Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 21
A Caius Vulturi le encantaba decirle a todo el mundo que nunca olvidaba un insulto. Disfrutaba al ver la precaución en los rostros, la manera en que las miradas se apartaban de la suya. Y eso era verdad: no olvidaba ningún desaire, real o imaginario. Sólo había una persona que lo había agredido y pudo salirse con la suya, y saber eso significaba tener un pequeño nudo amargo en el fondo de su estómago, un nudo con el que convivía día a día. Pero él no lo había olvidado, no había renunciado a la venganza. Su momento se aproximaba lentamente, pero seguro que llegaría. Un día, sus caminos volverían a cruzarse y él haría que la zorra gringa maldijera el día en que había nacido.
Había esperado diez años para hacerla pagar por la pérdida de su ojo.
Había tenido muchas oportunidades de atraparla, ella venía constantemente al país con sus indagaciones, sus preguntas idiotas. Pero Cullen había dicho que no, que ella era demasiado conspicua, que si desaparecía harían muchas preguntas y, por lo menos, les costaría muchísimo dinero cerciorarse de que ciertas autoridades miraran en otra dirección; en el peor de los casos, terminarían su vida en una cárcel mexicana o estadounidense, dependiendo de dónde los juzgaran. Llegado a este punto, Vulturi tenía muchas esperanzas de que fuera una cárcel estadounidense, donde tenían aire acondicionado, cigarrillos y televisión en color.
Cullen. Vulturi no confiaba en él, pero sólo porque no confiaba en nadie. Su conexión había sido larga y beneficiosa. Cullen no dejaba que nada se interpusiera entre el dinero y él. Cuando Vulturi lo conoció, era un pobre miserable, pero lleno de ardor, de ideas y de coraje, alimentados por una total falta de escrúpulos. Cullen sabía cómo hacer dinero; si no podía conseguido, lo robaba, y no le importaba cuánta gente hundía en el proceso. Un hombre como él llegaría lejos.
Vulturi supo que era mejor aliarse con un tipo como Cullen que seguir su propio camino y convertirse quizás en un rival que tuviera que ser eliminado, por lo que se había vuelto indispensable. Si Cullen necesitaba que alguien desapareciera, Vulturi se ocupaba de ello. Si necesitaba robar algo, Vulturi lo robaba. Si había que darle una lección a alguien, a Vulturi le daba un gran placer cerciorarse de que aquella persona nunca olvidara que engañar al señor Cullen era una imprudencia.
Las cosas le habían ido bien a Caius hasta hacía diez años. La misión era sencilla: quitarle el bebé rubio a la joven gringa que visitaba un pequeño mercado aldeano por lo menos tres mañanas a la semana. Así que Lorenzo y él habían ido a la aldea y tuvieron suerte: ella estaba allí la primera mañana.
Pensaron que sería sencillo. El único problema es que ella llevaba al bebé en una mochila delante del pecho, y no en los brazos o en una cesta. Pero Lorenzo siempre llevaba su cuchillo y el plan consistía en que se pondrían a los lados de la gringa; Lorenzo cortaría la correa de la mochila, Vulturi agarraría al bebé y ambos saldrían corriendo. Unos estadounidenses ricos habían acordado pagar muchísimo dinero por un bebé rubio que pudieran adoptar, y éste era un blanco fácil. La gringa joven estaba distraída en sus compras y era la norteamericana típica, blanda y no preparada para el peligro.
La subestimaron. En lugar de ponerse histérica y dar gritos de indefensión como habían esperado, la mujer había luchado con ferocidad inesperada. Vulturi despertaba todavía en sus pesadillas sintiendo los dedos de ella que se clavaban en su ojo, retrocediendo ante el horror y el dolor lacerante, sintiendo como si toda su cara se estuviese quemando. Lorenzo había apuñalado por la espalda a esa zorra y ambos escaparon, pero desgraciadamente ella había sobrevivido. Él mismo pasó muchos días recuperándose, maldiciéndola y jurando vengarse. Donde una vez estuvo su ojo, había ahora un hueco lleno de cicatrices; las uñas de la mujer le habían dejado surcos permanentes en la mejilla. Cuando se recuperó lo suficiente para comenzar a andar de nuevo por ahí, descubrió que su percepción de la distancia se había alterado, que ya no podía disparar con tanta precisión. Y tampoco podía disolverse en una multitud sin llamar la atención: la gente miraba su rostro destrozado.
Ella le había causado un enorme problema y él no lo olvidaría nunca.
