Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 22
Masen entró en la cantina llena de humo y buscó un sitio junto a la pared, parcialmente oculto en la sombra, desde donde pudiera vigilar el ir y venir de los clientes. La música sonaba alto, las mesas de metal estaban llenas de botellas vacías y el urinario consistía en un barril colocado en un rincón de la parte de atrás. Dos prostitutas se dedicaban vivamente a su negocio; los granjeros y pescadores mexicanos se relajaban y pasaban un buen rato, tarareando una canción popular y haciendo ruidosos brindis, numerosos y entusiastas, a la salud de los demás, lo que exigía más botellas que, a su vez, daban lugar a más brindis. El cantinero tenía el aspecto de ser alguien que guardaba cerca una escopeta cargada, pero Masen dudaba de que la necesitara a menudo en aquella pequeña cantina cordial.
Perseguir por tierra a Enrique Guerrero había consumido mucho tiempo y paciencia. Masen pensó que le había dado caza probablemente por medio México. Pero finalmente había logrado pescar al cabroncete en la ciudad portuaria de Veracruz, en aquella cantina repleta y llena de olores, donde se sentía seguro rodeado por todos sus compadres.
Lola debía de haberlo prevenido, pensó Masen, o lo habían hecho sus amigos en Matamoros. Enrique había huido. ¿Y por qué haría algo así, a no ser que tuviera cosas que ocultar? Mientras lo vigilaba, Masen pensaba que tenía mucho que ocultar. Enrique era una de esas comadrejas furtivas que vigilaba a las personas que tenía cerca, y cuando estaban demasiado bebidos para darse cuenta, les quitaba parte de su dinero. Era hábil, pero la cantina era oscura, estaba llena de humo y se bebía en grandes cantidades: hasta un niño de cinco años hubiera tenido éxito haciendo lo mismo. Enrique bebía, pero no mucho, lo que le concedía una ventaja importante. De todos modos, buena parte de los campesinos llevaban machetes, era su arma preferida y pelear a machetazos era casi un deporte nacional. Enrique se arriesgaba, si lo pescaban, a salir de allí con algo peor que un ojo morado.
Masen no bebía absolutamente nada. Estaba de pie, muy quieto, y la mayoría de la gente ni siquiera lo percibía. No buscaba la mirada de nadie. Simplemente vigilaba a Enrique y esperaba su oportunidad.
Como no bebía mucho, Enrique no tenía que visitar el barril del rincón. Si lo hubiera hecho, Masen habría podido abordarlo por la espalda y, sin ruido, hacerla salir por la puerta más cercana que llevaba al callejón. En medio de aquella multitud nadie lo hubiera notado, y en caso contrario no les habría importado. Masen esperaba, metiéndose más en la sombra, sin desviar su atención.
Faltaba poco para el amanecer cuando Enrique se levantó, palmeó las espaldas de sus acompañantes e intercambió insultos jocosos y abundantes, como dejándose llevar por la risa de los borrachos. Probablemente se había apropiado de todo lo razonablemente esperado; era un buen truco, porque cuando se les pasara la borrachera, sólo pensarían que habían pasado un buen rato y habían gastado todo el dinero.
Cuando Enrique abrió la puerta, el aire fresco del exterior no hizo mella en la pared de humo casi sólida que llenaba el recinto. Masen abandonó su sitio sin prisas, calculando cuidadosamente el tiempo, y atravesó la puerta un paso detrás de Enrique. Nadie que lo hubiera visto habría pensado que su salida en ese momento tuviera algo de premeditado, porque su manera de andar habla sido pausada.
Tan pronto como la puerta se cerró a su espalda, cubrió con su mano la boca de Enrique y colocó la punta de su cuchillo bajo la oreja del hombre mientras arrastraba a aquella comadreja a la oscuridad de un estrecho callejón.
—Habla y vivirás —le dijo en español—. Si peleas, morirás.
Retiró la mano de la boca de Enrique, y sólo para cerciorarse de que el hombre había entendido de qué se trataba, lo pinchó levemente con la punta del cuchillo, unos milímetros apenas. Fue doloroso y comenzó a brotar la sangre, pero Masen tuvo cuidado de no lesionar nada importante.
