Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 18

Tomar el primer vuelo de la mañana significaba levantarse a las tres de la madrugada. Así tendría tiempo de conducir hasta el aeropuerto en Kentucky, devolver el coche alquilado y llegar a la hora para pasar los controles de seguridad. Compró varios bocadillos en las máquinas del aeropuerto de Louisville porque lo más seguro es que la línea aérea no sirviera alimento alguno y ya tenía hambre. Voló de Louisville a Chicago, de Chicago a Salt Lake City, allí cambió de línea aérea y voló a Boise.

Masen la estaba esperando, y al verlo su corazón comenzó a latir con fuerza. Llevaba básicamente su ropa habitual, vaqueros y botas con suela de goma, aunque como deferencia al cambio de temporada, vestía una camisa de mezclilla de manga larga sobre su camiseta oscura, con las mangas enrolladas por encima de los codos. Se mantenía separado de la pequeña multitud, con su expresión tan remota como siempre. Varias personas le lanzaron rápidas miradas de preocupación, aunque no estaba haciendo otra cosa que estar allí de pie.

—¿Qué has descubierto? —preguntó Bella ansiosa cuando llegó junto a él.

Se había pasado todo el viaje inquieta, preguntándose a quién irían a ver y qué sabría esa persona sobre el secuestro.

—Te lo cuento por el camino. He reservado dos habitaciones en un hotel. Dejamos tu equipaje y podrás cambiarte de ropa antes de que salgamos.

—¿Por qué tengo que cambiarme de ropa? —dijo Bella, mirándose.

Se había vestido lo más cómoda posible, con pantalones deportivos y una blusa; llevaba un jersey ligero sobre los hombros para protegerse del aire fresco. Para una persona acostumbrada al clima de El Paso, tanto los aviones como Idaho resultaban demasiado fríos.

—Necesitas algo más resistente, vaqueros y botas por ejemplo, ya que no sabemos qué nos vamos a encontrar. He hecho alguna exploración por adelantado y el terreno parece difícil.

Recogieron el equipaje de Bella; él tomó la maleta más pesada, se la pasó a la mano izquierda, y con la derecha la guió hacia el aparcamiento.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Llegué anoche.

Ella no lo había visto desde hacía tres semanas, y hasta ese mismo momento no comprendió cuán hambrienta estaba de él. Su sola presencia física hacía nacer una ola de añoranza en su ser. Era como el dolor del alumbramiento: cuando estaba lejos, ella recordaba su aura, casi eléctrica, de peligro, pero no la percibía. Cuando estaba cerca, su corazón se aceleraba y todos sus sentidos se aguzaban; era casi como si se encontrara en una situación de pelea o huida, quizás fuera eso exactamente lo que le ocurría.

Reconoció el sentimiento confuso de euforia, las mariposas en el estómago; desde Jacob no se había sentido así. Había amado a Jacob, y casi podía asegurar que no amaba a Masen, pero también había deseado sexualmente a Jacob. Hasta Masen, ningún hombre de los que había conocido desde entonces le había provocado semejante reacción, no importa cuánto le hubiera gustado. Lo deseaba. Necesitaba que un psiquiatra se ocupara de ella, pero lo deseaba.

Bella esperaba encontrar un coche alquilado, quizá un todoterreno, pero el vehículo al cual la llevó Masen era una enorme furgoneta negra, con tracción en las cuatro ruedas y un chasis tan alto que se preguntó cómo podría subir a la cabina, a pesar de que llevaba pantalones deportivos.

Masen dejó las maletas en el maletero del vehículo y después quitó el seguro de las puertas.

—¿Dónde has conseguido esto? —preguntó Bella, mirando las luces montadas encima de la cabina—. Sé que no lo has alquilado.

Él la tomó por la cintura y la levantó hasta dejarla en el asiento.

—Es de un conocido.

—Un conocido, ¿eh? —preguntó Bella cuando él se sentó tras el volante—. ¿Y no un amigo?

—Yo no tengo amigos.

La brutal declaración la sacudió, fue como un golpe en el pecho, e hizo que todo le doliera por dentro. ¿Cómo podía llevar una vida tan solitaria?

—Me tienes a mí —dijo, sin pensarlo.

Él se quedó paralizado, con la llave a punto de meter en el contacto, y volvió lentamente la cabeza para mirada. Bella no podía Leer la expresión de sus ojos oscuros; sólo sabía que ardían.

