Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 13
En lugar de irse a casa, James hizo que el taxi lo llevara al hospital. Utilizó su tarjeta del aparcamiento para entrar en el espacio reservado a los médicos y le dijo al chófer que aguardara. Al salir del taxi, echó un vistazo a los vehículos allí aparcados y no le sorprendió descubrir que su coche no se encontraba allí. Estaba decepcionado, pero no sorprendido. De todos modos, se colgó su tarjeta de identificación y entró en el departamento de urgencias.
—¿Felicia D'Angelo está ingresada aquí? —le preguntó al empleado de admisión, que revisó el ordenador.
—No, señor, tenemos un Ramón D'Angelo, pero ninguna Felicia. Para cerciorarse del todo, James hizo que el taxi lo llevara al otro hospital donde Victoria y él tenían consulta, y siguió el mismo procedimiento. Su coche no estaba en el aparcamiento, y Felicia D'Angelo no había ingresado en el hospital.
Guardaba la tenaz esperanza de que Victoria estuviera en casa cuando llegara allí, que aquella falsa llamada y su relato fueran exactamente parte de su equívoco esfuerzo por juntar a Bella y a Cullen. A pesar de todo, aún alimentaba esperanzas.
Pero cuando volvió a casa, las ventanas estaban oscuras. Le pagó al taxista el trayecto, una cantidad bastante alta, y después echó a caminar por la acera hasta la puerta de entrada. Abrió, desconectó la alarma de modo automático y accionó el interruptor de la luz.
Se preguntaba cuál sería la historia que le contaría Victoria cuando volviera a casa. Se preguntó dónde estaría. Y se preguntó qué demonios iba a hacer.
Quizá True aún no había montado en su vehículo y podría oír su grito. La idea atravesó su cerebro, quemándola mientras se obligaba a respirar con un nudo en la garganta, pero era como en las pesadillas, cuando intentas gritar una y otra vez pero no puedes. Lo único que logró emitir fue un sonido agónico, que cesó cuando una mano fuerte le tapó la boca y un cuerpo con músculos de acero la empujó contra la pared, manteniéndola en el sitio.
—Chitón —dijo quedamente una voz conocida—. No grite, sólo soy yo.
¿Sólo él? Ni siquiera el hecho de saber que se trataba de Masen había aminorado su pánico. El corazón le golpeaba el esternón con tanta fuerza que se sentía mal. Casi le agradecía que la mantuviera de pie recostada contra la pared, porque de no ser así, no creía que las rodillas la hubieran sostenido.
Lo sintió echarse a un lado, oyó el clic cuando encendió la lámpara de la entrada y una luz tenue inundó el recibidor. De fuera llegó el sonido de un motor que echaba a andar, y después el gemido de los neumáticos sobre el pavimento. True se marchaba.
Masen retiró la mano. Su cara no mostraba expresión alguna, sus ojos eran fríos.
—¿Está liada con Cullen?
Bella le pegó. Le dio un manotazo en el brazo y en el hombro, agarró su bolso y volvió a golpearlo en un lado de la cabeza.
—¡Maldita sea, me ha dado un susto de muerte! — chilló, y por sus mejillas bajaron lágrimas de miedo y alivio.
Temblando, se dejó caer en la silla a un lado de la mesita de la lámpara, mientras registraba el bolso en busca de un pañuelo de papel.
El rostro de Masen ya no carecía de expresión: estaba completamente asombrado por el hecho de que ella le hubiera pegado, y probablemente por habérselo permitido. Ella misma no podía creerlo; no se trataba sólo de perder el control de esa manera, sino que él se hubiera quedado allí sin moverse, en lugar de partirle el brazo o, al menos, tirarla al suelo. Abrió la boca para disculparse, pero en lugar de eso le dio un manotazo en la rodilla.
—Maldita sea —dijo débilmente, mientras las lágrimas seguían saliendo.
Se secó el rostro con un pañuelo de papel. Con toda seguridad, su maquillaje estaba hecho un desastre, y eso la hacía querer darle otro manotazo.
Masen se agachó ante ella, sus ojos casi al mismo nivel que los de Bella.
—Yo no quería... Lo siento.
Extendió la mano con precaución y tomó la de ella, como si para él no fuera normal establecer semejante contacto y no estuviera muy seguro de cómo se hacía. Sus dedos eran duros y cálidos, la palma de su mano era callosa; acunó la mano de Bella en la suya y le acarició los nudillos con el pulgar.
—¿Está bien?
—¿Me pregunta si mi corazón vuelve a latir con normalidad? —replicó ella con sequedad, pero de repente se echó a reír.
La sobrecarga de adrenalina la había debilitado tanto que no podía ponerse de pie, así que se limitó a recostar la cabeza, contra la pared y soltar una risa gutural mientras, con su mano libre, se secaba el rostro.
Ocurrió algo increíble. Las comisuras de los labios de Masen se elevaron.
