Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 10

—¡No! —gritó Bella, tan asustada que el volante le tembló en las manos—. ¡Todavía no! —Después, asombrada por lo que había dicho, exclamó—: ¡Oh, Dios mío! —Y se detuvo en la cuneta, porque temblaba tanto que le daba miedo conducir.

—¿No lo quiere ver muerto? —preguntó Masen, con el mismo tono de voz que hubiera empleado para preguntar si quería patatas fritas con su pedido: despreocupado, sin emoción, inquietantemente remoto.

—¡Sí! —El tono de ella no era sereno, sino fiero—. Lo quiero muerto; quiero matarlo yo misma; quiero arrancarle el otro ojo y cortarle el riñón; quiero hacerle tanto daño que chille y me pida que lo remate. Pero no puedo. Tengo que descubrir lo que sabe sobre mi bebé.

Después de eso, no me importa lo que le ocurra.

Masen esperó unos pocos momentos enervantes antes de preguntar.

—¿El riñón?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, su atención completamente descarrilada por aquella palabra. De todo lo que había dicho, él se había agarrado al único detalle que no encajaba con el resto. Desde el momento en que ella volviera en sí tras la operación en la Pequeña clínica, su vida entera, todo su ser, se había concentrado en hallar a William. No había permitido que su atención vacilara, había apretado los dientes y emprendido con fiereza su rehabilitación física, había echado su vida a un lado literalmente, porque para ella no había nada que fuera tan importante como su hijo. No había hecho hincapié en el daño corporal que le había causado el ataque. Hasta pronunciar aquellas palabras airadas, no se había dado cuenta de cuan furiosa estaba por lo que le habían hecho a ella misma, por el dolor sufrido, el coste físico.

Apartó la vista, mirando sin expresión por el parabrisas.

—Le dije que me habían apuñalado —explicó—. Perdí un riñón.

—Por suerte tenía dos.

—Me gustaban ambos —replicó.

Recordó el dolor abrasador, las convulsiones en el fango mientras la agonía le arrancaba el control de su cuerpo. Vivía perfectamente bien con un riñón, por supuesto. Pero ¿y si le fallaba?

Respiró profundamente y se obligó a regresar al tema original.

—No lo mate —dijo—. Por favor. Tengo que hablar con él.

Él se encogió de hombros.

—Usted elige. Mientras no me joda, no me ocuparé de él.

Bella no era mojigata, pero la palabra «joder» la hacía sentirse incómoda. Para ella era, sobre todo, un vocablo sexual, no importa que fuera utilizada como adjetivo, adverbio, interjección o exclamación en esos días. Sus tratos con Masen ya eran bastante dudosos; no quería nada sexual, ni siquiera en el lenguaje, que hiciera más tenso todo aquel asunto. Era curioso cómo Rosalie podía usar la palabra y ser graciosa. Oírla en boca de Masen hizo que Bella quisiera morirse de vergüenza.

Se metió en el tráfico, atendiendo sólo a la conducción para no tener que pensar en nada más por el momento. Reinó el silencio y ella dejó que se prolongara, que los minutos se amontonaran. Había ocasiones en las que un silencio incómodo era mejor que las palabras.

—No vaya usted misma tras él —dijo Masen mientras controlaba el tráfico en torno a ellos—. No importa de qué se trate, no vaya usted misma. Ni siquiera si le dicen que está sentado a la puerta de su oficina y usted lleva una semana sin verme. No vaya usted misma.

—Nunca voy sola —dijo, asustada—. Cuando voy a una misión, siempre hay alguien conmigo. Pero si Vulturi está a la puerta de mí oficina, no puedo prometer nada.

—Estaba sola en Guadalupe.

—Emmet estaba allí y usted lo sabe.

—Estaba al otro lado del cementerio. No tenía la menor idea de que yo andaba por ahí. Le hubiera podido partir el cuello y él no hubiera podido hacer nada al respecto.

Eso era incontestable. Ella no supo que él estaba allí hasta que lo tuvo encima. Además, él no le decía que hiciera algo que no hubiera asumido ya en la práctica.

—Soy tan cuidadosa como me resulta posible —le dijo—. Conozco mis limitaciones.

