Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 29

Bella despertó la mañana siguiente acurrucada entre los brazos de Masen, con la cabeza en su hombro, y el calor de su cuerpo confortándola en aquella fría y gris mañana de diciembre. La lluvia seguía cayendo, con más fuerza que el día anterior. Como era habitual, él se despertó casi simultáneamente, quizá tan sintonizado con ella que no podía dormir cuando ella se había despertado, o quizá por una naturaleza tan cauta que no se permitía ser tan vulnerable. Conociéndolo como lo conocía, Bella asumía que se trataba de esto último.

Se sentó y se estiró, relajando músculos que estaban contraídos por permanecer demasiado tiempo en la misma posición. Acostado aún sobre ella, Masen levantó la mano y le acarició la espalda desnuda. El cabello cubría el rostro de Bella y se lo echó hacia atrás, consciente de que sería un desastre porque cuando ambos cayeron en la cama la noche anterior, aún estaba mojado. Esta vez fue en la cama de él, no en la de ella. Aunque dudaba de que, tras la noche anterior, habría una cama suya o de él, sólo sería el lecho de ambos. La perspectiva la inquietó, pues sabía que aunque la noche anterior se dio respuesta a una pregunta esencial, quedaban muchísimas por decidir.

Voy a encender la calefacción— dijo él.

Cuando él se levantó y abandonó el dormitorio, ella se sentó, con los brazos en torno a las rodillas levantadas y se puso a mirar por la ventana. La casa vecina estaba vacía, al igual que la que les quedaba al otro lado. De hecho, la suya era la única ocupada en aquella franja de casas de alquiler. Eso la hacía sentirse tan sola como si fueran las únicas personas sobre el planeta, aunque sabía que los habitantes locales estaban allí. Varias veces, mientras caminaba por la playa, se había cruzado con personas que también hacían sus ejercicios al aire libre, pero la mayor parte del tiempo había tenido la playa para ella sola. El paisaje desolado y barrido por el viento había encontrado resonancia en su corazón doliente, de la misma manera que ocurría en ese momento con la lluvia. Su estado de ánimo era sombrío: ¿habría cometido un error colosal la noche anterior? Y si eso era lo que había hecho, ¿existía algún modo de retroceder?

Masen volvió trayéndole la bata y las zapatillas. No era muy conversador por las mañanas –y a ninguna otra hora—, y eso le venía bien. Se levantó de la cama, se envolvió en la bata apresuradamente y se dirigió al cuarto de baño.

El baño contaba con su propio radiador, y él también lo había encendido. Como el recinto era mucho más pequeño, se caldeaba más pronto, y ya casi tenía una temperatura agradable. Bella contempló su reflejo en el espejo e hizo una mueca: sin duda, tenía el cabello hecho un desastre. Por primera vez en mucho tiempo, sin embargo, sus ojos no estaban apagados por el sufrimiento. Tampoco brillaban, pero había vida en ellos.

Abrió la ducha y dejó que el agua se calentara, después se metió debajo del agua y se lavó el cabello con brío. El agua caliente resultaba agradable para sus músculos doloridos, recordándole cuán exigente había sido Masen durante la noche. Había sido un amante paciente, pero no delicado tras la primera vez. Se había mostrado hambriento, como no lo había sido ni siquiera la primera vez que hicieran el amor, de una manera que no era totalmente física. Bella intentó analizar la diferencia, pero se le escapaba y se preguntó si no se debería a que el propio Masen fuera tan esquivo y lejano. Lo asombroso era que la noche anterior no había sido así.

Mientras se secaba, se tocó automáticamente la cadera para cerciorarse de que el parche anticonceptivo estaba allí, y se quedó paralizada. Sus dedos sólo encontraron piel lisa. Horrorizada, se contempló en el espejo al darse cuenta de que no sólo había desaparecido el parche, sino que llevaba algún tiempo sin él. De hecho, unas tres semanas.

