Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 15

Atravesaron uno de los puentes y mostraron sus permisos de conducir, lo único que se le pedía a los turistas que permanecían dentro de la zona libre fronteriza. Masen descolgó el móvil del cinturón e hizo una corta llamada; diez minutos después, un adolescente con expresión picara llegó conduciendo una camioneta Chevrolet, levemente oxidada. Masen le pasó un billete doblado de veinte pesos y el jovencito le tiró las llaves antes de dar media vuelta y desaparecer en la multitud.

Este vehículo era más alto que el otro y cuando Bella abrió la puerta buscó una manija de la que agarrarse para trepar. Antes de que la falda le permitiera hacerlo, Masen se detuvo a sus espaldas, la tomó por la cintura y la levantó hasta depositarla en el asiento.

Ella se acomodó en el asiento y se abrochó el cinturón de segundad mientras él rodeaba el vehículo y ocupaba su lugar tras el volante. Bella temblaba por dentro, era un manojo de nervios.

—¿Quizá sea la hermana del hombre? —preguntó.

—No estoy totalmente seguro. Lo averiguaremos.

Se inclinó, abrió la guantera, sacó de ella una enorme pistola automática en su cartuchera y la colocó a su lado en el asiento

—¿Cómo la encontraste?

—No importa cómo —respondió en pocas palabras y ella comprendió: sus informantes, al igual que sus métodos, le pertenecían, y ella no quería conocer ningún detalle al respecto.

Atravesó con destreza las ruidosas calles de Ciudad Juárez, rebosantes de gente, y se adentró en un barrio tan marginal que Bella no supo si debía llorar por compasión o esconderse bajo el asiento. Se alegraba de que Masen fuera armado y deseó tener también un arma. Las calles eran estrechas, con muchos transeúntes; a los lados se levantaban chozas y edificios destartalados, y la basura cubría el pavimento. Hombres y adolescentes de rostro demacrado la miraban con abierto resentimiento y malévolas intenciones, pero cuando descubrían quién conducía la camioneta, miraban rápidamente en otra dirección.

—Creo que tu reputación te precede.

—He estado antes por aquí.

Y habría causado un daño considerable, a juzgar por el modo en que aquellas personas reaccionaban al verlo.

Los laterales de la calle por la que avanzaba Masen en ese momento mostraban una fila continua de vehículos oxidados y maltrechos, pero él fue capaz de hallar un hueco lo bastante grande como para meter la camioneta. Bajó, se ató la cartuchera al muslo y comprobó que la pistola saliera con comodidad. Satisfecho, rodeó el vehículo y abrió la portezuela de Bella. La levantó del asiento y la dejó en el suelo. Puso el seguro y su mirada se cruzó con la de un hombre que los miraba con hosquedad desde unos diez metros; lo llamó con un leve movimiento de la cabeza.

El hombre se acercó con precaución.

—Si cuando regresemos, mi camioneta está intacta, te daré cien dólares americanos —dijo Masen, hablando rápidamente en español—. Si no lo está, te encontraré.

El hombre asintió con rapidez y ocupó su posición de centinela, cuidando el vehículo.

Bella no preguntó si aquella precaución era necesaria: sabía que sí. Sin embargo, la pistola...

—¿Tienes que llevar la pistola de manera tan visible?

¿Y si los Preventivos te ven?

Eran el equivalente mexicano de los policías de a pie.

—Mira a tu alrededor. —Masen puso una expresión sardónica—¿Crees que vienen muy a menudo por aquí? Además, quiero que todo el mundo pueda verla, y la necesito donde pueda sacarla con rapidez.

La cartuchera en el muslo le daba el aspecto de un forajido moderno; hasta su manera de caminar, con las piernas separadas y en perfecto equilibrio, parecía un retroceso a una época más dura, más violenta. A Bella no le costaba trabajo imaginárselo con bandoleras cruzadas sobre el pecho y un pañuelo cubriéndole la parte inferior del rostro.

