Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 24

De noche, mientras dormitaba con la cabeza sobre el hombro de él y un brazo sobre su estómago, Masen le dijo, con aire ausente:

—Creo que debo contarte algo.

Bella despertó lo suficiente para murmurar:

—¿Qué?

—True es medio hermano mío.

Ella se sentó de un salto en la cama.

—¿Qué?

—Vuelve aquí— dijo, tirando de ella para que volviera a su sitio sobre su hombro.

—Ninguno de vosotros se toma el trabajo de anunciar el parentesco, ¿o no? – preguntó Bella con sarcasmo.

—Él me odia y yo a él. Ése es el parentesco.

—Entonces la primera vez que le pregunte, él sabía perfectamente quién eras y dónde podía encontrarte.

—No. Nunca ha sabido dónde encontrarme. Vaya. Así que eran parientes.

—Es obvio que tenéis la misma madre.

—La tuvimos, Murió. Pero sí. Creo que él tenía unos cinco años cuando ella dejó a su marido y a él y se fue a México con mi padre. Me tuvo a mí, abandonó a mi padre y encontró a otro tío.

—Pero cuando ella lo abandonó, te llevo consigo.

—Por un tiempo, hasta que cumplí diez años. Entonces me mandó a vivir con él. No creo que se casaran nunca, y ahora que pienso en ello, a no ser que el padre de True se divorciara de ella antes de que yo naciera, legalmente mi apellido debería ser Cullen.

No parecía muy interesado, y ella sabía que él nunca se tomaría el trabajo de buscar los documentos legales para saber si era así.

—¿Por qué te odia? ¿Acaso te conoce?

—Nos hemos visto —dijo someramente—. Y me odia porque mi madre lo dejó por mi padre. Después, cuando ella abandonó a mi padre, me llevó consigo. Ella no se llevó a True cuando dejó a su padre. Pienso que se trata de resentimiento a la antigua. Y yo soy medio mexicano. Odia a los mexicanos. Y punto.

Ella nunca había percibido en True ese prejuicio, pero podía tratarse de algo que mantenía oculto, ¿no? Sobre todo en El Paso. Era un hombre empeñado en trepar lo más arriba que pudiera y no era inteligente ofender a las personas que podían ayudarlo en el camino.

—¿Y qué pasa ahora? ¿No deberías contarle a esa gente con la que tratas —Bella hizo un gesto con la mano indicando el universo— lo relativo a Victoria y True?

—Lo hice tan pronto hablé con Enrique Guerrero. Están siendo vigilados para que no intenten abandonar el país. Y eso de reunir las pruebas concluyentes se lo dejo a ellos. Tienen los laboratorios criminalísticos, los expertos forenses. Lo habitual es que yo encuentre a la gente que me piden; no me involucro en la solución de los delitos.

Se sintió desconsolada. Quizá hubiera visto demasiados dramas policíacos por la televisión, pero quería un gran espectáculo, con violencia y una confesión total, y que a True se lo llevaran esposado. Pero si todo iba de esta manera, nunca podría hacerle la pregunta que ardía en su mente: ¿por qué? Ahora no podía acercarse a él sin espantarlo, porque no había manera de que pudiera comportarse con normalidad junto a él, y probablemente no le permitirían verlo después.

No le importaba su confesión, ni la cuidadosa recopilación de pruebas. Quería verlo atado en cruz, de la misma manera que Vulturi. Quería que sufriera como ella había sufrido. Se preguntaba qué clase de persona sería porque lo de Vulturi no le causaba remordimientos de conciencia, pero no sufría por ello. Se alegraba de que estuviera muerto. Se alegraba de haber participado.

—Mañana intentaré hallar a esa mujer en Nuevo México

–dijo Bella cambiando de tema, porque en ese preciso momento no podía dejar que su atención se concentrara en True. Su tarea no había concluido—. Ella es el siguiente eslabón de la cadena. Ella sabe cuáles son los certificados de nacimiento falsos.

—Los expedientes de adopción se sellan. Y en esos casos, puedes apostar a que los sellaron. Es un camino que no lleva a ninguna parte.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo aceptar eso. Todavía no he hallado a mi hijo, así que tengo que seguir intentándolo. Encontrar a la gente que se lo llevó era sólo una parte, la más pequeña.

