Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 19
El agua estaba tan fría que el cuerpo se le entumeció. Además, era más profunda de lo que había esperado. La corriente la empujaba hacia abajo mientras la arrastraba, agitándola como a una muñeca de trapo agarrada con descuido por un niño. Instintivamente, Bella comenzó a mover las piernas, tratando de dejarse llevar por la corriente, sin luchar contra ella, y como recompensa, fue empujada enseguida hacia la superficie.
Su cabeza salió fuera y aspiró ansiosamente el aire. El cabello le cubría la cara, impidiéndole ver. Creyó oír un grito distante y en ese momento la corriente volvió a hundirla. Al rotar sobre sí, algo le dio un golpe rasante en el hombro izquierdo, pero no le dolió mucho; lo que hizo fue obligarla a girar a la derecha, hacia el centro del río, y una vez más luchó para salir a la superficie. De alguna manera se dio la vuelta y de nuevo se dejó llevar por la corriente, nadando con todas sus fuerzas, y emergió como un corcho.
—¡Bella!
La voz que pronunciaba su nombre estaba ronca por el esfuerzo, pero ella la reconoció. Volvió la cabeza y vio a Masen detrás, a su derecha, nadando hacia ella con brazadas potentes, desesperadas.
—¡Estoy bien! —gritó ella y entonces sintió que la corriente la hundía de nuevo.
Movió los pies con más fuerza, concentrándose en mantener la cabeza por encima del agua.
Masen nadaba más fuerte, pero también era más pesado y no podía ganarle terreno. Si ella dejaba de nadar con energía para que él la alcanzara, la corriente volvería a sumergirla. A ambos lados del río las orillas eran altas y abruptas, y el agua pasaba junto a ellas como por un tobogán, e incluso si hubieran podido llegar a uno de los lados no había manera de salir.
Más adelante, el río hacía una curva hacia la izquierda.
En la orilla derecha había un árbol caído, con las ramas que llegaban casi hasta el agua.
—¡El árbol! —Oyó el grito de Masen a sus espaldas y entendió.
Giró a la derecha, esforzándose por llegar a una distancia de las ramas que le permitiera agarrarse. Su cabeza se hundió en el mismo momento en que tragaba aire y la boca se le llenó de agua, haciéndola ahogarse. Volvió a luchar por salir a la superficie, pero el esfuerzo y el frío se iban cobrando su precio. Le dolían los músculos de las piernas y los brazos, y sentía arder los pulmones. Quizá si lograra agarrarse a una de las ramas podría descansar allí un momento, o hasta trepar y salir a la orilla de esa manera.
Pero el éxito no le llegó como fruto de su esfuerzo; la corriente la empujaba con insistencia hacia la derecha, donde la orilla presentaba una concavidad debida a la fuerza de las aguas. Levantó las manos con desesperación y se agarró a una rama; el agua la sacudió, la rama muerta se partió en su mano y volvió a hundirse.
Se estaba agotando con rapidez, sus patadas cada vez llevaban menos potencia y el movimiento de sus brazos era más espasmódico que regular. De nuevo, volvió a salir a la superficie y se llenó los pulmones del aire tan necesario. Y antes de que el torbellino de las aguas volviera a sumergirla en lo que probablemente sería la última vez, un brazo sólido se cerró en torno a ella y la levantó. El árbol no la había detenido, pero la había retrasado lo suficiente para que Masen la alcanzara.
—¡A la derecha! —gritó él—. ¡Ahí es donde está la furgoneta.!
Al menos era un consuelo saber que él creía que lograrían salir, de otra manera sólo le hubiera interesado salir, y no por qué orilla hacerlo.
Bella no tenía ni idea de lo lejos que los había arrastrado el agua, pero la corriente era tan rápida que podían estar ya a casi un kilómetro de la choza de Riley. Entonces el río se ensanchó de repente y la corriente se hizo más lenta.
De todos modos, seguía siendo una corriente rápida, tan rápida que ella no podía nadar en su contra, pero al menos el agua había dejado de golpearla. Las orillas del río eran menos abruptas, pero estaban llenas de grandes rocas. Le costaba ahora menos esfuerzo mantenerse en la superficie yeso daba cierto descanso a sus músculos agotados, pero el frío le entraba hasta los huesos y ella sabía que no contaban con mucho tiempo antes de que se quedaran demasiado entumidos para nadar.