Masen echó a andar con celeridad y atravesó un laberinto de pequeñas callejuelas, cada vez más siniestras. Ella agarró con fuerza el bolso que llevaba pegado al pecho y se mantuvo detrás de él, pero quizá a Masen le pareció que no estaba lo suficientemente cerca, porque estiró la mano izquierda y la agarró por la muñeca derecha, haciéndola pegarse a él. Metió la mano de Bella bajo su cinturón.

—Mantente junto a mí, no te alejes.

«Ni en sueños», pensó ella.

Intentó ver por dónde caminaban: llevaba sandalias y eso le preocupaba doblemente. Era claro que su definición de «estás bien así» difería de la de ella. Se hubiera sentido mejor llevando pantalones y botas, y un chaleco antibalas si hubiera tenido la oportunidad, mientras caminaban sobre desechos y otras cosas que no se detenía a identificar.

La mano derecha de Masen reposaba sobre la culata de la pistola, sin agarrarla, simplemente descansaba encima, como diciendo que estaba listo para usarla. Dobló por una calleja más estrecha aún que las demás y llegó hasta una puerta que alguna vez estuvo pintada de azul, aunque ahora sólo quedaban salpicaduras de pintura y algunos agujeros, remendados con trozos de cartón que se mantenían en su lugar con cinta adhesiva. Golpeó el marco podrido de la puerta y esperó.

Bella oyó cierta agitación dentro; a continuación, la puerta se abrió mínimamente y un ojo oscuro miró hacia fuera. El dueño del bar emitió un sonido de alarma al reconocerle.

—Lola Guerrero —dijo Masen, con un tono de voz que parecía una orden.

—Sí —respondió la mujer con cautela.

Masen abrió la puerta de un empujón. La mujer chilló en protesta y retrocedió unos pasos, pero al ver que el hombre no entraba en la casa, vaciló y le devolvió la mirada. Masen no dijo nada, se limitó a esperar. Dentro de la pequeña habitación había una luz tenue, pero a Bella le bastaba para ver la mirada de ansiedad con que la mujer la contemplaba. Quizá se sentía más segura debido a la presencia de otra mujer, porque los invitó con un gesto a entrar.

—Pase —dijo.

Dentro olía a agrio. Una única bombilla desnuda brillaba en un rincón, en una lámpara, y un vetusto ventilador eléctrico con palas de metal y sin protección giraba ruidosamente mientras hacía circular el aire. La mujer llamada Lola parecía tener sesenta, casi setenta años, era regordeta y su piel brillaba, lo que decía que su vivienda podría parecer un basurero, pero ella ganaba lo suficiente para comer.

En la mano de Masen aparecieron unos billetes que le ofreció a la mujer. Ansiosa, ella contempló la mano tendida y a continuación agarró el dinero como temiendo que él se arrepintiera.

—Tienes un hermano —dijo Masen en español—. Lorenzo.

Bella pensó que se trataba de una curiosa manera de interrogar. No formulaba preguntas, simplemente declaraba algo como si ya conociera los hechos.

Una expresión de amargura cruzó por el rostro de la mujer.

—Está muerto.

Bella seguía agarrada al cinturón de Masen y su mano se cerró convulsivamente sobre el cuero. Otra pista que llevaba a un muro impenetrable. Inclinó la cabeza, luchando con el deseo de soltar un aullido de protesta y dolor. Como si percibiera su angustia, Masen llevó el brazo atrás y la apretó contra su costado, abrazándola y dándole palmaditas en el hombro.

—Lorenzo trabajaba con un hombre llamado Caius Vulturi.

Lola asintió y escupió en el suelo, lo que hizo que Bella pensara que la mujer era peor ama de casa de lo que había creído. El odio nubló la expresión de Lola. Le siguió un estallido en español, demasiado rápido para que Bella pudiera seguirlo del todo, pero comprendió que Vulturi había matado a Lorenzo o había sido el causante de su muerte, y que Vulturi era una de las bestias asquerosas que copulaba con otros bichos, así como con su propia madre.

A Lola Guerrero no le gustaba Vulturi.