—¿De veras? —preguntó Masen suavemente.

Por un segundo se sintió desconcertada, como si él le hubiera preguntado una cosa queriendo decir otra. ¿Le estaba preguntando si le pertenecía a un nivel totalmente diferente o estaba expresando sus dudas? No tenía la menor idea; era tan hermético que la dejó perdiendo pie, por lo que instintivamente se movió hacia aguas menos profundas.

—Si quieres una amiga, aquí la tienes. ¿Cómo puedes vivir sin amistades?

Él se encogió de hombros y dio la vuelta a la llave, arrancando el enorme motor.

—Sin problemas.

Sí, eso era lo que él había querido decir, que dudaba tener algún amigo de verdad. Ella sintió desencanto y alivio a la vez. Sin embargo, por mucho que pudiera deseado, no estaba segura de tener el aplomo suficiente para hacer algo al respecto. Sería como meterse en la jaula con un tigre, sin importar lo que dijera su domador sobre cuán pacífico era. Siempre quedarían la duda y el miedo.

Buscó refugio en el tema original.

—¿Ese conocido confía en ti lo suficiente como para poner este monstruo a tu disposición?

—Confía en mí.

Se dio cuenta de que él no había dicho que el hombre lo conociera.

Sin embargo, el tema era un callejón sin salida y ella estaba ansiosa por saber lo que Masen había averiguado y por qué estaban en Idaho.

—Bien, ahí vamos. ¿Qué has averiguado?

—Todavía nada —dijo él, y Bella estuvo a punto de encogerse de desencanto.

—Pero yo pensé...

—Quizá sepamos algo más después de que hablemos con este hombre. Lo que oí es que se trata del hermano del hombre que pilotaba el avión que se estrelló.

—¿Conseguiste el nombre del piloto?

—Quizá. — Al ver la expresión de frustración de ella, Masen añadió—: Es una cadena. Tiraremos de ella y veremos si nos lleva a alguna parte. La mayoría de las veces no es así, pero un resultado negativo es casi tan bueno como uno positivo.

—Significa que uno sabe dónde no debe buscar.

—También te dice algo sobre la persona que puso esa cadena en tus manos.

—Pero quizá tienes el nombre del piloto.

—He oído que un hombre llamado Biers sacaba de México en avión cualquier tipo de carga, pero se estrelló y murió hace seis o siete años. Lo único que sabían de él es que tenía un hermano llamado Riley Biers, que vivía en la Reserva Natural Sawtooth, cerca de Lowman.

De repente, Bella lo miró intranquila; un momento después entendió por qué.

—¿Así que nadie sabía nada sobre el piloto, pero de repente alguien recuerda el nombre de su hermano y el lugar exacto donde vivía? Para una persona que no sabía nada más sobre el piloto, ese conocimiento es muy particular.

Masen la miró con aprobación.

—Podrías ser un excelente sabueso. Tienes buenos instintos.

Ella apretó los puños.

—Se trata de otra persecución a ciegas, ¿no es verdad? ¿Por que nos tomamos la molestia? Él hizo una pausa.

—¿Otra?

—Es lo que llevo haciendo durante diez años, corriendo en círculos sin llegar a ninguna parte.

Bella miró por la ventana, sacando la mandíbula.

—Como si alguien te hubiera estado proporcionando información falsa.

Ella volvió lentamente la cabeza para mirado.

—¿Crees que se trata de eso? ¿Qué he sido deliberadamente apartada del camino correcto?

—No puede ser de otra manera, porque eres muy inteligente y muy buena en lo que haces. Cuando se trata del hijo de otros, siempre tienes muy buena suerte para encontrarlo, ¿no es verdad?

Bella asintió sin decir palabra. Tenía una suerte casi misteriosa para alcanzar el éxito, como si fuera capaz de meterse en la mente de un niño perdido o fugitivo, e imaginar a dónde había ido. Así pues, el hecho de que pudiera encontrar a otros niños pero al suyo no hacía que se sintiera doblemente frustrada.

—Ésa es otra cadena de la que puedo tirar —dijo Masen— Quizás haya estado haciendo las preguntas incorrectas. Quizá deba preguntar quién ha estado diciéndole a la gente que te dé respuestas incorrectas.

