Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPITULO 27
Bella se despidió de ellos quién sabe cómo, con un apretón de manos, logró llegar al jeep con una de las fotos apretada entre las manos; las otras estaban en el portafolios que llevaba Masen. Se sentó y permaneció paralizada mientras él conducía, apartándola de la vida de su hijo, con la mirada clavada al frente y el rostro tan inmóvil como el de una estatua. Lo había hecho. Quién sabe cómo, había logrado no derrumbarse. Había entregado a su hijo y se sentía como si tuviera dentro una enorme herida abierta por la que se escapaba la sangre que alimentaba su vida. El dolor roía ya su control, una bestia tan grande y feroz como cuando le arrebataran a William; la calidad del dolor era diferente, era más agudo y más amargo porque había sido obligada a llegar a este punto a medida que los años transcurrían inexorablemente, pero la bestia era la misma.
No quedaba ninguna esperanza. No podía dar marcha atrás al tiempo y volver a tener a William como un niño, no podía llenar las paredes de fotos suyas mientras crecía. Ahora era el niño de otras personas y ella tendría que vivir sin él el resto de su vida.
—Nada me ha impresionado tanto —dijo Masen, en un tono remoto, casi incidental—, es lo más valiente que he visto en mi vida.
Bella percibió la rabia creciéndole dentro, como el vapor que se forma en una tetera cuando se calienta el agua. Incapaz de detenerlo, sintió como aumentaba, aumentaba y aumentaba hasta ahogarla; un velo rojo le nubló la vista y oyó un rugido animal proveniente de su garganta. Al instante, la rabia se liberó y, a pesar del cinturón de seguridad, se volvió hacia él, gritando y golpeándolo, abofeteando cualquier parte de su cuerpo a la que pudiera llegar.
—¡Cállate! ¡Hijo de perra, trataste de impedir que pudiera encontrarlo! Podría matarte, te odio...
Masen tiró del volante hacia la derecha, sacándolos de la calzada hacia el borde de la calle, mientras se protegía con el brazo derecho. La furia y las lágrimas de ella difuminaban los rasgos de él, pero podía ver lo suficiente para darse cuenta de que su expresión no había cambiado, que el maldito seguía impasible...
Puso la marcha para aparcar y permaneció sentado mientras ella seguía aporreándolo. Los sonidos que Bella emitía se habían deteriorado convirtiéndose en un grito sin palabras, en el sonido crudo y doliente de un sufrimiento insoportable, que comenzaba muy dentro de ella y salía por su garganta rompiéndolo todo. Ella quería destruir algo, quería que otra persona, que cualquiera percibiera aunque fuera una fracción de lo que ella sentía. Le parecía que estaba a punto de estallar por la fuerza inmensa de aquel dolor, como si su corazón fuera a ceder bajo la inmensa presión.
Entonces, se dobló hacia delante, sollozando tan fuerte que era incapaz de respirar. No sabía que pudiera llorar de esa manera, ni siquiera en aquellos días, los primeros y más desesperados. Entonces había tenido un objetivo, una causa. Ahora, no tenía nada. Se le quebró la voz y ella, ahogada, comenzó a toser convulsivamente. Masen la tomó por los hombros y la hizo sentarse derecha, recostada contra la portezuela.
—Bebe esto —lo oyó decir, distante, mientras él le ponía una botella de agua en los labios.
Logró tragar un sorbo aunque sintió una cierta sorpresa por lo difícil que le resultaba tragar con la garganta tan inflamada, tan en carne viva.
La tormenta pasó con la misma rapidez con la que había llegado y ella cerró los ojos, abatida y exhausta. Oyó que Masen hablaba por el móvil con serenidad, pero estaba demasiado aturdida para atender. Quería bajar en cualquier parte y morirse, porque no había manera de que pudiera vivir con aquel dolor.