Cuando sus invectivas se agotaron, Masen intervino:

—Hace diez años, Vulturi robó el bebé de esta mujer. Lola le lanzó una mirada a Bella.

—Lo siento, señora —dijo, en voz baja.

—Gracias.

Lola debía tener hijos: su mirada había sido portadora del vínculo instantáneo, casi universal, entre las madres, que significaba: entiendo tu dolor.

—A ella la hirieron en el ataque. Un hombre que creo que fue Lorenzo la apuñaló por la espalda —continuó Masen—. Tu hermano era famoso por su manejo del cuchillo; su especialidad era ir a por el riñón.

Oh, Dios mío. Bella se estremeció al darse cuenta de que el hombre que la había apuñalado había intentado atacar su riñón. Quiso esconder el rostro en el hombro de Masen, borrar la fealdad que la circundaba.

Masen hizo una pausa, sus ojos taladraban a Lola. —Usted cuidaba a los bebés secuestrados —dijo. Bella se tensó, y levantó la cabeza. ¿Lola había pertenecido a la pandilla? La expresión de la mujer no había sido de conmiseración sino de culpa. Bella oyó un rugido quedo, y quedó sorprendida al darse cuenta de que brotaba de su propia garganta. El brazo con el que Masen la rodeaba la abrazó con más fuerza, pegándola a su costado e impidiéndole moverse.

—Mi amiga le sacó un ojo a Vulturi cuando luchaba por su bebé. Lorenzo tiene que haberle hablado de ello, aunque usted no haya visto a Vulturi. Debe recordar aquello, y recordar al bebé.

La mirada de Lola pasaba de Masen a Bella, como si estuviera intentando calcular quién representaba la mayor amenaza. Como todos los roedores, tenía un excelente instinto de autoconservación y decidió que se trataba de Masen. Lo miró, paralizada por el temor de que ese hombre supiera demasiado. Hubiera mentido: Bella la vio sopesar la posibilidad, vio en su expresión el choque de pensamientos, tan claramente como si lo hubiera hablado en voz alta. Pero Masen se mantenía tan inmóvil como una roca, esperando, y Lola no tenía forma de sopesar cuánto sabía él y cuánto no. De todos modos, debió imaginar que él descubriría cualquier mentira. — Lo recuerdo —murmuró, después de tragar saliva.

—¿Qué hizo con el bebé?

Mientras aguardaba la respuesta, incapaz de respirar, Bella clavó las uñas en el pecho de Masen.

—Eran cinco bebés —dijo Lola—. Ese mismo día los pasaron al otro lado de la frontera. El niño gringo fue el último que trajeron. —Miró a Bella con precaución—. Había un gran lío con aquel bebé, la policía lo estaba buscando. No podíamos esperar.

Los pasaron. Bella cerró los ojos con fuerza.

—¿El avión se estrelló? —preguntó, con voz ronca.

Lola se animó ante la posibilidad de dar una buena noticia.

—No, no, eso fue después. Otros bebés.

William no. Estaba vivo. ¡Vivo! Después de todos esos años, al fin tenía la certeza. Un sollozo brotó de su garganta y en ese momento escondió el rostro en el hombro de Masen, a punto de derrumbarse tras haber liberado una tensión callada, incesante, que la había sostenido durante diez años. El hombre la consoló con un sonido quedo, sin palabras, y a continuación volvió a centrar su atención en Lola.

—¿Quién dirigía el robo de los bebés? ¿De quién era el avión? ¿Quién le pagaba?

Ante el aluvión de preguntas, la mujer parpadeó.

—Lorenzo me pagaba. Mi dinero venía de su parte.

—¿Quién era el patrón? Ella negó con la cabeza.

—Eso no lo sé. Era un gringo rico: el avión era suyo. Pero nunca lo vi ni escuché su nombre. Lorenzo tenía mucho cuidado, dijo que si me lo decía, le cortarían el cuello. Ese gringo le decía a Vulturi cuántos bebés necesitaba, y Vulturi los buscaba.

