Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 25

Se parecía a Jacob.

Bella siguió enfocándolo con los binoculares mientras corría por el patio de la escuela, a lo largo de la cerca, con un exceso de energia del que a primera vista disfrutaban la mayoría de los chicos de su edad. Parecía tener tres o cuatro buenos amigos que se empujaban entre sí, soltaban estruendosas carcajadas ante los chistes de los otros, y adoptaban poses o se pavoneaban constantemente, intentando hacer patente que estaban en onda. Quizás estuvieran en onda para otros chicos de diez años.

Tenía el corazón en la garganta, latiendo con tanta fuerza que apenas podía respirar. Los ojos de Bella estaban llenos de lágrimas, y ella parpadeaba constantemente porque no podía perder un solo segundo de su observación. Tomó la cámara de fotos del asiento a su lado, un modelo caro, y enfocó al chico haciendo zoom con la lente. A continuación, hizo varias fotos en rápida sucesión.

Había aparcado bien lejos de la escuela privada para que nadie pudiera prestarle atención. No quería alarmar a nadie, y menos a William. Pero tenía que verlo, tenía que observarlo un poco más para alimentar su corazón hambriento con aquellas imágenes. Esa mañana había aparcado en la calle de la casa de los Clearwater y había tomado nota mental de la ropa que vestía el chico mientras bajaba a saltos los escalones para tomar el autobús que lo llevaba a la escuela. Sue Clearwater estaba de pie junto a la puerta principal, vigilando, hasta que el niño estuvo dentro del autocar y le dedicó un adiós de rutina. Llevaba los pantalones caqui y la camisa azul que constituían el uniforme de la escuela, así como un chubasquero rojo brillante. El chubasquero, que lo llevaba como protección contra el viento gélido, la ayudaba a distinguirlo de los demás chicos.

Esa mañana había sollozado en voz alta cuando lo vio montar en el autocar y decirle adiós con la mano a otra mujer. Todo lo suyo era tan familiar, desde el color de su pelo hasta la forma de su cabeza, incluso su manera de caminar. Su rostro era todavía el de un niño, pero se percibían ya las líneas más marcadas de quien se aproxima a la adolescencia. Su pelo era rubio, sus ojos azules, y su sonrisa era idéntica a la de Jacob.

Bella estaba tan impresionada, tan en éxtasis, que deseaba salir del coche alquilado, echar la cabeza hacia atrás y soltar el grito más largo y sonoro de que fuera capaz. Quería correr hacia la cerca y gritar el nombre del chico, aunque todo el mundo pensaría, por supuesto, que estaba loca y las autoridades escolares llamarían de inmediato a la policía. Quería bailar, quería reír, quería llorar. Tantas emociones la atormentaban que no sabía qué hacer. Quería detener a los desconocidos, señalar hacia el chico y decir: «¡Ése es mi hijo!».

Nunca hubiera sido capaz de hacerla, de reclamarlo en público, y no podía hacerla ahora. Para ella, lo más importante en el mundo era protegerlo, y no lo complicaría todo asustándolo, comunicándole la noticia de la peor manera posible.

La semana anterior había sido como una montaña rusa sin paradas en lo que a emociones se refiere. Los eventos habían tenido lugar con tanta celeridad que ella apenas tuvo tiempo de reaccionar a uno antes de que el siguiente cayera sobre su cabeza. Una vez hallada la información que Masen había intentado destruir, fue capaz de seguir la huella que llevaba directamente a William.

Sue y Harry Clearwater eran los dos rubios y habían querido adoptar a un niño rubio, preferiblemente un varón. Estaban desesperados por tener un hijo, habían perdido tres en abortos espontáneos y un cuarto falleció unas pocas horas después del parto. No eran personas ricas que salían a comprar un niño de la misma manera que comprarían un coche; se habían puesto al borde de la ruina para reunir el dinero que True les había cobrado, y las familias de ambos habían colaborado para completar la suma. Desde aquella época, a Harry le había ido muy bien en los negocios; hacía cuatro años se habían mudado a aquel vecindario de clase media alta en Charlotte, y podían permitirse mandar a William a una escuela privada, pero por todo lo que Bella había logrado averiguar, eran personas buenas, agradables y serias que adoraban a su hijo y hacían todo lo posible para educado como un magnífico ser humano.

No podían tener la menor idea de que el niño hubiera sido robado de los brazos de su madre. Les habían dicho que la madre no era capaz de mantenerlo y que necesitaba tanto dinero porque tenía otros niños que alimentar, uno de los cuales requería una operación correctiva de la vista. Cuando les contaron aquella historia sólo faltaban violines tocando, pero ellos no tenían ninguna razón para desconfiar. El abogado que se había ocupado de la adopción privada no sabía nada, por lo que no había manera alguna de que los Winbors pudieran saber algo. Todo lo que sabían era que, finalmente, tenían a su hijo.

