Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo los uso para mis adaptaciones :)


CAPÍTULO 30

—¡Mamá! ¡Thane está rompiendo mis deberes! ¡Dile que lo deje!

Bella revolvió la salsa para los espaguetis y lanzó una mirada de agobio hacia el salón, donde los gritos eran cada vez más altos.

—¡Edward! ¡Aparta a Thane de Linnea!

Él estaba ya de camino. Los gritos se hicieron más estridentes, seguro que en ese momento estaba tratando de separar a Thane de los deberes de su hermanita de ocho años, y en unos pocos minutos la bendita paz volvió a reinar en toda la casa, salvo por alguna queja ocasional de Linnea, que se dedicaba a rehacer sus deberes. Masen apareció en el umbral, con un Thane que soltaba risitas colgado del cuello de su padre.

—¿Qué hago con él ahora?

—Juega con él. O átalo a una silla. Lo que sea.

Zara, de seis años, estaba sentada a la mesa de la cocina, practicando laboriosamente las letras, esforzándose para que le quedaran exactas. Sus ojos oscuros se pusieron serios cuando habló:

—No le va a gustar que lo aten a una silla.

—Era un chiste, cariño.

De sus tres hijos, Zara era la que más se parecía a Masen, con su intensidad y su carácter sombrío. Linnea era confiada y bulliciosa, le entraba a la vida de cabeza, mientras que Zara daba un paso atrás y observaba. Bella se tomó el tiempo para darle un abrazo a su hija pequeña, mientras Masen sacaba fuera a Thane para distraerlo con algo que consumiera sus energía y que Bella esperaba que no fuera destructivo.

Thane había venido de sorpresa; nació dos días después de su cuadragésimo primer cumpleaños. No habían tenido intención de tener más niños, estaban satisfechos con sus dos hijas, pero un condón roto había dado como resultado un pequeñín que, de estar ellos más atentos, habrían debido llamar Huracán. Antes de poder siquiera gatear, Thane se revolvió para que lo bajaran al piso a fin de explorar. Cuando aprendió a gatear, todos en casa abandonaban sus tareas y empezaron a correr, intentando atraparlo antes de que se metiera en una situación complicada. Ahora que tenía dos años, Bella comenzaba a pensar en la camisa de fuerza... para sí misma.

Las cosas habían funcionado de una manera inesperada. Ella y Masen —aún tenía que recordar que debía referirse a él como Edward — ya llevaban casados nueve años. Bella había postergado la boda hasta resolver algunos de los problemas, en particular su trabajo y el de él. Ella seguía siendo la directora ejecutiva de Rastreadores, pero el trabajo operativo cotidiano había pasado a manos de Alice Brandon, mientras que Bella se concentraba en recaudar fondos, algo que nunca cesaba. Ahora ganaba un salario, sus horarios eran más regulares y nunca pasaba la noche lejos de sus hijos.

Masen hacía pruebas de campo para un fabricante de armas de fuego, y también hacía de asesor para el departamento de policía de El Paso, el departamento del sheriff y varias empresas privadas de seguridad. Ella se había sentido aliviada hasta las lágrimas cuando él le contó lo que estaba haciendo, porque estaba preocupada hasta la muerte porque no existiera un trabajo legítimo en el que él pudiera aplicar su particular talento. Nunca serían ricos, pero tenían dinero suficiente para mantener a sus hijos y permitirse unos pocos lujos, por lo que todo iba bien.

Vivir en su piso, con tantos vecinos cerca, había puesto nervioso a Masen. No se había quejado, pero Bella había visto lo inquieto que estaba, cada vez más irritable. Cuando llevaba cinco meses encinta de Linnea, él había comenzado a ponerla nerviosa hasta tal punto que se dio cuenta de que tenían que hacer algo, por lo que Masen exploró los alrededores y encontró una casa lo suficientemente apartada del resto del mundo para que él pudiera relajarse, pero no tanto como para que Bella se sintiera aislada. Era una casa vieja, placentera, con árboles en el patio que daban sombra y cuatro amplios dormitorios. En aquel momento no sabían que iban a necesitarlos todos. Compraron la casa, colocaron una cerca para seguridad del bebé y se establecieron.

