Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 23
Vulturi llegó temprano al Cerdo Azul. Quería estar allí cuando aquella zorra llegara, quería vigilarla mientras ella lo esperaba. Al hablar con ella por teléfono, su corazón comenzó a latir más rápido y la excitación le provocó tal dolor en el bajo vientre que tuvo ganas de frotarse. Había esperado y esperado, oculto en aquel barquito apestoso, recomiéndose el alma cada día que pasaba allí escondido como una niña pequeña. Tenía que descubrir dónde estaba Masen antes de hacer un movimiento contra la mujer, y eso no era fácil.
Pero por fin la fortuna le había sonreído. Uno de los pescadores le contó a su primo que el perseguidor Masen había ido a Matamoros en busca de Enrique Guerrero. La noticia era para tener miedo y a la vez le aliviaba: era buena porque el pescador también contó que Enrique había huido hacia el sur, y eso hizo suponer a Vulturi que Masen lo había seguido; pero era mala porque no tenía duda alguna de que Masen hallaría a Enrique, y no se podía confiar en que éste mantuviera la boca cerrada sobre ningún tema. Le vendería su madre al diablo para salvar el pellejo, aunque con una madre como Lola era imposible reprocharle nada. De todos modos, Vulturi tenía que asumir que Enrique sabía lo que Lorenzo había sabido. Y Masen se enteraría pronto de lo que Enrique sabía.
No podía haber cortado sus relaciones con Cullen y desaparecer del todo en un mejor momento. Existía una posibilidad de que Masen se contentara con perseguir a los peces grandes, dejando en paz a los pequeños. Pero tenía la reputación de ser tan implacable como constante, de que no dejaba escapar a nadie, y Vulturi no podía correr el riesgo de despertarse un día y descubrir que estaba frente a frente ante aquel demonio. Su plan original era mejor: atrapar a la mujer y usada como carnada para pescar y matar a Masen. Sólo entonces estaría verdaderamente a salvo.
Por eso se sentó en la cantina y esperó, esperó consolándose con varias botellas de cerveza Victoria.
¿Dónde estaría ella? ¿Acaso él le importaba tan poco que la gringa no se molestaría en cruzar la frontera para vedo? Se lo había puesto tan fácil como era posible, lo único que le había faltado era presentarse ante su puerta.
Iba por su cuarta botella de cerveza cuando se dio cuenta de que quizá ella no entraría en la cantina, porque en ese lugar únicamente entraban las putas o las mujeres que buscaban problemas.
Una mujer decente no lo hacía, y esa zorra era decente.
Maldiciendo para sus adentros, se levantó y ya había recorrido la mitad del salón cuando de repente giró sobre sus pasos y se dirigió a la puerta trasera. ¡Tonto! ¿Y si ella hubiera aparcado directamente delante? Sería una idiotez por su parte, pero era posible. Sin la menor duda, él quería detectada antes de que ella lo viera, por lo que saldría por la puerta trasera.
Dio la vuelta por detrás, lo que no resultaba fácil porque allí los edificios habían sido construidos uno junto al otro, y tuvo que recorrer el estrecho y hediondo callejón trasero hasta el final y doblar dos esquinas. Permaneció en la sombra de los edificios y oculto entre otras personas: ella buscaría a un hombre solo, no a un grupo. Por suerte, esa calle rebosaba de gente, especialmente de noche, y la mayoría de ellos eran personas con las que una mujer decente no querría tropezarse.
Se desplazó con cuidado. Ella debía de estar aparcada al otro lado de la calle, o frente a él. Tuvo que examinar cada vehículo... ¡Ahí estaba!, aparcada de modo conveniente, a este lado de la calle, dándole la espalda.
Tenía que ser ella. Era una mujer de cabello ondulado, de un castaño tan claro que parecía casi rubio. Y los rizos, él se acordaba especialmente de los rizos. Hasta de noche, mostrando su silueta, parecían flotar en torno a su cabeza como si tuvieran vida propia. Parecían tan suaves y livianos como polluelos. Se preguntó si su vello púbico sería tan rizado y soltó una risita para sus adentros porque pronto se cercioraría.
Durante diez años no había fallado con ninguna mujer que no fuera una puta, al menos una mujer que consintiera, porque aquella zorra de pelo rizado le había destrozado el rostro. Pagaría por ello. La poseería hasta que gritara pidiendo clemencia.
Quizá la conservara por un tiempo, incluso después de que matara a Masen. Podía cobrarles a otros por usarla. Después de todo, tenía que ganarse la vida.
