Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 16
Fue sólo un pequeño beso, pero tan terriblemente injusto por parte de él, que Bella se quedó paralizada, aturdida. En un tiempo demasiado corto habían ocurrido demasiadas cosas; se sentía mareada, desconcertada, totalmente incapaz de enfrentarlo. Le había agarrado la muñeca con ambas manos, y después no supo qué hacer o qué decir cuando él le soltó la barbilla y apartó la boca, dejándola colgada de su brazo.
Aquella boca adusta era más suave de lo que ella hubiera esperado, más delicada de lo que hubiera imaginado nunca. No fue un beso de pasión; de hecho, había sido sobre todo de consuelo. Lo odió por eso. No debería desear ningún beso de parte de él, pero si la iba a besar de todos modos, ella no quería para nada que fuera Para consolarla.
—¿Por qué lo hiciste? —dijo ella, mirándolo fijamente.
Una esquina de la boca de Masen se torció, en lo que para él equivalía a una risa entre dientes.
—No creo —dijo— que alguna vez hayas visto lo que otras Personas ven en tus ojos.
—No, claro que no. —Y como no dijo más nada, ella esperó un instante y después, intrigada, preguntó—: ¿Qué ven?
Masen se encogió de hombros y pareció considerar el asunto, Acogiendo entre varias palabras y descartándolas.
—Sufrimiento —dijo finalmente.
La palabra le propinó un golpe doloroso. Sufrimiento. Por Dios, sí, había sufrido. Sólo los padres que han perdido a un hijo podrían comprenderla. Pero este hombre, cuyo contacto con las emociones parecía tenue en el mejor de los casos, lo había visto y había respondido. y ella se había deslizado todavía más por aquella condenada cuesta.
El camarero les trajo la comida y ella se sintió aliviada por poder dedicarse a las empanadillas, que eran uno de sus platos mexicanos favoritos. Los bollos, rellenos de atún, le sabían muy bien ese día, y se lanzó sobre ellos hasta que el plato quedó limpio.
El corte de la garganta parecía haber revitalizado su apetito. No había nada como un encontronazo con la muerte para hacer que uno apreciara la comida.
Masen también dio buena cuenta de sus enchiladas, aunque bebió sólo media cerveza.
—¿No te gusta? —le preguntó Bella, señalando la botella.
—Mucho. Sólo que bebo muy poco.
—¿Fumas?
—Nunca.
—¿Votas?
—En todas las elecciones desde que llegué a la mayoría de edad.
Y también se ponía el cinturón de seguridad. Lo miró con exasperación. ¿Había existido alguna vez un asesino tan sobrio y cívico?
En algún momento durante el día ella había dejado de temerle. No sabía exactamente en qué momento o por qué razón, pero no habría podido hallar consuelo en sus brazos si siguiera temiéndole aún. Él no había cambiado.
¿Y ella? La última semana y media había sido algo así como una montaña rusa emocional, y el estrés se estaría cobrando lo suyo. Debía estar volviéndose loca para sentirse atraída por alguien como Masen.
Pensó que al menos había logrado evitar que él se diera cuenta de lo que sentía. No había respondido a su suave beso; de hecho, su reacción, aunque no planificada, había sido perfecta.
—¿Has terminado? —le preguntó él. Ella miró su plato vacío.
—Sí, a no ser que lo lama.
De nuevo, aquella pequeña sacudida de su boca.
—Te pregunto si deseas algo más.
—No, nada más, muchas gracias.
Masen pagó la comida, y mientras caminaban hacia la camioneta, Bella se dio cuenta de cuánto dinero había gastado él ese día.
—Te reembolsaré los gastos —le dijo.
Ella tenía la intención de pagarle de su bolsillo, pero prefería que pensara que se trataba de Rastreadores.
Masen no respondió y ella se preguntó si lo había ofendido. Después de todo era mexicano a medias y había pasado parte de sus años de formación en este país. El machismo de esa cultura tenía que haberlo afectado en alguna medida.
