Claroscuro.
Caía la tarde y la luz del atardecer empezaba a teñir de rojo y violeta casi toda la calle frente a el, esa era su hora menos favorita del día, los atardeceres le hacían sentir enfermo de una manera que pocos podrían entender, el color rojo penetrante de algunos ocasos le recordaban irremediablemente el olor denso de la sangre cuando mana de una herida recién abierta, la sensación caliente y agradable de tenerla en la manos, la blandura de la carne y la dureza de los huesos cuando la mano penetra en el cuerpo de la victima, sus gritos o jadeos y el placer cruel y simple de matar dejando un cuerpo frío detrás, algo tan vacío y estéril, algo que definitivamente había abandonado y que ya no quería ni recordar, pero que sin embargo seguía allí, dentro de él y que resurgía de la nada cada vez que lo sorprendía un atardecer muy rojo y se hallaba ocioso, como en ese momento. Detestaba que pasara esto, invitar a una chica a tomar un café y que esta se demorará escandalosamente sin cancelar la cita.
Miró su teléfono y suspiró, aquel atardecer lo desesperaba, de manera que decidió hacer algo al respecto, se estiró en su asiento y miró hacia la barra con sus alegres ojos azul marino, la mesera se apresuró a su encuentro, era un cliente nuevo y diferente, con la piel blanca, el cabello rizado y plateado, además era joven y atlético, algo bonito de ver en un lugar donde la mayoría de la gente era morena y de cabellos negros y lacios.
-¿Qué se le ofrece señor?
-Un chocorobot por favor- contestó el joven sonriendo placidamente.
La muchacha se sorprendió pero se apresuró a buscar en la barra el capricho, ¿una golosina de niño? Se preguntaba mientras volvía con el colorido envoltorio sobre la bandeja de servir. Luego desde la barra, contempló como las delicadas manos del muchacho abrían el envoltorio y como cerraba los ojos para disfrutar del sabor del chocolate en la boca, con tanto placer que logró sonrojarla.
Finalmente llegó su cita, una mujer mayor, con piel muy blanca, cabello corto y rojizo, una señora de grandes y expresivos ojos, maternal en todos los sentidos; se disculpó por llegar tarde, pidió un café y miró cariñosamente al joven frente a ella.
Killua se sintió feliz de verla, en verdad se parecía mucho a Mito, el cabello y la mirada eran iguales ¡Y su olor!...esta mujer olía a pastel y a galletas, su aroma a dulce vainilla era lo que más le había atraído cuando la conoció y fue lo que más influyó en él para escribirle, soportar que lo ignorará, insistir e insistir hasta que finalmente la había convencido de aceptar aquella comida. Finalmente cuatro semanas después, estaba allí, frente a él, bebiendo su café con calma y aplomo.
Pensé que no venías, mirá lo que tuve que hacer para esperarte- le señaló mordiendo ostentosamente lo que quedaba de su chocorobot y masticándolo a todo carrillo, la señora rió ante la ocurrencia y la desfachatez del muchacho.
Te dañaras los dientes si comes eso así, ¡Dios pareces un niño!- y bajo los ojos coqueta para sorprenderse en gran manera de la mirada lasciva que encontró cuando volvió a mirar a aquel muchacho sentado frente a ella, de inmediato recordó que era un hombre, un hombre joven que se portaba como un niño, pero un hombre en fin el que la invitaba con tanta insistencia.
Era perfecta, rió para sus adentros Killua, tenía el mismo aire mandón, la misma expresión sorprendida y casi incrédula en su cara, una presa perfecta; no, seguramente encontraría diferencias si la conocía mejor pero por ahora, esta mujer lo estimulaba en el sentido en que deseaba ser estimulado, le daban ganas de saltar sobre ella pero él no era como Illumi, le gustaba que la gente le diera voluntariamente lo que deseaba.
Una cita, dos citas, tres citas... y por fin la llevó a donde quería. Cerró la puerta de la habitación del hotel cuidadosamente, disfrutando la sensación de control, cerrando los ojos lentamente y casi relamiéndose los labios, necesitaba controlar su excitación antes de que ella lo notara y se asustara, abrió los ojos y se volvió de golpe con una expresión jovial y confiada; la mujer lucía nerviosa, se había sonrojado y miraba a su alrededor algo confusa. Killua se acercó a ella juguetonamente, se apresuró a servir alguna bebida alcohólica y ofrecérsela, ella le sonrió débilmente dio un pequeño sorbo y dijo con un hilo de voz.
