comprobar su número de la seguridad social, descubrir si está trabajando en alguna otra parte,
¿no?
—Eso implica una suscripción especial y no la tenemos. La gente que nosotros buscamos no se esconde, ha desaparecido. —Se frotó la frente, intentando encontrar una solución—. ¿Ha intentado ir al Ejército de Salvación? Ellos localizan a familiares perdidos. Creo que es un servicio único y gratuito, y aunque no sé si lo realizarían en estas circunstancias, quizá puedan ayudar.
—¿El Ejército de Salvación? —murmuró Carmen—. No sabía que hicieran cosas como ésa.
—Lo hacen, pero como le dije, no sé cuáles son sus requisitos. Si no pueden ayudarla, diríjase a un abogado. Haga lo posible para protegerse legalmente.
Una solitaria lágrima se deslizó por la mejilla de Carmen.
—No se lo he dicho a los niños —dijo, con voz entrecortada—. ¿Cómo les digo que su padre se ha ido sin más?
Tenía dos hijos, ambos casados, con hijos a su vez.
—Dígaselo simplemente —aconsejó Bella—. Es mejor que se lo diga usted y que no se enteren por otra vía. ¿Y si él los llama? Entonces se enfadarán con usted por no haberles dicho lo que pasaba.
—Supongo que sí —dijo, secándose la mejilla—. Creo que sigo esperando a que vuelva a casa para que ellos no tengan que enterarse.
—Han pasado ya casi tres semanas —dijo Bella con delicadeza—. Incluso, si él volviera ahora, ¿lo aceptaría usted? ¿Todavía lo quiere?
Otra lágrima.
—No me quiere, ¿verdad? Si me quisiera, no me habría hecho esto. No hubiera podido hacerlo. Ya sé que me he dejado caer un poco, pero tengo casi sesenta años y cuando una tiene esa edad es normal tener el pelo gris, ¿no es así? Sin embargo, Eleazar siempre se ha mantenido en buena forma. Y apenas tiene canas.
—¿Podría tener una amiga?
Bella odiaba tener que decir aquello, aunque sabía que la policía le había hecho la misma pregunta a Carmen. En aquel momento había rechazado automáticamente la idea: estaba conmocionada, fuera de sí y aterrorizada porque su vida se hacía pedazos.
Ahora, sin embargo, su expresión se deshizo y se cubrió los ojos con la mano.
—No lo sé —sollozó—. Puede ser. Jugaba al golf casi a diario. Nunca lo vigilé. Yo confiaba en él.
Bella suponía que había gente que jugaba con gusto al golf en el peor de los calores, pero ¿todos los días? Lo dudaba. Y también Carmen, ahora que veía las cosas desde una perspectiva diferente.
—Por favor, vaya a ver a un abogado —repitió Bella—. Y cambie su cuenta bancaria. Apuesto a que no lo ha hecho aún, ¿verdad? Su nombre figura todavía en la cuenta. ¿Y si la deja vacía? ¿Qué va a hacer entonces?
—No lo sé, no lo sé —gimió Carmen, balanceándose levemente hacia adelante y hacia atrás a causa de la angustia.
Comenzó a buscar algo a ciegas en su bolso. Adivinando lo que necesitaba, Bella sacó un pañuelo de papel de la caja que tenía sobre el escritorio y lo puso en la mano de Carmen.
Tras unos minutos, empleados en secarse el rostro y abanicarse, Carmen suspiró profundamente.
—Creo que estas últimas semanas me he comportado como una vieja tonta. Tengo que volver en mí y ver cómo andan las cosas. Me dejó. Podría ir al Ejército de Salvación, pero usted tiene razón: 1° primero que debo hacer es cambiar la cuenta bancaria y proteger 1° que queda. —Su barbilla se estremeció—. Esta noche llamaré a los chicos y les contaré lo que pasa. No puedo creer que haya h esto. Dejarme es una cosa, pero ¿qué pasa con los chicos? Siempre tuvo una excelente relación con ellos. Tenía que saber que esto lo cambiaría todo, así que creo que eso tampoco le importa.
Bella no añadió nada a todo aquello, aunque sospechaba que con el tiempo el señor Denali entraría en contacto con sus hijos, les diría que lo sentía y cosas así, y esperaría a que todo siguiera siendo como antes. Algunas personas no veían las consecuencias de sus actos, o se imaginaban que podían salir del aprieto. Ella no creía que de este aprieto se pudiera salir, pero el problema no era suyo.