Masen quedó en silencio, mientras le acariciaba la espalda con la mano. Bella respiraba su olor y su calor, y se sentía confortada, fortalecida por aquel corto arrullo antes de que tuviera que lanzarse de nuevo a lo que parecía un esfuerzo interminable. Se pegó aún más a él, dándose cuenta de que volvía a dormirse, y esta vez él se lo permitió.

Cuando despertó por la mañana, él se había marchado. Bella se sentó en el lecho y miró sorprendida el espacio vacío a su lado. Se había ido. No estaba abajo, haciendo café, o en el baño: podía percibir que el piso estaba desierto, a no ser por ella.

Se levantó y miró a su alrededor en busca de una nota, pero por supuesto no había ninguna. La capacidad de comunicación de él se había oxidado, por decir algo. O más exactamente, se comunicaba perfectamente cuando quería hacerlo, pero en muchas ocasiones no sentía esa necesidad. Ella probó llamarlo al móvil. La irritante voz dijo que el cliente no estaba disponible, lo que quería decir que no había encendido el maldito aparato. Bella gruñó con desencanto.

Pensar en el móvil de él le recordó que el suyo no funcionaba. Ese mismo día, antes de viajar a Nuevo México, tendría que hacer algo al respecto. Puso el café al fuego y sacó su atlas para localizar el pueblo donde Vulturi había dicho que la mujer falsificaba certificados de nacimiento. Estaba exactamente en el sitio donde debía estar para que fuera bien difícil llegar allí desde El Paso. Echó un vistazo al reloj: la agencia de viajes no había abierto aún. Según los horarios de vuelo, quizá le resultara más rápido llegar allí en coche. «Rápido» era un término comparativo, por supuesto. Era probable que no pudiera llegar allí antes de que anocheciera. Incluso si volaba, tendría que ir hasta Roswell y alquilar un coche para dirigirse al norte, o ir a Albuquerque y viajar hacia el este.

Había esperado diez años. Si no encontraba a la mujer ese día, la encontraría al siguiente.

Y resultó precisamente así. Cuando la agencia de viajes abrió, Bella descubrió que no había vuelos directos a Albuquerque o a Roswell a la hora que necesitaba. Por supuesto. El próximo vuelo directo con un asiento libre era al final de la tarde. Tendría que pasar la noche en Albuquerque y salir muy temprano a la mañana siguiente, o conducir por un territorio solitario y desconocido de noche, sin saber si aquel pueblo pequeño contaba con un motel en el que quedarse.

O podía olvidarse de volar e ir por carretera. Era una distancia considerable, pero podía hacerla fácilmente en un día si hubiera salido temprano. Sin embargo, dada la hora a la que podría salir ese día, sólo podría llegar a Roswell un poco antes del anochecer y terminar el viaje al siguiente día por la mañana. La decisión era fácil.

Cuando estaba haciendo la maleta para el corto viaje, James la llamó.

—¿Estás bien? —preguntó, en voz muy baja.

—Estoy perfectamente. —Lo estaba, no había tenido pesadillas, ni siquiera sueños de los que pudiera acordarse—. ¿Y tú, cómo andas?

—Agotado. No puedo creer que lo de anoche ocurriera de veras. No sé si... ¿Va a tener alguna repercusión?

James lo veía como si él mismo hubiera participado en un asesinato. El punto de vista de Bella era más bien el de Masen: había sido una ejecución. Considerando cuál era el trabajo de Masen, que consistía básicamente en hacer lo que había hecho la noche anterior —aunque quizá sin la sesión previa de interrogatorio—, ella dudaba de que hubiera siquiera una investigación.

—No, no lo creo. Estás a salvo.

Le habría contado más detalles pero era consciente del peligro de hablar demasiado por teléfono. James también estaba siendo cuidadoso: con el ejemplo de Victoria que había hablado demasiado en una situación carente de privacidad, él sabía que eso podía ser un gran error.

—Pasé la noche en un hotel y le pedí a mi socio que cubriera mi puesto hoy. Qué suerte que no tenía la agenda llena, ¿eh? No podía... lo más probable es que ella se esfuerze por buscarme en el hospital, porque anoche no volví a casa. Ahora mismo no puedo hablar con ella. Quizá mañana.

Pobre James. Su vida estaba destrozada, su matrimonio de veinte años se había hundido, su visión del mundo había sido vuelta del revés. Pero se estaba sobreponiendo, porque eso era lo que hacían la mayoría de las personas.

