Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 17
True era muy bueno analizando sus opciones. Sabía a quién se enfrentaba y Masen no era nada tonto; por el contrario, el desgraciado era uno de los tipos más astutos que True había conocido. Su nombre bastaba para que ciertos elementos se apresuraran a desaparecer, porque Masen siempre encontraba a su presa, pero no siempre volvía con ella viva.
Se decía que Masen estaba respaldado por el gobierno, por ambos gobiernos, el de Estados Unidos y el de México. Como México no extraditaba a criminales que pudieran ser condenados a muerte, el país se había vuelto sin querer refugio seguro de unos cuantos personajes repulsivos. Estados Unidos quería que esa gente fuera capturada o eliminada por otros métodos. México sólo quería que desaparecieran y dejaran de ser un problema. Por lo tanto, era posible que ambos gobiernos le pagaran a Masen. Quizás. Quizá era un excelente cazador de recompensas con una gran habilidad para proyectar su imagen. Pero sin duda, tenía contactos, recursos y el olfato de un sabueso.
True había sido capaz de tener apartada a Bella todos estos años, pero Masen era diferente. Aunque fuera porque la gente le temía. Si todo se reducía a la pregunta de a quién temían más, a él o a Masen, True no estaba muy seguro de cuál sería la respuesta.
Pensó que la clave era una pista falsa. Mantener ocupado a Masen siguiendo falsos rumores, mientras él encontraba a Vulturi y lo eliminaba, algo que probablemente debería de haber hecho hacía años. Vulturi era la única persona, aparte de él, que lo sabía todo, y True nunca había tenido la intención de que eso ocurriera. La gente subestimaba a Vulturi; True había sido culpable de la misma equivocación. Vulturi era un matón malvado, pero tenía instinto para sobrevivir y manejar correctamente los asuntos.
Eso lo había convertido en un valioso activo. Vulturi podía lograr que las cosas se hicieran. Le decías lo que querías, y eso se hacía. Pero valioso o no, si Masen estaba sobre su pista, la balanza personal de Vulturi se había inclinado hacia el lado del lastre.
La buena noticia era que Vulturi había oído que Masen estaba detrás de él y se había metido bajo tierra. La mala noticia era que Masen nunca se daba por vencido y con el tiempo hallaría a Vulturi. Lo que quería decir que True debía encontrarlo antes. A nadie le importaba lo suficiente como para hacer algo más que una investigación rutinaria sobre su muerte.
La otra opción de True — su única otra opción — era hacer que eliminaran a Masen. El problema era que eso se decía con facilidad, pero no era tan fácil llevarlo a cabo. Y si Masen contaba de veras con el apoyo del gobierno, eso atraería una presión mayor de la que True estaba dispuesto a manejar. Uno sólo se puede esconder hasta cierto punto, y sólo si nadie indaga de manera minuciosa. Los federales habitualmente buscaban con mucho rigor. Tenía que ser muy, pero que muy cuidadoso, a la hora de planificar las cosas.
Así pues, debía ganar algún tiempo filtrando rumores y nombres falsos, para mantener ocupado a Masen. Encontrar a Vulturi y librarse de ese problema, lo que le daría aún más tiempo y le permitiría terminar de ocultar su rastro. Esto sería probablemente el final de un negocio muy lucrativo, lo que era una pena, porque tenía sólo la mitad de lo que había querido acumular antes de desaparecer.
Pero encontraría algún otro negocio lucrativo. Siempre lo encontraba. Y si el precio era el correcto, siempre podía hacer una buena recaudación.
Sonrió, pensando en toda la gente a la que podría meter en el molinillo de los rumores para que Masen apuntara en esa dirección.
Podía divertirse un poco con eso. La venganza era siempre un infierno, ¿o no?
Agosto se convirtió en septiembre, trayendo un leve alivio del calor, días notablemente más cortos e indicios tentadores de frescura en el aire. Comenzó el año escolar y por doquiera parecía haber enjambres de niños. Aunque le causaba dolor, ella siempre observaba compulsivamente a los niños en el grupo de edad de William, desde las primeras clases. Ese año debería estar en quinto curso, pensó. En algún sitio él estaba comenzando a estudiar como todos aquellos chicos, gritando y corriendo, llenos de energía y travesuras.