Pero ahora tenía un problema mucho mayor, uno que lo alarmaba. El asunto de la mujer lo arreglaría cuando llegara su momento. Pero el asunto de Masen... ahora debía ser doblemente precavido con Masen siguiéndole la pista, o sería hombre muerto.
Todo el mundo sabía que Masen cazaba por dinero. Vulturi, aunque vivía orgulloso de su reputación, justamente merecida, siempre se había preocupado por no llamar la atención de las autoridades, por no caer bajo el radar, como le gustaba decir a Cullen. Entonces, ¿la ira de quién habría despertado Vulturi, de qué persona que además tuviera el dinero para contratar a alguien como Masen? Estuvo pensándolo largamente y sólo encontró una respuesta.
Con posterioridad se sintió preocupado cuando oyó que Bella Black había estado en Guadalupe, la misma noche en que ellos habían entregado a la mujer de apellido Stanley para su viaje al cielo.
Había estado muy cerca de él, en la misma zona, en el mismo momento, lo que por órdenes de Cullen él había evitado cuidadosamente durante los últimos diez años. ¿Era acaso una coincidencia que ella hubiera anunciado aquella noche en una cantina llena de gente que daría diez mil dólares americanos a cualquiera que pudiera darle información que la llevara hasta Masen? Si ella tenía diez mil sólo para información, ¿cuántos miles más podría tener? ¿Y para qué quería a Masen, a no ser para contratado? Masen no era un hombre a quien uno llamara sólo para decide que admiraba su trabajo, y estaba seguro de que nadie pagaba diez mil dólares por ello.
Vulturi había sumado dos y dos. Era obvio que Bella Black había contratado a Masen para que lo encontrara a él, pues poco tiempo después recibió el soplo de que Masen lo andaba buscando. Vulturi no perdió tiempo averiguando por qué: Masen no atrapaba a la gente para conversar. La gente que él cazaba... simplemente desaparecía. Salvo los muertos. A esos era fácil encontrados. A los otros nunca los volvían a ver ni se sabía nada más de ellos. Lo que Masen hacía con ellos era tema de largas especulaciones.
Vulturi había abandonado Chihuahua de inmediato y ahora su futuro era incierto. Masen nunca se rendía, el tiempo nunca le importaba.
Por primera vez en su vida, estaba asustado.
Se había ido a la costa del golfo de México, donde un pariente lejano le guardaba un pequeño barco pesquero. La zona, llena de selvas y ciénagas, de mosquitos y perforaciones petroleras submarinas, no estaba repleta de turistas como parecía ser el caso para el resto de México. Había aprovisionado su barco y había salido al golfo, donde nadie se le podía aproximar sin ser visto, a no ser que Masen supiera bucear. Vulturi hubiera deseado que no se le hubiera ocurrido aquello, pues desde ese momento había vigilado con preocupación las profundidades en torno al barco, así como la superficie.
La atmósfera era terriblemente húmeda y él, como hijo del desierto, odiaba la pesadez del aire. Además, era el momento estelar del año para los huracanes, por lo que oía diariamente el parte del tiempo por la radio. Si alguna de las grandes tormentas entraba en el golfo, él quería estar bien lejos del mar en ese momento.
Iba a tierra una vez a la semana en busca de abastecimientos, y también para llamar a Cullen. Éste no confiaba en los teléfonos móviles, aunque tenía uno; sencillamente, nunca lo usaba para hablar de negocios. Era tan cuidadoso que ni siquiera utilizaba un teléfono inalámbrico Vulturi había intentado decide que podía conseguirle un teléfono portátil seguro, uno por el que se podía conversar sin ser interceptado, pero una de las manías de Cullen era ser muy desconfiado.
Después de saber que Masen lo andaba buscando, Vulturi valoraba semejante precaución. Quizá eso lo mantendría vivo.
La única solución a largo plazo que se le ocurría era matar tanto a Masen como a Bella Black: a Masen, porque era la amenaza inmediata, la más grande, y a la mujer porque ella seguiría contratando gente hasta que alguien tuviera éxito. No sabía cómo había logrado vincular su nombre con el secuestro; era obvio que alguien había hablado, a pesar de las influencias de Cullen.
Matarlos exigiría un acto de delicado equilibrio, al menos en lo concerniente a Masen. La mujer resultaría más fácil, por lo que la dejaba para el final. Quizá le mostraría antes de morir cómo era un hombre de verdad.