Bella tomó una decisión rápida. Si no había nadie en Rastreadores que pudiera acompañarla ese día — no tenía la menor idea de que alguien hubiera regresado la noche anterior o esa mañana—, entonces se lo pediría a James. Eso lo alejaría de Victoria y le daría tiempo para recobrar su compostura. Pero después de lo de la noche anterior, podía negarse para siempre a ir con ella a donde fuera, y si lo hacía, no podía echarle nada en cara.

De todos modos, prefería llevarse a alguien de Rastreadores, y quería comprobar la situación allí antes de pedirle nada a él.

—¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo hoy?

James le dio el número de su móvil, además del teléfono del hotel y el número de habitación. No tenía intención de abandonar el hotel ese mismo día, pero se disponía a ir a su casa cuando estuviera seguro de que Victoria no se encontrara allí, a fin de recoger alguna ropa y el neceser.

Tras colgar, Bella llamó a la oficina. Rosalie respondió al teléfono, pero sonaba agotada.

—Puedo trabajar —dijo, cuando Bella le preguntó—. Pero estoy débil y aún no me siento totalmente bien. Hablé con Angela y sigue soltando hasta la primera papilla.

—¿Cómo estamos hoy?

—Alice continúa sus pesquisas. No promete mucho para el crío: es el cuarto día. Emmet estará en casa como a las seis de la tarde.

—¿Cuál ha sido el resultado?

—Malo.

Bella suspiró y no preguntó los detalles.

—Esta tarde conduciré hasta Roswell y pasaré la noche allí. Tengo otra pista sobre William: el nombre de la mujer que supuestamente falsificó los certificados de nacimiento para que los niños pudieran ser adoptados.

—¡Excelente! —exclamó alivia en un tono más animado—. ¿Quién va contigo?

—Ya que tenemos aún poco personal, llamaré a un amigo. James Witherdale. No sé si querrá, pero él y Victoria tienen problemas y quizá tenga deseos de alejarse un poco.

—Oh, no —dijo Rosalie.

La mayoría del personal conocía a James y a Victoria, pues habían sido amigos de Bella desde hacía años y Victoria llamaba con frecuencia a Rastreadores para conversar con Bella. Ahora que ella sabía por qué Victoria había mantenido un contacto tan estrecho, Bella tenía deseos de gritar de ira.

Le contó a Rosalie lo que le pasaba con el móvil; después colgó y llamó a James para explicarle sus planes y preguntarle si querría ir.

—Déjame llamar a mi socio y volvemos a hablar después.

Por supuesto, él tenía que hacer algunos arreglos, pensó Bella. Tenía una consulta y no podía largarse cada vez que quisiera. Pero el día no acababa de permitirle una salida rápida, más bien se arrastraba sin tomar en consideración su impaciencia.

Encendió su móvil, y descubrió que estaba fuera de garantía, por lo que la reparación le costarían casi tanto como un teléfono nuevo, así que compró otro y una batería extra, además de los recargadores para la casa y el coche. Hacer todo esto, por una u otra razón, le tomó algo más de una hora. La necesidad de ponerse en marcha la consumía, exigiéndole que se apresurara, pero no podía hacer otra cosa.

Tan pronto montó en el Toyota, enchufó el teléfono para recargarlo y utilizó la batería del coche para volver a llamar a Masen. Seguía sin estar accesible. Bella tenía deseos de retorcerle el cuello. ¿Por qué no pudo dejarle una maldita nota?

James llamó: había arreglado las cosas con su socio y se tomaría el resto de la semana. Podía salir en el momento en que ella estuviera lista.

Cuando el vehículo llegó a Roswell, el crepúsculo estaba a punto de concluir. Bella se sentía como si una bandada de patos la hubiera picoteado hasta la muerte. El día entero había estado repleto de retrasos e irritaciones, y Masen seguía sin responder a sus llamadas. Ella y James se registraron en un motel, fueron a cenar a una brasería, volvieron después a sus habitaciones individuales y se prepararon para dormir.

Dejaron Roswell temprano por la mañana, viajando en dirección norte. James estaba más tranquilo que de costumbre, perdido en sus pensamientos. Había dejado un mensaje en la oficina de Victoria diciendo que salía de la ciudad y estaría fuera un par de días; a continuación, apagó el teléfono.

