Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)
CAPÍTULO 28
En el rincón más lejano de su conciencia, Bella percibía que Masen la vigilaba constantemente. También sabía que era un hombre que nunca se rendía, que nunca dejaba escapar su objetivo. Ella no siempre sabía con claridad cuál era su objetivo, pero no tenía la menor duda de que él sabía perfectamente lo que quería.
Masen la quería a ella. Bella lo sabía, pero de todos modos no podía imaginar de qué manera podrían volver a estar juntos. Para ella, el abismo existente entre los dos era terminante, absoluto. La había traicionado de la forma más lacerante posible, y era evidente que el perdón no era el lado fuerte de Bella. Ella había descubierto que el rencor no era tan pesado, que podía almacenar rencillas durante un tiempo muy largo.
Masen no la cuidaba por bondad. La cuidaba de la misma forma que un lobo protegía a su pareja herida.
Había percibido aquella llamada la primera vez que él le había hecho el amor, el lazo de dos seres semejantes. Él no lo rompería voluntariamente.
Sabía que él representaba un peligro para ella: estaba segura. No un peligro físico. Masen no le haría el menor daño físico. Pero podía aniquilada emocionalmente, y ella se creía incapaz de padecer ningún sufrimiento más, al menos en ese momento. Sabía que debía comenzar a tomar impulso para abandonar aquella casita que había sido testigo del derrumbe total de su alma y de los primeros pasos hacia su recuperación. Rastreadores la necesitaba. Ella necesitaba hacer algo y no vegetar. Tenía que alejarse de Masen. Pero insistir en cualquier tema le exigía más energía mental de la que ella podía disponer; estaba horriblemente agotada de pensar, de sentir. Sólo con existir tenía suficiente trabajo.
Un día que Masen había salido, ella intentó llamar a Rastreadores sólo para hablar con Alice, pero era obvio que había dejado su móvil encendido cuando venían hacia el lugar y la batería estaba agotada. A continuación, probó con el teléfono fijo, pero descubrió que las llamadas de larga distancia estaban bloqueadas. Se quedó allí sentada, mirando el teléfono, intentando recordar el código para hacer una llamada a cobro revertido dando su número doméstico, pero las únicas cifras que le venían a la mente eran las de su número de la seguridad social, y se daba cuenta de que no se trataba de eso.
Masen entró y la encontró sentada junto al teléfono.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy intentando llamar a la oficina.
—¿Por qué? —se limitó a preguntar.
Ella lo miró, porque la respuesta le parecía obvia.
—Porque han pasado más de tres semanas y tengo que informar.
—Están trabajando muy bien sin ti.
—¿Cómo lo sabes? — Bella sintió un chispazo de irritación.
—Los llamé.
—¿Cuándo? ¿Por qué no me dejas hablar con Alice?
—He llamado un par de veces, la primera para que supieran dónde estamos, y la segunda para decirles que estaríamos unos días más.
Bella se dio cuenta de que él había soslayado lo que le había dicho de hablar con Alice.
—Es hora de volver a casa. Masen se frotó el cuello.
—Aún no.
—¡Sí! —Para su sorpresa, Bella se echó a llorar— ¡Maldita sea!—dijo y se fue al dormitorio.
Llevaba dos días sin llorar, ni siquiera por William, entonces ¿por qué lloraba en ese momento por algo tan inconsistente? Eso sólo probaba que Masen tenía razón y ella no quería que él tuviera razón. Quería tener algo que hacer, que regresar a una rutina en la que tendría que pensar en algo que no fuera su propio sufrimiento.
¿De veras quería volver a casa, si la azafata de un avión, al preguntarle si deseaba cacahuetes, podía causarle un ataque de llanto?
Tras secarse los ojos y soplarse la nariz durante una hora, decidió dar un paseo antes de que oscureciera. Se puso dos pares de calcetines y su abrigo. Cuando salió del pasillo, Masen la miró.
—¿A dónde vas? —preguntó.
—A dar un paseo —fue la réplica. ¿No era obvio? A continuación, abrió la puerta trasera y se dio cuenta del por qué de la pregunta. Caía una lluvia lenta, constante, gris. Comprobó el reloj de pared y descubrió que no era tan tarde como había pensado; las nubes bajas oscurecían el día—. O no —completó con un suspiro.