¡Ah, sabía cuál era el final perfecto para ella! Cuando terminara de usarla, la donaría para la causa, en un tremendo acto de buena voluntad por su parte. Su propio juego de palabras le dio risa, pero enseguida volvió a ponerse serio.
Lo difícil sería acercarse a Masen: el hombre era como el humo, aparecía y desaparecía con el viento, sin dejar rastros de sus movimientos. Para encontrar a Masen, Vulturi tendría que ofrecerse como una cabra atada a una estaca, pero eso tendría que hacerlo con cuidado. Tendría que llevar a Masen a un lugar y una situación en la que él, Vulturi, tuviera el control, y tendría que impedir que Masen descubriera que la cabra atada a una estaca estaba armada y preparada, hasta que fuera demasiado tarde para salvarse.
Aquello exigía mucha meditación y planificación. No era algo que se pudiera hacer de un día para otro. Todo debía ser perfecto o acabaría muerto.
Nadie cuidaba más los detalles ni era tan meticuloso como Cullen, por lo que cuando Vulturi fue a tierra esa semana e hizo su llamada habitual, esbozó su plan.
—Hay que atraer a Masen hacia mí —dijo—, pero de tal manera que no se dé cuenta de que está cayendo en una trampa.
—Es una buena idea —dijo Cullen, después de hacer una pausa—. Déjame pensar un poco en eso. ¿Dónde estás ahora?
—En un lugar seguro.
Cullen no era el único que podía mostrarse precavido.
—Tenemos que vernos.
Ah. Eso significaba que había algo de lo que no quería hablar por teléfono.
—No puedo llegar hoy allí.
Podía, pero prefería que Cullen pensara que se encontraba mucho más lejos, quizás en Chiapas, el estado más meridional de México.
—¿Cuándo entonces?
Cullen parecía enojado... y algo más. ¿Preocupado quizá? Pero ¿por qué estaría preocupado? Masen no iba a por él... en un instante, Vulturi se dio cuenta de que estaba en peligro, y no sólo por parte de Masen. Era un eslabón, no sólo entre Cullen y lo que ahora ocurría, sino también entre Cullen y el niño de Bella Black robado hacía diez años. La mejor manera en que Cullen podía protegerse era eliminando aquel eslabón.
—Quizá... ¿dentro de dos semanas? —dijo Vulturi con astucia.
—Dos, maldita sea, puedes venir en menos tiempo.
—Quizá no quiera abandonar este precioso lugar. Aquí tengo todo lo que necesito y nadie sabe cómo encontrarme. Si voy allá, hay mucha gente que conoce mi cara. Tengo que preguntarme a quien le tiene más miedo la gente, al señor Cullen o al señor Masen. Si el señor Masen le pone a alguien un cuchillo en la garganta y pregunta si me han visto, ¿ese hombre mentirá o dirá la verdad? Creo que se mearía encima, pero después diría la verdad.
Cullen suspiró largamente, con exasperación.
—Está bien, si tienes miedo qué se le va a hacer. Cuando vuelvas a encontrar tus cojones, llámame y acordamos dónde vemos.
¿Se suponía que un insulto a su machismo debía convertido de repente en un estúpido? Vulturi sonrió para sus adentro s mientras colgaba el teléfono. Pero la sonrisa desapareció enseguida: ¿qué había hecho, que ahora ya no podía contar con la ayuda de Cullen?
Tendría que ocuparse él solo de Masen. No había otra posibilidad. Sin embargo, el problema era cómo. ¿Quizá pudiera atrapar a la mujer y utilizarla como carnada? Si Masen trabajaba para ella, iría en su ayuda siempre que no sospechara que se trataba de una trampa. ¿Cómo podía atraparla y hacer que pareciera que no tenía relación con él?
Siempre regresaba al plan donde él mismo servía de carnada. Pero para ella, no para Masen. Tendría que encargarse como fuera de que Masen estuviera ocupado en otra parte, y a continuación hacerle llegar un mensaje a la mujer, uno que no pudiera desatender ni esperar hasta que Masen estuviera disponible. Ella acudiría y entonces podría capturada. Cuando la tuviera, también tendría a Masen. Quizá tardaría un poco, pero él podría divertirse mientras lo esperaba.
Sí, era un buen plan.
Transcurrían los días y el aire comenzó a refrescar. A no ser por aquella ola de calor, el verano no había sido tan bochornoso, pero de todos modos Bella se sentía alegre por la llegada del otoño. Acudió a su consulta con Victoria y consiguió una nueva receta para parches anticonceptivos antes de que se le terminara su reserva, lo que era conveniente dado el cambio drástico en su vida amorosa.