—Anoche apareció otra mujer que había desaparecido en Ciudad Juárez. Al menos, su cuerpo. Era una estudiante universitaria estadounidense, llamada Jessica Stanley. Ella y su amigo estaban en Chihuahua. Una noche, ella fue al baño y nunca regresó.

En Ciudad Juárez había un asesino en serie, ella lo sabía; en los diarios habían aparecido numerosos artículos. El FBI había trabajado con las autoridades mexicanas, era la primera vez que le habían pedido ayuda en una investigación mexicana, y habían llegado a la conclusión de que todos los homicidios eran independientes. Si eso era así, desde 1995 muchas mujeres jóvenes habían desaparecido y después las habían hallado muertas. Algunos criminalistas estuvieron de acuerdo: no se trataba de un asesino en serie, sino de dos o posiblemente más. En Ciudad Juárez había muchas sobras.

Finalmente, arrestaron a dos chóferes de autocares y al parecer las muertes cesaron. Ahora, Masen le decía que eso no era verdad.

—¿El mismo modus operandi?

—No. —Masen comprobó de nuevo el tráfico—. A ella la destriparon.

La náusea se paseó por el estómago de Bella.

—Dios mío.

—Sí. Por lo tanto, haga lo que le digo y manténgase ahora lejos de México. Deje que yo me ocupe de esto.

—Si puedo —murmuró ella, y él tuvo que contentarse con eso, Porque Bella no iba a prometerle que fuera a actuar sobre seguro, sobre todo si lo que estaba en juego era tratar de obtener alguna información sobre William.

Bella no se comportaría tontamente, no mentiría, pero tampoco dejaría que se le escapara ninguna oportunidad.

—Va a llover —dijo Masen, cambiando totalmente de tema, mientras miraba el contorno púrpura de las nubes que acababan de aparecer al oeste por el horizonte.

—Qué bien. Quizá atenúe el calor.

La ola de calor mataba a los ancianos y enloquecía al resto de la gente. Se sabía que en El Paso hacía mucho calor durante el verano, pero no tanto.

—Sí, quizá —murmuró él—. Déjeme aquí.

—¿Aquí?

Estaban en medio de un cruce muy transitado.

—Aquí mismo.

Bella frenó y conectó simultáneamente el indicador de giro a la derecha, se abrió camino en el carril derecho y se detuvo junto al bordillo. Se oyó detrás el sonido de un claxon, pero no culpó al chófer desairado y ni siquiera miró en su dirección. Masen se desabrochó el cinturón de seguridad, salió y se marchó sin pronunciar una sola palabra de despedida o insinuar cuándo volvería a aparecer. Bella lo observó, para ver a dónde iba, notando su forma felina de caminar, como si tuviera resortes en las piernas. Desapareció tras un camión de reparto y no volvió a aparecer. Ella se quedó esperando, pero él aprovechó de alguna manera el camión, las señales de tráfico y otros vehículos para ocultarse, porque no volvió a verlo. O eso, o había caído en un agujero. O se había deslizado bajo el camión de reparto y se agarraba al chasis, o...

No tenía la menor idea de qué camino había seguido él y deseaba que no volviera a hacer eso.

Masen regresó al sitio donde había aparcado su polvorienta furgoneta azul. El vehículo no tenía nada que llamara la atención, salvo por el hecho de que funcionaba perfectamente. No tenía buen aspecto, pero podía correr. Hubiera podido comprar un modelo más reciente, pero no veía razón alguna para desembarazarse de su furgoneta. Le servía y no llamaba la atención.

Había pasado la mayor parte de su vida tratando de no llamar la atención. Hallaba, de manera instintiva, la mejor forma de enmascararse, y cuando alguien lo notaba era porque él quería que lo hiciera.

Desde que era niño había sido silencioso y solitario, lo que dio lugar a que su madre le hiciera pruebas de autismo, retraso mental, o cualquier cosa que pudiera explicar la manera en que se quedaba sentado mirando a la gente que le rodeaba, pero muy rara vez participaba en alguna actividad o conversación. Ni siquiera el hecho de saber que, al principio, su madre se había sentido preocupada y después sólo incómoda en su presencia, había despertado en él una emoción o una respuesta.