La región a la que se encaminaban era seca pero no desértica. La mañana era fresca y clara, y según avanzaba el día el calor no se incrementó. El teléfono de Bella se quedó sin cobertura, nada sorprendente dado el vacío circundante. Nuevo México era un estado hermoso y grande, en el que vivían menos de dos millones de habitantes, pero la gran mayoría se agrupaba en torno a las ciudades. En esta zona el promedio era aproximadamente de un habitante por kilómetro cuadrado, lo que no quería decir que cada kilómetro cuadrado contara con su habitante. De hecho, vieron muchos kilómetros cuadrados con población cero. Bella estaba satisfecha de no haber emprendido aquel viaje la noche anterior.

El pequeño poblado donde se encontraba la cabecera del condado tenía unos tres mil habitantes. Los juzgados ocupaban un pequeño edificio de adobe, con el departamento del sheriff en el edificio vecino. El primer paso de Bella fue averiguar si la mujer, Ellin Daugette, todavía trabajaba allí, en la oficina de certificados.

La oficina de certificados era la primera puerta a la derecha, y cuando se acercaron al mostrador, una mujer sonriente, pasada de peso, con el cabello de un color rojo artificial, se acercó a ellos:

—¿En qué puedo ayudarles? —dijo.

La placa de identificación decía Ellin Daugette, y Bella tuvo que agarrarse al borde del mostrador.

—Me llamo Bella Black —dijo, utilizando el nombre que siempre daba cuando estaba siguiendo un rastro—. Él es James Witherdale. ¿Podemos hablar con usted en privado?

Ellin recorrió la oficina con la vista. Ellos eran las únicas personas presentes.

—Me parece que esto es bastante privado.

—Se trata de bebés secuestrados y certificados de nacimiento falsos.

El rostro de Ellin cambió y la sonrisa amistosa desapareció.

Los miró fijamente un segundo y después suspiró.

—Vamos al despacho del juez —dijo—. No volverá de comer en otra hora por lo menos.

La mujer los condujo a un despacho pequeño, abarrotado, y cerró la puerta a sus espaldas. Allí había sólo tres sillas, incluida la que se encontraba tras el escritorio del juez, que ella ocupó soltando otro suspiro.

—¿Qué me preguntaban sobre certificados de nacimiento falsos? No creo que eso sea posible, ahora todo está informatizado.

—¿Cuándo informatizaron esta oficina?

—No lo sé con exactitud.

—¿Hace diez años?

Ellin contempló a Bella con una mirada escrutadora.

—No, no hace tanto. Cinco o seis años quizá.

La mujer mantenía su compostura, intentando averiguar cuánto sabían. Bella decidió presionarla.

—Mi hijo fue uno de los bebés secuestrados.

—Lo siento mucho.

—Me ha tomado mucho tiempo, pero finalmente hemos acabado con la red de contrabandistas. Déjeme mencionarle algunos nombres: Caius Vulturi. — Bella la observaba atentamente mientras pronunciaba cada nombre, pero Ellin no daba señales de conocerlos—. Victoria Witherdale. —Nada todavía—. El jefe era True Cullen.—Ah, de repente hubo un parpadeo revelador—. Ellin Daugette.

—¡Joder! — Ellin dio un palmetazo en la mesa—. ¡Joder! Creía que todo eso había terminado. Que todo había terminado.

—Creyó que había logrado escapar impune de todo aquello.

—¡Ha pasado mucho tiempo, claro que lo creí! — Pareció darse cuenta de que en ese momento no tenía sentido mentir—. ¿Sois policías?

—No. Que yo sepa, no viene ningún policía. No puedo prometerle que no vengan, pero no tengo la intención de contarles nada sobre usted, a cambio de información.

—Está buscando a su hijo, ¿verdad?

—Para mí, eso es más importante que cualquier otra cosa.

—¿Y qué le hace pensar que yo conservo pruebas incriminatorias? ¿Tengo cara de estúpida?

Por el contrario, Ellin tenía el aspecto de una mujer cautelosa que sabía cómo cuidarse de los jefes.

—Sí, creo que las conserva. Eso le proporcionaría un as en la manga, ¿no es verdad? Algo para negociar, con un ciudadano particular como yo, con un fiscal de distrito o con True Cullen. Si alguna vez tuvo la sensación de que no podía confiar en él, necesitaría algo para que se quedara quieto.

—En una cosa tiene razón. No confiaría en Cullen ni aunque pudiera mandarlo al otro lado del Pacífico.

Bella se reclinó en su silla y cruzó las piernas, clavando unos ojos gélidos en Ellin.

—Tengo muchas, muchas esperanzas de que tenga lo que necesito, porque en caso contrario no me sería de ninguna utilidad.