¿Aún tendría los ojos azules, o se le habrían oscurecido, volviéndose café como los de ella? Pensó que deberían de ser azules, porque habían tenido el mismo tono que los de Jacob.
Masen pareció esfumarse de nuevo. El día que fueron a Ciudad Juárez ella se había sentido muy vinculada a él, pero desde ese momento no había tenido noticias suyas. Por supuesto, el hecho de que ella sintiera ese vínculo no quería decir que él lo hubiera percibido, y a pesar de sus sentimientos, la verdad era que sabía muy poco acerca de él. Ni siquiera estaba segura de cuál era su verdadero nombre; se llamaría Edward o se lo había sacado de la manga aquel día. Nunca pensó preguntárselo, porque en su cabeza él era «Masen», no «Edward».
Ella no sabía dónde vivía ni cuántos años tenía, si se había casado alguna vez, Dios mío, ¿y si ahora mismo estaba casado? La idea de que Masen estuviera casado le producía dolor de estómago. ¿Y si tenía hijos? Aquel día se había sentido relajado con el pequeño Max, por lo que era posible que tuviera un hijo en alguna parte. Quizá allí era donde estaba, en casa con su familia.
Bella sabía que estaba haciendo el ridículo. Nunca había visto a nadie menos parecido a un padre de familia que Masen. Era tan solitario, tan drástico, que no podía imaginárselo viviendo con nadie, lo que a la vez le decía cuán tonta era por sentirse atraída hacia él. Pero la química era así, y al parecer le resultaba tan fácil dejar de pensar en él como aletear con los brazos y echar a volar.
Masen no era el único que parecía haber desaparecido. Para su alivio, no había visto más a True. Y no es que antes lo viera con cierta regularidad, pero después del último encuentro había temido que se volviera todavía más insistente. Había dicho que se rendía, pero ella dudaba que supiera lo que eso significaba. Sin embargo, a pesar de sentirse aliviada, todavía esperaba tropezarse con él en alguno de los actos sociales a los que debía acudir. O bien estaba fuera de la ciudad, o había encontrado a una miss septiembre especialmente apasionante. Esperaba que fuera esto último, para que su atención se dirigiera a otra parte.
La segunda semana de septiembre su madre la telefoneó y le pidió que fuera a visitada. Bella no había visto a sus padres desde un receso en primavera, cuando tanto Ross como Julia se habían marchado de vacaciones con sus respectivas familias, y no había habido la menor oportunidad de encontrarse con ellos en casa de sus padres. Ahora mismo, cuando el curso escolar estaba a punto de comenzar con todas sus actividades extracurriculares, sus hermanos estarían ocupados y no era probable que se pasaran por casa de sus padres. Además, su madre los llamaría por teléfono y les advertiría que Bella estaba de visita.
Contenta con la oportunidad de alejarse y tener algo en que pensar que no fuera sólo Masen, se tomó unos días y voló a Louisville, Kentucky. Allí alquiló un coche y cruzó el río Ohio en dirección al pequeño poblado donde vivían sus padres, en el sur de Indiana.
Su padre tenía sesenta y cinco años y acababa de retirarse de una firma de contables; su madre, con sesenta y tres, se había jubilado el año anterior de su trabajo en la escuela primaria. Aunque su padre ya había comenzado a gruñir para mudarse a Florida, donde ya nunca más tendría que ocuparse de quitar nieve, su madre se había plantado con firmeza en la casa donde había vivido más de cuarenta años y donde había criado a sus tres hijos.
