Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 20
La tensión entre ellos creció a medida que se aproximaban al hotel hasta volverse algo espeso y asfixiante. Mientras pensaba en lo que iba a hacer, a Bella la recorría un cosquilleo de la cabeza a los pies y sus ideas eran febriles. Contra todo sentido común, se iría a la cama con Masen. Eso podía ser una reacción muy humana al peligro del que habían sobrevivido juntos, podía arrepentirse por la mañana, pero iba a hacerlo.
Tenía tanto deseo de él que el cuerpo le dolía, estaba tan desesperada por sentirlo dentro de ella que no tenía dudas de que llegaría al clímax tan pronto como él la tocara. Quería pedirle que aparcara a un lado de la autopista para cabalgar en su regazo y terminar con todo en ese mismo momento, antes de morir a causa de la tensión. Pero, al igual que él, quería una cama para lo que iba a ocurrir entre ellos, por lo que se mantuvo en silencio, haciendo crujir los dientes a causa de la lujuria que la devoraba.
Finalmente llegaron. Él metió los pies en sus botas mojadas, dejó los calcetines en el piso de la furgoneta y salió. Bella no iba a salir del vehículo con los pies protegidos únicamente por tela y corteza, por lo que se quedó allí sentada mientras él daba la vuelta y le abría la portezuela para tomarla en brazos. Pensó que, esta vez, él quizá la deslizaría a lo largo de su cuerpo, pero la mantuvo a un palmo de distancia y la depositó suavemente sobre sus pies. Ella levantó los ojos y le miró— al rostro, esperando aquella expresión dura y remota, tan natural en él, y eso fue lo que encontró. Pero él la apretó contra su costado y caminaron así hasta entrar al hotel.
El conserje del turno de noche los miró con curiosidad cuando se acercaron, Y ella se dio cuenta de que no le resultaba habitual ver a una mujer con los pies envueltos en harapos. Al menos, con las sudaderas nuevas, no parecían unos vagabundos. De no ser por eso, ella sospechó que el conserje habría llamado a seguridad.
Mientras subían en el ascensor, Masen y ella se mantuvieron juntos, sin hablar. Bella podía oír cada latido de su corazón y sentía cosquilleos hasta en la punta de los dedos.
Masen probó su tarjeta electrónica y, maravilla de las maravillas, funcionaba. Abrió la puerta y empujó a Bella suavemente adentro, tras encender la luz en el pequeño vestíbulo. Sintiéndose de repente como Anita la Huerfanita, Bella se giró hacia la puerta abierta que conectaba con su habitación.
—Eh, déjame quitarme esto de los pies y tomar una ducha, y yo...
—Siéntate —dijo él. Ella lo miró y parpadeó.
Masen tiró de una silla y la hizo sentarse en ella. Después de encender la lamparita al lado de la cama, se arrodilló y comentó a soltar los nudos con los que había asegurado las mangas de su camisa en torno a los pies de ella. Cuando la descalzó, examinó con cuidado sus pies, buscando cortes o arañazos, pero ella había salido de aquella ordalía en buena forma.
Cuando terminó, se puso de pie y ella lo imitó, metiendo los dedos de una mano en su cabello rebelde.
—Tomaré una ducha —volvió a decir Bella, tratando de dar un paso, pero él le rodeó la cintura con un brazo y tiró de ella hacia sí.
—La ducha puede esperar.
—Mi pelo... el agua del río...
—El agua estaba limpia.
—Pero quiero sentirme fresca.
Bella no sabía por qué estaba inventando excusas en ese momento para retrasar lo que iba a acontecer, pero de repente se sentía nerviosa. Para ella había transcurrido mucho tiempo, y Masen no era un hombre ordinario. Tenía ambos hechos delante de los ojos y quería ralentizarlo todo.
Él comenzó a desabrocharle los vaqueros.
—Te quiero así como estás —dijo y después la besó.
No había nada romántico vinculado con Masen, ni tiernas palabras dichas en un susurro, ni gestos galantes, sólo ese beso que se prolongaba sin fin, profundo y voraz. Nunca antes nadie la había besado así, con una intensidad que lo desnudaba todo hasta llegar a los componentes más primarios: macho y hembra. Ella retenía entre las manos con los dedos hundidos en su cabello, su cráneo apretado entre las palmas y su cabeza inclinada hacia atrás mientras devoraba su boca. Así era como se sentía, como si la estuvieran devorando. Pero a la vez, él también daba. Daba placer. Aquello la hacía arder, con llamas sólo alimentadas por la boca y la lengua de él.