—Me está amenazando con denunciarme.

—No. Se lo estoy prometiendo. De la misma manera que le prometo no hacerlo si me ayuda. Como le dije, no sé si los maderos vendrán por aquí o no. La gente con la que usted trataba están involucrados en varios asesinatos y están cayendo. Probablemente la investigación se concentre sólo en ese aspecto. – Percibía a James tenso a su lado y tenía deseos de consolarlo, dándole unas palmadas en el brazo. Pero en lugar de eso, decidió centrarse en Ellin, poniendo toda su fuerza de voluntad en su rostro y su voz—: Si ellos no hubieran sido los mismos que dirigían la red de contrabandistas hace todos esos años, yo no hubiera podido establecer la conexión con usted. Pero si no me ayuda, la denunciaré enseguida.

—Está bien. —Ellin pronunció las palabras tan tranquilamente que Bella apenas podía creer lo que oía—. La creo. Permítame coger mi lista.

—¿Tiene una lista? Bella no podía creerlo.

—Vaya, ¿y de qué manera iba a acordarme de cuáles eran los certificados legítimos y cuáles no? No me dediqué a escribir «FALSO» en los que falsifiqué.

Volvieron a la oficina anterior y Ellin se sentó detrás de un maltratado escritorio de metal.

—Llevo casi treinta años en este trabajo; no tengo que preocuparme de que alguien registre mi escritorio, encuentre esta lista y comience a sospechar. Es sólo una lista de nombres, no dice nada de ellos. Y si muero en un accidente de coche o de un ataque al corazón, creo que no me importaría que alguien la encontrara, ¿no es verdad?

—Sin preocupaciones —dijo Bella, moviendo la cabeza.

—Lo ha entendido.

La mujer abrió uno de los cajones del escritorio, sacó un archivador grueso y lo puso ante ella.

Bella estaba asombrada.

—¿Tantos?

—¿Cómo? No, claro que no. Hay muchos otros papeles.

La mujer comenzó a revisar los papeles. Llegó al final, soltó un gruñido y comenzó de nuevo por el principio.

—Debo de habérmelo saltado.

Tampoco encontró lo que buscaba esta segunda vez. Con una expresión de alarma en el rostro, registró el archivador por tercera vez, examinando atentamente cada hoja de papel.

—¡No está aquí! ¡Demonios, aquí era donde estaba!

Bella la creyó por alguna razón. El desconcierto de Ellin era demasiado genuino. Una nueva preocupación nació en su mente.

—¿Habrá podido meterse alguien aquí, quizá True, y llevarse la lista?

—No sabía de su existencia. ¿Por qué iba a hacer algo así? El departamento del sheriff está en la puerta de al lado; meterse aquí no es nada fácil. Además, tenemos una cámara.

La mujer indicó con la cabeza una gran estantería de metal llena de cajas con archivadores.

Bella miró, pero no vio la cámara.

—¿Dónde?

—Es pequeñita, la muy puñetera: en la esquina superior izquierda. ¿Ve los agujeros en las barras que sirven para colocar las baldas? El tercero hacia abajo.

Ah. Ahora pudo ver que el tercer agujero parecía haber sido cegado.

—¿Ésa es la cámara?

—Ingenioso, ¿no es verdad? Resulta que uno de los comisionados del condado sospechaba que su mujer tenía un romance con el juez anterior al que tenemos ahora, y que venía por aquí de noche para llevar a cabo actividades privadas, extracurriculares. Así que un fin de semana trajo una compañía de seguridad que cableó todas las oficinas. Y pudo pescarlos.

—¿Podemos ver la cinta? ¿O hay alguna posibilidad de que usted haya puesto la lista en otro lugar?

—Nunca la he sacado de aquí —dijo Ellin, terminante— Nunca. Y hace un mes, o algo así, aquí estaba, la vi cuando andaba buscando otra cosa en este archivador. Pero, como diría Shakespeare, no todo está perdido. Ya le dije que no tengo cara de ser una estúpida. En mi caja de seguridad del banco hay una copia.

Bella se sintió tan aliviada que se le aflojaron las piernas. Gracias a Dios, gracias a Dios, pensó con fervor. Llegar tan cerca y chocar con un muro era más de lo que creía ser capaz de soportar.

—De todos modos, echemos un vistazo a la cinta. Me interesa saber si alguien ha venido aquí a meter las narices.