En la mente de Bella aquella casa era sinónimo de hogar. No era una casa de primera, sólo una edificación de dos pisos, construida hacía cincuenta y dos años, con un portal amplio, un techo a dos aguas y recuerdos en todas las habitaciones. En el piso de arriba había tres dormitorios, y en una remodelación hecha en los años setenta un amplio salón del piso inferior se había convertido en un gran dormitorio con su baño. La cocina—comedor era lo suficientemente grande para que todos cupieran en torno a la mesa, y allí habían celebrado muchas Pascuas maravillosas y emocionantes, rasgando las envolturas de los regalos encontrados bajo el árbol lleno de adornos de la sala de estar. En el futuro, tendrían que contratar a alguien para quitar la nieve del camino de entrada, pero Bella no podía imaginarse a sus padres mudándose de aquel sitio.
En alguna ocasión había pensado que su vida se parecería mucho a la de su madre: dar clases y educar una familia. Ahora, ni siquiera podía imaginar una vida tan pacífica. La suya había quedado destrozada hasta tal punto que existía un abismo entre ella y sus hermanos, pero ellos parecían ser incapaces de entender cuán profundamente la habían cambiado. Querían que Bella les siguiera la corriente, pero eso, simplemente, era imposible. No podía olvidarse de William, y no podía perdonarles por pensar que eso era lo que debía hacer.
De todos modos, mientras ella y su madre cotilleaban en la cocina, y ésta se interrumpió e hizo un silencio incómodo al darse cuenta de que mencionaba a Julia o a Ross por tercera vez, Bella suspiró.
—Mamá, no espero que te cohíbas de mencionarlos. Si quieres, habla de ellos, me gusta oír qué les interesa y estar enterada de lo que ocurre.
—Me gustaría que ustedes tres se arreglaran —suspiró la señora Swan—. Odio que no estés aquí en las fiestas.
—Algún día, cuando encuentre a William. Aunque dudo que alguna vez les perdone haber dicho que debería olvidarme de él.
—Oh, cariño. —Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas—. ¿Aún crees que alguna vez lo encontrarás? No se me ocurre cómo.
—Lo encontraré —replicó Bella con fiereza; le dolía que su madre también se hubiera rendido. ¿Era ella la única que aún tenía esperanzas? —Ahora cuento con pistas que nunca antes tuve. Ya sé que lo sacaron de México, probablemente a Nuevo México. Sé que una mujer le hizo un certificado de nacimiento falso. Sé el nombre de los hombres que me lo robaron. Uno de ellos está muerto, pero el otro...
Calló. Sin Masen, sus oportunidades de encontrar a Vulturi se habían reducido de forma alarmante. Pero quizá era eso lo que estaba haciendo Masen: rastreando. Era lo que mejor hacía.
—¿Tú... tú has podido descubrir todo eso? —La señora Swan parecía anonadada—. ¿Hace poco? Cuando llamaste no dijiste nada.
—Este mes...
Se sentía avergonzada por no haber telefoneado a sus padres en más de un mes por lo menos. No importa cuán ocupada hubiera estado, no tenía excusa.
—...las cosas han sido... —Buscó una palabra que fuera precisa, pero no causara alarma—, ajetreadas.
—Eso me imaginaba. —La señora Swan echó un vistazo a la fina cicatriz roja en la garganta de su hija—. ¿Cómo te hiciste eso?
Cohibida, Bella se tocó la cicatriz. En general, era buena y con el tiempo probablemente se desvanecería del todo. Dudó que su madre apreciara aquel pequeño detalle.
—Un corte —dijo por fin.
—Ya veo. ¿Te estabas afeitando? Bella sonrió, pillada, y se rindió.
—No. Me lo hizo una mujer. Formaba parte de la banda de contrabandistas. Se ocupaba de los bebés secuestrados hasta que podían sacarlos del país.
La señora Swan se dejó caer pesadamente en la silla más cercana. Ante la idea de que su hija había sido atacada, sus mejillas palidecieron, pero a la vez estaba fuera de sí debido a las otras noticias.
—¿Ella... ella vio a William? ¿De verdad que lo vio? ¿Se acordaba de él?
—Se acordaba. Estaba vivo y en perfecto estado.
—Ella...pero ¿cómo te hizo ese corte?
