Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 9
—¿No sabe que no debe caminar con la cabeza baja, como lo estaba haciendo? —prosiguió, con los ojos oscuros entrecerrados a la sombra del ala de su sombrero—. Y antes de salir de un edificio, debe tener las llaves en la mano.
Gracias a Dios que llevaba las gafas de sol puestas, pensó ella con cierto susto, y él no podía ver cómo casi se le habían salido los ojos de las órbitas. El corazón galopaba dentro de su pecho y un sudor frío le había cubierto la piel. Tenía que dejar de reaccionar de esa manera ante él, o se daría cuenta de que ella se moría del susto cada vez que él movía un músculo.
Eso no quería decir que él no se hubiera dado cuenta, porque había visto un levísimo movimiento de sus labios. No era posible calificar ese movimiento como una sonrisa, pero se le acercaba.
—Habitualmente las llevo —Se lo explicó mientras intentaba meter la llave en la cerradura.
La mano le temblaba levemente y tuvo que intentarlo otra vez antes de tener éxito. Se prometió a sí misma que el próximo vehículo que adquiriera tendría puertas operadas por un mando a distancia.
—Alice me dijo que había llamado —dijo, mientras abría la portezuela.
—Sí.
El hombre se le adelantó, apretó el botón que liberaba todas las cerraduras, dio la vuelta al vehículo y ocupó el asiento del pasajero.
Era obvio que iba a acompañarla. O eso, o no quería hablar de pie en la acera. Ella suspiró profundamente, se sentó al volante y puso en marcha el motor, a continuación, reguló el aire acondicionado, poniéndolo en «alto» y bajó las ventanillas para contribuir a que el calor sofocante acumulado dentro del vehículo se disipara.
Al entrar, el hombre tuvo que quitarse el sombrero, y se giró para dejar caer su Stetson marrón oscuro sobre el asiento trasero. Después, se abrochó el cinturón de seguridad.
Por un instante, ella se sintió perpleja ante la imagen de un asesino que se ponía cinturón de seguridad, y el significado de ese acto se le escapó. Parpadeó al darse cuenta de que él no se habría abrochado el cinturón si no esperara que el vehículo echara pronto a andar.
Bella dejó su bolso en el suelo del asiento trasero y se abrochó su propio cinturón de seguridad.
—¿A dónde vamos? —preguntó, en caso de que el hombre tuviera alguna idea específica sobre el destino de ambos.
—Usted es la que conduce. —Él se encogió de hombros.
—Iba a regresar a la oficina.
—Excelente.
—¿Dónde está su coche?
—En un lugar seguro. Le diré dónde después
Ella se encogió de hombros, controló los retrovisores, y cuando vio un espacio libre de coches, salió de su aparcamiento. El aire que salía por los respiraderos se enfriaba, por lo que ella cerró las ventanillas, dejándolos a ambos en un pequeño espacio privado. Nunca antes se había dado cuenta de cuan pequeño y cuan íntimo era un vehículo, pero aunque Masen fuera la persona más tranquila que había conocido, tenía una manera particular de ocupar un espacio y convertirlo en el suyo propio. Ella se sentía oprimida y ahogada, aunque él no estuviera haciendo otra cosa que permanecer sentado tranquilamente a su lado.
—¿Por qué me llamó? —preguntó finalmente, ya que él no le daba voluntariamente ninguna información.
—Vulturi no está ahora en la zona. Se ha escondido en alguna parte.
El desencanto la golpeó en el estómago como una mandarria. Sus manos apretaron el volante.
—¿Ya ha logrado averiguar eso?
—Sí. No se preocupe, aparecerá. ¿Le ha hablado a alguien de mí?
Ella se dio cuenta de que él controlaba el retrovisor lateral, vigilando los vehículos que los rodeaban. No lo hacía abiertamente, pero desde que se había sentado en el todoterreno con ella no había bajado la guardia ni un ápice.