Había estado realmente moviéndose en círculos todos estos años y alguien se había cerciorado de que siguiera haciéndolo, agitando una zanahoria delante de su cara. La única pista real que había tenido alguna vez fue la que la llevó a Guadalupe aquella noche, cuando Masen estaba allí, y no tenía idea de quién había sido su informante. Masen tampoco lo había descubierto, de lo contrario se lo hubiera dicho. Pero quizá...

—¿Pudiste descubrir quién me dio el soplo de que estarías en Guadalupe?

—No.

Otro misterio, pero por suerte éste era a su favor. Bella lo estaba pasando mal con aquel nuevo punto de vista sobre todas las frustraciones y callejones sin salida, sobre las constantes esperanzas que se incrementaban sólo para chocar después contra las rocas. Podía entender que nadie le hubiera dicho nada, que simplemente hubiera tropezado con un muro de silencio, pero hacerla seguir deliberadamente un rumor absurdo tras otro olía a profunda maldad.

Estaba tan inmersa en sus pensamientos que no se dio cuenta de que se habían detenido delante de un pequeño hotel hasta que Masen abrió la portezuela y bajó de un salto. Cuando ella, con el bolso colgado del hombro, abrió su portezuela, él ya estaba allí, con los brazos extendidos para tomarla por la cintura y levantarla del asiento.

La depositó en el suelo, delante suyo, rodeada por el vehículo, la puerta abierta y su propio cuerpo. Entre ellos había algo más de un palmo de separación, pero de repente ella se sintió abrasada por el calor corporal del cuerpo de él, que llevaba consigo el olor tibio y limpio de su piel. No se había afeitado; su quijada estaba cubierta por una barba de al menos dos o tres días. Bella sintió deseos de levantar la mano y acariciársela, de palpar la barba con la palma de la mano.

—No dejes que eso te aplaste —dijo él, mientras ella intentaba hacer que su mente volviera a la realidad—. Para confundirte, ha hecho falta dinero e influencias. Saber eso me da otro hilo que seguir. Demonios, ahora tengo casi una madeja entera.

Bella sonrió a duras penas y él se volvió para tomar la maleta de la cama de la furgoneta. Se adelantó para guiarla, dejando atrás el pequeño mostrador de la recepción donde el encargado les echó una mirada superficial y después volvió a sus quehaceres. Todo estaba limpio y bien cuidado, incluyendo el pequeño ascensor, que llegó con un suave resoplido.

Masen apretó el botón del tercer piso.

—Tu habitación es la 323 y la mía es la 325 —dijo cuando la puerta se cerró y el ascensor comenzó a subir—. Registró su bolsillo y sacó una tarjeta electrónica para abrir la puerta, que le tendió a Bella—. Aquí tienes. A la salida del ascensor, a la izquierda.

Él se encargó de la maleta y el maletín mientras ella caminaba delante, hasta llegar a la puerta de la habitación 323 y abrirla. Pesadas cortinas cubrían las ventanas y la habitación estaba a oscuras, por lo que Bella pulsó el interruptor de la luz. Era una habitación estándar, limpia y nada imaginativa, con una cama imperial, un televisor de veinticinco pulgadas en un armario, un butacón y una otomana, y otra silla delante de un escritorio. La puerta que conectaba con la habitación vecina estaba abierta, mostrando una imagen especular de su habitación.

Quizá él fuera sonámbulo.

—¿Dónde quieres que la deje? —preguntó Masen, señalando su pesada maleta.

—Sobre la cama. Saco mi ropa y estoy contigo en un minuto.

—Esperaré fuera.

Masen salió por la puerta de la habitación de Bella, y ella se apresuró a abrir la maleta y sacar unos vaqueros, unos calcetines y unos mocasines. Tres minutos después, agarró su bolso, metió en él la tarjeta de la habitación, y salió por la puerta.

Volvieron sobre sus pasos hasta el aparcamiento. Masen la alzó y la metió en la furgoneta, y mientras se abrochaba el cinturón, Bella dijo, irritada:

—¿Por qué has escogido un vehículo tan alto que casi necesito una escalera para subir?

—Adónde vamos, necesitaremos un chasis muy alto.

—¿Qué vamos a hacer, salto de altura? —preguntó ella, asombrada.

—Una parte del camino.

Entonces, el viaje iba a ser de los difíciles. Antes de salir de Boise, Masen le preguntó si tenía hambre. Pensando que debía acopiar fuerzas, ella asintió y entraron en un establecimiento de comida rápida. Menos de cinco minutos después estaban de regreso en la autopista, con sendas hamburguesas en las manos.