Observaba a la gente. Observaba sus caras, sus cuerpos, que contaban una historia diferente a lo que decían sus palabras. Y, contrariamente a lo que creía su madre, no era un niño falto de actividad. Cuando ella no podía verlo, o cuando dormía, él recorría la casa o — dependiendo de dónde se encontrarán en ese momento—, el barrio o la campiña. Se sentía a sus anchas de noche, como el resto de los depredadores. Desde la época en que era tan pequeño que tenía que ponerse de puntillas para alcanzar el pomo de la puerta, salía de la casa por las noches y exploraba. Le gustaban más los animales que las personas. Los animales eran sinceros: ninguno de ellos, ni siquiera las serpientes, sabían lo que era mentir. Su lenguaje corporal manifestaba exactamente lo que pensaban y sentían, y él respetaba eso.

Con el tiempo, cuando tuvo unos diez años, su madre se cansó de tratar con él y lo mandó a México, con su padre. A éste le importaba menos la vida social del niño que su ayuda con las tareas domésticas, así que el chico encajó bien. Masen encontró un alma gemela en su abuelo, el padre de su padre. Era tan remoto como la cima cubierta de nieve de una montaña; prefería observar a participar, rodeado por su sentido de la intimidad, que era como una cerca de acero. En general, los mexicanos eran gente amistosa, de mucha vida social, pero su abuelo no. Era orgulloso, distante, y feroz cuando lo contrariaban. Se decía que descendía de los aztecas. Había Miles de personas, claro, que descendían de ellos o decían descender. El abuelo de Masen nunca había dicho semejante cosa, pero otras personas sí. Era su manera de definirlo. Y también así, a su vez, definían a Masen.

Había tratado de no ser un problema. Sus calificaciones, tanto en Estados Unidos como en México, habían sido buenas. No interpretaba ningún papel. No fumaba, no bebía, pero no por un sentido de responsabilidad social sino porque consideraba que se trataba de debilidades y distracciones, y no podía permitirse ninguna de las dos cosas.

Le gustaba vivir en México. Cuando visitaba a su madre en Estados Unidos, se sentía cohibido. Y no es que la visitara con mucha frecuencia, pues ella estaba muy ocupada con su vida social o tratando de hallar otro marido. El padre de Masen había sido su tercer marido, creía él. No estaba seguro de que ni siquiera se hubieran casado. Si lo habían hecho, no había sido por la Iglesia, porque cuando Masen fue a vivir con él, su padre tenía otra esposa y cuatro hijos. El padre se confesaba regularmente y asistía a misa, por lo que estaba bien considerado en la iglesia.

Cuando Masen cumplió los catorce años, la madre se lo llevó de nuevo. Dijo que quería que terminara la secundaria en Estados Unidos. La terminó. Ella cambiaba de casa con tanta frecuencia que, en los últimos cuatro años, él había asistido a seis escuelas diferentes, pero logró graduarse. No andaba con chicas: las adolescentes tenían unos cuerpazos, pero sus personalidades no lo impresionaban. Creía ser el único chico virgen de su aula. Cuando perdió la virginidad tenía veinte años, y desde entonces sólo había estado con unas pocas mujeres. El sexo era algo fantástico, pero le exigía una cierta vulnerabilidad voluntaria que le resultaba difícil aceptar. No era sólo eso, las mujeres tendían a temerle. El se esforzaba por no ser rudo, pero a pesar de todo en su forma de hacer el amor había una ferocidad que parecía intimidarlas.

Quizá si intentara hacerlo con mayor frecuencia, no parecería tan hambriento, pensó con humor negro. Pero autosatisfacerse era más fácil, cosa que hacía. Habían transcurrido dos años desde que había visto por última vez una mujer que lo atrajera lo suficiente como para considerar hacer el amor con ella. Hasta que vio a Bella Swan.

Le gustaba su manera de moverse, tan fluida y suave. Ella no era guapa, carecía de la rutilante belleza estadounidense que le recordaba a las animadoras deportivas. Su rostro era de rasgos fuertes, con pómulos altos, una mandíbula dura, cejas y pestañas marrón muy marcadas. Su cabello, que no le llegaba a los hombros, era una masa de ondas color caoba claro con un sorprendente pechón blanco al frente. Y sus ojos... sus ojos café eran los más tristes que hubiera visto nunca.