—No, y le dije a Alice que no lo hiciera.
—¿Puede confiar en ella?
—Más que en la mayoría.
Hasta el momento en que esas palabras abandonaron sus labios, Bella hubiera dicho que confiaba absolutamente en Alice. Pero Masen no creía en absolutos; para él, la gente era más o menos de fiar, pero nunca del todo. Y tenía razón, pensó ella. Por mucho que confiara en Alice, siempre existía la posibilidad de que se le escapara algo durante una conversación.
El siguió vigilando el tráfico y ella lo vigilaba a él tanto como podía mientras conducía. Era un hombre pulcro: no tenía manchas en la ropa, llevaba las uñas cortas y limpias. Ese día vestía unos vaqueros café y una camiseta que parecía haber sido un día beige, pero de tanto lavarla se había desteñido hasta un color crema pálido. Como única joya, llevaba un reloj de muñeca, uno de esos aparatos de alta tecnología que parecían capaces de trazar un camino hacia las estrellas. Sus manos, que descansaban quietas sobre sus muslos, eran fuertes y delgadas, con venas prominentes que ascendían hacia sus brazos.
Su perfil era duro, contenido, algo adusto. Su mandíbula aún estaba cubierta por una barba de pocos días y apretaba los labios como si no encontrara nada alegre en su vida. Quizá no hubiera nada alegre, pensó ella. La alegría provenía de la gente, de la red de relaciones que inter vinculaba a las personas, y Masen era profundamente solitario. Podía estar sentado allí a su lado, pero ella sentía corno si una parte de él estuviera ausente.
—¿Descubrió quién me llamó el viernes por la noche?
—preguntó, pues el silencio había durado varios minutos más de lo que era cómodo.
—No, he llegado a un punto muerto.
¿Sería literal lo que decía? ¿Estaría ahora muerto su contacto?
—Pero a fin de cuentas lo encontraré —prosiguió él, y ella soltó un suspiro de alivio.
Su teléfono móvil comenzó a sonar. Él miró atrás, localizó el bolso y lo tomó del suelo.
—Gracias —dijo Bella, sacando el teléfono de un bolsillo; en la pantalla aparecía el número de la oficina—. Hola.
—Tenemos un niño de cuatro años desaparecido —dijo Angela Weber sin preámbulo—. Vive cerca del parque estatal. Lleva al menos dos horas ausentes de su casa. — Y le dio la dirección—. El departamento de policía fue quien primero respondió, la familia y los vecinos estuvieron buscando al chico dos horas antes de llamar. La policía nos llamó y ha pedido nuestra ayuda. Estamos reuniendo a la gente lo más rápido posible. La mayor parte del personal de la oficina está en camino.
—Los veré en la casa del niño —dijo Bella y colgó.
Echó un vistazo al tráfico y cambió de carril, acelerando para pasar en verde el próximo semáforo. Giró a la derecha una, dos veces, y siguió en dirección contraria a la anterior.
—¿Dónde debo dejarlo? —le preguntó a Masen.
—¿Qué ocurre?
—Un niño desaparecido, de cuatro años, cerca de las montañas Franklin.
La cadena de días con temperaturas cercanas a los cuarenta grados proseguía ese día; a no ser que el pequeño encontrara cómo protegerse del sol, podía morir de un golpe de calor. Y si hallaba un escondite, eso haría más difícil encontrarlo.
Masen se encogió de hombros.
—Iré con usted. Conozco la zona.
Ella nunca hubiera esperado semejante cosa. No sólo se ponía al descubierto, sino que lo vería muchísima gente. Ella había pensado que él evitaría las multitudes.
—¿Cómo se llama? —preguntó—. Si pretendo ocultar su identidad, no debería llamarlo Masen.
Él tenía una forma particular para no responder de inmediato a las preguntas. Siempre hacía una pausa de uno o dos segundos, como si considerara tanto la pregunta como las posibles respuestas. Esa corta pausa era enervante.