—Dame una factura detallada —continuó ella, incapaz de dejar el tema.
La expresión del hombre volvió a ser neutral.
—¿Cómo debo anotar el soborno?
—Como un soborno. Los pagamos constantemente. ¿De qué otra manera podríamos conseguir información?
—Hay otros métodos. Pero a veces el soborno funciona.
Tomó su teléfono móvil y llamó a alguien, con toda seguridad al mismo chico de antes, para que se reuniera con él y recogiera el vehículo. Pero el que apareció fue otro muchacho, algo más joven que el primero, y con una cautivadora expresión de picardía. Masen le dio las llaves y algún dinero, y el chico se sentó al volante y se marchó.
—¿Hermanos? — preguntó ella.
—Mío, no.
—Digo que si los dos chicos son hermanos.
—Probablemente. Viven en la misma casa, pero podrían ser primos.
Bella y Masen caminaron por el puente hasta El Paso y se montaron en el otro vehículo.
—¿A dónde? —preguntó él—. ¿De vuelta a la oficina o a casa?
—A casa. — Ella quería cambiarse de ropa, porque ahora que había comido la falda le apretaba haciéndola sentirse incómoda—. Y después, si no te importa, llévame de vuelta a la oficina. –Tenía que recoger su coche—. Si tienes prisa, llamaré un taxi.
—No hay problema.
—Por cierto, ¿cómo entraste en mi casa la otra noche? Sé que las puertas y las ventanas estaban bien cerradas.
—Lo estaban. Yo abrí una. Necesitas un sistema de seguridad.
Antes nunca lo había necesitado: el barrio era bastante tranquilo.
—¿Eso te detendría?
—Si quisiera entrar, no.
Masen esperó abajo, en el salón, mientras ella subió al piso de arriba para cambiarse. No se molestó en buscar nada que ocultara el vendaje del cuello, porque hacía demasiado calor. Se puso unos pantalones amarillos recién planchados y una blusa blanca, sin mangas. Bajó corriendo.
Él estaba examinando las piedras dispersas por la habitación; Bella había usado las más hermosas como decoración. El resto estaba metido en varias vasijas: un gran cuenco azul sobre la mesita de café, dos floreros transparentes, una enorme hucha de vidrio en forma de cerdito.
—¿Qué son todas estas piedras? —preguntó Masen, ladeando la cabeza como un perro burlón.
—Las recogí para William —dijo, hablando muy bajito—. Pensé que seguro que le gustarían las piedras. ¿No les gusta a los niños pequeños tirar piedras y llevarlas en los bolsillos? Me imagino que ahora es demasiado mayor para eso. Pero a veces veo una piedra rara y, de todos modos, la guardo. Es un hábito.
—A mí me gustaban los bichos —respondió él—. Y los gusanos.
—¡Horror! —Bella arrugó la nariz y se estremeció, imaginando un bolsillo lleno de gusanos; a continuación suspiró—: Supongo que debo deshacerme de las piedras, pero no he sido capaz de poner manos a la obra. Quizá algún día.
—Si no tienes nada más, puedes tirárselas a cualquiera que se meta en tu casa.
—Tú eres el único que lo ha hecho.
—De todos modos, seguro que las lanzas como una chica.
A pesar de sí misma, Bella le sonrió.
—Claro que sí. ¿De qué otra manera iba a hacerlo?
¿De qué otra manera? Masen reflexionaba mientras cruzaba el puente caminando, de regreso a Ciudad Juárez. Ella era una mujer muy femenina. Trataba de ser dura, y sin duda era competente y voluntariosa, pero sus instintos eran totalmente femeninos. Su dormitorio estaba lleno de cintas y volantes, con sábanas que parecían de satén, montones de almohadas, una gruesa alfombra bajo los pies y lágrimas de cristal colgando de las pantallas de sus lámparas. Su cuarto de baño olía a perfume.