Enrique babeaba de terror, prometiendo cualquier cosa, no importa qué, lo que deseara el señor. Allí mismo tenía dinero...
—No muevas las manos, cabrón.
Masen clavó más profundo la punta del cuchillo. Con la otra mano le hizo un somero registro y le quitó la navaja que había intentado sacar del bolsillo.
—No quiero el dinero de tus amigos, sino que respondas a unas preguntas.
—Sí, lo que sea.
—Me manda tu madre. Mi nombre es Masen.
A Enrique se le doblaron las rodillas. Soltó un aluvión de injurias relativas a Lola, quien en caso de oírlas probablemente no se preocuparía. Masen pensó que no existían lazos de cariño entre madre e hijo; de otra manera, ella nunca le hubiera dicho cómo encontrar a Enrique. Básicamente, Lola sólo se preocupaba por sí misma, un hábito del que había hecho partícipe a su hijo.
—Hace diez años vivías con Lola cuando ella cuidaba a los bebés robados.
—No sé nada de esos bebés...
—Cállate. No te estoy preguntando nada sobre los bebés. ¿Para quién trabajaban Caius Vulturi y tu tío Lorenzo? ¿Oíste mencionar algún nombre?
—Para un yanqui — balbuceó Enrique.
—No me interesa su nacionalidad, cabrón, sino su nombre.
—No hubo nombres. Todo lo que oí es que vivía en El Paso.
—¿Eso es todo?
—¡Lo juro!
—Qué desencanto. Eso ya lo sabía. Enrique comenzó a temblar.
—Nunca lo vi. Vulturi se cuidaba mucho de no mencionar su nombre.
—¿Y Lorenzo era igual de cuidadoso? ¿O le gustaba jactarse?
—Se jactaba, señor, pero no era más que ruido. ¡Él no sabía nada!
—Cuéntame alguna de las cosas que decía. Yo decidiré si valen o no.
—Fue hace mucho tiempo, no recuerdo...
Masen hizo chasquear los labios. No movió el cuchillo en absoluto, no tenía que hacerlo. Aterrorizado hasta la locura por aquel sonido de pesar, Enrique se estremeció y comenzó a sollozar. Comenzó a sentirse un fuerte olor a orines.
—¿Recuerdas cuando Vulturi perdió el ojo al robar un niño gringo? La madre le arrancó el ojo, se lo sacó de la órbita. Seguro que lo recuerdas.
—Sí —dijo Enrique sollozando.
—Ah, ya sabía yo que no sufrías de amnesia. ¿Qué es lo que recuerdas?
—¡Nada que tenga que ver con el hombre de El Paso, no sé nada sobre él! Pero aquel bebé, el niño gringo... Lorenzo dijo que la doctora los había ayudado.
La doctora.
La doctora Witherdale, amiga de Bella, se había ocupado del parto y se había mantenido en contacto con ella todos estos años. Hasta vivía en El Paso.
Una enorme pieza del rompecabezas ocupó su lugar.
Las víctimas evisceradas no habían sido descuartizadas, sus órganos habían sido retirados con cuidado, lo que indicaba la presencia de alguien que sabía de cirugía. Un órgano dañado carecía de valor. Podría tratarse de un simple carnicero, pero lo más probable es que se tratara de un médico.
¿Y quién era el único médico que había vivido en los alrededores, tanto en el pequeño poblado donde secuestraron al hijo de Bella como en la frontera, donde aparecían los cadáveres?
La única era Victoria Witherdale. Tenía que prevenir a Bella.
A mediados de octubre Masen aún no había regresado y Bella estaba tan preocupada que le parecía imposible concentrarse en su trabajo. ¿Le habría ocurrido alguna cosa? México era, en grado sumo, un país extremadamente hospitalario y amistoso, pero como cualquier otro país del mundo estaba lleno de maleantes. Ella hubiera apostado por Masen contra cualquier persona, pero hasta el depredador más eficiente podía ser superado numéricamente y abatido. Y él tampoco podía resistir la bala de un fusil.