-¡¿Dios, que pensaras de mi?! podrías ser mi hijo- la señora miraba la alfombra con mortificación.
¡Era perfecta!, por un segundo Kill se sintió en isla Ballena durante esa cita imaginaria con Mito que había planeado durante casi nueve años, pero debía controlarse no estaba en isla Ballena y esta no era Mito, necesitaba hacerla sentir cómoda, de otra manera su placer sería incompleto.
-Pero no lo soy- se acerco a su rostro, inclinándose un poco y bebiendo de su vaso- No soy tu hijo y no creo que hagamos nada malo, me gusta estar aquí, quiero que estés aquí conmigo...- y no mentía, traerla allí le había costado mucho y en verdad lo estaba disfrutando.
Media hora más tarde reían juntos de cualquier tontería, sentados y apoyados en la cabecera de la cama, la pelirroja no estaba achispada por la bebida pero se había distendido y su sonrisa se parecía extraordinariamente a la que Killua recordaba de Mito en isla Ballena, era la sonrisa abierta, franca y confiada de las personas que disfrutan sin complejos de la compañía, la misma sonrisa con la que Mito se había despedido de él. "Escribe tu también" le había pedido antes de abrazarlo y cuando lo hizo, lo único que había podido sentir fue su olor, olía a galletas, ese aroma y el calor de su cuerpo contra el suyo anularon años de formación como asesino y su mente solo formuló un pensamiento "¡Que rico huele!".
-Que rico hueles- musito en el presente al oído de su amiga mientras olía su cuello, buscó sus labios y un segundo después disfrutaba del calor y la textura aterciopelada de su boca. Se apresuró a dejar su copa en la mesa de noche para estrechar a la mujer contra si, cerró sus ojos y dejó que su mente lo llevará a aquella tarde calurosa, llena del canto de las cigarras y del aroma fresco del bosque, cuando en medio de la siesta de la tarde se apresuró a seguir a Mito, la "madre" de su mejor amigo, hasta el cuarto de baño y a mirarla a escondidas mientras se bañaba, recordaba con claridad pasmosa su piel, blanca como la leche que transparentaba sus venas azules en algunas zonas de su espalda y sus muslos pesados y firmes, el contorno de sus pechos densos coronados de rosa y el camino que el agua del baño trazaba en su cuerpo, la sensación opresiva y la falta de aire que lo habían dejado clavado tras aquella puerta hace tanto años era casi idéntica a la que ahora sentía por tener a esta mujer entre sus brazos.
Killua abrió sus ojos y dejó de besarla, la miró con atención unos segundos, quitó la copa de sus manos, la dejó con decisión junto a la suya y volvió a besarla suave y controladamente, lo que quería de ella ahora era algo diferente, acarició su mejilla, su mentón y su cuello bajando la mirada para mirar dentro de su blusa unos segundos, lo suficiente para que ella comprendiera, acto seguido se alejó un poco para abrir su camisa botón a botón, tenía gran confianza en su atractivo y en su cuerpo, desde niño fue atlético, obligado por sus circunstancias y legado familiar, aquello era una ventaja cuando de trataba de chicas y era útil en muchos sentidos, no tenía vergüenza lo que le permitía poner toda su atención en su compañía mientras se desnudaba. Esta mujer siguió su ejemplo con docilidad, un tanto sorprendida de mirar bajo la ropa holgada y despreocupada del muchacho un cuerpo tan parecido al de una estatua griega, se sonrojó con violencia desviando la mirada, para la delicia de Killua quien no se perdía un detalle de sus movimientos y del cuerpo oculto bajo la amplia blusa y la ancha falda de algodón, comparaba lo que veía con sus recuerdos de Mito, sintiéndose más y más excitado con cada coincidencia y consolándose ante las diferencias con el momento en que pudiera tocar y sentir aquella carne, sustituta de aquella otra que jamás pudo tocar.
Era preciso ser rápido, corría el riesgo de acordarse de la cara de su amigo lo que arruinaría su diversión, de manera que se apresuró a volver a los labios y a cuello de su compañera y está vez dejó correr sus manos sobre sus muslos, no eran tan firmes como los de Mito, constantemente obligada a llevar grandes pesos y recorrer largas distancias pero estaban suaves y su mano no alcanzaba rodearlos de manera que estaban bien, de nuevo cerró sus ojos para dejar correr su imaginación y convencerse de que esta piel y este cuerpo era el de Mito y que todas estas sensaciones se producían en la calurosa y soleada isla Ballena en aquella habitación a la que nunca había regresado. Abría sus ojos de vez en vez para mirar sus ojos verdes como los de Mito, su cabello rojo y corto como el de Mito, sus pechos redondos con pezones rosas como los de Mito, pechos que mordisqueba golosamente cada vez que podía y que apretaba en sus manos mientras penetraba en su carne caliente y palpitante una y otra vez.