Aquellos ojos lo hacían querer interponerse entre ella y el d, y matar a cualquiera que pudiera causarle una pizca adicional de dolor. Muchas mujeres habrían quedado destrozadas por lo que le había ocurrido a ella. En cambio, Bella luchaba y no se permitía dejar de luchar, sin importarle lo desesperado de su causa o lo difícil que le resultara seguir adelante. Aquel valor le daba una lección de humildad de una manera que nunca había experimentado. Aquí, pensó, había una mujer a la que quería conocer de verdad. Durante un tiempo, al menos.

Claro, si podía mantenerla viva. Caius Vulturi podría ser un dolor de huevos, pero era un malvado dolor de huevos. En el intento de encontrar a su hijo, ella se rompería el corazón y el alma, y eso sólo en el mejor de los casos. No podía dejar que se dedicara a perseguir a Vulturi sola, aunque lo más probable es que no pudiera sacarle ningún dato valioso. Siempre que Vulturi no la matara: era bien conocido que albergaba un profundo rencor por la gringa que le había sacado el ojo. Le encantaría vender su cuerpo en el mercado negro.

Vulturi estaba involucrado actualmente en algo mucho peor que robar niños y lo que se jugaba era proporcionalmente más grande. Antes, ser atrapado significaba una pena de cárcel, pero ahora sería la pena de muerte. México no tenía pena de muerte, pero Texas sí, y por lo que él había podido averiguar hasta el momento, el cuartel general de la banda estaba en El Paso. Quizá no ejecutaran a Vulturi, pero a los que estaban por encima de él, sin la menor duda. Masen no sabía con precisión cómo funcionaba la legalidad internacional en esos casos. Sin embargo, creía que si capturaban a Vulturi en territorio estadounidense, prevalecerían las leyes norteamericanas. Eso era lo que ocurría en México cada vez que un turista estúpido daba fe a las viejas historias sobre qué abierto y libre era el país con respecto las drogas. Si a uno lo atrapaban en México, iba a una cárcel mexicana.

Sin embargo, el tema legal podía carecer de cualquier relevancia. Cuando estuviera seguro de quién era el que dirigía la operación, si no podía conseguir suficientes pruebas para presentarlas a los tribunales con la seguridad de una condena, entonces él mismo se ocuparía del asunto por otras vías.

Le había dicho a Bella que no mataba por dinero, y eso eral esencialmente verdad. Había matado y le habían pagado por ello, pero el dinero nunca había sido la razón por la que lo hacía. Existían algunas personas cuyos crímenes daban náuseas, pero si alguna vez eran llevados a los tribunales, eran condenados a cortos plazos de reclusión o, incluso, quedaban en libertad condicional, y eso asumiendo que los hubieran hallado culpables. Quizá no era él quien debiera decidir la muerte de esos hombres, quizá tuviera que responder por ello más adelante, pero nunca se había sentido mal con posterioridad. Un pedófilo, un violador en serie, un asesino: esa gente no merecía vivir. A los ojos de algunas personas, eso también lo convertía a él en un asesino, pero no era así como se sentía. El era el verdugo. Podía vivir con eso.

Ayudaría a Bella a encontrar a Vulturi porque, de todos modos, ella seguiría intentándolo y con él estaría más segura. Pero lo más importante, Vulturi era un eslabón que llevaba a la cabeza de la serpiente. Si seguía rastreando al pez pequeño, con el tiempo encontraría al pez grande.

La gente moría en Ciudad Juárez y por todo el estado de Chihuahua. El hecho, en sí mismo, no era nada extraño. Algunas de las muertes eran el trabajo del asesino en serie. Pero se encontraban cada vez más cuerpos con los órganos extraídos, y eso no encajaba en el esquema. Los métodos de matar utilizados eran diferentes. A algunos les habían disparado, otros habían muerto a cuchilladas, a otros los habían estrangulado. En unos pocos casos horribles, era evidente que los órganos habían sido extraídos mientras las víctimas seguían con vida, aunque él esperaba que, al menos, estuvieran inconscientes al comienzo del proceso. Las víctimas eran hombres y mujeres, la mayoría mexicanos, aunque tres de los desgraciados, como Jessica Stanley, eran turistas. Los cuerpos fueron encontrados en diferentes rincones de Ciudad Juárez, tirados como si ya carecieran totalmente de valor. Y, en realidad, así era.

