Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 26

El tiempo pasado con Jacob fue desgarrador, pero necesario. Cuando salió de su despacho, Bella supo que probablemente nunca volvería a verlo otra vez, por lo que se despidió de él, le dio un beso en la mejilla y le deseó una vida maravillosa.

—También puedes poner fin a la pensión alimenticia— le había dicho, sonriendo entre lágrimas—. Ahí tienes tu razón para practicar la medicina: has financiado la búsqueda. No hubiera podido hacerlo todo sin tu apoyo, sin tu manutención, sin estar segura de que tenía la libertad financiera necesaria para buscarlo.

—¿Y qué vas a hacer ahora?— preguntó él, con un gesto preocupado.

—Creo que lo mismo que hago. Buscar niños desaparecidos. Tengo que ganarme la vida.

La verdad era que no tenía la menor idea de lo que iba a hacer. Durante tanto tiempo su vida había girado en torno a una sola cosa, hallar a William, y ahora que lo había logrado se sentía como si hubiera chocado contra un muro y no fuera capaz de ver más allá. Estaba agotada, mental, física y emocionalmente. Pensaba volver al El Paso y no sentía otra cosa que no fuera el vacío. Tantas cosas habían ocurrido allí que quizá fueran demasiado. Después de que regresara a Carolina del Norte y se ocupara allí de todo, quizá dormiría un par de días y al despertarse podría sentirse mejor. Entonces sería capaz de pensar en el futuro. Era buena a la hora de encontrar a los desaparecidos. ¿Cómo podía parar ahora, sólo porque había encontrado a su desaparecido?

Jacob la agarró cuando ella se volvió hacia la puerta y la abrazó con furia, como si también se hubiera dado cuenta de que el último lazo que los ataba había sido cortado.

—Ahora, tú también puedes seguir adelante —le dijo.

¿Seguir adelante hacia dónde?, quiso preguntarle. Quizá un día lo supiera. Pero ahora, en lo único en que podía concentrarse era en lo siguiente que debía hacer.

Había reservado un asiento en un vuelo a Charlotte tarde en la noche, y cuando el avión aterrizó lo único que quería era llegar a su hotel, meterse en la cama y no moverse en las siguientes doce horas.

En lugar de eso, llamó al servicio de habitación y deshizo la maleta, mientras esperaba a que le trajeran un bocadillo. Tuvo tiempo incluso para planchar el traje que planeaba llevar al día siguiente.

Después de comer, colocó la bandeja del servicio de habitación al otro lado de la puerta y comenzó a pasearse por el limitado espacio, poniendo en orden sus pensamientos. Finalmente, con el móvil en la mano, buscó el número de los Clearwater en la guía de teléfono local y lo marcó.

Una agradable voz de mujer le contestó al cuarto timbrazo, con la pronunciación tan especial de las oes que Bella había reconocido como el acento de Carolina.

—¿Hola?

—¿La señora Clearwater?

—Sí, soy yo.

—Me llamo Bella Swan, soy fundadora de una organización llamada Rastreadores, que ayuda a localizar niños perdidos o secuestrados.

—Sí, claro —dijo Sue, con cortesía—. Es una causa muy importante, me encantaría hacer una donación...

—No, no es ese el objetivo de la llamada —la interrumpió Bella enseguida—. Tiene que ver con su hijo adoptado.

Al otro lado del teléfono se hizo un silencio absoluto. No se oía ni siquiera la respiración de Sue.

—¿Qué quiere decir? —logró articular finalmente la mujer—. ¿Cómo puede tener que ver... él fue adoptado —masculló con furia— ¿Lo hicimos a través de un abogado, para cercioramos de que todo era legal? No se atreva...

—Es un asunto complicado —dijo Bella y se apresuró a tranquilizarla—. Hay algunas gestiones que concluir. ¿Podría concertar una cita con usted y con su marido para vernos mañana? Le prometo que no les robaré mucho tiempo.

—¿Qué tipo de gestiones?

—Legales —dijo Bella, sin deseos de pasar a los detalles por teléfono. No quería asustar a los Winbom y que desaparecieran junto con el chico en el medio de la noche. Bella sabía que eso es lo que haría antes de arriesgarse a perder a su hijo—. Se trata sólo de algunas firmas. Nadie se cuestiona la adopción.