A ella no le gustaría saber que había acariciado sus sábanas y había registrado su armario, pero había sentido curiosidad. Sintió deseos de saber cosas de ella, de conocerla por la ropa y los perfumes de su preferencia. Ella llevaba vaqueros, pantalones y camisas, pero su guardarropa, mayoritariamente, estaba compuesto de vestidos, faldas y blusas delicadas. Ese día, cuando había bajado las escaleras después de cambiarse, su aspecto era atildado y moderno, vestida de amarillo y blanco, con un par de pulseras de perlas en las muñecas. De alguna manera había conseguido hacer que el vendaje del cuello pareciera más un complemento que una necesidad.
Él regresaría a Ciudad Juárez sin ella, porque aunque intentaba ser dura, era inherentemente blanda. Lola no lo esperaría tan pronto, por lo que ése era el momento preciso para regresar.
Le sorprendería que Lola no tuviera, al menos, un par de hijos. Por supuesto, ahora serían adultos, pero era posible que alguno de ellos aún estuviera viviendo en su casa cuando ella dedicada a cuidar de los bebés que robaban su hermano y Vulturi. Los niños eran entrometidos y oían cosas incluso cuando uno pensaba que no andaban por las cercanías. Los de ella podrían haber escuchado alguna conversación entre Lorenzo y Vulturi, algo que le diera otra pista que seguir.
Había muy pocas cosas que le dieran miedo. Era estoico con respecto al dolor y la muerte, pensaba que eran muy pocos los que escapaban al primero y nadie lograba eludir la segunda. Pero cuando Lola había acercado el cuchillo a la garganta de Bella y él había visto la sangre correr, por primera vez en mucho tiempo se había asustado. Hubiera podido matar a Lola allí mismo, poco le había faltado para apretar el gatillo, pero pensó cómo reaccionaría Bella si los sesos de Lola la salpicaban y eso le detuvo. Controló el impulso, aunque Lola había podido ver en sus ojos cuán cerca había estado de morir.
Cuando fue a su casa, él ya sabía que Lola Guerrero era una perra de corazón pétreo, con reputación de malvada y cierta afición a las drogas. Pero tenía información que Bella necesitaba y él sabía que podría sacársela. Sin embargo, llevar a Bella había sido un error y ésa era la razón por la que regresaba solo.
Antes, se había visto obligado a pensar a toda velocidad. Si no mataba a Lola en ese momento, que podía hacer. No podía irse sin más después de que ella hubiera herido a la mujer que lo acompañaba. Había dicho que Bella era su amiga, pero nadie se lo creería. Todos los que los habían visto, todos los que se enteraran del incidente, pensarían que ella le pertenecía; no podía permitir que alguien la hiriera y quedara sin castigo. Si lo hacía, la gente pensaría que se estaba ablandando. Pensarían que podían ir contra él, que podrían seguir con la marea de asesinatos y drogas que él estaba intentando erradicar. Y como creerían que podían salirse con la suya, morirían inocentes. Entonces, tendría que matar a mucha más gente para convencer los de que en realidad no tenían deseos de contrariarlo.
Todo aquello y algunas cosas más pasaron por su mente en una fracción de segundo. ¿Qué podía hacer con Lola sino matarla? ¿Reventarla a golpes? Eso le hubiera llevado demasiado tiempo, Bella se pondría histérica y a él le disgustaba semejante brutalidad contra las mujeres, aunque se tratara de una escoria como Lola. ¿Pegarle un tiro? Con una nueve milímetros no era posible hablar de una herida leve. El grueso proyectil perforaba la carne, arrancaba nervios y vasos sanguíneos. ¿Darle una puñalada? A no ser que la hiciera picadillo las heridas de arma blanca sanaban con facilidad. Y él no tenía deseos de amputarle ninguna parte del cuerpo, aunque fuera un trozo pequeño.
La única opción que le quedaba era partirle un hueso, lo que le causaría problemas durante bastante tiempo. Había elegido el pulgar a causa del cuchillo, ya que estaba muy cabreado porque ella había herido a Bella. Con el pulgar roto, no podría manejar aquel cuchillo durante un buen tiempo. Y el castigo elegido tenía algo de la frialdad propia del crimen, lo que haría que la gente supiera que él no se había ablandado. Tan pronto como se le ocurrió, lo llevó a cabo.