—Los robaba —la corrigió Bella con violencia, su voz amortiguada por la camisa de Masen.

—¿Qué le ocurrió a Lorenzo? —preguntó Masen.

—Le cortaron el cuello, señor. Fue Vulturi. Exactamente lo que dijo que le pasaría. Él no me contó nada, pero debe de haberle dicho algo a otra persona. Lorenzo siempre fue un estúpido. Le cortaron el cuello para avisar a los demás de que no hablaran.

—¿Qué otra persona sabía algo del gringo rico? Lola negó con la cabeza.

—Yo sólo conocía a Lorenzo y a Vulturi. Dijeron que era mejor así. Sé que había otra mujer que los ayudaba, una gringa, pero nunca mencionaron su nombre. Ella se ocupaba de los papeles que decían dónde habían nacido los niños.

—¿Sabe dónde estaba? ¿En qué estado?

—Al otro lado de la frontera. —Lola hizo un gesto vago—. No era Texas.

—¿Nuevo México?

—Quizá. No me acuerdo. A veces intentaba no oír, señor.

—¿Sabe dónde vivía el gringo rico?

Una expresión de alarma le cruzó el rostro.

—No, no. No sé nada de él.

—Pero habrá oído algo.

—En realidad, no. Lorenzo creía que vivía en Texas, quizá incluso en El Paso, pero no estaba seguro. Vulturi lo sabe, pero Lorenzo nunca lo supo.

—¿Ha oído dónde podría estar Vulturi? Lola volvió a escupir.

—No tengo ningún interés en ese cerdo.

—Interésese —le advirtió Masen—. Quizá podría ser más amistoso si a mi regreso tiene alguna información sobre Vulturi.

La idea de que Masen volviera por allí a Lola le causó horror. Echó una mirada enloquecida por su habitación pequeña y oscura, llena de trastos y sucia, como calculando cuánto le llevaría meter sus cosas en la maleta y desaparecer.

Masen se encogió levemente de hombros.

—Puede huir —dijo—. Mas, ¿para qué tomarse ese trabajo? Cuando quiera encontrarla, Lola Guerrero, lo haré. Es cuestión de tiempo. Y nunca olvido a los que me ayudan, y a los que no lo hacen.

—Lo entiendo, señor. —Lola asintió rápido con la cabeza—. Aquí estaré. Y trataré de enterarme de algo.

—Hágalo.

Masen aflojó el brazo que ceñía a Bella, haciéndola volverse hacia la puerta.

Bella se afirmó en sus tacones y miró atrás, a la mujer que a ayudado a robar a su hijo.

—¿Cómo pudo hacer eso? —preguntó, envolviendo cada palabra en su dolor—. ¿Cómo pudo ayudarlos a robarles los bebés a sus madres?

Lola se encogió de hombros.

—Yo también soy madre, señora. Soy pobre. Necesitaba el dinero para dar de comer a mis hijos.

Mentía. Dada la edad de Lola en ese momento, diez años antes el menor de sus hijos habría sido un adolescente, si no un adulto. Bella la miró, paralizada en el sitio por una furia que la estremecía con la fuerza de una avalancha. Hubiera podido entenderla si al menos se tratara de darle de comer a bebés, pero era obvio que Lola lo había hecho únicamente por dinero. No era una víctima, no se trataba de una madre pobre y desesperada que hacía cualquier cosa por alimentar a sus hijos. Esa mujer era tan malvada como su hermano Lorenzo, como Vulturi. Había formado parte de la maquinación, encargándose de uno de sus aspectos, participando voluntariamente en el robo de niños por todo México.

—Mientes, perra —masculló Bella entre dientes y se lanzó sobre la mujer.

Lola se había dado cuenta de sus intenciones, porque dio un paso hacia un lado y con celeridad le dobló el brazo a Bella a la espalda y le colocó un cuchillo en el cuello.

—Estúpida —le siseó al oído y el cuchillo apretó con más fuerza.