—Entonces, ¿por qué... qué tiene que ver en todo esto Rastreadores?

—Eso también es complicado. Se lo explicaré todo mañana. ¿Qué hora sería la más conveniente?

—Un momento.

La voz de Sue era débil; cuando puso a un lado el auricular se escuchó un traqueteo, y Bella cerró los ojos mientras la imaginaba susurrándole a su marido donde William-Zack no pudiera oírlos.

Harry se sentiría aguijoneado por el pánico de su esposa, alarmado porque al parecer algo la amenazaba, y correría al teléfono...

—Soy Harry Clearwater. ¿En qué puedo servirle?

—Temo haber asustado a su esposa —dijo Bella, disculpándose—, pero no era esa mi intención. Es importante que me reúna con ambos para explicarles algo relativo a la adopción de su hijo y darle ciertos documentos legales.

—Podría explicarse por teléfono...

—No, lo siento, no puedo. Es complicado, como le dije a la señora Clearwater. Lo entenderán mucho mejor cuando lean los documentos. ¿Hay alguna hora mañana que les convenga? Lo mejor sería cuando el niño se encuentre en la escuela. — Bella suavizó la voz—. Se lo ruego. No hay el menor peligro.

—Muy bien —dijo Harry Clearwater de repente—. A la una de la tarde. ¿Conoce la dirección?

—Sí, la tengo. Gracias por atenderme. Estaré allí a la una en punto.

Desconectó el móvil, cerró los ojos y se dio cuenta de que todos sus músculos temblaban. Lo había hecho. Ahora, lo único que tenía que hacer era dar el paso siguiente sin derrumbarse. Como había logrado conseguir la cita para una hora tan temprana, llamó a la línea aérea para reservar un asiento en un vuelo que salía de Charlotte a las seis. A la noche del día siguiente, pensó mientras se metía en la cama, estaría de vuelta en su propia casa por primera vez desde... no podía recordarlo con exactitud. Pensó que hacía más de una semana.

Al día siguiente se levantó lo más tarde posible, tomó un desayuno tardío, vio varios programas de debates en la tele, se dio una ducha, se lavó la cabeza y puso un cuidado especial al peinarse, al igual que con el maquillaje, haciendo que el efecto que causara fuera sutil. Era algo vanidoso de su parte, pero quería causar una buena impresión.

Se vistió con cuidado: una falda azul marino de buen corte y una blusa de manga larga ajustada, color verde agua, con botones marineros a juego. La combinación era tan femenina como profesional. Era un truco antiguo: mientras más nerviosa se ponía, más atención prestaba a su imagen. Concentrándose en la ropa, podía hacer caso omiso de los gemidos de sus nervios, de la náusea que le contraía el estómago, la tensión que le latía en las sienes. Ella había aprendido a permanecer serena ante un dolor indecible, y ahora lo hacía, al menos en la superficie, y de todas maneras, eso era lo que importaba. El espejo le entregaba el reflejo de un rostro casi inexpresivo, como el de Masen, no, no pienses en él, pensó Bella con furia. Lo había echado de su vida.

El Canal Meteo dijo que la temperatura más alta en Charlotte ese día sería de diecisiete grados, con una leve brisa del norte, por lo que al hacer la maleta dejó fuera la chaqueta de piel de camello. Liquidó su cuenta del hotel en la pantalla del televisor, y entonces le llegó la hora. Las doce y cuarto. Respiró profundamente, se cercioró de que tenía los labios correctamente pintados, dejó la llave de la habitación en la mesita junto a la cama con una propina para la doncella, y comprobó una vez más que todos los papeles que necesitaba estuvieran en el portafolios. Satisfecha por no haber dejado nada sin hacer, levantó los hombros, colocó el abrigo y el portafolios encima de la maleta, se colgó el bolso del hombro y abrió la puerta. Y quedó paralizada, perdiendo todo su impulso.

Masen estaba recostado en la pared junto a la puerta.