Pero no se murió. En lugar de eso, se hundió en un estupor tan carente de emociones que no se dio cuenta de nada, salvo de que estaban otra vez en movimiento y Masen conducía en silencio. Pensó que habían hecho una o dos paradas, pero no estaba segura. Durmió, despertándose de vez en cuando para mirar por la ventanilla con total perplejidad, sin saber dónde estaban en ese momento o a dónde se dirigían, sin importarle, sin entender.
Llegó la oscuridad, y las luces de los vehículos que venían de frente la hipnotizaron y se durmió de nuevo. Despertó cuando él detuvo el vehículo y bajó. Miró sin comprender nada a un hombre que salía del coche aparcado al lado del de ellos y le entregaba algo a Masen, hacía un gesto de saludo, volvía a montar en su auto y se marchaba.
Masen fue a la puerta del pasajero y la abrió.
—Ven.
Bella bajó con movimientos lentos, como una mujer muy anciana. Habían aparcado en lo que a primera vista era el pequeño patio trasero de una diminuta casita de tablas. Un viento frío le azotó las piernas y le atravesó la ropa. El suelo que pisaba era fino, arenoso, y en sus oídos retumbaba un extraño sonido rugiente.
No tenía la menor idea de dónde se encontraban.
—Tengo un vuelo a las seis —dijo, sorprendida al oír cuán áspera era su voz.
—No has llegado a tiempo —se limitó a decir Masen, que la tomó del brazo y la hizo subir los tres escalones de la entrada.
Él abrió la puerta de tela metálica y la mantuvo abierta con el cuerpo mientras metía la llave en la cerradura de la puerta de madera, la abría del todo y buscaba con la mano el interruptor de la luz. Lo encontró, y la brillante luz de una lámpara de techo la hizo parpadear. Masen la empujó dentro y ella descubrió que habían entrado en una pequeña cocina. Un olor peculiar que le resultaba de algún modo familiar lo permeaba todo, no era un olor a suciedad, sólo... peculiar.
Masen volvió a salir y ella permaneció allí de pie, demasiado cansada, apabullada y apática para que le importara a dónde había ido. Oyó puertas que se cerraban de golpe y él volvió a aparecer, llevando en las manos tanto su maletín de tela como la maleta de ella.
El hombre cruzó la cocina y entró en otra habitación, donde se encendieron nuevas luces. Bella cerró los ojos y esperó a que volviera. Él siempre volvía...
La tomó por el brazo y la hizo seguir adelante.
—Me imagino que querrás ir al baño —dijo.
Algo sorprendida, Bella se dio cuenta de que sí. El baño en que se encontró tenía baldosines verdes y grises en el suelo y en la ducha, bastante amplia. Masen cerró la puerta para que ella pudiera gozar de intimidad, pero debió de quedarse fuera, pues tan pronto con ella comenzó a lavarse las manos, él volvió a abrir la puerta.
—Voy a calentar un poco de sopa —dijo, y la condujo de nuevo a la cocina.
Bella se sentó a la mesa y miró distraída a su alrededor mientras él registraba los estantes para encontrar lo que necesitaba.
—¿Dónde estamos? —dijo ella después de un rato, con su voz rajada.
—En Outer Banks.
Por un instante no tuvo idea de dónde quedaba eso. Una leve arruga le hizo levantar la ceja mientras intentaba que su mente cansada pasara revista a la información disponible. Finalmente recordó que se encontraba en Carolina del Norte, y que Outer Banks era parte de la costa. Un segundo después, se dio cuenta de que el sonido rugiente provenía del océano. Estaban en la misma playa. El olor peculiar que había percibido era el aroma del agua salada.
Masen puso delante de ella un plato de sopa de verduras humeante y un vaso de leche. Se sirvió otro plato, se sentó frente a ella y comenzó a comer.