Bella percibió el frío metal sobre el cuello. Entonces, se oyó un leve clic, el sonido del seguro de una pistola al ser retirado, y Lola quedó como congelada en el sitio.

—Parece que su familia tiene cierta propensión a los cuchillos —dijo Masen con toda tranquilidad, con una voz que no era más que un murmullo—. Sin embargo, la mía adora las balas.

Desprevenida en más de un sentido, Bella miró a la izquierda y vio a Masen, que apoyaba su enorme pistola contra la sien de Lola. No había temblor alguno en su mano ni inseguridad en sus ojos; por el contrario, estaban semicerrados, presa de una rabia fría.

—Suelte el cuchillo cuando diga uno. Un...

Pero ni siquiera esperó tanto. Su mano izquierda saltó como una serpiente, agarró la mano de Lola y la retorció, abajo y lejos de Bella. Hubo un extraño sonido, como el de una frágil rama que se parte, y Lola se puso rígida con un grito largo, estrangulado, reverberándole en la garganta. El cuchillo cayó al suelo sucio, y la mano que se había movido con la rapidez del relámpago agarró a Bella, la puso a un lado y la mantuvo allí, agarrándola férreamente por el brazo. Mientras, la pistola que sostenía con la mano derecha no se había apartado de la cabeza de Lola.

La mujer retrocedió, lamentándose y sosteniéndose la mano.

—Me la ha partido —gimió, dejándose caer sobre una mecedora.

—Tiene suerte de que no le haya quitado el cuchillo y le haya sacado los ojos con él —explicó Masen con el mismo tono de voz, muy suave—. Ha herido a mi amiga. Eso me molesta. ¿Cree que estamos en paz? ¿O le debo algo más, quizá otro hueso, eh?

—Averiguaré todo lo que quiera saber —balbuceó Lola, meciéndose y mirándolo horrorizada.

No miraba la pistola, sino a él, y Bella podía entender por qué. El rostro de Masen mostraba una serenidad temible, sólo sus ojos evidenciaban vida, un destello de rabia. Ella podía percibir la fuerza de su ira en la tensa fuerza de su cuerpo, oírla en la suavidad casi inaudible de su tono. No era un hombre que perdiera el control presa de la ira; en ese momento su control era mucho mayor.

—Lo hará de todos modos, señora. Estoy pensando en algo más.

—No, no —gimió Lola—. Por favor, señor, haré lo que me pida.

Masen inclinó la cabeza, como considerando aquello.

—Aún no sé qué pedirle. Lo pensaré y se lo haré saber.

—Cualquier cosa —repitió la mujer, sollozando—. Lo juro.

—Acuérdese de eso —insistió él—, y no se olvide de que no me gusta que alguien haga daño a mis amigos.

—Sí, señor, por supuesto.

Masen arrastró a Bella fuera de la habitación y la empujó por la calleja. Ella se agarró nuevamente de su cinturón, cerrando los dedos con fuerza, y se llevó la otra mano a la garganta lacerada. Sus dedos tropezaron con sangre tibia que se escurrió entre ellos. Él la miró encima del hombro, buscando su cuello con los ojos.

—Tenemos que limpiar y vendar esa herida. No es profunda, pero te está echando a perder el vestido. Manten la mano ahí.

La camioneta estaba donde la habían dejado, custodiada por el hombre huraño, que se enderezó al verlos llegar y su expresión se convirtió en alarma al notar la sangre en el cuello y el vestido de Bella, como si alguien pudiera echarle la culpa de lo sucedido. Masen le entregó un billete doblado de cien dólares, sacó las llaves y abrió la portezuela. Levantó a Bella, despidió al hombre con un gesto de la cabeza y rodeó el vehículo para ponerse al volante.

—Vamos a Wal-Mart —dijo—. Puedo comprarte algo de ropa, así como antibióticos y vendas.

El Wal-Mart estaba en la Avenida Ejército Nacional. Ella permaneció sentada, apretándose con los dedos el corte en la garganta, mientras él seguía el camino de salida del barrio marginal.

—¿Qué le hiciste exactamente en la mano! —preguntó Bella.