—Edward —dijo, por fin.
Ella redujo la marcha, aceleró y adelantó un coche deportivo.
—¿Ése es su nombre real?
—Sí.
Quizá lo fuera, quizá no. Pero mientras respondiera al nombre, no le importaba que fuera el verdadero o no.
Se alegraba de que el departamento de policía los hubiera llamado. En casos como éste, Rastreadores siempre trabajaba bajo la dirección del departamento de policía o del sheriff del condado, dependiendo de a quién correspondiera la jurisdicción y quiénes hubieran respondido en primer lugar. Las búsquedas tenían más éxito cuando eran organizadas, cuando no se trataba de un montón de personas presas del pánico que salían en cualquier dirección sin que nadie supiera a dónde iban. Tanto la ciudad como el condado tenían equipos de búsqueda y rescate, pero cuando había poco personal y el tiempo era un factor crítico, a veces llamaban a Rastreadores. Su gente sabía buscar, obedecía las órdenes y no se apartaba de su cuadrícula.
La calle donde vivía el pequeño estaba atestada de coches, tanto oficiales como privados, y la gente caminaba por ambos lados de la calle gritando su nombre. Frente a la casa había un enjambre de personas, y Bella vio a una mujer joven consternada que sollozaba sobre el hombro de una mujer mayor.
Se le encogió el estómago. En una ocasión había estado en el lugar de aquella joven. No importa cuántas veces viera a una mujer sollozando, no importa cuántas veces encontraran a un niño sano y salvo que podía regresar a casa, durante un horrible instante ella revivía aquel pequeño mercado al aire libre y el último momento en que había oído el llanto de su bebé.
Buscó un sitio para aparcar, bajó de un salto y cogió su equipo de emergencia de la parte trasera. Todos los Rastreadores llevaban consigo una muda de ropa, porque nunca sabían dónde iban a estar o cómo irían vestidos cuando entraba una llamada. Pasó al asiento trasero y se quitó rápidamente la falda, se puso unos pantalones de trabajo, calcetines y mocasines. Mientras se cambiaba, Masen se quedó de pie delante de la puerta, dándole la espalda, impidiendo que la vieran y sorprendiéndola con su gesto atento.
Se puso una gorra de béisbol y unas gafas de sol, y a continuación metió algunas cosas en los bolsillos: uno de los walkie—talkie que llevaban los Rastreadores, un silbato, una botella de agua, un rollo de gasa y un paquete de goma de mascar. El silbato servía para avisar a cualquiera que estuviera cerca en caso de que la radio no funcionara. Lo demás, era para el pequeño. Quizá no estuviera herido cuando lo encontraran —ella no se permitía suponer que no lo encontrarían a tiempo—, pero sin duda necesitaría agua y probablemente quisiera algo de goma de mascar.
Su grupo había visto el todoterreno y caminaban hacia ella. Los encabezaba Emmet, y aunque llevaba gafas de sol, Bella pudo adivinar que su atención se centraba en Masen.
Salió del asiento trasero, cerró las puertas y se guardó las llaves en el bolsillo delantero.
—Este es Edward —dijo, a modo de presentación, antes de que Emmet pudiera formular alguna pregunta—. Nos va a ayudar. ¿Quién está al mando?
—Baxter —respondió Emmet.
—Muy bien.
El teniente Phillip Baxter era un veterano en aquellas búsquedas, un hombre tenaz, con sentido común, que trabajaba de forma minuciosa.
—¿Cómo se llama el pequeño?
Bella podía oír a la gente gritar algo que sonaba como
«Mac» o «Mike», pero quería cerciorarse.
—Max. En general, está bien de salud, pero hoy no fue a la guardería porque tenía infección en un oído y algo de fiebre. La madre creía que dormía la siesta mientras ella lavaba la ropa, pero cuando fue a controlarlo, no lo encontró en su cama.