Tantos pensamientos, tantas emociones la sacudieron por dentro que no le fue posible concentrarse en ninguna en particular. Lo predominante era el asombro: había creído, había tenido la esperanza de que nunca volvería a verlo. Y, de alguna manera, había vuelto a olvidar cuán potente era el impacto físico que le causaba aquel hombre y lo que significaba que aquellos ojos fríos y oscuros estuvieran clavados en ella.

No habían sido fríos cuando ella yacía desnuda debajo de él, le susurró el animal que vivía en su interior, y Bella hizo que sus pensamientos salieran de aquel camino sombrío.

Dios mío, ¿por qué nadie ha llamado a la seguridad del hotel? No era posible que un hombre acechara a la puerta de una habitación de hotel durante quién sabe cuánto tiempo sin que alguien se diera cuenta. Hasta en el caso de que otro huésped no hubiera sospechado nada, las doncellas del hotel sin duda deberían haberlo hecho. Bella miró a uno y otro lado del largo pasillo: un carrito de servicio estaba aparcado a la derecha, a un tercio de la longitud del pasillo. Con una sola doncella en el piso, quizá Masen hubiera podido evitar ser visto. O quizá le hubiera dicho algo en voz baja, dándole un susto mortal, y la doncella estuviera ahora escondida en aquella habitación, esperando a que él se fuera.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, en tono gélido y hostil, muy ajeno al tumulto que la recorría por dentro.

Masen se enderezó y se encogió de hombros.

—Soy curioso. Como los que lo miran todo en un accidente de tránsito.

—¿Cómo supiste dónde encontrarme?

—Me dedico a eso.

Y bastaba con aquella explicación, supuso Bella. Él había averiguado dónde estaba William y eso le había dado ventaja. Y a pesar de que Charlotte era una ciudad de medio millón de habitantes, la había encontrado, probablemente haciendo unas pocas llamadas telefónicas. Se suponía que los hoteles no daban los números de las habitaciones, pero él la había esperado fuera de la habitación. ¿Cómo sabía a dónde iba? ¿Y cómo se había enterado de que se marchaba ese día? Bella ardía de impaciencia por conocer las respuestas, pero se cortaría la lengua con los dientes antes de preguntárselo. No quería hablar con él en absoluto.

Cerró la puerta de la habitación y echó a andar por el pasillo alfombrado hacia el ascensor, arrastrando la maleta detrás. Masen la siguió, como ella esperaba que lo hiciera. No perdió tiempo tratando de convencerlo de que se marchara. No podía huir de él ni convencerlo de que la dejara en paz: todo lo que podía hacer era no prestarle la menor atención, y eso hizo, en la medida en que uno puede no prestar atención a un lobo.

Registró en su mente detalles de la apariencia de él. Se había afeitado y llevaba un traje decente, oscuro, color azul grisáceo; al parecer, se había cepillado el pelo, no parecía que se hubiera limitado a peinarse con los dedos y dejarlo como si nada. Algunos podían pensar que tenía un aspecto respetable. Pero ella sabía más, sabía que los ojos fríos, enigmáticos, oscuros, no reflejaban de ninguna manera la veta de violencia que le corría bajo la superficie. Probablemente llevaba un cuchillo atado a la pierna, una pistola a la espalda y Dios sabría cuántas otras armas escondidas en el cuerpo.

Pero, ¿por qué estaba allí? Eso no tenía nada que ver con él. Se habían separado de mala manera y él era la última persona que Bella quería tener al lado durante las terribles horas que la aguardaban. Aún estaba tan furiosa que apenas podía tolerar encontrarse tan cerca de él. Sentía de nuevo el hervor de la rabia, que le hacía un nudo en la garganta. ¿Cómo se atrevía...?

Interrumpió la idea antes de que terminara de formarse.

Darle vueltas a las cosas una y otra vez no iba a cambiar lo que él había hecho, no iba a hacer que ella cambiara de opinión. Oh, podía intentar explicarle las cosas, pero ¿qué lograría con eso? Él se había hecho una idea totalmente equivocada sobre ella, se había equivocado, y aunque se disculpara ella dudaba que pudiera perdonarlo alguna vez. Él sabía, sin lugar a dudas, cuán importante era William para ella; conocía el infierno por el que había pasado mientras lo buscaba y de todos modos había querido que el paradero de su hijo siguiera siendo un secreto para ella. ¿Cómo podía perdonarlo alguna vez?