—Viajaremos lo más rápido posible, pero tendremos que caminar el último tramo —dijo Masen—. Este tío se dedica a la supervivencia y se ha ocupado de que no sea fácil dar con él.

—¿Nos disparará? —preguntó Bella, con cierta alarma.

—Es posible, pero por lo que he podido averiguar, habitualmente no es violento, sólo está un poco loco.

Lo que era mejor que estar muy loco, aunque cualquier persona con ánimo de supervivencia podría ponerse un poco nervioso si se le acercaban dos extraños, sobre todo si se había esforzado mucho para que la gente no pudiera dar fácilmente con su casa.

Tres horas más tarde Bella se dio cuenta de que el término «casa» había sido aplicado con generosidad. Tras abandonar la carretera, Masen había llevado el vehículo por un terreno tan difícil y montañoso que ella se limitó a cerrar los ojos y agarrarse del cinturón, segura de que volcarían en cualquier momento. Cuando el sendero llegó a su fin — y «sendero» era otra definición generosamente una montaña que parecía elevarse en vertical, Masen apagó el motor.

—Aquí es donde comenzamos a caminar —dijo.

Bella escondió el bolso bajo el asiento, después bajó de la furgoneta de un salto, sin esperar a que él la ayudara, y giró en redondo para examinar las montañas que la rodeaban. Por lo que había visto hasta ese momento, Idaho era uno de los sitios más bellos del mundo. El cielo mostraba el profundo y vívido azul del otoño, los árboles eran una gloriosa combinación de verdes perennes y color, y el aire era frío y limpio.

Masen tomó una mochila de detrás del asiento y metió los brazos por las correas.

—Por aquí —dijo, adentrándose por el bosque silencioso.

—¿Cómo sabes el camino exacto?

—Ya te dije que ayer anduve haciendo un poco de exploración.

—Pero si llegaste tan lejos, hubieras podido hablar con él.

—Era de noche. No quería asustarlo.

¿Había llegado hasta ese lugar la noche anterior? El monte era tan intrincado y... cerrado que ella no podía imaginarse cómo pudo encontrar el camino, y mucho menos cómo no se había extraviado. Sabía que él se sentía como en su casa en las regiones desiertas del suroeste, pero de alguna manera había creído que allí, en las montañas, sería como un pez fuera del agua. Pero no: parecía conocer, sin la menor duda, la dirección que quería tomar y se movía como un fantasma, sin hacer ruido, entre los enormes árboles.

—¿Has hecho antes caminatas por las montañas? – preguntó Bella, contenta por mantenerse en forma: aquel terreno no era idóneo para los amantes de los divanes.

—Por la Sierra Madre. También he estado en las Rocallosas.

—¿Qué hay en la mochila?

—Agua, comida, saco de dormir. Lo básico.

—¿ Vamos a pasar la noche a la intemperie? —preguntó ella con asombro.

—No, debemos regresar a la furgoneta antes de que oscurezca. Pero en una zona como ésta, no corro riesgos.

Ella caminaba detrás de él y se había dado cuenta del bulto bajo su amplia camisa. Para él, era natural portar armas, pero Bella no lo había visto sacar la pistola de la guantera, y tampoco había entrado en su habitación del hotel. Seguramente él no...

—¿Llevabas la pistola en el aeropuerto? Masen la miró por encima del hombro.

—No tuve que pasar por ningún detector de metales.

—Dios mío, pero ¿no es eso un delito federal? Masen se encogió de hombros.

—Tendrían un disgusto si me pescan.

—¿Cómo la trajiste?

—No lo hice. La conseguí aquí.

—Creo que no debería preguntar si está registrada.

—Lo está. Pero no a mi nombre.

—¿Es robada?

Masen suspiró profundamente.

—No, no es robada. Pertenece al dueño de la furgoneta. E incluso, si me pescan en el aeropuerto con el arma, no me arrestarían. Les encantaría hacerlo, pero no lo harían.

—¿Y por qué no?

—Conozco a alguna gente de Seguridad Interior. He realizado algunos, eh... trabajos para ellos. Por cuenta propia.

Estaba sorprendida de que él le respondiera, siendo habitualmente reticente. Aceleró el paso hasta que estuvo casi a su altura.