Los niños hacían eso, salían a jugar sin decírselo a nadie. En una ocasión, Bella había buscado a un pequeñín diligente que había observado cómo sus padres ponían el seguro a la puerta, había esperado el momento propicio, había empujado una silla hasta la puerta, había trepado a ella y, con ayuda de un camioncito de juguete, había superado los últimos centímetros necesarios para quitar el seguro. Se enteraron de todo aquello sólo porque, después de que lo encontraron, él mismo intentó escapar de nuevo a la libertad e hizo una demostración de sus tácticas. Los niños tenían una inventiva temible y desconocían el peligro.
Lo preocupante era que el pequeño Max estaba malito: la fiebre lo volvía más vulnerable al calor. Necesitaban encontrarlo a la mayor brevedad posible. Bella sólo llevaba unos minutos al sol y las gotas de sudor ya le corrían por la cara.
Todos se dirigieron al portal de la casa y se presentaron ante Baxter, que tenía un bloc de notas en las manos y coordinaba la búsqueda para que ninguna zona quedara sin ser registrada mientras en otras se repetía la búsqueda una y otra vez por parte de diferentes grupos. Sus hombres, gente muy profesional, se encargaban de cada sector.
Baxter la saludó con la cabeza cuando su grupo se aproximó.
—Bella —dijo, saludándola—. Me alegro de que tu grupo pueda participar. Esperaron demasiado tiempo antes de marcar el 911, y el niño ha podido alejarse bastante de su casa. Quería ir a casa de su abuela, pero como estaba enfermo la madre le dijo que no, y él se enfadó.
—¿Dónde vive su abuela?
—A tres kilómetros de aquí. Dice su madre que él conoce el camino hasta la casa de la abuela, así que estamos concentrando la mayor parte de nuestros esfuerzos en el recorrido entre estos dos puntos.
Masen, que se encontraba no muy lejos detrás de ella, preguntó:
—¿Por qué puerta salió?
A ella le sorprendió que Masen se hiciera notar, pero era evidente que no le preocupaba que los policías de El Paso lo vieran. Eso la tranquilizaba: quería decir que probablemente no lo buscaban a este lado de la frontera.
Baxter lo miró atentamente y después señaló una dirección con la mano.
—La puerta trasera. Venga a ver.
Bella estaba segura de que Baxter ya había revisado el patio trasero, pero si quería enseñarles algo, ella prefería verlo todo con sus propios ojos, así que rodearon la casa hasta la parte de atrás.
El patio estaba bien cuidado, cerrado por una alambrada de tela metálica. Había un columpio y un tobogán, varios volquetes de juguete con los que el niño, obviamente, había pasado mucho tiempo llevando tierra de un lado a otro, y un triciclo de plástico recostado contra la alambrada.
—Me imagino que se subió al triciclo, logró agarrarse y después pasó por encima de la cerca —dijo Baxter—. No veo otro modo de salir.
Masen asintió con aire ausente, mientras su fría mirada recorría la zona circundante en busca de algo que pudiera llamar la atención de un niño pequeño.
—Un perro, quizá —dijo, casi para sus adentros—. Un cachorrito, un gatito. Espero que no fuera un coyote.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta. Esperaba que no fuera ningún depredador, humano o animal, quien hubiera hecho que el pequeño abandonara la seguridad de su patio trasero.
—¿No cree que tuviera la intención de ir a casa de su abuela? —preguntó Baxter.
—Probablemente sí. Pero si vio algún perrito, puso haberlo seguido. Ya sabe cómo son los niños.
—Me temo que sí. —Baxter suspiró, con preocupación en la mirada.
Masen se acercó al punto de la cerca por donde Max había trepado y se agachó mientras examinaba el terreno, después levantó la cabeza y revisó lentamente los alrededores. Era algo que los Rastreadores hacían con frecuencia, ponerse al nivel del niño desaparecido para ver las cosas como él las había visto. Los adultos, al mirar hacia abajo, a veces no detectaban un escondrijo o el contorno interesante de una roca.