Masen se había movido tan rápido, y ella había estado tan distraída, que no estaba segura si él le había partido la mano de un fuerte y rápido apretón.

Masen la miró.

—Le partí el pulgar derecho. Pasará un buen tiempo antes de que vuelva a empuñar un cuchillo.

Bella sintió un estremecimiento al constatar una vez más el tipo de hombre que era.

—Tuve que hacerlo —lo explicó, y ella le comprendió.

El miedo era su mejor aliado. El miedo es lo que hacía que la gente hablara con él cuando no hablarían con nadie más. El miedo le ofrecía una brecha, un escape: era, en sí mismo, un arma. Y para conseguir ese miedo, él tenía que estar dispuesto a respaldarlo con actos.

—Huirá —dijo Bella.

—Quizá. Pero si lo hace, la encontraré, y ella lo sabe. Llegaron al Wal-Mart y ella permaneció en la camioneta, con el motor encendido y el aire acondicionado funcionando, así como con las portezuelas cerradas con seguro, mientras él entraba a comprar lo que necesitaban. Volvió en menos de diez minutos, lo que demostraba que los clientes de la tienda habían decidido de un solo vistazo que se merecía ser el primero en la cola para pagar. Al menos, se habría quitado la cartuchera del muslo antes de entrar, pensó ella, o el pánico hubiera sido al por mayor.

Había comprado una botella de agua, un paquete de gasa, un tubo de pomada antibiótica, esparadrapo, unas gasas esterelizadas y un juego barato de falda y blusa. Bella comenzó a explicar que simplemente se pondría la blusa por encima del vestido para ocultar las manchas de sangre, cuando miró hacia abajo y vio que también había goteado sobre la falda.

Masen condujo hasta el aparcamiento en la parte trasera del centro comercial, lejos de la multitud de clientes, y aparcó el vehículo de manera que pudieran tener toda la intimidad posible. Bella comenzó a abrir el paquete de gasa, pero él se lo quitó de las manos.

—Sólo quédate ahí sentada sin moverte —le dijo. Humedeció una almohadilla de gasa y la colocó sobre el corte.

Le agarró una mano y la apretó contra la tela.

—Mantenía ahí.

Ella lo obedeció, presionando con firmeza para detener la hemorragia que se había ralentizado, pero que aún no se había detenido del todo. Masen humedeció otras almohadillas y comenzó a limpiarle la sangre seca del cuello y el pecho. Sus dedos se desplazaron de forma impersonal por la parte delantera del vestido, hasta llegar al borde del sujetador.

—Bien, ahora déjame ver —dijo, retirándole la mano del corte. Levantó la almohadilla de gasa y resopló, satisfecho—. No está mal. No vas a necesitar puntos, pero he comprado unas gasas esterilizadas para no correr riesgos.

Aplicó la pomada de antibiótica y después colocó un par de gasas esterilizadas, a fin de unir los bordes de la herida. A continuación, colocó una almohadilla de gasa

sobre los vendajes, para mayor protección del corte.

—Utiliza el resto de las almohadillas para lavarte las manos y los brazos antes de cambiarte de ropa —dijo al terminar.

Bella obedeció, satisfecha de quitarse la sangre de la piel.

—No tengo que cambiarme la ropa —objetó ella—. Puedo irme así a casa.

—¿Vas a cruzar la frontera con esa ropa ensangrentada? No lo creo. Y antes de pasar al otro lado, tenemos que buscar algo de comer.

Estaba tan hecha polvo que había olvidado lo de la frontera. Terminó de limpiarse los brazos y después sacó la falda y la blusa de la bolsa. Les arrancó las etiquetas con los precios.

—Vuélvete de espaldas.

Masen soltó una carcajada, salió de la camioneta y se quedó de pie, con la espalda hacia la ventanilla. Ella permaneció inmóvil unos segundos, parpadeando de asombro. ¿De veras se había reído? Había dicho que se reía, pero ella nunca lo había creído, y ahora lo había oído hacerlo.