La erección de Masen tensaba el regazo de sus pantalones. Era una presencia dura como una roca que se clavaba en el estómago de Bella, y su vientre estaba tenso por el deseo. Frenética, retrocedió levemente, luchó con un botón y la cremallera hasta vencerlos y echar a un lado la tela húmeda para poder agarrar la rígida longitud que apuntaba hacia arriba. Ella la envolvió con sus dedos, gozando su grosor y el tacto sedoso de su piel. Movió la mano arriba y abajo, rodeando la gruesa cabeza del pene y haciéndolo emitir un sonido profundo y salvaje mientras temblaba convulsivamente.
Los brazos de él se tensaron y la tumbó sobre el lecho. En veinte tumultuosos segundos la desnudó del todo. En otros diez, su propia ropa quedó sobre el suelo. Masen colocó sus manos sobre las. rodillas de Bella y las apartó, sin esperar a su conformidad, y se colocó entre ellas. Ella le puso las manos en las costillas mientras él, aguantando su peso con un solo brazo, guiaba su pene con la otra mano y la penetraba profundamente en un solo movimiento.
Masen quedó inmóvil sobre ella, con un jadeo entre sus labios semiabiertos mientras ambos se miraban. Ella no podía moverse: lo percibía dentro de sí con tanta agudeza que su intensidad era casi dolorosa. Sus miradas se confundieron bajo la tenue luz de la lámpara y ella se sintió hipnotizada por la tensión que mostraba su rostro masculino, por la forma en que sus músculos de acero se habían congelado, como si él no se atreviera a moverse. El deseo que la roía seguía creciendo, más y más, pero ella permanecía posada sobre el filo aguzado de algo que sabía iba a ser incapaz de controlar. El pecho de él se hinchó repentinamente en una inspiración convulsiva y se movió con un impulso largo y profundo que lo hizo entrar en ella hasta el final.
Ella sintió que se contraía: su vagina, todo su cuerpo. Se contrajo en torno a él y su visión comenzó a nublarse mientras se corría en olas sucesivas de un placer casi enceguecedor. Nunca antes se había corrido así, tan sumida en lo físico que había perdido toda sensación de individualidad, de su entorno, de cualquier cosa más allá del momento y del éxtasis que provocaba espasmos en su vientre, a lo largo de sus piernas, en sus terminaciones nerviosas. Él la cabalgó, bombeando con fuerza, exigiendo su propio alivio y prolongando de esa manera el de ella. Volvió a emitir aquel sonido salvaje y se arqueó hacia atrás, estremeciéndose convulsivamente mientras sus caderas se separaban y arremetían, antes y varios segundos después de que, con temblores en cada uno de sus músculos, se derrumbara lentamente encima de ella.
Después fue como un terreno baldío, desolado y desierto. Ella yacía debajo de él, demasiado cansada para moverse, apenas capaz de respirar, luchando contra las ganas de llorar. Nunca se había sentido llorosa después del acto sexual y no sabía por qué se sentía así en ese momento, pero experimentaba una loca necesidad de ser consolada. Quería esconder el rostro en el hombro de su pareja y sollozar como una niña.
¿Sería porque todo aquello era un error monumental? ¿O porque había terminado?
A pesar de que él yacía pesadamente sobre ella, llenándose profundamente los pulmones de aire, Bella aún podía percibir una tensión sutil, delicada, que recorría todos los músculos de su cuerpo como si nunca se relajara totalmente, como si ya estuviera pensando en comenzar de nuevo.
¿Qué decía uno tras una experiencia semejante? Decir «uay» parecía poco adecuado y fuera de lugar. Lo que ella quería decir era «házmelo otra vez». En ese preciso momento, Bella no quería separarse del cuerpo de Masen. Estaba segura de que recobraría la cordura. Quizás en unos pocos minutos más. Quizás al día siguiente. Hasta ese momento, ella lo quería dentro de su cuerpo. Quería volver a sentir lo que había sentido momentos antes, aunque no sabía si podía reunir la energía para intentado o en caso de que pudiera, sobrevivir a ello.