—Mucha gente ha pisoteado el terreno —dijo Masen, poniendo de relieve que habían aniquilado cualquier pequeño detalle que el pequeño hubiera podido ver—.
¿Tienen algún perro?
—Estará aquí en una hora.
En honor a Baxter, había que decir que no le molestaban las preguntas de Masen. Pero es que Baxter no consideraba que tuviera nada que demostrar: su objetivo era hallar al niño desaparecido, nada más. Si Masen podía ayudar, entonces todo estaba bien.
Masen soltó un resoplido. El pequeñín llevaba algo más de dos horas desaparecido. Otra hora hasta la llegada del perro, después había que orientarlo, darle a oler lo que debía rastrear, quizá se enfrentaban a cuatro horas en las que el niño enfermo estaría a la intemperie bajo aquel calor, sin agua.
Baxter consultó su bloc de notas.
—Bien, Bella, organiza a tu gente.
Alice le dio una lista del grupo y Baxter la añadió a su hoja informativa, a continuación, comenzó a llamarlos por el nombre, de dos en dos, tachándolos de la lista a medida que les daba instrucciones. Señaló a Masen y Bella.
—Quiero que vosotros dos vayáis directamente a la montaña. —Examinó a Masen—. Me parece que usted es un buen rastreador, y cuando se trata de niños desaparecidos, Bella tiene un sexto sentido. Quizá se fue detrás de un perro o algo así.
A todos les dio la descripción general de Max: cabello negro, ojos café, camiseta blanca Blues Cines, pantaloncitos cortos de mezclilla y sandalias, y los mandó comenzar la búsqueda.
Ella y Masen, a paso acompasado, se abrieron camino por un terreno pelado y por estrechas cañadas. A menudo, con las rodillas y las manos en el suelo, buscaban bajo coches, arbustos y edificaciones bajas, lugares donde podía meterse un niño pequeño. Cada pocos metros, Bella gritaba el nombre de Max, después se detenía y escuchaba con atención. Una piedra puntiaguda se le clavó en la rodilla, y un trozo de vidrio le hizo un corte en la mano. No prestó atención a ninguna de aquellas molestias físicas ni al calor y se concentró en mirar, llamar y escuchar. Había hecho aquello más veces de las que podía recordar, pero en cada ocasión su sentido de que se trataba de una urgencia era el mismo.
Estaban a casi un kilómetro de la casa cuando Masen descubrió *a huella del pie de un niño en el polvo. No tenían manera de saber si se trataba de Max, pero era una pista. Bella se agachó junto al hombre y examinó la huella. Era lo bastante pequeña para ser de un niño de cuatro años, y la huella había sido hecha por un zapato con suela plana y no por un mocasín.
—Se ha hecho sangre —dijo él de repente. Bella se miró la mano.
—Es un corte superficial. Me ocuparé de él cuando regresemos. —Véndeselo ahora mismo. No contamine el rastro con el olor de su sangre.
No se le había ocurrido. Se detuvo, sacó el rollo de gasa de uno de sus bolsillos y comenzó a vendarse la mano. Podía hacerlo con suficiente destreza, pero con una sola mano no lograba anudar el vendaje. Masen sacó un pavoroso cuchillo de la bota y cortó la gasa, después sajó el extremo formando dos largas tiras con las que le envolvió la mano y después las ató con un nudo firme.
—Gracias —dijo Bella y miró a su alrededor—. ¿Ha visto huellas de coyote?
—No.
Eso era bueno. Los animales pequeños servían de alimento a los coyotes, desde una rata hasta una mascota, pasando por un niño de corta edad.
Volvieron a andar a cuatro patas, revisándolo todo con minuciosidad.
—¡Max! —llamó Bella—. ¡Max! Escuchó con atención. No hubo respuesta.