Había alguien más con ella en el coche. Un hombre.
Se detuvo, sintiendo que se le congelaba la sangre. Masen... ¿cómo había podido volver tan rápido? ¡Idiota! Se abofeteó mentalmente a sí mismo. El simple hecho de que él mismo no tomara un avión —demasiada vigilancia, demasiados controles de papeles—, no significaba que otros tuvieran la misma necesidad de esconderse. Masen podía regresar de cualquier rincón del país en cuestión de horas.
Pero esto podía ser provechoso para él. Los dos juntos e ignorantes de su presencia detrás de ellos. Ahora mismo podía matar a Masen. Una bala en la cabeza, a través de la ventanilla: con eso terminaría el trabajo. La mujer... probablemente también tendría que matarla ahora, y suspiró lamentándolo. Ah, bien. Dispararle primero a Masen, que era lo que debía hacer, le daría a ella tiempo para reaccionar. Él no se atrevía a aproximarse por delante, lo que le permitiría pegarle dos tiros rápidos a cada uno. Tendría que desplazarse de la parte posterior a un lado, fuera del alcance del espejo lateral, hasta que tuviera un buen ángulo de la cabeza de Masen. Tras dispararle a él, debería avanzar más todavía para poder verla a ella y tener un blanco decente. Ella estaría gritando, moviéndose, quizás intentando incluso huir en el coche. Él tendría que ser rápido y preciso, lo que ya no le resultaba tan sencillo con un solo ojo. Para empeorarlo todo, le faltaba el ojo izquierdo y ellos estaban a su izquierda.
El hombre salió del coche. Vulturi se quedó inmóvil en el sitio. ¡No era Masen! El pelo de este hombre era claro. Era más viejo, de menor estatura, más grueso. Estupefacto, lo reconoció. Era el marido de la doctora Witherdale,el doctor Witherdale.
¡Hijo de la gran puta! ¿Qué estaba haciendo allí?
La razón, fuera la que fuera, carecía de importancia. El doctor Witherdale iba a entrar en el Cerdo Azul, presumiblemente en su busca. Mejor, imposible. La mujer vigilaba al doctor Witherdale; no estaba prestando atención a... miró el retrovisor, controló el espejo lateral y Vulturi se quedó inmóvil. Ella no podía verlo por los espejos, pero estaba más alerta, más precavida de lo que él creía. Tenía que acercársele por el lado izquierdo, o sea, por su derecha, para poder verla. Pero si hacía eso, ella podría verlo.
La había subestimado una vez y lo había pagado caro. No volvería a hacerlo.
Ella debía haber cerrado las portezuelas con el seguro; no era una estúpida. Las ventanillas estaban subidas. Pero ¿habría vuelto a poner el seguro en la puerta del pasajero después de que se bajara el doctor Witherdale?
Las cuatro cervezas que se había bebido le decían que había una sola manera de descubrirlo.
Avanzó lateralmente, permaneciendo fuera del alcance de los espejos hasta que estuvo junto al coche. Agarró la manivela, la puerta se abrió, ¡milagro!, y él se introdujo, con la pistola apuntando a la cabeza de ella.
—¡Hola! —dijo con una mueca mientras se deslizaba en el asiento del pasajero y cerraba la puerta—. ¿Te acuerdas de mí?
Vio cómo se abrían mucho los ojos de la mujer, una reacción muy satisfactoria, pero a continuación la mano de ella se alzó con la velocidad de una serpiente y él se descubrió mirando el cañón de una pistola que apuntaba a su ojo sano.
—Hijo de la chingada, ¿y tú te acuerdas de mí? — replicó ella en un español lento y cuidadoso.
La mano de la mujer no temblaba. Sus ojos eran fríos, rebosaban odio. Vulturi la miró y contempló su muerte, salvo que pudiera ser el primero en apretar el gatillo...
La portezuela se abrió a su lado y otra pistola se le clavó bajo la oreja derecha.
—Vulturi, cerdo —pronunció una voz, tan amenazadora que estuvo a punto de orinarse de terror porque sabía a quién pertenecía, y también sabía, más allá de toda duda, que lo había jodido todo sin la menor posibilidad de remendarlo—. ¿Amenazas a mi mujer? Eso me cabrea muchísimo.