—Porque hice algo estúpido.
Tratar de atacar a Lola había sido una tremenda estupidez, pero la emoción la había cegado, de la misma manera que en el cementerio, la primera vez que su camino se cruzó con el de Masen. Reprochárselo a sí misma no había dado resultados; había vuelto a hacer la misma cosa y esta vez no logró salir totalmente ilesa. Era buena, en muchas tareas pero, obviamente, pelear no era una de ellas.
—¿Por qué estúpido?
—La ataqué. —Bella hizo un gesto de indefensión—. Estaba tan rabiosa con ella que no pude evitarlo. Y tenía un cuchillo.
—¡Hubiera podido matarte!
La hubieran podido matar en numerosas ocasiones durante los últimos diez años. Gracias a Dios, su madre no tenía idea del tipo de sitios en los que ella había estado, de la gente con la que había hablado, de las cosas que había hecho. Bella consideraba que era afortunada de que no le hubieran pegado un tiro, dado una paliza o violado, pero de alguna manera su seguridad personal nunca le había importado. Sus ángeles guardianes debían estar trabajando a destajo, ésa era la única razón que podía alegar para justificar que no le hubiera ocurrido ninguna de aquellas cosas.
Y si Masen no hubiera estado con ella en Ciudad Juárez, Bella no tenía la menor duda de que Lola le habría sajado la garganta de oreja a oreja, sólo porque podía hacerlo. Masen era el ángel guardián más increíble que podía imaginar, pero servía perfectamente.
Había viajado a Indiana para poder dejar de pensar en él durante un tiempo, pero cada tema parecía llevarla directamente de vuelta a él. Era como ser víctima de un feroz enamoramiento adolescente, pensó, aunque había escapado de su adolescencia básicamente ilesa. Quizá si por aquel entonces hubiera pasado por las habituales tormentas emocionales, no tendría ahora tal fijación con Masen. Él era el chico malo definitivo, ella estaba en celo y necesitaba olvidarlo y concentrarse en asuntos más importantes.
—¿En qué estás pensando? — preguntó la madre, suspicaz—. Tu cara tiene una expresión de lo más peculiar. ¿Te ha pasado algo así antes que no me hayas contado?
—¿Qué? Oh, no, no. Nada parecido a eso. Precisamente estaba pensando en lo afortunada que he sido pues nunca me había pasado nada.
—¿Afortunada? Entonces has hecho cosas que...
—Quiero decir que he estado en sitios muy complicados, buscando a alguien que pudiera saber algo sobre los contrabandistas de bebés. Pero nunca voy sola. Nunca —se apresuró a añadir.
—Al menos, ya es algo. —La señora Swan dejó escapar un leve suspiro—. Pero ahora no sé cómo voy a dormir sabiendo que tienes costumbre de hacer cosas como ésa, no lo sé.
—Creo que es por eso que no te conté nada —dijo Bella, sintiéndose culpable.
Nada como una visita a los padres para que uno se sintiera como si volviera a tener doce años.
Un coche entró en el camino de acceso y la señora Swan se puso de pie, asomando la cabeza por la ventana de la cocina para ver de quién se trataba. Emitió un leve sonido de contrariedad.
—Es Julia. ¿Qué pasa? Le dije que estarías aquí.
—No importa —dijo Bella, para tranquilizar a su madre.
Pensó en irse a su habitación para no ver a su hermana mayor, pero le pareció un acto de tanta cobardía que se quedó donde estaba.
Su relación era tensa, no violenta; ahora, no tenía deseos de estar cerca de su hermano o su hermana, pero eso no quería decir que no pudiera ser cortés.
Oyeron al señor Swan abrir la puerta de entrada, y a Julia decir:
—Hola, papá. ¿Dónde están mamá y Bella?
—En la cocina.
La voz del hombre era la de una persona que planeaba abandonar lo más pronto posible lo que probablemente sería un escenario difícil.