Había tenido la regla una vez. Lo recordaba vagamente, porque Masen había salido a comprarle tampones. Habitualmente, ella llevaba los parches durante veintiún días, poniéndose uno nuevo por semana, pasaba después una semana sin parche y en ese momento tenía la regla. Eso quería decir que o bien ella misma se lo había quitado, o se había caído después de permanecer allí más tiempo del que se suponía debería estar; de todos modos hubiera perdido su efectividad y ella hubiera tenido la regla. No recordaba haberse ocupado del parche, y no le había pasado por la mente ponerse uno nuevo.

Nada de eso hubiera tenido la menor importancia, a no ser por la noche anterior.

De modo realista, sabía que la posibilidad de quedar encinta era muy baja; su cuerpo no volvería a la normalidad antes de un par de meses después de abandonar los parches. Pero ocurrían accidentes y las mujeres quedaban embarazadas constantemente cuando se suponía que era imposible.

Preocupada, se secó el cabello y dedicó algún tiempo al peinado antes de que el aroma del café la hiciera terminar. Fue al dormitorio y se puso las prendas más abrigadas que encontró, un pantalón grueso de chándal y una camisa de franela, y frunció el entrecejo al darse cuenta por primera vez que no había traído consigo aquella ropa. La habría comprado Masen. Ella no había prestado mucha atención a sus idas y venidas, o a ninguna otra cosa durante las últimas semanas.

Pero tenía la esperanza de que aquella falta de atención no le hubiera causado algún problema.

Cuando salió del dormitorio, él estaba preparando el desayuno. Bella se sirvió una taza de café.

—No llevo el parche anticonceptivo —dijo. Él dio vuelta a la panceta con un tenedor.

—Lo sé.

De todas las cosas que hubiera podido decir, aquella fue la que la dejó más estupefacta. Lo miró con la boca abierta.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Supuse que lo sabías.

—No, no me había dado cuenta. —Comenzó a beber el café—. Esto podría ser un problema.

—No, para mí no lo es.

Por un instante, la insensibilidad de la respuesta la dejó muda por la sorpresa. A continuación, la verdad la estremeció: la idea de que ella quedara encinta no lo preocupaba en absoluto.

Ella no quería seguir por ese camino.

—Lo más probable es que no pase nada —dijo—. El sistema necesita cierto tiempo para volver a la normalidad.

—¿Cuándo lo sabrás?

Ella soltó un gruñido y se frotó la cara.

—No lo sé con exactitud. ¿Te acuerdas de cuándo tuve la regla?

—Te empezó dos días después de que llegáramos aquí.

Se dio cuenta de que debió de haberse puesto un nuevo parche antes de ir a ver a Jacob, pero se le había olvidado del todo. Calculó el tiempo mentalmente: si iba a ovular este mes, lo que tenía la esperanza de que no ocurriera, el momento para ello, la mitad del ciclo, sería exactamente... ese. Quizá. Había usado los parches durante tanto tiempo que ya no tenía la menor idea de los tiempos exactos de su ciclo natural. Pero no iba a correr riesgos adicionales: cuando volvieran a practicar el sexo de nuevo, si lo hacían, tendrían que tomar precauciones.

—Compraré condones —dijo Masen mientras rompía unos huevos sobre un cuenco, añadía un poco de leche y batía la mezcla con un tenedor. O le leía la mente, o había seguido el mismo razonamiento lógico.

Masen terminó de preparar el desayuno de la misma manera competente con la que lo hacía todo, y mientras comía los huevos revueltos, la panceta y la tostada, Bella se dio cuenta de que no había hecho absolutamente nada durante todo el tiempo que llevaban allí, nada salvo bañarse y comer. Masen había hecho todo lo demás, desde ir de compras hasta la limpieza. Inquieta, sentía vergüenza por analizar los motivos de él, porque sólo ahora ella volvía a ser capaz de ocuparse de sí misma, aunque de forma limitada. No estaba preparada para ponerse a pensar en lo que él quería.