Dios todopoderoso. La había rodeado con su brazo, había pasado la mano por la parte delantera de su vestido. Ella había reclinado la cabeza en su hombro, le había clavado las uñas en el pecho.

La intimidad era una cuesta resbalosa, una cosa conducía a otra, y sin la menor intención, ese día ella se había deslizado, llegando a estar peligrosamente cerca del desastre. El brazo de él en torno a ella había sido algo demasiado natural; su hombro había sido demasiado reconfortante, y estaba en el lugar correcto, como para que ella pudiera utilizarlo.

Presurosa, se quitó el vestido tirando de él y sacándoselo por la cabeza, a continuación, se puso la blusa y se enfundó la falda. Ambas le quedaban un poco ceñidas, pero servirían para llegar a casa. Cuando estuvo vestida, se inclinó y golpeó con los nudillos el vidrio de la ventanilla, y Masen volvió a montar en la camioneta.

—¿Qué te gustaría comer?

Las tripas le retumbaban, diciéndole que necesitaba comer algo, aunque no estuviera segura de poder sostener un tenedor en las manos.

—Cualquier cosa. Hasta comida rápida.

En lugar de ir a un establecimiento de comida rápida, condujo hasta una fonda, uno de los pequeños restaurantes familiares que tanto abundaban por allí Había tres mesitas al aire libre, en un pequeño patio sombreado. El camarero, un joven alto, apartó con cortesía la mirada del cuello de Bella. Ella pidió empanadillas de atún y agua mineral; Masen prefirió enchiladas y cerveza negra.

Mientras esperaban la comida, ella se dedicó a jugar con la servilleta, doblándola y desdoblándola. Se estiró la blusa un par de veces, pues le quedaba más ceñida de lo que le gustaba. Entonces, como no podía ignorarle y sabía que él la estaba mirando en silencio, le habló.

—Te sientes como en casa aquí.

—Yo nací en México.

—Pero dijiste que eras ciudadano norteamericano.

¿Cómo obtuviste la ciudadanía?

—Por nacimiento. Mi madre era norteamericana. Simplemente estaba en México cuando yo nací.

Por lo tanto, él tenía doble ciudadanía, como William.

—¿Y tu padre? —Es mexicano.

Bella se dio cuenta de que al hablar de su madre había dicho «era», pero de su padre decía «es».

—¿Tu madre murió?

—Hace un par de años. Estoy casi seguro de que no estaban casados.

—¿Conoces a fondo a tu padre?

—Viví la mitad del tiempo con él mientras crecía. Era mejor que vivir con mi madre. ¿Y tú?

Obviamente, eso era todo lo que él estaba dispuesto a contar de su persona. Bueno, una por otra, así que Bella le habló de su familia y del distanciamiento surgido entre ella y sus hermanos.

—Para papá y mamá esto es duro —dijo—. Lo sé. Pero por ahora no puedo estar en presencia de Ross o de Julia sin...

Sacudió la cabeza, incapaz de hallar la palabra correcta. No quería hacerle daño a ninguno de ellos, pero a la vez tenía deseos de romperles la cabeza.

—¿Tienen hijos? —preguntó Masen.

—Los dos. Ross tiene tres y Julia dos.

—Entonces, deberían ser capaces de entender cómo te sientes.

—Pero no lo son. Quizá no pueden. Quizás uno tenga que perder un hijo antes de ser capaz de entender. Es como si una parte de mí hubiera desaparecido, como si en el lugar donde él estaba no hubiera otra cosa que un enorme agujero. —Bella se mordió el labio, incapaz de llorar en público—. No puedo dejar de buscarlo, como no puedo dejar de respirar.

Masen la miró con sus ojos sombríos, ojos que eran capaces de ver hasta el núcleo de las cosas. Entonces se inclinó por encima de la pequeña mesa, le puso la mano bajo la barbilla y la besó.


Uy Masen es un poco... ahaha rudo me encanta la manera en que la ayuda todo... la quimica que tienen es bastante notoria

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Besos y abrazos