—Agarra el extremó de mi cinturón y enróllatelo en la muñeca —dijo Masen con voz ronca, y una cinta de cuero golpeó el agua delante de ella.
Ella la agarró.
—Te arrastraré hacia el fondo —dijo protestando.
—No, no lo harás. No podemos separamos. ¡Enróllatelo!
Lo que quería decir era que si se separaban, ella moriría. Por otra parte, si ella lo arrastraba al fondo, ambos morirían.
—¡No tenemos mucho tiempo! —gritó Masen— ¡Tenemos que salir antes de llegar a una cascada!
¿Había cascadas en aquel río? Su sangre se enfrió más todavía. La fuerza del agua los empujaría al fondo y se ahogarían, suponiendo que el golpe contra las rocas no los matara antes. Ella no sabía qué tenía Masen en mente, pero se apuntaba a cualquier cosa. Agarró el cinturón y giró la mano varias veces, envolviéndosela en la tira de piel.
—¡Hay una curva a la derecha! —Masen tosió y escupió agua—. Más adelante. La corriente es más lenta en el interior de una curva, es nuestra oportunidad. Basta con que te aguantes y yo haré que salgamos.
—Puedo mover las piernas —dijo ella, sorprendida por el sonido gutural de su voz.
—Entonces, patea con todas tus fuerzas. Ella pateó con todas sus fuerzas.
Los músculos de sus muslos estaban más allá del cansancio y del dolor. Sus piernas estaban exhaustas, pero pateó. Los brazos de Masen se movían como los de un autómata, llevándolos a ambos en diagonal a través de la corriente. El avance hacia delante era rápido, pero en sentido diagonal podía medirse en centímetros, y la curva se acercaba demasiado rápido. Iban a pasar de largo antes de poder meterse en la corriente más lenta. Bella gruñó como un animal cuando un disparo de adrenalina la hizo avanzar, igualándose casi a Masen. Sin tener que tirar de ella, él ganó más terreno mientras la corriente los iba metiendo en la curva.
Un enorme árbol sobresalía del terreno en la orilla. Al pasar, Masen estiró su mano derecha y agarró una de las gruesas raíces.
Se detuvo, pero ni el agua ni ella lo hicieron. Cuando el cinturón llegó al final de su longitud, todo su cuerpo se sacudió hacia atrás como el extremo de un látigo, pero ella no soltó la cinta de cuero. El rostro de Masen estaba retorcido por el esfuerzo y sus dientes chirriaban mientras se agarraba a la raíz con la mano derecha y con la izquierda intentaba tirar de ella contra la corriente. Bella pateó, haciendo oscilar su cuerpo, y de repente la presión del agua se hizo más leve y pareció empujarla contra la orilla al otro lado del árbol. Estaban separados, con el árbol entre ellos, unidos por el cinturón.
Bella también se agarró a una de las raíces y logró apoyar el pie sobre una roca del fondo, al otro lado del árbol. La corriente seguía empujándola, pero ella bloqueó sus rodillas temblorosas y pudo mantenerse en el sitio.
—Voy a soltar el cinturón —alcanzó a decir—. Estoy bien agarrada. ¿Qué tal tú?
—Estoy bien —dijo él.
Ella liberó su mano y el cinturón, ahora libre, flotó. Durante una fracción de segundo sintió pánico porque el agua parecía que iba a arrastrarla, como si hubiera estado esperando a que ella soltara su cuerda de salvamento. Pero se agarró con más fuerza al árbol y mantuvo su posición.
Sus pulmones bombeaban como fuelles, absorbiendo oxígeno para sus músculos hambrientos. Ahora no podía percibir otra cosa que no fuera el agua y el latido de su propio corazón que retumbaba en sus oídos.
Masen metió desde atrás sus manos bajo los brazos de ella y la levantó hasta un nicho de rocas, fuera del agua.
El esfuerzo pareció consumir las fuerzas que le quedaban, porque cayó sobre de bruces sobre la roca, resoplando y gruñendo. Bella yacía boca abajo, donde él la había dejado, demasiado extenuada para moverse. Su cuerpo parecía pesar una tonelada, sentía como si hasta doblar un dedo le costara un esfuerzo ciclópeo.