A continuación, oyeron los pasos vigorosos de Julia sobre el piso de madera dura del pasillo. Bella se quedó de pie, esperando, recostada en las vitrinas, evitando hacer nada que la hiciera parecer despreocupada y centrada en otra cosa.
Julia tenía tres años más que ella y dos menos que Ross. En lugar de ser la hija mediana típica que desaparecía cuando la atención de la familia se repartía, Julia siempre había exigido atención como algo que se merecía. Se detuvo en la puerta de la cocina, con su aspecto firme, decidido y elegante de siempre. Todo el tiempo había sido la belleza de la familia; tenía los rasgos delicados de la madre. Su cabello era del mismo color que el de Bella, pero mucho más tupido y tenía una leve ondulación, en lugar de los rizos de su hermana. Cada vez que tenía tiempo, Bella se hacía la permanente, para suavizar sus rizos y hacerlos más manejables; Julia nunca había tenido que echar mano a una permanente para nada.
Ambas tenían casi la misma altura, alrededor de un metro setenta, con parecida complexión. Nadie que las mirara dudaría que eran hermanas, a pesar de la estructura más fuerte y severa del rostro de Bella. Sus estilos eran del todo diferentes: Bella se movía con una gracia flotante que sintonizaba perfectamente con su gusto por las buenas telas y la ropa femenina, mientras Julia avanzaba a zancadas por la vida, prefería trajes sastre para trabajar y en casa vestía habitualmente chándales y camiseta.
Julia hubiera estado mucho más preparada para la vida que llevaba Bella. Nunca hubiera perdido el control de sus emociones para lanzarse de cabeza al peligro.
—¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? Nada. Dijiste que Bella estaría aquí, así que decidí pasar.
Julia miraba fijamente a su hermana, como retándola a decir algo con lo que iniciar una disputa.
—Tienes buen aspecto —dijo Bella con perfecta cortesía, y era la verdad.
No iba a decir que estaba contenta de ver a su hermana, porque no lo estaba.
Como siempre, Julia fue directamente al grano.
—¿No crees que esto ha durado ya demasiado? Es una tontería que no podamos venir cuando estás aquí, y sólo haces daño a mamá y a papá cuando no quieres venir por vacaciones.
Bella hubiera querido decir muchas cosas, pero decidió seguir las reglas de Masen y permaneció en silencio, dejando que Julia dijera todo lo que quería. Con eso bastaba para afligir a su madre, sin necesidad de meterse en una discusión airada.
—Ya han pasado tres años —prosiguió Julia—. ¿No crees que es suficiente tiempo para poner morritos?
¿Había estado poniendo morritos?, se preguntó Bella. Era curioso, había considerado que su ira era algo más serio que eso. Le vino a la mente la palabra «cabreo».
Obviamente, la palabra seleccionada por Julia también había herido a su madre, porque exclamó «¡Julia!» con brusquedad y se puso de pie.
—Sabes que es la verdad, mamá —dijo Julia—. Le dijimos la verdad y le dio una rabieta. Bella, cariño, siento mucho que te hayan robado a tu hijo, haría cualquier cosa en el mundo porque eso no hubiera ocurrido, pero han pasado diez años. Se ha ido. Nunca lo vas a encontrar. En algún momento tienes que comenzar a vivir de nuevo. Es mejor hacerla ahora, cuando eres joven todavía. Cásate de nuevo, ten familia. Nadie podrá ocupar nunca el lugar de tu bebé, pero no hablamos de sustituirlo, sino de vivir.
—No, se trata de haceros la vida más cómoda a ti y a Ross porque os sentís culpables cuando estoy cerca — replicó Bella.
—¡Culpables! —Julia retrocedió, con un gesto de asombro en su bello rostro—. ¿De qué tenemos que sentimos culpables?
—De tener a vuestros hijos sanos y salvos. De ser felices. De estar juntos. Es un tipo de culpa, la culpa del sobreviviente.
—Eso no es verdad.