Los ojos de Carmen estaban rojos e inflamados, pero cuando salió de la oficina llevaba la cabeza en alto y su paso era rápido. La puerta apenas se cerró detrás de ella cuando el teléfono de Bella comenzó a sonar. Apretó el botón del altavoz y se dejó caer en su silla, sintiéndose ya agotada.
—Aquí, Bella.
—Hola, cariño. ¿Estás libre hoy para comer?
Se trataba de Victoria Witherdale, la obstetra que la había asistido en el parto de William en la pequeña clínica gratuita de México. A veces, la vida era divertida: Victoria y James, su marido, les habían tomado tanto cariño a los mexicanos que se habían establecido en El Paso. De esa manera, seguían residiendo en Estados Unidos, pero al lado de la cultura que amaban. Todavía viajaban al menos dos veces al año a diferentes partes de México.
Victoria había hecho esfuerzos para mantenerse en contacto con Bella, y considerando la agenda tan complicada de un obstetra, eso quería decir algo. Había un vínculo entre ellas, porque Victoria estaba en la clínica ese terrible día, y tanto ella como James habían participado en el desesperado combate de Jacob para salvar la vida de Bella. A veces transcurrían un par de meses sin que las dos mujeres hablaran, debido a sus complicadas agendas, pero siempre que podían comían juntas. Esos planes tenían que acomodarse a lo que dictara el momento, pero de alguna manera ellas hacían que funcionaran.
—A no ser que surja algo —dijo Bella—. ¿Dónde y cuándo?
—Doce y media. En Dolly's.
Dolly's era una cafetería moderna donde servían platos sofisticados y a la hora de la comida siempre estaba llena de mujeres que querían algo más ligero que el plato del día. Algunos empresarios comían allí, pero por lo general los hombres se mantenían lejos, lo más apartados posible de las primorosas sillas y mesas de Dolly's.
Cuando Bella colgó, Alice metió la cabeza por la puerta.
—No he dicho una sola palabra sobre él —dijo en voz baja, sin detallar más—. Llamó temprano esta mañana. Al menos creo que fue él. Su voz me aterroriza, y esa llamada me puso la piel de gallina, por lo que estoy muy segura de quién era.
Bella si oír la voz de aquel hombre, sintió un soplo gélido sobre la piel. Con expresión ausente, se frotó los brazos.
—¿Qué quería?
—No lo dijo. Preguntó si estabas. Le dije que no, le di la hora de llegada del vuelo y cuándo debías estar de vuelta, y colgó.
—¿Le diste el número de mi móvil? Alice pareció preocupada.
—No. Estuve a punto, pero no sabía si querías que se lo diera.
Como lo más probable era que él ya tuviera su teléfono fijo y la dirección de su casa gracias al desliz cometido al utilizar su nombre real y no su nombre de trabajo, Bella no entendía qué mal podía hacer darle el número de su móvil.
—Se lo daré cuando vuelva a verlo.
—¿A ver a quién? —preguntó Emmet desde la puerta.
En la oficina podían ser un poquito más formales, pensó Bella mientras miraba a su alrededor. Por otra parte, Rastreadores era una sociedad de personas dedicadas a lo que hacían, no una corporación. Ella era la figura más importante y la que dirigía las operaciones, pero fuera de eso la estructura era bastante abierta y era algo que ella había alentado. Quizá más adelante le hablaría a Emmet sobre Masen —no estaba muy segura de cómo le explicaría que había llegado a un acuerdo con un hombre que era esencialmente un vigilante, y eso siendo benévola—, pero ahora no estaba preparada para ello, por lo que lo eludió cambiando de tema.
—Emmet, sé que cuando te metes con Rosalie sólo le estás tomando el pelo, pero no estoy segura de que ella lo sepa. No quiero problemas en la oficina...
—Lo sabe —replicó él, metiendo las manos en los bolsillos del vaquero y sonriendo, con esa sonrisa amplia y blanquísima del tipo Pobrecito yo, sólo soy un chico del campo, que utilizaba para desconcertar a la gente—. Sólo nos divertimos.