La luz del sol bañaba la roca y sentía su calor bajo el cuerpo gélido. De la ropa y el cabello de ambos salía el agua a chorros. Bella cerró los ojos y prestó atención a la laboriosa respiración de ambos, al golpeteo de la sangre en sus venas. Estaban vivos.
Quizá se quedó dormida, o se desmayó, o ambas cosas. Al rato, logró volverse de espaldas y dejar que la luz del sol bañara su rostro. Respirando todavía con dificultad, aturdida por la sensación de alivio, Bella levantó su rostro hacia el calor.
Habían estado muy cerca. Todavía no podía creer que hubieran logrado llegar a la orilla; sabía perfectamente que no hubiera sido capaz de lograrlo sola. El agua corría y se arremolinaba a sólo treinta centímetros debajo de donde yacía Masen, lamiendo la roca y el árbol rebelde, sabiendo que un día se apoderaría de ellos. Después de todo, el tiempo estaba a favor del agua. Sólo
la fuerza de Masen le había permitido liberarse de su abrazo.
—¿Qué pasó? —dijo, jadeando aún levemente—. ¿Por qué nos hemos caído?
—El terreno cedió bajo el otro extremo del tablón y lo inclinó — respondió él.
—¿Cómo sabías que hay cascadas en este río? —fue la siguiente pregunta de Bella.
Masen se mantuvo un minuto en silencio.
—Siempre hay una cascada —dijo—. ¿No ves las películas?
Abrumada por la sensación de alivio y una alegría casi efervescente por estar viva, Bella comenzó a reír.
Masen se había vuelto de espaldas a su lado, su pecho subía y bajaba al respirar, pero ahora volvió la cabeza hacia ella y la línea dura de su boca se desplazó en una leve sonrisa. La contempló durante un momento, sus ojos oscuros entrecerrados bajo el brillo del sol vespertino.
—Daría mi huevo izquierdo por estar dentro de ti ahora mismo—dijo.
La risa de Bella desapareció como si nunca hubiera existido, succionada por el impacto de sus palabras. Había tenido fantasías, ensueños y obsesiones, pero nunca había creído que tendría que enfrentarse a la realidad y ahí la tenía, mirándola a la cara. ¿Masen? ¿Y ella? El duro hecho de lo que él había dicho era tan palpable que la realidad se estremeció por un momento, dejándola a la deriva sobre aquella roca, con un zumbido en la cabeza y la adrenalina quemándole aún las venas. A continuación, todo volvió de repente a su sitio, y con ello llegó una descarga de deseo carnal que la aturdió por su violencia. Masen... y ella. Su vientre se estremeció ante la idea de que él estuviera encima de ella, entre sus piernas. Lo deseaba. Lo había deseado desde el momento en que lo vio, y lo deseaba en ese instante.
Él nunca la había besado realmente. Aquel leve beso de consuelo no contaba.
Ella había anhelado todo aquello, y ahora las razones para echarse atrás se apelotonaban en su mente como un enjambre de langostas. Si todo lo que él quería era un polvo rápido, ella no era la mujer que buscaba, y no podía imaginar que pretendiera algo diferente. Después de todo, se trataba de Masen; no era el tipo de hombre que podía esperar y ella no era tan estúpida como para pensar que podía cambiado. Había tenido mucho cuidado de no mostrar ante él ninguna reacción sexual, ningún indicio de que lo encontraba atractivo; había mantenido todo aquello para sí, para sus fantasías cotidianas. Pero él se había dado cuenta de todo: ese conocimiento estaba en esos astutos ojos oscuros.
—Estás pensando demasiado —dijo él con pereza—. Fue sólo una observación, no una declaración de guerra.
—Las mujeres siempre pensamos demasiado. —Bella sorbió—. Tenemos que pensar, que mantener el equilibrio de las cosas. –Lo extraño es que él hubiera seleccionado como metáfora la palabra «guerra»... o quizá era lo correcto. Bizqueando bajo el sol, tratando de encontrar algo sólido a lo que agarrarse, ya que el suelo se había movido bajo sus pies, dijo—: ¿Por qué los hombres ofrecen siempre el huevo izquierdo y nunca el derecho? ¿Acaso tiene algo que no funciona? ¿O, de alguna manera, es más importante el derecho?