Ella se asombró tanto al ver a Masen sonriendo que dejó de reírse y le clavó una mirada. El corazón, que había comenzado a normalizarse, volvió a latir salvajemente en ese momento, y esta vez no era Por miedo. Todo su cuerpo era presa del calor y comenzó a temblar de nuevo. Masen sostenía su mano y sonreía: ése era el momento para Ponerse a gritar, porque ahora estaba ante un peligro más grande que el que percibiera un minuto antes.
—¿Qué pasa? —preguntó él, sorprendido por la forma en que ella lo miraba.
—Está sonriendo.
Era como si se hubiera quitado una parte de la máscara dejándola ver lo que había tras la inexpresividad con la que se presentaba habitualmente ante el mundo. Sorpresa, asombro, preocupación, diversión: a lo largo del minuto anterior, todas esas sensaciones se habían hecho visibles en su expresión. Lo único que podía aterrorizarla más si lo veía era el deseo, por lo que retiró su mano de la de él y comenzó a realizar la liturgia femenina de arreglar su aspecto: se quitó el cabello de la cara, se estiró la falda y pasó un pañuelo bajo los ojos para retirar restos de maquillaje.
—Yo sonrío —dijo él, como si no pudiera comprender que algo tan insignificante le causara asombro a ella.
—¿Cuándo?
—Demonios, no llevo un libro de bitácora. También me río.
—¿Este año?
Masen comenzó a decir algo, después lo reconsideró y se encogió de hombros.
—Quizá no. —De nuevo, la diversión comenzó a ondular el dibujo de su boca—. Me ha golpeado con el bolso.
—Lo siento, —se disculpó ella—. Estaba tan asustada que perdí el control. ¿Le he hecho daño?
—¿Bromea?
—Pues no. Creo que le pegué en la cabeza.
—Fueron bofetadas de chica.
Lo habían sido. Bella sintió un pinchazo de desesperación. Entrenaba, entrenaba y entrenaba, intentando alcanzar el estado mental de un guerrero precisamente para poder manejar situaciones como aquella, y en lugar de hacer algo eficaz, había vuelto a caer en la respuesta femenina típica. Si eso le ocurría con Vulturi, por ejemplo, sería mujer muerta.
Él seguía agachado delante de ella, tan cerca que Bella podía sentir el calor de su cuerpo en las piernas. Su cabello negro y corto estaba despeinado, erizado, como si se lo hubiera agitado con los dedos cuando estaba húmedo. Por primera vez desde que lo conocía estaba bien afeitado, aunque llevaba su uniforme habitual de camiseta y vaqueros, con botas negras. La luz de la lámpara recalcaba la sobria estructura de su rostro severo, hacía que sus ojos oscuros parecieran estar más hundidos en sus órbitas, y su boca, habitualmente austera, parecía más blanda, más llena.
Ocultó con desesperación su temblor interior. Se había agarrado a la esperanza de que su respuesta física a la presencia de Masen existía básicamente en su imaginación, alimentada por su aura letal. Las mujeres tenían fantasías con hombres peligrosos, cuando en realidad era preferible un hombre bueno y normal. Pero esto no era una fantasía, y ella tuvo que apretar las manos para no extenderlas y acariciar aquella boca. Masen no era un chico malo, era un hombre malo, y lo mejor para ella sería acordarse siempre de esa diferencia. Él no formaba parte del bando de los ángeles.
Pero estaban solos en casa de ella, aislados en el pequeño espacio iluminado, y Bella sabía que lo único que debía hacer era separar las rodillas, y él se metería entre sus piernas. Él no se le había insinuado, ni siquiera había dado una señal de que pensaba hacerlo, pero ella sabía que no la rechazaría. Él la complacería y después desaparecería de nuevo, y el encuentro no tendría más valor para él que un trago de agua cuando estaba sediento.
Por eso, ella permaneció en su silla con las piernas bien juntas. Se negaba a ser sólo un objeto sexual conveniente, ni siquiera para sí misma.
—Cullen la ha besado —dijo, para que supiera que los estaba observando por la ventana, ya que la puerta era maciza.
Desvió la mirada de ella, cambió el rostro, y perdiendo su momentánea animación regresó a la conocida máscara pétrea.
—No quería que lo hiciera. —Por alguna razón, se sentía como si le debiera una explicación a Masen—. No cesa de pedirme una cita, y yo sigo negándome.
—¿Por qué estaba con él esta noche?
—Cené con unos amigos y True vino a nuestra mesa. Mis amigos son médicos, los dos. A ella la llamaron al hospital por una urgencia, y se llevó el coche de ambos y por eso True me trajo a casa, mientras James se fue en un taxi.
Masen se mantuvo en silencio mientras reflexionaba sobre aquejo y después sacudió la cabeza.
—No puedo ayudarla mientras no se aleje de él.
Bella no se resistió a ese ultimátum porque coincidía con sus Propios sentimientos.
—De acuerdo.
—¿Así tan sencillo?
—Así tan sencillo. Lo conoce, ¿verdad?