Con precaución, Bella metió su cuchara en la sopa y tomó un sorbo de caldo. Le quemó la garganta lacerada, pero a la vez el calor le hizo bien. Nunca antes, en toda su vida, había perdido el apetito, pero el hecho mismo de levantar la cuchara era casi un esfuerzo excesivo y tuvo que obligarse a continuar. Mantuvo la cabeza baja, con la mirada enfocada en el plato de sopa. No podía permitirse mirar a ninguna otra cosa, pensar en otra cosa; en ese mismo momento estaba aturdida, pero el dolor la acechaba al borde mismo de su conciencia, listo para volverla a devorar.
Cuando ella terminó, Masen recogió la cocina y después la llevó de vuelta al cuarto de baño, donde había colgado dos toallas y un par de esponjas.
—Desnúdate —le ordenó—. Métete en la ducha. Te traeré tu bata.
Si hubiera tenido más energía, Bella hubiera discutido con él, o hasta le hubiera pasado el pestillo a la puerta. Pero se limitó a abrir el grifo del lavabo y a quitarse la ropa obediente mientras el agua se calentaba, después cerró el grifo y se metió en la ducha. La puerta de vidrio era transparente, lo que no le concedía intimidad alguna. Pero ella no lograba que aquello le importara.
Bella había terminado de secarse cuando él regresó con las manos llenas, trayéndole todo lo que pudiera necesitar. Dispuso las cremas y cosméticos sobre el tocador, metió el secador de pelo en uno de los cajones del gabinete y extendió la bata sobre la mesa del tocador.
Ella se puso la bata y después se sentó en el taburete y se puso a mirar las cremas, intentando recordar su rutina normal para el cuidado de la piel.
—Ésta —dijo Masen, señalando el frasco de loción tonificante. La había visto más de una vez preparándose para dormir, recostado en el marco de la puerta del baño y esperando con paciencia, pero contemplándola con ojos hambrientos, entrecerrados.
Como en un letargo, vertió la loción tonificante sobre una almohadilla de algodón y comenzó a aplicársela en la cara. Masen tocó la crema hidratante y ella, obediente, se la aplicó por el rostro y el cuello. Después él se inclinó y la tomó en brazos, la sacó del baño y la llevó por un pasillo corto hasta el dormitorio. La lamparita lateral estaba encendida, las mantas dobladas a los pies de la cama. Él la colocó entre las sábanas, la cubrió con las mantas y apagó la lámpara.
—Buenas noches —dijo, mientras salía de la habitación y cerraba la puerta a sus espaldas.
Bella se durmió de inmediato, como si su cerebro se hubiera desconectado, y varias horas después se despertó llorando. Tocó las lágrimas en su rostro y las miró con asombro por un instante. Al momento, los recuerdos retornaron en tumulto, trayendo consigo el dolor atenazador.
El sufrimiento era tan agudo que no podía quedarse acostada. Se levantó y comenzó a dar paseítos por el pequeño dormitorio, con los brazos cruzados sobre la cintura como si pudiera mantener dentro el dolor, pero de su pecho y su garganta escapaban los mismos sonidos profundos y desgarradores de antes. La pena estuvo a punto de hacerla aullar, y por primera vez comprendió por qué, en ciertas culturas, los dolientes se arrancaban los cabellos y hacían jirones la ropa. Tenía deseos de destrozar los muebles, de lanzar algo. Quería salir corriendo por la playa, gritando, y lanzarse al océano. Ahogarse tenía que ser menos doloroso que aquello.
Finalmente, el cansancio y aquel extraño aturdimiento volvieron a adueñarse de ella y volvió a caer sobre el lecho.
El amanecer fue luminoso y algo más cálido. Se levantó de la cama, se vistió y miró por la ventana. Ahora, a la luz del día, podía ver el Atlántico asomando detrás de una duna, toda aquella agua que parecía venir en su busca, en una interminable procesión de olas. Había una fila de casas, muy parecidas a aquella en la que se encontraba, que subía y bajaba paralela a la playa; algunas eran más nuevas, más grandes, otras eran más viejas y más pequeñas. Durante el verano, la playa rebosaría de veraneantes, pero esa mañana estaba desierta. Un rato después, Bella fue a la cocina.