—¿Buscas a terroristas? —preguntó asombrada, levantando la voz en la última palabra.

—A veces — respondió él con esa vaga entonación en la voz que decía que no iba a proporcionar detalle alguno sobre este tema en particular.

—¿Eres un agente federal?

Masen se detuvo y la miró con la cabeza inclinada, muestra de cierta exasperación.

—No, acabo de decir que he hecho algunos trabajos por mi cuenta. Eso es todo. He trabajado para individuos, corporaciones, gobiernos. Creo que soy algo así como un cazador de recompensas, aunque por lo general nunca persigo a los que no pagan la fianza. ¿Han terminado las preguntas?

Ella hizo un ruido desdeñoso con la garganta.

—Ni en tus mejores sueños.

Una lenta sonrisa comenzó a transformar el rostro de él.

—Entonces, ¿puedes esperar a que estemos de vuelta? Quiero oír lo que nos rodea.

—Bien, pero sólo porque tienes una buena razón.

Bella volvió a caminar detrás de él y continuaron la marcha en silencio, sólo sus pasos amortiguados rompían la paz de las montañas. Así era mejor; a los pocos minutos el sendero comenzó a ascender abruptamente y ella tuvo que utilizar todo su aliento para el ascenso.

Media hora después sintieron el sonido de agua. El sendero, apenas visible, los llevó directamente al río. El agua había abierto una pequeña garganta en la montaña. En ese punto, las paredes de roca pura tenían unos tres metros de altura, y el río era estrecho, no más de siete metros, lo que hacía fluir el agua a más velocidad. La rápida corriente espumaba y hervía sobre las rocas del fondo, cubriendo la superficie de blanco y salpicándola a veces con gotas como diamantes.

Masen los condujo a lo largo de la orilla, mientras el sonido del agua se hacía cada vez más estruendoso a medida que la corriente se iba estrechando hasta llegar a una anchura de sólo cuatro metros. Se detuvo.

—Hemos llegado —dijo, levantando la voz.

Sólo en ese momento vio Bella la pequeña choza al otro lado del río. La palabra «choza» era un cumplido. Era algo construido con aglomerado y cubierto con papel negro embreado. El bosque se esforzaba por recuperar su territorio, porque las paredes laterales de la choza estaban cubiertas de musgo y del techo colgaban enredaderas. El papel embreado y la vegetación hacían un magnífico camuflaje. Los únicos detalles que traicionaban la ubicación de la choza eran una pequeña ventana y una basta chimenea de pizarra.

—¡Hola! —gritó Masen.

Transcurrió un minuto antes de que la puerta se abriera y asomara una cabeza despeinada. El hombre los miró con suspicacia durante un instante, y después clavó la vista en Bella. La presencia de la mujer pareció tranquilizarlo, porque salió de detrás de la puerta con una escopeta en los brazos. Parecía un oso, con casi dos metros de altura y unos ciento treinta kilos de peso. Su largo cabello gris estaba atado en una cola de caballo que le llegaba a la mitad de la espalda, pero su barba apenas medía unos centímetros, lo que mostraba que se sometía a cierto aseo personal. Pero la única prueba de ello era la barba. Vestía ropa de camuflaje para fundirse con la vegetación, y una camisa de franela verde.

—¿Sí? ¿Quiénes sois?

—Me llamo Masen. ¿Es usted Riley Biers?

—Exacto. ¿Y qué quieren?

—Si no le importa, quisiéramos hacerle algunas preguntas sobre su hermano.

—¿Cuál de ellos?

Masen hizo una pausa, ya que no conocía el nombre.

—El piloto.

Riley pasó la bola de tabaco de mascar de un carrillo al otro y sopesó el asunto.

—Creo que se trata de Virgil. Está muerto.

—Sí, lo sabemos. ¿Sabía usted algo de su...?

—¿Contrabando? Algo. —Riley suspiró pesadamente—. Creo que lo mejor es que vengan. ¿Está armado?

—Una pistola —replicó Masen.

—Mantenla en la cartuchera, hijo, y todo estará en orden.

Riley recostó la escopeta contra la choza con cuidado y después levantó un tablón largo y sin desbastar que parecía cortado a mano, de unos cinco metros de largo, treinta centímetros de ancho y ocho o diez de grosor. Tenía que pesar mucho, pero lo manipuló como si se tratara de una plancha de pared de cincuenta centímetros por un metro. Colocó un extremo del tablón en un nicho excavado en la orilla del río, después se arrodilló y bajó el otro extremo hasta que ajustó en el nicho correspondiente, en la orilla donde ellos se encontraban.