—Nos hemos visto.
Pero cuando ella le había preguntado a True sobre Masen, aquel no le dijo nada semejante. Por el contrario, hizo como si buscara información. Quizá pensara que ella estaría más segura si su camino no se cruzaba con el de Masen, y si de eso se trataba, tenía razón, pero ella tomaba sus propias decisiones y elegía sus propias opciones. Al tratar de mantenerla alejada de Masen, él la había apartado de información que ella necesitaba de forma desesperada.
—¿Ha encontrado a Vulturi?
—Estoy trabajando en eso. Tengo una pista. Probablemente se mantenga oculto un mes o algo así, ya que le han dicho que lo ando buscando.
Cualquier persona cuerda se mantendría oculto un tiempo mucho más largo, la vida entera, por ejemplo.
—Entonces, ¿por qué ha venido si no tiene información nueva?
—Para decirle que he tropezado con algo que podría interesarle. Uno de mis informantes averiguó algo sobre una banda de secuestradores de bebés que actuaba hace unos diez años.
Ella se puso tensa. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y el cuero cabelludo. Sintió que los pulmones se le colapsaban de repente, impidiéndole respirar.
—¿Qué ha dicho? —preguntó, en un sofoco.
—Era una operación de gente de dinero, como es habitual en estos casos. Los niños cruzaban la frontera volando en un pequeño avión privado; no los pasaban en el maletero de los coches.
A ella todavía le costaba trabajo respirar, lo único que podía hacer era tragar aire con angustia. ¡Un avión! Había tenido pesadillas en las que William moría de un golpe de calor en el maletero de un coche, y lo tiraban al camino como hacían con los desperdicios.
—Eso no quiere decir que se trate de la misma banda que secuestró a su bebé —la previno—. Pero la época coincide y operaban en Coahuila y en el sur de Chihuahua. Tenían un contacto aquí, en Texas, que se ocupaba de los certificados de nacimiento para los bebés, a fin de que pudieran ser adoptados legalmente.
—Certificados de nacimiento.
Entonces, tenía que ser alguien que trabajara en el juzgado del condado o en un hospital. Como William había nacido en México y todos sus papeles se habían tramitado allí, ella no sabía con exactitud cómo se emitían certificados de nacimiento y nunca se le había ocurrido averiguarlo.
—Ahora, las cosas no funcionan de la misma manera — dijo Masen, leyéndole la mente—. Todo está en los ordenadores. Y los certificados de nacimiento pueden haber sido de cualquier estado.
—Lo sé.
Los archivos de adopción eran privados, a no ser que los padres biológicos quisieran otra cosa. Eso constituía un obstáculo considerable. Tampoco podía buscar un incremento notable de natalidad en algún condado, porque el número de certificados adicionales serían más bien unos pocos centenares por año y no varios miles. En un condado con una gran ciudad, con población fluctuante, esos certificados de nacimiento extras no se harían notar de ninguna manera. Pero lo más probable es que las ciudades grandes hubieran sido informatizadas hace diez años, pensó Bella. Un pequeño condado rural, con fondos limitados que no cubrían la informatización completa de los registros, daría una oportunidad mejor. Se lo dijo a Masen, que asintió.
—¿Qué buscaría usted? —preguntó éste.
—Grupos de certificados de nacimiento. ¿ Cuántos bebés podrían nacer en un pequeño condado el mismo día o la misma semana? ¿O, incluso, el mismo mes? Si el total en ciertos meses fuera notablemente más elevado que en otros, yo me centraría en eso.
El se mantenía en silencio, y ella esperaba a que terminara de procesar aquello en lo que estaba pensando. Finalmente, levantó la airada hacia ella.
—Supuestamente, la banda de secuestradores dejó de funcionar cuando el avión privado se estrelló.
Los labios se Bella se quedaron paralizados mientras la febril esperanza que alimentaba se convertía en una pesadilla más.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente diez años. Todos los que estaban a bordo perecieron. Incluidos los seis bebés.
Largo rato después de que él se marchara, ella seguía allí sentada mirándose las manos. La vida no podía ser tan cruel, dejarla avanzar durante tanto tiempo y de repente, arrebatárselo todo. Ella sabía que William no tenía necesariamente que estar en aquel avión, que pudo haber sido secuestrado por una red diferente. Pero esta posibilidad era otra pesadilla a la que tenía que enfrentarse, otro horrible final de pequeñas vidas inocentes.
Quizá nunca encontraría a su hijo, aunque nunca dejaría de buscarlo. Pero ella encontraría a la gente que estaba detrás de todo eso, gente no, monstruos, y los haría caer, aunque fuera lo último que hiciese. Algo estaba cambiando en ella y ahora no estaba dispuesta a pasar nada por alto a cambio de información sobre su bebé robado, o sobre cualquier bebé perdido. Ella quería justicia y también quería venganza.
vaya susto!
pero no se angustien solo era Masen,
Creen que ese fue el destino del pequeño william?
las leo...
besos y abrazos