Masen había hecho café. Él no estaba allí, y tampoco se veía el jeep aparcado fuera. Sobre la mesa de la cocina había una nota: «He ido a buscar comida».
Bella se sirvió una taza de café y recorrió la pequeña casa, familiarizándose con ella. Además de la cocina, el cuarto de baño y su dormitorio, había dos dormitorios más, igual de pequeños. El que había utilizado Masen estaba al lado del suyo, la almohada aplastada, el lecho sin hacer. La cocina tenía una mesa, con un lavadero tan pequeño que sólo cabían la lavadora y la secadora. Delante estaba el salón lleno de muebles cómodos, con un televisor de veinticinco pulgadas. Delante de la fachada de la casa había un portal rodeado de tela metálica, con un juego de muebles de mimbre blanco y coloridos cojines con motivos florales. Desde el portal contempló el océano, azul ese día por el reflejo del cielo. El aire de la mañana era frío y a los pocos minutos volvió a entrar para sentarse a la mesa de la cocina y tomar otra taza de café.
Estaba desolada. Durante más de diez años se había mantenido concentrada: había dolor, pero también un propósito. Ahora no había nada.
Tendría que tirar las rocas que guardaba en casa. William no las necesitaría.
Desde hacía más de tres años sabía que, incluso si lograba hallarlo, nunca lo tendría. El día de su séptimo cumpleaños se despertó con la certeza de que el niño se había ido irrevocablemente. Incluso si lo hubiera encontrado ese mismo día, la vida y la seguridad del niño tendrían como centro a otras personas, y arrancarlo de su lado sería un golpe devastador para él. Porque lo amaba, sabía que tendría que dejar las cosas como estaban. Todavía tenía que buscar, todavía tenía que cerciorarse de que estaba bien... pero se había ido. Nunca volvería a ser suyo otra vez.
Había alimentado la esperanza de hallar consuelo en el hecho de que el niño tenía una buena vida y buenos padres. Y lo había hallado, pero la tristeza era aún tan inmensa que no sabía cómo podría sobrevivir a ella.
Era como si hubiera muerto, como si lo hubiera vuelto a perder de nuevo. Lo que ella había hecho era irrevocable. Jacob se había quedado de una pieza cuando ella le dijo lo que tenían que hacer. Había llorado, había tenido un ataque de ira, todas las etapas que ella había pasado en privado.
—¡Acabamos de encontrarlo! —había gritado—. ¿Cómo podemos hacer esto? Sin verlo, sin hablar con él.
—Mira su cara —le había dicho ella con suavidad, haciéndolo volver de nuevo la vista hacia las fotos que le había tomado—. Es feliz. ¿Cómo podemos quitarle eso?
—Pero al menos podríamos conocerlo — había insistido Jacob con desesperación—. No tiene que saber quiénes somos. Yo, maldita sea, Bella, estoy de acuerdo en que no podemos chafarle totalmente la vida arrancándoselo a esas personas, pero finalmente tenemos ahora una oportunidad de...
—No. Si aparecemos, sin darle a sus padres adoptivos la seguridad de que sepan que él es irrevocablemente suyo,
¿qué crees que van a hacer? Yo sé lo que haría en ese caso. Me lo llevaría y saldría huyendo.
—Pero podríamos verlo —imploró, vencido por la verdad de los argumentos de ella.
—Eso tienen que decidirlo sus padres. Tiene que ser así. Es lo mejor para William, no lo mejor para nosotros. Jacob, tienes una familia que adoras. También tienes que pensar en ellos. No podemos destrozar la vida de todo el mundo sólo por nuestro egoísmo.