Además, Ellin necesitaba saber cuál era exactamente su situación para poder protegerse en el caso de que True, después de todo, se hubiera enterado de la existencia de su lista y hubiera decidido que, en su estado actual, necesitaba tomar alguna medida. A Bella se le ocurrió la misma idea. Si se trataba de eso, lo mejor que podía hacer Ellin era adelantarse y utilizar la lista para su propia protección antes de que True pudiera hacerlo.

La mujer los condujo por una estrecha escalera hasta el Sótano, polvoriento y lleno de moho. Un hispano de cierta edad estaba sentado tras un escritorio de metal, leyendo un periódico.

—Hola, Ellin —dijo.

—Buenos días, Jesús. Queremos echar un vistazo a los vídeos de seguridad.

—Seguro, sin problemas. ¿Ocurre algo?

—No lo sabemos. Alguien ha podido meterse en mi oficina.

—¿Anoche?

—No tengo la menor idea. Pudo haber ocurrido durante el último mes o algo así.

—Cada siete días la cinta vuelve al comienzo y graba encima de lo registrado. Si ocurrió hace tanto tiempo, no vas a encontrar nada.

Retiró la cinta de la grabadora del sistema de seguridad y la introdujo en un lector de vídeo conectado con un televisor de catorce pulgadas. Puso en marcha el lector y apretó el botón de rebobinar. Todos se acercaron para ver la cinta al revés. Bella y James eran los visitantes más recientes, por supuesto. A lo largo de la mañana hubo otros, además de un espacio de tiempo bastante ocupado, en el que se formó hasta una cola de tres personas que esperaban la ayuda de Ellin.

Después hubo un tiempo largo en el que no ocurrió nada, antes de la apertura de la oficina. Vieron la luz del día retroceder hasta volverse de noche, mientras en la oficina había una sola bombilla encendida. De repente apareció una figura oscura en la oficina.

—¡Ahí está!

—¡Qué rayos es eso! —dijo Jesús, alerta, enderezándose en su silla—. ¿Cómo se ha metido ahí ese delincuente? No había ninguna señal de que alguien hubiera entrado, cuando llegué por la mañana todo estaba bien cerrado.

Dejó que la cinta siguiera rebobinándose hasta llegar al momento en que la silueta oscura entraba por la puerta. Detuvo la cinta y la echó a andar hacia delante.

El corazón de Bella se saltó un latido, después otro.

—¡Hijo de puta! —masculló James a su lado.

Vieron cómo el hombre vestido de negro de pies a cabeza caminaba serenamente por la oficina, orientándose. Se dirigió al escritorio de Ellin, vio sobre él la placa con el nombre de la mujer y se sentó en su silla. Se dedicó a abrir cajones, a sacar archivadores y a revisarlos con calma, como si contara con todo el tiempo del mundo, como si no hubiera en su cuerpo ni un solo nervio. Finalmente, tomó el archivador en cuestión y lo revisó, pasando las páginas de una en una. Cuando llegó a cierta página, hizo una pausa mientras parecía Leerla, después la sacó del archivador y la puso a un lado. Siguió su registro sistemático del cajón, pero no sacó ningún papel más. Revisó hasta las caras inferiores de los cajones.

—¿Qué demonios andaba buscando? —preguntó Jesús, pero nadie le respondió.

A continuación, el hombre extendió su búsqueda al resto de la oficina. Finalmente, con satisfacción evidente por haber hallado lo que buscaba, regresó al escritorio de Ellin y recogió la página suelta. Fue hasta un aparato e introdujo allí la página.

—Ésa es la trituradora —dijo Ellin.

Entonces, minucioso hasta el final, levantó la trituradora del cesto de la basura y sacó el papel triturado, que metió en una pequeña bolsa de plástica que se sacó del bolsillo. Volvió a colocar la trituradora en su sitio, restauró el orden en el escritorio de Ellin y se fue tan silenciosamente como había entrado.

El dolor se extendió por el pecho de Bella, aplastándola. A continuación, la invadió la ira, y tuvo que apretar los puños para contenerse.

Aquel hombre era Masen.

Por eso había apagado el teléfono móvil. Por eso se había marchado sigilosamente de madrugada. No existía la menor posibilidad de que hubiera tomado la lista para buscar a William en lugar de Bella, porque había destruido el papel. Por alguna razón oculta en su retorcido cerebro, no quería que Bella hallara a su hijo.