Masen encendió el fuego en el hogar de gas y troncos del salón y aquel ambiente acogedor la atrajo. Bella no quería quedarse sentada allí con él, pero la alternativa era volver a su dormitorio y contemplar las cuatro paredes. El televisor estaba conectado al satélite, lo que significaba que disponían de multitud de canales. Para su sorpresa, Masen veía un programa sobre decoración en el canal Casa y Jardín, con la perplejidad de alguien de otro planeta, como si no pudiera imaginar por qué alguien querría pegar un flequillo con borlas a la pantalla de una lámpara.
—¿Estás considerando dedicarte a la decoración de interiores como carrera alternativa? —preguntó, dando lugar a la sorpresa de ambos por haber iniciado ella la conversación.
—Sólo si alguien me apunta a la cabeza con una pistola.
Bella se sorprendió a sí misma sonriendo. Era sólo una sonrisa leve y desapareció de inmediato cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Una sonrisa, cuando pensó que nunca volvería a sonreír o a reírse. Él no lo había notado, pero ella sí. Se acurrucó en una silla y vio el resto del programa junto a él, pero la lluvia le había dado sueño y estuvo el resto de la tarde durmiendo a ratos.
Cenaron temprano, y después Bella se dio una ducha mientras Masen hacía una última revisión rodeando la casa. No había ningún peligro por el que él tuviera que mantenerse alerta, pero la vigilancia formaba parte de su naturaleza y todas las noches daba una vuelta a la casa para controlar que el jeep tuviera el seguro puesto y no hubiera extraños acechando. Ellos eran los únicos extraños en Outer Banks, pero eso a él no le importaba.
Bella acababa de ponerse la bata de dormir cuando la puerta del baño se abrió sin aviso.
—Ponte el abrigo y los zapatos y sal fuera —dijo Masen.
Sin preguntar nada, aguijoneada por la urgencia de su voz, Bella se apresuró a echarse el abrigo por encima de la bata y deslizó sus pies desnudos dentro de los zapatos. Salió al portal trasero con él y el encanto la hizo susurrar un «¡Oh!»
La lluvia se había convertido en copos de nieve. No era posible que cuajaran: la temperatura, a pesar de ser fría, estaba por encima de la congelación y la tierra aún estaba demasiado tibia y demasiado mojada. Pero la nieve parecía mágica, bajando en remolinos de un cielo negro.
Masen miró los pies de ella, sin calcetines, sacudió la cabeza y a continuación la tomó en brazos y bajó los escalones. Automáticamente, Bella se agarró a sus hombros.
—¿A dónde vamos?
—A la playa.
La llevó a la playa por las dunas bajas, hasta el borde mismo del océano, y allí se quedó de pie en la oscuridad, el silencio roto sólo por el golpeteo rítmico de las olas. En torno a ellos se arremolinaban copos de nieve mínimos, que desaparecían tan pronto los tocaban. Ella había crecido habituada a ver la nieve todos los inviernos, pero desde que se había mudado a El Paso la nieve era algo que veía únicamente si estaba de viaje. Y con toda seguridad, no había esperado verla aquí, en una playa del sur. Comenzó a temblar casi de inmediato, pero no quería volver dentro y perderse ni un segundo de todo aquello.
La nevada duró poco, y después de terminar estuvo varios minutos mirando al cielo negro, en espera de más nieve, pero sin éxito.
—Creo que no hay más —dijo, y suspiró.
Los brazos de Masen se cerraron con más fuerza en torno a ella y la llevó de vuelta a la casa.
Bella se fue a la cama al poco rato y se durmió enseguida. Desde la llegada a aquel lugar, había dormido el doble de lo que era normal para ella, como si su cuerpo estuviera tratando de compensar años y años de horarios erráticos y estrés interminable, y dándole un receso a su mente apaleada. Poco a poco sus sueños volvieron a ser normales, y ya no se despertaba llorando todas las noches. Y en una ocasión en que no soñaba nada, se despertó de repente para encontrar una sombra oscura inclinada sobre ella y un cuerpo desnudo y pesado que la aplastaba.
—Shhh —pronunció Masen mientras le subía la bata hasta la cintura y le separaba las piernas—. No pienses.
—Qué... —comenzó a decir ella, pero él frotaba la cabeza de su pene contra la abertura de su sexo para humedecerlo, y empujaba hacia dentro.
Las uñas de Bella se clavaron en los bíceps del hombre. Estaba húmeda, sí, pero no preparada. Percibía cada centímetro de él mientras profundizaba en ella, separando sus tejidos blandos.