Cuando no estaba enferma de preocupación, estaba furiosa. ¿Acaso no podía imaginar él cómo se sentiría ella si alguien a quien quería desaparecía? No había comparación alguna entre Masen y William, por supuesto, salvo por los lazos que los ataban al corazón de ella. Su hijo y su amante: claro que no podía perderlos a ambos de una manera tan cruel, sin saber qué había pasado, sumida en el dolor, el vacío y la incertidumbre. Cuando Masen apareciera de nuevo, ella le daría un repaso que él no podría olvidar en mucho tiempo, y si no le gustaba, es que se estaría haciendo el gallito. Si quería, podía cortar su relación con ella, pero mientras existiera esa relación, ella se negaba a ser tratada como un artículo de conveniencia sexual cada vez que el pasaba a visitarla.
Bella había llamado a su teléfono móvil varias veces, sin suerte. Según el mensaje grabado, estaba apagado o fuera de cobertura. Si tenía la opción del buzón de voz, no la había activado.
Ella se mantenía ocupada. Desgraciadamente, los Rastreadores tenían siempre trabajo. Hubo una serie de críos que se escaparon de casa, de niños raptados, así como los inevitables senderistas que se perdían en las montañas. Las razones no tenían importancia; si lo que hacía falta era gente que participara en la búsqueda, Rastreadores la suministraba. En una sola semana, Bella voló de Seattle a Jacksonville, Florida, a Kansas City, luego a San Diego y finalmente, de regreso a El Paso. Cuando volvió, estaba agotada, pero lo primero que hizo al llegar a casa fue comprobar los mensajes en el contestador. Había muchos, pero ninguno de Masen. Tampoco creía que la hubiera llamado al móvil, pero el registro de llamadas no funcionaba y Bella no tenía manera de saber si se le había perdido alguna.
Por cierto, no había tenido llamadas en los últimos dos días. Aquello no le había preocupado porque había tomado muchos vuelos diferentes y siempre que pudo llamó a la oficina. No había tenido problemas para llamar, pero ¿y si no podía recibir llamadas?
Levantó el teléfono fijo y marcó el número de su móvil. Oyó el timbre en el auricular, pero el teléfono móvil que tenía en la mano no sonó en absoluto.
Molesta, colgó y tiró el móvil dentro de su bolso. Lo primero que haría por la mañana sería llevarlo a reparar y alquilar otro, o comprar uno nuevo si era necesario. No resistía pensar que Masen hubiera podido intentar ponerse en contacto y aquel estúpido teléfono no estuviera funcionando. ¿Tenía el número de su teléfono fijo? No podía recordar si se lo había dado o no. Seguro que sí, aunque si él tenía que ponerse en contacto con ella y no podía hacerlo por el móvil, habría llamado a Rastreadores y le hubiera dejado un mensaje, o habría llamado a información para conseguir el número de su casa, y le dejaría un mensaje allí.
¿Dónde demonios estaba?
El teléfono fijo sonó y ella lo levantó de prisa. Quizá...
—¿Señora Black?
—Sí, soy yo.
Bella no reconoció la voz. Le recordaba aquella llamada en agosto, diciéndole dónde podía hallar a Masen. Pero la voz no era la misma, de eso estaba segura. La primera voz había sido más ligera, más tersa; ésta era más basta, y el acento era diferente.
—¿Le interesa Caius Vulturi?
Dios mío. Bella suspiró profundamente para contener la excitación que la embargaba. Por favor, por favor, que esta información sea auténtica y no otra pista falsa, imploró.
—Sí.
—Esta noche estará en Ciudad Juárez. En la Cantina del Cerdo Azul.
—¿A qué hora? —preguntó, pero el que llamaba ya había colgado.
Bella revisó el identificador de llamadas: decía «número oculto».
Desesperada, volvió a marcar el número del móvil de Masen. Tras tres timbrazos, el mensaje automático dijo que se encontraba fuera de servicio.
Miró la hora: las cuatro y media. Como la última semana había sido complicada, el personal de la oficina estaba disperso por el país. Emmet estaba en Tennessee, Alice en Arizona, y Angela Weber y Rosalie estaban enfermas a causa de un malévolo virus intestinal.