La enfurecía más aún el hecho de que Masen estuviera convencido de que ella estaba equivocada. Quería darle una bofetada tan feroz que se le aflojaran los dientes. Pero, en lugar de ello, decidió no prestarle atención.

—¿Tienes que dejar libre la habitación?

—No.

Si tenía que hablar con él, sería tan parca como fuera posible.

Abandonaron el hotel por la puerta principal y ella estaba a punto de darle el comprobante del coche al encargado del aparcamiento cuando Masen intervino.

—Déjalo aquí. Yo te llevo.

—No quiero ir contigo.

—Puedes hacerlo de la manera fácil o difícil. Tú eliges.

Ella ni siquiera lo miró, se limitó a seguir caminando a su lado mientras él se dirigía a un jeep Liberty azul oscuro. La manera fácil era bastante dura; ella no quería ni imaginarse cómo sufriría en la variante difícil. El viento del norte que habían anunciado en los pronósticos le mordió la piel a través de la ropa y deseó haberse puesto el abrigo antes de salir al aire libre. Se concentró en el frío que sentía, cualquier cosa mejor que pensar en él o en lo que tenía por delante.

Masen puso la maleta de ella en el maletero, junto a su viejo maletín de tela, a continuación abrió la puerta del pasajero y la ayudó a subir. El sol había caldeado el interior del jeep, y ella se sintió cómoda tan pronto logró escapar del viento. Prefería sentir frío, prefería estar en cualquier parte, con cualquier otra persona. Rezó, en busca de fuerzas, de control, de ayuda para hacerlo todo bien. Tenía que dejar a Masen fuera de su cerebro y concentrarse en William, o nunca sería capaz de hacerlo.

—¿Sabes dónde viven? —le preguntó, distante, cuando él se sentó al volante y puso en marcha el motor; a continuación, Masen salió del aparcamiento.

—Sí, ayer pasé por allí.

O sea, que había venido un día después que ella. Le sorprendía que no lo hubiera hecho antes, que no hubiera aparecido por su hotel en Chicago. Pero a no ser que estuviera allí para impedirle hablar con los Clearwater, ¿para qué preocuparse? Bella se puso rígida cuando se le ocurrió la idea de que en ese momento estaba encerrada en un vehículo con él, indefensa para cualquier cosa que no fuera ir a dónde él la llevara. ¡Estúpida!

Se giró a su izquierda con rapidez, tensando el cinturón de seguridad, con la muerte en los ojos.

—Si me llevas a cualquier otra parte que no sea la casa de los Clearwater, te juro que...

—Ahí es a dónde te llevo — respondió él, sombrío—. Aunque es un poco tarde para ti en caso de que yo hubiera tomado otra decisión.

—Entonces, no soy tan buena como tú para el juego sucio y las trampas —replicó Bella y volvió a su posición, de frente al parabrisas.

Vigiló atentamente el recorrido que él seguía, cerciorándose de que no fuera a encontrarse de pronto en una carretera que salía de Charlotte. Si giraba por la calle equivocada, gritaría, lo golpearía, se aferraría al volante, haría cualquier cosa para llamar la atención.

Aunque, como sabía, si él tenía en verdad la intención de secuestrarla, nada de eso lo detendría. Sencillamente la dejaría inconsciente y haría lo que quisiera. Pero ¿de qué le serviría eso a no ser que tuviera la intención de mantenerla encerrada en alguna parte por el resto de su vida? Ella no iba a cambiar de idea con respecto a ver a los Clearwater. Bella se había fijado una ruta y se mantendría en ella.

Hicieron el resto del viaje en silencio. A las doce y cincuenta y siete, él detuvo el jeep en el corto caminito de acceso de los Clearwater. El cuatro por cuatro Infiniti color champaña de Sue estaba aparcado a la derecha. La camioneta Ford de trabajo de Harry a la izquierda. El pulso de Bella se aceleró de repente, haciéndola sentirse débil y mareada. No permitas que me desmaye, imploró en silencio. Te lo ruego, no permitas que me desmaye. Respiró lenta y profundamente, obligando a su corazón a latir más lentamente.