¿No pensar? ¿Cómo podía ella no pensar? Pero su mente estaba tan cansada, tan herida por las largas semanas de sufrimiento, que sintió un intenso alivio al sumergirse en una sensación puramente física. Debió decírselo, pero no lo hizo. Cuando él la besaba, ella inclinaba la cabeza y le devolvía el beso. Necesitaba escapar de sí misma de esa manera, y él se había dado cuenta.
Llevó las manos a los hombros de Masen y se agarró a ellos mientras él establecía un ritmo lento. Como todavía no estaba excitada, su cuerpo sólo reaccionaba de manera gradual a las manos que le acariciaban los pechos, a los besos y al movimiento hacia delante y hacia atrás dentro de su sexo. Percibía la tensión que se acumulaba en él mientras retrasaba la llegada del orgasmo; sus hombros recios y su espalda brillaban de sudor, haciendo que las manos de ella resbalaran, pero no alteraba el ritmo. La luz del pasillo llegaba a través de la puerta entreabierta del dormitorio en cantidad suficiente para que pudiera ver el destello en los ojos de él mientras la contemplaba, esperando y descifrando cada respuesta mínima en la aceleración de la respiración o de los latidos cardiacos, en la forma en que las piernas de ella se alzaban para atenazar sus caderas. El cuerpo de Bella comenzó a levantarse hacia el de Masen en respuesta a cada lenta embestida, y los brazos de ella se abrazaron a su cuello.
Ella no quería que aquello terminara. Sabía que era inevitable, se daba cuenta de que no podía durar para siempre, pero mientras él estuviera dentro de ella, el mundo quedaba relegado. Además de placer, lo que él le estaba dando era un final. Ella había observado durante semanas, esperando, y ahora había actuado. Ella sabía que, con el tiempo, eso llegaría. Lo único que la maravillaba era por qué había esperado tanto.
Con él se sentía relajada y protegida a la vez, al menos de fuerzas exteriores. Al parecer nada podía protegerla de él y esa noche ni siquiera estaba segura de que quisiera ser protegida. Reclamada y poseída, sí. Ella le pertenecía, pero ¿le pertenecía él a ella? Y si era así,
¿qué demonios habían hecho al respecto?
—Ni siquiera sé qué es lo que quieres —dijo Bella con ansiedad, sintiendo que comenzaba a perder la cabeza presa de sensaciones en aumento.
—Esto — masculló él en un tono brusco, sombrío—. A ti. Todo.
La cabeza de ella se inclinó hacia atrás, su espalda se arqueó y comenzó a llegar al clímax. El hombre la abrazó más fuerte y mantuvo el ritmo lento hasta que los gritos inconscientes de ella se apagaron, sus dedos dejaron de clavársele en la espalda y sus piernas se aflojaron en torno a las caderas. Bella se relajó sobre las almohadas, con los ojos cerrados, los músculos fláccido s y el cuerpo repleto.
Masen le besó la frente con ternura, salió de ella y volvió a cubrirla con la manta. Se fue tan silenciosamente como había entrado.
Bella yacía allí, durmiéndose e intentando decidir durante un minuto qué era lo que había cambiado. Necesitaba levantarse y lavarse, como siempre que hacían el amor, pero ahora tenía tanto sueño y, en realidad, no se sentía mojada...
Se despertó del todo al darse cuenta de lo ocurrido. O, más bien, de lo que no había ocurrido. Él no se había corrido. Se había dedicado a darle placer y después se había ido sin reclamar el suyo.
Antes de terminar la idea, ella salió del lecho y echó a andar. Tan pronto entró en el corto pasillo, oyó correr la ducha en el cuarto de baño. Empujó la puerta y lo vio a través del cristal transparente. Estaba allí, de pie, con la cabeza inclinada y un brazo apoyado contra la pared de la ducha que tenía delante, con el agua cayéndole sobre la espalda mientras movía lentamente su otro puño, arriba y abajo.
No. Mientras se quitaba la bata de dormir por la cabeza y la dejaba caer al piso, todo en ella se rebelaba por haberlo abandonado para que se aliviara en solitario después de que él, tan generosamente, le había dado placer. Abrió de un tirón la puerta de la ducha y entró.
—Creo que eso me pertenece —dijo, estirando la mano para detener el puño de él y sustituyéndolo por el suyo.
Él levantó la cabeza lentamente y quedó desconcertada por lo fiero de su mirada sombría.
—No lo hagas, a no ser que quieras de veras —dijo él con voz ronca.