Sin embargo, después lo ayudó a limpiar, aunque él no mostró reacción alguna fuera de una mirada algo sorprendida. Tras desayunar, él se dio una ducha y partió a su expedición en busca de condones; no iba a dejar algo tan importante para el último momento.

Tras su partida, ella revisó la casa poniéndolo todo en orden, colocando los cojines decorativos sobre los muebles del salón para que los colores combinaran, haciéndole la cama, deshaciendo la suya y metiendo las sábanas en la lavadora, pues dudaba de que volviera a dormir allí. No sabía cómo se sentía al respecto, si preocupada o aliviada. El día anterior había pensado que nunca lo perdonaría por lo que le había hecho, que el abismo entre ellos era total y final. Pero él, de un solo golpe, había derrumbado la pared que los separaba y ella volvió a estar donde ya había estado: yaciendo sobre la espalda, debajo de él.

La noche anterior no hubiera querido estar en ningún otro lugar.

Finalmente, ya sin nada que hacer en la casa, preparó un poco más de café, sacó una manta del armario y la llevó, junto con una taza de café, al porche de delante. Se envolvió en la frazada y se sentó en el pequeño sofá, recogiendo los pies bajo el cuerpo en busca de calor. El cielo oscuro y nuboso, el Atlántico gris y turbulento, y la lluvia gris y fría, todo se fundía, despojando el día de luz solar y color. Rodeó la taza de café caliente con las manos e inhaló el vapor aromático, mirando la cortina de lluvia mientras intentaba poner orden en la multitud de pensamientos que se arremolinaban en su cerebro.

Esa mañana, por primera vez, se había dado cuenta de que el agudo filo del sufrimiento se había mellado mucho los últimos días.

Podía funcionar, podía pensar en otras cosas, podía seguir una conversación. Podía sonreír. La herida nunca se cerraría, pero se había vuelto manejable, y lo sería más en las semanas y los años que vendrían.

Se preguntó qué habría hecho si Masen no hubiera estado allí. A pesar de que había maldecido su existencia, había dependido totalmente de él. La mayor parte del tiempo la había dejado sola, quedándose detrás y sin siquiera hablarle durante horas mientras se encargaba de lo básico para vivir. Al principio la había seguido en sus paseos, pero en los últimos tiempos no había hecho ni siquiera eso. Sin quejarse, en silencio, él había hecho todo lo que podía para ayudada a pasar por todo aquello.

Él la amaba.

La comprensión de aquello casi la cegó e inclinó la cabeza para descansar la frente sobre las rodillas. ¿De qué manera se suponía que podía reconciliar lo que él había hecho con respecto a William con el cuidado que le había dedicado en las últimas semanas?

Oyó el sonido de un motor; enseguida se detuvo y fue seguido por un portazo. Había regresado. Bella prestó atención al sonido de sus pasos hasta que abrió la puerta trasera y entró en la casa, pero perdió enseguida la pista de sus movimientos porque él caminaba como un gato y ella no podía oír nada.

La puerta que daba al porche delantero se abrió y él entró; su aguda mirada la recorrió en una inspección relámpago, como para cerciorarse de que ella estaba bien. Masen metió las manos en los bolsillos y se recostó en el marco de la puerta de tela metálica, mirando el océano gris con perfil sombrío.

—Lo siento —dijo en voz baja.

Las palabras quedaron allí, entre ellos. Él no le pedía perdón por la noche anterior, ella no podía imaginar semejante cosa, sino por William. Ella dudaba de que él hubiera pedido perdón a alguien en toda su vida, pero el gesto tenía un sencillo encanto y eso le anunció que era sincero.

—Sé que querías protegerlo —repuso ella, y se sorprendió de estar dando argumentos a favor de él.

—No sabía lo que planeabas hacer. Nunca se me hubiera ocurrido.

—Hubieras podido preguntar.

Pero él no era un hombre que se confiaba con facilidad, que se abría y dejaba que la gente se acercara a él.