Jesús quería llamar al sheriff, pero Ellin le dijo que no, que lo que había perdido era un documento personal, nada que quisiera recobrar. Bella logró controlarse y poner en segundo plano todo lo que estaba sintiendo. Aún tenía cosas por hacer.

El pequeño banco de la población cerraba para comer de una a dos, tras la hora del almuerzo de todos, para que la gente pudiera ir en su tiempo libre si lo necesitaba. A las dos, Ellin se presentó, acompañada por Bella y James, para revisar su caja de seguridad.

Allí estaba, una solitaria hoja de papel con tres filas de nombres, a un solo espacio. Regresaron al coche y revisaron la lista.

Cada nombre tenía a su lado un código numérico.

—¿Ése es el número del certificado de nacimiento? – preguntó Bella.

—No, es la fecha, para que pueda saber dónde buscar exactamente. Lo único que he hecho es escribir la fecha de atrás hacia delante. Mire, diciembre 13 de 1992 es 29913121. Es fácil.

Bella le dio la fecha en la que robaron a William y le dijo que, según lo que había averiguado, lo habían sacado de México enseguida.

—Ajá —dijo Ellin, recorriendo con el dedo la lista de fechas—. Eso reduce la búsqueda, porque en la semana siguiente sólo aparece un nombre caucásico. Sabe, los niños se movían con rapidez. Las adopciones se llevaban a cabo enseguida. De todos modos, hay dos nombres hispanos, de varón, y tres de niñas. Éste tiene que ser su niño. El nombre que le puse fue el de Michael Grady. Michael, porque es el nombre de varón más popular. Fue adoptado bajo ese nombre aunque, claro está, los padres adoptivos podrían haberle cambiado el nombre.

Volvieron al sótano del juzgado, donde Ellin revisó los archivos en microfilme s y encontró el certificado de nacimiento a nombre de Michael Grady.

—Aquí está. El padre figura como desconocido. También me inventé el nombre de la madre.

—¿Y el número de la seguridad social de la madre? – preguntó James, mirando la pantalla del lector de microfilmes.

—¿Cree que alguien comprueba eso? ¿Y, en particular, en una adopción privada de hace diez años? Quizá ahora controlen cosas como ésa, pero siempre que la madre firme y presente el consentimiento firmado ante notario,

¿quién va a comprobar si el número de seguridad social es el correcto? Además, los padres adoptivos son los que obtienen el número de seguridad social del bebé.

Con una esperanza imposible, Bella preguntó:

—¿Tiene alguna idea de adónde iban los bebés? ¿Qué abogado se ocupaba de las adopciones privadas? ¿Sabe algo?

Sin esa información, no se encontraba en una situación mucho mejor que antes.

Ellin hizo una mueca.

—Vamos a ver. Para que esa lista sirva de algo, tenéis que contar con cierta información adicional, ¿no es verdad? Aquí en el pueblo hay un abogado que se ocupaba de los asuntos legales a este lado. Sabía que ocurrían muchas adopciones, pero no hacía muchas preguntas siempre que le pagaran, y se le dijo que había un servicio de adopción trabajando con familias hispanas pobres para aligerarles la vida, y como sabéis, a los hispanos les molesta mucho que sus hijas solteras tengan hijos. Para ellos es un serio problema de rechazo social, por lo que toda chica hispana que quedara preñada daría en adopción a su niño con toda probabilidad. Al menos, eso es lo que le dijimos a Harden. Iremos a verlo ahora; como mínimo, debe tener los nombres de los abogados al otro extremo de las adopciones.

Dos horas más tarde, James conducía de vuelta a Roswell, porque Bella lloraba tanto que no podía ver. Tenía en las manos una copia del certificado falso de nacimiento de William, así como una copia de todo lo que Harden Sims tenía en sus archivos con respecto a esa adopción en particular. El abogado del otro lado tenía su despacho en Charlotte, Carolina del Norte.

Como todo el mundo seguía diciéndole, los expedientes de adopción estaban sellados y ella tendría que obtener una orden judicial para abrirlos. Pero le sacaría al otro abogado la información que necesitaba, incluso si tenía que poner una demanda para obtenerla, y en ese caso conseguiría la orden judicial. Considerando las circunstancias y la enorme publicidad que había rodeado a su caso, sabía que ganaría.

Ahora el futuro no era una niebla de dolor. Lo había logrado.

Le quedaba aún mucho trabajo por hacer, pero ella sabía que, al concluir, encontraría a su hijo.