—No nos entiendes. —Masen cerró los ojos con un jadeo cansino, y la leve sonrisa volvió a aparecer en sus labios—. Un hombre se toma en serio sus dos huevos.
—En ese caso, me siento halagada.
—Pero no interesada.
Ése era el momento en el que ella podía musitar «lo siento» y sería el final de todo. Pero en lugar de eso, incapaz de mentir, Bella cerró los ojos y dejó que el silencio creciera entre ellos.
Sintió que él se movía al incorporarse y apoyarse después en el codo, para inclinarse sobre ella tapándole el sol.
—Mejor di que no —murmuró Masen, poniéndole la mano plana sobre el vientre.
El calor de su mano quemaba su piel gélida a través de la ropa empapada; a continuación metió la punta de los dedos bajo la cintura de sus vaqueros y ella sintió que el calor la recorría del todo.
—De todos modos no se trata de que tenga la intención de hacer algo ahora mismo —prosiguió él—. Tenemos que regresar a la furgoneta. Una roca es un sitio muy incómodo para lo que quiero hacer, nuestra ropa está empapada, mis pelotas están tan frías que quizá me lleve una semana encontrarlas y no tenemos condones. Pero las cosas cambiarán en pocas horas y si no quieres seguir adelante con esto, es mejor que digas que no ahora mismo.
Él tenía razón. Ella debía decir que no. Pero no lo hizo. A pesar de todas las buenas razones que había invocado un momento antes... no lo hizo.
En lugar de eso, Bella abrió los ojos y volvió la cabeza hacia él mientras Masen se inclinaba sobre ella. Sus labios estaban fríos, y los de ella más. Pero su lengua era tibia y el beso fue casi tímido mientras él exploraba su boca con delicadeza. La mano izquierda de él se enredó en su cabello mojado e hizo el beso más profundo cuando la tomó por la cintura y la hizo rodar hacia él.
El contacto con aquel cuerpo nervudo disparó una ola de calor que le recorrió las entrañas. Fue casi suficiente para disipar el frío, pero de todos modos ella tuvo un escalofrío cuando comenzó a pensar en las repercusiones.
Él apartó la boca y le retiró el cabello del rostro, mirándola con decisión, observándola.
—Tenemos que llegar a la furgoneta y calentamos, y no queremos que nos atrapen aquí fuera con la ropa mojada
—dijo.
—Está bien. —Masen retrocedió y Bella se sentó—.¿Crees que Riley llamará a las autoridades y hará que busquen nuestros cuerpos o algo así?
—Lo dudo. No creo que hayas oído lo que gritó.
—Oí que alguien gritaba algo, pero no puedo decir qué.
—Gritó: «Buena suerte».
Asombrada, lo miró parpadeando. Entonces comenzó a reírse bajito mientras se ponía de pie. Pensó que Riley no era de los que se preocupaban por lo que les ocurría a otras personas que no fueran él mismo.
Tambaleándose, evaluó la situación. La mochila que él llevaba había desaparecido, por supuesto. A Bella le dolía todo, de los pies a la cabeza, pero no podía decir si era por las sacudidas del agua o por pura fatiga muscular. Tenía suerte: no creía haber golpeado nada con suficiente violencia para causarse una herida y daba gracias a Dios por la profundidad del río, lo que probablemente les había salvado la vida. Si hubiera sido menos profundo, lo más seguro es que el golpe contra las rocas los hubiera matado.
Pero sus mocasines habían desaparecido, al igual que uno de los calcetines. No podía imaginar cómo el otro se mantenía aún en su lugar. Su reloj de muñeca estaba inservible, con el cristal destrozado. De la misma manera, había perdido su jersey, porque sólo lo llevaba sobre los hombros, no se lo había abotonado.
Masen le miraba los pies.
—No puedes andar así —dijo con cautela, y comenzó a desabotonarse la camisa de mezclilla.