—Entonces, ¿qué te importa cómo vivo mi vida? Si fuera una camello o una prostituta podría entenderte, pero yo busco personas desaparecidas, básicamente niños. Y sigo buscando a mi hijo. ¿De qué manera puede herirte eso? ¿Y si fuera Chloe? —Se trataba de la hija de Julia, de cinco años, un duendecillo pícaro que iluminaba el mundo con su sonrisa—. Si un extraño te la quitara, digamos, en el centro comercial, ¿cuánto tiempo tendría que pasar antes de que dijeras: «Oh, bien, la he buscado el tiempo suficiente, ¿tengo que recuperar mi vida»? ¿Habría alguna noche en la que podrías irte a la cama sin pensar dónde estaba, si tenía hambre y frío, o si algún degenerado la utilizaba de alguna manera indescriptible? E, incluso en ese caso, ¿no rezarías para que estuviera viva para tener al menos una oportunidad de volverla a ver? ¿Qué tiempo te darías para ello, Julia?
Las mejillas de Julia perdieron el color. No era una mujer con demasiada imaginación, pero podía hacerse una idea de cómo se sentiría si a Chloe le pasara algo..
—Así que imagínate cómo me sentí cuando tú y Ross me dijisteis: «Vaya, ya ha pasado bastante tiempo, debes abandonar y dejar de molestarnos con tu cara de tristeza». ¡Personalmente, me importa un comino cómo os sentís al ver mi cara de tristeza, y no sé si alguna vez os perdonaré por decir que William no tiene importancia!
A pesar de su intención de permanecer calmada, hacia el final la voz de Bella se volvió feroz.
—¡Nunca dijimos semejante cosa! —Julia estaba horrorizada—. ¡Claro que importa! Pero se ha ido y no puedes cambiar eso. Sólo queremos que lo aceptes.
—Si lo hubiera aceptado hace tres años, no habría encontrado a los que se lo llevaron —disparó Bella—. Exactamente, el mes pasado. Finalmente, tengo varias pistas sólidas, aunque lo único que pueda averiguar es que fue adoptado utilizando un certificado falso de nacimiento, ¿no te das cuenta de que eso es más de lo que tenía antes? Hasta hace dos semanas ni siquiera sabía que estaba vivo cuando lo sacaron de México. Así que limitémonos a decir que Ross y tú cometisteis un error de cálculo y dejémoslo ahí.
—Dejémoslo ahí, y punto —dijo la señora Swan, con una expresión severa y airada en el rostro—. Basta ya, Julia. Te quiero mucho, pero ésta ya no es tu casa;
¿cómo te atreves a venir, sabiendo que ibas a provocar una disputa? Puedo ver las razones de ambas. Como madre, sé que nunca dejaría de buscaras si alguna de vosotras hubiera desaparecido. Y como madre, odio ver a mi hija consumiéndose por una causa desesperada.
—Pero no es desesperada —dijo Bella.
—Lo sabemos ahora, pero antes no teníamos ni idea. Tenemos que guiarnos por lo que vemos, y lo que veíamos era que tu vida era una ruina. Tú y Jacob os divorciasteis, y te enterraste en ese trabajo con los Rastreadores hasta que, al parecer, no quedó nada de ti, de la persona a la que todos amamos. Bella, no tienes ni idea de cuán preocupados hemos estado...
—Uh. — Dubitativo, el señor Swan metió la cabeza por la puerta—. Me disgusta molestaros, pero suena un timbre en el bolso de Bella.
Extendió el brazo con el bolso de su hija en la mano. Siguiendo los hábitos de toda su vida, lo había dejado encima del piano al entrar. Dentro, el teléfono móvil daba timbrazos y vibraba, como si el ruido hubiera asustado a una serpiente de cascabel.
Cruzó rápidamente la cocina para coger el bolso y sacar el móvil. En la oficina tenían el número de teléfono de sus padres, ya que cuando estaba de vacaciones normalmente apagaba el móvil, y sólo lo encendía al llegar al aeropuerto para que sus padres supieran que estaba en camino. Había olvidado apagarlo de nuevo. Con toda seguridad la llamada estaba relacionada con Rastreadores, pero a no ser que se tratara de una emergencia, le daría al que llamaba el número de la oficina.