No su hijo. Al hijo de ella, Su corazón lo susurró, insistió en ello. El hijo de ella.

Si en el chico había algo de ella, pensó Bella mientras lo observaba, era quizá la nariz y la mandíbula. Todo lo demás recordaba a Jacob.

La felicidad burbujeaba en sus venas. Él estaba vivo, estaba bien, lo querían. Su bebé estaba perfectamente.

Los Clearwater le habían dado el nombre de Zachary Tanner, por sus dos abuelos. Lo llamaban Zack. Para ella, él era William; ése era el nombre que había mencionado en sus desesperadas oraciones durante todos aquellos años, el nombre grabado en su corazón, su mente y sus recuerdos.

Tenía que decírselo a Jacob. Hasta el momento en que lo vio y tuvo la certeza de que era William, no había querido dar rienda suelta a sus esperanzas. Hubiera podido equivocarse, hubiera podido tratarse de otro niño. Incluso cuando vio los papeles, cuando supo con su cerebro que aquel niño era William, aún había tenido la necesidad de verlo con sus propios ojos antes de permitirse a sí misma creerlo.

Era William, y se parecía a Jacob.

Bella bajó los binoculares y escondió la cabeza entre las manos mientras sus hombros se estremecían a causa de los sollozos. La risa se mezclaba con el llanto hasta que no pudo decir si reía o lloraba. Bella permaneció allí sentada hasta que la hora del recreo terminó y los maestros condujeron a los revoltosos jovenzuelos de vuelta a un sobrio edificio de ladrillo amarillo. Ella lo contempló mientras entraba, con el sol de noviembre brillando en su pelo rubio. Subió de un salto al último escalón y se reía mientras cruzaba la doble puerta y desaparecía de su vista.

Cuando sintió que podía, cuando dejó de temblar lo suficiente como para sostener el teléfono móvil, cuando su garganta no estaba tan inundada de llanto que le resultaba imposible hablar, llamó a la consulta de Jacob y pidió una cita para verlo al día siguiente. Si hubiera sido una paciente, de ninguna manera lo habría podido ver tan rápido, pero él siempre le había dicho que la vería en cualquier momento, cualquier día, y era evidente que le había dado instrucciones al respecto al personal de su consulta, pues tan pronto como le dio su nombre a la recepcionista, la mujer le dio una cita para el mediodía. Iba a interferir en la hora de comida de Jacob, pero ella creía que a él no le importaría.

Esto no era algo que quisiera contarle por teléfono. Quería ver su rostro, quería compartir aquello con él, de la misma manera que habían compartido el nacimiento de William. Ella hubiera podido llamarlo a su casa o ir allí y no a su consulta, pero Bella era suficientemente orgullosa como para que esto fuera algo entre ella y Jacob, y no para compartirlo con Jenna y sus otros dos hijos. Por esta única vez, por esta última vez, quería que sólo estuvieran ellos dos.

Tenía los papeles legales en su portafolios. Los había preparado antes de viajar hasta allí, porque quería tenerlo todo listo.

Respiró profundamente y condujo hasta el aeropuerto de Charlotte, donde devolvió su coche alquilado y a continuación tomó un vuelo a Chicago.

La consulta de Jacob estaba en un edificio de oficinas adjunto al hospital donde trabajaba. Estaba decorada con buen gusto y hablaba claramente de mucho dinero. El grupo de cirujanos del que formaba parte tenía a unos cuantos pesos pesados, y Jacob era una de las estrellas. Era joven, apuesto, brillante. Con sólo treinta y ocho años, tenía por delante muchos más para brillar.

Era obvio que había hecho que su secretaria limpiara su agenda de consultas cuando le dijeron que ella había llamado, porque la sala de espera estaba desierta. Bella cerró la puerta que daba al pasillo y echó a andar por la alfombra marrón hacia la mesa de la recepcionista, donde una rubia de mediana edad y una morena desenfadada que vestía uniforme de enfermera la contemplaban con avidez. Sin embargo, antes de llegar a donde estaban ellas, la puerta de la izquierda se abrió y allí estaba Jacob, alto y ahora más apuesto que cuando tenía veintitantos años. La edad mejoraba a la mayoría de los hombres, y Jacob no era una excepción. Su rostro era más fuerte, con unas cuantas patas de gallo, y los hombros parecían algo más pesados.