Se la quitó, a continuación sacó una navaja del bolsillo y le cortó las mangas. Se agachó delante de ella, poniendo una rodilla en el suelo, estiró una de las mangas cortadas sobre su muslo y le dio unas palmadas.
—Pon el pie aquí.
Ella buscó el equilibrio sobre uno de sus pies y colocó el otro sobre la manga. Masen se lo envolvió, pasando los extremos varias veces sobre el pie y haciendo finalmente un nudo. Repitió el proceso con el otro pie.
—¿Qué tal? —preguntó—. No es como tener una suela de cuero, pero te protegerá lo suficiente para que puedas caminar. Si no, dímelo, para que no te destroces los pies.
Bella caminó por la roca, probando el grosor de la tela. Como él había dicho, no era lo mismo que el cuero. Podía notar cada guijarro.
—¿A qué distancia crees que está la furgoneta? Masen miró hacia el sol.
—Si no me equivoco, no muy lejos. El vehículo estaba corriente abajo, y el río nos arrastró en esa dirección.
—Pero hubo una curva a la izquierda.
—Y después, otra a la derecha. Yo diría... que quizá a kilómetro y medio.
Kilómetro y medio por un bosque de montaña, virtualmente descalza. Obviamente, él llegó a la misma conclusión que ella, porque sacudió la cabeza y después comenzó a examinar los alrededores.
De repente, volvió a sacar el cuchillo y caminó hasta el árbol. Clavó la punta en la corteza y a continuación comenzó a cortar hacia abajo.
—¿Qué haces?
—Cortar una lámina de corteza para usarla como suela.
Ella se echó a un lado y observó con interés cómo él cortaba un cuadrado de corteza, aproximadamente de veinticinco por veinticinco centímetros. Se sentó y comenzó a desenvolver sus pies. Masen cortó el cuadrado de corteza por la mitad, y de nuevo apoyó una rodilla en el suelo frente a ella. Colocó una tira de corteza sobre su otra rodilla, con la cara lisa hacia arriba, y puso encima la manga, para que ella tuviera una doble capa de tela entre el pie y la madera. A continuación, volvió a envolverle el pie, fijándole la corteza con dos tiras de tela, y volvió a hacer el nudo por encima. Tras repetir el proceso con el otro pie, se incorporó y la ayudó a levantarse.
—¿Qué tal ahora?
—Es mucho más resistente, aunque no sé cuánto tiempo podrá durar la corteza.
—Eso es mejor que nada. Si se rompe, cortaré más.
Abandonaron la orilla del río y tomaron una dirección perpendicular para adentrarse en el bosque. Ella tenía que caminar con cautela, porque el calzado rudimentario no le daba apoyo, pero al menos la corteza evitaba que la tierna planta de sus pies sufriera daños. Intentó no pisar palos o piedras, trató de evitar que la corteza se doblara demasiado, para que no se partiera. Eso ralentizó su avance en un momento en que no podían permitirse ningún retraso.
Bajo los árboles no notaban el calor del sol, y a los pocos minutos Bella empezó a temblar violentamente. Sentía la ropa mojada como si fuese hielo y se dio cuenta de que la hipotermia era tan peligrosa para ellos como la estancia en el agua. Masen, con su mayor masa muscular, podía producir calor corporal mejor que ella, pero él también temblaba.
Él se detuvo una vez y la rodeó con sus brazos, abrazándola con fuerza para que pudieran compartir el poco calor que generaban. Permanecieron muy apretados y ella, cansada, descansó la cabeza sobre el hombro de Masen. Lo sentía duro y vital, pero en esas condiciones era tan vulnerable como cualquiera ante el frío. Ella podía oír los latidos rítmicos de su corazón, potentes dentro del pecho, que bombeaban sangre caliente por sus venas, y al rato Bella comenzó a sentir algo más de calor.
—Llegaremos —murmuró él junto a la sien de ella—. Tenemos mucho que hacer esta noche. Además, tengo un par de sudaderas detrás del asiento de la furgoneta.
—¿Por qué no lo dijiste? — Bella se separó de él con un esfuerzo—. La promesa de una sudadera hace milagros.