—¿Querer ver a nuestro hijo es egoísmo? Tú, al menos, has sacrificado tu propia vida para buscarlo, has hecho mucho más de lo que yo hubiera podido. ¿Cómo es posible que no quieras, por lo menos, hablar con él?
—Lo quiero —repuso ella con fiereza—. Quiero agarrarlo y no dejar que se vaya nunca. Pero ahora es demasiado tarde, hace años que es demasiado tarde. Ahora no somos su familia. Si alguna vez lo conocemos, tiene que ser él quien lo decida. De otra manera, le causaríamos un daño terrible y no he peleado tan duro y tanto tiempo por encontrarlo sólo para ser feliz yo. Tenía que saber si estaba seguro, si era amado. Lo es. —Tragó saliva y repitió—: Lo es.
Al final, con la vista nublada por las lágrimas, Jacob había firmado los papeles y después garabateó una carta a mano dirigida a William, en la que le decía cuánto le amaba y que esperaba se reunieran un día. Le dio la carta a Bella para que la adjuntara a los demás papeles, entre los que había una carta de ella.
Ella sólo tenía la esperanza de que un día William—Zack leyera las cartas y sintiera la suficiente curiosidad con respecto a Jacob y a ella misma para que se pusiera en contacto con ellos. Esperaba que los Clearwater no destruyeran los papeles. No creía que lo hicieran, en especial los de carácter legal, pero también podían meterlos en una caja de seguridad y no hablarle nunca a Zack de sus padres biológicos. Ella esperaba que no fuera así, pero en caso contrario no los culparía de nada. Sabía con cuanta fiereza había luchado ella misma para protegerlo, entonces, ¿cómo iba a esperar que ellos hicieran menos que eso?
Bella había logrado lo que se había propuesto hacer hacía tantos años. Lo había logrado, sabiendo que sólo le quedarían cenizas. Lo único que no imaginaba era que el sabor de esas cenizas le resultara tan amargo en la boca.
La puerta de la cocina se abrió y Masen entró con unas bolsas de papel en las manos. Ella había estado tan preocupada que no lo había oído llegar. Él la miró con ojos penetrantes pero no dijo nada y se concentró en guardar los alimentos que había comprado.
Bella no era totalmente consciente de la presencia de él, al menos no con la hipersensibilidad que sentía cada vez que él se encontraba cerca. Simplemente, estaba allí como parte del mobiliario. La pena y el dolor que la inundaban difuminaban el resto, dejando sólo un reconocimiento periférico de su presencia.
—¿Qué quieres? —preguntó él—. ¿Cereales o bollería?
¿Él quería que ella decidiera? ¿Y qué importaba lo que comiera?
—Un bollo —dijo ella finalmente, sin entusiasmo, porque eso significaba que no tendría que utilizar una cuchara.
Masen tostó el bollo, le untó queso cremoso y lo puso delante de ella, sobre un platito. Bella partió un pedazo y comenzó a masticar. Y siguió masticando. El bocado se le hacía cada vez más grande en la boca hasta que creyó que se iba a ahogar.
Estaba allí sentada, comiendo, como si no hubiera regalado su hijo el día anterior.
Se apartó bruscamente de la mesa, haciendo caer la silla. Como un gato, Masen se volvió hacia ella, listo para defenderse de cualquier ataque que ella pudiera lanzarle. En un destello súbito de furia ciega, Bella agarró del escurridor de platos la olla que él había usado la noche anterior para calentar la sopa y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared. La olla golpeó con sonido metálico y cayó al suelo. Después, agarró las cucharas y las tiró. A continuación, los cuencos, que se rompieron con placentero estruendo.
Sollozando, abrió de un tirón las puertas de las estanterías y comenzó a agarrar todo lo que tenía a mano: platos llanos y hondos, fuentes, tazas, vasos. Tiraba cada cosa con todas las fuerzas de que era capaz, gritando en un sufrimiento carente de palabras mientras lanzaba pieza tras pieza, llenando la habitación de fragmentos de vidrio.