—Si tú lo dices —pronunció Alice, dubitativa—. Hace un fomento parecía que estabas a punto de ganarte una colleja.
—Nada. Ella es pacifista, no me golpearía.
—A no ser que la acoses demasiado —dijo Bella—, y creo que te estás acercando.
—Créeme —y le hizo un guiño—. ¿Qué le dijiste a la señora Denali? Cuando salió de aquí parecía una mujer que marchaba a la guerra.
—La convencí de que cambiara su cuenta bancaria y viera a un abogado.
—Gracias a Dios —dijo Alice—. Debió de haberlo hecho tan pronto como descubrió que él se había llevado la mitad del dinero.
—No estaba preparada para hacerlo. Antes de que fuera capaz de escuchar, la conmoción debía atenuarse un poco.
—Espero que el tipo regrese arrastrándose dentro de pocos meses y descubra que ella se ha divorciado —dijo Emmet—, el muy gilipollas.
—Amén. —Bella echó un vistazo al montón de papeles sobre su mesa y suspiró—. Voy a comer con Victoria, a no ser que surja algo. ¿Todo está tranquilo?
—Todo bajo control. A primera hora de la mañana hice que un grupo en Vermont saliera a buscar a una anciana dama con Alzheimer, que se había marchado de su casa, y la encontraron una hora después. Y unos chicos universitarios que estaban de acampada en Sierra Nevada no regresaron a casa según lo programado, y estamos organizando la búsqueda.
—¿De cuánto es el retraso?
—De un día. Supuestamente deberían haber llegado a casa anoche, pero las familias no tienen noticias de ellos.
—Esperemos que hayan tenido el buen juicio de mantenerse juntos.
Y de que ninguno de ellos esté herido. Y de que al menos uno le haya dado el itinerario a uno de los padres o a un amigo. A Bella le sorprendía la cantidad de personas que salían de excursión al monte sin decirle a nadie a dónde iban.
Les informó a todos del nuevo patrocinador de Dallas y de la promesa de una nueva red de ordenadores. Después, se sentó a revisar el creciente montón de papeles.
Una hora después, Rosalie metió la cabeza por la puerta para hacer una pregunta, y Bella decidió aprovechar la oportunidad.
—Si Emmet se pasa de la raya, dímelo.
—Puedo con él —dijo Rosalie, sonriendo—. No te preocupes. Cree que puede cabrearme y a mí me divierte tocarle las narices. Cuando deje de bailar a mi alrededor y haga acopio de valor para pedirme que salgamos, voy a hacer que se olvide de cabellos largos y cerebros pequeños.
¿Pedirle que salieran? Bella abrió mucho los ojos. ¿Qué estaba pasando allí?
—Fue militar —masculló Bella—. Es conservador. Es macho a la máx...
—Y tiene diez años menos —dijo Rosalie, con una sonrisa que ahora iba de oreja a oreja—. ¿suena bien, verdad? Dudo que lleguemos a discutir temas sociales, pero si lo hacemos, con él puedo defenderme. ¿Quién sabe? Quizá hasta lo convierto a mis ideas.
Anonadada, Bella siguió con la vista a Rosalie, que se alejaba dando ágiles pasos. La química sexual era algo asombroso. Para imaginarse juntos a Emmet y Rosalie tenía que forzar su imaginación, pero de alguna extraña manera, encajaban bien, porque los dos tenían un carácter tan fuerte que ninguno podía ser dominado por el otro.
Bien. Había sido una mañana interesante.
La comida con Victoria fue tan agradable como siempre. Ella siempre le hacía preguntas sobre Rastreadores; desde el comienzo había mostrado un interés real y de vez en cuando asistía a los encuentros para recaudar fondos. Nunca se entrometía, nunca volvía a hablar de aquel día horrible cuando se llevaron a William, pero siempre le preguntaba cómo marchaban las cosas. Si Bella tenía alguna nueva pista, se la contaba, pero la mayoría de las veces no tenía nada que decir. Hoy sí, pero cuando Victoria preguntó, Bella negó con la cabeza. Como Victoria iba en ocasiones a los eventos para recaudar fondos, pertenecía al mismo círculo social que True Cullen y Bella no quería correr el riesgo de que su amiga pudiera decirle algo. Aunque le pidiera que no comentara las noticias, Bella sabía que no sería posible. Victoria se lo contaría a James, éste se lo diría a alguien y antes de que Bella pudiera enterarse, True estaría al teléfono soltando gritos y Masen desaparecería. No podía correr ese riesgo, por lo que mantuvo el silencio.