—Quiero pedirte perdón por lo ocurrido —dijo Victoria, contrita—. Me extralimité. Debí haberte escuchado y no pensar que mi opinión era la más válida.
Bella la miró y parpadeó, sin caer en la cuenta de qué se trataba por el momento. Nunca se sentía con ganas de conversar cuando estaba en la caBella del ginecólogo y además, había estado pensando en otras cosas. Esos días, a un nivel que causaba alarma, «otras cosas» querían decir Masen.
El mundo volvió a ocupar su lugar y ella recordó la escena con True.
—No pasa nada —dijo—. Todo va bien. No quería aceptar un no como respuesta, y creo que necesitaba oído de nuevo. Desde entonces no ha llamado.
—Eso es bueno. Quiero decir, que no te moleste. ¿Y qué pasa con Rastreadores? ¿Sigue siendo uno de vuestros patrocinadores? Ya puedes sentarte.
Bella bajó las piernas e hizo retroceder las caderas para sentarse, agarrando la sábana de papel para cubrirse recatadamente. La enfermera comenzó a llenar el modelo para el frotis vaginal y Victoria fue al lavabo para lavarse las manos.
—Dijo que rechazarlo no influiría en su apoyo, así que confío en su palabra.
—Eso está bien. No creo que sea mezquino. No lo conozco muy bien, pero no parece ser una persona rencorosa.
Bella se echó a reír. No, True no le parecía ser uno de los que guardan rencor. Se dio cuenta de que no había pensado en él últimamente. Su cabeza había estado ocupada por dos cosas: el trabajo y Masen.
—También lo llamé y le pedí perdón —prosiguió Victoria—. Hablamos de otros temas y me dijo que tenías una pista sobre el hombre que se llevó a William.
¿Diego? ¿Masen?
—No, nada serio —dijo Bella instintivamente; no quería decir nada sobre Masen.
Ahora que sabía a qué tipo de trabajo se dedicaba, mientras menos hablara de él, mejor.
—Maldita sea. Esperaba que esta vez... bueno, no tiene importancia. Si consigues alguna información, mantenme al tanto.
—Seguro.
Pero Bella ya sabía muchas más cosas de las que no iba a hablar. Siguiendo la teoría de Masen de que deliberadamente la habían hecho seguir durante todos esos años caminos que no llevaban a ninguna parte, pensó que lo mejor sería hablar lo menos posible. Confiaba en Victoria, pero ¿podía confiar en todas las personas a las que Victoria conocía? ¿O en todos los que los amigos de Victoria conocían? Imposible. Por eso, siguió una página del manual de Masen y mantuvo la boca cerrada.
Victoria tomó su bloc de recetas y llenó una.
—Todo parece estar bien. Te llamaré cuando tenga los resultados.
—Si no estoy en casa, deja el mensaje en el contestador. Victoria hizo una anotación en la hoja clínica de Bella.
—Si puedo sacar algo de tiempo para comer, te llamo.
Bella le respondió con una sonrisa. A continuación, Victoria y la enfermera abandonaron la sala de revisión para que ella pudiera vestirse. Tan pronto ambas desaparecieron, la sonrisa se borró del rostro de Bella. Se sentía acuciada por la preocupación. Desde que regresaran de Idaho, Masen había incursionado varias veces en México. Había acudido a su piso dos noches, desaliñado y gruñón, enflaquecido por la cacería. Una mujer inteligente habría permanecido apartada de un hombre letal con los nervios a flor de piel, pero Bella había decidido que, en lo tocante a él, no iba a ser inteligente en absoluto. En esas dos ocasiones le había dado de comer, lo había empujado a la ducha y había lavado su ropa. En ambas ocasiones él la había dejado hacer, aunque la mirara con ojos de fiera, entrecerrados, que hacían que sus rodillas temblaran porque ella sabía que Masen estaba consumiendo su tiempo. Y en ambas ocasiones, tan pronto salía de la ducha la había montado antes de que la toalla llegara al suelo.
Una vez saciados sus apetitos sexuales, él volvía a sentir hambre. No comía lo suficiente, no importa lo que estuviera haciendo. Ella le preparaba un bocadillo y los dos se sentaban a la mesa mientras él comía y le contaba lo nuevo que había averiguado, que siempre resultaba poco. De todos modos, ella percibía al menos que aquel goteo de información era algo sólido, no una cortina de humo.