James se apartó a un lado, temblando de forma incontrolable. Cuando volvió al coche estuvo a punto de desmayarse al ver a Bella apuntando una pistola a la cabeza de un hombre, al hombre que apuntaba otra pistola a la cabeza de ella, y a un segundo hombre, oscuro, de aspecto letal, de pie junto a la puerta abierta, con una pistola clavada en la cabeza del primer hombre. Según el aterrorizado conteo de James, había tres pistolas y dos cabezas amenazadas. Alguien iba a morir.
Las cosas ocurrieron rápido. El hombre que estaba con Bella en el asiento delantero fue desarmado y James fue a parar al asiento trasero, sentado junto a aquella arma viva que respiraba, y que simultáneamente mantenía una pistola pegada a la nuca de Vulturi y otra apuntándole a él mismo. Se había dado cuenta de que se trataba del infame Masen, y tras verlo entendió totalmente la reputación más bien sangrienta que lo acompañaba. Era la persona más temible que él hubiera visto en su vida, y no se trataba de nada que dijera o hiciera: era sólo su aura de ser un hombre letalmente competente. El miedo había dejado a James sin habla cuando vio la pistola que le apuntaba; Bella había hablado rápido mientras salían de Ciudad Juárez en la dirección que aquel extraño le indicaba. Le contó todo lo que James le había dicho. Al saber que él era el informante anónimo que los había reunido, y oír todo lo que él tenía que decir sobre True Cullen, Masen se guardó la pistola con la que le apuntaba en una cartuchera que llevaba atada a la pierna, como si fuera un honesto pistolero.
Ahora, estaban en el desierto, lejos de las luces de Ciudad Juárez y El Paso; James temblaba, pero no debido al frío o a un aura letal, sino porque había visto a Masen trabajar con Vulturi y ahora sabía que la reputación del hombre era correcta, o incluso inferior a la realidad.
Vulturi se había cagado literalmente de miedo. Estaba desnudo, atado en cruz a cuatro estacas sobre el suelo. Al principio había maldecido largamente, a gritos; a continuación, había intentado regatear, pero ahora simplemente imploraba. Masen continuaba haciéndole preguntas con aquella voz suave, y lo que James había oído lo hizo volverse y vomitar. Vulturi lo contó todo, comenzando por los bebés, que eran vendidos como ganado; cómo funcionaba la red de contrabandistas; el papel de Victoria en eso, y el nombre de la mujer de Nuevo México que trabajaba en un juzgado rural, y que robaba certificados de nacimiento en blanco y los falsificaba. Con esos certificados, donde aparecían nuevos nombres, los bebés se convertían en otras personas.
Vulturi había contado todo lo que sabía sobre True Cullen, y James había temblado de rabia. Con todo aquello Masen se había vuelto más frío y su labor con el cuchillo fue más diabólica. Las personas que habían sido asesinadas para sacarles los órganos eran vendidas por varios millones en el mercado negro. Victoria retiraba los órganos y Cullen se enriquecía. En ese momento James volvió el rostro a un lado y vomitó, sacudido hasta lo más íntimo al conocer que su mujer era una asesina a sangre fría igual que aquel asqueroso matón, atado a cuatro estacas sobre el suelo, que vomitaba todo lo que sabía.
Cuando Masen terminó de formular todas sus preguntas, se detuvo y limpió su cuchillo, que después guardó en una vaina dentro de la bota. Quedó parado allí, mirando al montón de basura a sus pies que lloriqueaba y sollozaba, y echó mano a la pistola que llevaba a la cintura.
Vulturi comenzó de nuevo a implorar.
Masen agarró la pistola por el cañón y se la tendió a Bella.
—¿Quieres hacerlo? — preguntó, con seria cortesía—. Estás en tu derecho.
Bella miró largamente la pistola y a continuación extendió con lentitud la mano para tomarla.
—¡Bella! —dijo James anonadado—. ¡Eso es un asesinato!
—No —lo corrigió Masen, con un tono duro y una mirada punzante que lo invitaba a mantenerse fuera de aquello—. Asesinato es lo que hacen ellos. Esto es una ejecución.
Bella bajó la vista para mirar a Vulturi, con la pistola pesándole en la mano. Era un arma de mayor calibre que las que le había la comprado a Chela, garantizada para hacer el trabajo, y probablemente por eso Masen se la había dado. Durante los últimos años había querido la muerte para Vulturi, había soñado con matarlo. Había soñado que lo estrangulaba con sus propias manos. Pero siempre se había visto a sí misma matándolo en un ataque de ira, no fría y deliberadamente.