¿Cómo hubiera podido predecir la reacción de ella? De hecho, su propia madre lo había abandonado, y lo había arrastrado de vuelta a su vida cuando le resultó conveniente. Lo que él sabía sobre las madres provenía de su propia experiencia, y aunque de manera intelectual él sabía y había visto que la mayoría de las madres amaban de veras a sus hijos, no tenía una conexión personal con ese tipo de amor.

Hasta el instante en que les había entregado los documentos legales a los Clearwater, ella tampoco había estado segura de que realmente pudiera llevar aquello a cabo, y su alma había llorado. Si ella misma no había estado segura, ¿cómo podía esperar que él supiera intuitivamente que ella nunca haría daño a William de ninguna manera?

Pero Bella era incapaz de abandonar la idea.

—Una noche, cuando estábamos en la cama —dijo—, podrías haberme preguntado: «Bella, ¿qué vas a hacer si encuentras a William? ¿Cómo puedes arrancado de la única familia que ha conocido? » Entonces habrías sabido lo que yo sentía, lo que yo ya había comprendido.

Él la miró por encima del hombro.

—No se me ocurrió —repitió—. Yo... cuando les diste aquellos papeles, me sentí como si me hubieran pegado un tiro. Quise arrodillarme y besarte los pies, pero pensé que probablemente me hubieras dado una patada.

—Nada de probablemente. Lo hubiera hecho.

Masen asintió y se volvió para seguir contemplando el océano.

—Yo no te amaba. —Hablaba bajito, en un tono casi ausente, como si las palabras se le escaparan—. O no creía que te amaba. No a simple vista. Pero cuando me echaste, sentí... — hizo una pausa y arrugó la frente, valorando sus propios sentimientos—, que me cortaban en dos.

—Lo sé —dijo Bella, recordando su propia sensación de pérdida.

—Mirando atrás, me doy cuenta de cuándo ocurrió. Cuándo caí. —Masen balanceó la mano, mostrando la levísima diferencia entre amar y no amar—. En Idaho. Te saqué del río y rodaste hasta quedar sobre la espalda, y te echaste a reír. En ese preciso momento.

Y en ese preciso momento, él había hecho algo al respecto. Hasta entonces, la atracción entre ellos había ido aumentando —Bella lo deseaba hasta casi enloquecer—, pero ninguno de los dos había dado ningún paso. Hasta ese momento, con el sol brillando sobre ellos, con el alivio por estar vivos recorriéndolos por dentro, cuando él la había mirado y había dicho...

Ella soltó una risita.

—Vaya declaración de amor. Me ofreciste tu huevo izquierdo.

—No fue una declaración de amor, fue una declaración de intenciones. Ésta es la declaración de amor.

Él había inclinado la cabeza con el gesto burlón que a ella le encantaba, y para ser un hombre que creía difícil comunicarse, no lo estaba haciendo nada mal.

El silencio cayó sobre ambos mientras digerían lo que se habían dicho. Ella notó que él esperaba oírla decir que lo perdonaba, que ella también lo amaba, pero aunque estaba segura de una de las dos cosas, no sabía si sería capaz de cumplir la otra. La herida y la ira aún estaban ahí, pero ya no la ahogaban. Lo más que sería capaz de hacer era dejarlo todo atrás y decir, bien, seguimos adelante a partir de aquí. Si uno quería discutir la calidad del perdón, quizá eso era el perdón, exactamente la voluntad de seguir adelante. Pero se trataba de Masen, no de un obrero o un oficinista cualquiera. Con Masen, ¿a dónde irían?

No podía imaginarse un futuro con él, pero tampoco podía ver un futuro sin él.

—Podrías decirlo también —murmuró él, sin dejar de mirar al océano. Desde el momento en que le había dicho que la amaba, no había vuelto a mirarla—. Sé que es eso lo que sientes.

—¿Qué te amo? — Bella suspiró y tomó un sorbo de café. Estaba frío y ella hizo una mueca mientras ponía a un lado la taza—. Yo te amo.

