Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 11
Eran casi las nueve en punto cuando Victoria Witherdale enfiló por la entrada para coches de su casa y pulsó el botón que abría la puerta del garaje. Antes de que la puerta se abriera del todo y pudiera ver que la otra plaza de aparcamiento estaba vacía, supo que James aún no estaba en casa, porque la enorme residencia de estuco color crema se encontraba a oscuras. Cuando James estaba, la casa parecía el centro de la ciudad: encendía las luces en todas las habitaciones por las que pasaba y después olvidaba apagarlas cuando salía.
Últimamente, lo más frecuente era que James no estuviera en casa cuando ella regresaba. Y cuando estaba, apenas pronunciaba palabra.
Veinte años de matrimonio se iban por el vertedero, y ella no sabía cómo detener el proceso. Tenían tanto en común que no era capaz de entender cómo se habían distanciado tanto. Los dos amaban sus carreras y estaban satisfechos con los altos salarios que devengaban. A pesar de que las primas de su seguro de responsabilidad profesional eran ahora astronómicas, como las de cualquier otro obstetra—ginecólogo del país, les iba muy bien juntos.
En una ocasión ella había pasado un momento de apuro cuando creyó que iban a perder todo aquello que habían conquistado ten duramente con su trabajo, pero desde entonces había sido doblemente precavida en cuestiones de dinero y esa precaución había dado sus frutos. La casa era una preciosidad, tenían cuantiosos fondos de pensiones, y James disfrutaba con el éxito de ambos. Les gustaban las mismas películas, el mismo tipo de música; la mayor parte del tiempo votaban lo mismo; incluso, les gustaba el mismo equipo universitario de fútbol americano, el Ohio State Buckeyes. Entonces, ¿qué había ido mal?
Victoria bajó la puerta del garaje a su espalda y entró en la casa. A continuación, tecleó el código del sistema de alarma. Le encantaba el momento de su llegada a casa, cuando contemplaba las habitaciones decoradas con tanto gusto, percibía su fresco olor a limpio con aroma a popurrí floral, que borraba los olores a hospitales y antisépticos. Disfrutaba todavía más cuando James estaba allí, esperándola, pero en esos días no era un suceso frecuente.
La causa más probable (y más tópica) era otra mujer. Una enfermera, por supuesto. ¿Acaso no era eso lo que ocurría habitualmente? Un médico brillante llegaba a la mediana edad, comenzaba a sentirse poco vital y buscaba a su alrededor una mujer más joven para darle un fuerte impulso a su dinamismo sexual. La única diferencia que había en su situación era que, en caso de divorcio, James no tendría que pagarle la pensión alimenticia, ya que sus posibilidades de ganar dinero eran iguales a las de él, y de todos modos, ella no lo pediría. Pero su nivel de vida se reduciría por la pérdida del salario de ella. Victoria creía que su propio nivel de vida permanecería sin cambios; se quedaría con la casa, por supuesto. E insistiría en que James terminara de pagarla. Un divorcio no sería un paso inteligente por parte de él.
Ella no quería divorciarse. Amaba a James. A pesar de todos esos años, todavía lo amaba. Él era divertido, inteligente y cálido, y aunque los anestesistas habitualmente tenían poco contacto con los pacientes, él podía establecer un vínculo y relajar al paciente mejor que cualquier otro que ella hubiera conocido.
Quizá debieron haber tenido hijos. Pero cuando eran jóvenes y luchaban por establecerse en el oficio mientras todavía estaban pagando sus préstamos estudiantiles, no habían tenido tiempo ni dinero para pensar en hijos. Sobre todo, dinero; Victoria sintió un escalofrío al recordar cuan tenso había sido todo, cuan desesperado. La gente creía que los médicos se bañaban en dinero, pero en sentido general aquello no era verdad, al menos para la mayoría. Graduarse en medicina llevaba años, y en ese tiempo uno se endeudaba más y más para financiar los estudios; después venían los años para establecerse como buen profesional. Uno luchaba para pagar los salarios del personal de la consulta, las enfermeras, el alquiler, los equipos, los suministros, los servicios y el seguro. A veces la deuda parecía una montaña. Pero lo habían logrado: pagaron sus préstamos estudiantiles, poco a poco se volvieron más rentables y, finalmente, contaron con suficiente dinero para disfrutar de la vida.
Pero aquí estaba ella, con casi cincuenta años, y demasiado tarde para tener hijos. No había tenido la menstruación en los últimos seis meses, lo que era algo prematuro para la menopausia, pero no demasiado. Había pedido una cita con otro médico, por supuesto, sólo para cerciorarse de que no fallaba nada. Todo era normal, estaba en excelente forma, pero sin dudas se encontraba en plena menopausia. Hasta eso marchaba bien: nada de súbitos calores o sudoración, de insomnio o cambios de humor. Todavía no, al menos. Algunas mujeres pasaban bien por todo aquello, otras sufrían mucho, y entre ambas había diversas gradaciones. Quizá ella fuera una de las que lograban pasar bien.