Vulturi iba a morir esa noche, en ese lugar. Eso era seguro. Si ella no lo mataba, Masen lo haría. Le ofrecía la retribución por lo que Vulturi le había hecho.
Lentamente, levantó la pistola y la apuntó. Vulturi cerró los ojos y se estremeció, esperando un sonido que no podría oír porque no estaría vivo.
Bella no apretó el gatillo y su mano comenzó a temblar por el peso.
Vulturi abrió su ojo y comenzó a reírse. De una u otra manera moriría allí esa noche y lo sabía. No le importaba quién apretara el gatillo, pero si tenía una postrera oportunidad para atormentarla, iba a utilizarla.
—Puta estúpida. —Se burló y tosió, ahogándose en su propia sangre—. Eres demasiado blandita, demasiado inútil. Tu estúpido niñito también era blando e inútil, pero el comprador quería un niño lindo. Amaba a los niños pequeños. ¿Lo entiendes, perra? Le vendimos tu niño a un pederasta que quería contar con su propio esclavo sexual. Seguro que a tu niño ya le gusta; le encanta que le den por...
Aquellas últimas palabras asquerosas nunca fueron pronunciadas.
Masen se ocupó de todo. Dejó el cuerpo de Vulturi allí para que lo encontraran, su ropa y su identificación doblados cuidadosamente y colocados en el suelo, junto a él, con una gran piedra encima para que todo se mantuviera en su lugar.
Había que ocuparse de las pistolas. Masen no las hizo desaparecer, como siempre hacían Bella y Emmet; por el contrario, las escondió para usarlas en el futuro. Tenía allí su propio vehículo; había pasado por Chihuahua para atender ciertos detalles que no especificó, y después condujo hasta Ciudad Juárez. No era una de las camionetas que Bella había visto antes; Masen, al parecer, contaba con un suministro inagotable. Llamó para que lo recogieran junto al paso fronterizo, como antes. Telefoneó a Benito y le dijo dónde podía recoger el coche que Bella y James habían utilizado, y después los llevó al otro lado de la frontera.
James y Bella estaban en completo silencio, aturdidos por los sucesos de la noche, y cuando James abrió la puerta de su coche, los miró con los ojos llenos de sufrimiento.
—No puedo ir a casa—dijo—. No puedo volver a mirarla. ¿Qué va a pasar ahora? ¿La arrestarán?
—No tenemos pruebas —dijo Masen—. Si estuviéramos en México...—Se interrumpió y se encogió de hombros. Si estuvieran en México, True y Victoria estarían ya en prisión y no había que presentar cargos hasta pasadas setenta y dos horas... o el tiempo que fuera necesario. Pero estaban en Estados Unidos y con lo que supuestamente les había contado un matón mexicano muerto, en una estación de policía no les darían ni la hora—. Pero ahora sabemos dónde buscar y aquí hay gente que son mucho mejores que yo para eso; se lo pasaré todo a ellos.
James lo miró, asombrado.
—¿Qué quiere decir? ¿Es usted algo así, quiero decir, algo así como un agente federal?
Masen no le prestó atención.
—Quédese en un hotel. No hable con su esposa: usted es demasiado emotivo. No la asuste para que no huya. Si huye, tendré que perseguirla.
James había visto lo que le había ocurrido a una persona a la que Masen había perseguido y se estremeció.
Después de eso, Masen no le prestó atención. Puso a Bella en el asiento del pasajero de su todoterreno y se alejó, él al timón, sin volver a pronunciar palabra. James los siguió con la vista por un momento y después se estremeció de nuevo. Se sentó al volante de su coche y se quedó sentado allí un minuto, mientras por su cabeza pasaban diferentes escenarios, ninguno de ellos placentero. Pensó en Victoria. Después, reclinó la cabeza sobre el volante y se echó a llorar.
La tormenta de emociones que sacudía a Bella era tan violenta que no podía agarrarse a ninguna de ellas el tiempo suficiente para examinada. Había alivio y arrepentimiento, triunfo y pena, vergüenza y una sombría satisfacción. Reclinó la cabeza y contempló las farolas de la calle, que se aproximaban y desaparecían en un desfile vertiginoso. El reloj del salpicadero decía que sólo eran las once de la noche; ella creía que seguramente faltaba poco para el amanecer.