Tenía tanto calor que el estómago comenzaba a revolvérsele, por lo que bebió un trago de agua y le tendió la botella a Masen, que también bebió. Si se sentía así a la media hora, ¿cómo se sentiría Max después de tres horas? Si estaba en algún sitio por las cercanías, debería haber oído cómo lo llamaba.
Se le ocurrió una idea y sacó su walkie-talkie.
—Aquí, Bella. ¿Cuál es el nombre completo de Max?
A los pocos minutos, la respuesta le llegó por la radio entre chasquidos:
—Max Rodríguez Galarza.
Se guardó la radio en el bolsillo, se llevó las manos a las caderas, respiró profundamente y asumió el tono de su madre:
—Max Rodríguez Galarza, ven aquí ahora mismo — pronunció, con la voz más severa que pudo.
Masen le lanzó una mirada de sorpresa, y una levísima sonrisa divertida le hizo alzar la comisura de los labios.
—¿M-ma-má? ¡Mamá!
La vocecita era tenue, pero comprensible. Bella se estremeció al comprender que la táctica había funcionado; enseguida, el dulce sabor del éxito la hizo volverse hacía Masen sonriendo ampliamente.
—¡Lo tenemos! —Se pavoneó. Levantó de nuevo la voz—. ¡Max! ¿Dónde estás, jovencito?
—Aquí —dijo la vocecita.
Bueno, algo es algo, pensó Bella. Pero de repente, Masen atravesó un patio trasero a la derecha de ambos, por lo que quizá sí fuera una verdadera ayuda.
—¡Ven ahora mismo para acá! —dijo ella, para que siguiera hablando.
El niño pareció responder al llamado de la autoridad.
—¡No puedo! ¡Me he enganchado!
Dos patios más allá había una camioneta aparcada y Masen se arrodilló junto al vehículo.
—Aquí está —dijo—. Se le ha enganchado el trasero de los pantalones.
Bella cogió la radio y transmitió la buena nueva mientras Masen, tendido boca abajo, se arrastró bajo la camioneta. Bella se arrodilló, se quitó las gafas de sol y vio cómo el hombre, con su cuchillo, cortaba la trabilla de los pantaloncitos cortos de mezclilla que se había enganchado en el chasis del vehículo. Ella pensó en lo que hubiera podido ocurrir si alguien hubiera montado en la camioneta y la hubiera puesto en marcha, y se estremeció de horror. Max hubiera sido arrastrado hasta morir, y si la radio de la camioneta hubiera funcionado, el chófer ni siquiera lo hubiera oído gritar.
—Ya te tengo —dijo Masen, agarrando con fuerza al pequeño con una mano, mientras con la otra volvía a guardar el cuchillo en la bota.
A continuación, salió deslizándose de debajo del vehículo, arrastrando a Max.
El niño estaba empapado de sudor, su carita estaba pálida y tenía círculos oscuros bajo los ojos, pero los miró levantando el rostro y anunció:
—No puedo hablar con ustedes. Son extraños.
—Tienes toda la razón —dijo Bella, poniendo una rodilla en el suelo junto al pequeño y sacando la botella de agua del bolsillo—. ¿Tienes sed? No es necesario que digas nada, sólo asiente con la cabeza si tienes sed.
El niño asintió, mirándola con ojos llenos de aprehensión. Ella retiró la tapa de la botella y se la tendió.
—Aquí tienes.
Agarró la botella con ambas manos, que aún mostraban algunas de las redondeces propias de los bebés, pero iban en camino de convertirse en las manos de un niño grande. Bebió a tragos, levantando tanto la botella que parte del agua le salpicó la camiseta. Cuando vació casi la mitad de la botella, Masen extendió la mano y lo interrumpió.
—Cuidado, chiquis. Si bebes mucho, o muy rápido, puedes ponerte malo.
Max lo miró.