Ella y James no habían hecho el amor en... ¿cuatro meses? No estaba segura. Había pasado bastante tiempo. Por supuesto, él tenía cincuenta años y la gente perdía el impulso. Pero su vida sexual había sido bastante regular, divertida, y de repente nada.
Tenía que tratarse de otra mujer.
Estaba en el dormitorio cambiándose de ropa cuando oyó el timbre de la alarma al abrirse la puerta del garaje. James estaba en casa. Victoria no sabía si alegrarse o tener miedo de encontrarse con el. Se estaba poniendo los pantalones del pijama cuando James entró en el dormitorio, con rostro cansado y surcado de arrugas.
—¿Dónde has estado? —disparó ella, a pesar de que, hasta que 'o vio, tenía planeado no decir ni una palabra—. Se supone que debías haber venido a las cinco.
—¿Y cuál es la diferencia? —repuso él con una voz sin inflexiones—. De todos modos, tú tampoco estabas en casa.
—Me gustaría saber dónde estás, en caso de una emergencia. James se quitó la chaqueta con un movimiento de hombros.
—En ese caso, deberías oír tus mensajes con más frecuencia.
—Yo he oído mis mensajes... —Se cortó; no los había escuchado desde que había salido de la oficina.
—Obviamente, no.
James caminó hasta el contestador automático y conectó los mensajes. En dos ocasiones habían colgado, llamó una empresa de larga distancia, un amigo los invitaba a una fiesta el sábado por la noche, y finalmente la voz del propio James, informándole de que su colega Miguel Cárdenas sufría un virus estomacal y estaba vomitando hasta la primera papilla, por lo que tenía que cubrir su puesto en una emergencia quirúrgica.
Victoria se sintió casi avergonzada. Casi. Sólo porque fuera inocente esta vez no quería decir que lo hubiera sido en las otras ocasiones en las que había llegado tarde.
—¿Una emergencia de qué tipo?
—Accidente de coche. Pelvis aplastada, costillas partidas, pulmón colapsado, serias lesiones cardiacas. — Hizo una pausa—. Falleció.
Su voz sonaba tan cansada como indicaba su aspecto. Hizo rotar el cuello y flexionó los hombros, tratando de desembarazarse de los problemas, como ella lo había visto hacer frecuentemente tras un largo día en el hospital.
—¿Y tú, dónde estabas?
—Visitando pacientes. Felicia D'Angelo comenzó a manchar, aunque tenía contracciones, así que la llevé a la consulta. La revisé e hice algunas pruebas. Está bien.
¿Quién es tu amiguita?
Él no vaciló ni un segundo, ni siquiera se mostró sorprendido por la pregunta.
—No tengo ninguna amiguita.
—Claro que no. Por eso apenas estás en casa, por eso ya no hacemos el amor, por eso actúas como si apenas pudieras hacer el esfuerzo de hablarme. Por esa amiguita que no tienes. ¿Es alguien de tu consulta? ¿Una enfermera del hospital?
Los ojos de James se convirtieron en finas ranuras.
—No me estoy follando a nadie por ahí, Viky. Y punto.
—Entonces, ¿qué es lo que anda mal? —Victoria no quería implorar, se negaba a ello, pero la distancia entre ambos la estaba matando—. ¿Será porque estoy pasando por la menopausia?
—No lo sabía —dijo él, y de alguna manera le causó el mismo dolor, porque eso significaba que apenas le prestaba atención. —Si no se trata de eso, ¿qué pasa?
Él calló durante unos segundos. Después, se encogió de hombros. —Ahora somos personas diferentes. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —Victoria pensó que las emociones que crecían dentro de ella la harían estallar, su ira, su frustración, su dolor, todas mezcladas, cada una alimentando a la otra—. ¿Somos personas diferentes?
¿Cuándo fue que nos volvimos diferentes? ¿Quién cambió, tú o yo?
—Ninguno de los dos —repuso él con suavidad—. Ése es el problema. Quizá se trata de que me di cuenta de que éramos diferentes desde el principio.
—¿Vas a dejar esas adivinanzas de mierda? —gritó ella, apretando los puños—. ¡No sé lo que está pasando! ¡No sé de qué hablas! ¡Lo único que sé es que nos estamos distanciando, y eso me mata! ¡Por Dios, explícate con claridad!
—Déjalo estar. —Al parecer, la furia de ella no había conmovido a James—. Simplemente, déjalo estar. No tengo planes de abandonarte; podemos seguir como siempre, sin que nada cambie en nuestras vidas.
—¿Estás loco? ¿Cómo podemos seguir como siempre?