Masen no se movió, salvo cuando uno de los objetos lanzados voló muy cerca de él: en ese momento, se echó levemente a un lado, pero permaneció en su sitio. Observó cómo ella destruía sistemáticamente la cocina, quitándose de su camino, hasta que aquella erupción rabiosa de energía se agotó abruptamente y ella cayó se rodillas, llorando.
En ese momento, la levantó y la llevó de vuelta al dormitorio. La colocó sobre la cama. Bella se encogió a un lado y lloró hasta dormirse.
Cuando despertó varias horas después y salió trastabillando de la habitación, la cocina estaba limpia y barrida, y Masen no estaba.
Al fin él volvió, con una caja de cartón que contenía varios platos que no formaban parte de una misma vajilla, entre los que había tazas de café con sus platitos. Volvió a salir y regresó con otra caja, de la que extrajo una docena de vasos y varios cuencos. Nada hacía juego. Lo desembaló todo, lo metió en el lavavajillas y puso en marcha el aparato.
A Bella le latía la cabeza a causa de un fuerte dolor, le ardían los ojos y sentía la garganta inflamada y dolorida.
—Lo siento — graznó.
—No importa. Bella suspiró.
—¿Dónde has conseguido los platos?
—Encontré una tienda de rebajas. Ahí, o hubiera tenido que conducir hasta Kitty Hawk, a un Wal—Mart.
Considerando que en esta época del año no había nadie en Outer Banks, encontrar una tienda era algo así como un milagro. En un momento de claridad, Bella percibió de repente la imagen de aquel depredador vestido de negro, registrando una tienda de rebajas y comprando platos viejos. Ni siquiera se daría cuenta de cuán fuera de lugar estaba, pero cualquiera que hubiera coincidido con él sin duda lo hubiera pensado.
Masen preparó unos bocadillos y ella se comió el suyo. Después Bella se puso los mocasines y salió a la playa. Caminó durante lo que le parecieron largas horas, mientras una brisa fresca le acariciaba el rostro, con la mente tan aturdida que apenas podía pensar. Era bueno no pensar. Finalmente, se volvió para regresar, y al hacerlo se detuvo momentáneamente al ver que Masen la seguía. Se había mantenido detrás, a unos diez o quince metros, respetando su intimidad pero sin dejar de vigilarla.
Masen se detuvo y aguardó. Tenía las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta negra y sus ojos oscuros, entrecerrados, se protegían de la brisa mientras la miraban acercarse. Ella sabía que era algo irracional, pero su seguimiento la irritaba.
—¿Tienes miedo de que me tire al mar? —soltó cuando pasó a su lado.
Lo dijo con sarcasmo, pero su «sí» la obligó a permanecer en silencio. Siguió caminando, conteniendo las lágrimas. No quería llorar. Sus párpados estaban tan inflamados y doloridos que no quería volver a llorar nunca más. Recordó que la noche anterior había pensado correr hacia el océano, y aunque la pena y el dolor la torturaban tanto que cualquier alivio hubiera sido bienvenido, ella sabía que nunca lo haría. Rendirse iba contra su naturaleza. De no ser así, ella no hubiera podido mantenerse fiel a su causa durante todos aquellos años.
En su familia, ella siempre había sido la soñadora idealista. ¿A quién se le habría ocurrido que bajo su piel había una capa de terquedad que le llegaba hasta los huesos?
Cuando estuvieron de vuelta en la casa, Bella arrastraba los pies y el sol se hundía en el horizonte, llevándose consigo el calor. Agotada, se acostó a echar una siesta y despertó sólo cuando Masen la sacudió y le dijo que era hora de cenar.