El kilómetro y medio que él había calculado era en línea recta, pero desgraciadamente no podían caminar así. Subían cuestas, bajaban cuestas, siempre siguiendo la dirección deseada. Tenían que agarrarse de los árboles cuando el terreno montañoso se volvía tan escarpado que no les era posible mantenerse de pie. Lo que en el llano les hubiera tomado veinte minutos, les llevó más de dos horas, y él tuvo que cambiar en dos ocasiones la corteza de las sandalias improvisadas de Bella. Sin embargo, su sentido de la dirección era infalible y transcurrido cierto tiempo llegaron al sendero que los haría volver a la furgoneta.
Cuando llegaron al vehículo, el sol se había puesto y estaban en pleno crepúsculo. El calor del día había desaparecido hacía bastante tiempo. Bella sentía tanto frío que apenas podía caminar. Seguía andando como una anciana, casi arrastrándose, y todos sus músculos gritaban de dolor. Seguía pensando con añoranza en la mochila perdida y el saco de dormir que contenía: se hubieran podido envolver en él acurrucándose, y de esa manera recobrar su calor corporal. Tampoco les hubiera venido mal el alimento; era una manera de echar a andar de nuevo la maquinaria. Pensó en una enorme taza de café humeante. O quizá, chocolate caliente. Cualquier tipo de chocolate.
Pensó en Masen y en lo que ocurriría esa noche entre ellos si lograban regresar al hotel.
En el preciso momento en que creyó no poder dar un paso más, levantó la vista y allí estaba aquel monstruo de furgoneta.
Nunca se había alegrado tanto en su vida.
—Las llaves — graznó ella de repente—. ¿Las tienes aún en el bolsillo?
Eso era lo bueno de los vaqueros cuando se mojaban: se pegaban. Lo que estaba en los bolsillos tendía a quedarse ahí, incluso en los rápidos del río. Masen metió con dificultad sus dedos en el bolsillo empapado y frío y los sacó con las llaves.
—Gracias a Dios — suspiró Bella.
El siguiente obstáculo era meterse dentro de la maldita furgoneta.
Masen intentó levantarla, pero no pudo. Finalmente, le dio el suficiente impulso para que ella pudiera trepar al estribo entre risitas tontas, y de allí al asiento. La situación no era divertida, pero sólo podían optar por reírse o llorar. Él tuvo que agarrarse al volante para subir, y temblaba tanto que le tomó tres intentos meter la llave en el contacto. Pero en la cabina hacía más calor que fuera, y después de tenerla funcionando varios minutos, por las rejillas de ventilación comenzó a salir aire tibio. Masen sacó dos sudaderas de detrás del asiento; eran nuevas, aún llevaban las etiquetas, por lo que debía haberlas comprado ese mismo día, por si acaso. Su precaución la sorprendió porque no había forma de que él hubiera podido saber que caerían al río.
Masen se quitó la camisa de mezclilla, ahora sin mangas, y la camiseta. Bella no estaba en tan mal estado como para que no le llamará la atención su pecho y abdomen, musculosos y sólidos como una roca, cubiertos por un vello fino. Ella a su vez se quitó la blusa y el sujetador empapado, y de repente él tiró de ella y la abrazó, metiéndola entre su cuerpo y el volante mientras la besaba. Frotaron sus torsos desnudos, el vello del pecho de él le raspaba los pezones, duros por el frío, haciéndole sentir un cosquilleo. Ella le pasó un brazo por el cuello y el otro por la espalda, presionando la palma de su mano contra los músculos gruesos y lisos que encontró allí. El beso no fue tímido o delicado. Él la besó como si no pudiera esperar a que regresaran al hotel, su lengua la asaeteaba, los dientes la mordisqueaban. Palpó sus senos con la mano, acariciándolos, repasando su forma y su delicadeza, midiendo cómo se acomodaban en la palma de su mano.
Bella gimió en la boca de él. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sentido aquello, demasiado tiempo. Aún no podía creer del todo que eso estuviera ocurriendo, que Masen la deseara tanto como ella a él.
Cuando se apartó, él temblaba, pero ya no era a causa del frío.
—Mejor nos vestimos —dijo con brusquedad y se puso una de las sudaderas por la cabeza.