—Bella —dijo, tendiéndole la mano y sonriendo con aquella enorme sonrisa que ella había visto el día anterior en el rostro de su hijo, la sonrisa que lo iluminaba como un árbol de Navidad. Sus ojos azules denotaban calidez—. Qué buen aspecto tienes. Ven a mi despacho.

Mantuvo abierta la puerta y ella entró en el pasillo interior, a cuyos lados se encontraban las consultas de tratamiento y reconocimiento.

Tres mujeres, de diferentes razas y edades, levantaron la vista de lo que estaban haciendo y la observaron mientras ella avanzaba. Las dos de la recepción también asomaron la cabeza.

—No mires —le dijo a Jacob, hablando por un lado de la boca—, pero tu harén es muy curioso.

Él se echó a reír mientras la empujaba a su despacho y cerraba la puerta.

—También Jenna las llama así. Yo las llamo mis guardaespaldas. Me siento seguro cuando están a mi alrededor.

—Espantan a las mujeres salvajes, ¿no? Jacob sonrió.

—Ni siquiera me dejan que opere a una de ellas. A las salvajes, las mandan con mis asociados. A mí me quedan las viejas pedorras y las sargentas.

El corazón de Bella se sintió aliviado al ver que, básicamente, no había cambiado. Podía entender que las chicas de su consulta lo protegieran: Jacob era uno de los buenos. Bella sabía, sin la menor sombra de duda, que él le era totalmente fiel a su esposa, que ninguna paciente o enfermera que quisiera flirtear tendría la menor oportunidad con él, porque lo conocía. Jacob se dedicaba íntegramente, con alma y corazón, a su trabajo y a su familia. Se merecía todo lo bueno que pudiera pasarle en la vida.

Sobre su mesa había varias fotos. Sabiendo lo que iba a ver, Bella dio la vuelta al escritorio para contemplarlas. Una de las fotos mostraba a una bella pelirroja de mirada pícara, que tenía que ser Jenna porque había otra foto de la misma mujer junto a Jacob, los dos abrazados, posando para la cámara. Había un pequeño marco en forma de corazón que contenía la foto de un bebé regordete de pelo lacio y brillante, que agarraba una muñeca por los cabellos y que parecía a su vez una muñequita con un vestido largo de cintas. Otra foto mostraba a Jenna con un bebé en los brazos y expresión radiante, y Bella asumió que se trataba de la más reciente incorporación a la familia.

—Son preciosos —dijo con sinceridad y sonrió, pues se sentía feliz por él—. ¿Cómo se llaman?

—La pequeña princesa es Cameron Rase, la llamamos Cammy, y el bebé es Billy Gage. Planeamos llamado Liam, pero aún es demasiado pequeño para ese nombre. Por alguna razón, Cammy lo llama Dot.

Bella se echó a reír; a continuación, sonriendo todavía, supo que no podía seguir guardándose la noticia.

—Lo encontré. He encontrado a William —dijo.

A Jacob se le doblaron las piernas y se dejó caer pesadamente sobre una de las sillas para los visitantes. La miró, pálido por la impresión e incapaz de pronunciar palabra. Lentamente, los ojos se le llenaron de lágrimas que se deslizaron por sus mejillas. Sus labios temblaron y finalmente logró hablar con dificultad.

—¿Estás segura?

Bella se mordió el labio inferior mientras luchaba con sus propias lágrimas, y asintió.

—Logramos romper la red de contrabandistas. La mujer que falsificó los certificados de nacimiento tenía un registro detallado, supongo que para protegerse o para hacer chantaje.

—¿Está...? — Tragó saliva y contuvo un sollozo, pero cuando formuló la pregunta universal de todos los padres, su voz era débil y temblaba—. ¿Está bien?

Bella asintió de nuevo. Entonces, Jacob se lanzó hacia ella y se abrazaron, agarrándose el uno del otro mientras los dos lloraban. El cuerpo del hombre se estremecía con los sollozos. Ella intentaba consolarlo, palmeándole el hombro y pasándole la mano por el pelo.

—Está bien, está a salvo —le decía, pero ella también lloraba, por lo que no sabía cuánto había entendido él de lo que estaba tratando de decirle.

Entonces, él hizo lo mismo que ella y estalló en una risa incontrolable. Alternaba entre risas y sollozos, abrazaba a Bella y le daba vueltas, la soltaba para secarse las mejillas y volvía a abrazarla.

—No puedo creerlo —seguía diciendo Jacob—. Dios mío, todos estos años...

Finalmente, Bella logró separarse de él.

—Tengo fotos —dijo, registrando en su portafolios, ansiosa por enseñárselas—. Las tomé ayer mismo.