Bella sabía perfectamente que no debía acudir sola. No sabía qué tipo de lugar era el Cerdo Azul: en caso de que fuera una cantina normal, no sería bienvenida allí, o quizá fuera un club donde permitían la entrada de mujeres sin presuponer de forma automática que se trataba de prostitutas. No veía a Vulturi entrando en uno de los clubes más exclusivos; no, si él iba allí, se trataría de una cantina normal. Si ella ponía un pie dentro de semejante local, eso provocaría grandes complicaciones.
Se exprimió el cerebro, tratando de pensar en alguna persona competente que estuviera disponible.
Sólo se le ocurría un nombre.
Masen le había dicho que se mantuviera lejos de True Cullen, y ella asumió que tenía sus buenas razones, que no estaba siendo posesivo. Se lo había dicho antes de que se convirtieran en amantes, más como una advertencia que como cualquier otra cosa.
Ella debió preguntarle por qué no confiaba en True. Pero en ausencia de Masen y Emmet, él era el único hombre que le venía a la mente, capaz de afrontar una situación como aquella.
Bella se dio cuenta de que aquello no tenía importancia. Masen no le hubiera dicho eso sin una buena razón, por lo que debía confiar en él. Tan pronto como lo viera, le preguntaría qué tenía precisamente contra True, pero hasta ese momento tenía que apoyarse en su propia percepción de la confianza, y en eso estaba del lado de Masen.
Debería de haber alguien más. El problema de concentrarse en su trabajo y su búsqueda de William era que su vida social era muy limitada: conocía a mucha gente, pero a nadie de manera íntima, y en circunstancias como ésta, necesitaba de algún conocido en quien pudiera confiar.
Entonces, suspiró con alivio. Había otra persona, siempre que pudiera ponerse en contacto con él: James Witherdale. Buscó presurosa el número de teléfono de su oficina; como anestesiólogo, no atendía pacientes en su oficina, pero él y su socio tenían aquel local para el papeleo, la facturación y para recibir mensajes.
La mujer que contestó al teléfono le dijo que aún no había abandonado el hospital. Bella le dijo que era algo urgente, le dio su nombre y su teléfono y la mujer prometió que le pasaría el recado. Mientras Bella esperaba a que James le devolviera la llamada, subió corriendo la escalera y se puso unos vaqueros y mocasines.
Transcurrió más de una hora antes de que James llamara. Bella pasó todo ese tiempo caminando de un lado a otro, llamó tres veces al móvil de Masen, y se obligó a comerse un bocadillo. El que la había llamado no había mencionado una hora concreta, por lo que aquello podía prolongarse durante toda la noche.
—¿Bella? —la voz de James al responder finalmente la llamada, sonaba preocupada—. ¿Qué te ocurre?
—Necesito que alguien vaya conmigo esta noche a Ciudad Juárez —explicó—. Mi personal está ausente o de baja por enfermedad, y se trata de algo que no puedo hacer sola. ¿Puedes venir conmigo? Sé que es un incordio, pero eres el único amigo en quien puedo confiar.
—Seguro, no hay problemas. ¿Dónde y a qué hora? Ella le dijo en qué puente se reunirían y a qué hora.
—Si puedes, cámbiate de ropa. La cantina a la que vamos probablemente está en un barrio marginal.
—Muy bieeen —respondió él con entusiasmo—. Hace tiempo que no me arrastro por una cantina.
—Oh, otra cosa: no tengo la menor idea de cuánto tiempo nos tomará. Podría ser toda la noche.
—De todos modos, mi agenda para mañana no es complicada. Creo que no hay nada hasta mediodía. Estoy listo.
—Gracias, James. Eres un encanto.
—Lo sé —replicó él, en tono de suficiencia.
Una hora después, cruzaron la frontera caminando. Bella había utilizado previamente los servicios de Chela sólo cuando abandonaba la franja fronteriza, pero bajo ninguna circunstancia iba a aproximarse a Vulturi desarmada, de manera que había llamado a la vendedora de armas para que se reuniera con ella.
—¿Sabes cómo utilizar una pistola? —le preguntó a James cuando estuvieron en Ciudad Juárez.
—No. He ido de cacería, pero con un fusil. Todavía no he hecho blanco en nada. —James la miró con preocupación—. ¿De veras crees que necesitaremos armas?