Era una prenda masculina, con demasiada tela, pero a ella no le importó. La sudadera era gruesa, estaba seca, y Bella estuvo a punto de sollozar al sentir el calorcito. Masen se puso su camisa, después se quitó las botas y los calcetines empapados, y colocó sus pies casi sin circulación sobre la rejilla de ventilación, para que el calentador de la furgoneta soplara sobre ellos. Bella hizo lo mismo en el lado del pasajero. La cabina se calentaba con rapidez, pero transcurrieron quince minutos hasta que logró dejar de temblar y sus pies entumecidos comenzaron a sentir el cosquilleo de calor. Por fin, Masen se sintió con fuerzas suficientes para conducir. A esa hora los envolvía una espesa oscuridad.
Tenían por delante un largo camino de regreso a Boise, y aunque ahora ella estaba abrigada, se sentía vacía. Él tenía que sentirse igual. Bella le puso una mano sobre el brazo.
—¿Puedes llegar o tenemos que parar en alguna parte?
—Puedo llegar. Cuando estemos en la autopista, nos detendremos en el primer restaurante que veamos, del tipo que sea, y nos echaremos algo caliente al estómago.
Eso sonaba a gloria. Bella hundió la mano en su rebelde cabello ondulado. El pelo se le había secado, pero ella sabía que su aspecto era el de una salvaje. Le sorprendería que cualquier restaurante, a no ser una fonda para motociclistas, le permitiera la entrada.
—La pistola ha desaparecido, ¿no?
—En el fondo del río.
—Muy mal. Vas a necesitar una para que nos sirvan en un restaurante.
Él la miró y sonrió.
—Lo arreglaré.
Tuvieron suerte y encontraron un puesto de hamburguesas con una ventanilla donde atendían a los coches. Tras recibir la comida, Masen se alejó y aparcó para que pudieran comer. Bella ya se había recuperado lo suficiente para sentir hambre, y se puso a masticar su segunda hamburguesa del día. Él había pedido una taza grande de café para cada uno, y se sintieron en la gloria.
—Tenemos que encontrar un lugar donde vendan condones—dijo él abruptamente—. No tengo ninguno.
Había tensión en su voz y ella lo miró. Masen se pasó por la cara una mano nerviosa.
Repentinamente inquieta, Bella dijo:
—Podemos esperar. Si estás cambiando de idea no tiene por qué pasar nada.
—No, no se trata de eso. —Bajó la mano y le lanzó a Bella una mirada sombría—. Es que... no he hecho el amor con otra cosa que no sea mi mano en los últimos dos o tres años, y...
—¿Dos o tres años? —repitió ella y después sacudió la cabeza—. Ha pasado más tiempo que en mi caso. No estoy precisamente al rojo vivo.
—Quiero que te sientas bien, pero probablemente no vaya aguantar mucho.
—Creo que yo tampoco —dijo ella con sinceridad.
Desde aquel último beso, su cuerpo zumbaba ante la expectativa.
Obstinado, él insistió.
—Pero estaré en orden para el resto de la noche, y te compensaré.
Su nerviosismo la atraía; por naturaleza, Bella era muy exigente y no le gustaba la promiscuidad. La confesión de Masen también la tranquilizaba.
—¿Estás sano? —preguntó ella, pues sería tonto no hacerla.
—Sí. No he estado con muchas mujeres, y nunca con una prostituta o una drogadicta. Y dono sangre a la Cruz Roja cada tres meses, por lo que paso exámenes con regularidad.
Lo dijo con una honestidad que la enterneció. Masen estaba muy seguro de sí mismo en todos los demás aspectos de la vida; a ella le gustaba esa faceta suya más humana. Bella se daba cuenta de que él tenía que confiar realmente en una mujer antes de bajar la guardia lo suficiente para llegar a la intimidad con ella, e incluso en ese caso mantendría bien controladas sus emociones.
Esta noche lo descubriría. Se inclinó y lo besó.
—Olvida los condones. Llevo un parche anticonceptivo.
Él se adueñó del control del beso y quizá no tuviera mucha experiencia sexual, pero sabía lo que estaba haciendo. La besó profundamente, con algo de violencia y con un ansia creciente. Cuando ella se apartó de él, vio sus ojos fieros y entrecerrados. Sin decir una palabra, puso en marcha el coche y siguieron por la autopista hacia Boise.