Cuando llegaron a Roswell, decidieron seguir camino. Era un viaje largo, no llegarían hasta muy tarde, pero los dos querían volver a casa.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó James, serio. Se refería a Masen.

—No lo sé.

No podía permitirse pensar demasiado en ello o se derrumbaría. La traición de Masen le había causado una herida mucho más dolorosa que la sensación de sentirse traicionada que sintiera con relación a Victoria. Había confiado en él más de lo que había confiado alguna vez en nadie; había puesto en sus manos la vida, el cuerpo y el corazón. ¿Por qué habría hecho semejante cosa, sabiendo cuánto tiempo y con cuánto empeño ella había buscado a William? Era lo mismo que si le hubiera clavado un cuchillo por la espalda. Buscando en su memoria, examinó el tiempo que habían pasado juntos, tratando de encontrar alguna pista, pero no había nada. O él se había vuelto totalmente loco la última noche que pasaron juntos, o todo el tiempo había tenido un objetivo diferente.

Cuando llegaron a El Paso estaban exhaustos. Pasaba de la media noche, y habían salido temprano esa mañana. Más de dieciocho horas de camino. Ella se había encargado de conducir desde Cadsbad, por lo que dejó a James en su hotel y continuó viaje a casa, con mucho cuidado porque se sentía muy cansada.

Cuando abrió la puerta del garaje y metió dentro el coche, a punto estuvo de no notar la camioneta aparcada en la otra plaza del garaje doble. Salió lentamente de su vehículo, mirando la camioneta. El hijo de perra tenía bemoles, después de todo lo que había hecho. No quería tener esa escena en ese momento, cuando estaba casi inconsciente por la fatiga, pero haría que él se marchara de su casa y desapareciera de su vida.

Entró a través del garaje, a la cocina, y dejó su bolso y el archivador sobre la mesa. Había una luz encendida en el salón y él estaba allí, recostado en el marco de la puerta, contemplándola.

Bella no lo miró. No podía. Todos sus músculos eran presa de temblores y tuvo que recostarse en la mesa.

—Victoria está acabada. La han arrestado —dijo él finalmente—. A True también, hace unas horas.

—Bien —se limitó a decir ella, tomando nota de que no había dicho ni una sola palabra para explicar dónde había estado, porqué se había ido de madrugada, o alguna pregunta sobre lo que ella había estado haciendo los últimos dos días. Finalmente, lo miró, con los ojos llenos de furia y odio—. Lárgate.

Él se enderezó, separándose del marco de la puerta. Su expresión había sido de leve interrogación, pero en ese momento se cerró, volviéndose en un instante más remoto y neutral de lo que ella había visto nunca.

—No fuiste minucioso en tu búsqueda —dijo ella—. Había una cámara de seguridad. Te filmaron en el juzgado.

Él se mantuvo callado por un instante, mirándola, dejando pasar los segundos.

—Era lo mejor —dijo finalmente, con voz suave—. Ya es tiempo de abandonarlo. Han transcurrido diez años. Ahora no es hijo tuyo, Bella. Es hijo de otras personas. Si apareces ahora, le destruirías la vida.

—¡No me hables! —replicó ella con fiereza. Él no entendía, no tenía la menor idea sobre cómo se sentía—.

¡No... tenías... ningún...derecho! ¡Es mi hijo, canalla! — le gritó, a continuación se contuvo y cerró los puños con fuerza.

—No, ya no.

Él estaba allí de pie, como juez y jurado a la vez, ajeno a las emociones humanas, y ella tenía deseos de matarlo.

Por sus mejillas comenzaron a rodar lágrimas, lágrimas de rabia y dolor, lágrimas por el esfuerzo sobrehumano que hacía para no atacarlo.

—No funcionó. Ella tenía una copia. —Bella se secó las lágrimas de sus mejillas—. Ahora tengo toda la información que necesito para encontrarlo y eso es exactamente lo que voy a hacer. Ahora, sal de mi casa. No quiero verte nunca más.

Como él era Masen, no permaneció allí, argumentando su posición. Ni siquiera se encogió de hombros como quien dice: «si es eso lo que quieres...» Se limitó a caminar, pasando al lado de ella, y desapareció. Bella oyó abrirse la puerta del garaje; un segundo después, el motor de la camioneta se puso en marcha y se fue. Así, simplemente.

Ella se sentó a la mesa, recostó la cabeza en los brazos cruzados y lloró como una niña.