—Prefiero llevarlas y no necesitarlas, que lo contrario. No te lo he contado, pero el hombre que secuestró a William irá a esa cantina supuestamente esta noche. Si lo hace, puedes apostar a que irá armado.
James se detuvo con una expresión preocupada en el rostro.
—¿No crees que deberías llamar a los maderos? La PJF o la PJE, no sé quién se ocupa de cosas como ésta.
—¿Y decirles qué? ¿Qué creo que ése es el hombre al que vi durante unos segundos hace diez años?
Bella no quería tener tratos con la policía judicial, fuera estatal o federal. Ambas eran muy impopulares en México.
—Le sacaste un ojo. Eso facilita la identificación.
—A no ser que yo piense que todos los tuertos son iguales. Ni siquiera estoy segura de que estará allí. Recibí una llamada anónima diciendo que estaría.
¿Sabes cuántas llamadas he recibido en todos estos años? Adivina cuántas han tenido algún valor.
—Imagino que ninguna —dijo él, más relajado.
—En realidad, una.
—Por lo tanto, esto más bien es esperar a ver.
—Probablemente. No lo sabré si no me presento. Pero de ninguna manera tengo la intención de meterme en una cantina de los bajos fondos sin algo para protegerme.
James conocía el ambiente de las cantinas, sabía que ella no podía entrar, lo que quería decir que tendría que quedarse en la calle. Pero hasta esperar sentada en un coche, lo que era la intención de Bella, tenía sus riesgos.
Benito, el viejo amigo de Bella, los recibió con una sonrisa y Un Ford Taurus en bastante buen estado. También sabía dónde estaba el Cerdo Azul y le indicó la dirección y la forma de llegar, así como una advertencia. El Cerdo Azul tenía muy mala reputación. La mayoría de las cantinas eran sitios acogedores, donde los hombres se relajaban y se emborrachaban, pero en el Cerdo Azul se reunía un elemento de muy baja estofa.
Bella comenzó a pensar que si el lugar era tan malo, sería verdad que Vulturi estaría allí.
Se reunieron con Chela, que les entregó una bolsa de la compra sin decir palabra, recogió su dinero y se marchó.
—¿Es siempre tan fácil? —preguntó James, sorprendido.
—En general, sí. En caso de que un policía quiera echar un vistazo a la bolsa, la dejaré caer y saldré corriendo.
—Y yo correré contigo —dijo James, con una mueca burlona.
Montaron en el Taurus, Bella al volante. Sin la menor esperanza, Bella probó una vez más con el número del móvil de Masen antes de dirigirse al Cerdo Azul. Para su absoluto asombro, él respondió.
—¿Dónde has estado? —le gritó ella, a continuación se dio cuenta de lo que estaba haciendo y sintió calor en el rostro.
Había pronunciado aquellas palabras como si tuviera derecho a saber. Lo pensó un momento y decidió que tenía derecho a saber.
Eran amantes, y ella se preocupaba por él. Hubo tres segundos de silencio.
—Yo iba a preguntarte lo mismo —dijo él a continuación.
—Mi móvil no recibe llamadas. Puedo llamar yo, pero nada más.
—He tenido el teléfono apagado la mayor parte del tiempo.
—¿Por qué?
—Porque no quería que sonara.
Esta vez, ella fue la que esperó antes de hablar, luchando con el urgente deseo de darse de cabezazos contra el salpicadero. Tenía la sensación de que si pudiera verlo, él tendría en su rostro aquella leve sonrisa.
—¿Por qué razón?
—No quería que el sonido llamara la atención. Eso quería decir que había estado al acecho.
—¿Has descubierto algo?
—Algo muy interesante. ¿Dónde estás?
—En Ciudad Juárez. Por eso intentaba ponerme en contacto contigo. Esta tarde me llamaron por teléfono, dijeron que Vulturi estaría esta noche en la cantina del Cerdo Azul.
—Conozco el lugar. Quédate donde estás hasta que yo llegue. No se te ocurra ir sola.
—No estoy sola. James Witherdale está conmigo. La voz de Masen se volvió tensa de repente.
—¿Witherdale?
—¿Te acuerdas de mis amigos, Victoria y James?