¿Cuánto valía un corazón en el mercado negro?

¿Y un hígado? ¿Unos ríñones? ¿Unos pulmones?

Las personas que estaban en la lista de espera para un trasplante morían todos los días, aguardando que apareciera un órgano disponible. ¿Y si algunos de ellos tenían dinero y no querían esperar? ¿Y si podían hacer un pedido, digamos, del corazón de un donante con un determinado grupo sanguíneo? ¿Y si estaban dispuestos a pagar millones? ¿ Y si el donante no sólo no quería donar, sino que tampoco estaba muerto?

Fácil. Haz que el donante muera.

El trabajo de Masen era descubrir quién se encontraba detrás de todo esto. No los peones, los soldados de fila como Vulturi, que secuestraban a las víctimas. Ese estaba lejos del jefe. Al parecer, existía un lugar central donde los órganos eran extraídos y refrigerados, y después se transferían de inmediato al receptor que aguardaba, pero él aún no había podido ubicarlo. Quizá se equivocaba: la extracción de los órganos podía llevarse a cabo donde fuera conveniente en cada ocasión. ¿Qué más se necesitaba que un bisturí y varias neveras con hielo?

El que estuviera llevando a cabo las extracciones de órganos debía tener cierto entrenamiento para no dañarlos. Quizá no fuera un médico, pero al menos se trataba de alguien con cierta experiencia médica. Masen, sin embargo, llamaba «el Doctor» a ese desconocido. Así, su esquema mental se simplificaba. El Doctor podía ser el jefe de la banda. ¿Quién estaría mejor situado para conocer la lista de trasplantes, los nombres de los que esperaban y quiénes tenían el dinero suficiente para conseguir un órgano en privado?

La noche del viernes, tras la iglesia en Guadalupe, él había contemplado la entrega de lo que seguramente era una víctima más. Hasta pudo haberse tratado de la Stanley. La presencia de otras dos Personas que vigilaban la entrega había sido un estorbo, sobre todo cuando la mujer comenzó a echarlo todo a perder al tratar de atacar, su valor le había causado admiración, aunque no su inteligencia, Pero había tenido que detenerla. No quería que Vulturi y su gente Supieran que había alguien siguiéndoles los pasos: se volverían más cuidadosos y más difíciles de vigilar.

Perdió preciosos segundos ocupándose de la mujer y se le habían escapado. Sabía que la persona sobre la que había saltado era mujer, por los rizos que sobresalían de la gorra, sus formas y la delicadeza de sus brazos y manos. Desde su punto de observación y con su propio visor nocturno, los había detectado a ambos desde el momento en que llegaron. El hombre era muy bueno a la hora de esconderse, la mujer no tanto, pero de todos modos sabía lo que hacía.

No tenía idea de lo que estaban haciendo allí, pero era obvio que no se trataba de miembros de la banda de Vulturi, así que no tuvo la intención de hacerles daño, aunque al estar allí lo habían jodido del todo. Tendría otras oportunidades con Vulturi; la víctima era la que no las volvería a tener. Hubiera podido intervenir y quizá salvar a una persona, pero con toda probabilidad hubiera tenido que matar a tres de los hombres y nada garantizaba que el sobreviviente le dijera algo, o supiera algo que pudiera decirle. Hasta que no viera en qué coche se llevaban a la víctima, no tendría la menor idea de a quién tenía que seguir.

Le habían dado un aviso sobre aquella reunión detrás de la iglesia. A continuación, Bella había recibido una llamada, diciéndole que él se encontraría allí. ¿Quién podía saberlo, a no ser el que le había avisado? ¿Y quién demonios sería? A él lo había llamado una mujer, a ella un hombre. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Era una coincidencia el hecho de que a ambos los mandaran a la vez a la iglesia de Guadalupe, o era algo deliberado?

Él no creía en coincidencias. Todo era más seguro así.


Parece que cada vex se acercan mas a la verdad

esperemos que si

leos sus teorias

besos y abarazos