Esa noche había visto en acción lo que siempre había percibido en Masen, desde el primer momento en que la había derribado y la había amenazado con quebrarle el cuello. El daño que era capaz de causar era en verdad temible, pero ella no sentía temor alguno. Él había tomado aquellos rasgos de su propio carácter y los había moldeado para convertirlos en un arma para ser usada contra el enemigo, la escoria de la sociedad que despreciaba sus leyes y sembraba su propia destrucción. Vencía siendo aún más brutal, más implacable. Lo que no hacía era volver aquella fuerza contra los que consideraba inocentes. Nunca. Ella se sentía con él más segura que si estuviera sentada dentro de una comisaría de policía.
—Gracias —dijo ella.
—¿Por qué?
—Por ayudarme.
Bella no sabía si hubiera podido terminarlo todo sin él. Cuando Vulturi comenzó a soltar su veneno, Masen se limitó a poner su mano sobre la de Bella y habían apretado juntos el gatillo. La mano de él había dado serenidad a la de ella, sus dedos habían añadido fuerza a los de ella. Bella se sentía avergonzada por no haber sido capaz de hacerlo sola, pero también aliviada por no haber tenido que hacerlo.
—Lo hubieras hecho —dijo Masen con confianza—. No quise que escucharas nada más de lo que ese hijo de perra quería decir.
—¿Crees que estaba mintiendo?
Bella cerró los ojos apretándolos, porque las sucias palabras de Vulturi habían llenado su corazón de un horror gélido.
—El no sabía lo que le había ocurrido a ninguno de los bebés; solo quería decir algo que te hiciera daño.
Y había tenido éxito, mucho éxito.
Llegaron a casa de ella, y el toque de un botón levantó la puerta del garaje; Masen metió el Toyota dentro antes de que la puerta terminara de levantarse, y la hizo bajar casi antes de que Bella pudiera quitarse el cinturón de seguridad y abrir la portezuela. Ella buscó sus llaves y abrió la puerta que llevaba del garaje a la cocina, entró y encendió la luz.
Él la hizo volverse y la recostó contra el refrigerador, con las manos agarrándola firmemente por la cintura. Asombrada, ella dejó caer al suelo el bolso y las llaves, y miró su rostro duro, sus ojos salvajes entrecerrados.
—No vuelvas a hacerme eso —dijo Masen, con los dientes muy apretados.
Ella no tuvo que preguntar a qué se refería. Aquellos momentos en que la pistola de Vulturi le había apuntado directo a la cabeza habían sido largos y aterradores.
—Yo me quedé en el... —comenzó a decir ella, pero él la cortó con un beso salvaje, hambriento y profundo.
La hizo ponerse de puntillas y se pegó violentamente a ella, frotando su erección contra la suavidad de su bajo vientre. Ella se rindió de inmediato ante aquella indignante agresión masculina, envolviéndolo con los brazos y transformándolo en pura lujuria. Masen bajó una mano hasta la cintura de los vaqueros de Bella y los desabrochó, bajó la cremallera, y a continuación metió la mano dentro de sus bragas y dobló los dedos para entrar en ella, mientras con la palma le acariciaba el clítoris. Ella se sacudió, llevada por el latigazo de un abrupto deseo, mojándole los dedos, aferrándolos con su cuerpo.
Masen la tomó allí mismo, arrancándole los vaqueros y dejando caer los suyos, y haciéndola doblarse a continuación sobre la mesa de la cocina. Bella agarró el borde de la mesa para resistir sus duras embestidas, retrocediendo para recibirlo todo dentro de ella. Él metió la mano debajo de su cuerpo y sus sabios dedos le provocaron un rápido orgasmo. Entonces, él la agarró por las caderas y siguió bombeando hasta correrse, dejándose caer sobre ella mientras eyaculaba y la seguía embistiendo. Se estremeció al terminar, pegando su boca caliente sobre el cuello de ella.
—Dios mío —masculló confuso—, cuando lo vi apuntándote al rostro con esa pistola...
—Yo también le apuntaba a él.
—¿Y eso haría que estuvieras menos muerta si él hubiera apretado el gatillo?
Le mordió el hombro y después salió de ella con delicadeza y la hizo volverse. Hundió sus dedos en el cabello de Bella, agarrándole la cabeza mientras se hundía en un beso, tan hambriento y devorador como si no hubieran acabado en ese momento de hacer el amor. Ella lo agarró por las muñecas y dejó que aquella fuerza acerada la envolviera, impregnándose en ella y usándola para reforzar la suya. Quedaban tantas cosas por hacer... al día siguiente. Pasaría el resto de la noche allí, junto a su amante.
El día siguiente iría a Nuevo México. Sólo había cumplido una parte de su misión. Aún tenía que encontrar a su hijo.
