Personajes: Gales e Inglaterra.
CAPÍTULO 1.
«Inglaterra»
Gales siempre había sido el poeta de la familia. Mientras el resto de sus hermanos se seguían peleando a principios del siglo XVI, y después de que no haber tenido otra opción de resignarse al haber sido anexionado a las tierras de su hermano, él se había retirado a sus preciosas laderas y había buscado el sentido artístico.
Sus composiciones artísticas, en galés, lo único que Arthur no podría arrebatarle, habían quedado sin firmar y en la Historia de su pueblo. A veces él se reía al ver cómo, incluso en el siglo XXI, estas seguían siendo aclamadas por los críticos.
Por supuesto, algunas piezas habían quedado perdidas en la Historia por ser mediocres, pero otras habían resaltado. Rhys había vivido el suficiente tiempo como para saber que muy pocos eran recordados, y aún menos en la memoria de la gran parte de la población.
Quizá una de las cosas que había mejorado su escritura había sido sus ansias de plasmar el alma humana. Recordaba la sonrisa de una muchacha, hija de un pastor, que se había acercado a él con sus impresionantes ojos avellana y su cabello castaño.
Había uno que Rhys había inspirado precisamente en ella, que había llamado La pastora —por supuesto, el título original estaba en galés—, en el que había intentado plasmar, mediante palabras, las sensaciones que le había ocasionado aquella muchacha. A pesar de que el cariño, e incluso el «amor» se habían plasmado en la elección de palabras, era recordado como un poema triste.
Más que nada porque terminaba con la destrucción del poblado a causa de un «dragón blanco». Los críticos más conocedores habían asumido que se trataba, al utilizar ese símbolo arturiano, de Inglaterra.
Rhys no había estado alegre al escribir aquel poema.
La ira había fluido por sus venas al pensar en su final, y en el hecho de que él había contribuido a este. Ojalá ella hubiese muerto de inmediato en vez de tenerlo que hacer de esa manera tan desagradable. Ojalá hubiese sido algún inglés quien la hubiese alejado de la vida en vez de sus propios compatriotas, que la habían terminado por creer bruja, y precisamente por su culpa.
La pastora había sido uno de sus primeros poemas, en el que su único objetivo había sido guardar el alma de aquella mujer cuyo nombre incluso había llegado a olvidar. Sin embargo, no sería la única. Todas sus composiciones artísticas se habían basado en personas que había conocido y no había querido olvidar.
Y hacía bastante tiempo que se había dado cuenta de que no era el único que recurría a algo tan abstracto como el «arte» para plasmar a todas aquellas personas que habían podido pasar por sus vidas.
Incluso su hermano menor, a quien había acusado de no tener corazón en múltiples ocasiones, también lo hacía. Recurría a la pluma, pero, en vez de al verso, se iba directamente hacia la prosa. El verso para Rhys era como una especie de melodía que iba saliendo siempre de sus labios y sus dedos, sin importar su estado, como el agua saldría de una fuente.
Era un proceso bastante natural para él.
La prosa siempre se le había antojado fuerte, dura.
Y era de esa manera en la que precisamente su hermano escribía sus relatos. Nunca había visto a nadie bregar tanto con una pluma como a Arthur, que llegaba a incluso alterar el orden de su oficina y a golpear la mesa para que las ideas fluyesen de él.
Rhys, que siempre lo escuchaba pelear con la pluma, siempre había esperado que sus relatos terminasen empañados por esa agresividad de su hermano a la hora de escribirlos. Sin embargo, siempre que Arthur salía del despacho que tenía como cueva con la intención de tomar… el aire, Rhys se escabullía en el interior y los leía.
Al principio, había escudriñado su despacho para encontrar al muchacho que había escrito eso, pero luego había terminado por asumir que Inglaterra era quien escribía aquellos relatos, grabando toda clase de experiencias.
Apenas daba descripciones físicas, sino que todo se trataba de fijar ese… «alma» en diferentes posturas.
Los relatos eróticos no eran los más comunes, pero Rhys se había llegado a sonrojar de hasta qué niveles podía llegar ese trozo de… piedra que llegaba a ver paseando por los angostos pasillos de la casa. También los tenía rememorando a niños, algunos que debían ser sus colonias y otros que Rhys interpretaba como hijos de sus gobernantes pasados y futuros herederos.
