Este es mi primer fanfic para el fandom de Los juegos del hambre. Me enamoré de la pareja conformada por el mentor y la escolta del distrito doce. Y decidí participar en el Flufftober. He aquí mi primer aporte.

Día 1: Eye contact.


Cierra sus ojos con calma mientras la mujer encima suyo besa sus párpados. Haymitch no puede ver nada, pero siente el aliento de Effie por todo su rostro antes de que ella se esconda en su pecho, que parece ser su lugar favorito.

Nunca hay besos en los labios y acordaron que no los habría.

El abrazarla es un ritual que debe ser cumplido para conservar la magia del momento. Sus dedos se aferran a la cintura ajena porque no quiere soltarla, no esa noche.

A pesar de que Haymitch no ha bebido tanto como otras veces —porque prometió una velada tranquila—, su aliento huele a vino tinto de frutos rojos, el mismo que tomó durante la comida porque es el favorito de Effie. Quizá por eso ella se adhiere con tal fuerza a el que no se molesta en empapar su camisa con lágrimas que no serán limpiadas, sino que llorará hasta quedarse seca mientras Haymitch aspira la fragancia de rosas en su cabellera. El le acaricia los rizos suavemente, porque es tan orgulloso que nunca se atrevería a decir que la razón por la que odia sus ridículas pelucas es porque le gusta más su tono natural: el de los rayos del sol.

Mañana, cuando el regrese al distrito doce y ella se quede en el capitolio, todo se habrá ido. Toda la dulzura y paz se esfumará, y volverán a ser los mismos extraños que juegan a odiarse para conservar las apariencias.

Por primera vez en cinco años, Haymitch se pregunta que han estado jugando el y Effie los tres últimos veranos. Cada año se vuelven más cercanos y no comprenden aún si es la soledad, la necesidad o la compasión y consuelo lo que los llevó a eso. Y los dos son conscientes de que cada noche que comparten es un paso hacia terrenos peligrosos.

Pero realmente a Haymitch no le importa.

No tiene nada que perder.

Ella no es nada suyo.

Solo es la escolta del distrito doce.

Y el no conoce a Effie Trinket.

Incluso si la conociera, lo único que recordaría de ella sería el azul en sus ojos. Un celeste cual cielo despejado capaz de tranquilizarlo con solo un pestañeo. O un cian oceánico como el de olas salvajes impropias de la naturaleza solemne de la mujer. Porque Haymitch Abernathy sabe que detrás de toda la falsedad que Effie Trinket usa a modo de armadura —la decoración con polvos en el rostro, la alta costura que cubre la fragilidad de un cuerpo de muñeca, los tacones de diez centímetros que la hacen ver mas imponente, la cabellera sintética de colores brillantes—, sus ojos azules son lo único real y la única ventana a su interior.

Y el conoce tan bien esos orbes que no los olvidaría ni bebiendo todo el alcohol en el mundo.

Effie hace su día más ameno —incluso si la tacha de insoportable—, y es probablemente la única persona con quien se ha sentido a salvo en los últimos veinte años.

Pero no quiere saber más.

No hay futuro a su lado.

Por eso, cuando al otro dia se despiden le da una mirada amarga. Porque odia ver la aflicción en esos ojos azules que tanto quiere sacarse de la mente. Y porque no quiere esperar otro año para reunirse con ella.

No ahora que realmente empieza a conocerla.

Ahora que ella le importa.

Effie tampoco se atreve a decir nada. No expresará abiertamente que ella siempre odió el color gris por ser simplón, vulgar, lleno de indiferencia, de mediocridad y evasión. El mismo gris de las nubes cuando se acerca una tormenta, el del metal duro y frío, el de las cenizas tras un fuego apasionado.

Todo gris le recuerda a el.

Porque Effie Trinket entiende que las cosas en la vida no son todas blancas ni negras, sino matices de claroscuros. Y eso lo aprendió cuando conoció al Haymitch lleno de contrastes, el que bebe porque no soporta el dolor de perder a dos niños cada año en la arena, el que en sobriedad puede ser encantador a pesar de su sarcasmo y acidez. El Haymitch que vela por las causas perdidas tras una cortina de humo. El Haymitch mentor que no se parece en nada al Haymitch tributo de dieciséis años que aparece en el póster que Effie tiene escondido en algún rincón de su habitación. Porque lo único que permanece es la mirada gris llena de arrogancia y fiereza. Los mismos ojos que le miran con ternura cada noche que se escabulle a su lado, los que le hacen estremecer el cuerpo cada año que se vuelven a reunir el día de la cosecha.

Un color que la hace sentir triste porque solo puede verlo en los ojos de su vencedor favorito unos cuantos días al año.

Así que dicen adiós en silencio, sin mirar atrás, atesorando cada uno el color de sus miradas, sin saber cómo sentirse por dentro y con la esperanza de que el año siguiente sea menos doloroso para ambos aún cuando parece que la suerte nunca estará de su lado.


Espero que haya sido de su agrado. Se aceptan críticas y sugerencias. Intenté que quedara tierno, pero creo que quedó triste. Gracias por la lectura.