—¿Lo suficiente para casarte conmigo y tener hijos míos?

Bella se quedó sin respiración y sintió como si la balancearan de un lado a otro antes de que lograra recuperar el equilibrio.

—¿Qué? —preguntó, con voz aflautada por la sorpresa.

—Casarnos. ¿Te casarás conmigo?

—¿Cómo podría funcionar eso con nosotros?

—Yo te amo. Tú me amas. Es la progresión natural.

Bella hundió los dedos en su cabello, más alterada de lo que creyera posible al oír de labios de él una propuesta de matrimonio. Era inesperado y seductoramente dulce, pero la enormidad de los problemas que tendrían delante si se casaban era casi inabarcable. Y una parte de ella se sentía aterrada. Él no sólo había hablado de matrimonio, sino también de hijos. ¿Sería ella capaz?

—Casarse no sería muy inteligente —dijo.

Él se volvió y la contempló con sus ojos oscuros, serios, estudiándola, esperando a que siguiera hablando.

—Entre los dos tenemos el bagaje emocional suficiente para llenar un avión de carga. Probablemente necesite asistir a una terapia. —Bella rió entrecortadamente—. Y tú eres un asesino. ¿Qué tipo de seguridad laboral es ésa? Yo ni siquiera sé lo que quiero hacer, si debo seguir con Rastreadores o volver a la enseñanza como siempre quise. Una parte de mí quiere renunciar, pero ¿cómo podría hacerlo? Soy muy buena en lo que hago. Sólo que estoy muy cansada y...

—Tienes miedo — intervino él.

—¿Del futuro? Por supuesto.

—No. Tienes miedo de ser feliz.

Ella lo miró fijamente, paralizada por la precisión con la que él había logrado ver detrás de la cortina de humo de un sólido razonamiento.

—¿Has logrado convencerte a ti misma de que no mereces nada porque dejaste que te robaran a William? — preguntó Masen, implacable—. ¿Crees que no puedes tener un marido u otros hijos porque, digamos, fuiste una mala madre y no lo protegiste lo suficiente?

Su garganta se movía mientras ella intentaba tragar. Se sentía como si sus pulmones se hubieran colapsado y su corazón se hubiera detenido. Nunca nadie le había dicho que la culpa fuera suya; ella había luchado por su bebé, había luchado casi hasta la muerte. Sólo una puñalada por la espalda había logrado detenerla. Pero, de todos modos, durante más de diez años se había enfrentado a un pensamiento que le llegaba hasta las entrañas y le decía que había fracasado al defender a su hijo.

—Yo... no debí llevarlo al mercado —dijo, con voz sofocada—. Tenía sólo seis semanas. Era demasiado pequeño...

—No podías dejarlo solo. ¿Qué otra cosa hubieras podido hacer?

Los labios de Bella temblaban. ¡Dios, cuántas vueltas había dado a aquella pregunta en su cerebro! ¿Qué otra cosa hubiera podido hacer? Tenía que haber algo más, algo en lo que ella no hubiera pensado, que no hubiera visto, porque ella le había permitido a aquellos hombres que se llevaran a William.

—¿No has conseguido redimirte lo suficiente con todos esos otros niños perdidos que has encontrado? ¿Qué necesitas para perdonarte a ti misma?

Su bebé en casa, sano y salvo, y eso nunca iba a ocurrir.

Masen abandonó su lugar junto a la puerta y se agachó frente a ella, tomando las manos de Bella entre las suyas. Un viento frío y húmedo le removía el cabello, levantándolo en ondas.

—¿Por eso renunciaste a él? ¿Para castigarte?

—No. Lo entregué porque era lo correcto.

Bella vio a Masen temblar un instante y se dio cuenta de que todo aquel tiempo había estado fuera sin siquiera una chaqueta. Impulsivamente, abrió la manta y lo invitó a compartir su calor. Él lo aceptó con celeridad, pero cuando volvieron a acomodarse, ella estaba medio tendida sobre su regazo, envueltos en la manta, y con la cabeza descansando sobre el hombro de él. El calor corporal de ambos pronto espantó el frío.