—Ella está involucrada en todo, Bella, es parte de todo esto. Aléjate de él y regresa a El Paso. Hazlo ahora.
Bella apartó el teléfono y lo miró asombrada durante unos segundos antes de llevárselo de nuevo al oído.
—¿Qué has dicho?
—Victoria. Ella fue la que organizó el secuestro de William. Probablemente está metida hasta el cuello en el contrabando de órganos. Alguien bien preparado ha retirado los órganos y lo más seguro es que se trate de un médico.
Bella estaba tan anonadada que no podía pensar.
¿Victoria? La idea era ridícula. Victoria era su amiga, la había asistido en el parto de William, se había preocupado por permanecer en contacto todos esos años, ofreciendo apoyo y amistad. Había seguido los esfuerzos de Bella para encontrar a los secuestradores.
Bella estaba hiperventilando. Contuvo el aliento y se mantuvo así para no marearse, con los ojos bien cerrados.
—¿Bella? —preguntó James con preocupación en la voz— . ¿Estás bien?
—Aléjate de él —pronunció en su oído la voz de Masen, en tono letal.
—¿En cuánto tiempo podrías estar aquí? — preguntó ella con una calma que le costó hasta su última pizca de control.
—Estoy a setenta kilómetros. Al menos, dame una hora.
—No vaya perder una oportunidad relativa a Vulturi. Sabemos que lo más probable es que no aparezca, pero quizá lo haga.
Ante la evidencia de que pedirle que volviera a casa era algo inútil, Masen suspiró profundamente.
—¿Estás armada?
—Sí.
—¿Y él?
—Por ahora, no.
—Que siga así. ¿Qué tipo de coche llevas? Bella le describió el Taurus.
—Quédate dentro del coche. Mantén las puertas cerradas con el seguro. Aparca en la calle donde pueda encontrarte. Llegaré lo más pronto posible. Y si Witherdale hace algo que parezca sospechoso, métele un tiro en el culo.
—Sí. Bien — respondió Bella a la ráfaga de órdenes.
Masen colgó el teléfono y ella lo imitó. Se sentía alelada, como contusa tras una explosión, y no se atrevía a mirar a James. Él no podía estar involucrado. James no. Tenía un corazón delicado, el de un auténtico caballero. La única vez que ella lo había visto comportarse con cierta hostilidad fue la noche en que Victoria intentó amañar su encuentro con True: James había mostrado claramente que aquel hombre no le gustaba.
Y tampoco a Masen. Qué curioso que a los dos les disgustara aquel hombre con tanta intensidad, y sabiendo que a James no le gustaba True, qué raro que Victoria intentara, de todos modos, echarla en brazos de él. ¿Por qué haría semejante cosa?
True y Victoria conversaban. Eso no tenía nada de incriminatorio. Ahora él era un hombre pudiente, pero había logrado salir de la pobreza. Bella había oído que True procedía de los estratos más bajos y duros de El Paso. Sabía también que aún mantenía contactos con ese mundo, que conocía a mucha gente marginal, entre ellos a contrabandistas.
Victoria... ¿y True?
Tenía sentido. Ahora, Bella se guiaba únicamente por el instinto, sin una sola prueba que corroborara nada, pero aquello tenía sentido.
Sacó una de las pistolas de la bolsa de la compra, Y después colocó el envoltorio en el suelo, al otro lado de sus pies.
—¿Qué pasa? —preguntó James—. ¿Quién era?
—Un hombre llamado Masen. James suspiró de cansancio.
—Lo he oído mentar.
—¿Cuándo?
—Oí una conversación entre Victoria y True. —James miraba por la ventanilla—. Me imagino que sabe algo de Victoria.
Asombrada, Bella lo miró fijamente, con la mano en la pistola. Él se frotó los ojos.
—En ocasiones es descuidada. Dice cosas que no debería, se olvida de lo lejos que llega el sonido de su voz. Su estudio en casa, por ejemplo, parece que amplifica el sonido. He oído conversaciones durante años, pero sólo en los últimos meses he comenzado a sumar dos más dos. Un día, ella estaba hablando con True por teléfono y... no recuerdo qué dijo ella exactamente, pero el sentido estaba muy claro. Algo sobre la cantidad de dinero que habían ganado con los bebés, pero que todo el alboroto relativo a William estuvo a punto de hacer que los atraparan. Habían ganado. Ella dijo exactamente que habían ganado el dinero.