Sacó las fotos que había tomado y se las entregó a Jacob. Él miró la primera y al ver a su hijo se quedó paralizado, con la expresión propia de un hambriento. Las manos le temblaban mientras miraba por turno cada foto y al terminar volvió a revisarlas. Como el sol en un día de tormenta, la alegría comenzaba a irrumpir.

—Se parece a mí —dijo, triunfante.

Ella soltó la carcajada ante tanta desfachatez paterna.

—Tonto, siempre se ha parecido a ti, desde el día en que nació. ¿No te acuerdas que Victoria...? —se cortó de repente, dándose cuenta de que él no sabía nada sobre Victoria.

Jacob contemplaba aún las fotos.

—Ella decía que yo me había clonado.

—Ella era parte de la red — disparó Bella. Jacob, anonadado, levantó la vista.

—¿Qué?

—Ella fue la que les habló de William a los contrabandistas, y les dijo que yo iba al mercado varias veces por semana. Me estaban esperando. Tenían un pedido de un bebé varón y rubio.

—Pero... ¿por qué? —La voz de Jacob estaba llena de perplejidad: ¿por qué una mujer a la que había considerado una amiga habría hecho aquello?

—Dinero —replicó Bella con amargura—. Era un asunto de dinero.

La mano derecha de Jacob se cerró.

—La muy perra. ¡Había una recompensa! ¡Le hubiera dado todo lo que poseía porque me lo devolvieran!

—La recompensa era mucho menos de lo que le cobraron a la familia adoptiva por él.

—¿Fue vendido? ¿Qué clase de gente compraría un bebé sabiendo que lo habían...?

—No lo sabían —respondió Bella con celeridad—. No los culpes. Lo ignoraban todo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el abogado que llevó el caso no lo sabía. Era una operación muy astuta, con certificados de nacimiento falsificados y documentos legales de las falsas madres. Las personas que adoptaron a los bebés creyeron que era legal.

—¿Dónde está? —preguntó Jacob—. ¿Quién lo adoptó?

—Se llaman Harry y Sue Clearwater. Viven en Charlotte, Carolina del Norte. Lo he comprobado y son buenas personas. Honestas, cabales. Le pusieron Zachary.

—Se llama William —dijo Jacob, con fiereza. Con las fotos todavía en las manos, se sentó tras el escritorio y volvió a revisarlas, examinando cada detalle del rostro de William—. No creí que pudieras encontrarlo —dijo, ausente, como hablando consigo mismo—. Pensé que estabas rompiendo tu corazón en una causa sin sentido.

—No podía parar.

Las palabras eran sencillas, la verdad detrás de ellas era muy profunda.

—Lo sé. — Jacob la miró, estudiando el rostro de Bella con la misma intensidad que había contemplado las fotos—. Después de aquello no te reconocía — murmuró—. Estaba destruido, pero lo básico dentro de mí no cambió. Tú... tú te convertiste en... –hizo una pausa, como buscando la palabra adecuada—. Una amazona. No podía estar a tu altura, ni siquiera podía tocarte. Eras tan fiera, tan decidida, que me dejaste en el camino.

—No quería hacerlo —dijo Bella y suspiró—. Pero era incapaz de ver otra cosa, no podía prestar atención a más nada. Yo sabía que él estaba allí fuera y tenía que encontrarlo.

—Hubiera querido tener esa misma convicción. Envidiaba tu concentración, tu fe en que todavía estaba vivo. No podía creerlo. Durante años lo he considerado muerto y enterrado, y creí haberme acostumbrado a ello, pero ahora sé que está vivo y me siento como una mierda por haberlo abandonado.

Jacob escondió el rostro en las manos.

—No, no lo eres. —Bella se le acercó con rapidez y le rodeó el hombro con un brazo—. Mi mayor miedo era que estuviera muerto, y no podía dejar de buscarlo porque tenía que saberlo con certeza. Hiciste todo lo que pudiste...

—Hubiera podido buscarlo yo. Hubiera podido estar a tu lado, ayudándote.

—No seas tonto, claro que no podías. Jacob, si hubieras abandonado la cirugía, ¿cuántas personas habrían muerto?

Él pensó en aquello.

—Quizá ninguna. En esta ciudad hay muchísimos cirujanos de primera. —Al momento, su orgullo como cirujano se rebeló—. Bueno, veinte quizá. O treinta.

—Ahí tienes la respuesta, querido. —Bella sonrió—. Hiciste lo que tenías que hacer. Yo hice lo que tenía que hacer. No hay nada correcto o incorrecto, o que se pudo, o se debió, o fue necesario. Así que bájate del tren de la lástima y vamos a hablar del futuro.

Cinco minutos después, cuando ella explicó lo que quería, lo que tenían que hacer, el rostro de Jacob volvió a palidecer de asombro.