—Ahí lo tienen —dijo—. Crucen.

Bella miró el tablón y el agua que espumeaba debajo, y aspiró profundamente.

—Estoy lista si tú lo estás —le dijo a Masen. Él le tomó la mano y la llevó a su cinturón.

—Sujétate a mí para mantener el equilibrio. Bella retiró la mano.

—De eso nada. Si me caigo no quiero arrastrarte conmigo.

—De todas maneras, me tiraría a sacarte. —Volvió a tomarle la mano y llevarla a su cinturón—. Sujétate.

—¿Vienen o no? —gritó Riley, con irritación.

—Sí.

Masen pisó el tablón con serenidad y Bella lo siguió. Treinta centímetros eran una anchura considerable; de pequeña, había caminado por bordes más estrechos. Pero ahora que era adulta, sabía cuán imprudentes eran los niños, y ni siquiera entonces ella había atravesado así un río rugiente. Recordó que lo mejor era hacerlo sin más, que un paso seguro era mejor que uno inseguro. No se pegaba a Masen, sólo se mantenía agarrada a su cinturón y eso la ayudaba a mantener el equilibrio. Dejaron atrás el tablón en unos pocos segundos y pisaron tierra firme.

Ninguno de los dos hombres le ofreció la mano al otro, por lo que Bella se adelantó y tendió la suya.

—Me llamo Bella Swan. Gracias por hablar con nosotros.

Riley contempló su mano como si no estuviera muy seguro de qué tenía que hacer, y después envolvió con cautela los dedos de la mujer en su enorme zarpa y le dio una leve sacudida.

—Mucho gusto. No recibo muchas visitas.

Y no era una broma. Viviendo allí, hacía todo lo posible para ello.

No los invitó a entrar y ella se alegraba de ello. No se trataba solamente de que la choza fuera pequeña, sino además estaba segura de que ese hombre no había ganado recientemente ningún premio de limpieza hogareña. Sin embargo, había un par de grandes rocas cerca y él, con una señal, les indicó que debían sentarse allí. Él mismo se acomodó sobre un tocón.

—Y bien, ¿qué puedo hacer por ustedes?

—Dijo que sabía algo acerca de lo del contrabando de su hermano —comenzó Masen.

—Lo dije. Marihuana. Ganaba mucho dinero, pero nunca tuvo mucha cabeza para eso y creo que se lo gastó todo. Dios es testigo de que cuando murió no quedaba nada.

—¿Murió en un accidente de aviación?

—¿Virgil? No. Murió de cáncer de hígado, en noviembre de 1990.

Antes de que secuestraran a William, pensó Bella con profundo desencanto, aunque después de la conversación en la furgoneta, ella no tenía esperanzas de obtener ninguna información útil.

—¿Alguna vez llevó otra cosa que no fuera marihuana?

—Creo que era eso lo que llevaba casi siempre, aunque me parece que hizo algunos viajes con cocaína.

—¿Y personas? ¿Bebés?

—No, que yo haya oído.

—¿Trabajaba para un solo patrón?

—Nunca fue tan constante. Anduvo dando muchas vueltas, hasta que enfermó. El cáncer se lo llevó enseguida. Cuando supo que lo tenía, le quedaban un par de meses.

—¿Y dónde murió?

—Pues aquí mismo. Lo enterré allá atrás, en el bosque. Nadie quería pagar la factura del funeral, por lo que yo mismo me encargué de todo.

No había nada más que decir. Le dieron las gracias y Masen le pasó delicadamente algún dinero para compensar su tiempo. Se dirigieron al tablón.

Bella se sentía lo bastante confiada para no agarrarse del cinturón de Masen al cruzar de nuevo, aunque él insistió. Mientras no mirara hacia abajo, a la corriente, lo que le causaba un cierto vértigo, todo estaría bien.

Estaban casi a la mitad cuando Masen emitió un brusco sonido de advertencia. El tablón se movió rápidamente bajo sus pies. Bella soltó a Masen, moviendo los dos brazos en busca de equilibrio. Todo fue tan rápido que no tuvo tiempo de gritar mientras ambos caían a la rápida y gélida corriente.