—Vivir es correcto —dijo él con suavidad, acariciándole el rostro, recorriendo con un dedo las líneas de su cara— Es correcto ser feliz de nuevo.

La idea bastó para que ella se sintiera caminando por el borde de un precipicio mientras el viento intentaba hacerla caer.

—Es demasiado pronto.

La sola admisión de que un día quizá se permitiera ser feliz, seguir viviendo, era como levantar un pie y dejarlo en el aire, encima del precipicio.

—Han pasado diez años. Has encontrado a tu hijo y has hecho lo mejor para él. ¿Cuánto tiempo es «demasiado pronto»?

—El que sea. — Una vez más, Bella buscó refugio en la lógica—. Cuando hablas de ser feliz quieres decir que me case contigo.

—Yo puedo hacerte feliz.

Y ella podía hacerlo feliz a él, pensó Bella, sintiendo mareos ante esa perspectiva. Él era un hombre complicado y difícil; si ella lo rechazaba, dada su naturaleza solitaria, lo más probable era que nunca se casara. Ella era su única oportunidad de tener una familia, de tener una vida medianamente normal.

Como si cualquier vida con Edward Masen pudiera ser normal.

—¿Cómo podemos casamos? ¿Qué sabemos el uno del otro? Ni siquiera sé cuántos años tienes.

—Treinta y tres.

Ella calló, asombrada, y de inmediato se le olvidaron los otros puntos que había estado a punto de mencionar. Él parecía mayor, aunque no había ni una hebra gris en su cabello y su rostro no mostraba arrugas.

—Yo también tengo esa edad. ¿Qué día naciste?

—El siete de agosto.

—¡Oh, Dios mío, ¡soy mayor que tú! Yo nací el veintisiete de abril.

Estaba tan consternada que las comisuras de los labios de Masen se alzaron.

—Siempre he querido acostarme con una mujer mayor.

Bella le dio unos golpes en el pecho, con lo que consiguió un beso más profundo y largo de lo que hubiera esperado. Cuando él la soltó, ella hundió su fría nariz en la garganta de él, inhalando su perfume cálido. Quería decirle que sí. Lo amaba más de lo que creía que pudiera volver a amar a un hombre. Siendo una persona muy difícil, se complementaban perfectamente en muchos sentidos. Con ella, él conversaba, hacía chistes, incluso se reía. Algo en ella lo hacía abrirse; algo en él la hacía apartarse del rígido sendero que ella había trazado para sí misma.

Pero Bella tenía razón con respecto a los problemas que se les presentaban por delante y lo sabía. Casándose, esos problemas se exacerbarían.

—¿De qué vas a trabajar? Si nos casamos, no podrás seguir persiguiendo gente por todo México, buscando a los chicos malos, quizá haciéndote matar...

Calló, porque no podía seguir ese hilo de razonamiento.

—No sé qué otra cosa podría hacer, pero algo encontraré.

No había muchos cambios de trabajo para cazadores de recompensa/asesinos retirados. Ella no se lo podía imaginar en un trabajo de oficina o haciendo algo que lo obligara a lidiar con el público.

¿Qué tipo de trabajo podría hacer?

Se dio cuenta de que estaba pensando en el futuro. Las cosas se movían con demasiada rapidez y desde un punto de vista emocional, todavía no estaba con los pies en el suelo.

—No puedo decir que sí —dijo—. Todavía no. Hay muchos problemas que aún tenemos que resolver.

Él volvió a besarla, cerrando los ojos mientras la abrazaba.

—No voy a ninguna parte. Te lo volveré a preguntar el año que viene —dijo, mientras se levantaba con ella en brazos y maniobraba para abrir la puerta.

Diez minutos después, mientras él se movía entre sus piernas abiertas buscando acomodo, ella se dio cuenta de que estaban en diciembre. El año que viene llegaría en tres semanas.