Ella había sido feliz. Aunque cuando finalmente se casaron, un año después de que él se lo pidiera por primera vez, aún había tenido algunas dudas, con él casi había sido feliz hasta el delirio.

Contemplarlo con sus hijos era una delicia que aún hacía que su corazón se encogiera. Se había acercado a Linnea con precaución, como si fuera una bomba de relojería, pero se había obstinado en aprender a cambiar los pañales y todo lo demás que uno debía saber para tratar con un bebé. La disciplina era una teoría que él nunca había logrado entender del todo; le había explicado a Bella, con una seriedad total y más bien perpleja, que los niños lloraban cuando él los regañaba, por lo que había dejado de hacerlo. La situación tenía que ser funesta para él cuando se ponía severo, con el resultado de que los tres niños se asustaban hasta la obediencia total si levantaba la voz aunque fuera un poco. Eso no era justo: Bella, a veces, sentía que podía gritar hasta enmudecer y los niños no le prestaban la menor atención. Aquello era una exageración porque eran niños normales, brillantes, inquisitivos, obedientes en general, lo que quería decir que, en días señalados, se volvían un dolor de cabeza.

Le encantaba poder exasperarse con ellos. Uno de sus mayores miedos durante el embarazo era que la tragedia del pasado la hubiera convertido en una madre obsesiva, sobreprotectora, rígida. No había estado segura de que estuviera preparada para ser madre. Gracias a Dios, Linnea había sido una niña muy manejable; cuando llegó Zara, ella ya se había relajado. Entonces, habían tenido cuatro años pacíficos, más bien idílicos, hasta Thane. Los dos años transcurridos desde su nacimiento habían sido jubilosos, pero de tranquilos, nada.

—¿Quieres lavarte las manos y ayudarme a poner la mesa? –le preguntó a Zara que, obediente, retiró sus deberes de la mesa y fue corriendo a lavarse las manos.

—Yo quiero ayudar —dijo Linnea y salió corriendo del salón en pos de Zara, hacia el cuarto de baño de abajo, para lavarse también las manos.

Bella puso el gran cuenco de la ensalada en la mesa, después controló los bollos en el horno. Tenían un hermoso color dorado, por lo que los sacó y los acomodó en el cesto del pan. Masen volvió con Thane y se lo llevó al baño para lavarle la tierra de la cara y las manos, mientras Bella escurría los espaguetis en un gran colador.

Las niñas estaban ocupadas colocando los platos y los cubiertos cuando sonó el timbre de la puerta. Bella suspiró. Nunca fallaba: si iba a tener lugar una interrupción, ocurría invariablemente cuando se sentaban a comer.

—Voy yo —dijo, cruzándose con Masen que salía del baño con Thane bajo el brazo.

Abrió la puerta y se encontró frente a un joven alto, de pelo rubio y ojos azules. Se le aflojaron las piernas y tuvo que recostarse contra la puerta, mientras las lágrimas le quemaban los ojos.

Lo supo. Desde el momento en que vio su cara, lo supo. El joven estaba nervioso. Se aclaró la garganta.

—Lamento molestarla, pero... ¿es usted Bella Swan?

—Ahora soy Bella Masen —logró articular.

El recién llegado volvió a aclararse la garganta y lanzó una mirada de preocupación por encima del hombro de ella. Bella supo que Masen se había acercado aún antes de que su fuerte mano se cerrara en torno a su cintura y tirara de ella hacia sí como apoyo.

—Yo, eh, yo soy Zack Clearwater. William, su hijo — añadió, sin que fuera necesario.

El rostro de Bella estaba empapado, sus ojos desbordados. Las lágrimas difuminaban los rasgos de su hijo. Un sollozo escapó de su pecho antes de que pudiera detenerlo, y una expresión de alarma atravesó el rostro del joven. Con la misma celeridad, el sollozo se convirtió en risa y estiró la mano para tomar la del recién llegado.

—Te he esperado durante tanto tiempo —dijo y lo hizo entrar en la casa


hola chicas!

Y llegamos a el final, creo que fue un cierre bueno para este historia, Despues de tanto dolor y sufrimiento logro encontrar su felicidad

Digamen que opinan?

Quieren que suba la tercera parte de la historia de entre el odio y el amor y mentiras y rumores? nos faltaria la parte de Emmet y Rosalie

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Besos y abrazos