—Lo que he podido averiguar es que Vulturi ha trabajado desde el principio para la misma persona —le había contado Masen la última vez que se vieron, cuatro días antes—. Hacían contrabando de bebés, y ahora trafican con órganos humanos. Pero no hay mucha información en la calle; han logrado aterrorizar a todo el mundo.
—¿Pudiste encontrar a los hijos de Lola?
—El mayor, un varón, murió en una pelea a cuchilladas hace como quince años. Hace ocho que Lola no ve a su hijo menor, pero le he seguido la pista hasta Matamoros. Se dedica a la pesca y estaba navegando por el golfo. Se supone que volverá dentro de tres días. Estaré allí, esperándolo.
Cuando ella despertó a la mañana siguiente, permaneció acostada un momento, tan... contenta sintiendo la presencia de él a su lado que se asustó. Unos segundos después, él pareció percibir que ella se había despertado y se estiró, pegándola a su cuerpo antes de abrir los ojos. Junto a ella se sentía relajado, al menos todo lo que se podía relajar, pensó Bella.
Le acarició el pecho, palpando los vellos hirsutos con la palma de la mano, percibiendo el calor de su piel, el latido fuerte y continuado de su corazón. La erección matinal de Masen creció, invitándola a tocado, y ella, atenta, metió la mano bajo el edredón para tomarlo en su mano.
—No puedo creerlo —murmuró, mientras él le besaba el hombro—. Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Sí lo sabes —replicó él, frunciendo el rostro—. Edward.
—¿De veras? Pensé que te lo habías inventado.
—Edward Anthony Masen, si quieres la versión americana.
—¿Anthony? Nunca he conocido a nadie llamado Anthony.
¿Cuál es la versión mexicana?
—Más o menos lo mismo. ¡Ay! —exclamó él con su risa oxidada cuando ella estiró súbitamente la mano para darle un pellizco en un sitio muy delicado.
Bella se derretía cada vez que él se echaba a reír, porque lo hacía muy rara vez.
Mientras lo mantenía flojo con la risa, trepó encima de él, colocó el pene en la posición debida y se deslizó para que la penetrara suavemente. Masen respiró muy hondo y cerró los ojos mientras sus manos amasaban el trasero de ella. A Bella le encantaba hacer el amor por la mañana, cuando aún estaba adormilada en un letargo, cuando el tiempo parecía no tener importancia y tampoco llegar al orgasmo o no. Casi le bastaba yacer allí, agarrada a él con los brazos y el cuerpo. Casi. Al poco rato tenía que moverse, o lo hacía él, y era como si ese primer movimiento rompiera las ataduras del auto control. Bella lo cabalgó rápido, con violencia, y cuando el clímax la estremeció y la dejó desmayada sobre el pecho de él, éste se colocó encima de ella hasta obtener su propia satisfacción.
Se marchó después del desayuno y en cuatro días no tuvo noticias de él. Casi había terminado la primera semana de octubre. ¿Estaría bien? ¿Habría hallado al hijo de Lola?
Cuando Bella se fue, Victoria se encerró en su oficina privada y telefoneó a True.
—Acabo de ver a Bella. Aún no tenemos que preocuparnos, ella no sabe nada de Masen. Piensa que fue una información falsa.
True se quedó en silencio y después soltó un taco brutal.
—¡Idiota, ella se ha reunido con Masen! El mes pasado los vieron juntos en Ciudad Juárez.
A Victoria se le heló la sangre.
—¿Me ha mentido?
—Si negó saber algo sobre él, sí.
—Pero ¿por qué iba a hacerlo? Hace años que somos amigas.
True soltó una risita burlona al oír aquello. ¿Amigas? Que Dios lo libre de amigas como tú.
—Quizá sospecha de ti — soltó—. Quizá Masen está más cerca de nosotros de lo que creía.
Por una vez no tuvo la oportunidad de ser el primero en colgar: Victoria dejó caer el auricular en su sitio y se quedó allí sentada, mirando el aparato como si se tratara de una serpiente. Siempre había pensado que Bella, a pesar de ser admirable en muchos sentidos, era un poco ingenua. Ahora se preguntaba si la ingenua no sería ella.
¿Estaría Bella jugando con ella?
El pánico le atenazó la garganta y estuvo a punto de asfixiarla. Había trabajado muy duro para dejar que ahora todo se fuera al demonio. Tenía que hacer algo, y pronto.