Se dio cuenta de lo absurdo que era elegir un castigo que fuera lo suficientemente malvado para dar un aviso a los de la calle, sin dejar inválida a la mujer para siempre. No había querido golpearla, se había limitado a fracturarle el dedo. Había recibido palizas en más de una ocasión y sabía que el dolor duraba mucho tiempo y cuánto debilitaba. El pulgar le dolería, pero no quedaría inútil, salvo para manejar el cuchillo, por supuesto. Quería que se pudiera mover, que fuera capaz de andar por la calle; si la dejaba medio muerta de una paliza, no podría averiguar nada.
Hubiera podido matarla sin la menor sombra de remordimiento; partirle el pulgar le había revuelto el estómago, aunque no mostrara ni la menor vacilación. Si hubiera dudado, ahora Bella estaría muerta o gravemente herida.
Bella se había alterado, pero había comprendido de inmediato por qué había tenido que hacer algo.
Tenía que ponerle las manos encima a Vulturi. ¿No era acaso interesante el hecho de que la misma persona conectada con el contrabando de bebés hace diez años estuviera ahora metida en el contrabando de órganos de donantes involuntarios? Quizá Vulturi no era más que un hombre siempre disponible, pero era posible que estuviera trabajando aún para el mismo jefe.
Masen percibió una cálida y agradable sensación en la boca del estómago al pensar que podía liquidar los dos problemas con un solo golpe.
El hijo de Bella había desaparecido. Sólo los tontos dejarían una pista documental, y como los expedientes de adopción eran básicamente privados, no veía cómo ella podría encontrar la pista del bebé ni siquiera si lograban acabar con la banda y descubrir el falso certificado de nacimiento que le habían endilgado. Pero averiguar que el niño no había sido víctima de aquel accidente de aviación o había muerto en el maletero de un coche había significado mucho para ella. Fue testigo del brillo en los ojos de ella, de la alegría que ocultara por un momento su sufrimiento.
La caída del avión era otro camino que podía investigar. La administración aeronáutica tendría un registro de cosas como ésa.
No recordaba haber leído en las noticias nada acerca de un avión accidentado en el que hubieran muerto seis bebés, y estaba seguro de que no habría olvidado una historia como aquella. Por lo tanto, o bien habían limpiado el lugar del accidente y se habían llevado los cuerpecitos antes de la llegada de los investigadores, dejando sólo al piloto, o el sitio nunca había sido descubierto por las autoridades. Nuevo México era un estado enorme, desierto en su mayor parte. Había miles de kilómetros cuadrados en los que un avión pequeño podía caer sin que lo vieran.
Sin embargo, el dueño del avión habría sabido de su pérdida y habría iniciado su búsqueda. Si lo había encontrado, entonces, ¿qué? Hacer desaparecer un avión del todo, aunque se tratara de uno pequeño, llevaría mucho trabajo. Lo mejor sería retirar los cuerpos, desmontar el avión, quitar toda marca o número de serie y quemarlo. Había unos cuantos aceleradores que producían un incendio de muy alta temperatura.
Al menos, eso es lo que hubiera hecho él.
Tenía un instinto magnífico para comprender cómo funcionaban los chicos malos. Lo único que tenía que hacer era imaginar lo que él mismo haría, y la mayor parte del tiempo acertaba. Eso no hablaba muy bien de él, pero sí de su eficacia.
Ahora, tenía que ser más cuidadoso, porque Bella lo reblandecía. No sabía por qué, pero sabía que le ocurría. Se descubrió haciendo cosas en las que no debía perder el tiempo, y todo por ella. Conversar no le resultaba fácil, pero podía hablar con ella, contarle cosas acerca de sí mismo. Le sorprendía que ella le reciprocara, contándole cosas suyas. Al principio, ella había sentido miedo de él, pero era algo a lo que estaba acostumbrado. Ahora ya no, y eso lo complacía.