Ella se cansó primero, la sintió desfallecer como gelatina bajo su cuerpo y entonces volvió a recrearse mirándola rendida sobre la cama con los ojos cerrados, gimiendo dulcemente, Killua no paraba pero aminoró su paso para enriquecer su fantasía mirándola borracha de placer bajo sus manos, no era Mito pero se parecía tanto que bastaba para engañar a su cerebro, nuevamente aceleró su paso, quería verla gemir en serio, que gimiera como nunca gemiría Mito en isla Ballena si aquella fantasía se volviera realidad, y lo hizo, si que esta mujer era perfecta, gemía guturalmente con cada embestida de Killua como nunca lo había hecho ninguna otra hasta que finalmente Kill se dejó caer satisfecho a su lado.
El alba fue roja otra vez y Killua estuvo allí para verlo, duró solo unos segundos antes de que el sol se alzara brillante y cegador sobre el horizonte, ella dormía aún mientras el joven se duchaba, vestía y salia a desayunar, al volver se encontró una nota sobre la cama: "Debo ir al cumpleaños de mi hijo. Cariños", una carita feliz adornaba una esquina de la hoja, Killua suspiró con calma y se dejó caer sobre un mueble, pusó los brazos tras su nuca y reflexionó un poco, tal vez escribir un poco no sería tan mala idea después de todo, se esforzó en recordar toda la logística de Gon el día que escribía a Mito y el empeño que ponía en elegir las palabras y la foto que le enviaría.
-Ya le enviaste dinero ¿Por qué debes escribirle ademas?- le interrogó una vez en que su amigo no creía tener buenas noticias que dar y tardaba mucho en terminar su carta e ir a la cama.
-No es lo mismo, ella no quiere dinero, le escribo para mantenernos cerca Killua.- Contestó Gon apoyando el bolígrafo en su mentón y mirando el techo esforzándose por encontrar inspiración.
Aquella vez no entendió mucho la verdad, él estaba unido a su familia por lazos de sangre y un sangriento negocio familiar, su vida corría peligro si olvidaba sus lazos familiares, no necesitaban nada más para mantenerse cerca los unos de los otros, de manera que podían pasar años sin que hablará con sus padres o hermanos. Pero ahora era diferente, la nota de ella le hizo comprender que algunos lazos se estrechan con sentimientos, y que las palabras también son una manera de expresarlos cuando se esta lejos y no pueden demostrarse con acciones, las palabras te llevan al lado de alguien por así decirlo haciéndole sentir tus emociones.
Miró otra vez la nota de la mujer, "gracias" musitó en voz baja y la dejo a un lado, entonces rebusco en su bolso, había postales gratis en la recepción del hotel y él tomó una con descuido, solo por tener algo entre las manos y luego la había guardado, aún estaba allí, saco su lujoso MontBlack y se sentó a la mesa dispuesto a escribirle por primera vez a Mito.
"Escribe tu también" le había ordenado aquella vez antes de abrazarlo en su memorable despedida, "Querida Mito-san" escribió con seguridad, entonces su mente se aclaró, aquel día se retiró con cuidado detrás de la puerta del baño pero con la mala suerte de pisar una tabla floja en el suelo que rechinó ruidosamente bajos sus pies descalzos, Mito la escuchó y alzo la voz "¿Quien está ahí?", le siguió un silencio seguido de los pasos de Mito acercándose a la puerta, acompañados del sonido apagado de las gotas que caían del cabello y cuerpo desnudo de la mujer mientras caminaba, "¿Quien esta ahí? insistió, Killua entonces huyó sin cuidarse del ruido, mientras corría pudo oír la voz de Mito "¿Killua?". Se llevó una mano a la boca, estaba seguro, esa vez fue descubierto espiando, ella nunca dijo nada pero le pidió que escribiera y él no lo había hecho en nueve años, y tampoco había vuelto. Su sonrisa se distendió, era para morir de risa, estaba seguro ahora de lo que debía escribir:
"Querida Mito-san:
He pensado mucho en ti estos nueve años, pronto llegare a isla Ballena para descansar un poco, Gon se encuentra ahora con mucho trabajo por eso debe quedarse, tengo muchas cosas que contarte.
Con cariño, tu Killua."
Fin.