Pulsó el botón de hablar y dijo:
—Bella Swan.
—¿En cuanto tiempo puedes reunirte conmigo en Idaho?
La voz era ronca y gruesa, sonaba casi como oxidada, como si su propietario no la utilizara frecuentemente. No era necesario que se identificara.
Bella retuvo el aliento. Estaba ya alterada y tensa, y oír la voz de Masen fue como recibir una leve descarga eléctrica.
—¿Qué ocurre? ¿De qué se trata?
—He hallado un nombre. No me gusta llevarte conmigo, sobre todo después de lo que pasó con Lola, pero creo que tienes el derecho.
—Fue culpa mía —admitió Bella—. Perdí el control. Prometo que no volverá a pasar—. Su corazón se desbocaba y temblaba toda de excitación—. Telefonearé al aeropuerto y veré qué tienen disponible. Después te llamo para decírtelo. ¿A dónde tengo que ir exactamente?
—A Boise. El plan es pasar la noche; mañana volaremos de vuelta.
—Te llamo enseguida. ¿Estarás en el número que aparece en mi pantalla?
—Sí.
Sacó el billete de regreso del bolso y echó un vistazo al número de teléfono impreso en él. Su tarifa no admitía reintegros, pero a veces podía transferirse a un vuelo diferente.
—¿Qué ocurre? —preguntó la señora Swan, que se había acercado hasta quedar de pie junto a Bella mientras ésta marcaba el número de su agencia de viajes.
Siempre se valía de una agencia y nunca reservaba ella misma los vuelos ya que con frecuencia tenía que hacer cambios de última hora y había descubierto que una agencia de viajes podía manejarlo todo con más facilidad por contar allí mismo con toda la información sobre las líneas aéreas.
—Era uno de mis contactos. — Le tomaría demasiado tiempo explicar quién era Masen y qué significaba para ella—. Ha estado siguiendo a los hombres que se llevaron a William y ha localizado a alguien que podría saber algo. Me reuniré con él en Idaho.
—¡Pero acabas de llegar!
—Esto no puede esperar.
—No puedo creer que vuelvas a hacerlo —le dijo Julia. Bella le dedicó una rápida mirada.
—No puedo creer que pienses que debo dejar pasar una oportunidad de averiguar algo... Sí, hola —dijo, dedicando su atención al empleado de la agencia de viajes al otro extremo de la línea.
Le informaron que, como era casi de noche en ese momento, los únicos vuelos disponibles implicaban varias escalas, cambiar de compañía y, de todos modos, no llegaría a Boise antes de la mañana siguiente. O podía esperar a mañana y tomar el primer vuelo; tendría que cambiar de línea aérea, pero llegaría a Idaho sólo una hora más tarde que si salía en ese mismo momento.
No había nada que decidir. Bella optó por la segunda opción, anotó todos los detalles y después le devolvió la llamada a Masen.
—Salir hoy es imposible; lo más pronto sería mañana por la mañana. Si el vuelo sale a tiempo, llegaré a las once a tres.
Le comunicó el nombre de la línea aérea y el número de vuelo.
—¿Llevarás equipaje?
Bella pensó en todo lo que había traído, pues su idea había sido pasar allí varios días.
—Tendré que hacerlo, o que pedir que me lo manden a casa.
Masen no se quejó por tener que esperar el equipaje.
—Me reuniré contigo en recogida de equipajes —se limitó a decir—. Te veré por la mañana.
—Sí —respondió Bella—. Nos vemos entonces.
Colgó, con la cabeza ya muy lejos de las personas que estaban en la habitación. Pasó junto a Julia sin verla en realidad y subió la escalera mientras pensaba cómo volvería a hacer el equipaje para que lo esencial estuviera en el pequeño maletín que llevaría consigo, en caso de que se perdieran las maletas que despacharía.
—¡Bella! —la llamó Julia, pero ella siguió subiendo la escalera.