Si ella le tenía miedo, no se acostaría con él.
Quizás aún no se había dado cuenta de cómo él se sentía. Se retraía, no quería presionar demasiado y espantarla. Cuando la había besado, había deseado un contacto más profundo, saborearla con su lengua, pero se dio cuenta de que ella se había quedado inmóvil, sin responder al beso, por lo que fue ligero y delicado.
Era posible que ella tampoco supiera cómo se sentía, pero él podía Leer en la cara de la gente y sabía cómo había reaccionado ante él. Aceptaba su contacto con demasiada facilidad, ese día se había pegado a él y había ocultado la cabeza en su hombro con demasiada facilidad. Como mujer, respondía plenamente a él.
Había transcurrido mucho tiempo desde que estuviera con una mujer, pero tenía la intención de tener a Bella. Sería paciente, le daría tiempo para que se acostumbrara a él, pero no tenía dudas del resultado. Sería suya.
Esta vez no llamó pidiendo su camioneta, sino tomó un taxi y se bajó a bastante distancia de la casa de Lola. A continuación echó a andar, desplazándose ligero, tranquilo, acercándose desde otra dirección, consciente de que esta vez su única arma era el cuchillo que llevaba en la bota. Ella había tenido tiempo suficiente para que le curaran el pulgar. Estaría de vuelta en casa, cuidándose la mano, tomando comprimidos contra el dolor y maldiciéndolo. Él era la última persona a la que querría ver, y por esa razón estaría ansiosa de quitárselo de encima, diciéndole lo que él quería saber. Le entregaría hasta a sus propios hijos sin protestar.
Esta vez ni tocó la puerta. Intentó abrirla, pero estaba cerrada por dentro, así que se limitó a darle una patada.
Lola yacía en su catre con la mano vendada y el pulgar rígido apuntando hacia fuera. Vestía solamente un camisón deslucido; obviamente, había tomado la medicina para el dolor y había decidido acostarse, aunque aún no había oscurecido. Cuando lo vio, soltó un grito ahogado y el horror le descompuso el rostro.
—Se me ha ocurrido otra pregunta —dijo él muy quedo.
True no estaba de buen humor, por lo que cuando su teléfono sonó por milésima vez ese día lo tomó de un tirón y respondió molesto:
—¿Qué?
Hubo una vacilación y después una vocecita con acento hispano preguntó:
—¿Señor Cullen?
—Sí, ¿qué pasa?
—Dijo que quería saber si alguien veía a ese hombre, a Masen.
True se enderezó; su irritación había desaparecido y ahora era todo oídos.
—Sí, es correcto.
—¿Aún ofrece la recompensa?
—En efectivo. Dólares americanos.
Nunca incumplía sus promesas de pago. El dinero mantenía funcionando el flujo de información.
—Hoy estuvo en Ciudad Juárez.
Ciudad Juárez. El hijo de puta estaba cerca, muy cerca.
—No estaba solo —prosiguió la vocecita tímida.
—¿Con quién estaba?
—Con una mujer. Vinieron a la fonda. Yo mismo les serví. Estoy seguro de que se trataba de Masen.
—¿Reconociste a la mujer?
—No, señor. Pero era una gringa. Llevaba una venda en el cuello.
True no captaba cómo una venda en el cuello de la mujer podía significar que fuera norteamericana.
—¿Qué más?
—Tenía el pelo castaño y ondulado, con un mechón blanco en la frente.
True se puso en guardia. Anotó de forma automática el dato sobre a dónde mandar el dinero e hizo las gestiones para que el pago fuera hecho esa misma noche. Con una sola frase, la presencia de Masen en Ciudad Juárez había pasado de molesta a catastrófica.
Bella estaba con él. Bella y Masen, juntos. Hijo de perra.
Tenía que comenzar de inmediato a atar cabos sueltos. Tenía que encontrar a Vulturi y cerciorarse de ese el estúpido cabrón no hablara.