Masen salió y dio la vuelta para abrirle la portezuela. Sus ojos oscuros se volvieron una ranura cuando la miró, pero no dijo nada, se limitó a tomarla del brazo y ayudarla a salir del coche. De no ser por él, Bella no hubiera sabido si hubiera sido capaz de reunir la fuerza necesaria. Agarró el portafolios, pero dejó su bolso en el suelo del coche. Masen se dio cuenta, por supuesto, y puso el seguro a las puertas.

El pequeño jardín del frente estaba inmaculadamente cuidado, con una hierba gruesa que se había vuelto parda y maceteros con crisantemos de un rojo brillante. En los escalones que llevaban a la puerta de entrada había macetas con plantas; alguien, probablemente Sue, tenía buena mano con las plantas. Bella se dio cuenta de que le gustaba la imagen de Sue canturreando bajito mientras sembraba las plantas o podaba las ramas y hojas muertas.

Antes de que pudiera levantar la mano para tocar el timbre, la puerta se abrió y allí estaba el matrimonio, ojerosos por la preocupación. La lástima oprimió el corazón de Bella. Había intentado tranquilizados, pero quizá su manejo de todo aquello había sido erróneo. Aunque, incluso en ese caso, ahora era demasiado tarde para cambiar nada. Harry estiró la mano y abrió la falsa puerta de vidrio.

Bella logró adoptar una expresión amistosa, sin llegar a sonreír.

—Hola, soy Bella Swan. Anoche hablamos por teléfono. Éste es Edward Masen.

—Soy Harry Clearwater y ésta es Sue, mi esposa —dijo el hombre, tendiendo la mano para apretar primero la de ella y después la de Masen.

Las manos de Harry eran fuertes, algo callosas; le gustaba jugar al golf, pescar, a veces ir de caza. Había sido entrenador del equipo infantil de béisbol de William-Zack, y colaboraba también en los entrenamientos de su equipo de fútbol. Tenía cuarenta y cuatro años, once más que Bella, era un hombre vital con algunas arrugas debidas al sol en torno a sus ojos azules, y en su cabello rubio oscuro no había nada de gris.

Sue era de estatura media, llevaba el cabello rubio pálido cortado en un estilo chic, su maquillaje era de buen gusto. Era delgada, vestía un pantalón entallado y un hermoso jersey francés cuyo color se reflejaba en sus ojos grises. Bella pensó que, con ese aspecto, nadie sospecharía que William no fuera su hijo biológico, a no ser que ellos lo dijeran. Zack. Tenía que recordar que ahora se llamaba Zack.

—Entren —dijo Harry, con voz nerviosa.

Él y su mujer dieron un paso atrás y, con un gesto, invitó a pasar a Bella y a Masen. Sue agarró la mano de su marido y entrecruzó sus dedos con los de él como si tuviera necesidad de su fuerza.

Pasaron al salón, que daba una impresión de comodidad, de sitio habitado, lo que significaba que lo utilizaban con frecuencia. En la chimenea de gas y leña ardía un fuego acogedor. Había cierta cantidad de libros en las estanterías; libros de ficción para adultos mezclados con libros infantiles, así como pequeños recuerdos de los que las familias coleccionan durante años: una estrella de mar, una pelota de béisbol firmada dentro de una caja de plexiglás, fotos, cajas y...

Fotos. Bella las recorrió con la mirada y contuvo un gemido. Fotos de William, un bebé gordito, con un solo diente pequeño, que brillaba en su risa, con el cabello rubio erizado como un diente de león. Vio sus pequeñitos pies rechonchos, las manitas gordezuelas, las mejillas rosadas. Había otra foto de él gateando, vestido sólo con un pañal. Otra, un párvulo adorable, sosteniendo en las manos un bate de béisbol como si fuera un garrote; una en la playa, con balde y paleta, la cabeza cubierta por una pequeña gorra roja de béisbol. Una fiesta de cumpleaños. Otra del que tenía que ser su primer día de escuela, sonriendo orgulloso mientras agarraba su pequeña mochila. Una con los dos dientes delanteros desaparecidos, sonriendo ampliamente, con un gesto tal de picardía que Bella estuvo a punto de echarse a llorar. Era su bebé, pero ella se había perdido todo aquello. Allí estaba, en su uniforme de pelotero, con expresión fiera mientras sostenía el bate como había visto que lo hacían los niños mayores. Otra foto lo mostraba vestido de jugador de fútbol, con el casco que casi le ocultaba completamente la cara. Era tan pequeño, tan vital, tan alegre.