—Házmelo otra vez —dijo de todos modos, porque le resultaba imposible no decido.
Deslizó sus piernas por los costados de él y las enlazó a su espalda, agarrada a su cuerpo con sus brazos y moviendo la pelvis en un esfuerzo para retener su pene, cada vez más blando.
Él se rió, con aquel sonido tan suyo, como un gruñido oxidado, y su aliento fue caliente sobre el pelo de ella.
—No tengo dieciséis años. Tienes que darme un poco más de tiempo.
Parecía que aún le faltaba el aliento. Pero no salió de ella, se acomodó más pesado todavía, como si finalmente se hubiera relajado hasta el final, y así acoplados, mientras no se movieran, su pene permanecería dentro de ella.
—Creo que duró unos quince segundos.
—Yo no aguanté tanto —murmuró ella cerrando los ojos y aspirando la cálida esencia masculina de su piel.
—Gracias a Dios. —Le rozó la sien con los labios y susurró—: Duerme una siesta.
Masen cerró los ojos y comenzó a hacer exactamente eso.
No fue nada parecido a la primera vez que él le dijo que durmiera una siesta. En esta ocasión, sentirlo yacer sobre ella era algo tan maravilloso que la hacía luchar para contener las lágrimas. ¿Cómo podía esperar que ella durmiera si pesaba una tonelada y apenas le permitía respirar, si ella quería agarrarse a él y llorar y reír a la vez? ¿Cómo podía él dormir si ella tenía miedo de relajar sus músculos para no perderlo? Pero se durmió, demasiado cansada para hacer otra cosa.
Se despertó al sentir largas y lentas embestidas que le llegaban muy adentro, al percibir las duras manos de él que le agarraban el trasero mientras la levantaba para hacerla frotar el clítoris contra su hueso púbico. Quizá no tuviera una vasta experiencia, pero sabía lo que estaba haciendo, conocía todas las zonas erógenas y los puntos de placer del cuerpo de ella y utilizaba ese conocimiento para llevarla casi al extremo y mantenerla allí, sin dejarla cruzar la frontera. Esta vez fue tan larga como tan corta la primera. Pasado un rato, ella comenzó a luchar con él por la supremacía, a pelear para alcanzar el clímax, pero él era demasiado fuerte y la controló hasta que él mismo estuvo listo. Entonces, la cabalgó rápido, con violencia, haciendo que ambos llegaran al orgasmo.
Por fin ella pudo darse una ducha, aunque con él allí era más una orgía que un baño. Masen se detuvo un momento, mientras el agua chorreaba por sus cuerpos, y tocó el parche que ella llevaba en la cadera.
—¿Qué es esto?
—Mi parche anticonceptivo. Masen lo examinó con interés.
—No había visto nunca uno. ¿Y si se cae?
—Nunca se me ha caído ninguno a no ser que me lo quite. Se pegan muy bien. Pero lo controlo cada vez que me doy una ducha, sólo para cerciorarme.
Masen acarició el contorno de sus pechos con la yema de los dedos, y a continuación describió un círculo en torno a sus pezones.
La expresión de su rostro era seria.
—Nunca he hecho el amor sin ponerme un condón.
—¿Nunca?
Él negó con la cabeza. Observó sus dedos que recorrían el estómago de ella, la suave curva de su vientre, antes de perderse en el agujero entre las piernas de ella. Sus dedos índice y medio se deslizaron entre los labios y dentro de ella. El aliento de Bella siseó entre sus dientes y se puso de puntillas, agarrándose a los hombros de él para mantener el equilibrio.
—Me gustó — murmuró él.
—¿Qué? — Ella había perdido totalmente el hilo de la conversación.
—Correrme dentro de ti. No pierdas ese parche.
Ella nunca había hecho nada fuera de lo más común en el sexo; lo más lejos que llegaba era al sexo oral. Pero Masen no conocía límites en su cuerpo y ella se sentía embriagada de placer físico y le dejaba hacer todo lo que quería. La tomó en la ducha, sobre el suelo, sentados sobre la cómoda. La puso contra la pared y la poseyó de pie. Nunca antes había hecho el amor así, tan duro, potente, sorprendentemente sofisticado en su ejecución, pero primitivo en el diseño y las intenciones. Y ella seguía pidiendo más; lo excitaba tomándole el pene en la boca y los pesados testículos en las manos mientras los sentía tensarse; le hacía algunas de las cosas que él le había hecho, sólo para escuchar los rugidos que emitía.