¿Cómo puedes amar a una persona un día, y al siguiente hacer como si ni siquiera nos hubieran presentado?
—Pues te diré cómo. —El tono de James se llenó súbitamente de veneno—. Te lo diré en dos palabras: True Cullen.
Victoria retrocedió un paso y su mente se puso en blanco.
—¿Qué?
El impacto había paralizado sus procesos mentales, dejándola allí de pie, con la boca abierta, sin poder decir nada. Por supuesto que no. Por supuesto, él no... James no dijo nada más, se limitó a observarla.
Después, con un «clic» casi audible, la mente de Victoria comenzó a trabajar de nuevo, con celeridad febril.
—¡No me estoy viendo con True Cullen! ¿Crees que él y yo tenemos un romance? ¡Dios mío, James, estoy tratando de juntarlo con Bella!
Algo pasó por los ojos de él, un destello en su expresión, tan rápido que ella no fue capaz de interpretarlo.
—Deja a Bella en paz —dijo él, en tono neutro—. Ella se merece algo mejor que él.
—¿Por qué True te irrita tanto? ¿Qué te ha hecho? ¡Lo juro, te doy mi palabra de que no te estoy engañando con nadie, y menos con él!
Intentó recordar los momentos en que había conversado con True en público, que no eran tantos; trató de pensar en algo que ella hubiera hecho o dicho, que pudiera haber dado la impresión de que tenían un romance.
—Digamos solamente que no te creo —dijo James—. Y dejémoslo ahí.
Giró sobre sí mismo y abandonó el dormitorio, y de alguna manera Victoria supo que no volvería a dormir con ella en la misma habitación. Hasta ese momento habían dormido juntos, aunque cada cual en su lado sin que ni siquiera una mano se hubiera aventurado por el territorio neutral entre los dos.
Quería soltar una carcajada. Quería llorar. Quería tirar cosas, golpear a alguien, abofetear a James por ser tan gilipollas. Se comportaba como un imbécil porque estaba celoso, nada más y nada menos.
No podía creer lo equivocada que había estado. Mientras alimentaba la sospecha de que James tenía un ligue, él sospechaba lo mismo de ella. Ella sabía que no era verdad. Y a no ser que James la hubiera acusado para que no le siguiera la pista, él tampoco estaba tonteando con nadie.
A fin de cuentas, su matrimonio no estaba acabado. Sólo atravesaba un momento difícil. Si ella se quedaba allí, las cosas se calmarían con el tiempo y él se daría cuenta de que sus sospechas estaban fuera de lugar, y poco a poco volvería a establecerse el cariño entre ellos. Hasta ese momento, ella tenía que ser muy, pero que muy cuidadosa.
No utilizó el teléfono fijo. Al ver cualquiera de las extensiones, James podría darse cuenta de que ella estaba llamando. Sacó el móvil del bolso, cerró la puerta del dormitorio, fue al baño y cerró también esa puerta. Entonces marcó el número de True.
—James cree que estamos liados —dijo en voz baja tan pronto como él respondió—. Está muy suspicaz.
—Pues acaricia sus plumas hirsutas. No podemos permitirnos el lujo de que se dedique a hacer estupideces, como por ejemplo que te siga.
—Lo sé. Le dije que estaba tratando de que te liaras con Bella, pero está tan cabreado que ni siquiera aceptó la idea.
—Sigue tranquilizándolo. ¿Has progresado algo con Bella?
—No. Ya sabes lo terca que es cuando se trata de esa fundación suya. Tiene miedo de que si sale contigo, perderá la ayuda de algún ancianito que no crea que ella hace bien saliendo con un patrocinador.
—Sí, eso fue lo que me dijo. Pero sigue trabajándotela.
No quiero presionar mucho y hacerme odioso.
—Me esforzaré. Con nuestras agendas, a veces resulta difícil reunimos para hablar de cosas de mujeres.
—Entonces, inventa la oportunidad. De pronto, aparece con información que se supone que no debería tener. Tengo que saber cómo la ha obtenido, y necesito conocer todos sus movimientos antes de que los haga. Y eso no será posible a no ser que esté a su lado.
—Lo sé, lo sé. Como te dije, haré todo lo que esté a mi alcance. No puedo agarrarla por el cuello y obligarla a que salga contigo.
—¿Y por qué no? —La voz del hombre sonaba divertida—. Llévala a cenar contigo y con James, y yo llegaré casualmente. ¿Qué te parece?
—No sé si podré conseguir que James vaya ahora a alguna parte conmigo. Tendré que trabajar en ello.
—Hazlo, y hazlo bien.
El teléfono emitió un chasquido cuando colgó, y Victoria desconectó el suyo.
Respiró profundamente. Bien, el plan era sencillo: seducir a su Marido. Sin embargo, llevarlo a cabo iba a ser un coñazo.
Que opinan de esta mujer?
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besos y abrazos