Allí estaban sus fotos de la escuela y otras fotografías de estudio donde había posado. En otra más aparecía quizá a la edad de un año, agarrando un osito de peluche que mostraba signos de haber sido utilizado muchas veces. Montado sobre un pequeño tractor John Deere, agarrado al volante y haciendo como que conducía. Bella podía imaginarlo imitando los sonidos de un motor.

—Ése es Zack —dijo Sue, nerviosa, notando cómo Bella miraba las fotos—. Sé que hemos exagerado haciéndole fotos, pero... —Se interrumpió y se mordió el labio.

—Siéntense, por favor —dijo Harry, indicando que Bella y Masen debían ocupar las dos sillas dispuestas para la ocasión, mientras él y Sue se sentaban juntos en el sofá—. Díganos de qué se trata. No me importa decirle que ninguno de nosotros pudo pegar ojo anoche, preocupados porque algo hubiera salido mal. No podemos darnos cuenta de qué se trata, pero, bien, estamos preocupados.

Bella colocó el portafolios en el suelo, junto a sus pies, y respiró profundamente, mientras juntaba las manos. Había intentado ensayar lo que iba a decir, pero las palabras nunca le parecían las correctas, por lo que decidió volver a la historia que tantas veces había contado a tantas audiencias. Pero esta vez la historia tenía un final.

—Mi ex marido es cirujano —comenzó—, un auténtico Doogie Howser. —Pensó en Jacob y sonrió levemente—. Hace once años, él y otros médicos tomaron un año sabático para trabajar en una pequeña clínica rural en México. Supe que estaba encinta cuando emprendimos el viaje, pero en el equipo había una obstetra en la que yo confiaba, así que seguimos con nuestro plan original y nuestro hijo, William, nació en México. Un día, yo estaba en el mercado de la aldea con el niño, que tenía seis semanas, y dos hombres me lo quitaron y huyeron. Me dieron una puñalada en la espalda y me desangré casi hasta morir; cuando me recuperé, no había ni rastro de nuestro bebé.

Sue estiró su mano y volvió a agarrar la de Harry.

—Eso es horrible —dijo, con cara de sentirse mal. Quizá se identificaba como madre con Bella, o quizá tenía una premonición.

—De todos modos, lo busqué. No podía rendirme, pues no sabía lo que le había ocurrido. A muchos niños robados los sacan ilegalmente de México en el maletero de los coches, con el calor del día, y bastantes de ellos mueren. Yo no podía dejar de buscar hasta que tuviera la certeza de lo que le había ocurrido a William, si había muerto, si... —Bella se detuvo y tragó saliva—. Mi marido y yo nos divorciamos al año de que me robaran a William. Muchos matrimonios se rompen tras la muerte o desaparición de un niño. La culpa del divorcio fue fundamentalmente mía, no, en realidad toda la culpa fue mía, porque no estaba interesada en ser la esposa de Jacob. Estaba demasiado ocupada buscando a William. En ese tiempo, fundé una organización compuesta casi completamente por voluntarios de todo el país, que se movilizan para ayudar en la búsqueda cada vez que alguien desaparece, o para recorrer las carreteras en una alerta ámbar. Buscamos niños que se han escapado cuando la policía no tiene el dinero o el personal para dedicarse al caso. Nosotros...

Se dio cuenta de que estaba dando inicio a su discurso habitual.

Volvió a respirar profundamente.

—Basta, no se trata de eso. En pocas palabras, durante todo este tiempo he buscado a William, siguiendo pistas que me llevaran a los que me lo habían robado, que esclarecieran lo ocurrido. Hace muy poco, con la ayuda del señor Masen, se logró acabar con la red de contrabandistas y encontramos documentos que nos permitieron seguir el camino de los bebés robados.

Había llegado el momento. Se le hizo un nudo en la garganta y entrelazó las manos con tanta fuerza que la sangre dejó de circular por ella.

—Zack es mi hijo William.