—¿Y por qué no dijiste nada? —preguntó Bella—.¿Fuiste a la policía?
—Falta de pruebas. Demonios, ninguna prueba. Sólo algunas llamadas, de las que oí lo que ella decía. Le preguntó a True si él estaba seguro de que ése tal Masen tenía las manos vacías y ellos no tenían que preocuparse. No sé qué dijo True, pero era obvio que se tomaba muy en serio a Masen. Así que hice mi propia investigación, espié algunas conversaciones más y descubrí que iban a entregar algún tipo de carga tras la iglesia de Guadalupe. Yo también conozco a algunos tipos duros en México. Llamé a uno de ellos y le dije que a Masen le encantaría saber eso, con la esperanza de que funcionara. Entonces, te llamé a ti con un acento impostado y te dije que Masen estaría allí. No estaba seguro, pero había una posibilidad. ¿Tuve razón, eh?
James había sido el de la llamada anónima. Tenía que ser él, de otra manera no podía saber nada de aquella noche.
—Él estuvo allí —dijo Bella, con la garganta muy tensa.
James inclinó la cabeza.
—Cuando descubrí lo que ella había hecho... He amado a esa mujer durante veinte años y nunca supe quién era. Imagino que fue por el dinero. Estábamos casi en bancarrota, devolviendo nuestros préstamos estudiantiles, pagando facturas de tarjetas de crédito, lo que se te ocurra. Ella no es capaz de vivir con un presupuesto. Yo tampoco, a decir verdad. Ésa fue la razón por la que nos fuimos a México, para alejarnos de los acreedores durante un año. Nuestra situación financiera mejoró mucho ese año y ahora sé por qué. Ella estaba vendiendo bebés. Demonios, ella atendía los partos, conocía el sexo, la edad, el estado general de salud.
Y las pobres mujeres mexicanas recorrían distancias considerables para llegar a la clínica y que un médico de verdad las atendiera durante el parto. Los secuestros debieron estar dispersos por un área muy grande, ¿y a quién se le ocurriría preguntar quién había asistido en el parto? Como Victoria nunca había mantenido contacto con ellas una vez dadas de alta, tampoco había aparecido en el radar de la sospecha.
—Ella vendió a William —prosiguió James—. Consiguieron mucho dinero por él. Lo siento, Bella, no sé a dónde lo enviaron. He revisado todos sus papeles, pero no hay nada sobre lo que pasó con los bebés. No creo que a ella le importara. —Los ojos de James se llenaron de lágrimas—. Ella dijo que te mantendrían ocupada persiguiéndote la cola durante diez años. Te han estado poniendo obstáculos con todos los medios posibles.
—¿Y qué vas a hacer tú? — preguntó Bella con voz temblorosa.
Aquello le hacía daño. Se sentía anonadada, herida, rabiosa. Victoria tenía suerte de no estar en ese momento a su alcance, porque Bella la habría agredido físicamente.
—No sé. Obviamente, divorciarme. No la he dejado porque quería vigilarla. ¿Puedo testificar en su contra? No sé si puedo obligarme a hacerlo.
—Masen cree que está mezclada en el mercado negro de la donación de órganos, que están matando a gente y vendiendo sus órganos.
James la miró, su boca pronunciaba algo sin emitir sonido.
—Ella... ella no podría hacer eso —logró decir finalmente—. Eso está más allá...
—La «carga» que entregaron en Guadalupe esa noche era una persona.
—Oh, Dios mío, Dios mío.
El color desapareció del rostro de James y cerró los ojos. Parecía estar a punto de vomitar.
Bella también se sintió como si estuviera a punto de vomitar.
Miró el reloj y un disparo de adrenalina la hizo poner en marcha el coche con movimientos rápidos, espasmódicos.
—Tenemos que ir a la cantina. Vulturi ya podría estar allí.
—Creí que habías dicho que probablemente él no...
—Siempre hay una probabilidad.