Ella no dudó ante el ultimátum. Retiró el cabello que le había caído sobre la cara cuando el agua tibia comenzó a correrle por la cabeza. Sentía su verga dura como el hierro en la mano, pero no era allí donde quería tenerla. No se permitió pensar: estiró la mano y se agarró al tubo de la ducha para elevarse un poco, a fin de poder enroscar sus piernas en torno a la cintura de él. Su estatura no era suficiente, por lo que apoyó un brazo en el hombro de él y se elevo más, tratando de maniobrar para dejarse caer después sobre su empinada erección.
Con un gruñido, él la abrazó por las caderas y la hizo pegarse bien a su cuerpo, bajando la cabeza para tomar el pezón izquierdo con la boca. Su pene empujó entre las piernas de ella; con un grito ahogado, ella ajustó levemente su posición y después se deslizó lentamente hacia abajo, ensanchándose, envolviéndolo con su calor húmedo. Él le soltó el pezón cuando ella descendió, con un rugido que iba creciendo en su garganta.
De la misma manera que él le hiciera a ella, Bella comenzó a moverse lentamente arriba y abajo, acariciándolo con su cuerpo, provocando su respuesta. Él comenzó a hacer chirriar los dientes, luchando para no correrse mientras ella tenía la firme intención de que lo hiciera. Bella se preguntó, frustrada, por qué él se contenía, hasta que se oyó gemir y se dio cuenta de que la fricción también la hacía reaccionar.
Aquella batalla en la ducha era un cuerpo a cuerpo cerrado. Con el abrazo íntimo de su cuerpo, ella intentaba arrancarle un orgasmo, cerrando las piernas en torno a él y pistoneando con violencia. Él la hizo ralentizarse con el brazo en torno a sus caderas, la apretó contra él y la hizo excitarse sobremanera.
El agua tibia comenzó a enfriarse, pero el calor generado por los cuerpos de ambos era tan intenso que ella apenas se dio cuenta. Masen la hizo girar para que ambos quedaran fuera del chorro de agua, obligándola a soltar el tubo de la ducha y a apoyarse en la pared de baldosas. Bella le agarró la cabeza con ambas manos, lo besó con toda la furia que pudo concentrar; a continuación, perdió la batalla y su espalda se arqueó cuando llegó al orgasmo. Con un sonido no humano, como si lo hubieran hecho ir más allá de sus límites, él se sacudió convulsivamente y comenzó a pistonear dentro de ella con impulsos cortos y violentos, que lo hacían clavarse hasta la empuñadura y a ella dar pequeños gritos.
Después, él se recostó contra la pared, apretándola contra las baldosas. Bella estaba más allá del desmayo, más allá de la modorra. Ella besó el hombro y después dejó que sus piernas se doblaran, por lo que resbalaron pared abajo hasta quedar sentados en el suelo de la ducha.
De nuevo, se hizo el silencio. Ella no sabía cómo explicar lo que acababa de hacer, y en todo caso, era bien consciente de la condición que él había proclamado: No lo hagas a no ser que quieras de veras. No lo hagas a no ser que lo aceptes como tu amante, aunque posiblemente lo ocurrido entre ellos hacía que aquello careciera de sentido. No lo hagas a no ser que destruyas la pared que levantaste entre los dos. No lo hagas a no ser que seas de él y él sea tuyo, con todo lo que aquello implicaba. Ella lo había hecho y, que Dios la perdone, ella lo había querido de veras.
En algún punto del camino ella había sido lo suficiente estúpida como para enamorarse de él. Si no lo hubiera amado, la traición de él no la habría lacerado tanto. La habría cabreado, pero no lacerado. Ella no podía imaginar cómo, a lo largo de su vida, se las había arreglado para amar a dos hombres tan diferentes como Jacob y Masen. Uno era la luz del sol, el otro era la oscuridad. Pero quizá eso tenía sentido: la mujer que era antes no hubiera podido amar a Masen, pero ella había dejado de ser aquella mujer. Hubiera querido serlo, pero ya no lo era. Las cosas terribles que habían ocurrido la habían transformado y no había manera de volver atrás.
Siempre le gustaría vestir bien y jugar con su cabello, le encantaría decorar lo que la rodeaba, del modo que lo hacía la gente en aquel programa de televisión que tanto lo intrigara, pero ella era una mujer más fuerte, más dura, más fiera de lo que había sido cuando le arrancaron a William de los brazos.
Ahora, la gran pregunta era: ¿qué harían de aquí en adelante?
En ese momento estaba tan perdida como lo había estado esa mañana. La diferencia consistía en que, ahora, ella no estaba sola.