Sue se echó hacia atrás con un grito, su rostro blanco como un papel. Harry se levantó de un salto, con los puños fuertemente apretados.

—Eso es mentira —dijo con violencia—. Nosotros no compramos un niño en el mercado negro: adoptamos a Zack con la ayuda de un abogado, y si cree que nos va a quitar a nuestro hijo, se va a ver metida en la pelea más dura de su vida.

Ya había pasado por la pelea más dura de su vida, pensó Bella. Y había durado diez largos años.

—Su abogado no sabía nada. Los certificados de nacimiento eran falsos. La mujer que los falsificó conservó los registros. No espero que crean en mi palabra: he traído copias de todo.

Bella se inclinó, tomó el portafolios, lo abrió y les entregó un paquete de documentos. Harry los tomó y los revisó con rapidez. En su garganta, un ronco rugido hablaba de rechazo.

Con manos temblorosas, Bella sacó otros dos documentos.

—Mediante estas declaraciones, Jacob y yo renunciamos a nuestros derechos filiales sobre William- Zack en beneficio de ustedes.

Sue y Harry se quedaron paralizados, mirando los papeles que Bella tenía en la mano como si no pudieran creer lo que ella acababa de decir. Bella acalló la angustia que le atenazaba la garganta, luchó por controlarse. Un poco más, sólo un poquito más...

—No hay condiciones. Arrancarlo del lado de ustedes lo destrozaría, y nosotros lo amamos demasiado para hacerle eso. Lo que le digan sobre nosotros, en caso de que lo hagan, es opción de ustedes. Son ustedes quienes lo han criado, ustedes lo aman, ustedes lo conocen mejor que nadie en este mundo. ¿Sabe... sabe que es adoptado?

Sue asintió sin decir palabra.

—Pero nunca ha preguntado nada —aclaró Harry.

Era un niño feliz, saludable, muy equilibrado y estaba seguro del amor de sus padres. No necesitaba nada más, pensó Bella. Un día preguntaría, pero quizá por pura curiosidad.

Tomó un grueso sobre de papel manila y se lo tendió.

—Esto es información personal sobre Jacob y sobre mí: nuestra documentación clínica, grupos sanguíneos, cualquier cosa que pudieran necesitar en caso de tener alguna emergencia médica con Zack. Ahí están los números de teléfono, las direcciones, y si alguno de nosotros se muda o cambia de teléfono, se lo haríamos saber. También hemos incluido las direcciones de nuestros padres. Y hay varias fotos si... si él se interesa alguna vez y ustedes deciden contárselo. Hay recortes de periódicos sobre lo ocurrido. No quiero que él piense nunca que no lo quisimos. — Respiró hondo, en busca de oxígeno—. Su padre tiene el coefiente de inteligencia de un genio, y es una de las mejores personas que he conocido. Es rubio, de ojos azules. Zack se le parece. Los dos somos personas saludables, que sepamos no tenemos problemas genéticos.

Dios mío, ¿cuánto tiempo más podría aguantar? Sue se había llevado ambos puños a la boca y por sus mejillas corrían lágrimas mientras contemplaba a Bella. Harry tragaba saliva mientras luchaba por mantener la compostura. Masen, sentado al lado de Bella, era una presencia oscura y callada. Ella no lo había mirado, no había posado sus ojos en él ni por un segundo.

—Espero que, algún día, él quiera saber de nosotros, conocernos —siguió diciendo, con voz entrecortada—. Pero si no lo hace, no tengan la impresión de que tienen que mirar por encima del hombro. Nunca volveremos a ponernos en contacto con ustedes, a no ser para actualizar información si hace falta. Ustedes son sus padres. Si deciden no hablarle nunca de nosotros, lo aceptaremos.—Eso era todo. No podía seguir hablando. Se puso de pie y les tendió la mano—. Gracias por amarlo.

Harry le tomó la mano con la barbilla temblorosa, y sin decir palabra la cubrió con su otra mano. Masen se puso de pie y luego se inclinó para cerrar el portafolios y alzarlo.

Sue se puso de pie de un salto. Sollozaba tan alto que apenas podía hablar.

—Espere... usted estaba mirando... ¿Quiere alguna foto suya? ¿Quiere llevarse una foto?