Por la mañana estaba en carne viva, adolorida, y sabía que le costaría trabajo caminar. Por la mañana apenas podía recordar cómo era antes de conocer el cuerpo de aquel hombre, antes de sentirlo dentro de ella, sostenida entre sus brazos, absorbiendo la potencia de sus estacadas al correrse. Por la mañana, ella le pertenecía.
Bella se despertó y vio la luz que se filtraba por los bordes de las cortinas bajadas. Masen yacía a su espalda, envolviéndole la cintura con su pesado brazo, su cálido aliento sobre el hombro. Se sentía estúpida. Sentía algo más que una cierta perplejidad por su comportamiento, pero no había nada que hacer: le pertenecía como nunca le había pertenecido a Jacob. Saberlo le hacía daño. Aunque su matrimonio había sido feliz hasta el día en que le robaron a William, tanto ella como Jacob habían conservado su propia personalidad. Por supuesto, él había estado absorto en su trabajo, como aún lo estaba, y ella había estado contenta de mantener entre ellos aquella pequeñísima distancia, casi imperceptible. Se había sentido bien con aquella sensación de autonomía, de controlar su propia vida.
Pero Jacob era un hombre civilizado, mientras que Masen... no. No le había permitido mantener aquella mínima sensación de distancia.
Ella sabía perfectamente que se había metido en la cama con un depredador. Masen era peligroso, impredecible, y Bella nunca se había sentido más segura que cuando estaba entre sus brazos. Él la había utilizado para su placer, pero también la había dejado usarlo a él. La noche anterior no había sido únicamente sexo, aunque ella había pensado que sería sólo eso. Por el contrario, había sido un... inesperado, salvaje, escabroso, exigente.
¿Cómo podría haber sabido que era eso lo que él quería? Hubiera podido manejar mejor sus emociones si se hubiera tratado sólo de sexo. Pero él sabía lo que estaba haciendo y utilizó de manera implacable lo físico para consolidar lo emocional. Lo había pretendido y la había atrapado. Ahora, sin importar nada más, estaban vinculados, y no sólo por recuerdos de lo que había ocurrido entre ellos. No, había algo más, algo primitivo y elemental que ella apenas podía aprehender.
¿Amor? Ella no lo llamaría así. Había una poderosa atracción entre ellos que parecía llegar a nivel celular, pero no se trataba de amor. Ella estaba totalmente segura de que él no la amaba. Era como cuando alguien llamaba a su igual, una sensación de calma como si se tratara de dos mitades que se unían de un todo perfecto, y eso le preocupaba más que pensar en el amor. ¿Era ella como Masen? ¿Era tan implacable? ¿Se había vuelto como él en su incesante búsqueda de William?
Él se estiró y la besó en un hombro.
—Tenemos que llegar al aeropuerto —dijo, soñoliento. Ella no tenía deseos de moverse.
—Aún me quedan dos días de vacaciones.
Debía volver a El Paso, ella lo sabía. Masen tenía que reiniciar su búsqueda de Vulturi, y ahora que estaban bastante seguros de que alguien los había llevado por caminos equivocados durante todos esos años, había otras facetas que explorar. Pero durante diez años ella había chocado contra una muralla, y estaba cansada. El día anterior estuvo a punto de morir en aquel río. ¿Sería demasiado horrible por su parte robar un par de días para sí misma, lejos del constante combate? Dos días, era todo lo que pedía. Nunca había pensado en hacer una cosa así.
—¿Qué pasará si volvemos a casa?
—Probablemente, regresaré al trabajo —dijo ella con sinceridad.
Cuando ella estaba en casa, las cosas eran diferentes. El Paso era el centro de todo; le resultaba imposible estar allí sin trabajar.
Boise era otro mundo, lejos de todas las personas a las que conocía.
Él se volvió boca arriba y agarró el teléfono.
—Voy a cancelar nuestras reservas de vuelo.