Casi habían terminado de comer. Victoria metió la cuchara en su sorbete de papaya y preguntó, como de paso:
—¿Estás saliendo con alguien últimamente?
Bella respondió con una carcajada. Los rumores se difundían rápido.
—Si estás pensando en True Cullen, la respuesta es no.
—No es lo que me han dicho.
En los labios bien dibujados de Victoria jugueteaba una media sonrisa, y sus ojos azules reían con franqueza.
—Él lo pidió, yo me negué. Y no hay nada más.
—Oí que te había acompañado al coche el sábado por la noche.
—Eso fue todo lo que hizo.
—Dios mío, ¿por qué no sales con él? Es un... — Victoria hizo una pausa y después tembló un segundo, con delicadeza—. Es un hombre con hache en mayúscula.
—Lo sé. Además, es uno de los patrocinadores de Rastreadores.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que no voy a hacer nada para poner en peligro nuestra financiación, no importa si proviene de True o de alguien a quien no le guste que yo salga con uno de los patrocinadores.
—No has hecho voto de castidad —dijo Victoria, asombrada.
—Lo sé. Ha sido decisión mía. Rastreadores es mas importante para mí que mi vida privada, aunque se trate de un hombre que no sea uno de los que nos financian.
—¿Y por eso rompes con los tíos con los que sales? Bella sonrió.
—En realidad, ellos son los que han roto conmigo, no yo. Y desde que Jacob y yo nos divorciamos sólo han sido dos.
La incredulidad hizo que la mandíbula inferior de Victoria cayera.
—¿Dos? ¿Sólo has salido con dos hombres?
—No estoy diciendo eso. He salido con otros cada vez que he podido. Lo que no es muy frecuente, y en los últimos tiempos no ha habido ninguno. Pero que estuviéramos a punto de iniciar una relación, sólo dos.
¿Te acuerdas de Clint Tidemore?
—Más o menos. Saliste un par de veces con él.
—Más que eso. Él fue uno de los dos.
—Un tío guapo.
—Sí. Quería que estuviera cerca de él más de lo que puedo, y yo no quería delegar trabajo, así que nos separamos.
—No dijiste nada, pensé que era sólo una cita casual. — No tiene sentido replanteárselo todo si no deseaba comprometerme.
—Pero tendrás que hacerlo. —La mirada de Victoria se hizo seria—. Más tarde o más temprano tendrás que hacerlo. Todo el mundo se compromete. Es la única manera de que las cosas vayan bien.
—Quizás algún día —replicó Bella.
Algún día, cuando encontrara a William y el diablo dejara de hacer chasquear el látigo junto a sus pies. Hasta ese día, no podría descansar, no podría dejar que le importara ninguna otra cosa.
—Que sea más temprano que tarde —le aconsejó Victoria mientras miraba su reloj y recogía la cuenta—. Tengo que correr. Las consultas comienzan a las dos.
Bella se levantó y se dieron un abrazo. Después, Victoria se apartó con celeridad, la cabeza puesta en el trabajo. Bella se quedó atrás, recogiendo su bolso y dejando propina, pues a Victoria se le había olvidado. En la cola ante la caja registradora, otros dos clientes se interpusieron entre ella y Victoria, y cuando Bella salió de la cafetería, el Mercedes rojo de su amiga estaba ya a dos manzanas de distancia. Bella atravesó la calle hasta el sitio donde había aparcado su todoterreno Toyota, con la cabeza baja, mientras buscaba las llaves del coche en el bolso. Habitualmente las echaba en el bolsillo, pero la falda corta que llevaba ese día no tenía bolsillos.
Allí estaban. Casi había llegado al Toyota cuando las encontró. Sacó las llaves, levantó la vista y apenas logró reprimir un grito cuando estuvo a punto de chocar con el hombre que, saliendo de ninguna parte, se interpuso entre ella y su vehículo.
—Estaba esperando —dijo Masen.
bueno, lei que decian que True y Masen son la misma persona
no lo son... mas adelante sabremos mas sobre estos dos personajes, Masen es Edward...
besos y abrazos