Los días sucesivos transcurrieron de la misma forma, en una niebla de pena y aturdimiento, salpicada por estallidos de rabia. Tan idénticos que se fundieron en su mente agotada, por lo que le parecía que el tiempo se arrastraba. Comía, dormía, lloraba. Los ataques de ira se presentaban sin aviso, estallando cuando ella menos lo esperaba, y a continuación se sentía avergonzada por su falta de control. Gritaba, golpeaba las paredes con los puños, maldecía el destino que le había permitido hallar a su hijo, pero demasiado tarde.
Caminó numerosos kilómetros por las playas desiertas, haciendo el máximo esfuerzo por no pensar en nada. En cierto momento se dio cuenta de que no había llamado a la oficina y se lo mencionó a Masen.
—Yo los llamé —respondió él—. Cuando estábamos de camino para acá.
Ella casi no recordaba nada del viaje, salvo que se sentía sumida en una agonía infernal.
Algunos días odiaba a su acompañante con una intensidad que le impedía siquiera mirar en su dirección. La rabia burbujeaba por todo su ser, y el hecho de que ambos hubieran querido lo mismo para William no mitigaba de ninguna manera los actos de él. Mantenerla alejada de William no era un derecho o una decisión que le correspondiera. Masen parecía saber qué sentía ella en esos momentos, porque se mantenía a distancia de ella y hablaba sólo cuando era necesario, cuando la llamaba para comer.
Se cercioraba de que comiera y durmiera. Lavaba la ropa, porque a ella no le pasaba por la cabeza la idea de hacerlo. Oía funcionar la lavadora o la secadora, yeso no significaba absolutamente nada para ella. Era sólo ruido de fondo. La ropa limpia reaparecía en su dormitorio y ella se la ponía. Era tan sencillo como eso.
Un día, Bella preguntó cuánto tiempo llevaban allí.
—Tres semanas —respondió él.
La respuesta la asombró, la hizo estremecerse un poco. Lo miró, sin el embotamiento en su mirada que la había caracterizado durante los días anteriores.
—¿ Y... el Día de Acción de Gracias?
El comentario era estúpido, pero fue lo único que le vino a la cabeza.
—Lo celebraron sin nosotros.
Tres semanas. Eso quería decir que estaban... en la primera semana de diciembre.
—No tengo nadie con quien celebrar el Día de Acción de Gracias —masculló Bella.
—Tienes a tu familia.
—No paso las fiestas con ellos, ya lo sabes.
Entonces calló, porque había encontrado a William y no había llamado a su madre, que quizá tuviera la esperanza de que olvidara y perdonara a Ross y a Julia, pero ella no podía hacerlo. Todavía no. Aún estaba por ver cuándo estaría preparada para eso.
—Entonces, has pasado tu primer Día de Acción de Gracias conmigo —dijo Masen, encogiéndose de hombros.
¿Haciendo qué? ¿Gritando? ¿Llorando? ¿Aporreando las paredes? Bella esperaba que eso no fuera el comienzo de una nueva tradición.
Ahora los días eran muy cortos y la temperatura había descendido más todavía. Masen le trajo unos calcetines gruesos, para que se los pusiera cuando salía fuera a caminar. Los paseos al aire libre ayudaban, aunque la luz del sol era tenue. Mirar al océano ayudaba. A veces era gris, a veces azul, pero era una presencia inmensa y constante.
Los períodos de rabia eran cada vez menos frecuentes, al igual que los ataques de llanto devastador. Bella tenía tal cansancio mental y emocional que funcionaba dentro de parámetros muy estrechos. No sabía qué hubiera hecho si Masen no la hubiera llevado allí. Odiaba estar en deuda con él, pero quizá era su manera de pagar sus deudas. El hecho era que ella no sabía si sus esfuerzos podían significar algo con respecto a sus sentimientos hacia él. Bella podía enfrentarse sólo a una cosa de cada vez, yesos días no eran para él.
A veces levantaba el rostro hacia el sol invernal, en busca de su exiguo calor, y se daba cuenta de que había sobrevivido.