—¿Qué quiere decir eso?
—¿Chiquis? —Max asintió y Masen le explicó—: Mequetrefe. El niño se echó a reír y después se tapó la boca con la mano.
—He hablado —dijo.
—Díselo a tu mamá sin falta. —Masen se agachó y levantó al niño en sus brazos—. Ahora, vamos a verla. Te ha estado buscando.
—Yo quería atrapar a un gatito —dijo Max, echando el brazo en torno al cuello de Masen—. Se metió bajo la camioneta y yo también, pero me enganché.
—Eso le puede pasar a cualquiera.
—Pero tú no te enganchaste.
—A punto estuve.
Bella escuchaba el parloteo de Max y las respuestas serenas de Masen. El hombre se sentía cómodo con Max, y Bella se dio cuenta de que no era el solitario que ella imaginara. En algún momento había tenido contacto con niños, sabía cómo hablarles y había tomado a Max en brazos como si lo hubiera hecho cientos de veces. Obviamente, Max no le tenía miedo. Era una faceta de Masen que ella no hubiera sospechado, y eso la intrigaba.
Baxter, acompañado por un par de sus hombres más dos médicos, se reunió con ellos a medio camino. La madre de Max los seguía corriendo. Cuando vio al pequeño soltó un chillido.
—¡Mamá, me enganché! —le gritó Max.
La mujer lo arrancó de los brazos de Masen, lo abrazó con fuerza y le cubrió de besos la cara y la cabecita, todos los sitios que podía alcanzar. Lloraba, reía y regañaba a la vez, y Max intentaba contarle lo del gatito, o hablarle del enorme cuchillo que el hombre había usado para liberarlo, y decirle que sabía que no debía hablar con extraños.
Se llevaron a Max para hacerle una revisión médica, pero como había estado debajo de la camioneta, había evitado una quemadura solar y lo peor del calor. Bella sentía la necesidad de beber un poco de agua y refugiarse en el aire acondicionado, como todos los que participaban en la búsqueda.
Regresaron al punto de partida. Toda su gente había vuelto y se habían dispersado por coches y camiones, y ella estaba a punto de montar en su propio todoterreno cuando un reportero de la televisión local la detuvo en busca de un comentario. Bella dio su respuesta estándar, deseándole lo mejor a la familia, alabando el trabajo de la policía de El Paso, mencionando a los Rastreadores y explicando en dos palabras que Max se había metido bajo una camioneta y la ropa se le había enganchado. Se dio cuenta de que Masen no estaba a la vista y no lo mencionó. De ninguna manera querría que su rostro y su nombre aparecieran en la tele.
El reportero se marchó, Bella se montó en el vehículo y puso en marcha el motor, esperando a ver si Masen volvía a aparecer. Lo hizo, abrió la puerta y se deslizó en el asiento del pasajero. Se pusieron en marcha y ella hizo un giro en U.
Transcurrieron varios minutos antes de que él hablara.
—Usted no logró llegar a un momento así. Ella sabía de qué momento estaba hablando, del momento en que la madre de Max había visto a su hijo sano y salvo, y una alegría incandescente le había encendido el rostro.
No —replicó Bella con un súbito nudo en la garganta—. La vez que vi a mi bebé, estaba llorando. Dormía recostado en pecho y, de repente, me lo arrebataron. Gritó como un loco.
En ese momento veía la carita enojada con la misma claridad con que la viera entonces. Apretó las mandíbulas, luchando contra las lágrimas.
—Ya entiendo por qué hace esto —dijo Masen tras una larga pausa—. Fue una sensación magnífica.
—La mejor —dijo Bella, aclarándose la garganta.
—No creo que pueda encontrar nunca a su niño —dijo él con toda tranquilidad—, pero mataré a Vulturi por usted.
Awwww!
Bella por fin se junto con Edward creen que pueda ayudarla?
leo su teorias
besos y abrazos