Aunque no creía que la niña que describía en el relato al que había llamado El reloj fuese alguien de un estamento social alto debido a la atención que les prestaba a los detalles como los arañazos en sus piernas o su rostro.
Había una serie de nombres que se repetían en sus relatos y que él podía identificar. Liselot, protagonista de la mayoría de los relatos que tenían una índole más amorosa a lo largo de los siglos. Las vagas descripciones de su cabello rojizo y rizado y sus ojos avellana, además de la piel pálida, señalaban a la reina Isabel I de Inglaterra.
La acompañaba un «misterioso caballero» que se rumoreaba que «era inmortal».
Rhys se había fijado en los relatos, y aparecía en prácticamente todos.
Luego había otra mujer, que solía aparecer cuando el protagonista en las historias del siglo XIX estaba perdido para darle consejo. Un hombre en las montañas que solía dificultarles el paso, otro que se dedicaba a darles consejos —y que era descrito volando en un dragón rojo, por lo que no era demasiado sutil. «Gracias, hermano», solía pensar—, y una mujer que, dependiendo de cómo estuviesen las relaciones anglo-irlandesas en aquellos días, era amiga o enemiga.
Rhys le había enseñado las historias de su hermano a Alisdair en cuanto este le había preguntado que qué demonios estaba haciendo Arthur. En esa época, Inglaterra había sustituido la pluma por la máquina de escribir.
Alisdair había arrugado la nariz.
—¿Y qué, Rhys? ¿Qué pasa con esto?
Él miró a su hermano, perplejo.
—¿No lo entiendes?
—Bueno, sí, a Inglaterra le gusta escribir, ¿y qué? No tiene que aporrear las teclas con tanta fuerza como para que se escuche en toda la casa, ¿cierto? —Rhys se abstuvo de hacer un comentario sobre el ruido que él llegaba hacer con la gaita cuando estaba en la casa de su hermana en York, y las veces que lo había enfadado—. ¿Qué tengo que entender?
Rhys soltó un suspiro, sacudiendo su cabeza.
—Nada.
Quizá comprendía el valor detrás de esas palabras porque compartía el gusto por la literatura de su hermano. Alisdair se había ido a Edimburgo antes de que Arthur terminase con su sesión de escritura, y Rhys se había quedado sentado en la silla, esperando a que saliese.
Cuando su hermano había salido por la puerta, este había alzado la ceja.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Ya ni siquiera tratas de ocultar que te pones a husmear entre las hojas de papel? —había cuestionado, cerrando la puerta.
—No, quiero hablar contigo.
—Pues yo no —había señalado Arthur, empezando a caminar.
Rhys había resoplado. Desde luego, había tenido la consciencia de que eso no sería fácil, pero tenía que hablar con él. Se había puesto en pie, y lo había seguido con sus manos detrás de su espalda.
Si algo había aprendido durante sus años de vida era a ser paciente.
—Arthur…
—Estoy demasiado ocupado con otras cosas. Tengo que emprender un viaje a Hong Kong dentro de poco, y necesito dejarlo todo preparado. —Su mirada no se alzó hacia él ni por un momento, y Rhys solo pudo inspirar hondo y esperar a que lo hiciese. Y, cuando sus ojos se cruzaron, el ceño fruncido le dijo que no estaba dispuesto a hablar de eso—. ¿Dónde está Alisdair?
—Se ha ido a Edimburgo.
Él arrugó la nariz y apretó sus dientes.
—Por una vez que lo necesitaba —masculló—. ¡Por una simple vez que necesitaba que estuviese aquí! —Se debió aguantar mucho para no derribar las botellas que había sobre la superficie de la encima, e inspiró hondo—. Rhys, ¿puedes avisarle, por favor? En el puerto de Plymouth, antes de que caiga el día. Necesito verlo.
—De acuerdo.
A Rhys le hubiese gustado que su hermano se comportase de la misma manera que demostraba en sus relatos. Ya no solo por su habilidad de comprender las emociones de las personas que lo rodeaban, sino también por la expresión de las suyas propias.
Rhys ya estaba harto de tener que intentar ver a su hermano bajo una capa de furia y seriedad, pero seguía intentándolo. Porque, mientras que Alisdair, y Fiona en un mayor grado, ya se habían rendido, él no estaba dispuesto a hacerlo.
Y continuaría con esa esperanza todo lo que pudiese.
